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Tú y el instante después del orgasmo

Sin previo aviso, el deseo llega al mayor órgano del cuerpo: tu piel. Te preguntas cuando será el instante propicio. No dices, ni haces nada. Tu cuerpo, conectado con el resto de cuerpos más de lo que nunca sabrás, lo hace por ti.

Persona con puntos dorados

(Christopher Campbell, UNSPLASH)

Transcurre el día y el deseo es tu sombra. Le susurra al amante y prende el suyo. Más pronto de lo que creías, os encontráis.

Sin agenda, entras en el juego de la piel. Dos ríos de cauce oscilante. El placer discurre salvaje hasta disolverte, hasta disolveros en el revuelto mar del orgasmo.

No hay rastro de aquello que crees que eres. Los poros de tu piel bajaron sus defensas y ya no son tu frontera. Vacío y permeable estás en todas partes. Permaneces un instante en ese estado de consciencia. Sin saberlo, acaricias la iluminación, rozas a Dios.

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No te tomes tan en serio porque… no existes

Una de las enseñanzas fundamentales de Buda es que no existe un yo separado. Se denomina la doctrina del no-yo. Cuando Buda promulgó esta comprensión del ser humano hace más de dos mil años, sacudió los cimientos de las creencias del momento. Ahora, en plena cultura narcisista y egocéntrica esta verdad se me presenta como algo provocadoramente radical pero sobretodo necesario e inspirador.

El hecho que no exista un yo, no significa que no existas. Negar la existencia del yo – es decir del ego – no significa que lo que exista sea nada. El budismo no es una espiritualidad nihilista. De lo que Buda se dio cuenta es que suponer que existimos como ente separado y continuo en el tiempo es la fuente de sufrimiento por excelencia de los seres humanos.

Mujer con círculo blanco

(Caroline, UNSPLASH)

¿Si no existes tú, qué es lo que existe?

Existe un sustrato básico del que todo emerge. Una sopa cósmica de potencial de la que nacen estados, formas, energías, fuerzas. Existen distintos estados egoicos que generan acciones y reacciones. Existes tú, un puñado de células que quieren vivir.

A una parte de ti le entra pánico, cuando se da cuenta del sustrato básico sobre el que no tiene control. El miedo nace de no querer ver la verdadera naturaleza de las cosas. El miedo contrae y separa, y así nace tu ego. Y con él la primera dualidad: todo lo que no eres tú. A partir de ahí, tu ego expande sus tentáculos en una madeja abominable, modela lo que percibes, cómo lo percibes, sesga tu consciencia y condiciona tus actos en una rueda sin fin.

Chögyam Trungpa Rinpoche lo asemeja a estar conduciendo un coche a gran velocidad. Lo estás conduciendo y todo va bien, pero de pronto, te acecha el pensamiento de que has estado yendo demasiado rápido sin darte cuenta. Te entra pánico, le das al freno bruscamente y probablemente tienes un accidente1. El ego es la tensión y todo lo que genera después, preocupaciones, racionalizaciones, acciones, interpretaciones. Y el accidente son todos los problemas en los que nos mete.

Más allá del lenguaje

El lenguaje insiste en separarnos los unos de los otros y por esa razón no nos ayuda a experimentar la verdadera naturaleza de las cosas. Thich Nhat Hanh2 lo describe exquisitamente cuando afirma que somos aquello que hacemos en cada momento. Tu eres el viaje y el viajero. Eres el coche y la carretera. Eres la avería y la puesta de sol.

Sí, la vida va a gran velocidad, pero no necesitas controlarla. Tal vez ya te hayas percatado de que intentarlo es una mala idea, por mucho que tu ego se empeñe. Te invito entonces a darte permiso para ser cada una de tus experiencias, sin apegarte a ninguna, ni tomarte demasiado en serio, pues al fin y al cabo…no existes 😉

 

(1) Del libro Glimpses of Abhidharma

(2) Del libro The sun. My heart

 

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5 pautas + 1 para convertir la muerte en tu aliada

Hace un par de noches, mi hija me contaba impresionada al acostarla sobre una erupción del Etna, en la que torrentes de lava se habían llevado a cientos de personas: “Sabes mamá, había un perro que caminaba por allí y se quedó tieso. Igual que el tendero y las personas que paseaban por la calle… ¿Cómo puede ser?” me decía con los ojos como platos y la voz llena de asombro, mientras imitaba a las personas en el momento del baño mortal. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Bueno, ya es suficiente le dije. Balbuceé algo como “la vida es así”. Ahora, al relatarlo, me doy cuenta de mi nada sutil prisa por dejar el “temilla” y pasar a las canciones y a los mimos.

En la promoción del libro Tu vida épica, al hablar con los medios, me encuentro inconscientemente pasando de puntillas por la primera regla de Tu vida épica: el hecho de que somos mortales. Y aunque en el libro le dedico un capítulo entero, sé que la muerte no vende. Más allá de las calaveras que puntualmente se ponen de moda, nuestra cultura la rechaza y pocos quieren escuchar sobre ella. Y sin embargo, aquí estoy yo con este artículo.

EL REGALO DE LA MUERTE

A menudo trágica e injusta, la muerte se nos antoja incómoda. Pero sobretodo es natural. La muerte no es lo contrario a la vida, es la otra cara de nacer. Con el gesto de nacer, llegamos, con el de morir, nos vamos. Por esto, considerar la propia muerte es fundamental, como insisten distintas tradiciones espirituales. Lo es porque saber que nuestro tiempo es limitado nos ayuda a ordenar prioridades, a discernir lo importante y a enfocarnos en lo que tiene sentido para nosotros.

Rosa mustia

(Sharon Mccutcheon, UNSPLASH)

5+1 PAUTAS PARA CONVERTIR LA MUERTE EN TU ALIADA

Como casi todas las enseñanzas, ser conscientes de la muerte no es algo que podamos hacer una vez y pasar a otra cosa. Hay que recordarlo, es decir, llevarlo al corazón de uno, periódicamente, de forma consciente. Te comparto algunas pautas para hacerlo:

  • Cuando te levantes por la mañana, pregúntate: ¿Qué voy a hacer hoy, y cómo voy a hacerlo, sabiendo que mi vida no está garantizada?
  • Al final del día, antes de irte a dormir pregúntate: ¿Si me fuera a morir esta noche, habría aprovechado bien mi día? No te lo preguntes desde el punto de vista hedonista – pasártelo bien – sino considera si has aprovechado y honrado tu vida. Toma nota de las respuestas y si el día siguiente te levantas, aplica las lecciones de la noche anterior.
  • Cuando muera un familiar o persona cercana, date permiso para sentir el impacto. Deja que te llegue la pérdida con toda su magnitud, marcándote para siempre con sus aprendizajes.
  • Cada vez que te encuentres con alguien, considera que tal vez sea la última vez que le veas. Hazlo también con tus personas cercanas. Date cuenta de cómo cambia la naturaleza de la interacción, con esta verdad en ti.
  • Cuando te sientas apegado a algo: a una relación, a una persona, a un objeto o posesión…date cuenta de que no podrás llevártelos cuando te mueras. Deja que esta consciencia te ayude a abrir la mano, la mente, y el corazón deshaciendo con este gesto el apego.
  • Deja que las noticias te acerquen a la muerte. Las noticias están repletas de ella. En lugar de insensibilizarte, pensando “es solamente una muerte más”, considera las muertes ajenas con cuidado y date cuenta de qué forma tu podrías ser uno de ellos. Sin duda lo serás en un día cercano y, muy probablemente, no salgas en las noticias.

Un momento en el que intimé con la muerte fue durante un retiro espiritual. Consistía en recitar sin parar una versión de la siguiente letanía: “No voy a resistir envejecer, ni enfermarme. Cuando muera, perderé todas mis relaciones y posesiones.”, frente a un compañero con el que nos íbamos turnando. Después de nadar en esa música durante sesenta minutos nos dijeron ”ahora, salid afuera y experimentad el mundo”. Para mi sorpresa, al tocar aquella verdad cruda y pesada me sentí libre, ligera y extáticamente viva. Porque llevar la muerte a la conciencia no nos hunde, sino que nos despierta a la realidad. Y es entonces cuando podemos llamar a la muerte nuestra aliada.

 

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