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Los dientes no dan fiebre

No sabemos por qué, pero la gran mayoría de madres y padres piensan que la salida de los dientes de leche provoca fiebre. Quizá sea por la sabiduría popular o por todos esos consejos que heredamos de las abuelas, pero el “mi hijo tiene fiebre porque le están saliendo los dietes” lo escuchamos todos los días en la consultan. Sin embargo, esta asociación no la estudiamos en la carrera de medicina y, menos aún, nuestros maestros nos enseñaron que al avaluar a un niño pequeño con fiebre en Urgencias los dientes podían ser la causa de tal proceso.

Entonces, ¿quién tiene razón: los padres o los pediatras? ¿Realmente los dientes provocan fiebre o no es más que un mito arraigado en la cultura popular desde hace décadas? ¿Quizá es que los dientes son la excusa perfecta para que los padres no se preocupen en exceso por las fiebres de sus hijos cuando llegan los primeros catarros e infecciones? En este post destripamos la polémica….

¿Cuándo salen los dientes?

Los dientes de leche empiezan a salir en torno a los seis meses de edad, aunque en ocasiones esto se puede retrasar durante unos cuantos meses. De hecho, no es raro que muchos niños soplen las velas de su primer cumpleaños sin que sus sonrosadas encías muestren signo alguno de que vaya a salir un diente. Tenemos un post entero sobre cuándo salen los dientes y en qué orden que quizá quieras consultar.

Lo habitual es que hacia los tres años la dentición de leche haya salido por completo: un total de 20 dientes entre incisivos, caninos y molares. Por tanto, cada niño tendría 20 oportunidades para que con la salida de cada diente tuviera fiebre. Sin embargo, cuando consultas estudios científicos sobre este tema, esa supuesta asociación entre fiebre y dientes es habitual entre los 6 y 18 meses de edad, mientras que en los niños de mayor edad no se produce.

Por tanto, ¿por qué a los niños mayores no les produce fiebre? O mejor, ¿por qué nadie habla de la fiebre cuando salen los dientes definitivos? La verdad es que a mi me gusta ser crítico con este tipo de cosas y estas preguntas solo me llevan a pensar que lo de la fiebre y los más pequeños de la casa no tiene mucha razón de ser.

¿Qué pasa cuando sale un diente?

En más de una ocasión nos han preguntado por redes sociales que si los dientes al salir producen dolor. Y si somos justos tendríamos que decir que no lo sabemos. Para conocer si realmente producen dolor habría que preguntar a quien lo esta “sufiriendo” y como os podéis imaginar un niño que no alcanza ni los doce meses de edad poco o nada nos va contestar.

Sin embargo, muchos padres y madres cuentan que cuando a un niño le va a salir un diente le encuentran más irritable de lo habitual, babea mucho e incluso quiere morder cosas duras buscando consuelo de alguna forma. Es cierto que durante esos días las encías se ponen rojas, como inflamadas, y esa es la excusa que se ha utilizado para justificar lo de la fiebre y la salida de los dientes.

Todos sabemos que cuando un niño padece un proceso inflamatorio, como unas anginas, este suele ir asociado a fiebre. Y es que la fiebre es una manifestación habitual que se produce en diversos procesos inflamatorios, sobre todo los de origen infeccioso. De hecho, el sufijo -itis, tan frecuente en medicina, hace referencia a “inflamación”. De este modo otitis significa inflamación del oido, conjuntivitis inflamación de la conjuntiva o meningitis inflamación de las meninges… Como bien sabréis, todos estos procesos suelen ir acompañados de fiebre.

Sin embargo, hay otros procesos inflamatorios que no producen fiebre, como la reacción local que se produce después de que un niño se dé un golpe en la cabeza y le sale un chichón o que se rompa un brazo al caerse de la bici, tras una picadura de mosquito o, incluso, cuando se infecta una herida.

¿Y qué pasa entonces con los dientes? Es cierto que la salida de los dientes de leche produce cierta inflamación en las encías, pero hasta el momento no se ha logrado demostrar que esta sea lo suficientemente importante para justificar que pueda dar fiebre al crío.

“Pero es que a mi hijo cada vez que le sale un diente le da fiebre…”

Los pediatras definimos fiebre como la elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC. Entre los 37 y 37,9ºC nos referimos a ella como febrícula. Cuando buceas en los estudios que han intentado analizar la asociación entre la salida de los dientes y la fiebre, la mayoría concluye que “un pequeño porcentaje de padres” (menos del 30% en la mayoría de ellos) encuentra que a sus hijos les aparecen unas décimas, es decir, nunca por encima de 38ºC. Sin embargo, estos estudios se realizan a partir de encuestas en las que se pregunta a los padres lo que ellos notan mientras a sus hijos les salen los dientes sin que realmente se busque causalidad, es decir, que sin que esa elevación de la temperatura corporal está realmente provocada por la salida de los dientes y por tanto, podría tratarse de una asociación casual, es decir arbitraria.

A lo que si que estamos muy acostumbrados los pediatras es a niños que en su primer año escolar, cuando empiezan a juntarse con otros niños en la escuela infantil o en le colegio, se pillan una media de 10-12 procesos febriles banales como virus varios, gastroenteritis o catarros. Esta época del inicio de la etapa escolar de un niño coincide con la salida de los primeros dientes de leche por lo que, desde el punto de vista científico (de la causalidad), tendría mucho más sentido achacar la fiebre a los virus que a los dientes.

Lo que nos preocupa a los pediatras

Como pediatra tengo claro una cosa. Puede ser, porque no lo tengo seguro del todo, que los dientes den unas decimillas. Lo que es altamente improbable es que por la salida de los dientes un niño tenga más de 38ºC durante varios días. Por eso los pediatras solemos decir que “los dientes no provocan fiebre”, fiebre como la entendemos habitualmente, es decir un proceso de varios días de duración en el que el niño está más o menos afectado y la fiebre sube y baja sin parar.

Lo que nos preocupa a los pediatras cuando un niño tiene fiebre es que pueda estar padeciendo una infección grave (una neumonía, una infección de orina, una meningitis…). Infecciones en las que si no se pone un tratamiento a tiempo pueden tener graves consecuencias. En general, con una simple exploración física somos capaces de discernir si ese niño con fiebre tiene una infección leve o, por el contrario, requiere de alguna prueba que la confirme o lo descarte.

Como veis, nuestra labor al evaluar a un niño con fiebre se centra en establecer si al niño le pasa algo por lo que puede esperar o quizá es algo más grave. Y en esa lista imaginaria de posibles causas de la fiebre no suele figurar la salida de los dientes o, como mucho, está al final de la lista y siempre tras haber descartado el resto de posibles causas.

Como suelo decir a los padres y madres que atiendo cuando uno de sus hijos pequeños tiene fiebre, “vamos a descartar primero lo que es importante y si luego son los dientes, pues fenomenal”. Así que ya sabéis, si vuestro hijo tiene fiebre y esta dura más de 24-48 horas, presenta mal estado general o parecen signos de alarma (manchas en la piel, dificultad para respirar, vómitos….) debéis acudir al pediatra antes de quedaros en casa pensando a que todo ello se debe a los dientes.

Y si alguna vez algún pediatra os ha dicho que la fiebre de vuestro hijo es por los dientes, estoy seguro de que ha sido para tranquilizaros. Es más fácil esta explicación -aunque no sea verdad- para muchas familias que deciros que realmente no sabe a qué se debe la fiebre, pero que seguro que en unos días se le pasará sin mayores consecuencias que un par de días reguleros.


En conclusión, los dientes no producen fiebre y mucho menos procesos febriles con temperaturas por encima de los 38ºC y días de duración. En cualquier caso, si preferís pensar que a vuestros hijos sí que les da fiebre cuando les salen los dientes me parece estupendo, pero no dejéis de consultar con vuestro pediatra si veis que el niño no mejora rápido o, por el contrario, la cosa empeora con el paso de los días.

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Bilbliografia:

¿Crecen los niños cuando tienen fiebre?

¿Cuántas veces habéis oído decir que vuestros hijos han pegado un estirón con la última fiebre que han tenido? Estoy convencido que muchas. No en vano, esta asociación pertenece a uno de los grandes mitos de la salud infantil. Sin embargo, este en concreto es un mito que tiene algo de realidad, al menos si nos basamos en la fisiología humana.

Vamos a ver si puedo contaros de forma sencilla en qué se basa esta teoría. Así, cuando estéis en el parque con los niños y algún padre resabidillo suelte que vuestro Manolito está muy alto desde la última vez que lo vio y que seguro que ha sido por la fiebre del catarro del otro día, podáis soltarle un discurso explicándole en qué se sustenta esta teoría.

La Hormona de Crecimiento: la gran culpable

Antes de empezar hay que repasar un poco para qué sirve la hormona de crecimiento. Seguro que estáis pensando que para crecer, y no os falta parte de razón, pero esta no es su única función.

La hormona de crecimiento (GH) es una hormona que se secreta en la hipófisis, un trocito de cerebro en donde se producen una gran cantidad de hormonas que controlan el sistema endocrino de nuestro cuerpo. A diferencia de lo que cree mucha gente, esta hormona se secreta durante toda la vida y no solo durante la infancia.

Sus funciones son muy variadas, por ejemplo, da lugar a la síntesis de proteínas, aumenta la glucosa en sangre o quema grasa de los depósitos del cuerpo para que en el torrente sanguíneo haya más ácidos grasos que sirvan de combustible para las células del cuerpo. Pero entre todas sus funciones, el crecimiento lineal, es decir, a lo largo, de los huesos del cuerpo, es quizá la más conocido.

Esta hormona es la responsable de que los niños ganen altura, ya que, mientras los cartílagos de los huesos del cuerpo sigan abiertos, seguirán creciendo. Ese cierre ocurre al final de la pubertad, momento en el que las personas adquirimos nuestra talla final que nos acompañará para el resto de nuestra vida.

¿Cuándo se secreta la hormona de crecimiento?

Esta hormona se secreta de forma muy particular ya que lo hace en pulsos, sobre todo durante la noche. Es decir, sus niveles en sangre no son continuos, estando más elevados mientras dormimos.

No creo que haga falta explicaros que cuando un niño está enfermo duerme más horas de lo que hace habitualmente, incluso realizan alguna que otra siesta a lo largo del día cuando antes no lo hacían. Esto ocurre porque uno de los efectos de las citoquinas, unas moléculas que secretan las glóbulos blancos para defendernos de las infecciones, es que producen sueño.

Esto de que los niños duerman más cuando están malitos es la primera teoría que intentaría explicar por qué los niños crecen mientras están enfermos.

¿Crecemos porque tenemos fiebre o tenemos fiebre porque crecemos?

Pero además, hay una serie de factores que hacen que la GH se secreta en mayor medida de lo esperado, como por ejemplo el ejercicio, un traumatismo, una enfermedad aguda, el estrés físico o un proceso febril.

La infancia es la época de la vida en la que más infecciones padecemos, muchas de ellas asociadas a fiebre. Si a esto unimos que los niños, a diferencia de los adultos, tienen todavía la capacidad de crecer, parece que tiene sentido que los niños peguen un estirón en estas circunstancias.

¿Pero esto es verdad o es solo una explicación molona a lo de la fiebre y el estirón?

Como decía al principio, que los niños crezcan cuando tienen fiebre es un mito o una leyenda arraigada en el imaginario popular desde hace montones de años. Por desgracia no existe ningún estudio que haya demostrado que después de un proceso febril un niño gane unos centímetros de altura.

Sin embargo, las explicaciones que habéis leído en los párrafos anteriores son ciertas, es decir, la GH se secreta cuando dormimos y en mayor medida cuando tenemos fiebre no es una invención, es fisiología humana.

Así que bueno, quizá no podamos demostrar que los niños crecen cuando tienen fiebre pero os puedo asegurar que tiene más de realidad que de ficción.

EXTRA BONUS: ¿Y por qué los niños adelgazan cuando están malos?

Tampoco es raro ver como un niño que ha tenido fiebre se queda en los huesos al cabo de unos días o, al menos, eso es lo que contáis cuando venís a vernos a la consulta.

La explicación mas fácil nos enseña que durante esos días comen menos de lo normal y de ahí que hayan perdido algo de peso.

Pero además, durante una infección nuestro cuerpo gasta más energía de lo normal ya que tiene que luchar contra el microorganismo que causó esa fiebre o ese catarro. Para ello tira de reservas que tiene, lo que sumado a que comen menos durante estos días, daría lugar a un balance energético negativo que se traduciría como pérdida de peso.

Y para rizar el rizo, si recordáis, la GH es una hormona que se encarga de trasformar los depósitos de grasa en ácidos grasos que nuestro cuerpo puede utilizar como fuente de energía. De esta forma, durante un proceso febril, la secreción de GH, entre otras cosas, podría dar lugar a que el niño adelgazara.


En resumen, cuando un niño tiene fiebre es muy probable que pegue un estirón y ademas pierda algo de peso, todo ello como consecuencia de la secreción de la hormona de crecimiento. Ahora, a todos los que os quejáis de que vuestros hijos tienen fiebre muchas veces durante el invierno, pensad que no hay mal que por bien no venga ya que el estirón va de regalo.

Bibliografía:

Hola Mamá: tengo fiebre.

Querida Mamá (o Papá o quién me cuide ahora que me he puesto mala):

Creo que ya te has dado cuenta de que tengo fiebre. Y lo creo porque he visto como me has puesto el termómetro de forma compulsiva unas 20 veces desde ayer. Todo empezó por la tarde, como quien no quiere la cosa. Me notaste un poco más apagada de lo normal, no quería hacer puzzles y solo te pedía que me cogieras en brazos, y al ponerme la mano en la frente dijiste “Ya estamos; es ir una semana al colegio y ponerte mala”.

La verdad es que creo que no tengo la culpa. Nuestra pediatra siempre dice que los niños que van al colegio o a la escuela se ponen habitualmente enfermos, al menos durante los primeros años, aunque la mayoría de las veces son procesos infecciosos sin importancia. Al fin y al cabo, es la primera vez que me enfrento a los virus esos que tanto odias y todavía no he aprendido a defenderme de ellos sin que me produzcan fiebre, tos, mocos o cualquier otro síntoma que se te pase por la cabeza. Hay que reconocer que son un rollo, ya que hacen que me pase varios días seguidos decaída con pocas ganas de comer y de no hacer nada. Vamos que, como dice el abuelito, me convierto en un trapillo. Sin embargo, yo estoy tranquila. No es la primera vez (ni la última) y se que antes o después todo volverá a la normalidad. Y si no es así, ya habrá tiempo de que me lleves al médico para que me eche un vistazo y, de paso, me regale una pegatina.

El motivo de esta carta es para intentar que lleguemos a un acuerdo. Yo sé que me cuidas con todo tu amor pero hay cosas que haces que no son necesarias, quizás en un intento de protegerme y no dejar ningún cabo suelto. Sí, tengo fiebre, pero no tengo el Ébola, así que no hace falta que me vigiles como si tuviera la peor infección del mundo y necesitara una Unidad de Cuidados Intensivos con cientos de cables a mi alrededor y un monitor que marque mi frecuencia cardíaca con un bip-bip al ritmo de un metrónomo.

Una cosa muy importante que ya deberías saber es que, cuando tengo fiebre, el paracetamol o el ibuprofeno me lo debes dar para que me encuentre mejor. Está claro que esto ocurrirá a la par que la fiebre se modera, pero puede ocurrir que pase de estar amodorrada en el sofá a dar brincos por el salón y pedirte salir a jugar a la calle sin que la fiebre se mueva de los 39ºC. Si te digo la verdad, lo que marque el termómetro me da un poco igual. A mi lo que me interesa es encontrarme bien. Así que no te obsesiones con ponerme el termómetro cada 20 minutos en un intento de ver si la fiebre baja. Vigila cómo me encuentro, mi estado general, ya que ese es el mejor termómetro del que fiarte. Por el mismo motivo, si tengo fiebre pero no me encuentro mal, puedes esperar a darme la medicina, cosa que ocurre muchas veces cuando estoy durmiendo plácidamente a pesar de sobrepasar los 38ºC. Te puedo asegurar que me molesta más que me despiertes para darme el jarabe que seguir durmiendo con fiebre.

Como te decía antes, lo que tengo es fiebre y, probablemente, en un par de días haya desaparecido. Ya sabes que la fiebre no es mala, que no me hace daño. No es más que un síntoma que nos avisa de que mis defensas están luchando contra los malditos virus. Además, es normal que solo tenga fiebre, al menos de momento, eso que a los pediatras les gusta llamar “fiebre sin foco” o decir que “todavía no ha dado la cara”. Por este motivo, salvo que me veas con mal estado general o que me cuesta respirar, no hace falta que me lleves a Urgencias a toda prisa, sobre todo si son las tres de la mañana y en la calle hace un frío que pela. Pide cita con mi pediatra dentro de un par de días, que es quien mejor me conoce, y seguro que lo ve todo más claro. Con un poco de suerte, la fiebre puede que ya se haya ido y me gane esa pegatina solo por ir a saludarla.

Yo entiendo perfectamente que te agobies y sé que te gustaría que el tiempo pasara más deprisa para saber si esta fiebre que tengo hoy se debe a una neumonía, y así poder iniciar el antibiótico cuanto antes, o no es más que un catarro sin importancia. Sin embargo, Mamá, esto de la medicina no funciona así. Cuando me pongo mala hay que saber esperar y esperar a ver cómo avanza la película, si no corremos el riesgo de pensar, al ver solo cinco minutos de metraje, que se trata de una de aventuras cuando realmente la peli es una comedia. Así que ten paciencia y recuerda que la fiebre solo hace que me encuentre mal.

También me gustaría decirte que odio cuando me metes en la ducha para darme un agua templadita a ver si con eso me baja la fiebre. No se tú, pero si tengo fiebre y me encuentro mal, lo que menos me apetece en ese momento es que me den un baño, ya que hace que tenga frío y, realmente, la fiebre solo baja unas décimas durante un rato muy corto. Del mismo modo, las friegas esas con alcohol que te hacían a ti cuando eras pequeña tampoco me ayudan, además hacen que huela a lo que toma la abuela en el vasito ese pequeño que ella dice que es nosequé del mono. Es preferible que me quites algo de ropa y bajes la calefacción de casa, que no se que te ha dado por poner el termostato en nivel infierno. Ni que fuéramos nudistas y estuviéramos todo el día por casa como Dios nos trajo al mundo.

Otra cosa que me pasa cuando tengo fiebre es que suelo perder el apetito. Con un poco de suerte comeré lo mismo que todos los días, pero no te sorprendas si te digo que no quiero desayunar o me dejo la mitad del plato de judías que me has preparado con tanto amor para cenar. Ofréceme la comida, pero no me fuerces a comer, que tampoco pasa nada porque me pase un par de días tomando solo yogures o arroz con tomate, que sabes que me encanta. Quizá pierda un poco de peso, hasta puede que pienses que me he quedado en los huesos, pero estoy segura de que en cuanto mejore comeré igual de bien que antes y recuperaré ese kilillo que dices que a mi me falta y a ti te sobra…

Para ir acabando, me gustaría que me dejaras en casa cuando tengo fiebre. No hay ninguna necesidad de que me lleves al colegio. En serio, no soy Sergio Ramos jugando la final de la Champions League en plan “sin mí seguro que perdemos” o el Presidente del Gobierno acudiendo al Consejo de Ministros más importante del año. Soy una niña y por faltar dos días a clase no voy a perder la comba del curso. Y si la pierdo, estoy convencida de que mis profesores harán todo lo posible para que no me descuelgue de mis compañeros. Tienes razón en que la fiebre en sí no es una enfermedad de exclusión escolar y que, seguramente, este virus me lo he pillado de Carla, mi compañera de pupitre, o de Juan, que es con quien me siento cuando vuelvo del colegio en ruta. Pero mira, si en casa ya estoy para el arrastre, imagínate si además tuviera que seguir el ritmo de la seño, con las sumas, las restas, los pronombres y la science, que además sabes que no la entiendo. Por caridad, déjame en casa.

También sé que si alguna vez me has llevado a clase con el ibuprofeno recién dado después de una noche de fiebre es porque la conciliación familiar y laboral en este país es una mierda (perdón por el palabro, se lo oí el otro día al tío Paco y, aunque no lo uso nunca, creo que esta vez venía al pelo). Intenta dejarme en casa, los abuelos casi siempre están dispuestos a hacerme compañía, o con un vecino o pide trabajar a distancia, pero no me lleves al cole. Si por algún motivo no lo consigues, pues bueno, qué se le va hacer, yo pondré mi mejor cara al ver a mis compañeros y aquí no ha pasado nada, al menos hasta que me vuelva a subir la fiebre. Pero de verdad, antes de hacerlo intenta por todos los medios que me quede descansando. Yo te lo agradeceré con miles de besos y quizá hasta te haga un dibujo de esos que tanto te gusta. Mis compañeros también te lo agradecerán, ya que así es menos probable que ellos se contagien. Sobre todo María, la niña que el año pasado tuvo cáncer y ya ha vuelto a clase. Porque, aunque ya está en remisión completa, lo que para mí no es más que un virus, para ella puede ser una infección muy grave, que me dijo el otro día que la pastilla esa que toma hace que sus defensas estén bajas.

Querida Mamá, siento si estas lineas que te he escrito te han molestado. Se que desde el día en que nací tú solo quieres lo mejor para mí. Estoy segura de que cada segundo, cada minuto, cada hora que paso con fiebre, lo único que quieres es que me ponga buena. Aunque no lo parezca, agradezco mucho que me arrulles en tu regazo. Agradezco tus besos y tus caricias. Agradezco que para que me quede dormida por las noches mientras tirito de frío, me des tu mano, aunque para ello te saltes todas las reglas que te has autoimpuesto en un intento de que aprenda a dormir sola. Agradezco también tus visitas furtivas en medio de la madrugada para ver si ya me encuentro mejor o quiero un vaso de agua. En definitiva, agradezco todos los mimos y cuidados que me das cuando tengo fiebre. Espero que algún día, cuando yo tenga hijos y tú peines canas, parecerme solo un poquito a tí; si lo consigo, sé que ellos estarán al cuidado de las mejores manos.

Así que, gracias Mamá.

Firmado: Lola, tu hija.


Esta entrada esta basada en el Decálogo de la Fiebre de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (link) y en el artículo “Viaje alrededor de mi casa” de Giani Rodari publicado originalmente en Il giornale dei genitori en 1966 y recopilado junto a otros artículos suyos en “Escuela de Fantasia” (ed. Blackie Books, 2017).

Dónde medir la fiebre de un niño

La fiebre es uno de los motivos de consulta más frecuentes en Pediatría, de hecho, la inmensa mayoría de los niños que acuden a Urgencias la presenta. En este blog ya hemos hablado en multitud de ocasiones sobre ella reforzando la idea de que la fiebre no es nada más -ni nada menos- que uno de los posibles síntomas asociado a una infección, como puede ser la diarrea y los vómitos en una gastroenteritis o los mocos en un catarro. También hemos hablado de su manejo o de cuál es el mejor termómetro para un niño, sin embargo, nos quedaba por rellenar el hueco de explicaros cuál es el mejor sitio para medir la fiebre, así que vamos con ello.

Temperatura central vs. Temperatura periférica

La temperatura que nos importa a los médicos es la temperatura corporal central, es decir, la temperatura del interior del cuerpo en donde se encuentran los órganos vitales. Ésta varía entre los 36,4-37,2ºC y es algo más elevada que la temperatura periférica. Sin embargo, debido a que los métodos para medir la temperatura central son muy invasivos, la temperatura que utilizamos habitualmente en nuestra práctica clínica es la temperatura periférica y es la que tenemos en cuenta a la hora de decidir si un niño tiene fiebre o no.

La temperatura periférica es un reflejo de la temperatura central, ya que se ha comprobado en muchos estudios que la temperatura medida en diferentes partes del cuerpo como la axila, la boca, el recto, el oído o la frente… se correlaciona muy bien con la temperatura central. Sin embargo, no es lo mismo medir la temperatura periférica en cada una de estos sitios, por lo que debemos conocer las particularidades de cada uno de ellos.

Sitios en los que se puede medir la fiebre

Como decíamos, dependiendo de dónde midamos la fiebre tendremos que tener en cuenta unas cosas u otras.

La temperatura rectal es la que se correlaciona mejor con la temperatura central y se considera normal valores entre 36,5 y 38ºC. Sin embargo, la medición en esta zona corporal puede entrañar riesgos por lo que no está recomendada de forma rutinaria.

La boca, a nivel sublingual, es la otra zona del cuerpo que presenta una correlación excelente con la temperatura central aunque suele ser algo más baja que la rectal, con un rango de normalidad entre 35,5-37,5ºC. En este caso, es difícil medir la fiebre en dichas localización en niños pequeño ya que no suelen colaborar, además puede falsearse si están respirando rápido (muy habitual cuando un niño tiene fiebre o presenta dificultad respiratoria).

La temperatura a nivel de la axila es fácil de tomar en casi cualquier niño. Sin embargo, la correlación con la temperatura central es peor que las dos anteriores debido a que la piel puede estar fría mientras que el interior de nuestro cuerpo está caliente o con fiebre. En España, es el método más empleado para medir la fiebre y es el que recomiendan la mayoría de las asociaciones de nuestro país. Se acepta como normal un rango entre 34,7-37,3ºC.

Para la medición de la temperatura rectal, bucal o axilar se suelen emplear termómetros digitales o de galistán. El problema de ellos es que tardan uno o dos minutos en dar la medición, lo que hace que para los niños (o los padres que sujetan a los niños) sea relativamente incómodo.

En los últimos años han aparecido nuevos sistemas de medida como la medición mediante infrarrojos. Este sistema de medición permite tomar la temperatura en otras partes del cuerpo como en el oído (temperatura de la membrana timpánica) o en la frente (temperatura de las arterias temporales). Son termómetros muy cómodos ya que dan la temperatura en pocos segundos sin que molestemos mucho al niño.

La correlación entre la temperatura del oído es muy similar a la temperatura central. Sin embargo, los aparatos de medida de uso comercial que podemos tener en domicilio son poco precisos respecto a los que se utilizan en investigación, de hecho, los estudios en los que se comparan estos termómetros comerciales frente a los que miden la temperatura rectal han mostrado resultados contradictorios. El rango de normalidad aceptado es de 35,8-38ºC.

En el caso de los termómetros de frente, la medición de la temperatura puede verse influenciada, por ejemplo, por el sudor, lo que se traduce en que su correlación con la temperatura rectal en los estudios realizados sea también contradictoria, en ocasiones más altas o más bajas que la de referencia. Por tanto, tampoco se recomiendan a la hora de tomar decisiones clínicas importantes. No se ha establecido un rango de medición, aunque muy probablemente sea similar al de la medición en oído.

Entonces, ¿dónde debería tomar la temperatura a mi hijo para saber si tiene fiebre?

Como has podido leer, existen varios sitios donde podemos medir la fiebre: el recto, la axila, la boca, la frente o el oído. Sin embargo, no existe un consenso claro entre las diferentes asociaciones de pediatría de dónde deberíamos medir la fiebre en los niños.

En España, según la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap), los padres deberían medir la temperatura a sus hijos en la axila con un termómetro digital. En los hospitales o en los centros de salud, deberíamos utilizar la vía axilar como primer método de medida y, en el caso de que se necesite una medición más exacta, considerar la vía rectal en niños menores de 5 años o la bucal en los mayores de esa edad.

Por el contrario, la Academia Americana de Pediatría (AAP) aconseja la medición rectal en domicilio de la temperatura en todos los menores de 5 años y la bucal a los mayores de esa edad. Tampoco es de la misma opinión el Instituto Nacional de Salud y Excelencia Clínica (NICE) del Reino Unido, el cual cree que es aceptable la toma de la temperatura a nivel axilar en los menores de 4 meses, mientras que en los niños por encima de esa edad, además de la medición axilar, se podría emplear la del oído.

Quizá todo esto os parezca un lío. Que si varios tipos de termómetro, que si varios sitios donde se puede medir la temperatura, que si cada asociación dice una cosa… y, la verdad, no os falta razón. Creemos que lo más importante es ser prácticos y no complicarnos mucho la vida, que criar a nuestros hijos ya es de por sí muy complicado. En nuestra opinión, al igual que recomienda la AEPap, la axila debe ser el sitio de elección para que los padres midan la temperatura a sus hijos debido a la facilidad de este método y su seguridad.

Y recordad, siempre va a ser mucho más importante cómo se encuentren vuestros hijos y su estado general para tomar la decisión de su darles o no un antitérmico que el grado de fiebre que marque el termómetro.


Bibliografía:

  • Fever in infants and children: Pathophysiology and management. UpToDate (última revisión enero 2019).
  • “Fiebre: ¿cómo medir la temperatura?, ¿cuándo y cómo tratar la fiebre?” de la AEPap (link).
  • “Cómo tomarle la temperatura a un niño” de HelthyChildren.org, portal de información para padres de la AAP (link).
  • Fever in under 5s: assessment and initial management. Guía NICE (link).

¿Tengo que ir al pediatra cada vez que mi hijo tiene fiebre?

Muchos de los que nos leéis habitualmente habréis respondido a la pregunta que encabeza este post de forma inmediata con un no. Un NO en mayúsculas. Y lo hacéis desde el convencimiento de que la fiebre no es nada más que un síntoma que aparece asociado a una infección que está sufriendo vuestro hijo en ese momento.

Sin embargo, algunos padres llevan muy mal el ver a sus hijos con fiebre ya que piensan que algo malo les va a ocurrir o que la propia fiebre les puede hacer daño, lo que provoca que acaben acudiendo al pediatra a ver qué le puede estar pasando al niño a las primeras décimas que asoman en el termómetro sin tener en cuenta nada más (y nada menos). No obstante, si preguntásemos a la gran mayoría de los pediatras del mundo, estos contestarían que no es necesario que cada vez que un niño empieza con fiebre sea valorado por un pediatra.

Para que entendáis por qué somos tan “tajantes” en este tema, nos gustaría repasar con vosotros algunos aspectos sobre las infecciones y lo que podéis esperar cada vez que vuestros hijos tienen fiebre.

¿Qué es la fiebre?

No existe un consenso absoluto sobre la definición exacta de fiebre, sin embargo, la gran mayoría de las sociedades científicas acepta como fiebre la elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC a nivel axilar.

En niños, la fiebre está provocada (casi) siempre por infecciones, ya sean éstas consecuencia de un virus o de una bacteria. La fiebre aparece porque los leucocitos -las células de nuestro organismo que nos defienden de las infecciones- segregan unas sustancias que dan la orden al hipotálamo, una parte del cerebro que actúa de termostato, de elevar nuestra temperatura corporal.

Seguramente os estaréis preguntando que por qué hace eso nuestro cuerpo, con lo incómoda que es la fiebre. Pues bien, tenéis que saber que la fiebre es nuestra “amiga” ya que sirve de mecanismo de defensa contra las infecciones ya que tiene cierto poder para inhibir el crecimiento tanto de virus como de bacterias.

Dependiendo del tipo de infección y el niño que la sufre, la fiebre será más alta o más baja y durará más o menos días. Sin embargo, ninguna de estas características se ha asociado con que la infección sea más grave.

La fiebre no hace daño

Por tanto, la fiebre es un síntoma más de los muchos que podemos tener durante una infección, como la diarrea en una gastroenteritis o los mocos en un catarro.

Pero además, la fiebre no hace daño a vuestros hijos. Aunque sea muy alta y no baje, aunque lleven muchos días con ella, la fiebre ni provoca daño cerebral ni ninguna otra cosa rara que se os esté pasando por la cabeza. En todo caso, lo que sí puede preocuparnos a los pediatras es la infección que provoca esa fiebre, pero en ningún caso nos asusta que el termómetro haya subido más o menos.

Y aunque la fiebre no hace daño, lo que ésta sí que provoca es malestar: el corazón late más rápido, la respiración se acelera y, en general, los niños se encuentran decaídos respecto a su estado normal. Este el motivo por el que hay que tratar la fiebre, para que los niños se encuentren mejor. Si conseguimos este objetivo, ya habremos ganado mucho, otra cosa será que la temperatura baje.

Entonces, ¿cuándo debo llevar a mi hijo al pediatra a que lo valore si tiene fiebre?

Muchos pensaréis que todo eso está muy bien pero que cuando lleváis al niño al pediatra con fiebre de unas pocas horas de evolución es para que os saquen de dudas sobre si esa fiebre se debe a un catarro o es algo más grave. Y la verdad es que eso sería estupendo, que a las primeras de cambio os pudiéramos decir lo que va a durar la fiebre o a que se debe. Sin embargo, cuando un niño solo han presentado un pico de fiebre o cuando han pasado unas pocas horas desde el inicio de la misma, es prácticamente imposible que los pediatras podamos saber cuál es la causa y cuánto va a durar, ya que de momento no usamos bolas mágicas de cristal para adivinar el futuro.

Por probabilidad, lo más frecuente será que se deba a un virus, pero poco más podemos hacer en esos primeros momentos de fiebre salvo decir si el niño está grave y hay que derivarlo a Urgencias para valorar si necesita ingreso o si se encuentra bien y os podéis ir a casa.

Este es uno de los motivos por el que los pediatras os decimos que es mejor esperar un poco antes de acudir a Urgencias cuando un niño tiene fiebre. Si esperáis, es muy probable que hayan aparecido otros síntomas y os podamos decir con más seguridad a qué se debe la fiebre que tiene vuestro hijo. Además, cuando un niño lleva poco tiempo con fiebre, tampoco sirve de nada realizar una analítica de sangre o una radiografía ya que estas pruebas requieren de unas horas para que se alteren.

Os aseguramos que si tenéis paciencia, lo más probable es que en un par de días la fiebre habrá desaparecido porque, como decíamos, la gran mayoría de las infecciones en pediatría están provocadas por virus y se resuelven solas con un poco de tiempo. Así que tened paciencia y esperad un poco en casa a ver qué pasa en los siguientes días.

Por el contrario, las circunstancias que hacen que sea “necesario” acudir con vuestros hijos al médico para que sea valorado son:

  • Cuando el niño está muy irritable o adormilado.
  • Cuando tenga mal aspecto o dificultad para respirar.
  • Si le aparecen manchas en la piel.
  • Si el niño tiene menos de 3 meses de edad, siempre debe ser valorado por un profesional sanitario.
  • Cuando la fiebre dura más de 2 o 3 días.

Como habéis podido ver, en ningún lado pone que por el mero hecho de tener fiebre los niños deban ir al pediatra o porque el termómetro haya llegado a una temperatura concreta. Al contrario, en lo que se hace mucho hincapié en estas recomendaciones es en el estado general del niño ya que esto es lo que marca la gravedad de una infección.

Vigilad el estado general y no miréis tanto el termómetro

Para acabar, queremos reforzar este concepto. Como ya os hemos dicho, la gravedad de una infección viene determinada por otros parámetros distintos a la fiebre. Una de las cosas que transmitimos a los padres de nuestros pacientes es que preferimos mil veces atender a un niño que se encuentra mal o que presenta alguno de esos “signos de alarma” que a uno que tiene fiebre, aunque esta sea alta o no le baje, pero se encuentra aceptablemente bien.

Por eso, es muy importante que os fijéis en esas otras cosas que pueden aparecer cuando un niño tiene fiebre, ya que éstas garantizan una visita a Urgencias en ese momento, y que sea el pediatra el que decida si al niño le pasa realmente algo grave o era una falsa alarma.

Por último, tampoco merece la pena poner al niño el termómetro cada dos por tres ya que esto sólo os va a provocar más ansiedad si la fiebre no baja lo que esperabais o vuelve a subir antes de lo previsto.


Si queréis saber más sobre la fiebre os recomendamos que leáis el decálogo de la fiebre de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria que podéis descargar en este link.

¿Qué tipos de “reacción” dan las vacunas?

La gran mayoría de los lectores de este blog conocen cuál es nuestra postura sobre las vacunas: son seguras y salvan vidas. Así que no dudéis ni un instante en que nosotros nos alineamos al lado de los que piensan que las vacunas son uno de los grandes avances de la medicina y, gracias a ellas, muchas de las enfermedades que antes existían ahora son infrecuentes en nuestro entorno como la varicela o el sarampión.


Esperamos que vosotros, como padres que sois, estéis también a favor de la vacunación como una parte fundamental de la protección de los niños contra enfermedades potencialmente graves. Sin embargo, muchos preguntáis en consulta por la posible reacción de la vacuna y qué es lo que tenéis que observar en los siguientes días tras la vacunación.


Vacunas hay muchas y por tanto, como cualquier otro medicamento, pueden tener diversos efectos secundarios. Es muy importante destacar que la mayoría de estas reacciones son leves y se solucionan sin secuelas en unos días. Merece la pena conocer cuáles son las más frecuentes para que no os pillen por sorpresa y sepáis cómo actuar. Si estáis interesados en conocer cuáles son todos los posibles efectos secundarios de una vacuna concreta podéis consultar su ficha técnica.


Las reacciones a las vacunas se clasifican en reacciones locales, es decir, en el lugar en donde se administraron, o sistémicas, cuando la reacción se produce en un lugar a distinto a donde se aplicó la vacuna.


Reacciones locales a la vacunación


La gran mayoría de las reacciones locales son leves y se resuelven sin secuelas en unos días.


Lo más frecuentes es dolor, hinchazón y enrojecimiento en la zona de punción de la vacuna. Su frecuencia varía de unas vacunas a otras y oscila entre un 50% para la vacuna contra la Difteria-Tétanos- Tosferina (DTPa) y un 5% para la de la Hepatitis B. También hay que tener en cuenta que estas reacciones locales suelen ser más frecuentes en las dosis de recuerdo sucesivas que con la primera vacuna.


Este tipo de reacción aparece en las primeras 48 horas tras la administración de la vacuna y se resuelven solas en 2-3 días. Si el niño está muy molesto y la inflamación o el dolor es grande, se puede aplicar hielo en la zona 2-3 veces al día y administrar un analgésico como el paracetamol.


Hay reacciones locales más graves como la infección en el lugar de la administración. En ocasiones puede avanzar a la formación de un absceso, aunque en ambos casos son excepcionales y poco frecuentes. A veces es difícil diferenciar si la inflamación local se debe a reacción inflamatoria o al inicio de una infección local. La evolución del proceso nos dará las claves para catalogarlo de un tipo de reacción u otra.


Reacciones sitémicas a las vacunas


En este caso, el efecto secundario se manifiesta de forma general y no se circunscribe solamente al lugar de administración. Este tipo de reacciones son menos frecuentes que las reacciones locales y suelen presentarse en menos del 10% de los pacientes.


Las reacciones sistémicas más frecuentes son la fiebre y el malestar general que suele acompañarse de dolor de cabeza e irritabilidad. Estos síntomas no dejan de ser el reflejo de que nuestra inmunidad está actuando contra la vacuna para generar las defensas que nos protegerán posteriormente, es decir, como si estuviéramos teniendo una infección en chiquitito. Este tipo de reacciones, la fiebre y demás síntomas, aparecen generalmente en las primeras 24-36 horas después de la vacunación y no suelen durar más de uno o dos días.


Para que el niño se encuentre mejor mientras pasan esas horas en las que presenta fiebre y demás síntomas sistémicos, se le puede administrar paracetamol a dosis habituales.


En ocasiones, sobre todo con la vacuna triple vírica y la de la varicela, pueden aparecer manchitas en la piel al cabo de varios días tras su administración, en general entre los 7 y 15 días. Estas manchitas o “exantema”, como lo llamamos los pediatras, pueden estar presentes durante unos días.

Es importante que estéis tranquilos si la reacción que hacen vuestros hijos es fiebre ya que no quiere decir que vuestro hijo contagie la infección de la que se ha vacunado. Sin embargo, en el caso de que la reacción fuera tipo exantema y la vacuna fuera de virus vivos atenuados (como la varicela) sí que podrían contagiar una forma muy leve de la enfermedad que se vacunó.


Reacciones adversas raras a las vacunas


Las reacciones vacunales que habéis leído más arriba son las que se consideran frecuentes ya que las vemos con mucha frecuencia tras vacunar a un niño. Como hemos dicho son leves y se resuelven sin secuelas en unos días.


A veces, como medicamentos que son, las vacunas también pueden tener efectos secundarios graves que, por fortuna, son muy raros de tal forma que sigue compensando vacunar a un niño y evitarle la posibilidad de contraer una infección que puede ser grave y potencialmente mortal.


Algunas de estas reacciones se manifiestan como covulsiones y otras son tan raras que ni siquiera os sonará su nombre, como el síndrome de Guillan-Barré. Lo que si que debéis saber es que su frecuencia es muy rara y aparecen cada muchos miles de dosis.


Y aunque estas reacciones las consideramos raras, no suelen dejar secuelas una vez se han resuelto. Y si todavía eres de los que piensa que las vacunas causan autismo, nos congratula mucho decirte que estás equivocado y que no aparece en la lista de posible reacción de ninguna vacuna.


Alergia a las vacunas


Las vacunas no dejan de ser algo “extraño” con lo que entramos en contacto para que nuestro cuerpo cree defensas contra una infección. Toda vacuna está compuesta, a grosso modo, por tres componentes. Una primera que representa al bicho contra el que queremos generar inmunidad; una segunda que se llama co-adyuvante, el cual potencia la reacción inmunitaria; y por último los conservantes, que sirven para que la vacuna no se estropee desde su fabricación hasta que se administra.


Las personas podemos tener alergia contra todos esos componentes de las vacunas por lo que tras su administración debemos estar atentos a que el niño no presenta ningún síntoma compatible con una ración alérgica (manchas en la piel a los pocos minutos, dificultad respiratoria…).


La impartancia del pediatra y las reacciones a las vacunas


Uno de los papeles más importantes que tiene un pediatra es informar a los padres sobre las diferentes enfermedades que pueden tener sus hijos y qué hacer en caso de que se presenten.


En este sentido, el pediatra juega un doble papel. En primer lugar como esa persona de confianza que explica a los padres que las vacunas son seguras y de los riesgos que evitarán a sus hijos en caso de que decidan vacunarlos. Pero también el pediatra debe informar a los padres de los posibles efectos secundarios para que los padres sean capaces de reconocerlos y administrar un tratamiento de forma temprana para que sus hijos se encuentren mejor mientras éstas ocurren.




Espero no haberos “asustado” con las posibles reacciones de las vacunas y que después de este post no hayáis cambiado de opinión respecto a la vacunación de vuestros hijos. Os puedo asegurar que vacunar a los niños es regalarles un futuro mejor sin enfermedades graves que, en este caso sí, pueden dejar secuelas. Un pinchazo con un poco de dolor y un par de días de fiebre merecen la pena contra la posibilidad de caer enfermo por una enfermedad que te condicione el resto de tu vida…


Si quieres leer más sobre las reacciones a las vacunas puedes consultar este enlace del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría (Link) o este otro de la Organización Mundial de la Salud (Link, en inglés).

El mejor termómetro para la fiebre

Si hiciéramos una lista con los motivos de consulta en Urgencias más frecuentes de los padres sobre la salud de los niños, uno de los que ocuparía los primeros puestos, sino el primero, sería esa “fiebre que no baja” y que tantas noches les deja en vela buscando el mejor remedio para devolver a sus hijos a los 36ºC. En esos caso, es importante tener un “buen termómetro” para saber cuándo ha llegado el momento de administrar de nuevo un antitérmico.

Supongo que si has entrado a este post es porque estarás interesado en encontrar información sobre cuál es ese supertermómetro y si el que tienes en casa es lo suficientemente bueno. Perdóname de antemano por haber puesto un título tan sugestivo pero he querido captar tu atención para que realicemos juntos una reflexión sobre qué es la fiebre y cómo debes actuar en función de cómo se encuentre tu hijo y de cuál es la temperatura en ese momento.

En este post, sobre todo encontrarás preguntas y quizá, después de reflexionar sobre ellas, alguna que otra respuesta. Lo que sí te aseguro es que seguirás con las mismas dudas sobre qué termómetro debes comprar para tener en casa.

“Es que a mi hijo no le baja la fiebre”

Da igual que un niño tenga un año de vida o que ya esté cerca de la adolescencia, si empieza con fiebre, aunque el proceso sea banal, como esa fiebre no baje al darle un antitérmico, a los padres se les encienden las alarmas y piensan que a sus hijos les pasa algo grave. Tal es así que he llegado a ver padres que apuntan cual es la temperatura de sus hijos cada 5 minutos una vez que les han administrado algo para bajarla.

Este es un error de concepto muy importante. Cuando administramos un antitérmico a un niño lo que realmente estamos buscando es que se encuentre mejor, es decir, que el disconfort que genera la fiebre mejore o desaparezca. Esto puede acompañarse de una bajada de temperatura pero en otras ocasiones el termómetro no se moverá ni un grado.

Sin embargo, en muchas ocasiones la fiebre no termina de bajar pero el niño se encuentra claramente mejor y deja de estar tan mimoso. Solo con eso, ya habremos conseguido el objetivo principal que buscamos al tratar la fiebre. Si ademas la temperatura baja, pues mejor que mejor.

No me cansaré de decirlo una y otra vez cuando me pregunten los padres en Urgencias: prefiero mil veces ver a un niño con 40ºC al que no le baja la fiebre pero que corre por la sala de espera que a uno al que la fiebre le baja estupendamente pero que está tiradillo en la camilla.

Por ello, no tiene sentido apuntar en un papel cada 5 minutos la temperatura de un niño ya que lo que realmente importa es el estado general y no tanto lo que marca el termómetro.

Entonces, ¿cuándo debo tratar la fiebre de mi hijo?

Esta es la gran pregunta que se debería hacer todo padre cuando ve que su hijo está caliente y el termómetro marca más de 38ºC.

Si tenemos en cuenta que la fiebre es un mecanismo de defensa del cuerpo con el que se consigue, entre otras cosas, que los virus se repliquen más lentamente, no deberíamos empeñarnos en bajar la fiebre de los niños a toda costa.

Lo que deberíamos hacer es valorar cómo se encuentra el niño con esa elevación de temperatura para decidir si administramos un antitérmico o espermos un rato. En algunos casos, tu hijo estará con 38,2ºC y durmiendo plácidamente y en otros, con los mismos 38,2ºC, se encontrará como si le hubiera pasado un camión por encima. Parece evidente que en el primero de los casos el antitérmico puede esperar y, por el contrario, en el segundo está más que justificado.

Algo parecido pasa con esa fiebre que no termina de bajar. Pongamos que partíamos de 39,5ºC y que a las 2-3 horas del antitérmico el niño está con 38,4ºC pero saltando en el sofá y pidiendo gusanitos. Vale que no le ha terminado de bajar la fiebre, pero está más que claro que el niño se encuentra mucho mejor. ¿Tendríamos que dar algo para esa fiebre que no termina de bajar? Sinceramente, creo que no.

Y si no hay fiebre, ¿puedo dar un antitérmico a mi hijo?

Después de todo lo que has leído, espero que hayas entendido que lo más importante es tratar el estado general del niño y no tanto el “número” que marca el termómetro.

La fiebre está provocada por unas moléculas que se llaman interleukinas que son segregadas por las células que nos defienden de las infecciones. Pero además, hay otras muchas moléculas que, sin provocar fiebre, pueden dar lugar a que el niño no se encuentre bien, es decir, como si tuviera fiebre pero sin tenerla. En estos casos también estaría indicado administrar paracetamol o ibuprofeno ya que lo que estamos buscando es que el niño mejore el estado general y ese es el papel principal de los antitérmicos. Es verdad que a los pediatras nos gusta saber a cuánto ha llegado el termómetro, pero nos gusta mucho más observar cómo mejora el estado del niño y pasa a encontrarse mejor.

¿Y qué termómetro debería usar entonces?

Hace unos meses escribimos una entrada sobre los diferentes tipos de termómetros que existen y las diferentes propiedades de unos u otros. Como ya te habrás dado cuenta, este post no va de eso.

Hace unos días pensé que quizá el mejor termómetro que puede existir sería aquél que no tuviera números y dijera simplemente a los padres cuando ha llegado el momento de administrar a sus hijos un antitérmico. Sería un termómetro que valoraría la temperatura pero también se fijaría en cómo se encuentra el niño. Sería un termómetro que daría mensajes del estilo: “dale ahora paracetamol” o “todavía puedes esperar un rato, el niño se encuentra bien”. Sin embargo, esta tecnología no ha sido desarrollada.

Unos padres prudentes e informados son el MEJOR termómetro para un niño

Creo que esta reflexión que he hecho sobre la fiebre y su manejo nos deja una conclusión clara: unos padres formados en qué consiste la fiebre, los síntomas que puede provocar, cuál es la evolución esperable de la temperatura tras administrar un antitérmico y qué signos de alarma hay que vigilar cuando un niño está enfermo, son el mejor termómetro para la fiebre de cualquier niño.

Esos padres serán capaces de manejar la fiebre de sus hijos sin caer en miedos irracionales sobre consecuencias horribles no demostradas por la “fiebre alta” y no se preocuparán en exceso si el termómetro no vuelve a los 36,5ºC tras administrar un antitérmico. Esos padres vigilarán el estado general del niño, la dificultad respiratoria, el grado de hidratación o las manchas en la piel…, pasando a un segundo plano la temperatura como un síntoma más dentro de todo el cuadro clínico de una infección.


Cómo evitar contagiarse de la Gripe

Como todos los años, la epidemia de Gripe no perdona y acaba entrando en nuestras vidas. Pese a todos los esfuerzos, es muy probable que muchos de los hijos de los que leéis este texto, o vosotros mismos, os acabéis contagiando de este virus así que no está de más que revisemos qué podemos hacer para evitar, en la medida de lo posible, caer bajo sus garras.

Vaya por delante que la Gripe suele ser una infección banal pero que genera mucho malestar ya que cursa con fiebre de varios días (incluso una semana) de duración junto con malestar general y síntomas respiratorios. Como virus que es, no tiene un tratamiento específico así que, una vez que alguien se contagia, solo caben tratamientos sintomáticos y una buena dosis de paciencia. Si queréis profundizar en qué consiste esta infección tan habitual tanto en niños como en adultos podéis entrar en este link.

¿Cómo se contagia la Gripe?

La clave para evitar un contagio, ya no solo de la Gripe sino de cualquier enfermedad infecciosa, es conocer cómo se transmite el microorganismo de tal forma que podemos poner en marcha medidas para evitarlo.

El mecanismo principal por el que se transmite la Gripe de persona a persona es por medio de las gotitas que se producen al toser, estornudar o hablar desde una persona enferma (o que está en periodo de incubación) hasta otra susceptible. Esto se debe a que el virus de la Gripe coloniza la vía respiratoria del paciente y “flota” a sus anchas en secreciones como la saliva o los mocos. El contagio se produciría cuando esa persona susceptible inhala esas partículas que contienen el virus.

Y aunque la vía inhalatoria es la más frecuente, también es posible por contacto directo con las secreciones (saliva, mocos…) del paciente sin que haya gotitas de por medio. Para que lo entendáis, si tocamos la saliva de un enfermo con Gripe y luego nos frotáramos nuestra nariz o la boca, estaríamos llevando al virus directo a nuestras mucosas, abriéndole la puerta para que nos contagie. O por ejemplo, cuando un hijo nuestro nos da uno de esos besos que nos encantan llenos de babas.

El virus de la Gripe no flota en el aire, por ello, para contagiarnos, se requiere un contacto estrecho entre personas para que la enfermedad pase de unas a otras. ¿Habéis pensado quiénes están en “contacto estrecho” muy habitualmente y por eso suelen ser los primeros casos por los que empieza la epidemia? ¡BINGO!: los niños. Así que estad atentos a lo que sigue para conocer las claves de cómo podemos prevenir que se contagien entre ellos o nos contagiemos nosotros mismos.

¿Cómo prevenimos la Gripe?

Como primera mediada, lo más adecuado para evitar un contagio, sería evitar aglomeraciones al estilo de centros comerciales o similares en los que haya mucha gente que nos pudiera contagiar. Y aunque esta medida es efectiva, la verdad es que un niño que acude a la guardería o al colegio (que es donde los niños comparten unos con otros mucho tiempo en contacto estrecho) es mucho más probable que se contagie allí que en ningún otros sitio. Así que, salvo que os podáis permitir dejar a los niños en casa en vez de llevarles a la guardería, habrá que poner en marcha otras medidas preventivas para evitar los contagios.

Si hemos entendido que la transmisión de la Gripe se produce a través de esas gotitas invisibles de saliva o de mucosidad que flotan en el aire así como del contacto directo con secreciones, las medidas que podemos poner en marcha son sencillas y muy lógicas. Veamos cuáles son:

El lavado de manos

La mediada más importante para evitar contagiarnos o que nosotros seamos los vectores de la enfermedad es la higiene frecuente de manos. Esta es la medida individual más importante para prevenir cualquier enfermedad contagiosa, por lo que debemos ser especialmente cuidadosos al realizarlo, tanto nosotros como nuestros hijos. Es muy adecuado que enseñemos a los niños a lavarse las manos desde muy pequeños para que lo tengan interiorizado desde muy pronto y lo vean como algo natural y rutinario.

El momento para realizar la higiene de manos sería después de entrar en contacto con tus propias secreciones o con las de vuestros hijos, así que no dudéis en hacerlo antes y después de las comidas, después de sonarles los mocos con un pañuelo o hacerles un lavado nasal… Podemos emplear dos técnicas.

La higiene de manos se puede hacer con agua y jabón, para ello debemos hacerlo con agua en cantidad suficiente y por lo menos durante 20 segundos, frotando todas las superficies de ambas manos. Tras ello nos aclaremos y nos secaremos con una toalla.

Si no estás en casa o simplemente prefieres hacerlo de otra forma, puedes emplear soluciones de base alcohólica. Éstas han demostrado ser fáciles de aplicar y ser al menos tan efectivas como el agua y el jabón. Además, existen muchas presentaciones (botes pequeños, grandes…) para que puedas tenerlos en casa o llevarlos encima cuando salgas de paseo. En este caso basta con frotarse las manos y esperar a que se sequen.

Tápate la boca y la nariz con el codo o con un pañuelo desechable cuando tosas o estornudes

Parece lógico que si cuando tosemos o estornudamos mandamos al aire esas gotitas de las que hemos hablado, nos tapemos para intentar evitarlo. Si lo hacemos con el codo o un pañuelo desechable en vez de con la mano, estaremos consiguiendo dos cosas. Por un lado, que esas gotitas no pasen al ambiente y que otra persona pueda inhalaras. Por otro, si nos tapamos con el codo o con un pañuelo desechable y no con la mano, evitaremos que las manos sirvan de vehículo para ir dejando por ahí parte de nuestras secreciones, por ejemplo en el pomo de una puerta, en le teclado del ordenador o en el juguete de un niño.

Utiliza pañuelos desechables

No es raro ver en invierno a padres y madres persiguiendo a niños con los mocos colgando por el parque con un pañuelo en la mano. Aunque los mocos no son malos, son incomodos y, además, son poco estéticos. De ahí el afán que tenemos los padres en quitárselos a nuestros hijos. Pero has de tener en cuenta que los mocos contiene muchos virus así que es preferible utilizar un pañuelo desechable a irlo guardando en el bolsillo o en le bolso para reutilizarlo ya que con ello disminuye mucho la probabilidad de contagio a nuestros otros hijos o a nosotros mismos. Y recuerda, después de usar un pañuelo, hay que lavarse las manos.

Otras cosas que debemos hacer cuando nuestros hijos o nosotros tengan Gripe

La Gripe no es una enfermedad de exclusión escolar ya que es una infección que se contagia desde antes de que dé síntomas hasta unos 10 días después del inicio de los mismos. A pesar de que no es una enfermedad de exclusión escolar, cuando un niño padece la Gripe suele encontrarse mal además de tener fiebre, por lo que es muy recomendable que se queden descansado en casa hasta que los síntomas remitan. Con ello conseguiremos que nuestros hijos pasen mejor la Gripe y en parte disminuiremos el contagio a sus compañeros.

Si crees que tienes la Gripe o te lo ha confirmado un médico, sería muy recomendable que evitaras al máximo el contacto con tus hijos. Esta medida suele resultar imposible porque, aunque estemos enfermos, los padres debemos seguir cuidando de nuestros hijos. Sin embargo, puedes utilizar una mascarilla cuando estés con ellos o cuando les des el pecho o el biberón para intentar disminuir el número de partículas que mandamos al ambiente cuando hablamos o tosemos cerca de ellos Y aunque te cueste, evita los besos durante unos días…

Por último, no intercambiéis cubiertos entre vosotros ya que pueden servir de vehículo para pasar el virus de una persona a otra. Por descontado, nada de que los pequeños de la casa compartan chupetes, mordedores o juguetes varios…

¿Y qué pasa con la Vacuna de la Gripe?

Quizá deberíamos haber puesto esta parte al principio de este post, ya que la vacuna de la Gripe es la medida más eficaz para evitar esta enfermedad. Y esto no lo decimos nosotros solos, es palabrita de la Organización Mundial de la Salud. No hace falta decirlo porque seguro que ya lo sabéis, pero la vacuna de la Gripe es muy segura así que no hay que tener miedo.

La vacuna de la Gripe es una vacuna que cambia todos los años, ya que el virus muta de una temporada a otra, por lo que cada año hay que rediseñar una vacuna para que sea efectiva para la nueva temporada y de ahí que haya que vacunarse cada año.

La Asociación Española de Pediatría recomienda la vacunación de los niños con factores de riesgo para Gripe grave así como a todos aquellos niños que sus familias así lo deseen. También hay que recordar que los menores de 6 meses no pueden recibir la vacuna de la Gripe por lo que es muy apropiado que se vacune su entorno familiar en el caso de que queramos evitar un posible contagio a estos niños tan pequeños. Si queréis saber si vuestro hijo pertenece a ese grupo con factores de riesgo para Gripe grave consultad con vuestro pediatra.

Por último, las embarazadas son un grupo de personas propensas a padecer una Gripe grave por lo que está recomendado que se vacunen durante la campaña de vacunación independientemente del trimestre de embarazo en el que se encuentren. Si quieres más información sobre la vacuna de la Gripe en el embarazo entra en este link.


Aunque este post lo hemos escrito con la intención de evitar contagios por Gripe, las medidas preventivas que has leído, tales como el lavado de manos, cubrirnos con el codo al toser o utilizar pañuelos desechables y demás, son aplicables a todas las enfermedades respiratorias (catarros y virus varios) que padecen los niños, por lo que es muy recomendable que las apliques durante todo el año y no solo durante la temporada de Gripe.

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¿Por qué los padres tienen tanto miedo a la fiebre?

Si hiciéramos una encuesta en la sala de espera de un Servicio de Urgencias de Pediatría cualquiera sobre los temores de los padres con un hijo enfermo, la fiebre estaría en el top 3, si no el primero, con toda seguridad. Cuando un niño tiene fiebre, a sus padres se les enciende una alarma interior que les hace pensar que su hijo está muy enfermo o que algo malo le puede pasar.

Hoy en el blog hablaremos de la fiebre en los niños pero sobre todo de ese temor que tienen los padres a que a sus hijos les pase “algo malo” cuando les sube la temperatura. Hablaremos desde nuestra experiencia como pediatras tras haber visto a miles de niños con fiebre con padres preocupados, pero también desde nuestro punto de vista personal después de haber pasado muchas noches sin dormir vigilando el estado general de nuestros hijos cuando tienen fiebre.

La incertidumbre de la fiebre

No es la primera vez que decimos que la fiebre es uno más de todos los posibles síntomas asociados a una infección, como también pueden ser los mocos de un catarro o la diarrea de una gastroenteritis.

Sin embargo, la fiebre causa pavor a muchos padres. Yo siempre digo a mis pacientes que la fiebre no me preocupa, que lo que me preocupa es que esa fiebre se pueda deber a una apendicitis, a una meningitis o a una neumonía, es decir, me preocupa la enfermedad que provoca la fiebre, pero que la fiebre en sí, los que es la simple elevación de la temperatura corporal, no me preocupa en absoluto.

Muchos padres lo entienden porque se dan cuenta que lo importante cuando un niño tiene fiebre es descubrir por qué la tiene, o en otras ocasiones, descartar enfermedades graves que podrían provocarla. Esto es así porque lo que debe hacer el pediatra al ver a un niño con fiebre es descartar enfermedades para asegurarse que algo grave no es el causante de la fiebre. Por ejemplo, siempre que atendemos a un niño con fiebre y dolor abdominal, realizamos una exploración física en la que tocamos la tripa para descartar esa apendicitis o, si el paciente se queja de dolor de cabeza, miramos si el cuello está rígido para desechar la posibilidad de una meningitis.

Esto que parece tan sencillo, descartar la posibilidad de una enfermedad grave, en ocasiones no es tan fácil como parece. Cuando un niño tiene fiebre, sobre todo un niño pequeño, es muy probable que en las primeras horas de el proceso febril, incluso durante los 2 o 3 primeros días, el niño solo presente fiebre sin otros síntomas acompañantes. Esto nos pone a los pediatras ante una posición que manejamos habitualmente que se conoce como “Fiebre sin foco”, lo que traducido a un lenguaje sencillo querría decir “tu hijo tiene fiebre pero todavía no sabemos a qué se debe”. Debido a que el 90% de los procesos febriles en niños están causados por virus, la gran mayoría de esas veces en las que no sabemos por qué el niño tiene fiebre se acabará curando solo.

Pero al otro lado de la mesa de la consulta están unos padres recibiendo un mensaje que simple y llanamente lo que les pide es que tengan paciencia para que la enfermedad siga su curso y nos aporte datos nuevos con los que poder hacer un diagnóstico más ajustado. Y esa paciencia que “recetamos” es en ocasiones muy difícil de conseguir. Cuando un niño tiene fiebre los minutos se convierten en horas y las horas en días y estar en casa con un niño con fiebre sin saber a qué se debe acaba minando la seguridad y la confianza de cualquier padre.

Seguramente ese es uno de los motivos por los que muchos padres tienen miedo a la fiebre, el no saber a qué se debe y el tener que esperar ante la incertidumbre de la posibilidad de que todo se deba a la remota posibilidad de una enfermedad grave cuando un virus banal y tontorrón es casi siempre el causante de la fiebre en los niños.

La fiebre no hace daño

El otra gran motivo por el que los padres tienen miedo a la fiebre es porque piensan que la fiebre, o mejor dicho, la “fiebre alta” o la “fiebre que no baja” es mala y puede provocar daños irreparables en sus hijos, uno de los mitos más asociados a la fiebre. Sin embargo, se equivocan.

La fiebre no es ni mala ni buena, solo es un síntoma más de infección. Por esto mismo, la “fiebre alta” no es peor que la fiebre de bajo grado ni significa que la infección que provoca la fiebre sea más grave. La “fiebre que no baja” tampoco debe ser más preocupante que la que responde bien a los antitérmicos porque la respuesta a los mismos no nos da mayor información sobre la causa o la gravedad del proceso.

A pesar de todo, muchos padres creen que la fiebre puede provocar daños en el cerebro o que si no bajan a toda costa la temperatura de sus hijos es muy probable que convulsionen. Está más que demostrado que la fiebre asociada a una infección no hace daño al cerebro. Por otro lado, las convulsiones febriles ocurren en niños que están predispuestos a convulsionar y, como solemos decir, que convulsionen no depende de que bajemos esa fiebre si no de que el niño tenga “mala suerte” y le toque pertenecer al 5% de niños que ha convulsionado alguna vez al tener fiebre. Así que no hace falta alternar antitérmicos, ya que con ello no vamos a conseguir un mejor control de la infección que provoca la fiebre.

Lo que si que ocurre con la fiebre es que es muy incomoda. Lo habitual es que el cuerpo reaccione a la elevación de la temperatura con unos cambios fisiológicos como son la elevación de la frecuencia cardiaca o la respiración agitada. Todos esos cambios generan malestar y es muy normal que un niño cuando tiene fiebre no quiera jugar, no quiera comer o le duela la cabeza. Por eso, cuando damos un antitérmico a un niño lo hacemos para tratar el malestar que provoca la fiebre y no tanto por bajar la temperatura del niño. Si el niño mejora con eso, ya habremos ganado mucho.

Lo que sí nos da “miedo” a los pediatras

Cuando explico la fiebre a los padres en Urgencias siempre les digo lo mismo: prefiero mil veces ver a un niño con 40ºC de temperatura que entra corriendo en la consulta y salta a la camilla que a uno con 38ºC pero que tiene mal aspecto.

Como ya hemos apuntado, lo que importa cuando un niño tiene fiebre es su estado general y no el grado de temperatura que marca el termómetro. Las infecciones graves, además de provocar fiebre, provocan otros síntomas como mal color o manchitas en la piel, decaimiento muy llamativo, dificultad respiratoria… y esos son los niños que “asustan” de verdad. Un niño con 40ºC de fiebre que corre y salta es muy probable que tenga un virus y el tiempo y su inmunidad harán su trabajo y tras unos pocos días el niño estará como una rosa. Por el contrario, si un niño con “fiebre baja” y mal aspecto no es atendido a tiempo puede que la infección que padece se acabe complicando.

Por todo ello, los pediatras siempre insistimos mucho a los padres en los signos de alarma que deben vigilar:  si su hijo empeora el estado general, presenta dificultad respiratoria o le salen manchitas en la piel… tiene que acudir a Urgencias a que valoremos qué está ocurriendo. Ya habrá tiempo después de decidir si el niño está realmente mal o solo es la impresión equivocada de los padres.

La desesperanza de los padres ante un niño con fiebre

Solo cuando tienes hijos puedes entender la desesperanza y ese temor que tienen los padres cuando sus hijos tienen fiebre. Cuando no los tienes no valoras todo el esmero, dedicación y cuidado que un padre o una madre dedica a su hijo cuando está enfermo. A los pediatras, cuando vemos a un niño con fiebre en la Urgencia, nos suelen bastar unos 5 o 10 minutos para decir a los padres lo que tiene el niño y lo que ellos tienen que hacer en casa. Pero tras esa consulta, esos padres se tiene que enfrentar a unos días que se hacen interminables mirando a sus hijos en casa esperando a que la infección remita.

Como os decía, solo siendo padre o madre se es capaz de entender lo que viven los padres con un niño enfermo: noches en blanco al lado de su cama comprobando si todo sigue bien, días y días haciendo piruetas en el trabajo para poder dejar al niño en casa y no llevarlo a la guardería, favores de familiares que te echan una mano para que no falte de nada en la nevera y, sobre todo, sobren besos y palabras de ánimo. Todo ello, minuto a minuto, hora a hora, día a día, acaba generando un desgaste y un cansancio que hace que muchos padres pierdan la confianza en que lo que le pasa a su hijo se va a curar sin ningún tratamiento especial en unos días. Sobre todo teniendo en cuenta que durante los primeros años de escolarización de los niños estos procesos que provocan fiebre se repiten constantemente. Pero la cordura debe imponerse siempre: que unos padres estén cansados por la enésima fiebre de un hijo y la ya incontable noche sin dormir no significa que el niño tenga algo más grave ni que el tratamiento deba ser distinto.

Las fiebres al final se acaban yendo y el cansancio acumulado de los padres se compensa con besos y abrazos. Porque, nos guste o no, la fiebre de los niños pone a prueba a cualquier padre y solo enfrentándonos a ella de una manera segura y sosegada seremos capaces de vencer nuestros miedos sobre la salud de nuestros hijos.

La fiebre: mitos y leyendas

La fiebre es un motivo de consulta muy frecuente por el que los padres acuden al pediatra. En ocasiones se acompaña de otros síntomas como mocos, tos y diarrea y en otras, simplemente, el niño tiene fiebre sin que sepamos cuál es el origen.

Ya sea por un motivo o por otro, muchos padres suelen tener miedo cuando sus hijos tiene fiebre ya que, aunque en la gran mayoría de las ocasiones se debe a un proceso banal, creen que están en peligro y que algo malo les puede pasar.

Teniendo todo esto en cuenta, la fiebre es campo abonado para que en la cultura popular existan una serie de mitos y leyendas que hacen pensar a los padres que la fiebre es mala, pero nada más lejos de la realidad. Esperamos que este post sirva para que conozcas mejor en qué consiste este síntoma y aprendas a manejarlo en tus hijos de forma adecuada.

1. Mi hijo es de temperatura baja, con 37°C ya tiene fiebre. FALSO

La fiebre se define como una elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC. Cuando la temperatura se sitúa entre 37 y 38ºC lo llamamos febrícula. Esto es así para todas las personas. Da igual que tu hijo suela estar en 35,8ºC o 36,8ºC, la fiebre siempre se considera cuando la temperatura se eleva más allá de 38ºC.

2. La fiebre es mala. FALSO

La fiebre no es mala ni buena, simplemente es un síntoma que aparece en el contexto de una infección. Es el resultado de la secreción de unas moléculas llamadas interleukinas que dan la orden al cerebro de incrementar la temperatura corporal. Esto ocurre como parte del proceso inflamatorio normal que acontece cuando nuestro cuerpo intenta defenderse de una infección.

3. La fiebre hay que bajarla a toda costa. FALSO

La fiebre suele acompañarse de malestar general e irritabilidad ya que la elevación de la temperatura corporal da lugar a otros síntomas como aumento de la frecuencia cardiaca, elevación de la frecuencia respiratoria, dolor de cabeza, sudoración… Esos síntomas asociados a la fiebre que provocan que un niño se encuentre incómodo deben ser el objetivo del antitérmico ya que lo que debe marcar su indicación es el estado general del niño y no su grado de temperatura. En este sentido, si tu hijo tiene fiebre pero se encuentra bien puedes esperar antes de administrarle algo para la fiebre.

4. La fiebre hace daño al cerebro. FALSO

La única fiebre que puede hacer daño al cerebro es aquella que se eleva por encima de los 42,5ºC, temperatura por encima de la cual se desnaturalizan las proteínas. ¿Conoces a alguien que haya alcanzado esa temperatura?, seguro que no porque es algo treméndamente excepcional. La fiebre normal, la que tienen todos los niños cuando tienen un catarro o una diarrea no hace daño al cerebro, así que tranquilos.

5. La fiebre hay que bajarla para que los niños no convulsionen. FALSO

Las convulsiones febriles son una de las grandes preocupaciones de los padres cuando tienen niños por debajo de los 6 años de edad. Estas convulsiones ocurren en un pequeño porcentaje de niños cuando su temperatura corporal cambia. De hecho, pueden ocurrir también cuando baja la temperatura por lo que no hay que empeñarse en devolver al niño a los 36°C.

6. Siempre que un niño tiene fiebre “hay infección” y hay que dar antibiótico. FALSO

Las infecciones son aquellas enfermedades provocadas por microorganismo, ya sean virus o bacterias. En todas las infecciones puede aparecer la fiebre como síntoma pero esto no debe marcar la necesidad o no de iniciar un tratamiento antibiótico.

 7. Si un niño tiene fiebre, cuanto antes lo vea el pediatra, mejor que mejor. FALSO

La valoración de un niño con fiebre debe estar guiada por otros síntomas distintos a la fiebre, como son el estado general, la dificultad respiratoria, los vómitos persistente, las manchitas en la piel… De hecho, los niños pueden tener fiebre los 2-3 primeros días de una infección sin que sepamos de donde viene, por ello, y siempre que el niño no se encuentre mal, preferimos verle pasadas al menos 48 horas del inicio del proceso febril.

8. Cuanta más alta es la fiebre, más probabilidades hay de que necesite antibiótico. FALSO (a medias)

Cierto es que las enfermedades provocadas por bacterias en general (las que necesitan antibiótico) suelen provocar fiebres más altas que las provocadas por virus. Sin embargo, las enfermedades víricas son mucho más frecuentes lo que hace mucho más probable que ante una fiebre “alta”, ésta esté provocada por un virus. El mejor ejemplo es el de la gripe, paradigma de las infecciones por virus, la cual suele provocar un cuadro clínico de fiebre alta de una semana de duración.

9. Para bajar la fiebre, lo mejor es alternar antitérmicos. FALSO

La alternancia de antitérmicos no está recomendada ya que no ha demostrado que el control de la fiebre sea mejor ni la infección se cure antes. Además, el estado general debe ser el que guíe la administración de estos fármacos y no el número que marca el termómetro. En el caso de que tu hijo siga con fiebre después de un jarabe pero se encuentre bien, puedes esperar sin embutirle otra medicina.

10. Si un niño tiene fiebre, hay que darle un baño de agua fría para que le baje. FALSO

Las medidas físicas para bajar la fiebre, como los baños de agua fría o las friegas con compresas, no están recomendadas ya que no han demostrado que el control de la fiebre sea mejor y además suelen generar disconfort en el niño. Sin embargo, quitarle algo de ropa y mantenerle en un ambiente tranquilo pueden ayudar a que mejore su estado general.

11. Los niños con fiebre no deben ir al colegio. VERDADERO

La fiebre no es un síntoma que esté catalogado como de “exclusión escolar”, sin embargo, el momento en el que un niño suele contagiar más a sus compañeros de una infección es en el momento del inicio de la fiebre por lo que es muy recomendable que se quede en casa mientras remite la misma. Además, ningún niño con fiebre suele querer ir al colegio porque se encuentra mal, por lo que es más recomendable que se quede en casa descansando.

12. Tengo que poner el termómetro a mi hijo constantemente para saber si le baja la fiebre. FALSO

Siguiendo el principio de que lo realmente importante es el estado general del niño y su disconfort, no tiene sentido estar midiendo la fiebre cada cierto tiempo para ver si le baja tras la administración del antitérmico. Es más importante vigilar si el niño comienza a jugar, quiere comer o se espabila. Además, hay que recordar que la acción máxima de los antitérmicos ocurre a las 3-4 horas de su administración.

13. La salida de los dientes provoca fiebre. FALSO

Pese a la creencia popular de que la salida de los dientes provoca fiebre, no existe ningún estudio de suficiente calidad que haya demostrado que esta asociación sea cierta. Muchos padres afirman que cada vez que a sus hijos les salen los dientes coincide con un proceso febril, sin embargo, estos suelen coinicidir con procesos infecciosos concomitantes lo que da la falsa creencia de que la fiebre está provocada por los dientes.


Una de las cosas que más me gusta decir a mis pacientes cuando acuden a verme es que prefiero que me lo traigan cuando tiene solo 38ºC pero se encuentra muy decaído a que acudan con 40ºC pero el niño esté pegando botes en el salón. Creo que esta comparación refleja muy bien cómo debería actuar un padre ante la fiebre: paciencia y observar antes el estado general del niño que el número que marque el termómetro.

Os dejamos por aquí unas recomendaciones sobre la fiebre de la Sociedad Española de Urgencias Pediátricas (link).