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Doce cosas que (quizá) no sabías de la tos y los mocos

Moco

Fuente: Pixabay

Es inevitable que con la vuelta al cole nuestros hijos, antes o después, se empiecen a contagiar de los virus que circulan por los colegios y las escuelas infantiles. Algunos darán lugar a dolor de garganta, otros a una diarrea y algunos a manchitas en la piel. Pero entre todo ellos, un cuadro clínico es el rey: el catarro.

Este tipo de infección está caracterizado por un cuadro respiratorio de vías altas, en el cual los mocos y la tos son los síntomas más habituales. A lo largo de post descubrirás un montón de cosas que te harán afrontar con mayor tranquilidad (y conocimiento) esos catarros que a buen seguro se acabarán cogiendo tus hijos durante la infancia.

1. Los mocos nos defienden de las infecciones

Las vías respiratorias son unos conductos que llevan el aire del ambiente a los pulmones para que podamos absorber el oxígeno que nuestro cuerpo necesita. Para que todo funcione adecuadamente, esos conductos tienen que estar lubricados, y para ello las células que tapizan las vías respiratorias producen moco, aunque ese moco no sea perceptible a simple vista. Además, los mocos son la primera línea de defensa contra las infecciones, ya que en ellos flotan un montón de moléculas y células que nos ayudan a acabar con los microbios que quieren acceder a nuestro cuerpo. Por todo ello, cuando un niño se contagia de un catarro se pone a producir moco hasta el punto de que son visibles a simple vista.

2. La tos es un reflejo

Para que las vías respiratorias no se acaben encharcando de moco, el cuerpo humano está dotado de un mecanismo que nos sirve para movilizar esas secreciones que aparecen cuando estamos acatarrados: la tos. Esta aparece por un acto reflejo cuando en esos conductos de aire están más obstruidos de lo normal, por lo que la tos no es un síntoma de que la cosa vaya mal, al contrario, nos ayuda a superar el catarro.

3. A veces hay tos y mocos con fiebre (y otras no)

Además de la tos y los mocos, en ocasiones puede aparecer fiebre acompañando a un catarro , pero que esta aparezca no quiere decir que el catarro se esté complicando, simplemente es un síntoma más que aparece en el contexto de una infección. Como comprenderéis, si aparece la fiebre, es normal que el niño se encuentre más molesto que si solo tuviera tos y mocos, pero no es nada que no se pueda solucionar con un antitérmico.

4. La tos y los mocos pueden durar muchos días

El periodo más agudo de un catarro suelen ser los primeros tres o cuatro días, momento en el que la fiebre puede estar presente. Tras esa primera etapa, es normal que los síntomas respiratorios persistan durante varios días, incluso semanas, lo que a muchos padres les hará pensar que el catarro de sus hijos no se está curando. De media, la duración de la tos y los mocos debido a una infección respiratoria es de unos quince días, y lo que ocurre muchas veces es que antes de que desaparezcan totalmente, el niño se contagie del siguiente virus que ronde a su alrededor, encadenando un proceso con otro y dando la sensación de que todo el rato están malos.

5. Los mocos son incómodos

Lo que está claro es que no es agradable respirar con la nariz taponada por los mocos, seamos un niño o un adulto. Los que ya somos mayorcitos tenemos la fortuna de saber utilizar un pañuelo para sonarnos, cosa que hasta que un niño no tiene cierta edad es incapaz de hacer. Hasta que llegue ese momento, los lavados nasales con suero fisiológico serán vuestro mejor aliado para despejar la nariz de los más pequeños de la casa.

6. El color del moco evoluciona a medida que se cura el catarro

Una creencia popular muy extendida es que si los mocos se ponen verdes es que el catarro se está complicando. Nada más lejos de la realidad. Al inicio de un catarro, los mocos suelen ser fluidos y transparentes, pero a medida que pasa el tiempo es normal que se vuelvan espesos y cambien de color amarillos o verdes. Esto se debe a que las defensas que flotan en los mocos están destruyendo a los microbios que provocan el catarro y en ese proceso las secreciones respiratorias dejan de ser transparentes. Por tanto, el cambio de color de los mocos de los catarros no es un signo de complicación, sino un signo de que nuestras defensas están actuando.

7. Los mocos no bajan al pecho

No existe un ascensor de mocos que los lleve de la nariz al pecho en un viaje de moco pa’rriba, moco pa’bajo. Sin embargo, ciertos virus tienen la capacidad de infectar no solo la zona de la nariz y la garganta, sino también los bronquios (las bifurcaciones de las vías respiratorias en los pulmones). Cuando esto ocurre, nuestro cuerpo se pone a producir moco allí donde lo necesita, y dado que los microbios entran por la nariz y en unos días es cuando llegan a los pulmones, esto puede dar la sensación de que los mocos han bajado al pecho. A pesar de ello, no hay nada que se pueda hacer para que esos microbios no bajen al pecho, ya que si lo hacen es porque tienen la capacidad para hacerlo, no que hayamos dejado de hacer algo que lo podría haber evitado.

8. El sonido de la tos nos importa poco a los pediatras

Es curiosos ver como los padres describen la tos cuando vienen a consulta: que si tos de viejo que fuma, que si tos irritativa, que si tos de perro… Incluso muchos piden al niño que tosa en ese momento para que escuchemos esa música celestial. La verdad es que el sonido de la tos nos da poca información a los pediatras, al menos para decidir si hacer una cosa u otra con el niño en cuestión. Al final, lo que nos importa es cómo está la auscultación pulmonar y si el niño tiene dificultad respiratoria, ya que la clasificación clásica de la tos (productiva, no productiva, irritativa…) no la tenemos mucho en cuenta. Quizá el único caso que sí que nos ayuda a conocer cómo es la tos es cuando esta suena a perro que ladra, a foca o a pato, ya que en estos casos sí que podemos afirmar que lo que le pasa al niño es que tiene una laringitis.

9. La tos y los mocos no se curan con antibiótico

Si has estado atento mientras leías este texto, te habrás dado cuenta que tanto la tos como los mocos son síntomas de una infección respiratoria, que en el caso de los niños, en la gran mayoría de las ocasiones, será consecuencia de un catarro provocado por un virus. Por tanto, por mucho que demos antibiótico a un niño con un catarro, no vamos a conseguir que su tos y sus mocos mejoren, incluso aunque los mocos sean verdes, ya que estos dependen de una infección provocada por un virus que se cura sola sin que el antibiótico sea necesario. En otras ocasiones, como es el caso de las neumonías u otro tipo de infecciones respiratorias causadas por bacterias, la tos y los mocos si que mejoran al dar antibiótico, pero porque el problema subyacente (la neumonía) sí que es un proceso que necesita de este tratamiento.

10. Los jarabes para la tos y los mocos no sirven para nada

Siento si con esto estoy rompiendo la burbuja de jabón en la que vuestra mente cree que este tipo de remedios son eficaces para paliar los síntomas de los catarros, pero tanto los antitusivos como los mucolíticos como los expectorantes no han demostrado una verdadera eficacia frente a los síntomas que pretenden mejorar. Por ello, ninguno de ellos figura como parte del tratamiento de los catarros de ninguna sociedad científica pediátrica contrastada. De hecho, la mayoría de estos jarabes no están autorizados en ficha técnica por debajo de los dos años, motivo añadido para no recomendarlos en caso de que un niño tenga tos y mocos. Con lo único que habría que hacer una excepción es con la miel, ya que ésta sí que ha demostrado cierta eficacia para mejorar las horas de descanso cuando un niño tienen tos. Recordad que la miel se puede dar a un niño a partir del año de vida, pero al contener muchos azúcares debéis lavarle luego los dientes.

11. Los niños con tos y mocos pueden tener otitis (pero no siempre)

La otitis es una infección del oído que da lugar a dolor o irritabilidad y, sobre todo en niños pequeños, fiebre. La mayoría de las otitis están causadas por una bacteria que se llama neumococo, y que en ocasiones requiere antibiótico para su curación (cuando los niños tienen menos de dos años o presentan algún signo de gravedad como la fiebre alta o la superación). Lo que si que suele ocurrir antes de que se produzca el cuadro de fiebre y dolor de oído es que casi todas la otitis van precedidas de un cuadro catarral, el cual sirve de caldo de cultivo perfecto, con sus mocos por todos lados, para que el dichoso neumococo haga de las suyas. De todas maneras, esto no quiere decir que siempre que un niño tenga un catarro vaya a acabar en otitis, pero sería una cosa a vigilar y tener en cuenta.

12. No os fijéis tanto en la tos y la mocos y observad si a vuestro hijo le cuesta respirar

Para finalizar, lo más importante que debéis hacer cuando vuestros hijos tengan tos y mocos es aprender a diferenciar si estos síntomas se acompañan de dificultad respiratoria (si respiran deprisa, si hacen ruido al respirar, si marcan las costillas o utilizan los músculos del cuello en cada respiración…) ya que esto es lo que realmente nos importa a los pediatras. Si vuestros hijos tienen tos y mocos, pero se encuentran bien y no les cuesta respirar, incluso aunque tengan fiebre, podéis esperar a que vuestro pediatra os atienda cuando tenga cita. Pero en el caso de que detectéis dificultad respiratoria debéis acudir a Urgencias sin demora.


Y hasta aquí este repaso a la tos y los mocos, síntomas que a buen seguro vuestros hijos tendrán más de una vez (y más de dos) a lo largo de la infancia.

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:

La bronquiolitis ha vuelto

Moco

Fuente: Pixabay

Cuando te dedicas a la pediatría sabes que durante los meses fríos del año las consultas de los centros de salud y las salas de espera de las urgencias del hospital se ven ocupadas por niños de corta edad a los que les cuesta respirar, muchos de los cuales acabarán ingresando en el hospital para administrarles oxígeno. Durante esos meses ocurre la epidemia de bronquiolitis, una enfermedad provocada por el virus respiratorio sincitial (VRS), la cual tensiona hasta el límite la capacidad asistencial de los sistemas de salud infantiles; de hecho, la bronquiolitis es el motivo de ingreso más frecuente en pediatría.

Sin embargo, durante la temporada 2020-2021 parecía que el VRS se hubiera tomado unas vacaciones, al menos hasta hace unas pocas semanas. Esto de que no hayamos visto bronquiolitis durante los últimos meses es una constante que se ha repetido no solo en España, sino en todo el mundo. Pero es que el invierno 2020-2021 ha sido diferente, ya que desde marzo de 2020 nos encontramos en situación de pandemia por la COVID-19, y con ella se han implementado una serie de medidas para disminuir el contagio de esta enfermedad que también son efectivas para el resto de las infecciones respiratorias (distancia social, higiene de manos frecuente, uso de mascarillas…).

Fijaos si han sido efectivas que, tras el inicio del curso escolar y hasta unas semanas después de las navidades, los episodios de infecciones respiratorias (los típicos catarros) han sido anecdóticos comparados con otras temporadas, incluso este año no ha habido epidemia de gripe (otro virus que pone en jaque al sistema sanitario todos los años). Es como si el verano, época del año en la que no circulan tantos virus respiratorios y en la que los niños suelen encontrarse sanos como robles, se hubiera prolongado durante varias estaciones.

Como os decía, hasta marzo-abril de 2021 la incidencia de infecciones respiratorias ha sido mucho menor que los años pasados, pero desde hace varias semanas estos cuadros están en aumento, y entre ellos la bronquiolitis provocada por el VRS no podía faltar a su cita anual, aunque con retraso. Esta situación ya nos la habían anticipado nuestros colegas que viven en las antípodas, ya que en Australia fueron los primeros en comprobar que tras el inicio de la COVID-19, la epidemia de VRS se desplazaba a la primavera del año siguiente, momento en el que habitualmente ya no hay casos de bronquiolitis provocados por el VRS y empezamos a salir del túnel en el que se ve inmersa la asistencia sanitaria en pediatría cada invierno.

Durante las siguientes semanas es muy probable que los casos de bronquiolitis sigan aumentando, aunque no creo que el número de casos llegue al extremo de un invierno habitual. Mientras tanto, merece la pena hacer un pequeño repaso de en qué consiste esta enfermedad y su tratamiento.

¿Qué es la bronquiolitis?

La definición clásica de bronquiolitis hace referencia al ‘primer episodio de sibilancias y dificultad respiratoria en un niño menor de 2 años en el contexto de una infección viral’.

Esta definición contiene una serie de conceptos que son muy importantes:

  • Hace referencia al ‘primer episodio’. Por tanto, bronquiolitis solo se puede tener una vez en la vida. Los siguientes episodios en los que se auscultan sibilancias, aunque muy similares a una bronquiolitis, por definición no se pueden llamar así, por lo que deberíamos emplear otro término, en general bronquitis o broncoespasmo.
  • Se trata de menores de 2 años. Por tanto, las bronquiolitis son una enfermedad de niño pequeño. De hecho son más frecuentes por debajo del año de vida, sobre todo en los menores de 6 meses.
  • Aparecen en el contexto de una infección viral. Y aquí el VRS es el rey, ya que provoca el 80-90% de los cuadros de bronquiolitis.

El VRS es un virus que se transmite por gotitas, es decir, por contacto directo con las secreciones de un paciente infectado o cuando inhalamos las gotitas que salen de nuestra boca o nariz cuando hablamos, tosemos o estornudamos. Estas gotitas se quedan en suspensión en el ambiente unos pocos segundos, a diferencia de los aerosoles de los que todos habréis odio hablar en los últimos meses debido a que es la forma de transmisión más frecuente del SARS-COV-2, responsable de la enfermedad COVID-19.

Por tanto, la forma de prevenir el virus que más frecuentemente provoca la bronquiolitis es muy sencilla: lavado de manos frecuente y empleo de mascarilla en el caso de que estés acatarrado (este virus en niños mayores y adultos suele provocar solo catarros), además de evitar que los niños con cuadros respiratorios importantes acudan a la escuela infantil o al colegio.

¿Qué síntomas provoca la bronquiolitis?

El cuadro clínico de bronquiolitis es siempre muy similar. En primer lugar, el VRS coloniza la vía respiratoria superior, lo que da lugar a un cuadro catarral, en general con tos y mocos. Durante estos primeros días suele aparecer también fiebre.

Al cabo de dos o tres días, el virus avanza por la vía respiratoria y llega hasta los pulmones, en donde provoca inflamación en los bronquiolos que se acompaña de un aumento de las secreciones a dicho nivel. Esto provoca que cuando el niño coge aire le cueste respirar en mayor o menor medida y en la exploración física detectemos sibilancias en la auscultación.

Dependiendo de la gravedad del episodio, estos síntomas podrán ser tratados de forma ambulatoria o requerirán ingreso hospitalario, esto último mucho más frecuente en los niños por debajo de los tres meses de vida y con antecedentes personales importantes, como la prematuridad o las cardiopatías congénitas.

Si todo va bien, la parte más aguda de la enfermedad tiene una duración de unos siete días, para mejorar después poco a poco. De hecho, es muy frecuente que tras un episodio de bronquiolitis, estos niños arrastren una tos durante varias semanas.

¿Cuál es el tratamiento de la bronquiolitis?

Por desgracia, no existe ningún ensayo clínico que haya demostrado que existe un tratamiento farmacológico eficaz para la bronquiolitis, más allá del tratamiento sintomático de soporte.

Sé que muchos os estaréis llevando ahora las manos a la cabeza porque seguro que en alguna ocasión os han indicado para esta enfermedad salbutamol inhalado, aerosoles o corticoides vía oral. Como decía, no hay ningún estudio que haya demostrado que sean eficaces para tratar a estos niños, aunque a día de hoy todavía hay muchos pediatras que los emplean porque antiguamente era el tratamiento estándar.

A día de hoy, las guías clínicas sobre bronquiolitis recomiendan que el tratamiento de la bronquiolitis se limite a un tratamiento sintomático:

  • Lavados nasales cuando tienen la nariz taponada.
  • Posición semiincorporada cuando están tumbados.
  • Tomas fraccionadas (más frecuentes, pero de menor cantidad).
  • Antitérmicos si hay fiebre o malestar.

En el caso de que estas mediadas de soporte no funcionen o el cuadro respiratorio progrese hasta provocar dificultad respiratoria, el ingreso hospitalario está asegurado, así que no dudéis en acudir a urgencias o a vuestro pediatra si el niño presenta mal estado general, deja de comer o presenta dificultad respiratoria (respira muy deprisa, marca las costillas al respirar…). En estos casos suele ser suficiente con la administración de oxígeno, aunque en algunos casos se requiere el ingreso en UCIP para su tratamiento.

Una reflexión final

He comenzado este texto hablando de lo raro que ha sido que el invierno pasado no viéramos cuadros de bronquiolitis. De hecho, muchos ya cantábamos victoria como si nos hubiésemos librado, al menos por un año, de esta epidemia. Desconozco si el aumento de casos que estamos viviendo ahora continuará hasta alcanzar un pico epidémico tan alto como el de cada invierno o se quedará en una epidemia de menor envergadura. Lo que está claro es que el VRS está entre nosotros.

Es difícil encontrar una explicación a por qué los casos de VRS se han desplazado al final de la primavera, sobre todo si tenemos en cuenta que las medidas higiénicas que nos protegen contra la COVID-19 siguen vigentes y que tan bien han funcionado contra las demás infecciones respiratorias al inicio del curso escolar, incluida la bronquiolitis provocada por VRS.

Quiero pensar que este aumento de casos no se debe a la relajación de estas medidas por parte de los padres en los más pequeños de la casa y que siguen (seguimos) siendo responsables a la hora de no llevar al colegio a nuestros hijos cuando están con fiebre o con un cuadro respiratorio importante, por mucho que se haya realizado un test de antígeno o una PCR para descartar que esa sintomatología la pudiera estar provocando el coronavirus.

Como padres, somos responsables de no llevar enfermos a nuestros hijos al colegio o la escuela infantil, en primer lugar porque no es el lugar más adecuado mientras un niño se encuentra mal, pero también porque no es solidario con el resto de los compañeros de su clase. Si lo seguimos haciendo igual de bien como en los últimos meses, estoy seguro de que los casos de VRS (y de otras infecciones respiratorias) disminuirán y llegaremos al verano libres de mocos.


Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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¿Es necesario tener un pulsioxímetro en casa para los niños?

Pulsioximetro

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

Últimamente algunos padres nos comentan que se han comprado un pulsioxímetro para tenerlo en casa para poder medir la saturación de oxígeno de sus hijos. Muchas veces esto se traduce en consultas a Urgencias cuando, en el contexto de un catarro, mocos y toses o un caso de broncoespasmo, el aparatito en cuestión se pone a pitar y parece que al niño le pasa algo.

Es cierto que la saturación de oxígeno es una medida indirecta de la cantidad de oxígeno que tenemos en sangre y, por ende, de cómo funciona nuestros sistema respiratorio (pulmones y corazón).

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¿Cómo puedo saber si a mi hijo le cuesta respirar?

niño médico

Fuente: GTRES

Las infecciones respiratorias son uno de los motivos más frecuentes de consulta en pediatría. Cada día los centros de salud se llenan de niños que presentan tos y mucosidad, ya sea por un catarro, una laringitis, una bronquitis o una neumonía. Tras una exploración física adecuada, los pediatras somos capaces de establecer un diagnóstico y plantear qué tratamiento necesita cada niño. La gran mayoría de los casos evolucionarán de forma adecuada resolviéndose en unos pocos días.

Sin embargo, durante estos procesos uno de los signos de alarma que debéis vigilar es la dificultad respiratoria, ya que aparece cuando los mecanismos que pone el cuerpo humano en marcha para sobrellevar una enfermedad respiratoria no son suficientes. Por ello, es muy importante que los padres aprendáis a reconocer cuándo a vuestros hijos les cuesta respirar para que solicitéis atención médica en ese momento.

En este post os enseñamos qué debéis vigilar para apreciar la dificultad respiratoria de un niño.

La velocidad a la que respira un niño

La dinámica respiratoria de un niño y un adulto es muy diferente. Mientras una persona mayor respira en reposo unas 12 veces por minuto, un recién nacido puede hacerlo hasta 45 veces. A medida que crece, la frecuencia respiratoria disminuye hasta asemejarse en la adolescencia a la de los adultos. A lo largo del día puede variar en función de los esfuerzos que hagamos ya que, cuando el cuerpo necesita más oxígeno, la respiración se acelera para cubrir esa demanda, volviendo a la normalidad al volver al reposo.

Por otro lado, cuando al aire le cuesta entrar a los pulmones (por ejemplo por una bronquitis) o hay alguna zona pulmonar afectada por una infección (como en una neumonía), lo que hace el cuerpo para compensar la dificultad para hacer llegar el oxígeno a la sangre es respirando más deprisa. Por ello, el aumento de frecuencia respiratoria se considera un signo precoz de dificultad respiratoria en la infancia.

A pesar de ello, no es necesario que los padres cuenten con un reloj cuántas veces respiran sus hijos cada minuto si sufren alguna enfermedad respiratoria. Basta con que os deis cuenta de que respiran más deprisa de lo que lo hacen habitualmente para apreciar que la dificultad respiratoria ha hecho acto de presencia. En ocasiones esta situación la describís como que el niño jadea o presenta fatiga a pesar de estar en reposo o no haber realizado esfuerzo.

También es importante que sepáis que cuando un niño tiene fiebre, por cada grado de temperatura “extra” respira diez veces más por minuto. De esta forma, un niño de uno o dos años cuya frecuencia respiratoria en reposo es de 20-25 por minuto, si tiene 39ºC es normal que pase a respirar unas 40-50 veces por minuto. Tras ceder la fiebre, la frecuencia respiratoria volverá a su estado habitual, lo que os permite diferenciar cuando un niño respira más deprisa porque le cuesta respirar o es simplemente por la fiebre. Este pequeño detalle es muy importante ya que la fiebre es otro de los síntomas frecuentes en el caso de una infección respiratoria.

El “tiraje”

Hasta ahora sabemos que cuando al aire le cuesta entrar a los pulmones, lo que hace el cuerpo de un niño para compensarlo es respirar más deprisa. Pero ¿qué pasa si no es suficiente?

La respiración normal se realiza gracias a la contracción del diafragma, ese músculo invisible a simple vista que está situado debajo de los pulmones. Cuando se contrae genera un cambio de presión dentro de la caja torácica que hace que el aire fluya hacia los pulmones y cuando se relaja que salga. Como os podéis imaginar, ante una enfermedad respiratoria que impide la correcta llegada del aire a los pulmones, el diafragma se contrae más fuerte en un intento de meter más aire, lo que normalmente va acompañado de un aumento de frecuencia respiratoria que vimos en el apartado anterior. Cuando ese esfuerzo adicional no es suficiente se ponen en marcha otros músculos para sobrellevar lo que el diafragma ya no es capaz de hacer.

Básicamente son tres grupos musculares: los musculosos del abdomen, los que existen entre las costillas y los del cuello. Estos músculos no se utilizan habitualmente para respirar, aunque sí que lo hacen cuando existe dificultad respiratoria. Con su contracción “tiran” de la caja torácica para meter más aire, motivo por el que cuando esta situación aparece decimos que el niño tiene “tiraje”, aunque también podemos decir algo más técnico como distrés respiratorio.

Esa contracción extraordinaria de estos grupos musculares es visible a simple vista por lo que no os debería resultar difícil identificar a qué niño le cuesta respirar si es que presenta tiraje. Con unos videos lo entenderéis mejor.

En este de aquí abajo podéis ver a un lactante con Bronquiolitis en la que se aprecia como al bebé le cuesta respirar y utiliza los músculos de la tripa:

En este otro de aquí abajo se observa a un niño pequeño que esta utilizando las costillas para respirar; como se puede ver las costillas se marcan en cada respiración.

En este último, aunque corresponde a un adulto, se aprecia muy bien como los músculos del cuello se contraen, dando la sensación de que “el cuello se hunde”, uno de los signos habituales de dificultad respiratoria. Este tipo de tiraje es difícil de apreciar en niños pequeños porque tienen el cuello muy corto.

Los ruidos al respirar

Por último, cuando el camino hacia los pulmones se estrecha mucho, el aire en su recorrido puede sufrir alguna turbulencia que podemos identificar con ruidos al respirar. De esta forma, puede aparecer estridor en el caso de las laringitis o pitos/sibilancias en el caso de las bronquitis. Incluso también es frecuente en el caso de que un niño tenga muchos mocos en la nariz. Lo habitual es escuchar estos ruidos solo con el fonendo, pero cuando a un niño le cuesta respirar de forma llamativa se pueden oír sin ningún tipo de aparato médico.

Estos ruidos no aparecen de forma aislada ya que acompañan a los otros signos de dificultad respiratoria (el tiraje y el aumento de la frecuencia respiratoria). Además, a la los médicos nos ayudan a localizar en qué lugar de la vía aérea está la estrechez para realizar un diagnóstico más preciso y así establecer un diagnóstico.

El caso es que observéis que vuestros hijos hacen ruido en reposo al respirar y este no parece que se deba a los mocos que tiene en la nariz (esos ruidos mejorarían al hacer un lavado nasal), debéis consultar con un médico.

¿Y la saturación de oxígeno?

Es cierto que cuando a un niño le cuesta respirar, el oxigeno en sangre le puede disminuir. Para detectarlo podemos utilizar un pulsioxímetro, el cual nos informa de forma indirecta de la cantidad de oxígeno que circula por la sangre.

Sin embargo, ese dato debe valorarse en conjunto con los demás signos de dificultad respiratoria que os hemos contado. De hecho, un niño puede tener el oxígeno en cantidades perfectas en sangre sin que esto sea una garantía de que no le cueste respirar.

Por todo ello, nos creemos que los padres debáis tener en casa uno de estos aparatos y, en todo caso, no deben suplantar nunca a la valoración clínica de la dificultad respiratoria (frecuencia respiratoria, tiraje y ruidos al respirar).


En resumen, la observación de cómo respira un niño es fundamental para establecer si presenta dificultad respiratoria o no. Los padres deben aprender cuáles son estos signos para que puedan tomar la decisión de cuándo acudir al pediatra.

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