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El curioso origen del término ‘calma’

Se conoce como ‘calma’ a un estado o momento de quietud, paz y sosiego, pero, curiosamente, este término deriva etimológicamente de algo que nada tenía que ver con su actual definición: el calor sofocante o bochorno que hace en los días de verano.

El curioso origen del término ‘calma’

El vocablo llegó al castellano (está documentado hacia mediados del siglo XIII) desde el latín ‘cauma’ y a este desde el griego ‘kaûma’ (καῦμα) cuyo significado era ‘quemadura’ y/o ‘que está quemando’ (tras la unión de ‘kaio’,  quemar, y el sufijo ‘-ma’, utilizado para indicar el resultado de una acción).

Lo curioso es que el término ‘calma’ nos llegó a través de la náutica, como clara referencia a aquellos días de calor en los que el mar estaba tranquilo a causa de la falta de viento. Ese estado de tranquilidad fue lo que hizo que dicho vocablo acabase siendo utilizado como sinónimo de tranquilidad, paz, quietud, reposo, sosiego, placidez o apacibilidad. De ahí nace también expresiones tan comunes como ‘estar el mar en calma’ o ‘calma chicha’ (esta última, según el Diccionario de la RAE, significa: ‘Especialmente en la mar, completa quietud del aire’).

Como nota curiosa, indicar que aquellos remedios medicinales (ungüentos, pomadas…) que servían para apaciguar y rebajar el dolor que se sentía tras una quemadura, recibieron el nombre de ‘calmante’.

 

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El inconveniente de ducharse con agua muy fría cuando hace mucho calor

El inconveniente de ducharse con agua muy fría cuando hace mucho calor

Muchas son las personas que, cuando aprieta el calor, se dan una ducha de agua extremadamente fría con el fin de refrescarse. Pero esta práctica que es tan común en realidad no es nada aconsejable realizarla.

Como ya he explicado en otras ocasiones en el blog, nuestro cuerpo es homeotermo o, lo que es lo mismo, tiene la capacidad de autorregular la temperatura del organismo con el fin de que nuestros órganos internos puedan mantenerse a una temperatura constante de 37 grados; que es la temperatura óptima para funcionar perfectamente: cuando hace frío y baja de esa temperatura se contraen y relajan, rápida y repetidamente, algunos de nuestros músculos (la típica ‘tiritera’) con el fin de entrar en calor o si por el contrario lo que hace es mucha calor provoca la sudoración con intención de refrescar el organismo.

Por tal motivo, al darnos una ducha con el agua excesivamente fría lo que provocamos es que nuestro organismo descienda de golpe la temperatura y que, por si solo, éste intente recuperar los 37 grados a los que debe estar los órganos internos y haga que en cuestión de minutos (después de esa ducha de agua fría) estemos de nuevo sudando: se ha puesto en marcha nuestro regulador interno de temperatura.

El hecho de ponernos de nuevo a sudar provoca que gastemos energía y necesitemos hidratarnos, aprovechando algunas personas para dar un buen trago a una bebida (agua, cerveza, refresco) que está excesivamente helada… otro error, ya que volvemos al mismo punto que la vez anterior (refrescarnos con algo excesivamente frío para, a continuación, volver a sudar).

Por tal motivo, los especialistas recomiendan que en caso de tener mucha calor lo que debemos hacer es ducharnos con agua que esté a una temperatura ambiente, al igual que si bebemos procurar que no esté excesivamente fría (muchos son las culturas en las que se tiene por costumbre beber infusiones muy calientes con el fin de combatir el calor).

También cabe destacar la peligrosidad que hay de introducirse de golpe en el agua (piscina, rio, playa…) tras haber estado largo tiempo expuesto al sol, pues al estar alta la temperatura de nuestro cuerpo y la del agua baja podríamos sufrir un ‘sincope cardiaco’ y si encima estamos recién comidos hay alguna pequeña posibilidad de sufrir un ‘síncope de hidrocución’ (el corte de digestión del que tanto nos avisaban nuestras madres cuando éramos pequeños) aunque, evidentemente, la probabilidad de que esto último nos suceda es infinitamente menor al temor que nos infundían nuestros mayores.

 

 

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¿Cuál es el origen del término ‘ruborizarse’?

¿Cuál es el origen del término ‘ruborizarse’?

Se conoce como rubor al enrojecimiento de las mejillas (o el rostro en general) provocado por un momento de vergüenza que podemos sentir o por una situación embarazosa en la que nos encontremos. Esto ocurre debido a que nuestra piel cuenta con numerosas terminaciones nerviosas y vasos sanguíneos para irrigar la misma, cuando algunas personas se avergüenzan o se enfadan se les acelera el ritmo cardíaco produciéndose una vasodilatación en los capilares de la cara que origina ese característico enrojecimiento.

El término ‘ruborizarse’ proviene directamente del latín ‘rubor’ y hace referencia a la acción de ponerse rojo, ya que este vocablo significa literalmente ‘rojo/encarnado’. Del mismo también nacen otras palabras, como por ejemplo la usada para referirse a la piedra preciosa conocida como ‘rubí’ o la enfermedad infecciosa conocida como ‘rubeola’.

Pero no siempre se utilizó el término ‘rubor’ (y sus variantes) para hacer referencia al enrojecimiento que aparece por timidez o bochorno, sino que antiguamente también se usó la expresión ‘dar rubor a alguien’ para expresar el color en el que se le quedaba la piel a alguien después de haberle dado una paliza. De hecho el comediógrafo romano Tito Maccio Plauto, que vivió entre los siglos III y II a.C., la utiliza en su famosa obra ‘Captivi’: ‘In ruborem te totum dabo’ cuya traducción venía a decir: Te haré salir los colores, moleré a palos o zurciré a latigazos (tal y como recoge el Diccionario universal latino-español de Manuel de Valbuena)

Fue posteriormente (a partir del siglo I a.C.) cuando otros autores clásicos como Ovidio o Cicerón utilizaron el término rubor con el sentido que hoy en día ya le damos.

 

 

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Fuentes de consulta: cayetanogutierrez / etimologias.dechile (1) / etimologias.dechile (2) / RAE / Diccionario universal latino-español / Captivi de Plauto
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