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Cómo cultivar la resiliencia cada día

«Tu gran error es el de actuar el drama como si estuvieras solo. Como si la vida fuese un progresivo y astuto crimen, sin testigos de las sutiles y minúsculas transgresiones. Sentirte abandonado es negar la intimidad con tus alrededores».

Con estas líneas David Whyte1 describe la actitud anti-resiliente por antonomasia: obcecarnos con nuestros pequeños o grandes dramas, pretendiendo que estamos solos y abandonados.

Esta semana participo en una jornada con Gaspar Hernández – periodista, escritor y un referente en temas de consciencia -, sobre la resiliencia, entendida como la capacidad de superar crisis y traumas vitales, saliendo reforzado de ellos. Existen muchos ángulos para abordar esa capacidad. Viktor Frankl, de su experiencia en dos campos de concentración nazis, lo aborda encontrando un propósito más allá de uno mismo. Boris Cyrulnik lo fundamenta en el poder de buscar y recibir apoyo de personas de nuestro entorno que nos ayuden a resurgir de las cenizas. Otro vehículo es la creatividad como motor para crear sentido e integrar experiencias traumáticas, entre muchos otros.

TODO SON RELACIONES

Lo que tienen en común las prácticas para desarrollar la resiliencia es que se fundamentan en una relación particular. Una relación que vincula aquello traumático que nos ha pasado con algo más allá de nosotros, un proyecto o un propósito: entablar una relación terapéutica, expresar nuestro dolor de una forma creativa, tomar la responsabilidad de cuidar de alguien…Al hacerlo, ocurren dos cosas fundamentales. La primera es que dejamos de hundirnos en el agujero de la soledad y empezamos a no tomarnos tan en serio a nosotros mismos. En la segunda, nuestro sentido de identidad se expande conectándonos a los otros, a la vida y sus infinitas posibilidades.

Flor amarilla

(Leuchtturm81, PIXABAY)

LA RESILIENCIA DE CADA MOMENTO

No hace falta que nos pasen cosas gordas para cultivar la resiliencia. Lo mejor para estar preparados cuando estas lleguen, y te aseguro que lo harán, es practicar la resiliencia cada día a día, o mejor aún: cada instante. Cada momento, eliges consciente o inconscientemente tener una actitud resiliente o dramática. Tu personalidad, tu bagaje y tu situación personal te posicionan más a un lado u a otro de la ecuación. En estos ejemplos recojo dos formas de reaccionar al mismo hecho. Las de la segunda columna te hacen más débil, las de la tercera más fuerte:

 

LO QUE OCURRE DRAMA RESILIENCIA
Se ha estropeado la lavadora “Oh vaya, lo que me faltaba, qué mala suerte.” “Llamo al técnico que venga cuanto antes.”
Tu hijo ha sacado notas bajas “Con todo lo que le he dado y así me lo paga.” “Hablaré con él y buscaremos soluciones juntos.”
No te encuentras bien “Oh vaya, seguro que es algo grave.” No paras de darle vueltas al asunto. “Elijo no preocuparme y pido hora al médico.”
Te has quedado sin trabajo por el covid “No voy a salir nunca de ésta, esto va para largo, y a mi edad…” “Empiezo a buscar trabajo y también ayuda para aguantar hasta que lo encuentre.”

 

Hacerte consciente de tu actitud es clave para dejar de vivir en permanente estado de guerrilla. El mundo no es tu enemigo. Como dice Whyte en el mismo poema, “Suelta el peso de tu aislamiento y entra en conversación” (···) porque: “Todo te está esperando”.

 

(1) Del poema Everything is waiting for you.

 

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Las prisas del hámster que llevas dentro

Voy todo el día corriendo. Cuando hago una cosa, ya estoy pensando en la próxima que tengo que hacer. Sin tregua. Es domingo y vamos de excursión en familia. Estoy todo el rato, “venga va, más aprisa, que no llegamos”, aunque en realidad vamos bien de tiempo y no existe motivo por el que correr. Me impaciento con las personas que tienen ritmos más lentos que yo, esto genera malos rollos y tensiones.

Las prisas son el elemento común de estas situaciones. Aunque cada persona es diferente, en mi práctica de coaching he observado que a la mayoría nos dominan dos tipos de prisas.

La primera es la prisa interna. Según la neurociencia se trata de una versión de la respuesta a una situación de peligro, en el que se activan las reacciones viscerales de lucha, huida o congelación. Cuando esto ocurre tu sistema nervioso se pone en alerta preparándose para huir, como si estuvieras ante la amenaza de un león. Sin embargo la mayoría de veces, o vivimos permanentemente activados o nos activamos ante un gatito callejero, derrochando energía cómo si nos sobrara.

La segunda es la prisa cultural. La del ser productivo mola y estar mega ocupado es sexy. Ésta te empuja a hacer más, más rápido. Esta prisa ve el presente como un problema, algo que tiene que ser resuelto para llegar a un futuro en el que todo estará bien y podremos descansar. Sin embargo, cuando este momento llega seguimos corriendo como un pobre hámster en la rueda.

Hámster

(Frenjamin Benklin, UNSPLASH)

“No hace falta que corráis que cuando os llegue la hora de morir, no podréis ir a ningún lado” dice mi maestra de yoga. La mera contemplación de nuestra muerte revienta la ilusión de que vamos a llegar a alguna parte. Cuando te permitas sentir esta verdad – y recordarla a menudo – podrás soltar las prisas, poner atención en el cómo vives y despertar al eterno aquí y ahora.

Así que…¡venga despierta que ya vamos tarde! 😉