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Por qué arrepentirte es tu enésima oportunidad

Cada cierto tiempo empezamos un nuevo capítulo en la vida. A veces lo elegimos nosotros decidiendo cambiar de trabajo, crear una familia, dejar un hábito perjudicial… otras veces la vida decide por nosotros, invitándonos a entrar en esta nueva etapa con un despido laboral, el abandono de nuestra pareja, la llegada de una enfermedad, la emancipación de los hijos…

Que en un nuevo comienzos y en su predecesor final te visite el arrepentimiento es una buena noticia. Cuando escucho a personas decir no se arrepienten de nada, pienso que seguramente tampoco habrán aprendido mucho. Edith Piaf es un caso aparte por supuesto ;). El arrepentimiento es un cierto tipo de lucidez, una nueva consciencia que nos dice que a partir de ahora seremos y viviremos de forma distinta. Puede ser que estuvieras muy centrado en tu trabajo y te olvidaras de dedicarte más a tu familia. Darte cuenta de ello a través del arrepentimiento te permitirá corregirlo, tal vez ahora o tal vez con tus nietos.

CANVA

Con el arrepentimiento nos emancipamos de una forma de vida anterior y sus hábitos dominantes. El arrepentimiento nos recuerda dolorosamente como desperdiciamos el viento para navegar, como ignoramos a tantas primaveras imposibles de recuperar…La constatación del daño que nos hemos hecho, del daño que tal vez hicimos a otros, nos abre el corazón y nos hace humildes. Es solamente desde ese lugar desolado en el que podemos intentar algo distinto, y aprovechar esta vez los nuevos vientos, las nuevas primaveras que la vida quiera brindar.

Para recibir la invitación que te lanza el arrepentimiento, te propongo estas pautas:

  1. Interrumpe tu diálogo interno, los pensamientos que te atribulan. Da un paseo, escribe en tu diario, escucha música…
  2. Pregúntate: ¿Qué capítulo de tu vida estás terminando? ¿Cuál estás empezando?
  3. ¿De qué te arrepientes?
  4. ¿Qué forma de ser, actitud, pensamientos, hábitos son la causa de tu actual arrepentimiento?
  5. Siente la magnitud del arrepentimiento en todo tu ser.
  6. Toma la intención de vivir y comportarte de un nuevo modo.
  7. Da el primer paso, el que no quieres dar.
  8. No esperes hacerlo perfecto a la primera. ¡Persevera!

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Da el primer paso, el paso que no quieres dar

Podemos entender la vida como un conjunto de principios y finales encadenados hasta el gran final. O bien, según el budismo, como una serie de transiciones, estados intermedios o bardos, de igual relevancia. Visto así el nacimiento es una transición, así como la muerte pero también lo son todos los momentos de la vida.

(Meina Yin, UNSPLASH)

Tomar conciencia que nuestra circunstancia es transitoria, relativiza la seriedad de nuestra situación, genera un espacio en el que alinearnos con nuestra verdad. Pues si todo es transición… ¡vayamos a empezar! Pero… ¿cómo comenzar?

Comienza de cerca1,

no des el segundo paso

o el tercero,

empieza por la primera

cosa

cercana,

el paso

que no quieres dar.

Empezamos de cerca, con nuestro estado, con las personas que están ahora con nosotros, con nuestras circunstancias. Cuando no quiero dar el primer paso, me escudo em mil motivos: no estoy de humor, no me siento inspirada, tengo que terminar algo, la crianza me absorbe, no estoy preparada…Todo serrín. Humo. Excusas de mal pagador. Todos tenemos el tiempo, el coraje y los recursos para dar el primer paso que nos resistimos dar.

Empieza por

el terreno

conocido,

el descolorido terreno

bajo tus pies,

tu propio

modo de empezar

la conversación.

Como gran fabuladora, la mente anhela la isla en la que todo salió bien y al hacerlo desdeña el presente. Al centrarse en el futuro se le escapa la abundancia del presente, es por ello que para empezar hay que traer a la mente al aquí y al ahora diciéndole: fíjate en lo que hay, en lo que eres, en las relaciones que existen, en los recursos disponibles. Sí, puede que el terreno esté un poco descolorido pero esto no significa que no sea fértil.

En los años cincuenta una familia se trasladó a vivir a Findhorn, un pueblo escocés de la costa de suelo arcilloso, donde se decía que no crecía nada. Tenían pocos recursos sin embargo empezaron a labrar la tierra con perseverancia y los frutos no tardaron en llegar. Sus legendarias calabazas atrajeron a miles de personas que querían conocer sus métodos de cultivo y alentaron a la vibrante comunidad espiritual que perdura hoy día.

  • ¿Y si el suelo bajo tus pies, o tus circunstancias, o el amigo que te acompaña fuesen ideales?
  • ¿Cómo podrías volverte hacia ellos e iniciar la conversación sobre la verdad que anida en tu corazón?
  • ¿Qué primer paso vas a dar?

(1) Start close in, un poema de David Whyte, mi traducción.

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¿Te sientes culpable por estar enfermo? Transforma tu actitud con estas pautas

Cuando nos ponemos enfermos o lesionamos existen dos formas comunes de reaccionar. La primera, es sentir cierto sentido de culpabilidad, al estilo de “he hecho algo mal”. Y sí, a veces nos hemos equivocado, es decir, fumas como un carretero y tienes suerte de contraer solo una bronquitis; o haces pesas de cualquier manera y te lesionas la espalda. En estos casos existe una relación bastante lineal. Sin embargo, en muchos casos la causa y efecto se se mezclan con el azar, y en otros tantos la enfermedad es completamente aleatoria, por lo que sentir culpa es un empeño fútil.

Otra forma común de reaccionar es ofendiéndonos, como si de la nada alguien nos hubiera dado un puñetazo. Esto me recuerda la historia budista de un monje de quien decían que estaba iluminado. Un estudiante que dudaba de la iluminación del asceta, decidió darle un puñetazo para probarle. Cuando lo hizo el monje no se inmutó. Entonces corrió la voz que el estudiante había pegado al monje y los aldeanos quisieron ajustar cuentas con el estudiante también con los puños. Al enterarse, el maestro se interpuso evitándolo y dando una lección a todos. Llevando este ejemplo a un estado de enfermedad o dolor, ofenderse por su aparición es como devolver emocionalmente un imaginario revés, lo que nos contrae y genera resentimiento.

(UNSPLASH)

La vida está compuesta de periodos de salud y otros de enfermedad. La salud permanente no existe. Para nadie. Entonces, con la visita de la enfermedad o la lesión, en lugar de sentirnos culpables u ofendidos, podemos abrirnos a lo que ocurre, sabiendo que es parte del juego de estar vivo. Esto quitará drama al asunto, y nos ayudará a aceptar nuestra condición, algo favorable para navegar la enfermedad y curarse.

Aunque nos cueste verlo, la enfermedad trae muchos regalos. Uno de ellos es hacer añicos ilusiones de invencibilidad, poniéndonos de bruces con nuestra propia vulnerabilidad y el hecho que estamos en la misma liga que todos los mortales. También nos informa de la fragilidad de la vida, la medida de nuestra interdependencia y la fortuna de tener salud, cuando la gozamos. La enfermedad también nos hace parar. No nos pregunta ¿quieres parar? sino que nos obliga a hacerlo y eso puede ser una bendición.

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¿Lo que vas a decir te fortalece o te debilita?

Cuenta una vieja historia jasídica que un aldeano tenía mala conciencia por el daño que sus chismes habían causado a su vecino. Acudió a su rabino en busca de consejo. El rabino le sugirió que fuera al pueblo, comprara un pollo y se lo trajera, y que al regresar lo desplumara por completo. Cuando el hombre regresó con el pollo sin plumas, el rabino le dijo que volviera sobre sus pasos y recogiera cada una de las plumas esparcidas. El hombre respondió que sería imposible, a estas alturas probablemente las plumas se habrían diseminado por los pueblos vecinos. El rabino asintió con la cabeza y el hombre comprendió: nunca podremos retractarnos de nuestras palabras.

Una de los principios del Noble camino óctuple es el habla hábil o hablar correcto. El Noble camino óctuple es la respuesta que Buda da al sufrimiento inherente a la vida. Es un código de conducta que minimiza el sufrimiento y potencia la evolución personal, llevando la atención a la forma en cómo vivimos, en el caso de este principio, a la forma en cómo hablamos.

El habla hábil nos anima a usar esta poderosa capacidad con responsabilidad. El habla es una herramienta de gran potencia por sus consecuencias sobre los otros, según como hablemos con ellos y de ellos, así como sobre nosotros, según como nos hablemos a nosotros mismos y lo que compartamos.

CONECTAR CON LA CRÍTICA O LA NEGATIVIDAD

Según Allan Lokos1el habla hábil comienza por abstenerse de mentir, calumniar, usar malas palabras y lenguaje duro. Debemos evitar el lenguaje grosero, abusivo, desagradable o malicioso, y debemos abstenernos de hablar tontamente, ociosamente, con balbuceos o chismes. Cuando lo logramos, lo que queda son palabras veraces, amables, gentiles, útiles y significativas. Nuestras palabras consolarán, elevarán e inspirarán, y seremos un gozo para quienes nos rodean”.

Entre las mencionadas, a menudo usamos dos formas contrarias al habla hábil con la intención de conectar con otros. La primera es la crítica a un tercero no presente, de consecuencias irreversibles tal y como enfatiza la historia del inicio. La segunda práctica es conectar mediante compartir la negatividad de nuestra vida: lo que nos duele, lo que no funciona, lo que nos falta… Ambas prácticas están muy difundidas en nuestra cultura y sin embargo, además de ser contrarias al habla hábil, si pones atención a como te sientes después de practicarlas, notarás que te debilitan, es decir, te dejan con menos energía que antes de practicarlas.

Una forma de entrenarse en el habla hábil es preguntarte antes de hablar: ¿lo que voy a decir me debilita o me fortalece? Si sientes que te fortalece una condición que puedes considerar es si cruzaría las tres puertas. Si puedes responder afirmativamente, entonces adelante, exprésate. De lo contrario, quédate en silencio – de palabra dicha y de palabra escrita.

(UNSPLASH)

CONEXIÓN EN SILENCIO

Cada mes nos encontramos con un grupo de compañeros a meditar y compartir. Cuando compartimos nuestro estado actual antes de meditar, siempre parece que nos falta tiempo. Sin embargo, cuando lo hacemos después de meditar en silencio, llegamos a las palabras con una gran sensación de espacio. Pocas cosas necesitan ser dichas y las que quieren ser pronunciadas encuentran la calidad de escucha necesaria para ser recibidas.

Nuestra cultura está sesgada hacia la expresión. Internet ha amplificado este fenómeno y parece que tenemos la obligación de comunicar y compartir en todo momento. Sin embargo ¿qué sentido o gracia tiene compartir si nadie escucha? El compañero del habla hábil es la escucha profunda y se practica en la intensidad del silencio.

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(1) Fuente: tricyle.org

La pesadilla de Gaudí

Vivir en Valencia era algo que gozaba, sin embargo nada se comparaba con su Barcelona natal. Recordaba con cariño y cierta añoranza los primeros años de trabajo en un despacho de arquitectos en la misma Pedrera. Cuando llegaba, le daba la sensación de entrar en una fortaleza con vida propia. Las vidrieras del portón de la entrada eran un umbral al mundo mágico que albergaba. La escalinata tornasolada parecía conducir a las historias de los hermanos Grimm. Cuando tomaba el ascensor tallado en madera del siglo pasado fantaseaba con que en cualquier momento podía entrar un señor com sombrero de copa. Ya en el despacho, se dejaba envolver por las paredes sin rincones ni esquinas. Los espacios fluían versátiles juntándose y separándose por puertas sigilosas, según las necesidades de la ocasión. Los balcones de forja ondulada eran los párpados del edificio que entreabiertos, dejaban entrar la luz a raudales. El pasillo que ondeaba con vistas al colorido patio interior subían el ánimo de cualquiera que lo transitara, algo inevitable una vez dentro.

Mientras recordaba todo esto, el aforismo budista: Contémplalo todo como si fuese un sueño, llegaba a ella con la voz de su maestro zen. Los recuerdos eran una suerte de sueños y aquellos le reconfortaban. Sin embargo, el doloroso divorcio que acababa de transitar le parecía demasiado real para considerarlo un sueño. Para darse una tregua, siguió el impulso de pasar unos días con los mellizos en casa de sus padres, en Barcelona, a la vez que recorrían algunos de sus lugares favoritos que los niños todavía no conocían.

Eran las siete y algo de la tarde, estaban en la cola para entrar en la casa Batlló, una de las joyas modernistas de la cuidad, cuando se empezó a sentir mareada. El rebaño de su grupo hizo entrada, siguiendo las indicaciones de un guía que dio entrada sin apenas mirarles. Les entregaron las audioguías con pantallas y les hicieron pasar. Estaban en un túnel rodante repleto de información sobre la casa y el universo de Gaudí. La audioguía había empezado a narrar, algo de la familia que encargó la casa y sus primeras vivencias. El mareo aumentaba, pero se sentía con fuerzas de continuar. Siguieron por unas escaleras en las que se proyectaba el mar y se escuchaba el ruido del agua que corría, sonidos que se solapaban con la narración de la audioguía. Entraron en la primera estancia, la sala de estar de la casa, mira mamá si enfocas con el móvil se ve como era la casa antes, con alfombras, las personas…está muy chulo. En efecto, todas las personas andaban mirando la pantalla del móvil como si echaran fotos. Fueron visitando las distintas estancias hasta llegar a la azotea.

Vista de ángulo bajo de la arquitectura del edificio Casa Batlló por Antoni Gaudí en Barcelona / Eloi_Omella (iStock)

La audioguía decía algo sobre un espacio prohibido al que los niños les gustaba escaparse. El mareo se había convertido en una versión de vértigo, y todo a su alrededor empezaba a rodar. Chicos, me siento aquí un rato. Seguían embebidos por las imágenes de la audioguía. Mientras se le calmaba el mareo, vio una silueta familiar. Aguzó la vista y se dijo para sí que no podía ser. Era el mismo Antoni Gaudí, sentado a unos pocos metros de ella. Se acercó al no dar crédito de lo que veían sus ojos, pensando que seguramente sería un actor preparado para hacer una performance. Cuando iba a preguntarle se dio cuenta de la transparencia que tenía el cuerpo del arquitecto, su tez de semblante serio, ensimismado en sus pensamientos.

¿Antoni Gaudí le preguntó ella? El hombre se compuso, sí, señora.

¡Qué sorpresa verle aquí! Parece usted preocupado…Mhh, sí en efecto, lo estoy. Esto es una profanación, una obscenidad. Han convertido mi obra en un triste carnaval enmascarando todo lo que tiene de bello. Además todos estos individuos con sus catalejos, parecen muertos vivientes deambulando sin rumbo. ¿Es que no saben mirar a las cosas con el ojo desnudo? Tampoco entiendo las imágenes en la escalera, ni tanto ruido por todas partes. ¿Qué tipo de seres humanos elegirían ésto?

Envuelta en perplejidad, abrió la boca y dijo: gracias por todo lo que ha creado. Ha sido la persona que más ha influido en mi vida, yo también soy arquitecta. Y sí, estoy de acuerdo con lo que dice, con tanto envoltorio es difícil percibir la belleza. Y sin embargo, estos son los tiempos que corren. Muchas personas andan tan saturadas de impactos que necesitan muchos estímulos para sentir. Algunas ya solo perciben a través de pantallas que se han convertido en una forma de droga, algo que las fuerzas económicas aprovechan… las relaciones también lo acusan, creo que esto ha sido uno de los motivos que ha hundido mi matrimonio…Rompió a llorar. Tenga señora, le dio un pañuelo de tela con el que secarse las lágrimas. Mientras se recomponía, el preludio de la suite para chelo número uno en sol mayor de Bach empezó a sonar. ¿Bailaría conmigo señora?, le preguntó cortésmente. Lo haría encantada.

Bailaron bajo un cielo sin luna, rodeados de turistas absortos en sus pantallas. Ahora eran ellos los que parecían transparentes y en cambio las manos del arquitecto eran sólidas, guiándola suavemente con la gravedad amable que emanaba de su ser. Viajaban al compás de las notas en un momento fuera del tiempo.

 ¿Mamá, mamá, estás bien? Abrió los ojos, seguía sentada en la escalera. Había sido una suerte de alucinación. Al volver en sí, mientras bajaban por la escalera repleta de cortinas de cadenas metálicas, le entró hambre. ¿Chicos, vamos a comer unas súper hamburguesas? Síííí, respondieron los mellizos al unísono. Mientras buscaba el móvil en el bolsillo de su abrigo para llamar al restaurante encontró algo de ropa. Sin dar crédito a sus ojos, lo tomó en sus manos ¡era el mismo pañuelo tela! Con una sonrisa en los labios se dijo a sí misma: Contémplalo todo como si fuese un sueño.

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(1) See everything as a dream. Fischer, Norman.(2012) Training in Compassion. Zen teachings on the practice of Lojong.

¿Te han engañado? Descubre las orientaciones clave para gestionarlo

Hace poco he recibido una buena taza del agrio caldo del engaño, y todavía lo estoy gestionando. Que nos engañen es algo a lo que inevitablemente tenemos que enfrentarnos por el hecho de ser humanos. Si no te engañan nunca es tal vez porque no haces nada, asumir riesgos no forma parte de tus capacidades o simplemente estás viviendo a medias.

El cristianismo, al igual que el budismo contiene una sabiduría sobre la vida y su orden implicado, que la humanidad – a la luz de cómo nos va- está muy lejos de aprender. Fijémonos en sus enseñanzas sobre el engaño. La historia de Jesús de Nazareth – Lucas 22– encapsula uno de los mayores engaños que se puedan concebir. En su trama a la mejor persona, Jesús, le pasa lo peor. Esto la hace significativa porque describe la naturaleza injusta de la vida y sus lecciones aplican a todo tipo de engaños.

Frente al engaño, es natural sentir animosidad hacia el que nos ha engañado, querer devolver el tanto y vengarse. Sin embargo, seguir este curso de acción nos aboca a una espiral destructiva. La alternativa que elige Jesús y que también apunta el budismo es perdonar, entendida como la capacidad de no vengarse, ni guardar resentimiento en uno. Aunque nuestro orgullo y otros nos digan que perdonar es una decisión de blandos o temerosos, es todo lo contrario: una determinación sabia y valiente.

(Hua Ling, UNSPLASH)

LA VALENTÍA DE PERDONAR

Valiente porqué lo fácil es ceder al impulso destructivo de devolver la ofensa. Casi siempre tenemos la capacidad de hacer daño al otro y para refrenar esta capacidad y transmutar la poderosa energía de la revancha hace falta una determinación de titanes. No vengarse y soltar la animosidad no significa que sigamos en la relación como antes, lo que a mi entender es imposible. Tomar distancia psicológica y/o física de la persona que nos ha engañado es necesario y recomendable.

Perdonar también es de sabios porque el que perdona sabe que devolver la ofensa o guardarla en uno mismo en forma de resentimiento es atarse a la cadena del odio con quien nos ha engañado. Aquella que transporta a los grupos mafiosos a los infiernos, constantemente asesinándose los unos a los otros. Aquella que condena por generaciones a estados que con sus guerras sacrifican a sus gentes. Aquella que nos enferma por guardar resentimiento hacia el que nos falló.

IMPUNIDAD VERSUS KARMA

Algo que suele alterarnos es pensar en la impunidad de la persona que nos traicionó. Es creer en la ilusión de que nosotros pagamos el pato mientras que el otro sigue como si nada. Sin embargo, aunque pueda parecerlo, nunca es así. Como constato cada día en mi práctica de coaching y en mi propia vida, la ley del karma – la ley budista de la causa y efecto – es implacable pero no lineal. Si engañas, tarde o temprano las consecuencias de este engaño te llegarán: puede que de la persona a quien has engañado, de otra persona o de tu interior en forma de malestar psicológico o enfermedad. Desde este conocimiento, saber que el que te ha engañado está cavando su propia tumba, puede ser suficiente para abandonar la hostilidad y desearle el bien. Si esto te suena a ciencia ficción y te sientes incapaz de perdonar, entonces prueba de simplemente a olvidar. Evita nombrar lo ocurrido, deja de regocijarte en ello, no lo revivas. Olvidar es una forma de perdonar. Con el olvido, lo ocurrido se reconfigura en nuestro interior para un día cercano o lejano, brotar a la consciencia sin rastro de animosidad y puede que hasta con gratitud.

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Navidad es hacer algo más para alguien

En una comida de trabajo navideña se comentaba la pérdida generalizada de valores. Los valores se pierden con la ausencia de práctica religiosa, espiritual o de otro tipo que los encarne a nivel comunitario. La Navidad es una ocasión para ahondar en los valores propios a través de la tradición cristiana. En el artículo anterior exploraba la generosidad, la sencillez y la gratitud. En este artículo sigo con la solidaridad, la paz y la confianza.

SOLIDARIDAD

La solidaridad es la capacidad de adherirse a una causa común, más allá de aquello que nos atañe directamente a nosotros o a nuestro clan familiar y de amigos. En la Navidad fueron solidarios los Reyes Magos, iniciando un largo viaje desde sus lejanas tierras y también los pastores. De modo que la solidaridad la encarnan tanto personas ricas como pobres. Es fácil decirse, yo aquí no puedo aportar nada. Sin embargo, la solidaridad nos hace ver que cuando somos capaces de ponernos en el sitio del otro y empatizar con su situación, nuestra presencia y apoyo moral marcan la diferencia.

(Gareth Harper, UNSPLASH)

PAZ

Jesús nace en medio de paz, trae paz, es un símbolo de paz. La paz de la que derivan todas las paces y que está en nuestras manos es la paz interior. La paz interior puede ser alterada por muchos factores. El budismo apunta a cinco frenos a la paz mental: deseo sensual, ira, pereza, inquietud y duda. Cada uno de estos frenos dinamita nuestra paz interior con sus destructivas consecuencias. Familiarizarnos con los frenos que más nos dominan es una forma de practicar la paz interior y llevarla a nuestro entorno.

CONFIANZA

En la Navidad, en el momento de mayor oscuridad llega la luz. La confianza es la convicción profunda que no importa lo que nos llegue en la vida, tenemos los recursos para recibirlo y gestionarlo para bien. La confianza consiste en aceptar lo que hay sabiendo que en cualquier caso es pasajero y que, aunque a veces cueste verlo, la vida está de nuestro lado.

La confianza no es algo que se tiene o no, sino que es una práctica a renovar. Una forma de hacerlo es construir una visión positiva de nuestras vidas, y traerla a la consciencia una y otra vez. Es la práctica de la oración.

Para Charles M. Schulz, el dibujante estadounidense, la “Navidad es hacer algo más para alguien.”. La práctica de la generosidad, la sencillez, la gratitud, la solidaridad, la paz y la confianza nos pone en camino para lograrlo.

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No esperes que te aplaudan o la importancia de olvidarse del resultado

Esta semana, en una sesión de coaching con Luis, investigador en temas de sostenibilidad, me decía que se le daba muy mal compartir sus investigaciones y mostrar sus éxitos académicos. Su posición actual en una universidad noruega no le facilitaba visibilizar su labor. Tampoco le gustaban las redes sociales, siempre que publico algo es como que no recibo aquello que esperaba, entonces termino por no compartir nada, me decía.

En otro programa de coaching Álvaro, consultor, me explicaba que después de un proceso de transformación interna se sentía incomodo cuando al ejercer de consejero de distintas empresas, notaba que su nueva forma de ser, que priorizaba la parte humana del negocio y no solo la económica, no era bien recibida.

Estamos acostumbrados a hacer las cosas esperando un resultado particular. Cuando lo hacemos nos movemos por la compensación esperada y cuando la zanahoria no llega, nos desmotivamos o pensamos que nos hemos equivocado. Desde la motivación externa, uno hace las cosas por aquello que recibirá de los demás o del mundo. Sin embargo, existe una forma de motivación mucho más potente: la motivación interna.

La motivación interna se da cuando lo que nos disponemos a hacer nos motiva independientemente de sus consecuencias o resultados. El aforismo Lojong de entrenamiento mental que encapsula este tipo de motivación reza: No esperes que te aplaudan. Un ejemplo límite de motivación interna es la vida de Jesús de Nazaret. Jesús, que por otro lado sí que era consciente del resultado de sus acciones, no dejó hacer lo que tenía que hacer a pesar de saber que sería traicionado y llevado a la muerte de forma extraordinariamente injusta y cruel.

(Hayley Murray, UNSPLASH)

Una modo de entender lo que movía a Jesús y lo que puede movernos es considerar que dentro de nosotros existen dos yos. Un yo pequeño, el ego, con sus miedos, sus preocupaciones, sus traumas… y un yo superior, el alma, con un propósito que trasciende la vida de uno. Desde esta perspectiva, el que se deja llevar por la motivación externa es el yo pequeño, en cambio el yo superior es el que es capaz de seguir su motivación interna más allá de lo que ocurra, lo que digan, lo que piensen.

El conflicto interno, como en los casos mencionados, surge cuando nos dejamos llevar por nuestro yo pequeño. El yo pequeño de Luis se enfocaba en la reacción de los otros al compartir sus investigaciones. En cambio, al preguntarle aquello que movía a su yo superior a compartir sus labor científica, me respondió que era su compromiso con la generación de ecosistemas sostenibles y la voluntad de contribuir en positivo. Para Álvaro, su yo superior le impedía operar fijándose tan solo en los resultados financieros como un tiempo atrás, con lo que tenía que considerar a las personas, por mal recibido que esto fuera.

El conflicto interno se resuelve poniendo a nuestro yo pequeño al servicio de nuestro yo superior. Hacerlo a menudo resulta incómodo y puede llegar a ser devastador. Sin embargo, desde este nuevo centro de gravedad, aunque persista el miedo, uno participa de un coraje sin precedentes, se disipan las dudas y la vida que nos ha sido dada cobra más sentido que nunca.

 

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¿Atrapado por la obsesión? Sal de ella con esta orientación de base

¿A quién no le ha asaltado por sorpresa una preocupación sobre un problema, una relación o una posibilidad futura? A menudo en estos casos, la mente desarrolla un mundo alrededor del problema y cuando nos damos cuenta ya nos hemos perdido en él. Estamos en las garras de la neurosis, de la obsesión, del laberinto de los pensamientos en bucle. La obsesión raramente nos visita cuando estamos serenos y relajados. Más bien se manifiesta cuando nuestro vida está repleta, los niveles de estrés son elevados y nuestro cuerpo es una maraña de tensión. Es entonces, cuando parecía que ya no podía ocurrir nada más, que a nuestra mente se le ocurre aferrarse a algo y cuál perro de presa, no soltarlo.

Los pensamientos obsesivos consumen mucha energía, porque generan ansiedad, dificultades de concentración e incluso nos pueden llegar a quitar el sueño. Las obsesiones nos secuestran llevándonos a un plano infernal creado por nuestra imaginación. La clave es: ¿cómo salimos de ahí? Una forma de afrontarlo es como si se tratara de un hábito, con lo que aplicaríamos estos tres pasos: reconocer la neurosis, no hacer lo habitual sino algo distinto y practicar el punto uno y dos el resto de nuestras vidas.

(Ahmed M Elpahwee, UNSPLASH)

Sin embargo, a veces la energía de la preocupación es tan fuerte que por mucho que intentemos hacer algo distinto, no lo conseguimos. Esto ocurre porque experimentamos nuestra vida tras los barrotes del ego: mi problema, mi trabajo, mi familia, mi carrera, mi casa, mi, mi, mi…Cuando me encuentro en esta situación acudo a la base del dharma budista expresado de innumerables formas. Tomemos por ejemplo la del aforismo Lojong: Todo el dharma está de acuerdo en un punto. Todas las instrucciones budistas se enfocan en reducir el grado de ensimismamiento en uno mismo, lo que reduce el sufrimiento y aumenta la felicidad.

La cuestión entonces es ¿cómo disminuyes tu autocentramiento? Pues de forma sencilla: olvidándote de ti e interesándote por los demás. ¿Cómo están? ¿Qué les ocurre? ¿Cómo les puedes ayudar? Ponerte al servicio de los otros sin esperar nada a cambio, neutralizará tus tendencias obsesivas, devolviéndote suavemente al descentrado centro, tu verdadero lugar.

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Karma emocional: ¿Y si enfadarte o ponerte triste fuese un hábito?

Cuando pensamos en hábitos, solemos pensar en cosas tipo hacer deporte, comer sano, descansar lo necesario…Sin embargo, absolutamente todo en nuestras vidas se puede entender como un hábito. Para el budismo los hábitos son una de las mayores fuentes de karma en nuestras vidas, es decir de lo que hay actualmente – sus causas – y lo que vendrá – sus efectos. El karma además de referirse a nuestras acciones, incluye también nuestros hábitos emocionales y mentales.

Después de un día agotador, tengo poca paciencia y cuando las cosas no van como quisiera uno de mis hábitos emocionales es enfadarme. Es un hábito porque se repite cuando se dan las citadas circunstancias. Si no identifico mi reacción como un hábito emocional, caigo presa de convincentes justificaciones sobre porqué tengo razón en enfadarme. Esta interpretación, por acertada que sea, me libra de tomar responsabilidad sobre mi hábito y transformarlo.

Uno de los aforismos de entrenamiento de la mente – Lojong – del budismo tibetano que aprendí de Pema Chödrön es Entrénate en las tres dificultades:

1. IDENTIFICAR EL IMPULSO. Cuando me noto cansada, impaciente,…unos segundos antes de enfadarme, el impulso ya está ahí. Darse cuenta de ello en el momento es una capacidad avanzada. Un paso previo consiste en revivir una situación pasada en la que la emoción nos dominó. Al hacerlo nos familiarizamos con las sensaciones físicas del momento, los pensamientos y lo que nos mueve, para que la próxima vez lo podamos identificar antes de que sea demasiado tarde.

(NIK, UNSPLASH)

2. SOLTAR EL IMPULSO. Reconocer el impulso a enfadarme y soltarlo es un paso de gran dificultad. Lo es porque llevamos años practicando nuestros hábitos emocionales y están afianzados en estructuras neuronales con gran capacidad de activación. Una metáfora sería como ir en un tren que lleva siempre a la misma estación, es decir, a cierto estado emocional y acciones. Soltar el impulso implica nada más y nada menos que ¡saltar del tren! Algo que me ayuda a hacerlo es reconocer que el tren se dirige a un lugar al que no quiero ir: un paisaje en llamas o un sitio de destrucción. Si no lo he conseguido en la situación misma, vuelvo a ella en un segundo momento y me imagino saltando de este tren, lo que a nivel práctico significa respirar, callar y tal vez irme a otro sitio – ¡todos hábitos nuevos!. Hacerlo me prepara para cuando una situación similar se vuelva a reproducir, lo que ocurrirá con toda probabilidad.

3. CONVERTIR LO ANTERIOR EN UNA FORMA DE VIDA. Algo maravilloso de las enseñanzas budistas es la claridad de sus instrucciones fruto del conocimiento profundo de la mente. Transformar la mente es lidiar con la poderosísima energía hábito codificada en nuestras estructuras neuronales, por lo que fracasar repetidamente es inevitable, como reconoce el maestro Zen Norman Fischer. Sin embargo, el fracaso no nos tiene que disuadir de perseverar, sino todo lo contrario. Es por esa razón que el tercer paso del aforismo consiste en practicar el punto uno y el punto dos una y otra vez. Poner en práctica las tres dificultades a pesar de lo arduo que resulta hacerlo, es lo que poco a poco irá desactivando nuestros hábitos emocionales – tristeza, apatía, rechazo, envidia…- dando lugar una mayor libertad interior.

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