Archivo de la categoría ‘Opinión’

Día Internacional del Cáncer Infantil

Día Internacional del Cáncer Infantil

Desde el año 2002, cada 15 de febrero se celebra el Día Internacional del Cáncer Infantil con el objetivo de visibilizar esta enfermedad, así como sensibilizar y concienciar a la población de los retos a los que se enfrentan cada día estos niños y sus familias.

En España se diagnostican cada año alrededor de 1.100 casos nuevos de cáncer infantil. Aunque a algunos esta cifra les puede parecer pequeña, el cáncer supone la primera causa de muerte infantil por enfermedad en países desarrollados por debajo de los 14 años, y la segunda (por detrás de los accidentes) si tenemos en cuenta todas las causas. Estos datos ponen de manifiesto la importancia de un diagnóstico precoz y un tratamiento personalizado en unidades oncológicas específicas para niños en donde se les puede dar un tratamiento dirigido a su enfermedad, además de cuidar otros aspectos de la salud tan importantes como el bienestar psicológico y social, tanto de ellos como de sus familiares. De entre todos los tipos de cáncer infantil, la leucemia -el cáncer de la sangre- es el más frecuente (cerca del 30%), seguido del los tumores del sistema nervioso central (un 22%).

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Mi hijo tiene dos años y todavía no habla, ¿es normal?

A lo largo de los dos primeros años de vida, los hitos más esperados del desarrollo neurológico del bebé son cuándo se echa a caminar y posteriormente el momento en el que por fin empieza a hablar. Estos dos procesos forman parte del neurodesarrollo y normalmente no se producen a la vez -andar primero, hablar después-, ya que lo segundo requiere de mayor maduración. De hecho, el lenguaje precisa de varios años (hasta los 5 habitualmente) para terminar de completarse.

En el este post hablaremos sobre en qué momento se inicia el lenguaje, cómo evoluciona y cuáles son los problemas que pueden aparecer durante este proceso, además de qué debéis reconocer para consultar con vuestro pediatra.

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¿Cuántos huevos puede comer un niño a la semana?

El huevo es un alimento sano y saludable, sin embargo sobre él existen ciertos mitos muy arraigados en la cultura popular. Si nos centramos en los niños, el primero de ellos es acerca de cuándo pueden empezar a tomarlo y cómo es la forma más adecuada de hacerlo. Más adelante, cuando ya lo toman de manera habitual en su alimentación, muchos padres se preguntan cada cuánto pueden ofrecérselo a sus hijos.

Desde hace muchos años se sabe que el huevo es un alimento que contiene mucho colesterol, y por extensión se creía que un consumo frecuente del mismo podía elevar sus cifras en sangre con el consecuente aumento de riesgo cardiovascular para padecer enfermedades del corazón como los infartos de miocardio. Sin embargo, los datos más recientes apuntan a que el consumo frecuente de huevo no implica necesariamente una elevación en sangre de colesterol.

En este post encontrarás información sobre por qué el huevo es un buen alimento para los niños y cada cuánto se puede consumir.

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Alimentos con alto riesgo de atragantamiento

La muerte de un niño es siempre un acontecimiento trágico, pero todavía lo es más cuando se podría haber evitado. Este es el caso de la mayoría de los atragantamientos, los cuales se producen en circunstancias en las que el niño intenta tragar algo que no ha podido masticar bien y que le acaba obstruyendo la vía aérea. Sin duda alguna esta situación es de las que más pánico genera a lo padres, sobre todo cuando toca iniciar la alimentación complementaria y los niños empiezan a probar cosas distintas a la leche.

Según el Instituto Nacional de Estadística, en el 2018 (último año con datos actualizados) fallecieron en España dos niños menores de 14 años a causa de un atragantamiento con algún tipo de alimento, lejos de los 166 adultos que fallecieron por este mismo motivo. Está claro que esta cifra es el último eslabón dentro de una cadena en la que el desenlace no siempre es fatal, ya que muchos niños se atragantan todos los días y no les pasa nada, aunque en algunos casos sí que es es necesario que sean atendidos de urgencia por especialistas para que les extraigan ese trozo de alimento que fue a alojarse a la vía respiratoria y que obstruía parcialmente la entrada de aire al pulmón.

Estos datos ponen de manifiesto dos cosas. Por un lado tranquiliza saber que esta tragedia ocurre en niños de forma muy poco frecuente, pero por otro refuerza la idea de que debemos seguir informando a los padres para que eviten situaciones que ponen en peligro a sus hijos. En este post encontrarás información útil sobre los atragantamientos y sobre qué alimentos se deben evitar en niños pequeños.

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Los embarazos no duran nueve meses

Hace unos días publicamos en redes sociales una viñeta de un humorista que venía a cuestionar la manía que tienen algunos padres de contar la edad de sus criaturas en meses a partir de los 2 años. Lo habitual es que los pediatras contemos la edad de los niños en meses hasta los 24 meses y, a partir de ahí, en años y meses. Esto se puede deber a varios motivos. En mi opinión porque las gráficas de percentiles infantiles cuentan la edad en meses hasta los 2 años, pero también porque el calendario vacunal hasta esa edad es más fácil de seguir en meses; quizá también porque durante esos 24 meses suceden muchos de los hitos del desarrollo y nos es más sencillo orientarnos al fijarnos en los meses que tiene cada niño.

El caso es que esta publicación tuvo muchos comentarios, muchos de los cuales denunciaban la manía que tenemos los médicos de contar de cuánto está embarazada una mujer en semanas y no en meses. De toda la vida de Dios se ha dicho que los embarazos duran 9 meses, pero la realidad es que esto no es del todo cierto, de ahí la afirmación tan rotunda que titula esta entrada. A ver si a lo largo de este post os lo consigo explicar sin liaros mucho.

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¿Cada cuántos días hay que bañar a un bebé?

Llegan las ocho de la tarde y en tu cabecita una voz se pregunta: “¿Lo baño hoy o lo dejo para mañana?”. En ese momento un angelito aparece en tu hombro derecho y te dice que mejor hoy, no vaya a ser que llame la abuela para preguntar qué tal ha pasado el día su nieto y se entere de que se ha ido a dormir sin haberle metido un buen fregao; mientras, en el otro hombro aparece un diablillo que te intenta convencer de que no pasa nada por dejarlo para el día siguiente, que suficiente has tenido ya con levantarte a las 6.30 am, trabajar hasta las 5 pm, hacer de animadora infantil el resto de la tarde como para ahora montarse un spa para niños cuando a ti lo que te apetece es espanzurrarte en en el sofá y ponerte Netflix.

La pregunta en cuestión tiene mucha más miga de lo que podáis imaginar, o al menos eso me parece a mí, ya que muchos padres y madres nos preguntan en consulta cada cuánto deben bañar a sus hijos entre otros menesteres de higiene infantil. En este post intentaré poner un poco de sentido común al asunto, pero sin perder la perspectiva médica, que al fin y al cabo es la que a nosotros nos atañe.

¿Por qué hay que bañar a los niños?

Desde el mismo momento en que los niños nacen cabe la posibilidad de que se ensucien. De hecho, tras el parto se encuentran impregnados en líquido amniótico y sangre de su mamá que antes o después habrá que lavar de sus pequeños cuerpecitos.

Y a medida que se abren paso a la vida empiezan a surgir otras situaciones que pueden hacer que el bebé esté sucio o no huela bien, como esa caca enorme que le mancha toda la espalda, un pis a modo de fuente que le moja la tripa o regurgitaciones de leche que no es que huelan especialmente bien. Más adelante, cuando empiezan a tener algo de autonomía para desplazarse por si mismos, lo normal es que se arrastren por el suelo y se conviertan en una escoba atrapapolvo. Y si pensamos en cómo se ponen con la alimentación complementaria ya no te quiero ni contar.

A partir de los dos o tres años suelen volver del parque hasta arriba de barro, manchas de césped y vaya usted a saber qué más… Y al acercarse a la adolescencia, quizá ya no se manchen tan a menudo, pero su olor corporal se transforma en algo parecido a un vestuario de gimnasio.

Todas estas situaciones nos deben hacer pensar que en los niños hay que mantener un mínimo de higiene corporal (o quizás aspirar a un máximo). Y hasta que se hagan mayores y sean ellos los que decidan cada cuánto se deben duchar, somos los padres los que debemos tomar la decisión de cuándo pasarlos por el agua y jabón de la bañera. En la mayoría de las ocasiones esto dependerá de si el niño está limpio o sucio.

La piel de los bebés es delicada (y también la de los niños y los adultos)

Aunque no lo parezca, la piel es uno de los órganos más importantes del cuerpo humano. Entre otras muchas cosas nos sirve de barrera física contra las agresiones externas del mundo en el que vivimos. Por eso tenemos vello corporal -que nos protege del frío-, pelo en la cabeza -otro buen aliado contra el frío, pero también contra los golpes– o cejas y pestañas -que proporcionan protección a los ojos-.

Por otro lado, como si de una mano de pintura invisible se tratara, nuestra piel está recubierta por una finísima capa de grasa que proviene de las glándulas sebáceas que hay en ella y que nos aísla de la humedad y otras inclemencias meteorológicas, además de protegernos de contaminantes externos o algunas sustancias irritantes. Los niños poseen esta capa protectora al igual que los adultos, pero cuanto más pequeños son, más delicada es su piel ya que los mecanismos para reparar esa cubierta cutánea son todavía inmaduros.

Los jabones con los que nos lavamos son capaces de disolver la capa de grasa que cubre la piel, por lo que un exceso de limpieza podría eliminarla por completo y dejarla desprotegida, tanto en niños como en adultos. Con esto no quiero decir que no haya que lavar a los niños, pero nos debe hacer pensar que no hace falta frotarles como si hubiera que sacarles brillo ya que podría ser contraproducente.

Baño diario: ¿sí o no?

Decía Aristóteles que la virtud está en el termino medio y aplicado al baño de los niños no podemos estar más de acuerdo. Está claro que a los niños hay que asearlos, pero como hemos visto, un exceso de higiene, incluso con productos respetuosos para su piel, puede ser contraproducente. A pesar de ello, la gran mayoría de los niños toleran de sobra un baño al día.

En España lo habitual es que nos bañemos todos los días, tanto los niños como los adultos, inclusos en verano lo hacemos hasta varias veces en las mismas 24 horas. Sin embargo, en los países del norte de Europa lo habitual es bañar a los niños cada 3 o 4 días, seguramente porque tienen climas más fríos que la península ibérica. En mi opinión no hay una opción mejor que otra siempre y cuando se respeten unos mínimos de higiene.

Entre esos mínimos de higiene estaría, por ejemplo, la zona del pañal de los más pequeños de la casa. En este caso, si veis que con las toallitas no es suficiente para que el bebé esté limpio, sí que deberíais lavar esa zona con agua y jabón todos los días, independientemente de cada cuánto les aseéis todo el cuerpo.

¡¡Aplicad el sentido común y no os agobiéis!!

Teniendo en cuenta todo lo anterior, la decisión de si bañar a un niño todos los días o hacerlo con menor frecuencia la podéis tomar vosotros tranquilamente sin que sea obligatorio hacer una cosa u otra. Es habitual que en consulta muchos padres nos comenten que para sus hijos la hora del baño es un momento agradable y que lo disfrutan mucho, mientras que para otras familias supone un momento de estrés muy grande tanto para el niño como para ellos.

Aplicando el sentido común, y respetando esos mínimos de higiene de los que hablaba antes, haced con vuestros hijos lo que mejor os encaje. Y sobre todo, no os agobiéis ni os sintáis culpables si un día os han dado las diez de la noche y no habéis bañado al churumbel, que podéis dejarlo para el día siguiente sin ningún problema.

Por último, en el caso de que vuestro hijo tenga una piel delicada, como por ejemplo aquellos que padecen dermatitis atópica, puede ser útil desde el punto de vista médico que los baños sean cortos y demorarlos a cada 48-72 horas.

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¿Es el Plato de Harvard útil para planificar las comidas infantiles?

En el año 2011 la Escuela de Salud Pública de Harvard y los editores en Publicaciones de Salud de Harvard tuvieron una idea que revolucionó la nutrición. O al menos hizo que aquellas pirámides nutricionales que estudiábamos en el colegio dejaran de ocupar páginas y páginas de revistas y folletos para dar paso a una simple regla para preparar una comida saludable: 50% de vegetales y/o frutas, 25% de cereales y 25% de proteínas, sin que haga falta pesar exactamente cuánta cantidad hay de cada alimento en el plato.

Así de sencillo. Atrás quedaron las pirámides en las que se nos decía cuántas raciones de esto o cuántas de aquello había que tomar a la semana y que hacía que nos comiéramos la cabeza organizando menús semanales para dar paso a algo mucho más sencillo y aplicable en le día a día: basta con abrir la nevera y pensar con lo que tienes en ese momento para montar un plato saludable siguiendo la regla del párrafo anterior. Además, en aquellas pirámides, se suponía que los cereales eran la base de la alimentación.

Y la verdad es que esta nueva regla es una herramienta muy útil para planificar una comida sana, de hecho, el nombre real del Plato de Harvard es “El plato para comer saludable”, que además se puede aplicar tanto para adultos como para niños de cualquier edad. Aquí abajo os dejo la infografía de la propia gente de Harvard para que le echéis un vistazo si no la conocéis.

Fuente: https://www.hsph.harvard.edu/nutritionsource/healthy-eating-plate/translations/spanish/

Fijaos si el Plato de Harvard debe ser bueno que hoy en día no hay perfil en redes sociales que se dedique a la nutrición que no hable de ello (incluso nosotros tenemos un post sobre el tema), además de que también podéis encontrar en Instagram miles de fotos de recetas y elaboraciones que especifican que siguen la regla mencionada del 50%-25%-25%.

Sin embargo, el Plato de Harvard tiene un pequeño problema: esta diseñado por británicos. No se si conocéis la comida anglosajona, pero básicamente se podría resumir en que sus comidas suelen tener un solo plato en el que hay un batiburrillo de cosas. Y qué queréis que os diga, esa no es la forma en la que tradicionalmente se ha estructurado la comida mediterránea, que normalmente consta de primero, segundo y postre.

Entonces, ¿tiene sentido aplicar el Plato de Harvard si vivimos en España? Desde luego que sí, pero con matices. A ver si soy capaz de explicarlo a lo largo de este post.

El secreto de una comida saludable

El secreto de una alimentación saludable consiste en comer de forma variada eliminando al máximo los alimentos ultraprocesados, superfluos o con calorías vacías (los que llevan azucares añadidos). En este sentido, aunque la especia humana es omnivora, una alimentación basada sobre todo en productos de origen vegetal es la que ha demostrado tener mejores beneficios para la salud en cuanto a obesidad, diabetes, hipertensión y otras tantas enfermedades crónicas típicas de los adultos. A muchos os puede parecer que si comemos casi en exclusiva alimentos de este tipo consumiendo poca carne o pescado podríamos caer en una deficiencia nutricional, pero no es así. Un claro ejemplo de esto son las personas ovolacteo-vegetarianas que con un poquito de planificación alcanzan todos lo requerimientos nutricionales sin necesitar suplementos.

A pesar de ello, la gran mayoría de las personas comemos de todo, pero al igual que los vegetarianos, para que nuestra comida sea saludable debemos planificar un poco qué comemos. Resulta curioso ver cómo las comidas de los niños que tienen entre seis y doce meses (los que están con alimentación complementaria) suelen ser muy sanas y planificadas, pero superada esa edad esa planificación se va perdiendo o por lo menos no somos tan conscientes de si lo que comen nuestros hijos es igual de saludbale que cuando eran bebés.

Es aquí donde el Plato de Harvard se convierte en una herramienta muy útil para pensar qué podemos dar de comer a nuestros hijos. Basta con seguir la regla del 50%-25%-25% para rellenar el plato y a buen seguro que nuestros hijos estarán comiendo sano. Un ejemplo podría ser esta foto de aquí abajo de la cena de uno de nuestros hijos: la mitad del plato aguacate y tomate (que serían las verduras/fruta), un cuarto con pescado (que sería la parte de proteína) y otro cuarto con pan (que serían los cereales). Os recuerdo que no hace falta pesar nada y basta con mantener esa proporción a ojo.

Este tipo de platos son ideales para niños pequeños cuando vas con prisa y no te ha dado tiempo a cocinar. Os animo a que empecéis a preparar así las comidas de vuestros hijos porque os ahorrará algún que otro comedero de cabeza a la par que acertaréis con lo saludable del plato.

Un solo plato vs. “primero, segundo y postre”

Es verdad que las cenas de los niños suelen tener solo un plato, pero las comidas de medio día en este país suelen componerse de primero, segundo y postre. Os parecerá una tontería, pero esto no hace que no se pueda aplicar el Plato de Harvard.

La forma más sencilla de hacerlo sería juntando en un solo plato el primero y el segundo, pero, que os queréis que os diga, macarrones con tomate, verduras salteadas y merluza a la plancha, por poner un ejemplo, en un solo plato todo entremezclado, a mí, que soy de buen comer, como que me no me parecería apetecible. Prefiero tomar primero los macarrones, luego un plato de verduras con un poco de merluza y de postre algo de fruta. Si la comida en conjunto sigue respetando el 50%-25%-25% estaré siguiendo la regla del Plato de Harvard aunque no lo esté comiendo todo en el mismo plato.

Otro ejemplo. Guisantes rehogados con trocitos de jamón de primero y de segundo pollo asado con arroz. Por poder, también lo podemos entremezclar todo para tomarlo en un solo plato, pero tampoco pasa nada si lo estructuráis en dos platos diferentes mientras mantengáis las proporciones para seguir las recomendaciones del Plato de Harvard.

Para el postre, la fruta es siempre una buena opción. Además os ayudará a alcanzar el 50% de frutas/verduras que nos marca la regla porque, no lo vamos a negar, es la parte que más cuesta conseguir que se tomen los niños.

Planifica las comidas de TODO EL DÍA

Algunos estaréis pensando que vuestros hijos no comen tanto como para plantarles en la mesa un primero, un segundo y un postre. Pues tampoco pasa nasa.

En este caso, lo que habría que hacer es pensar un poco a medio plazo y planificar la comida de todo el día. Si por ejemplo a medio día vuestro hijo se llena con los macarrones con tomate, pues en la cena toca verduras con un poco de proteína saludable. O al revés, si para almorzar se ha tomado un buen plato de judías verdes con un poco de pescado, pues para cenar le podéis poner arroz.

Al fin y al cabo, lo importante para mantener una alimentación saludable es lo que come el niño de forma global y no tanto lo que come en cada comida. Si al final del día habéis conseguido que coma un 50% de frutas/verduras, un 25% de cereales y un 25% de proteínas es que vamos por buen camino aunque en cada comida individual esta proporción no se haya mantenido.

¿Y qué hago si mi hijo toma purés?

Si vuestro hijo es de los que toman triturados y ya tiene más de un año de vida, aplicar el plato de Harvard también es posible. Es tan sencillo como tomar un puré de verduras de primero y de segundo un poco de proteína y cereales. También podéis mezclarlo todo en el tazón y triturarlo porque al fin y al cabo, pasado por la turmix o no, la proporción del 50%-25%-25% se seguiría manteniendo y aplicando.

De todas formas, se recomienda que la introducción de sólidos en los niños que toman triturados se realice hacia los 9-10 meses y no más tarde del año y medio, ya que a partir de esta edad se vuelve más complicado que los niños acepten texturas sólidas. Así que lo de los purés está bien, pero no para darles las comidas de toda la infancia.

¿Y qué pasa con los desayunos y la merienda?

Si con las comidas y las cenas se nos agota el cerebro para no ser repetitivos y seguir ofreciendo comida saludable a nuestros hijos, lo de los desayunos y las meriendas es ya para pedir ayuda divina… Aun así, aplicar el Plato de Harvard en estas dos comidas también es posible, además de ser sinónimo de comer sano.

Para el desayuno, por ejemplo, basta con tomar una pieza de fruta, un trozo de pan tostado con aceite y un vaso de leche. Y para la merienda podrían volver a tomar fruta, un bocata relleno con proteína saludable (por ejemplo queso fresco, humus, jamón cocido…) o frutos secos (si es que vuestros hijos ya tiene edad para tomarlos enteros).

Como veis, la fruta es un recurso muy útil en estos dos momentos del día. De hecho, si solo quieren desayunar o merendar una pieza de fruta, tampoco pasa nada ya que irían a completar el 50% de las frutas/verduras de todo el día, por que, no lo neguemos, del 25% de cereales y 25% de proteínas en España solemos ir sobrados. La verdad es que la fruta es un recurso nutritivo y saludable que no debería faltar en la alimentación de ningún niño (y adulto), además hay un montón de variedades diferentes dependiendo de la temporada, así que la monotonía no debería ser un problema.


En resumen, el Plato de Harvard es una herramienta fácil y sencilla para hacer que los platos de vuestros hijos sean sanos y saludables. Sin embargo, la comida tradicional mediterránea se compone de varios platos a lo largo de una misma comida. Esto no debería impedir que la alimentación de vuestros hijos sea saludable siempre que cumpláis la regla del 50% de frutas/verduras, 25% de cereales y un 25% de proteínas que nos proponen nuestros amigos ingleses al sumar el total de los platos de una comida o el total de las comidas de todo un día. Al final, la planificación es la clave.

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Los dientes no dan fiebre

No sabemos por qué, pero la gran mayoría de madres y padres piensan que la salida de los dientes de leche provoca fiebre. Quizá sea por la sabiduría popular o por todos esos consejos que heredamos de las abuelas, pero el “mi hijo tiene fiebre porque le están saliendo los dietes” lo escuchamos todos los días en la consultan. Sin embargo, esta asociación no la estudiamos en la carrera de medicina y, menos aún, nuestros maestros nos enseñaron que al avaluar a un niño pequeño con fiebre en Urgencias los dientes podían ser la causa de tal proceso.

Entonces, ¿quién tiene razón: los padres o los pediatras? ¿Realmente los dientes provocan fiebre o no es más que un mito arraigado en la cultura popular desde hace décadas? ¿Quizá es que los dientes son la excusa perfecta para que los padres no se preocupen en exceso por las fiebres de sus hijos cuando llegan los primeros catarros e infecciones? En este post destripamos la polémica….

¿Cuándo salen los dientes?

Los dientes de leche empiezan a salir en torno a los seis meses de edad, aunque en ocasiones esto se puede retrasar durante unos cuantos meses. De hecho, no es raro que muchos niños soplen las velas de su primer cumpleaños sin que sus sonrosadas encías muestren signo alguno de que vaya a salir un diente. Tenemos un post entero sobre cuándo salen los dientes y en qué orden que quizá quieras consultar.

Lo habitual es que hacia los tres años la dentición de leche haya salido por completo: un total de 20 dientes entre incisivos, caninos y molares. Por tanto, cada niño tendría 20 oportunidades para que con la salida de cada diente tuviera fiebre. Sin embargo, cuando consultas estudios científicos sobre este tema, esa supuesta asociación entre fiebre y dientes es habitual entre los 6 y 18 meses de edad, mientras que en los niños de mayor edad no se produce.

Por tanto, ¿por qué a los niños mayores no les produce fiebre? O mejor, ¿por qué nadie habla de la fiebre cuando salen los dientes definitivos? La verdad es que a mi me gusta ser crítico con este tipo de cosas y estas preguntas solo me llevan a pensar que lo de la fiebre y los más pequeños de la casa no tiene mucha razón de ser.

¿Qué pasa cuando sale un diente?

En más de una ocasión nos han preguntado por redes sociales que si los dientes al salir producen dolor. Y si somos justos tendríamos que decir que no lo sabemos. Para conocer si realmente producen dolor habría que preguntar a quien lo esta “sufiriendo” y como os podéis imaginar un niño que no alcanza ni los doce meses de edad poco o nada nos va contestar.

Sin embargo, muchos padres y madres cuentan que cuando a un niño le va a salir un diente le encuentran más irritable de lo habitual, babea mucho e incluso quiere morder cosas duras buscando consuelo de alguna forma. Es cierto que durante esos días las encías se ponen rojas, como inflamadas, y esa es la excusa que se ha utilizado para justificar lo de la fiebre y la salida de los dientes.

Todos sabemos que cuando un niño padece un proceso inflamatorio, como unas anginas, este suele ir asociado a fiebre. Y es que la fiebre es una manifestación habitual que se produce en diversos procesos inflamatorios, sobre todo los de origen infeccioso. De hecho, el sufijo -itis, tan frecuente en medicina, hace referencia a “inflamación”. De este modo otitis significa inflamación del oido, conjuntivitis inflamación de la conjuntiva o meningitis inflamación de las meninges… Como bien sabréis, todos estos procesos suelen ir acompañados de fiebre.

Sin embargo, hay otros procesos inflamatorios que no producen fiebre, como la reacción local que se produce después de que un niño se dé un golpe en la cabeza y le sale un chichón o que se rompa un brazo al caerse de la bici, tras una picadura de mosquito o, incluso, cuando se infecta una herida.

¿Y qué pasa entonces con los dientes? Es cierto que la salida de los dientes de leche produce cierta inflamación en las encías, pero hasta el momento no se ha logrado demostrar que esta sea lo suficientemente importante para justificar que pueda dar fiebre al crío.

“Pero es que a mi hijo cada vez que le sale un diente le da fiebre…”

Los pediatras definimos fiebre como la elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC. Entre los 37 y 37,9ºC nos referimos a ella como febrícula. Cuando buceas en los estudios que han intentado analizar la asociación entre la salida de los dientes y la fiebre, la mayoría concluye que “un pequeño porcentaje de padres” (menos del 30% en la mayoría de ellos) encuentra que a sus hijos les aparecen unas décimas, es decir, nunca por encima de 38ºC. Sin embargo, estos estudios se realizan a partir de encuestas en las que se pregunta a los padres lo que ellos notan mientras a sus hijos les salen los dientes sin que realmente se busque causalidad, es decir, que sin que esa elevación de la temperatura corporal está realmente provocada por la salida de los dientes y por tanto, podría tratarse de una asociación casual, es decir arbitraria.

A lo que si que estamos muy acostumbrados los pediatras es a niños que en su primer año escolar, cuando empiezan a juntarse con otros niños en la escuela infantil o en le colegio, se pillan una media de 10-12 procesos febriles banales como virus varios, gastroenteritis o catarros. Esta época del inicio de la etapa escolar de un niño coincide con la salida de los primeros dientes de leche por lo que, desde el punto de vista científico (de la causalidad), tendría mucho más sentido achacar la fiebre a los virus que a los dientes.

Lo que nos preocupa a los pediatras

Como pediatra tengo claro una cosa. Puede ser, porque no lo tengo seguro del todo, que los dientes den unas decimillas. Lo que es altamente improbable es que por la salida de los dientes un niño tenga más de 38ºC durante varios días. Por eso los pediatras solemos decir que “los dientes no provocan fiebre”, fiebre como la entendemos habitualmente, es decir un proceso de varios días de duración en el que el niño está más o menos afectado y la fiebre sube y baja sin parar.

Lo que nos preocupa a los pediatras cuando un niño tiene fiebre es que pueda estar padeciendo una infección grave (una neumonía, una infección de orina, una meningitis…). Infecciones en las que si no se pone un tratamiento a tiempo pueden tener graves consecuencias. En general, con una simple exploración física somos capaces de discernir si ese niño con fiebre tiene una infección leve o, por el contrario, requiere de alguna prueba que la confirme o lo descarte.

Como veis, nuestra labor al evaluar a un niño con fiebre se centra en establecer si al niño le pasa algo por lo que puede esperar o quizá es algo más grave. Y en esa lista imaginaria de posibles causas de la fiebre no suele figurar la salida de los dientes o, como mucho, está al final de la lista y siempre tras haber descartado el resto de posibles causas.

Como suelo decir a los padres y madres que atiendo cuando uno de sus hijos pequeños tiene fiebre, “vamos a descartar primero lo que es importante y si luego son los dientes, pues fenomenal”. Así que ya sabéis, si vuestro hijo tiene fiebre y esta dura más de 24-48 horas, presenta mal estado general o parecen signos de alarma (manchas en la piel, dificultad para respirar, vómitos….) debéis acudir al pediatra antes de quedaros en casa pensando a que todo ello se debe a los dientes.

Y si alguna vez algún pediatra os ha dicho que la fiebre de vuestro hijo es por los dientes, estoy seguro de que ha sido para tranquilizaros. Es más fácil esta explicación -aunque no sea verdad- para muchas familias que deciros que realmente no sabe a qué se debe la fiebre, pero que seguro que en unos días se le pasará sin mayores consecuencias que un par de días reguleros.


En conclusión, los dientes no producen fiebre y mucho menos procesos febriles con temperaturas por encima de los 38ºC y días de duración. En cualquier caso, si preferís pensar que a vuestros hijos sí que les da fiebre cuando les salen los dientes me parece estupendo, pero no dejéis de consultar con vuestro pediatra si veis que el niño no mejora rápido o, por el contrario, la cosa empeora con el paso de los días.

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Melatonina, ¿el remedio para el sueño de los niños?

En los últimos años estamos asistiendo a campañas publicitarias en muchos medios de comunicación que promocionan la melatonia, una hormona que controla el reloj biológico que nos dice cuándo es de noche, como el remedio perfecto para que los niños duerman bien bajo eslóganes del estilo “El sueño llega a su hora”.

No en vano, muchos padres reconocen que en alguna ocasión han pensado que sus hijos duermen mal y las estadísticas apuntan a que uno de cada tres niños presenta en alguna ocasión un trastorno del sueño (sobre todo insomnio de conciliación -cuando al niño le cuesta mucho dormirse al inicio de la noche- o por múltiples despertares nocturnos en los que reclama a sus padres para volver a dormirse).

Con estos datos en la mano, ¿quién no querría ese remedio que se anuncia a bombo y platillo como la mejor solución para el descanso de sus hijos? Seguramente muchos. Sin embargo, la mayoría de estos padres desconocen las verdaderas indicaciones que tiene este medicamento que se vende sin receta y bajo la denominación de complemento alimenticio. Esperamos que este post os sirva para resolver las dudas que a menudo nos habéis trasladado por redes sociales de si es bueno o malo utilizar la melanina para que vuestros hijos concilien el sueño.

¿Qué es la melatonina?

La melatonina es una hormona que sintetiza el cerebro en ausencia de luz. Esto permite a nuestro cuerpo saber cuándo llega la noche y, por tanto, la hora de irnos a la cama. Su secreción se inicia cuando empieza el atardecer y desaparece con los rayos del nuevo día. De esta forma, el reloj biológico de nuestro cuerpo se sincroniza con un ritmo circadiano, es decir, cada 24 horas.

Durante el embarazo, el futuro bebé es capaz de sintetizarla desde la semana 26, pero no será hasta los 5-6 meses de vida en que su secreción esté totalmente regulada y, entonces, el ritmo circadinao no quede establecido completamente. Hasta esa edad, los niños duermen casi las mismas horas de día que de noche y, a partir de entonces, la gran mayoría son capaces de dormir al menos cinco horas seguidas durante la noche, periodo que se irá a largando con el paso de los meses en los que progresivamente dormirán menos siestas diurnas y más tiempo por la noche.

Esta hormona fue descubierta en 1958 y desde entonces se han descubierto muchas funciones que tiene en el organismo además de regular el ritmo circadiano. Entre ellas destacan su colaboración con el control del crecimiento tumoral, propiedades en la protección ósea, facilita la regulación inmunológica o que facilita la liberación de radicales libres.

¿Para qué sirve la melatonina como medicamento?

Desde finales del siglo XX existen preparados comerciales de venta libre en farmacias (sin receta ni prescripción de un médico) que han resultado eficaces en adultos para tratar ciertos trastornos del sueño, sobre todo aquellos en los que el reloj biológico se desajusta, como por ejemplo el jet lag.

La seguridad en adultos de este fármaco está más que comprobada ya que no se han descrito efectos secundarios relevantes y existe muy bajo riesgo de intoxicación (por no decir que inexistente) a las dosis que se emplea. Y en todo caso, daría lugar a mayor somnolencia de la deseada.

En niños, esta comprobado que la melatonina disminuye la latencia del sueño, es decir, el tiempo que tardan desde que se meten en la cama hasta que se quedan dormidos. Si se adelanta el inicio de sueño de forma significativa, esto también implicará que el niño duerma más horas por la noche.

Visto así, parece el remedio perfecto para esos niños a los que les cuesta quedarse dormidos. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas como darles unas gotitas y esperar a que hagan efecto…

¿Cuál es el “problema” de la melatonina en niños?

Hace un par de párrafos hemos dicho que la melatonina en adultos es segura. Pero, ¿y en niños? ¿Hay estudios suficientes para afirmar que se puede administrar a los pequeños de la casa sin riesgo?

Los estudios que se han realizado en niños con este fármaco son escasos. Es cierto que demuestran los mismos efectos que en adultos en cuanto a adelantar el inicio del sueño, sin embargo, su efectos secundarios no están establecidos a largo plazo. Lo que sí está claramente demostrado es que si sólo se administra melatonina para que un niño se duerma rápidamente sin abordar otros problemas como la higiene del sueño o las rutinas que tiene para dormirse, el 90% recaerá al suspender el tratamiento. Es decir, pan para hoy y hambre para mañana.

En cuanto a su seguridad en niños, su uso a corto plazo (por debajo de cuatro semanas) parece seguro sin que se hayan observado efectos secundarios diferentes a los del placebo. Sin embargo, los estudios a largo plazo todavía no aportan información suficiente sobre su seguridad. Estudios de seguimiento a tres años no han puesto de manifiesto ningún efecto no deseado, pero no van más allá. Y no debemos de olvidar que, a diferencia de los adultos, los niños durante la infancia deben completar el desarrollo psicomotor, por lo que actualmente no se sabe qué efecto a largo plazo puede tener en él el uso continuado de melatonina.

Entonces, ¿debería dar melatonina a mis hijos para que duerman bien?

En el año 2014 la Asociación Española de Pediatría publicó en su revista Anales de Pediatría un consenso sobre el uso de la melatonina en los niños de las sociedades que con más frecuencia han abordado el problema del sueño infantil, tales como la Sociedad Española del Sueño, la Sociedad Española de Neurología Pediátrica o la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria.

En este documento queda claro que la melatonina puede resultar útil pero debe usarse siempre como medida de apoyo a la reeducación en las rutinas del sueño de los niños y nunca como única intervención tras analizar cuál es el verdadero problema por el que el niño no se duerme como esperan sus padres y cómo podemos ayudarle. Además, la melatonina nunca debería darse a un niño sin la supervisión de un pediatra.

A veces resulta difícil justificar tales precauciones cuando este medicamento se puede comprar con suma facilidad en una farmacia. En este sentido, la Asociación Española de Pediatria de Atención Primaria publicó hace tiempo un comunicado en que instaba al Ministerio de Sanidad a “tomar la medidas que considere oportunas para que la distribución de los preparados farmacológicos de melatonina se realicen por los cauces ordinarios bajo control del pediatra de atención primaria o el médico experto en sueño”. En resumen, con receta. Por desgracia, su reclamación no ha sido escuchada todavía.

Como padres entendemos perfectamente la desesperación que para muchas familias supone el descanso de sus hijos. Por experiencia sabemos que a todos nos gustaría que nuestros hijos se durmieran rápido y, a poder ser, toda la noche del tirón. Sin embargo, la realidad del sueño en la infancia es muy distinta. Esperamos que después de lo que habéis leído hayáis entendido que la solución al sueño de nuestros hijos no pasa por darles unas gotitas mágicas y sanseacabó.

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Bibliografía:

NOTA: este post esta realizado para esclarecer las implicaciones que puede tener la melatonina en niños sanos. Este fármaco también se emplea como coadyuvante en el tratamiento del insomnio en niños con trastornos nuerospicológicos en los que ha demostrado ser altamente eficaz, como pro ejemplo el trastorno del espectro autista, el síndrome de piernas inquietas o la parálisis cerebral infantil. Si crees que puede ayudar a tu hijo por sus circunstancias especiales, coméntaselo a ti pediatra y/o neurólogo infantil.

No queremos dejar la ocasión de que sigáis en Twitter a Fernando Martín, uno de los neurólogos infantiles que más habla del sueño en la infancia y que, como en este hilo de aquí abajo, aborda el tema de forma magistral.

Carta abierta sobre la fimosis y sus posibles consecuencias

Hace unas semanas recibimos un mail de un seguidor que, a modo de desahogo, nos quería contar cuál fue su experiencia con el famosos tirón que en otra época era casi un obligatorio en los controles rutinarios de salud infantil. Nos ha parecido muy adecuado compartirlo con vosotros ya que nos parece que plasma de forma muy real cuales pueden ser las consecuencias de algo que para muchos es una práctica que no tiene mayor importancia. El mail era el siguiente:

Hola, acabo de leer vuestro artículo sobre fimosis en niños. He ido a dejar un comentario, pero creo que no se ha publicado. Solo quería daros las gracias por publicar este tipo de artículos, ojalá hubiesen existido hace años.

De pequeño tuve fimosis y me dolía mucho. Incluso haciendo “tirones” suaves no podía soportarlo. En las revisiones médicas del colegio, con todos mis amigos delante, tenía que exponerme con todos mirando y forzarme a hacer el tirón acabando siempre en lágrimas, tanto por dolor como por vergüenza.

Entre los seis y los ocho años, mis padres me llevaron al urólogo y este decidió probar un método para evitar el quirófano: el tirón, pero a lo bestia. Como yo ya sabía que me dolería, me puse hecho una furia. Pataleaba, lloraba, gritaba… Era imposible quedarme quieto, así que el médico llamó a tres celadores para que me sujetasen: uno de los hombros, otro de la cintura y otro de los pies. El urólogo empezó a darme tirones, golpes secos, y el dolor fue insoportable y lo peor de todo es que no fue efectivo.

Crecí con miedo a que cualquier persona se acercase a mis genitales. Huía de las mujeres porque todo lo que rodease mi vida sexual, me asustaba. A los dieciocho años me operaron de fimosis y pensé que al fin se habrían acabado mis problemas y tendría valor… pero no fue así.

A los veinticinco años fui consciente de que tenía un problema. Llevaba casi veinte años de mi vida machacándome a mí mismo, con pensamientos autodestructivos (imaginaos lo que significa sentirse incapacitado sexualmente, en un entorno de pubertad masculina).

Dos años, muchas sesiones de psicología y una mujer comprensiva hicieron falta para darme mi primer beso y tener mis primeras relaciones sexuales con veintisiete años. Mis padres, con toda la buena intención del mundo, hicieron lo que pensaban que era mejor y aún le siguen dando vueltas. La psicóloga lo trató como un caso de trauma por abuso infantil: retener a un niño contra su voluntad entre cuatro personas y provocarle dolor en sus genitales.

Hablándolo con ella, el proceso traumático que viví me llevó a una depresión en mi edad adolescente: baja autoestima, ansiedad social, insomnio, dolores de cabeza constantes, cambios de humor muy radicales, hermetismo…. Sin ser yo consciente de ello (ni mis padres), logré superarla y más adelante fue cuando decidí acudir a una psicóloga con pleno apoyo de mi familia que me enseñó a aprender conductas sociales que yo no tenía.

Yo sigo teniendo ese miedo, aunque ahora soy capaz de superarlo, pero me cuesta horrores tener la confianza necesaria para mantener relaciones sexuales.

Me alegra leer este tipo de artículos. No somos conscientes de que un niño puede soportarlo casi todo a nivel físico, pero, a nivel intelectual y emocional, es mucho más frágil.

De nuevo, gracias por vuestra labor.


Creemos que no hace falta más que añadir. Damos las gracias a esta persona anónima por habernos permitido publicar y difundir su correo. Desde aquí esperamos que sirva a otros profesionales para que prácticas como la del tirón no se vuelvan a repetir nunca.

Si queréis leer la entrada sobre la fimosis a la que hace referencia, podéis hacerlo en este LINK.