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Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban [7]

Séptima entrega de la serie de post dedicados a traer al blog un buen número (de docena en docena) de cosas que quizás no sabíais cómo se llamaban en realidad o que conocías con otro nombre muy distinto.

Espero que la selección de palabras que he hecho en esta ocasión sea de vuestro agrado, al igual que ha ocurrido con las veces anteriores.

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

 

Escusón: Normalmente decimos que una moneda tiene ‘cara y cruz’ y se dice de esta manera porque antiguamente era común que en las mismas apareciera por un lado la cara del rey o emperador y por el reverso una cruz (normalmente cristiana). Pues bien, se le llama ‘escusón’ al reverso de la moneda cuando en ésta lo que aparece representado es un escudo.

 

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

Mador: Se conoce como ‘mador’ a aquella fina capa de humedad que en ocasiones cubre parte de nuestro cuerpo (proveniente por ejemplo del rocío de la noche), pero que no proviene de nuestras glándulas sudoríparas y por tanto no puede ser considerado como sudor.

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

 

Lanugo: El lanugo es el vello fino y casi imperceptible, parecido a la pelusilla, que cubre parte del cuerpo de los recién nacidos o que incluso algunas personas (ya adultas) tienen en algunas partes del cuerpo.

 

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

 

 

Beborrotear: Es el acto de ir bebiendo a pequeños sorbos y de manera continuada.

 

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

 

 

Vedija: Se le llama vedija a aquel mechón de pelo que está enredado y encrespado.

 

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

Lauto: Prácticamente en desuso, el término ‘lauto’ se ha utilizado durante mucho tiempo para referirse a alguien o algo que era ‘rico, espléndido, opulento’. Proviene de la palabra en latín ‘lautus’ que significaba ‘lavado’, en clara referencia a los baños (e higiene personal) que en la antigüedad solo podían ser privilegio de personas ricas.

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

 

Adiar: Fijar una fecha (día) para realizar cualquier asunto. Por ejemplo, quedar con antelación para verse con alguien en un día concreto.

 

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

Pegotear: Lo que hace el típico gorrón que se autoinvita a casa de los demás y siempre aparece justo a la hora de comer/cenar. A este tipo de personas se les suele llamar también ‘pegote’, debido a la acción de pegarse al prójimo con la intención de ser invitada o se le pague la consumición. Muy típico son aquellos que se presentan (sin haber sido invitados) a cualquier tipo de evento (por ejemplo una fiesta de cumpleaños, banquete de una boda…).

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

 

 

Escamondar: Se trata de la acción de limpiar algo a lo que se le quita lo superfluo o aquello que no le sirve, por ejemplo las ramas y hojas secas de un árbol.

 

 

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

 

Faetón: Un faetón es el carruaje de paseo, con cuatro ruedas, descubierto (aunque con una capota que se puede subir y bajar) y tirado por uno o dos caballos, muy típico en algunas ciudades con el que se pasea a los turistas.

 

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

 

Sangradura: Así es como se le llama a la parte del brazo que se encuentra opuesta al codo (la que queda hundida al doblarse). Se le denomina de ese modo porque es por donde se hace la incisión para extraer sangre (antiguamente las famosas ‘sangrías’ y en la actualidad donde se pincha la aguja para las donaciones o análisis).

 

Una docena de cosas que quizás no sabías cómo se llamaban

Conticinio: Momento de silencio absoluto durante la noche, cuando todos duermen y no se escucha ni un solo sonido. Proviene del latín ‘conticinium’ el cual se utilizaba antiguamente para señalar el cese total de todos los sonidos debido a que era el momento de descansar.

 

 

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Fuentes de las imágenes: Wikimedia commons / Wikimedia commons / Pixabay / Pixabay / Saffy (Flickr) / Pixabay / Pixabay / Wikimedia Commons / freestockphotos / Wikimedia commons / Wikimedia commons / Pixabay

El curioso origen etimológico de la expresión ‘ser un jeta’

El curioso origen etimológico de la expresión ‘ser un jeta’

Como bien es sabido ‘ser un jeta’ es una expresión habitualmente utilizada para referirse a un caradura, una persona sinvergüenza, desvergonzada, descarada o de poca catadura moral.

Jeta también se usa para nombrar la cara (rostro) pero como aumentativo: ‘que cara tienes’/‘que jeta tienes’, ‘menuda cara más dura’/’menuda jeta’, y es un vocablo frecuentemente usado en la jerga y lenguaje coloquial de los más jóvenes.

En realidad el término jeta sólo se refiere a una parte especifica del rostro de un animal: el hocico, nariz o morro (frecuentemente el del cerdo) y etimológicamente proviene del árabe ‘jaṭm’.

Al ser el cerdo un animal impuro para los musulmanes el término ‘jaṭm’ (jeta) ya llegó hasta nosotros con la connotación negativa que se le da, además de que su morfología sobresaliente y de piel dura hizo que acabase utilizándose como sinónimo de caradura y se derivasen otros términos como ‘tener mucho morro’ de idéntico significado que ‘tener mucha jeta’.

 

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Fuente de la imagen: Alan Fryer (geograph)

¿Por qué tenemos cejas?

Las cejas son una parte muy significativa del rostro.

Expresan las emociones con tanta intensidad como los movimientos del cuerpo, y muchas personas dedican un tiempo considerable en arreglárselas.

Es sabido que nuestro antepasados remotos poseían una gran cantidad de vello en todo su cuerpo, y con el paso del tiempo éste ha disminuido hasta sus características presentes.

¿Por qué, entonces, se conservan las cejas?

Funcionalmente, las cejas ayudan a la visión. Este arco de vellos desvían el agua y el sudor hacia los lados de la cara, lo que facilita el funcionamiento de los ojos cuando se está en la lluvia o cuando se está sudando. Un cazador, por ejemplo, tiene una gran ventaja cuando corre detrás de una presa, sin que el sudor de su frente llegue hasta sus ojos.

El sudor contiene varias sales que pueden irritar los ojos. En cuanto a la lluvia, el poder ver un poco más claramente podría haber ayudado a encontrar refugio. Sin las cejas, muchas tareas que implican un esfuerzo físico serían un poco más difíciles de ejecutar.Adicionalmente, la selección natural no funciona únicamente en respuesta a las condiciones del ambiente.

Por razones estéticas, nuestros antepasados pudieron haber preferido a personas con cejas bien definidas, que a las que las tenían muy finas. Aún hoy las personas se depilan en diversos grados las cejas, y existen varios productos cosméticos para hacerlas resaltar. De ésto se infiere que el valor que se le da a estos rasgos faciales va más allá de sus funciones más prácticas.

Evolutivamente hablando, todos estos factores han influído en conservar las cejas, a pesar de haber disminuido la cantidad de vello en otras partes del cuerpo. Gracias a las cejas podemos expresar nuestros sentimientos, y el valor estético que se les da probablemente ayude a conservarlas como una característica de nuestra especie durante mucho tiempo.

 

 

 

(Extraído de: cablenet)