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Enfermedades de exclusión escolar: cuando los niños deben quedarse en casa sin ir al colegio

Niños

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Una de las cosas que ha conseguido la pandemia del coronavirus es que los padres entiendan que ante cierta enfermedad sus hijos se deben quedar en casa para evitar el contagio de sus compañeros, que en el caso del coronavirus son diez días desde el inicio de los síntomas o desde la prueba que diagnostica la infección (test de antígeno o PCR). Sin embargo, estas cuarentenas que se han impuesto a estos niños y adultos durante el último año y medio no son algo extraño o desconocido para los pediatras, ya que desde siempre existen una serie de enfermedades por las que los niños deben quedarse en casa en un intento de disminuir la posibilidad de contagio a sus compañeros de clase: es lo que se conoce como enfermedades de exclusión escolar.

Ahora que comienza un nuevo curso, merece la pena hacer un repaso sobre este tema para que en los siguientes meses no os queden dudas de por qué con algunas enfermedades vuestros hijos no deben acudir al colegio o la escuela infantil, mientras que con otras, a pesar de que puedan contagiar, no hace falta cumplir un periodo de exclusión escolar más allá del tiempo durante el que se encuentran con fiebre o malestar.

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¡Hola!, soy tu diarrea

Diarrea

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Hace unos meses mis amigos los mocos publicaron en este mismo blog una entrada para explicar quiénes son y cómo debéis tratarlos. Tras hablar con ellos y pedir permiso a estos dos pediatras, me he animado a redactar este texto en el que os intentaré explicar a qué se debe que de vez en cuando vuestros hijos estén con las deposiciones sueltas y cómo debéis actuar cuando os visite. Os pido perdón por lo escatológico del tema, pero qué le vamos a hacer, no puedo negar la realidad de lo que soy. Así que si estáis comiendo en este momento, haced de tripas corazón y preparaos para un festival de cacas con mal aspecto y de peor olor.

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Los niños no cogen frío

Una de las grandes cosas que se ha conseguido en este año y pico que llevamos de pandemia COVID es que la gente entienda que para contagiarse hace falta otra persona que transmita el virus. De hecho, todos sabemos que si entras en contacto estrecho con una persona positiva debes guardar cuarentena durante unos cuantos días por si te has podido contagiar. La verdad es que el esfuerzo divulgativo que se ha hecho a este respecto desde perfiles sanitarios y medios de comunicación ha sido muy grande y, en mi opinión, el mensaje de que este puñetero virus se transmite de persona a persona ha calado muy bien en la sociedad. Es cierto que podríamos discutir y abrir un debate sobre si este virus se transmite más por aerosoles, por gotículas, por fómites o sobre si la mascarilla es realmente necesaria en espacios abiertos en los que podemos mantener la distancia social de seguridad, pero en ese supuesto debate hay una cosa tan clara como el agua de una fuente: si no hay de por medio una persona que tiene el virus y que se lo transmite a otra persona, el contagio no es posible. Es decir, es necesario que el virus pase de una persona a otra.

Perdonad que me haya extendido un poco en la introducción de este post, pero creo que era necesario poner las cosas en contexto, porque hay una cosa que no acabo de comprender: ¿por qué la gente entiende perfectamente que la COVID, que es una enfermedad provocada por un virus, se transmite entre personas, pero sigue pensado que sus hijos han debido coger frío cuando se acatarran, cuando los catarros son también enfermedades infecciosas provocadas por virus?

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Los dientes no dan fiebre

No sabemos por qué, pero la gran mayoría de madres y padres piensan que la salida de los dientes de leche provoca fiebre. Quizá sea por la sabiduría popular o por todos esos consejos que heredamos de las abuelas, pero el “mi hijo tiene fiebre porque le están saliendo los dietes” lo escuchamos todos los días en la consultan. Sin embargo, esta asociación no la estudiamos en la carrera de medicina y, menos aún, nuestros maestros nos enseñaron que al avaluar a un niño pequeño con fiebre en Urgencias los dientes podían ser la causa de tal proceso.

Entonces, ¿quién tiene razón: los padres o los pediatras? ¿Realmente los dientes provocan fiebre o no es más que un mito arraigado en la cultura popular desde hace décadas? ¿Quizá es que los dientes son la excusa perfecta para que los padres no se preocupen en exceso por las fiebres de sus hijos cuando llegan los primeros catarros e infecciones? En este post destripamos la polémica….

¿Cuándo salen los dientes?

Los dientes de leche empiezan a salir en torno a los seis meses de edad, aunque en ocasiones esto se puede retrasar durante unos cuantos meses. De hecho, no es raro que muchos niños soplen las velas de su primer cumpleaños sin que sus sonrosadas encías muestren signo alguno de que vaya a salir un diente. Tenemos un post entero sobre cuándo salen los dientes y en qué orden que quizá quieras consultar.

Lo habitual es que hacia los tres años la dentición de leche haya salido por completo: un total de 20 dientes entre incisivos, caninos y molares. Por tanto, cada niño tendría 20 oportunidades para que con la salida de cada diente tuviera fiebre. Sin embargo, cuando consultas estudios científicos sobre este tema, esa supuesta asociación entre fiebre y dientes es habitual entre los 6 y 18 meses de edad, mientras que en los niños de mayor edad no se produce.

Por tanto, ¿por qué a los niños mayores no les produce fiebre? O mejor, ¿por qué nadie habla de la fiebre cuando salen los dientes definitivos? La verdad es que a mi me gusta ser crítico con este tipo de cosas y estas preguntas solo me llevan a pensar que lo de la fiebre y los más pequeños de la casa no tiene mucha razón de ser.

¿Qué pasa cuando sale un diente?

En más de una ocasión nos han preguntado por redes sociales que si los dientes al salir producen dolor. Y si somos justos tendríamos que decir que no lo sabemos. Para conocer si realmente producen dolor habría que preguntar a quien lo esta “sufiriendo” y como os podéis imaginar un niño que no alcanza ni los doce meses de edad poco o nada nos va contestar.

Sin embargo, muchos padres y madres cuentan que cuando a un niño le va a salir un diente le encuentran más irritable de lo habitual, babea mucho e incluso quiere morder cosas duras buscando consuelo de alguna forma. Es cierto que durante esos días las encías se ponen rojas, como inflamadas, y esa es la excusa que se ha utilizado para justificar lo de la fiebre y la salida de los dientes.

Todos sabemos que cuando un niño padece un proceso inflamatorio, como unas anginas, este suele ir asociado a fiebre. Y es que la fiebre es una manifestación habitual que se produce en diversos procesos inflamatorios, sobre todo los de origen infeccioso. De hecho, el sufijo -itis, tan frecuente en medicina, hace referencia a “inflamación”. De este modo otitis significa inflamación del oido, conjuntivitis inflamación de la conjuntiva o meningitis inflamación de las meninges… Como bien sabréis, todos estos procesos suelen ir acompañados de fiebre.

Sin embargo, hay otros procesos inflamatorios que no producen fiebre, como la reacción local que se produce después de que un niño se dé un golpe en la cabeza y le sale un chichón o que se rompa un brazo al caerse de la bici, tras una picadura de mosquito o, incluso, cuando se infecta una herida.

¿Y qué pasa entonces con los dientes? Es cierto que la salida de los dientes de leche produce cierta inflamación en las encías, pero hasta el momento no se ha logrado demostrar que esta sea lo suficientemente importante para justificar que pueda dar fiebre al crío.

“Pero es que a mi hijo cada vez que le sale un diente le da fiebre…”

Los pediatras definimos fiebre como la elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC. Entre los 37 y 37,9ºC nos referimos a ella como febrícula. Cuando buceas en los estudios que han intentado analizar la asociación entre la salida de los dientes y la fiebre, la mayoría concluye que “un pequeño porcentaje de padres” (menos del 30% en la mayoría de ellos) encuentra que a sus hijos les aparecen unas décimas, es decir, nunca por encima de 38ºC. Sin embargo, estos estudios se realizan a partir de encuestas en las que se pregunta a los padres lo que ellos notan mientras a sus hijos les salen los dientes sin que realmente se busque causalidad, es decir, que sin que esa elevación de la temperatura corporal está realmente provocada por la salida de los dientes y por tanto, podría tratarse de una asociación casual, es decir arbitraria.

A lo que si que estamos muy acostumbrados los pediatras es a niños que en su primer año escolar, cuando empiezan a juntarse con otros niños en la escuela infantil o en le colegio, se pillan una media de 10-12 procesos febriles banales como virus varios, gastroenteritis o catarros. Esta época del inicio de la etapa escolar de un niño coincide con la salida de los primeros dientes de leche por lo que, desde el punto de vista científico (de la causalidad), tendría mucho más sentido achacar la fiebre a los virus que a los dientes.

Lo que nos preocupa a los pediatras

Como pediatra tengo claro una cosa. Puede ser, porque no lo tengo seguro del todo, que los dientes den unas decimillas. Lo que es altamente improbable es que por la salida de los dientes un niño tenga más de 38ºC durante varios días. Por eso los pediatras solemos decir que “los dientes no provocan fiebre”, fiebre como la entendemos habitualmente, es decir un proceso de varios días de duración en el que el niño está más o menos afectado y la fiebre sube y baja sin parar.

Lo que nos preocupa a los pediatras cuando un niño tiene fiebre es que pueda estar padeciendo una infección grave (una neumonía, una infección de orina, una meningitis…). Infecciones en las que si no se pone un tratamiento a tiempo pueden tener graves consecuencias. En general, con una simple exploración física somos capaces de discernir si ese niño con fiebre tiene una infección leve o, por el contrario, requiere de alguna prueba que la confirme o lo descarte.

Como veis, nuestra labor al evaluar a un niño con fiebre se centra en establecer si al niño le pasa algo por lo que puede esperar o quizá es algo más grave. Y en esa lista imaginaria de posibles causas de la fiebre no suele figurar la salida de los dientes o, como mucho, está al final de la lista y siempre tras haber descartado el resto de posibles causas.

Como suelo decir a los padres y madres que atiendo cuando uno de sus hijos pequeños tiene fiebre, “vamos a descartar primero lo que es importante y si luego son los dientes, pues fenomenal”. Así que ya sabéis, si vuestro hijo tiene fiebre y esta dura más de 24-48 horas, presenta mal estado general o parecen signos de alarma (manchas en la piel, dificultad para respirar, vómitos….) debéis acudir al pediatra antes de quedaros en casa pensando a que todo ello se debe a los dientes.

Y si alguna vez algún pediatra os ha dicho que la fiebre de vuestro hijo es por los dientes, estoy seguro de que ha sido para tranquilizaros. Es más fácil esta explicación -aunque no sea verdad- para muchas familias que deciros que realmente no sabe a qué se debe la fiebre, pero que seguro que en unos días se le pasará sin mayores consecuencias que un par de días reguleros.


En conclusión, los dientes no producen fiebre y mucho menos procesos febriles con temperaturas por encima de los 38ºC y días de duración. En cualquier caso, si preferís pensar que a vuestros hijos sí que les da fiebre cuando les salen los dientes me parece estupendo, pero no dejéis de consultar con vuestro pediatra si veis que el niño no mejora rápido o, por el contrario, la cosa empeora con el paso de los días.

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Bilbliografia:

¿Crecen los niños cuando tienen fiebre?

¿Cuántas veces habéis oído decir que vuestros hijos han pegado un estirón con la última fiebre que han tenido? Estoy convencido que muchas. No en vano, esta asociación pertenece a uno de los grandes mitos de la salud infantil. Sin embargo, este en concreto es un mito que tiene algo de realidad, al menos si nos basamos en la fisiología humana.

Vamos a ver si puedo contaros de forma sencilla en qué se basa esta teoría. Así, cuando estéis en el parque con los niños y algún padre resabidillo suelte que vuestro Manolito está muy alto desde la última vez que lo vio y que seguro que ha sido por la fiebre del catarro del otro día, podáis soltarle un discurso explicándole en qué se sustenta esta teoría.

La Hormona de Crecimiento: la gran culpable

Antes de empezar hay que repasar un poco para qué sirve la hormona de crecimiento. Seguro que estáis pensando que para crecer, y no os falta parte de razón, pero esta no es su única función.

La hormona de crecimiento (GH) es una hormona que se secreta en la hipófisis, un trocito de cerebro en donde se producen una gran cantidad de hormonas que controlan el sistema endocrino de nuestro cuerpo. A diferencia de lo que cree mucha gente, esta hormona se secreta durante toda la vida y no solo durante la infancia.

Sus funciones son muy variadas, por ejemplo, da lugar a la síntesis de proteínas, aumenta la glucosa en sangre o quema grasa de los depósitos del cuerpo para que en el torrente sanguíneo haya más ácidos grasos que sirvan de combustible para las células del cuerpo. Pero entre todas sus funciones, el crecimiento lineal, es decir, a lo largo, de los huesos del cuerpo, es quizá la más conocido.

Esta hormona es la responsable de que los niños ganen altura, ya que, mientras los cartílagos de los huesos del cuerpo sigan abiertos, seguirán creciendo. Ese cierre ocurre al final de la pubertad, momento en el que las personas adquirimos nuestra talla final que nos acompañará para el resto de nuestra vida.

¿Cuándo se secreta la hormona de crecimiento?

Esta hormona se secreta de forma muy particular ya que lo hace en pulsos, sobre todo durante la noche. Es decir, sus niveles en sangre no son continuos, estando más elevados mientras dormimos.

No creo que haga falta explicaros que cuando un niño está enfermo duerme más horas de lo que hace habitualmente, incluso realizan alguna que otra siesta a lo largo del día cuando antes no lo hacían. Esto ocurre porque uno de los efectos de las citoquinas, unas moléculas que secretan las glóbulos blancos para defendernos de las infecciones, es que producen sueño.

Esto de que los niños duerman más cuando están malitos es la primera teoría que intentaría explicar por qué los niños crecen mientras están enfermos.

¿Crecemos porque tenemos fiebre o tenemos fiebre porque crecemos?

Pero además, hay una serie de factores que hacen que la GH se secreta en mayor medida de lo esperado, como por ejemplo el ejercicio, un traumatismo, una enfermedad aguda, el estrés físico o un proceso febril.

La infancia es la época de la vida en la que más infecciones padecemos, muchas de ellas asociadas a fiebre. Si a esto unimos que los niños, a diferencia de los adultos, tienen todavía la capacidad de crecer, parece que tiene sentido que los niños peguen un estirón en estas circunstancias.

¿Pero esto es verdad o es solo una explicación molona a lo de la fiebre y el estirón?

Como decía al principio, que los niños crezcan cuando tienen fiebre es un mito o una leyenda arraigada en el imaginario popular desde hace montones de años. Por desgracia no existe ningún estudio que haya demostrado que después de un proceso febril un niño gane unos centímetros de altura.

Sin embargo, las explicaciones que habéis leído en los párrafos anteriores son ciertas, es decir, la GH se secreta cuando dormimos y en mayor medida cuando tenemos fiebre no es una invención, es fisiología humana.

Así que bueno, quizá no podamos demostrar que los niños crecen cuando tienen fiebre pero os puedo asegurar que tiene más de realidad que de ficción.

EXTRA BONUS: ¿Y por qué los niños adelgazan cuando están malos?

Tampoco es raro ver como un niño que ha tenido fiebre se queda en los huesos al cabo de unos días o, al menos, eso es lo que contáis cuando venís a vernos a la consulta.

La explicación mas fácil nos enseña que durante esos días comen menos de lo normal y de ahí que hayan perdido algo de peso.

Pero además, durante una infección nuestro cuerpo gasta más energía de lo normal ya que tiene que luchar contra el microorganismo que causó esa fiebre o ese catarro. Para ello tira de reservas que tiene, lo que sumado a que comen menos durante estos días, daría lugar a un balance energético negativo que se traduciría como pérdida de peso.

Y para rizar el rizo, si recordáis, la GH es una hormona que se encarga de trasformar los depósitos de grasa en ácidos grasos que nuestro cuerpo puede utilizar como fuente de energía. De esta forma, durante un proceso febril, la secreción de GH, entre otras cosas, podría dar lugar a que el niño adelgazara.


En resumen, cuando un niño tiene fiebre es muy probable que pegue un estirón y ademas pierda algo de peso, todo ello como consecuencia de la secreción de la hormona de crecimiento. Ahora, a todos los que os quejáis de que vuestros hijos tienen fiebre muchas veces durante el invierno, pensad que no hay mal que por bien no venga ya que el estirón va de regalo.

Bibliografía:

Hola Mamá: tengo fiebre.

Mamá y niña

Fuente: Pixabay

Querida Mamá (o Papá o quién me cuide ahora que me he puesto mala):

Creo que ya te has dado cuenta de que tengo fiebre. Y lo creo porque he visto como me has puesto el termómetro de forma compulsiva unas 20 veces desde ayer. Todo empezó por la tarde, como quien no quiere la cosa. Me notaste un poco más apagada de lo normal, no quería hacer puzzles y solo te pedía que me cogieras en brazos, y al ponerme la mano en la frente dijiste “Ya estamos; es ir una semana al colegio y ponerte mala”.

La verdad es que creo que no tengo la culpa. Nuestra pediatra siempre dice que los niños que van al colegio o a la escuela se ponen habitualmente enfermos, al menos durante los primeros años, aunque la mayoría de las veces son procesos infecciosos sin importancia. Al fin y al cabo, es la primera vez que me enfrento a los virus esos que tanto odias y todavía no he aprendido a defenderme de ellos sin que me produzcan fiebre, tos, mocos o cualquier otro síntoma que se te pase por la cabeza. Hay que reconocer que son un rollo, ya que hacen que me pase varios días seguidos decaída con pocas ganas de comer y de no hacer nada. Vamos que, como dice el abuelito, me convierto en un trapillo. Sin embargo, yo estoy tranquila. No es la primera vez (ni la última) y se que antes o después todo volverá a la normalidad. Y si no es así, ya habrá tiempo de que me lleves al médico para que me eche un vistazo y, de paso, me regale una pegatina.

El motivo de esta carta es para intentar que lleguemos a un acuerdo. Yo sé que me cuidas con todo tu amor pero hay cosas que haces que no son necesarias, quizás en un intento de protegerme y no dejar ningún cabo suelto. Sí, tengo fiebre, pero no tengo el Ébola, así que no hace falta que me vigiles como si tuviera la peor infección del mundo y necesitara una Unidad de Cuidados Intensivos con cientos de cables a mi alrededor y un monitor que marque mi frecuencia cardíaca con un bip-bip al ritmo de un metrónomo.

Una cosa muy importante que ya deberías saber es que, cuando tengo fiebre, el paracetamol o el ibuprofeno me lo debes dar para que me encuentre mejor. Está claro que esto ocurrirá a la par que la fiebre se modera, pero puede ocurrir que pase de estar amodorrada en el sofá a dar brincos por el salón y pedirte salir a jugar a la calle sin que la fiebre se mueva de los 39ºC. Si te digo la verdad, lo que marque el termómetro me da un poco igual. A mi lo que me interesa es encontrarme bien. Así que no te obsesiones con ponerme el termómetro cada 20 minutos en un intento de ver si la fiebre baja. Vigila cómo me encuentro, mi estado general, ya que ese es el mejor termómetro del que fiarte. Por el mismo motivo, si tengo fiebre pero no me encuentro mal, puedes esperar a darme la medicina, cosa que ocurre muchas veces cuando estoy durmiendo plácidamente a pesar de sobrepasar los 38ºC. Te puedo asegurar que me molesta más que me despiertes para darme el jarabe que seguir durmiendo con fiebre.

Como te decía antes, lo que tengo es fiebre y, probablemente, en un par de días haya desaparecido. Ya sabes que la fiebre no es mala, que no me hace daño. No es más que un síntoma que nos avisa de que mis defensas están luchando contra los malditos virus. Además, es normal que solo tenga fiebre, al menos de momento, eso que a los pediatras les gusta llamar “fiebre sin foco” o decir que “todavía no ha dado la cara”. Por este motivo, salvo que me veas con mal estado general o que me cuesta respirar, no hace falta que me lleves a Urgencias a toda prisa, sobre todo si son las tres de la mañana y en la calle hace un frío que pela. Pide cita con mi pediatra dentro de un par de días, que es quien mejor me conoce, y seguro que lo ve todo más claro. Con un poco de suerte, la fiebre puede que ya se haya ido y me gane esa pegatina solo por ir a saludarla.

Yo entiendo perfectamente que te agobies y sé que te gustaría que el tiempo pasara más deprisa para saber si esta fiebre que tengo hoy se debe a una neumonía, y así poder iniciar el antibiótico cuanto antes, o no es más que un catarro sin importancia. Sin embargo, Mamá, esto de la medicina no funciona así. Cuando me pongo mala hay que saber esperar y esperar a ver cómo avanza la película, si no corremos el riesgo de pensar, al ver solo cinco minutos de metraje, que se trata de una de aventuras cuando realmente la peli es una comedia. Así que ten paciencia y recuerda que la fiebre solo hace que me encuentre mal.

También me gustaría decirte que odio cuando me metes en la ducha para darme un agua templadita a ver si con eso me baja la fiebre. No se tú, pero si tengo fiebre y me encuentro mal, lo que menos me apetece en ese momento es que me den un baño, ya que hace que tenga frío y, realmente, la fiebre solo baja unas décimas durante un rato muy corto. Del mismo modo, las friegas esas con alcohol que te hacían a ti cuando eras pequeña tampoco me ayudan, además hacen que huela a lo que toma la abuela en el vasito ese pequeño que ella dice que es nosequé del mono. Es preferible que me quites algo de ropa y bajes la calefacción de casa, que no se que te ha dado por poner el termostato en nivel infierno. Ni que fuéramos nudistas y estuviéramos todo el día por casa como Dios nos trajo al mundo.

Otra cosa que me pasa cuando tengo fiebre es que suelo perder el apetito. Con un poco de suerte comeré lo mismo que todos los días, pero no te sorprendas si te digo que no quiero desayunar o me dejo la mitad del plato de judías que me has preparado con tanto amor para cenar. Ofréceme la comida, pero no me fuerces a comer, que tampoco pasa nada porque me pase un par de días tomando solo yogures o arroz con tomate, que sabes que me encanta. Quizá pierda un poco de peso, hasta puede que pienses que me he quedado en los huesos, pero estoy segura de que en cuanto mejore comeré igual de bien que antes y recuperaré ese kilillo que dices que a mi me falta y a ti te sobra…

Para ir acabando, me gustaría que me dejaras en casa cuando tengo fiebre. No hay ninguna necesidad de que me lleves al colegio. En serio, no soy Sergio Ramos jugando la final de la Champions League en plan “sin mí seguro que perdemos” o el Presidente del Gobierno acudiendo al Consejo de Ministros más importante del año. Soy una niña y por faltar dos días a clase no voy a perder la comba del curso. Y si la pierdo, estoy convencida de que mis profesores harán todo lo posible para que no me descuelgue de mis compañeros. Tienes razón en que la fiebre en sí no es una enfermedad de exclusión escolar y que, seguramente, este virus me lo he pillado de Carla, mi compañera de pupitre, o de Juan, que es con quien me siento cuando vuelvo del colegio en ruta. Pero mira, si en casa ya estoy para el arrastre, imagínate si además tuviera que seguir el ritmo de la seño, con las sumas, las restas, los pronombres y la science, que además sabes que no la entiendo. Por caridad, déjame en casa.

También sé que si alguna vez me has llevado a clase con el ibuprofeno recién dado después de una noche de fiebre es porque la conciliación familiar y laboral en este país es una mierda (perdón por el palabro, se lo oí el otro día al tío Paco y, aunque no lo uso nunca, creo que esta vez venía al pelo). Intenta dejarme en casa, los abuelos casi siempre están dispuestos a hacerme compañía, o con un vecino o pide trabajar a distancia, pero no me lleves al cole. Si por algún motivo no lo consigues, pues bueno, qué se le va hacer, yo pondré mi mejor cara al ver a mis compañeros y aquí no ha pasado nada, al menos hasta que me vuelva a subir la fiebre. Pero de verdad, antes de hacerlo intenta por todos los medios que me quede descansando. Yo te lo agradeceré con miles de besos y quizá hasta te haga un dibujo de esos que tanto te gusta. Mis compañeros también te lo agradecerán, ya que así es menos probable que ellos se contagien. Sobre todo María, la niña que el año pasado tuvo cáncer y ya ha vuelto a clase. Porque, aunque ya está en remisión completa, lo que para mí no es más que un virus, para ella puede ser una infección muy grave, que me dijo el otro día que la pastilla esa que toma hace que sus defensas estén bajas.

Querida Mamá, siento si estas lineas que te he escrito te han molestado. Se que desde el día en que nací tú solo quieres lo mejor para mí. Estoy segura de que cada segundo, cada minuto, cada hora que paso con fiebre, lo único que quieres es que me ponga buena. Aunque no lo parezca, agradezco mucho que me arrulles en tu regazo. Agradezco tus besos y tus caricias. Agradezco que para que me quede dormida por las noches mientras tirito de frío, me des tu mano, aunque para ello te saltes todas las reglas que te has autoimpuesto en un intento de que aprenda a dormir sola. Agradezco también tus visitas furtivas en medio de la madrugada para ver si ya me encuentro mejor o quiero un vaso de agua. En definitiva, agradezco todos los mimos y cuidados que me das cuando tengo fiebre. Espero que algún día, cuando yo tenga hijos y tú peines canas, parecerme solo un poquito a tí; si lo consigo, sé que ellos estarán al cuidado de las mejores manos.

Así que, gracias Mamá.

Firmado: Lola, tu hija.


Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:

Esta entrada esta basada en el Decálogo de la Fiebre de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (link) y en el artículo “Viaje alrededor de mi casa” de Giani Rodari publicado originalmente en Il giornale dei genitori en 1966 y recopilado junto a otros artículos suyos en “Escuela de Fantasia” (ed. Blackie Books, 2017).

Dónde medir la fiebre de un niño

Termómetro

Fuente: Dos Pediatras en Casa

La fiebre es uno de los motivos de consulta más frecuentes en Pediatría, de hecho, la inmensa mayoría de los niños que acuden a Urgencias la presenta. En este blog ya hemos hablado en multitud de ocasiones sobre ella reforzando la idea de que la fiebre no es nada más -ni nada menos- que uno de los posibles síntomas asociado a una infección, como puede ser la diarrea y los vómitos en una gastroenteritis o los mocos en un catarro. También hemos hablado de su manejo o de cuál es el mejor termómetro para un niño, sin embargo, nos quedaba por rellenar el hueco de explicaros cuál es el mejor sitio para medir la fiebre, así que vamos con ello.

Temperatura central vs. Temperatura periférica

La temperatura que nos importa a los médicos es la temperatura corporal central, es decir, la temperatura del interior del cuerpo en donde se encuentran los órganos vitales. Ésta varía entre los 36,4-37,2ºC y es algo más elevada que la temperatura periférica. Sin embargo, debido a que los métodos para medir la temperatura central son muy invasivos, la temperatura que utilizamos habitualmente en nuestra práctica clínica es la temperatura periférica y es la que tenemos en cuenta a la hora de decidir si un niño tiene fiebre o no.

La temperatura periférica es un reflejo de la temperatura central, ya que se ha comprobado en muchos estudios que la temperatura medida en diferentes partes del cuerpo como la axila, la boca, el recto, el oído o la frente… se correlaciona muy bien con la temperatura central. Sin embargo, no es lo mismo medir la temperatura periférica en cada una de estos sitios, por lo que debemos conocer las particularidades de cada uno de ellos.

Sitios en los que se puede medir la fiebre

Como decíamos, dependiendo de dónde midamos la fiebre tendremos que tener en cuenta unas cosas u otras.

La temperatura rectal es la que se correlaciona mejor con la temperatura central y se considera normal valores entre 36,5 y 38ºC. Sin embargo, la medición en esta zona corporal puede entrañar riesgos por lo que no está recomendada de forma rutinaria.

La boca, a nivel sublingual, es la otra zona del cuerpo que presenta una correlación excelente con la temperatura central aunque suele ser algo más baja que la rectal, con un rango de normalidad entre 35,5-37,5ºC. En este caso, es difícil medir la fiebre en dichas localización en niños pequeño ya que no suelen colaborar, además puede falsearse si están respirando rápido (muy habitual cuando un niño tiene fiebre o presenta dificultad respiratoria).

La temperatura a nivel de la axila es fácil de tomar en casi cualquier niño. Sin embargo, la correlación con la temperatura central es peor que las dos anteriores debido a que la piel puede estar fría mientras que el interior de nuestro cuerpo está caliente o con fiebre. En España, es el método más empleado para medir la fiebre y es el que recomiendan la mayoría de las asociaciones de nuestro país. Se acepta como normal un rango entre 34,7-37,3ºC.

Para la medición de la temperatura rectal, bucal o axilar se suelen emplear termómetros digitales o de galistán. El problema de ellos es que tardan uno o dos minutos en dar la medición, lo que hace que para los niños (o los padres que sujetan a los niños) sea relativamente incómodo.

En los últimos años han aparecido nuevos sistemas de medida como la medición mediante infrarrojos. Este sistema de medición permite tomar la temperatura en otras partes del cuerpo como en el oído (temperatura de la membrana timpánica) o en la frente (temperatura de las arterias temporales). Son termómetros muy cómodos ya que dan la temperatura en pocos segundos sin que molestemos mucho al niño.

La correlación entre la temperatura del oído es muy similar a la temperatura central. Sin embargo, los aparatos de medida de uso comercial que podemos tener en domicilio son poco precisos respecto a los que se utilizan en investigación, de hecho, los estudios en los que se comparan estos termómetros comerciales frente a los que miden la temperatura rectal han mostrado resultados contradictorios. El rango de normalidad aceptado es de 35,8-38ºC.

En el caso de los termómetros de frente, la medición de la temperatura puede verse influenciada, por ejemplo, por el sudor, lo que se traduce en que su correlación con la temperatura rectal en los estudios realizados sea también contradictoria, en ocasiones más altas o más bajas que la de referencia. Por tanto, tampoco se recomiendan a la hora de tomar decisiones clínicas importantes. No se ha establecido un rango de medición, aunque muy probablemente sea similar al de la medición en oído.

Entonces, ¿dónde debería tomar la temperatura a mi hijo para saber si tiene fiebre?

Como has podido leer, existen varios sitios donde podemos medir la fiebre: el recto, la axila, la boca, la frente o el oído. Sin embargo, no existe un consenso claro entre las diferentes asociaciones de pediatría de dónde deberíamos medir la fiebre en los niños.

En España, según la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap), los padres deberían medir la temperatura a sus hijos en la axila con un termómetro digital. En los hospitales o en los centros de salud, deberíamos utilizar la vía axilar como primer método de medida y, en el caso de que se necesite una medición más exacta, considerar la vía rectal en niños menores de 5 años o la bucal en los mayores de esa edad.

Por el contrario, la Academia Americana de Pediatría (AAP) aconseja la medición rectal en domicilio de la temperatura en todos los menores de 5 años y la bucal a los mayores de esa edad. Tampoco es de la misma opinión el Instituto Nacional de Salud y Excelencia Clínica (NICE) del Reino Unido, el cual cree que es aceptable la toma de la temperatura a nivel axilar en los menores de 4 meses, mientras que en los niños por encima de esa edad, además de la medición axilar, se podría emplear la del oído.

Quizá todo esto os parezca un lío. Que si varios tipos de termómetro, que si varios sitios donde se puede medir la temperatura, que si cada asociación dice una cosa… y, la verdad, no os falta razón. Creemos que lo más importante es ser prácticos y no complicarnos mucho la vida, que criar a nuestros hijos ya es de por sí muy complicado. En nuestra opinión, al igual que recomienda la AEPap, la axila debe ser el sitio de elección para que los padres midan la temperatura a sus hijos debido a la facilidad de este método y su seguridad.

Y recordad, siempre va a ser mucho más importante cómo se encuentren vuestros hijos y su estado general para tomar la decisión de su darles o no un antitérmico que el grado de fiebre que marque el termómetro.


Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:

Bibliografía:

  • Fever in infants and children: Pathophysiology and management. UpToDate (última revisión enero 2019).
  • “Fiebre: ¿cómo medir la temperatura?, ¿cuándo y cómo tratar la fiebre?” de la AEPap (link).
  • “Cómo tomarle la temperatura a un niño” de HelthyChildren.org, portal de información para padres de la AAP (link).
  • Fever in under 5s: assessment and initial management. Guía NICE (link).

¿Tengo que ir al pediatra cada vez que mi hijo tiene fiebre?

Osito Pediatra

Fuente: Pixabay

Muchos de los que nos leéis habitualmente habréis respondido a la pregunta que encabeza este post de forma inmediata con un no. Un NO en mayúsculas. Y lo hacéis desde el convencimiento de que la fiebre no es nada más que un síntoma que aparece asociado a una infección que está sufriendo vuestro hijo en ese momento.

Sin embargo, algunos padres llevan muy mal el ver a sus hijos con fiebre ya que piensan que algo malo les va a ocurrir o que la propia fiebre les puede hacer daño, lo que provoca que acaben acudiendo al pediatra a ver qué le puede estar pasando al niño a las primeras décimas que asoman en el termómetro sin tener en cuenta nada más (y nada menos). No obstante, si preguntásemos a la gran mayoría de los pediatras del mundo, estos contestarían que no es necesario que cada vez que un niño empieza con fiebre sea valorado por un pediatra.

Para que entendáis por qué somos tan “tajantes” en este tema, nos gustaría repasar con vosotros algunos aspectos sobre las infecciones y lo que podéis esperar cada vez que vuestros hijos tienen fiebre.

¿Qué es la fiebre?

No existe un consenso absoluto sobre la definición exacta de fiebre, sin embargo, la gran mayoría de las sociedades científicas acepta como fiebre la elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC a nivel axilar.

En niños, la fiebre está provocada (casi) siempre por infecciones, ya sean éstas consecuencia de un virus o de una bacteria. La fiebre aparece porque los leucocitos -las células de nuestro organismo que nos defienden de las infecciones- segregan unas sustancias que dan la orden al hipotálamo, una parte del cerebro que actúa de termostato, de elevar nuestra temperatura corporal.

Seguramente os estaréis preguntando que por qué hace eso nuestro cuerpo, con lo incómoda que es la fiebre. Pues bien, tenéis que saber que la fiebre es nuestra “amiga” ya que sirve de mecanismo de defensa contra las infecciones ya que tiene cierto poder para inhibir el crecimiento tanto de virus como de bacterias.

Dependiendo del tipo de infección y el niño que la sufre, la fiebre será más alta o más baja y durará más o menos días. Sin embargo, ninguna de estas características se ha asociado con que la infección sea más grave.

La fiebre no hace daño

Por tanto, la fiebre es un síntoma más de los muchos que podemos tener durante una infección, como la diarrea en una gastroenteritis o los mocos en un catarro.

Pero además, la fiebre no hace daño a vuestros hijos. Aunque sea muy alta y no baje, aunque lleven muchos días con ella, la fiebre ni provoca daño cerebral ni ninguna otra cosa rara que se os esté pasando por la cabeza. En todo caso, lo que sí puede preocuparnos a los pediatras es la infección que provoca esa fiebre, pero en ningún caso nos asusta que el termómetro haya subido más o menos.

Y aunque la fiebre no hace daño, lo que ésta sí que provoca es malestar: el corazón late más rápido, la respiración se acelera y, en general, los niños se encuentran decaídos respecto a su estado normal. Este el motivo por el que hay que tratar la fiebre, para que los niños se encuentren mejor. Si conseguimos este objetivo, ya habremos ganado mucho, otra cosa será que la temperatura baje.

Entonces, ¿cuándo debo llevar a mi hijo al pediatra a que lo valore si tiene fiebre?

Muchos pensaréis que todo eso está muy bien pero que cuando lleváis al niño al pediatra con fiebre de unas pocas horas de evolución es para que os saquen de dudas sobre si esa fiebre se debe a un catarro o es algo más grave. Y la verdad es que eso sería estupendo, que a las primeras de cambio os pudiéramos decir lo que va a durar la fiebre o a que se debe. Sin embargo, cuando un niño solo han presentado un pico de fiebre o cuando han pasado unas pocas horas desde el inicio de la misma, es prácticamente imposible que los pediatras podamos saber cuál es la causa y cuánto va a durar, ya que de momento no usamos bolas mágicas de cristal para adivinar el futuro.

Por probabilidad, lo más frecuente será que se deba a un virus, pero poco más podemos hacer en esos primeros momentos de fiebre salvo decir si el niño está grave y hay que derivarlo a Urgencias para valorar si necesita ingreso o si se encuentra bien y os podéis ir a casa.

Este es uno de los motivos por el que los pediatras os decimos que es mejor esperar un poco antes de acudir a Urgencias cuando un niño tiene fiebre. Si esperáis, es muy probable que hayan aparecido otros síntomas y os podamos decir con más seguridad a qué se debe la fiebre que tiene vuestro hijo. Además, cuando un niño lleva poco tiempo con fiebre, tampoco sirve de nada realizar una analítica de sangre o una radiografía ya que estas pruebas requieren de unas horas para que se alteren.

Os aseguramos que si tenéis paciencia, lo más probable es que en un par de días la fiebre habrá desaparecido porque, como decíamos, la gran mayoría de las infecciones en pediatría están provocadas por virus y se resuelven solas con un poco de tiempo. Así que tened paciencia y esperad un poco en casa a ver qué pasa en los siguientes días.

Por el contrario, las circunstancias que hacen que sea “necesario” acudir con vuestros hijos al médico para que sea valorado son:

  • Cuando el niño está muy irritable o adormilado.
  • Cuando tenga mal aspecto o dificultad para respirar.
  • Si le aparecen manchas en la piel.
  • Si el niño tiene menos de 3 meses de edad, siempre debe ser valorado por un profesional sanitario.
  • Cuando la fiebre dura más de 2 o 3 días.

Como habéis podido ver, en ningún lado pone que por el mero hecho de tener fiebre los niños deban ir al pediatra o porque el termómetro haya llegado a una temperatura concreta. Al contrario, en lo que se hace mucho hincapié en estas recomendaciones es en el estado general del niño ya que esto es lo que marca la gravedad de una infección.

Vigilad el estado general y no miréis tanto el termómetro

Para acabar, queremos reforzar este concepto. Como ya os hemos dicho, la gravedad de una infección viene determinada por otros parámetros distintos a la fiebre. Una de las cosas que transmitimos a los padres de nuestros pacientes es que preferimos mil veces atender a un niño que se encuentra mal o que presenta alguno de esos “signos de alarma” que a uno que tiene fiebre, aunque esta sea alta o no le baje, pero se encuentra aceptablemente bien.

Por eso, es muy importante que os fijéis en esas otras cosas que pueden aparecer cuando un niño tiene fiebre, ya que éstas garantizan una visita a Urgencias en ese momento, y que sea el pediatra el que decida si al niño le pasa realmente algo grave o era una falsa alarma.

Por último, tampoco merece la pena poner al niño el termómetro cada dos por tres ya que esto sólo os va a provocar más ansiedad si la fiebre no baja lo que esperabais o vuelve a subir antes de lo previsto.

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:


Si queréis saber más sobre la fiebre os recomendamos que leáis el decálogo de la fiebre de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria que podéis descargar en este link.

¿Qué tipos de “reacción” dan las vacunas?

La gran mayoría de los lectores de este blog conocen cuál es nuestra postura sobre las vacunas: son seguras y salvan vidas. Así que no dudéis ni un instante en que nosotros nos alineamos al lado de los que piensan que las vacunas son uno de los grandes avances de la medicina y, gracias a ellas, muchas de las enfermedades que antes existían ahora son infrecuentes en nuestro entorno como la varicela o el sarampión.


Esperamos que vosotros, como padres que sois, estéis también a favor de la vacunación como una parte fundamental de la protección de los niños contra enfermedades potencialmente graves. Sin embargo, muchos preguntáis en consulta por la posible reacción de la vacuna y qué es lo que tenéis que observar en los siguientes días tras la vacunación.


Vacunas hay muchas y por tanto, como cualquier otro medicamento, pueden tener diversos efectos secundarios. Es muy importante destacar que la mayoría de estas reacciones son leves y se solucionan sin secuelas en unos días. Merece la pena conocer cuáles son las más frecuentes para que no os pillen por sorpresa y sepáis cómo actuar. Si estáis interesados en conocer cuáles son todos los posibles efectos secundarios de una vacuna concreta podéis consultar su ficha técnica.


Las reacciones a las vacunas se clasifican en reacciones locales, es decir, en el lugar en donde se administraron, o sistémicas, cuando la reacción se produce en un lugar a distinto a donde se aplicó la vacuna.


Reacciones locales a la vacunación


La gran mayoría de las reacciones locales son leves y se resuelven sin secuelas en unos días.


Lo más frecuentes es dolor, hinchazón y enrojecimiento en la zona de punción de la vacuna. Su frecuencia varía de unas vacunas a otras y oscila entre un 50% para la vacuna contra la Difteria-Tétanos- Tosferina (DTPa) y un 5% para la de la Hepatitis B. También hay que tener en cuenta que estas reacciones locales suelen ser más frecuentes en las dosis de recuerdo sucesivas que con la primera vacuna.


Este tipo de reacción aparece en las primeras 48 horas tras la administración de la vacuna y se resuelven solas en 2-3 días. Si el niño está muy molesto y la inflamación o el dolor es grande, se puede aplicar hielo en la zona 2-3 veces al día y administrar un analgésico como el paracetamol.


Hay reacciones locales más graves como la infección en el lugar de la administración. En ocasiones puede avanzar a la formación de un absceso, aunque en ambos casos son excepcionales y poco frecuentes. A veces es difícil diferenciar si la inflamación local se debe a reacción inflamatoria o al inicio de una infección local. La evolución del proceso nos dará las claves para catalogarlo de un tipo de reacción u otra.


Reacciones sitémicas a las vacunas


En este caso, el efecto secundario se manifiesta de forma general y no se circunscribe solamente al lugar de administración. Este tipo de reacciones son menos frecuentes que las reacciones locales y suelen presentarse en menos del 10% de los pacientes.


Las reacciones sistémicas más frecuentes son la fiebre y el malestar general que suele acompañarse de dolor de cabeza e irritabilidad. Estos síntomas no dejan de ser el reflejo de que nuestra inmunidad está actuando contra la vacuna para generar las defensas que nos protegerán posteriormente, es decir, como si estuviéramos teniendo una infección en chiquitito. Este tipo de reacciones, la fiebre y demás síntomas, aparecen generalmente en las primeras 24-36 horas después de la vacunación y no suelen durar más de uno o dos días.


Para que el niño se encuentre mejor mientras pasan esas horas en las que presenta fiebre y demás síntomas sistémicos, se le puede administrar paracetamol a dosis habituales.


En ocasiones, sobre todo con la vacuna triple vírica y la de la varicela, pueden aparecer manchitas en la piel al cabo de varios días tras su administración, en general entre los 7 y 15 días. Estas manchitas o “exantema”, como lo llamamos los pediatras, pueden estar presentes durante unos días.

Es importante que estéis tranquilos si la reacción que hacen vuestros hijos es fiebre ya que no quiere decir que vuestro hijo contagie la infección de la que se ha vacunado. Sin embargo, en el caso de que la reacción fuera tipo exantema y la vacuna fuera de virus vivos atenuados (como la varicela) sí que podrían contagiar una forma muy leve de la enfermedad que se vacunó.


Reacciones adversas raras a las vacunas


Las reacciones vacunales que habéis leído más arriba son las que se consideran frecuentes ya que las vemos con mucha frecuencia tras vacunar a un niño. Como hemos dicho son leves y se resuelven sin secuelas en unos días.


A veces, como medicamentos que son, las vacunas también pueden tener efectos secundarios graves que, por fortuna, son muy raros de tal forma que sigue compensando vacunar a un niño y evitarle la posibilidad de contraer una infección que puede ser grave y potencialmente mortal.


Algunas de estas reacciones se manifiestan como covulsiones y otras son tan raras que ni siquiera os sonará su nombre, como el síndrome de Guillan-Barré. Lo que si que debéis saber es que su frecuencia es muy rara y aparecen cada muchos miles de dosis.


Y aunque estas reacciones las consideramos raras, no suelen dejar secuelas una vez se han resuelto. Y si todavía eres de los que piensa que las vacunas causan autismo, nos congratula mucho decirte que estás equivocado y que no aparece en la lista de posible reacción de ninguna vacuna.


Alergia a las vacunas


Las vacunas no dejan de ser algo “extraño” con lo que entramos en contacto para que nuestro cuerpo cree defensas contra una infección. Toda vacuna está compuesta, a grosso modo, por tres componentes. Una primera que representa al bicho contra el que queremos generar inmunidad; una segunda que se llama co-adyuvante, el cual potencia la reacción inmunitaria; y por último los conservantes, que sirven para que la vacuna no se estropee desde su fabricación hasta que se administra.


Las personas podemos tener alergia contra todos esos componentes de las vacunas por lo que tras su administración debemos estar atentos a que el niño no presenta ningún síntoma compatible con una ración alérgica (manchas en la piel a los pocos minutos, dificultad respiratoria…).


La impartancia del pediatra y las reacciones a las vacunas


Uno de los papeles más importantes que tiene un pediatra es informar a los padres sobre las diferentes enfermedades que pueden tener sus hijos y qué hacer en caso de que se presenten.


En este sentido, el pediatra juega un doble papel. En primer lugar como esa persona de confianza que explica a los padres que las vacunas son seguras y de los riesgos que evitarán a sus hijos en caso de que decidan vacunarlos. Pero también el pediatra debe informar a los padres de los posibles efectos secundarios para que los padres sean capaces de reconocerlos y administrar un tratamiento de forma temprana para que sus hijos se encuentren mejor mientras éstas ocurren.




Espero no haberos “asustado” con las posibles reacciones de las vacunas y que después de este post no hayáis cambiado de opinión respecto a la vacunación de vuestros hijos. Os puedo asegurar que vacunar a los niños es regalarles un futuro mejor sin enfermedades graves que, en este caso sí, pueden dejar secuelas. Un pinchazo con un poco de dolor y un par de días de fiebre merecen la pena contra la posibilidad de caer enfermo por una enfermedad que te condicione el resto de tu vida…


Si quieres leer más sobre las reacciones a las vacunas puedes consultar este enlace del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría (Link) o este otro de la Organización Mundial de la Salud (Link, en inglés).

El mejor termómetro para la fiebre

Si hiciéramos una lista con los motivos de consulta en Urgencias más frecuentes de los padres sobre la salud de los niños, uno de los que ocuparía los primeros puestos, sino el primero, sería esa “fiebre que no baja” y que tantas noches les deja en vela buscando el mejor remedio para devolver a sus hijos a los 36ºC. En esos caso, es importante tener un “buen termómetro” para saber cuándo ha llegado el momento de administrar de nuevo un antitérmico.

Supongo que si has entrado a este post es porque estarás interesado en encontrar información sobre cuál es ese supertermómetro y si el que tienes en casa es lo suficientemente bueno. Perdóname de antemano por haber puesto un título tan sugestivo pero he querido captar tu atención para que realicemos juntos una reflexión sobre qué es la fiebre y cómo debes actuar en función de cómo se encuentre tu hijo y de cuál es la temperatura en ese momento.

En este post, sobre todo encontrarás preguntas y quizá, después de reflexionar sobre ellas, alguna que otra respuesta. Lo que sí te aseguro es que seguirás con las mismas dudas sobre qué termómetro debes comprar para tener en casa.

“Es que a mi hijo no le baja la fiebre”

Da igual que un niño tenga un año de vida o que ya esté cerca de la adolescencia, si empieza con fiebre, aunque el proceso sea banal, como esa fiebre no baje al darle un antitérmico, a los padres se les encienden las alarmas y piensan que a sus hijos les pasa algo grave. Tal es así que he llegado a ver padres que apuntan cual es la temperatura de sus hijos cada 5 minutos una vez que les han administrado algo para bajarla.

Este es un error de concepto muy importante. Cuando administramos un antitérmico a un niño lo que realmente estamos buscando es que se encuentre mejor, es decir, que el disconfort que genera la fiebre mejore o desaparezca. Esto puede acompañarse de una bajada de temperatura pero en otras ocasiones el termómetro no se moverá ni un grado.

Sin embargo, en muchas ocasiones la fiebre no termina de bajar pero el niño se encuentra claramente mejor y deja de estar tan mimoso. Solo con eso, ya habremos conseguido el objetivo principal que buscamos al tratar la fiebre. Si ademas la temperatura baja, pues mejor que mejor.

No me cansaré de decirlo una y otra vez cuando me pregunten los padres en Urgencias: prefiero mil veces ver a un niño con 40ºC al que no le baja la fiebre pero que corre por la sala de espera que a uno al que la fiebre le baja estupendamente pero que está tiradillo en la camilla.

Por ello, no tiene sentido apuntar en un papel cada 5 minutos la temperatura de un niño ya que lo que realmente importa es el estado general y no tanto lo que marca el termómetro.

Entonces, ¿cuándo debo tratar la fiebre de mi hijo?

Esta es la gran pregunta que se debería hacer todo padre cuando ve que su hijo está caliente y el termómetro marca más de 38ºC.

Si tenemos en cuenta que la fiebre es un mecanismo de defensa del cuerpo con el que se consigue, entre otras cosas, que los virus se repliquen más lentamente, no deberíamos empeñarnos en bajar la fiebre de los niños a toda costa.

Lo que deberíamos hacer es valorar cómo se encuentra el niño con esa elevación de temperatura para decidir si administramos un antitérmico o espermos un rato. En algunos casos, tu hijo estará con 38,2ºC y durmiendo plácidamente y en otros, con los mismos 38,2ºC, se encontrará como si le hubiera pasado un camión por encima. Parece evidente que en el primero de los casos el antitérmico puede esperar y, por el contrario, en el segundo está más que justificado.

Algo parecido pasa con esa fiebre que no termina de bajar. Pongamos que partíamos de 39,5ºC y que a las 2-3 horas del antitérmico el niño está con 38,4ºC pero saltando en el sofá y pidiendo gusanitos. Vale que no le ha terminado de bajar la fiebre, pero está más que claro que el niño se encuentra mucho mejor. ¿Tendríamos que dar algo para esa fiebre que no termina de bajar? Sinceramente, creo que no.

Y si no hay fiebre, ¿puedo dar un antitérmico a mi hijo?

Después de todo lo que has leído, espero que hayas entendido que lo más importante es tratar el estado general del niño y no tanto el “número” que marca el termómetro.

La fiebre está provocada por unas moléculas que se llaman interleukinas que son segregadas por las células que nos defienden de las infecciones. Pero además, hay otras muchas moléculas que, sin provocar fiebre, pueden dar lugar a que el niño no se encuentre bien, es decir, como si tuviera fiebre pero sin tenerla. En estos casos también estaría indicado administrar paracetamol o ibuprofeno ya que lo que estamos buscando es que el niño mejore el estado general y ese es el papel principal de los antitérmicos. Es verdad que a los pediatras nos gusta saber a cuánto ha llegado el termómetro, pero nos gusta mucho más observar cómo mejora el estado del niño y pasa a encontrarse mejor.

¿Y qué termómetro debería usar entonces?

Hace unos meses escribimos una entrada sobre los diferentes tipos de termómetros que existen y las diferentes propiedades de unos u otros. Como ya te habrás dado cuenta, este post no va de eso.

Hace unos días pensé que quizá el mejor termómetro que puede existir sería aquél que no tuviera números y dijera simplemente a los padres cuando ha llegado el momento de administrar a sus hijos un antitérmico. Sería un termómetro que valoraría la temperatura pero también se fijaría en cómo se encuentra el niño. Sería un termómetro que daría mensajes del estilo: “dale ahora paracetamol” o “todavía puedes esperar un rato, el niño se encuentra bien”. Sin embargo, esta tecnología no ha sido desarrollada.

Unos padres prudentes e informados son el MEJOR termómetro para un niño

Creo que esta reflexión que he hecho sobre la fiebre y su manejo nos deja una conclusión clara: unos padres formados en qué consiste la fiebre, los síntomas que puede provocar, cuál es la evolución esperable de la temperatura tras administrar un antitérmico y qué signos de alarma hay que vigilar cuando un niño está enfermo, son el mejor termómetro para la fiebre de cualquier niño.

Esos padres serán capaces de manejar la fiebre de sus hijos sin caer en miedos irracionales sobre consecuencias horribles no demostradas por la “fiebre alta” y no se preocuparán en exceso si el termómetro no vuelve a los 36,5ºC tras administrar un antitérmico. Esos padres vigilarán el estado general del niño, la dificultad respiratoria, el grado de hidratación o las manchas en la piel…, pasando a un segundo plano la temperatura como un síntoma más dentro de todo el cuadro clínico de una infección.