No eres lo bastante bueno

Hoy no me he levantado para hacer deporte. Llevo todo el día sintiéndome culpable por ello y con un malestar que no me quito de encima. Esto ha afectado a mi trabajo y relaciones. En una reunión, me he pasado dando caña a dos compañeros de trabajo y me siento fatal por ello.

Así empieza una de mis sesiones de coaching con Mónica, mujer en la treintena, ocupando un cargo ejecutivo en el sector público.

Pongo el zoom en lo que pasa cuando se da cuenta de que se ha dormido y descubrimos el pastel: Mónica se dice a si misma “otra vez te has dormido, eres un desastre”, “ya has echado a perder el día”, “desde luego, no tienes fuerza de voluntad”, “no vas a llegar a ninguna parte”, mientras se le hace un nudo en el estómago. ¿Crimen? Un ataque típico del crítico interno.

El crítico interno es un conjunto de voces y mensajes que entraron en nosotros de niños. De mayores nos joden la vida en todo tipo de situaciones, llenando nuestro interior de tiroteos y campos de minas. Disfrazado de la voz de tu consciencia, el crítico interno te lleva por el camino de la amargura mientras te reprime, bloquea y lastima, según le plazca.

Las buenas noticias son que puedes destapar su modus operandi. Lo fundamental es oírle, es identificarlo sabiendo que él no eres tú.

(GTRES)

En el caso de Mónica, la clave fue darse cuenta que su sufrimiento no surgía por no haberse levantado a hacer deporte, sino por cómo se trataba a si misma por ello. Cuando no oigas voces sino solamente un malestar particular, es tu oportunidad de desvelar sus malditos susurros.

Las malas noticias son que el crítico interno volverá al ataque. Porque desactivarlo significa transformar por completo la relación que tienes contigo mismo. Significa dejar de ser tu enemigo y pasar a quererte incondicionalmente. El Dalai Lama lo llama “desarmarse interiormente” y créeme, no es una misión fácil.

Solo unos pocos lo consiguen. Si te conviertes en uno de ellos, volverás a nacer y cambiarás el mundo.

El equilibrismo más arduo

No paran de subir los casos de covid. La economía se hunde y con ella familias enteras se sumergen en la pobreza. El hielo de los polos se derrite. Cada día se extinguen más de un centenar de especies. El fuego arde en varios continentes. Los mares están contaminados. El aire todavía más… Me rindo. Me hundo en la desesperanza y tiro la toalla.

Para la humanidad, el mundo se ha acabado muchas veces. Con la peste en la Edad Media. En Bosnia Herzegovina, hace casi treinta años. En el Mediterráneo hoy día, con los naufragios de pateras. En los campos de refugiados. Durante guerra civil española. Sin embargo, aquí estamos tú y yo. Sigo en pie en este mundo loco. Y tú también. Y mientras lo estamos, podemos hacer dos cosas.

La primera es perdernos en los objetos de nuestra atención. Es decir, perdernos en las cosas en las que nos fijamos. Las cosas se nos tragan, nos consumen con su tragedia, urgencia y vibración. Entramos en la selva de la información como en un peli de miedo, sin encontrar la salida. Me pierdo en esta selva muchas veces. Por temas medioambientales, por historias personales, por temas humanitarios. En la selva me sumo en un estado de ánimo pesado y oscuro que bloquea cualquier tipo de acción transformadora.

La segunda, algo fundamental en mi acompañamiento en calidad de coach de desarrollo personal, es fijarnos en nuestro estado de conciencia. Si llevas la atención a la calidad de tu conciencia te darás cuenta del espacio que habita en ti. Descubrirás al testigo u observador. Plantéate lo más crucial. ¿Qué estado de conciencia decides cultivar? Sea el que sea el que elijas, depende exclusivamente de ti.

El filósofo Fernando Savater afirma que “sostenerse en la alegría es el equilibrismo más arduo, pero el único capaz de conseguir que todas las penas humanas merezcan efectivamente la pena”. Para navegar el diluvio universal que siempre está cayendo, elegir vivir en la alegría es el mayor coraje. Atrévete, y al hacerlo llenarás de sentido tu vida, mientras caminas un paso tras otro, hasta tu pequeño gran fin.

GTRES

Bienvenido al nada exclusivo club de los adictos anónimos

¿Alguna vez te has sentido escandalizado por enterarte que tal o cual persona era adicta a las drogas? ¿O al sexo? ¿O a la comida?. Hola, me llamo Magda y soy adicta.

Esta reacción sorpresa se apoya en el convencimiento de que uno no es adicto. Mírate por un momento. Haz inventario de tus adicciones. Estas son algunas de las mías: adicción a cuidar mi cuerpo, a tomar a suplementos, adicción al chocolate, a la intimidad… Considera estas otras, adicción a la tele, a la pornografia, ¡adicción al trabajo! ¿Alguna te suena? Bienvenido al nada exclusivo club de los adictos anónimos.

Estar cien por cien vivo, es tan intenso que a menudo creemos que no somos capaces de recibir el tsunami de emociones, estímulos, llamadas, e invitaciones de un instante tras otro. Es entonces cuando acudimos al refugio de la adicción. Y ahí está ella, dispuesta a distraernos, anestesiando al rabioso presente. Y al hacerlo nos quita el dolor y también la alegría.

La adicción es un sustituto de lo que realmente necesitamos o somos capaces. Funciona así. En lugar de ponerme a escribir, me escondo leyendo un libro y así evito sentir el vértigo de enfrentarme a la página en blanco. O acudo a la pornografia porque no me atrevo a entablar una relación de verdad con otro ser humano. Me dedico a surfear las redes para no sentirme aburrido, evito encontrar algo que me llene y ponerme manos a la obra.

(GTRES)

Para soltar cualquier adicción hace falta querer hacerlo y, en muchos casos, ayuda externa. Es necesario querer estar despiertos, a pesar del dolor o del miedo. Pasa por decir que sí a la totalidad de nuestra experiencia y sentirla plenamente, al igual que cuando viajamos a un destino en el que nunca hemos estado. En él, nuestros sentidos están receptivos. Sabemos que ese momento único no se repetirá y por esta razón nos abrimos a él.

Este mismo instante es exactamente igual. Este momento no volverá a existir, y echarlo a perder con la adicción es olvidar cuán sagrada es tu vida.

Por qué te haces la víctima y no lo sabes

¿Te sientes desamparado frente a la pandemia? ¿Te sientes oprimido por simpatizar con cierto color político? ¿Te sientes sometido por situaciones injustas? Cada día tropezamos con mil invitaciones a convertirnos en víctimas.

Que tu vida sexual no sea lo que te gustaría. Lo agobiante de tener que llevar mascarilla. Haber perdido el trabajo fruto de la crisis. Que no podamos reunirnos más de seis personas. El 155 en Cataluña. No poder salir de Madrid. Pillar el coronavirus.

Todo esto son formas de sentirnos víctimas. Lo compartimos con muchas personas. Y este complejo viene agudizado por la opinión pública. Aunque pueda parecerte natural y justificado, participar en el victimismo siempre es un problema.

Una vez mordida la manzana, respiramos inevitablemente una nube emocional tóxica, compuesta de resentimiento, rabia, pena, defensividad y argumentos que transmitimos captando más y más víctimas.

(GTRES)

La mayor parte de veces no tomamos la decisión de participar en el victimismo. Simplemente ocurre. Por proximidad a las personas con las que vivimos, por los medios de comunicación que consumimos. Por hábitos que practicamos durante años.

En este baile cuya música no elegimos, danzan la víctima, desvalida y sin poder; el perpetrador malo y poderoso; y el rescatador bueno y con recursos. ¡Y sí, perdemos nuestro poder! Así de trágico es este cuento.

Libérate de la etiqueta de víctima. Recupera tu poder rechazando la moto victimista que te vendieron. Acepta que la vida no es un camino de rosas. Haz inventario de recursos internos y externos para afrontar la situación. Si lo consigues, ganarás espacio. Espacio para ser, para actuar, para liderar.

Con este primer artículo inauguro este blog. Mi intención es desafiar el sentir común con perspectivas que faciliten nuevas posibilidades en ti. Quién sabe, puede que hasta exista un final feliz 😉 Te animo a compartir tus reacciones al pie de cada artículo.

¡Bienvenid@ a Sin perdices!