Archivo de la categoría ‘Cuidados’

¿Cada cuántos días hay que bañar a un bebé?

Llegan las ocho de la tarde y en tu cabecita una voz se pregunta: “¿Lo baño hoy o lo dejo para mañana?”. En ese momento un angelito aparece en tu hombro derecho y te dice que mejor hoy, no vaya a ser que llame la abuela para preguntar qué tal ha pasado el día su nieto y se entere de que se ha ido a dormir sin haberle metido un buen fregao; mientras, en el otro hombro aparece un diablillo que te intenta convencer de que no pasa nada por dejarlo para el día siguiente, que suficiente has tenido ya con levantarte a las 6.30 am, trabajar hasta las 5 pm, hacer de animadora infantil el resto de la tarde como para ahora montarse un spa para niños cuando a ti lo que te apetece es espanzurrarte en en el sofá y ponerte Netflix.

La pregunta en cuestión tiene mucha más miga de lo que podáis imaginar, o al menos eso me parece a mí, ya que muchos padres y madres nos preguntan en consulta cada cuánto deben bañar a sus hijos entre otros menesteres de higiene infantil. En este post intentaré poner un poco de sentido común al asunto, pero sin perder la perspectiva médica, que al fin y al cabo es la que a nosotros nos atañe.

¿Por qué hay que bañar a los niños?

Desde el mismo momento en que los niños nacen cabe la posibilidad de que se ensucien. De hecho, tras el parto se encuentran impregnados en líquido amniótico y sangre de su mamá que antes o después habrá que lavar de sus pequeños cuerpecitos.

Y a medida que se abren paso a la vida empiezan a surgir otras situaciones que pueden hacer que el bebé esté sucio o no huela bien, como esa caca enorme que le mancha toda la espalda, un pis a modo de fuente que le moja la tripa o regurgitaciones de leche que no es que huelan especialmente bien. Más adelante, cuando empiezan a tener algo de autonomía para desplazarse por si mismos, lo normal es que se arrastren por el suelo y se conviertan en una escoba atrapapolvo. Y si pensamos en cómo se ponen con la alimentación complementaria ya no te quiero ni contar.

A partir de los dos o tres años suelen volver del parque hasta arriba de barro, manchas de césped y vaya usted a saber qué más… Y al acercarse a la adolescencia, quizá ya no se manchen tan a menudo, pero su olor corporal se transforma en algo parecido a un vestuario de gimnasio.

Todas estas situaciones nos deben hacer pensar que en los niños hay que mantener un mínimo de higiene corporal (o quizás aspirar a un máximo). Y hasta que se hagan mayores y sean ellos los que decidan cada cuánto se deben duchar, somos los padres los que debemos tomar la decisión de cuándo pasarlos por el agua y jabón de la bañera. En la mayoría de las ocasiones esto dependerá de si el niño está limpio o sucio.

La piel de los bebés es delicada (y también la de los niños y los adultos)

Aunque no lo parezca, la piel es uno de los órganos más importantes del cuerpo humano. Entre otras muchas cosas nos sirve de barrera física contra las agresiones externas del mundo en el que vivimos. Por eso tenemos vello corporal -que nos protege del frío-, pelo en la cabeza -otro buen aliado contra el frío, pero también contra los golpes– o cejas y pestañas -que proporcionan protección a los ojos-.

Por otro lado, como si de una mano de pintura invisible se tratara, nuestra piel está recubierta por una finísima capa de grasa que proviene de las glándulas sebáceas que hay en ella y que nos aísla de la humedad y otras inclemencias meteorológicas, además de protegernos de contaminantes externos o algunas sustancias irritantes. Los niños poseen esta capa protectora al igual que los adultos, pero cuanto más pequeños son, más delicada es su piel ya que los mecanismos para reparar esa cubierta cutánea son todavía inmaduros.

Los jabones con los que nos lavamos son capaces de disolver la capa de grasa que cubre la piel, por lo que un exceso de limpieza podría eliminarla por completo y dejarla desprotegida, tanto en niños como en adultos. Con esto no quiero decir que no haya que lavar a los niños, pero nos debe hacer pensar que no hace falta frotarles como si hubiera que sacarles brillo ya que podría ser contraproducente.

Baño diario: ¿sí o no?

Decía Aristóteles que la virtud está en el termino medio y aplicado al baño de los niños no podemos estar más de acuerdo. Está claro que a los niños hay que asearlos, pero como hemos visto, un exceso de higiene, incluso con productos respetuosos para su piel, puede ser contraproducente. A pesar de ello, la gran mayoría de los niños toleran de sobra un baño al día.

En España lo habitual es que nos bañemos todos los días, tanto los niños como los adultos, inclusos en verano lo hacemos hasta varias veces en las mismas 24 horas. Sin embargo, en los países del norte de Europa lo habitual es bañar a los niños cada 3 o 4 días, seguramente porque tienen climas más fríos que la península ibérica. En mi opinión no hay una opción mejor que otra siempre y cuando se respeten unos mínimos de higiene.

Entre esos mínimos de higiene estaría, por ejemplo, la zona del pañal de los más pequeños de la casa. En este caso, si veis que con las toallitas no es suficiente para que el bebé esté limpio, sí que deberíais lavar esa zona con agua y jabón todos los días, independientemente de cada cuánto les aseéis todo el cuerpo.

¡¡Aplicad el sentido común y no os agobiéis!!

Teniendo en cuenta todo lo anterior, la decisión de si bañar a un niño todos los días o hacerlo con menor frecuencia la podéis tomar vosotros tranquilamente sin que sea obligatorio hacer una cosa u otra. Es habitual que en consulta muchos padres nos comenten que para sus hijos la hora del baño es un momento agradable y que lo disfrutan mucho, mientras que para otras familias supone un momento de estrés muy grande tanto para el niño como para ellos.

Aplicando el sentido común, y respetando esos mínimos de higiene de los que hablaba antes, haced con vuestros hijos lo que mejor os encaje. Y sobre todo, no os agobiéis ni os sintáis culpables si un día os han dado las diez de la noche y no habéis bañado al churumbel, que podéis dejarlo para el día siguiente sin ningún problema.

Por último, en el caso de que vuestro hijo tenga una piel delicada, como por ejemplo aquellos que padecen dermatitis atópica, puede ser útil desde el punto de vista médico que los baños sean cortos y demorarlos a cada 48-72 horas.

También te puede interesar:

Higiene dental en niños

Está claro que los pediatras debemos estar haciendo algo mal si cuando preguntamos a los padres cómo limpian los dientes a sus hijos pequeños nos responden cosas tan variadas como que no usan pasta, que frotan los dientes con una gasa, que lo hacen solo una vez al día o que la vecina del quinto les ha comentado que como son de leche y se van a caer, pues que no hace falta cepillarlos…

En el mundo en el que vivimos una boca sana es sinónimo de salud, por lo que la higiene dental en los niños es muy importante desde la salida del primer diente. En este post encontraras todas las claves sobre las caries, cuándo empezar con el cepillado y qué pasta utilizar.

Si estás buscando información sobre la salida y la caída de los dientes puedes visitar este otro post que tenemos publicado.

La caries, la enemiga de los dientes

La caries dental es una disbiosis, es decir un crecimiento excesivo de las bacterias que todos tenemos en la boca y que producen ácidos que dañan los dientes. Ese sobrecrecimeinto se produce por un desequilibrio entre los factores que nos protegen de la caries (como la higiene dental) y de los que la favorecen, como una dieta rica en azúcares.

La caries da lugar a la destrucción del tejido duro del diente lo que puede generar infecciones secundarias de los tejidos que rodean al diente (los flemones). Pero además, los dientes, tanto los de leche como los definitivos, son fundamentales en el desarrollo de un niño tanto para la acción de comer como de hablar. De ahí la importancia de su cuidado desde la más temprana infancia para que éstas no aparezcan.

La caries es una enfermedad muy frecuente. Estudios recientes cifran que en España hasta el 20% de los niños de entre 3 y 4 años la sufre, lo que pone de manifiesto la gravedad del problema.

¿Qué provoca la caries?

La caries está provocada por la unión de varios factores.

  • Los microorganismos: para que la caries se produzca es necesaria la presencia de bacterias adheridas al diente (principalmente el Streptoccocus mutans)Esta bacteria es capaz de trasformar los azúcares de la dieta en ácidos que destruyen el diente.
  • La alimentaciónpara que las bacterias produzcan esos ácidos deben metabolizar azúcares que haya en la boca. Por eso una dieta rica en azúcares predispone a la aparición de caries. Los más implicados en su aparición son la glucosa, la fructosa y la sacarosa. Pero lo que realmente influye en la aparición de la caries es la presencia continuada y frecuente de este tipo de azúcares en la boca, es decir depende de la frecuencia de la ingesta y no tanto de la cantidad.
  • La saliva: actúa como un factor protector frente a la caries, tanto por su acción mecánica (limpiando el diente) como por su acción netralizadora de los ácidos de las bacterias.

candy-2367056_960_720

Por tanto, para que se produzca la caries es necesario que en el diente haya bacterias que estén produciendo ácido por el metabolismo de azúcares y que la saliva no pueda neutralizarlos. Si el tiempo es suficiente dará lugar a la desmineralización del diente y su posterior destrucción.

¿Cómo puedo prevenirlas?

Si entendemos por qué aparece la caries, no debería resultar difícil saber como prevenirlas. Para ello debemos actuar sobre una serie de factores que protegerán al diente frente a la acción de las bacterias.

En primer lugar, un diente sano y fuerte siempre va a ser menos susceptible a una carie que un diente con una pobre mineralización. Una alimentación adecuada garantiza unos dientes sanos y fuertes, por lo que es fundamental que tus hijos realicen una dieta equilibrada.

La lactancia materna (en comparación con la lactancia artificial) no se ha relacionado con la aparición de caries tras la erupción de los primeros dientes de leche. Este tipo de alimentación está recomendada por la Organización Mundial de la Salud de forma exclusiva hasta los 6 meses y de forma complementaria hasta los 2 años o más (siempre que el bebé y la madre quieran). Sin embargo, la leche (tanto la materna como la artificial) contiene azúcares, por lo que si sigues dando el pecho a tu hijo y éste ya tiene dientes debes extremar las medidas de higiene dental que veremos más adelante exactamente igual que si tomara biberón.

Respecto a la alimentación de niños mayores, hay que evitar el consumo frecuente de dulces o productos con alto contenido en azúcar. Como ya hemos explicado, la presencia de azúcar de forma continua en la boca es uno de los factores más importantes para que se forme la caries.

brushing-teeth-2103219_960_720

¿Y desde cuándo hay que lavarse los dientes?

El punto más fundamental para prevenir la caries dental es la higiene bucal. Está demostrado que el cepillado dental con pasta fluorada es capaz de mantener a ralla a las bacterias de la boca y con ello prevenir la caries dental.

La higiene bucal debe comenzar desde la erupción del primer diente de leche. Parece lógico, ¿no? Si hay dientes puede haber caries, por lo que no debemos esperar a que el niño sea más mayor para empezar a cepillárselos. El cepillado se hará al menos dos veces al día, una de ellas siempre después de la última toma de leche o comida de la noche. Y hasta que el niño tenga la capacidad de hacerlo por el solo (normalmente no antes de los ocho años), son los padres los que deben cepillar los dientes de sus hijos de forma directa por debajo de los 4 años y a partir de ahí, a medida que vayan ganado en autonomía, supervisando siempre que la duración del cepillado o la cantidad de pasta es suficiente. Si fuera necesario les daríamos un repaso para asegurar que el cepillado ha sido correcto. Independientemente de la edad que tenga el niño es que se usen cepillos de cerdas suaves, más grandes o más pequeños dependiendo del tamaño de sus dientes.

img_8720Por otro lado, es muy recomendable que los padres os lavéis los dientes en presencia de vuestros hijos. Los niños aprenden por imitación y si os ven con un cepillo en la mano seguro que pronto adquirirán el hábito del cepillado. Siempre podéis decirles que es un juego en el que interviene toda la familia y hasta os podéis inventar una canción o una rutina para que este momento les resulte divertido.

¿Qué pasta tengo que elegir?

Hasta hora hemos visto que para mantener la caries a raya hay que lavar los dientes de los niños al menos dos veces al día desde la salida del primer diente, además de mantener una dieta equilibrada. La parte en la que quizá hay más desinformación es en si los niños deben usar pasta dental y qué cantidad de flúor debe contener.

Antiguamente se decía que los niños más pequeños no necesitaban pasta dental fluorada. Sin embargo, los estudios más recientes han demostrado que esto no previene de la caries y que por tanto debe utilizarse pasta desde el mismo momento en que sale el primer diente.

toothbrush-2789792_960_720

Para elegir la pasta dental para vuestros hijos, lo primero que tenéis que hacer es no fijaros en la edad que pone en el tubo de pasta. Por desgracia, los tramos de edad que figuran en ellos no se ajustan a las recomendaciones actuales de las sociedad científicas sobre qué cantidad de flúor debe usarse. Por ello, lo que tenéis que hacer es fijaros en qué cantidad de flúor contiene el dentífrico en su composición, es decir, las “partes por millón” (p.p.m) de flúor con la que se ha formulado.

Teniendo esto en cuenta, elegir la pasta para vuestros hijos es muy sencillo:

  • Hasta los 5 años los niños deben usar pasta dentífrica con 1.000 p.p.m de flúor.
  • A partir de los 5 años deben usar pasta con 1.450 p.p.m de flúor (como los adultos).

Y una vez que tenéis el bote de pasta en casa, dependiendo de la edad de vuestro hijo también hay que decidir qué cantidad de dentífrico ponéis en el cepillo:

  • Si el niño tiene menos de 3 años usar una cantidad equivalente a un grano de arroz.
  • A partir de los 3 años usad una cantidad similar al tamaño e un guisante.

Seguramente muchos tenéis miedo de usar pasta de dientes con flúor por una enfermedad casi desaparecida que se llama fluorosis derivada del consumo excesivo de flúor en la dieta (o e cualquier otra fuente), que como consecuencia provoca la tinción del esmalte dental. A día de hoy sabemos que para que se produzca por “consumo” de pasta de dientes, un niño debería tragarse la pasta equivalente a 13 cepillados al día durante muchas semanas, por lo que es casi imposible que se produzca.

¿Hay que enjuagarse después del cepillado?

Todos tenemos en mente la imagen de alguien cepillándose los dientes que cuando acaba coge un vaso de agua y se enjuaga el exceso de pasta que le puede haber quedado en la boca. Sin embargo, las recomendaciones actuales sobre higiene dental no lo contemplan.

Esto se debe a que si nos enjuagamos después de cepillarnos, estaríamos impidiendo que el flúor realice todo el efecto que puede ejercer para prevenir la caries. Así que lo que hay que hacer es escupir el exceso de pasta, pero no enjuagarnos.

Esto trasladado a los niños tiene un pequeño problema, los bebés y los más pequeños de la casa no saben escupir, pero tampoco enjugarse. Así que no os volváis locos, les cepilláis los dientes y a correr, y cuando sean lo suficientemente mayores para escupir, pues que lo hagan. Si os preocupa que el bebé se trague la pasta, recordad que, como hemos dicho hace unos párrafos, la cantidad que se usa en ellos es muy pequeña y, además, se necesitaría que se tragaran mucha más cantidad de la que usamos para lavarles los dientes cada día como para que tenga efectos secundarios.

¿Y a partir de cuándo deben los niños ir al odontopediatra?

En este país somos de los que cuando tenemos un problema buscamos una solución y en cuanto al cuidado de los dientes nos pasa tres cuartos de lo mismo. No es raro que cuando un niño (o un adulto) acuda al dentista es porque ya tiene una caries o a un dolor de muelas.

Por fortuna, los hábitos en cuanto a higiene dental están cambiando y cada día es más frecuente que las personas acudan a revisión para comprobar que todo está bien y recibir los consejos de un profesional sanitario sobre higiene dental. Y esto no debería ser ajeno a los niños. Si los niños tienen dientes, aunque sean de leche, ¿por qué no van a acudir al odontólogo desde que son pequeños para que les evalúe?

Esta imagen de arriba es de la Academia Americana de Odontología Pediátrica y resume a la perfección cuándo debería acudir un niño al odontopediatra por primera vez, esto es, a partir de que tengan dientes. Un buen momento es coincidiendo con el primer cumpleaños, ya que la mayoría de los bebés ya tienen varios dientes asomando por las encías.

El objetivo de esta visita tan temprana es por un lado detectar problemas ya existentes, pero sobre todo instruir a los padres sobre el cuidado de los dientes de sus hijos con el objetivos de que no tengan caries.

Llegados a este punto también tenéis que saber que todos los dentistas u odontólogos no están formados para atender a niños. Este papel debería quedar reservado a los odontopediatras, es decir aquellos que han recibido la formación especializada en el cuidado dental infantil.

En resumen…

La caries dental es una enfermedad que destruye los dientes y que se produce por una suma de factores (bacterias, azúcares, saliva, tiempo, escasa higiene…). Para prevenirlas es fundamental actuar evitando el consumo frecuente de alimentos ricos en azúcares y realizando una higiene dental adecuada (cepillado desde el primer diente de leche con pasta dentífrica con flúor).

Este vídeo de aquí abajo fue un directo de Instagram que grabamos junto a la odontopediátra Yaiza Cuba (su perfil es @dra_cuentadientes) en el que hablamos largo y tendido sobre la higiene dental. Si tenéis un rato, no os lo perdáis porque merece mucho la pena.

Otros recursos que os pueden interesar

En la red hay muchos perfiles de expertos que hablan sobre salud dental en la infancia que son un must y que deberíais seguir si os interesa el tema. Nuestro preferidos, asumiendo el riesgo de que nos dejemos a muchos buenos en el tintero, son:

Además siempre puedes echar un vistazo a la sección para padres de la web de la Sociedad Española de Odontopediatría y de la Sociedad Española de Odontología Infantil Integrada.

También te puede interesar:

Los dientes no dan fiebre

No sabemos por qué, pero la gran mayoría de madres y padres piensan que la salida de los dientes de leche provoca fiebre. Quizá sea por la sabiduría popular o por todos esos consejos que heredamos de las abuelas, pero el “mi hijo tiene fiebre porque le están saliendo los dietes” lo escuchamos todos los días en la consultan. Sin embargo, esta asociación no la estudiamos en la carrera de medicina y, menos aún, nuestros maestros nos enseñaron que al avaluar a un niño pequeño con fiebre en Urgencias los dientes podían ser la causa de tal proceso.

Entonces, ¿quién tiene razón: los padres o los pediatras? ¿Realmente los dientes provocan fiebre o no es más que un mito arraigado en la cultura popular desde hace décadas? ¿Quizá es que los dientes son la excusa perfecta para que los padres no se preocupen en exceso por las fiebres de sus hijos cuando llegan los primeros catarros e infecciones? En este post destripamos la polémica….

¿Cuándo salen los dientes?

Los dientes de leche empiezan a salir en torno a los seis meses de edad, aunque en ocasiones esto se puede retrasar durante unos cuantos meses. De hecho, no es raro que muchos niños soplen las velas de su primer cumpleaños sin que sus sonrosadas encías muestren signo alguno de que vaya a salir un diente. Tenemos un post entero sobre cuándo salen los dientes y en qué orden que quizá quieras consultar.

Lo habitual es que hacia los tres años la dentición de leche haya salido por completo: un total de 20 dientes entre incisivos, caninos y molares. Por tanto, cada niño tendría 20 oportunidades para que con la salida de cada diente tuviera fiebre. Sin embargo, cuando consultas estudios científicos sobre este tema, esa supuesta asociación entre fiebre y dientes es habitual entre los 6 y 18 meses de edad, mientras que en los niños de mayor edad no se produce.

Por tanto, ¿por qué a los niños mayores no les produce fiebre? O mejor, ¿por qué nadie habla de la fiebre cuando salen los dientes definitivos? La verdad es que a mi me gusta ser crítico con este tipo de cosas y estas preguntas solo me llevan a pensar que lo de la fiebre y los más pequeños de la casa no tiene mucha razón de ser.

¿Qué pasa cuando sale un diente?

En más de una ocasión nos han preguntado por redes sociales que si los dientes al salir producen dolor. Y si somos justos tendríamos que decir que no lo sabemos. Para conocer si realmente producen dolor habría que preguntar a quien lo esta “sufiriendo” y como os podéis imaginar un niño que no alcanza ni los doce meses de edad poco o nada nos va contestar.

Sin embargo, muchos padres y madres cuentan que cuando a un niño le va a salir un diente le encuentran más irritable de lo habitual, babea mucho e incluso quiere morder cosas duras buscando consuelo de alguna forma. Es cierto que durante esos días las encías se ponen rojas, como inflamadas, y esa es la excusa que se ha utilizado para justificar lo de la fiebre y la salida de los dientes.

Todos sabemos que cuando un niño padece un proceso inflamatorio, como unas anginas, este suele ir asociado a fiebre. Y es que la fiebre es una manifestación habitual que se produce en diversos procesos inflamatorios, sobre todo los de origen infeccioso. De hecho, el sufijo -itis, tan frecuente en medicina, hace referencia a “inflamación”. De este modo otitis significa inflamación del oido, conjuntivitis inflamación de la conjuntiva o meningitis inflamación de las meninges… Como bien sabréis, todos estos procesos suelen ir acompañados de fiebre.

Sin embargo, hay otros procesos inflamatorios que no producen fiebre, como la reacción local que se produce después de que un niño se dé un golpe en la cabeza y le sale un chichón o que se rompa un brazo al caerse de la bici, tras una picadura de mosquito o, incluso, cuando se infecta una herida.

¿Y qué pasa entonces con los dientes? Es cierto que la salida de los dientes de leche produce cierta inflamación en las encías, pero hasta el momento no se ha logrado demostrar que esta sea lo suficientemente importante para justificar que pueda dar fiebre al crío.

“Pero es que a mi hijo cada vez que le sale un diente le da fiebre…”

Los pediatras definimos fiebre como la elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC. Entre los 37 y 37,9ºC nos referimos a ella como febrícula. Cuando buceas en los estudios que han intentado analizar la asociación entre la salida de los dientes y la fiebre, la mayoría concluye que “un pequeño porcentaje de padres” (menos del 30% en la mayoría de ellos) encuentra que a sus hijos les aparecen unas décimas, es decir, nunca por encima de 38ºC. Sin embargo, estos estudios se realizan a partir de encuestas en las que se pregunta a los padres lo que ellos notan mientras a sus hijos les salen los dientes sin que realmente se busque causalidad, es decir, que sin que esa elevación de la temperatura corporal está realmente provocada por la salida de los dientes y por tanto, podría tratarse de una asociación casual, es decir arbitraria.

A lo que si que estamos muy acostumbrados los pediatras es a niños que en su primer año escolar, cuando empiezan a juntarse con otros niños en la escuela infantil o en le colegio, se pillan una media de 10-12 procesos febriles banales como virus varios, gastroenteritis o catarros. Esta época del inicio de la etapa escolar de un niño coincide con la salida de los primeros dientes de leche por lo que, desde el punto de vista científico (de la causalidad), tendría mucho más sentido achacar la fiebre a los virus que a los dientes.

Lo que nos preocupa a los pediatras

Como pediatra tengo claro una cosa. Puede ser, porque no lo tengo seguro del todo, que los dientes den unas decimillas. Lo que es altamente improbable es que por la salida de los dientes un niño tenga más de 38ºC durante varios días. Por eso los pediatras solemos decir que “los dientes no provocan fiebre”, fiebre como la entendemos habitualmente, es decir un proceso de varios días de duración en el que el niño está más o menos afectado y la fiebre sube y baja sin parar.

Lo que nos preocupa a los pediatras cuando un niño tiene fiebre es que pueda estar padeciendo una infección grave (una neumonía, una infección de orina, una meningitis…). Infecciones en las que si no se pone un tratamiento a tiempo pueden tener graves consecuencias. En general, con una simple exploración física somos capaces de discernir si ese niño con fiebre tiene una infección leve o, por el contrario, requiere de alguna prueba que la confirme o lo descarte.

Como veis, nuestra labor al evaluar a un niño con fiebre se centra en establecer si al niño le pasa algo por lo que puede esperar o quizá es algo más grave. Y en esa lista imaginaria de posibles causas de la fiebre no suele figurar la salida de los dientes o, como mucho, está al final de la lista y siempre tras haber descartado el resto de posibles causas.

Como suelo decir a los padres y madres que atiendo cuando uno de sus hijos pequeños tiene fiebre, “vamos a descartar primero lo que es importante y si luego son los dientes, pues fenomenal”. Así que ya sabéis, si vuestro hijo tiene fiebre y esta dura más de 24-48 horas, presenta mal estado general o parecen signos de alarma (manchas en la piel, dificultad para respirar, vómitos….) debéis acudir al pediatra antes de quedaros en casa pensando a que todo ello se debe a los dientes.

Y si alguna vez algún pediatra os ha dicho que la fiebre de vuestro hijo es por los dientes, estoy seguro de que ha sido para tranquilizaros. Es más fácil esta explicación -aunque no sea verdad- para muchas familias que deciros que realmente no sabe a qué se debe la fiebre, pero que seguro que en unos días se le pasará sin mayores consecuencias que un par de días reguleros.


En conclusión, los dientes no producen fiebre y mucho menos procesos febriles con temperaturas por encima de los 38ºC y días de duración. En cualquier caso, si preferís pensar que a vuestros hijos sí que les da fiebre cuando les salen los dientes me parece estupendo, pero no dejéis de consultar con vuestro pediatra si veis que el niño no mejora rápido o, por el contrario, la cosa empeora con el paso de los días.

También te puede interesar:

Bilbliografia:

¿Cuándo debería cambiar a mi hijo de la cuna a la cama?

Tener un hijo es un huracán de decisiones para las que casi nadie os prepara y que, casi sobre la marcha, habréis de decidir como si de ello dependiera el futuro de toda la humanidad. La mayoría de ellas están influenciadas por el marketing y la publicidad, pero si os paráis a pensar tan solo un segundo, llegaréis a la conclusión de que no todo es tan necesario como te lo venden y que es probable que no haya una solución perfecta para lo que necesita vuestro hijo, por mucho que la vecina del quinto os diga que a ella eso que también le recomendaron le fue de maravilla.

Como bien sabéis, este no es un blog sobre crianza, es un blog sobre salud infantil, así que muchos estaréis pensando que en qué jardín nos estamos metiendo a la hora de hablar de cunas y de cuándo sacar a los niños a la cama. Y tenéis parte de razón. Sin embargo, esta pregunta nos la habéis hecho con frecuencia y nos hemos tomado la libertad de escribir esta entrada desde el punto de vista de padres, pero también como pediatras. Hablaremos de tipos de cunas, de su seguridad, del colecho, de las caídas de la cama…, pero al final, como todo con los hijos, vosotros tendréis que decidir qué hacer con vuestros angelitos cuando os llegue el momento.

Tipos de cuna

Existen miles de cunas diferentes, sobre todo por su tamaño y el uso que se les puede dar. Una ardua investigación (unos tres minutos mirando en Google) nos ha permitido organizarlas en cinco tipos diferentes. Vamos a verlas:

  • Minicuna: normalmente con un tamaño pequeño de unos 80x50cm. Es muy práctica durante los primeros meses de vida ya que cabe en cualquier rincón de la habitación, además se puede trasportar fácilmente de una habitación a otra (a veces tienen hasta ruedas) para que el bebé se eche la siesta en el salón mientras os veis una serie de Netflix. Tienen un problema, suelen quedarse pequeñas pronto y hay que cambiar a una de mayor tamaño al cabo de pocos meses.

Típica “minicuna”. Pequeña y fácil de cambiar de sitio.

  • Moises: algo más pequeña que la minicuna (70x35cm), pero más bonita (para el que le gusten las cestas y los lazos), pero en general poco práctica (se quedan pequeñas muy pronto).

Cuna tipo “moises”. Una cuna bonita para quien viva apegado al pasado.

  • Cuna “normal”: la típica de toda la vida que guardan los abuelos en el pueblo de cuando éramos pequeños y que no habría inconveniente en reutilizarla. Tienen un tamaño de 120×60 cm y barreras a ambos lados. Además, suelen permitir poner el somier a diferentes alturas para que, a medida que el niño crece, no se escape de su “cárcel” de madera. El problema que tienen es que son bastante más grandes que las minicunas y que casi ninguna se puede convertir en cama (quitando las barreras) cuando el niño se hace mayor, pero te pueden valer para muchos meses/años. Algunas permiten bajar un poco uno de los laterales para que sean más accesibles y así no os rompáis los riñones a la hora de coger al niño.

Cuna “normal”. Con sus barrotes para que el niño no se caiga. El colchón/somier se puede poner a diferentes alturas.

  • Maxi-cuna: muy similar a la anterior pero con un tamaño mayor, en general 140x70cm. También permite poner el colchón a diferentes alturas, por lo que se puede usar incluso si el niño es pequeño. Además, se pueden quitar las barreras de los laterales sin que se desmorone y convertirse en una camita pequeña hasta que decidáis comprar una cama de “niño mayor”.

  • Las mal llamadas “cunas de colecho”: su nombre más correcto sería “cuna tándem” o “sidecar”, porque o el bebé hace colecho (y duerme en la cama de sus padres) o duerme en la cuna (y por tanto no colecha), pero las dos cosas a la vez no son posibles (a no ser que sea alguno de los progenitores el que se meta en la cuna del niño a compartir el lecho con su bebé). Son cunas adosadas con correas a la cama de los padres para que no se separen con uno de los laterales bajado, lo que permite al bebé pasar de la cuna a la cama con cierta independencia, si es que ya se mueve lo suficiente, y a los padres cogerlo sin tener que levantarse, ideales para que toda la familia pueda descansar. Su tamaño es variable, unos 95×60 cm, entre una minicuna y una cuna convencional. Aunque normalmente se anclan a la cama de los padres, también se pueden usar con independencia por lo que son muy prácticas y duran algo más de tiempo que una minicuna.

Típica cuna “de colecho” adosada a la cama de los padres. Tiene un lateral bajado para poder coger al niño con facilidad, pero también se podría usar como una cuna normal (subiendo el lateral) de tamaño algo mayor a una minicuna.

Y ahora que hemos repasado “todos” los tipos de cunas, os toca a vosotros decidir cual queréis para vuestros hijos. Pensadlo con calma, que cada familia tiene unas necesidades y un nivel adquisitivo diferente. No hace falta que el niño pase por todas estas cunas, ni mucho menos. Tened en cuenta que los niños crecen y lo que ahora os parece una maravilla, en tres o cuatro meses puede que haya que cambiarlo (y no solo la cuna, sino toda la ropa de cama, …). Al fin y al cabo, lo que necesita un niño es que lo mimen y no tener todas las cunas del catálogo de la tienda de bebés en su casa. Hasta es una muy buena opción pedirle la cuna a alguna amiga o familiar que haya tenido un bebé hace unos meses y acabe de cambiar de cuna. Lo que sí es importante es que comprobéis que están homologadas (todas las cunas que se venden suelen estarlo) ya que esto garantiza que la cuna es segura para que vuestro bebé duerma sin riesgo, por ejemplo, de quedarse atrapado entre los barrotes.

A veces tendemos a comprar una cuna que se “ajusta” al tamaño del niño cuando esto no es necesario. No pasa nada por que la cuna le quede “grande”. De hecho, ¿a quién no le gusta dormir en una cama tamaño kingsize?

En nuestra opinión de padres, una buena combinación es una “cuna de colecho” (por que para por las noches es muy practica, por que es más grande que la minicuna y también por que se puede usar de forma independiente) y luego directamente una “maxi-cuna” (ya que te sirve como una cuna cuando todavía el niño es un bebé, pero se puede trasformar en una cama de un tamaño muy digno más adelante). Pero oye, cada uno que tome su decisión.

¿Y qué pasa con el colchón?

Ahora toca ponerse serio y cambiar el chip de padres a pediatras. Sinceramente, como pediatras nos da bastante igual la cuna que elijáis: haced lo que más ilusión os haga o lo que quede mejor con el color de la habitación donde dormís. Sin embargo, en cuanto al tema del colchón y qué debe haber en la cuna mientras vuestro hijo duerme, los pediatras sí que tenemos mucho que opinar.

La única recomendación oficial por parte de la Asociación Española de Pediatría y la Academia Americana de Pediatría sobre la superficie sobre la que tiene que dormir un niño es que sea firme y que no se hunda para prevenir la muerte súbita del lactante, además de que el colchón se ajuste bien a la propia estructura de la cuna. Así de simple. Un colchón que no sea lo suficientemente blando como para que se deforme con el peso del niño. Eso es lo único importante.

Materiales para colchón hay muchos (espuma, muelles, latex, viscolástica…) y varían mucho de precio de unos a otros. Desde uno “normalito” hasta el tope gama que anuncian las infleuncers de Instagram a bombo y platillo. En el fondo, el material que elijáis da bastante igual ya que ninguno ha demostrado científicamente que mejore respecto a los otros la salud de los bebés. Así que de nuevo, comprad el que más os apetezca, siempre y cuando no se hunda. Sí sería conveniente que tuviera una funda por aquello de que algún día vomiten o se les salga el pis y lo podáis lavar con independencia.

Algunos diréis, “pero es que yo he visto una marca que dice que vende unos colchones que previenen la muerte súbita del lactante y, claro, como no se lo voy a comprar a mi hijo…”. Desde luego que estos colchones no son “malos”, pero lo importante es que no son mejores que cualquier otro ya que lo que realmente previene la muerte súbita del lactante es que el bebé duerma BOCA ARRIBA sobre una superficie firme, y eso se consigue con cualquier tipo de colchón. Otra vez, mucho marketing detrás de este tipo de cosas…

Así no: bebé durmiendo boca abajo, uno de los factores de riesgo más importantes para el Síndrome de Muerte Súbita del Lactante (Nota: cuando ellos se dan la vuelta solos y se ponen así ya no hay peligro).

Además, también querríamos recordaros que las cunas deben estar despejadas de objetos durante al menos los seis primeros meses de vida (peluches, mantitas de apego y demás). Y por otro lado, la Asociación Española de Pediatría recomienda que los niños duerman en su propia cuna, en la misma habitación que los padres, al menos hasta los seis meses de vida como parte de la prevención de la muerte súbita.

Vale, vale…, pero entonces, ¿cuándo cambio a mi hijo de la cuna a la cama?

Ya os habréis dado cuenta que es muy probable que durante los primeros años de vida de vuestro hijo tengáis que cambiar de cuna para que no parezca una sardina enlatada a medida que crece. Y si habéis sido observadores, todas las cunas están diseñadas con unos elementos de seguridad que impiden que los niños se caigan cuando aprenden a sentarse o a ponerse de pie. Además, muchas permiten ir bajando el somier para que el fondo de la cuna quede más abajo a medida que el niño gana en altura y así impedir que se escape con facilidad.

El quid de la cuestión viene cuando hay que tomar la decisión de cambiar la cuna, esa pequeña cárcel con barrotes de madera que impide que el niño se escape a media noche en busca de una ración extra de galletas de la cocina, por una cama de “niño mayor”. Para daros respuesta tenemos dos opciones: la primera como pediatras y la segunda como intento de psicólogos infantiles:

  • En el momento en el que un niño aprende a salirse solo de la cuna saltando los barrotes es mejor pasarlo a una cama bajita. Siempre será preferible que se levante por la noche y os vaya a buscar a la habitación por que quiere dormir con vosotros a que lo intente una vez saltando de la cuna y se pegue un trastazo en la cabeza que os haga ir a urgencias con un brecha en medio de la frente o algo peor. Para algunos será con año y medio, para otros más tranquilos cerca de los tres…, pero al final lo que más os debe hacer tomar esta decisión es la seguridad de vuestros hijos.
  • Y la segunda opción es porque el niño lo pida. Hay niños pequeños a los que no les gusta la cuna, por que tienen hermanos mayores a los que ven ya en sus camas, por que quieren subirse a jugar solos en ese espacio que ya han hecho suyo, por que no quieren sentirse “encerrados” entre los barrotes… Por diversas razones. En estos casos también es adecuado pasarlos a una cama de su tamaño aunque todavía no sepa escarparse de la cuna. Si os da apuro que se caigan porque son muy movidos por la noche, comprad camitas bajas y poned una barrera.

¿Y los que hacemos colecho?

Faltaría hablar de los niños que no duermen en cuna y duermen en la cama de sus padres (sea el motivo que sea por el que lo haya decidido la familia). Si nos seguís, sabréis que tenemos un post sobre cómo practicar colecho seguro que es al fin y al cabo lo que a nosotros como pediatras nos interesa para vuestros hijos. Que cada familia decida cómo quiere descansar.

Mamá y su bebé practicando colecho

Sin embargo, sí que hay una cosa que nos preocupa del colecho. De vez en cuando aparece por Urgencias algún niño que se ha caído de la cama de sus padres al hacer colecho, y como bien sabréis, la altura a la que están los colchones de los adultos es bastante considerable, con el consecuente posible traumatismo craneal de mayor o menor gravedad. Hasta que el niño no se voltee por si solo es difícil que se caiga, pero el ser humano es un animal muy confiado… Y llega el día en el que pones a dormir a tu hijo de ocho, nueve o diez meses en la cama, como lo habías hecho todos los días de su vida al iniciar la noche, y te vas a cenar y descansar de la ardua jornada laboral. Y al rato oyes un golpe y antes de llegar a la habitación ya sabes lo que ha pasado…

En nuestra opinión, si hacéis colecho con niños que pequeños, las camas deben estar a ras de suelo. De nada sirve rodearlos de cojines a modo de barrera. No lamentemos una caída con una lesión grave cuando se podría haber evitado. También podrías poner barreras a las camas done hacéis colecho, pero pasa un poco lo mismo que con las cunas, que llega el día en el que aprenden a saltarlas.

¿Y cuándo dejar de hacer colecho? Pues esta es una decisión que también tendréis que tomar vosotros como familia y en la que los pediatras tenemos poco que opinar. Por ejemplo, en Japón -una sociedad en la que el colecho es un práctica habitual para todas las familias- esperan a que sea el niño el que tome la decisión (hacia el inicio de la primaria coincidiendo con los 6-7 años), pero hay familias que están encantadas y que lo mantienen más tiempo. Aquí que cada uno haga lo que quiera.


Y ya está, no hay que darle más vueltas a lo de las cunas y las camas. Mucho sentido común y seguridad para vuestros hijos.

También te puede interesar:

Bibliografía:

¿Desde cuándo pueden beber agua los bebés?

Ahora que llega el buen tiempo y empieza a hacer calor, muchas madres se preguntan si sus hijos pequeños pueden beber agua para calmar la sed que creen que tienen, en un intento de resfrescarles un poco el espíritu. Porque quizá en Gijón, con la brisa del mar y alguna que otra tormenta, no haga falta, pero en Sevilla, a 43º a la sombra, ¿quién no le daría un buen lingotazo a la fuente del parque para apaciguar el calor del verano? Seguro que todos.

Antes de meternos en faena vamos a dejar claros un par de conceptos. A lo largo de este post nos referiremos como “bebés” a aquellos niños que todavía toman lactancia (ya sea materna o artificial) como la parte fundamental de su alimentación, que como bien sabréis son los menores de un año. Por tanto, el título de esta entrada se podría cambiar por “¿cuándo pueden beber agua los niños menores de un año?”… De esa edad en adelante haremos mención al final de este artículo. Vamos a ello!!

Las necesidades de líquidos de un bebé

Una de las cosas que te grabas a fuego cuando estudias pediatría es la cantidad de mililitros (mL) que necesita un niño según su peso para cubrir sus necesidades hídricas diarias. Es lo que se conoce como regla de Hollyday y nos sirve a los pediatras, por ejemplo, para calcular el suero que tenemos que poner a un niño al que van a operar de una apendicitis para que no se deshidrate, pero también para calcular qué cantidad de leche debería tomar un bebé para mantenerse bien hidratado y crecer de forma adecuada.

Otra cosa que seguro que sabéis es que hasta los 6 meses de vida, los bebés sanos son capaces de alimentarse solo de leche, ya sea materna o artificial. De ahí que la recomendación tanto de la OMS como de la Asociación Española de Pediatría sea la de esperar hasta esa edad para iniciar la alimentación complementaria, es decir, los alimentos diferentes a la leche.

Os parecerá una tontería, pero ¿cómo puede entonces mantenerse un niño tan pequeño bien hidratado si sólo toma leche? Pues aquí es donde la naturaleza hace su magia, porque ¿sabéis qué? Cerca del 90% de la composición de la leche materna (y también de la artificial) es agua, lo que garantiza que el bebé toma líquidos suficientes siempre y cuando se respete la lactancia a demanda.

Pero si la leche es agua casi en su totalidad, ¿puedo darle entonces agua a mi bebé?

Seguro que a más de uno le habrá saltado esta pregunta a la cabeza y tiene toda su lógica, sobre todo a los que alimentáis a vuestros hijos con leche artificial: si para preparar un biberón pongo unos polvos en un recipiente con agua, ¿que tiene de malo que le de un poco de agua sin más? Parece lógico, ¿verdad? Incluso, “¿qué más dará un lingotazo de agua en vez de la teta de mi mamá? Así la dejo descansar un rato…”.

El problema surge porque los bebés más pequeños notan hambre cuando se les vacía el estómago, a diferencia de los adultos que nos damos cuenta de que queremos comer de forma diferente. Si a un bebé que pide le damos unos buchitos SOLO de agua, su cuerpo pensará que está comiendo y es probable que luego no reclame una toma cuando realmente le toca, ya sea de teta o de biberón.

Por eso los pediatras repetimos como un mantra “la lactancia debe ser a demanda”, lo que garantiza que el niño toma los nutrientes que necesita, pero también los líquidos que le hacen falta. En verano, cuando hace calor y el niño tiene más sed, esta será más frecuente, así como cuando tiene una gastroenteritis ya que las necesidades de líquidos son mayores. Por eso es muy habitual que durante la época estival los bebés reclamen más tomas de lo que hacían habitualmente. Además, recordad que la primera parte de una toma de lactancia materna tiene sobre todo agua, por eso esas tomas “extra” que hacen en verano os puedan parecer solo un chupito comparadas con las que hace cuando os vacían el pecho entero.

¿Y que pasa a partir de los 6 meses?

Entre los 6 y los 12 meses de vida, los niños realizan una transición entre la lactancia exclusiva a comer “de todo”, es decir, como un adulto. En ese proceso la leche va perdiendo protagonismo hasta que, al rededor del año de vida, no representa más del 30% de la ingesta calórica diaria (no os volváis locos que no hace falta que calculéis nada). A este periodo de la vida se le conoce como alimentación complementaria.

Como os podéis imaginar, si la leche, que era la fuente única y principal de líquidos para un niño menor de seis meses empieza a perder protagonismo, algo habrá que hacer para que el niño no se deshidrate. Pero no os preocupéis que está todo pensando.

Los alimentos que acompañan a la leche como parte de la alimentación complementaria también contienen agua. Por ejemplo, las frutas son casi todo agua: las fresas un 91%, la manzana un 84%, la naranja un 88%… Y en cuanto a las verduras: las judías verdes un 90%, el calabacín un 95%, la zanahoria un 88%… Además, ¿quién hace un puré de verduras en seco? Todo esto pone de manifiesto que aunque un niño no tome leche para comer o para merendar, parte de la ingesta hídrica que necesita la compensa con los propios alimentos que ha comido.

De todas formas, sobre todo en los niños que toman lactancia artificial o en aquellos que toman materna y su mamá no está presente, no está de más que a partir de los seis meses se les ofrezca (ojo, ofrecer no es forzar a beber) un poco de agua en las comidas, como parte de los líquidos que deben tomar a diario.

¿Y qué es mejor: con vasito o biberón?

Habréis visto en las tiendas para bebés multitud de cacharros para enseñar a los niños a beber: que si vasitos con boquilla, que si vasitos 360º, que si tazas con asas ergonómicas, que si biberones de agua…

La verdad es que da un poco igual lo que utilicéis cuando llegue el momento de ofrecer agua a vuestro hijo. Sin embargo, tenéis que pensar que no es lo mismo tomar teta o un biberón, que tomar un vaso de agua. Así que cuanto antes empecéis el entrenamiento de “tragar” agua como un niño mayor, pues mejor que mejor.

Tampoco pasa nada por hacerlo poco a poco, pero si que es importante que tengáis en la cabeza que los niños se hacen mayores y cuanto antes les quitemos los vicios de bebé, pues mejor que mejor, que luego queremos hijos autónomos a los que no les hemos dado esa oportunidad.

Y si os estáis preguntando que si hay que hervir el agua o debe ser mineral… supongo que ya sabéis que no es necesario. Basta con que ofrezcáis a vuestros hijos la misma que tomáis vosotros: si es del grifo porque vivís en Madrid y dicen que el agua es maravillosa, pues fenomenal; si vivís en zona de costa y no os gusta el sabor y tomáis embotellada, pues tampoco pasa nada… Normalización y sentido común.

¿Y a partir del año de vida?

Como decíamos, a partir del año de vida los niños están sobradamente preparados para comer como un adulto, y en ese sentido el agua es la bebida que no debe faltar en la mesa cuando se sientan a comer o cenar. No pasa nada porque también les deis un poco de leche como parte de esas comidas, pero recordad que esta “bebida”, además de agua, contiene hidratos de carbono, proteínas y grasas que podrían sobrealimentar a vuestro hijo si es que solo tenía sed. Al fin y al cabo, la leche es una fuente no desdeñable de calorías que se debe dar (si es que esta es vuestra decisión) como parte de un alimentación sana y equilibrada.

El problema que tienen los niños pequeños de uno o dos años es que tienen pocos recursos para pedir lo que necesitan, y podría ocurrir que tengan sed y no tengan acceso al agua. Por eso es muy importante que se la ofrezcáis de vez en cuando (otra vez, ofrecer no es forzar), para que beban si es lo que les apetece (por ejemplo, podéis llevar una cantimplora con un vasito en el carro cuando salgáis de paseo para que no os pille desprevenidos). A media que se vayan haciendo mayores estarán más capacitados para transmitiros lo que quieren, de hecho, la palabra “agua” es de las primeras que aparecen en el vocabulario infantil.


En resumen:

  • Hasta los seis meses de vida no se recomienda que los bebés tomen agua ya que con la leche materna o la artificial se cubren las necesidades diarias de líquidos que un niño necesita.
  • Entre los seis y los doce meses, cuando se comienza con la alimentación complementaría, los bebés pueden empezar a beber agua con las comidas en pequeñas cantidades, manteniendo la leche como el aporte hídrico principal.
  • Una vez cumplidos los doce meses la cosa se invierte y es el agua el principal líquido que un niño debería beber.

NOTA: como habéis podido leer, no hemos mencionado ningún otro liquido que no sea agua o leche, ya que no se recomienda que los niños pequeños (y seguramente tampoco los adultos) tomen bebidas para hidratarse diferentes a estas. Otra cosa es que de forma puntual, nos tomemos un refresco que de vez en cuando sienta de maravilla.

Si te ha gustado lo que has leído, hemos publicado un libro con explicaciones sencillas y amenas sobre las cuestiones de salud más importantes de la infancia. Sale a la venta en librerías y puntos de venta habituales el 13 de enero de 2021. Podéis adquirió en puntos de venta habituales o a través de los siguientes enlaces:

  • Desde el catálogo de la editorial: LINK.
  • Desde la página web de Amazon: LINK.
  • Desde la página web de La Casa del Libro: LINK.
  • Desde la página web de Todos tus Libros: LINK.
  • Desde la página web de El Corte Inglés: LINK.

También te puede interesar:

Higiene dental en niños (vídeo)

En este directo de Instagram repasamos con la Dra. Yaiza Cuba (odontopediatra) todo lo que tenéis que saber sobre salud e higiene bucal en la infancia. No os lo perdáis!!

Mensajes importantes que debéis mantener en la cabeza:

  • La caries es una disbiosis (desequilibrio) entre la saliva (factor protector) y las bacterias que producen ácido desde los azúcares de la dieta.
  • La forma de prevenir la caries disminuyendo la ingesta de azúcares y con el cepillado dental.
  • Los dientes en los niños deben lavarse desde la salida del primer diente.
  • Siempre se debe usar pasta con flúor con al menos 1.000 ppm; no os fijéis en las edades que ponga en el tubo.
  • Los dientes se deben cepillar al menos dos veces al día; el cepillado más importante es el de antes de dormir.
  • Los cepillos de dientes deben cambiarse al menos una vez cada 4 meses.
  • Un buen momento para hacer la primera visita al odontopediatra es en torno al año de vida.

Plagiocefalia postural: cuando se deforma la cabeza de un bebé

No se si os habéis fijado alguna vez en unos cascos de colorines un poco aparatosos que llevan algunos niños pequeños. Lejos de ser utilizados como medida preventiva contra un coscorrón, esas ortesis (así es como se llama a los dispositivos que nos ayudan a corregir una deformidad o malformación) están pensadas para devolver al cráneo la forma redondeada de los bebés con plagiocefalia, un tipo de deformidad de la cabeza que se produce por estar apoyada de forma constante en la misma zona.

No se si os acordaréis de cuando estudiabais el cuerpo humano en el colegio, pero el cráneo está formado por varios huesos (frontal, parietal, temporal, occipital…). Al nacimiento estos huesos no están fusionados entre si por dos motivos. El primero, para permitir que la cabeza se amolde al canal del parto (un sitio muy estrecho para que pase una cabeza, todo hay que decirlo) y, en segundo lugar, para que crezca a medida que lo va haciendo el cerebro de los niños. Por este motivo, y hasta que el cráneo se cierre, es fácil que se deforme si siempre esta apoyado en el mismo lado, dando lugar a la plagiocefalia.

En este post os contamos qué medidas preventivas podéis poner en práctica para evitar la plagiocefalia y, en el caso de que se produzca, qué podéis hacer antes de que vuestros hijos acaben con el temido casco de colorines en la cabeza.

¿Qué es la plagiocefalia postural?

El significado de “plagiocefalia” hace referencia a “cabeza oblicua” (la palabra plagio en griego significa oblicuo) y define muy bien qué forma adopta el craneo de los bebés en esta deformidad. Como podéis ver en la foto de abajo, al mirar la cabeza desde arriba esta adquiere la forma de un paralelogramo.

Plagiocefalia en forma de paralelogramo. Obsérvese como las orejas no están a la misma altura.

En los últimos 30 años hemos vivido una “epidemia” de plagiocefalia postural debido a que desde el año 1992 se recomienda que los niños duerman boca arriba como medida para prevenir la muerte súbita del lactante y, por tanto, con la parte de atrás de la cabeza apoyada sobre el colchón. Antes de esa fecha era una deformidad rara, pero en la actualidad es el primer motivo de derivación a las consultas de Neurocirugía desde Atención Primaria y su incidencia varía desde 1 de cada 300 niños sanos hasta un 50% (dependiendo del estudio que se consulte). Sin embargo, a pesar de esa epidemia de cabezas aplanadas, merece la pena poner a los niños a dormir boca arriba para prevenir la muerte súbita.

Esta deformidad aparece hacia el mes de vida y suele mejorar por si sola a partir de los 6 meses (cuando el niño empieza a sentarse solo). A pesar de ello, los casos más graves pueden tener importantes consecuencias estéticas. El diagnóstico no suele requerir pruebas complementarias y con una simple historia clínica y una exploración (siembre desde la parte de arriba de la cabeza) suele ser suficiente.

La plagiocefalia postural debe diferenciarse de la “verdadera plagiocefalia”, la cual se produce porque los huesos de la parte de atrás de la cabeza están fusionados y no permiten que esta crezca de forma adecuada. Esta “verdadera plagiocefalia ” es rara y suele ser fácil diferenciarla de la de tipo postural, además de requerir corrección quirúrgica. En el caso de que queden dudas de si se trata de un tipo u otro, la prueba a realizar es un escáner con reconstrucción 3D.

Además, la plagiocefalia postural está muy relacionada con la tortícolis congénita: un acortamiento del músculo esternocleidomastoideo del cuello que se produce por la posición excesivamente encogida del bebé dentro de la tripa de su madre. Ese acortamiento condiciona que la cabeza esté girada siempre hacia el mismo lado y por tanto, apoye siempre la misma parte de atrás. Por ello, ante una plagiocefalia postural, el pediatra debe descartar (y tratar) este tipo de tortícolis.

¿Qué implicaciones tiene la plagiocefalia postural?

Cuando se aplana la parte de atrás de la cabeza de un niño se produce una deformidad de todo el cráneo que puede tener consecuencias estéticas.

Si la deformidad se produce por el apoyo sobre uno de los lados de la parte de atrás de la cabeza, ese aplanamiento se compensa con el abobamiento de la frente del mismo lado así como una asimetría de la posición de las orejas vista desde arriba. Si el apoyo es en el centro de la parte de atrás de la cabeza esta suele aplanarse de forma simétrica sin deformar el macizo facial. En cualquier caso, las medidas preventivas y correctoras son similares. Además, en ambos casos suele aparecer una calva con menos pelo en la zona de apoyo.

En las plagiocefalias las orejas se ven a distinta altura cuando se observa la cabeza desde arriba. Además, un lado de la frente suele estar más prominente que el otro.

Antiguamente se creía que una plagiocefalia podía tener consecuencias negativas en el desarrollo del niño. Sin embargo, a día de hoy no esta demostrado que esta deformidad de la cabeza tenga consecuencias en el neurodesarrollo. Es cierto que algunos niños con alteraciones del desarrollo también tienen plagiocefalia, pero lo que parece es que esas alteraciones son las que condicionan una falta de movilidad del niño que a la postre le hacen apoyar la cabeza siempre en el mismo lado.

De todas formas, aunque la plagiocefalia solo tenga consecuencias estéticas, debemos darle la importancia que se merece para procurar una prevención y tratamiento adecuados en el caso de que se produzcan.

¿Cómo se puede prevenir la plagiocefalia?

Durante los primeros 6 meses de vida los bebes pasan mucho tiempo tumbados boca arriba. Por ello, es muy importante que los padres pongáis en marcha una serie de medidas para evitar que se produzca la plagiocefalia..

En primer lugar, es importante colocar a los niños boca abajo para jugar cuando estén despiertos y siempre bajo la supervisión de un adulto. Es lo que se conoce en inglés como tummy time (tiempo de la barriga). Esto ayudará por un lado a que no apoyen la cabeza siempre en la parte de atrás, además de favorecer el desarrollo neurológico ya que potencia la fuerza de la parte de arriba del cuerpo (brazos y hombros), tan necesarios para los primeros hitos del desarrollo. En general se recomienda una hora al día de este tipo de ejercicio, repartido en periodos de 20-30 minutos.

Aunque los niños deben dormir boca arriba, se recomienda que los padres pongan la cabeza del niño girada a un lado y a otro de forma alterna para que el tiempo de descanso del bebé no lo pase apoyado siempre en el mismo lado. A veces esto resulta imposible porque al niño le gusta girar la cabeza hacia donde recibe los estímulos (luz, sonido…). Para corregir este “vicio”, también podéis girar al bebé entero en la cuna cada ciertos días poniendo los pies en donde iba la cabeza y viceversa.

Las sillitas con cabezal en las que el niño vaya muy recogido están bien para los viajes en coche (como la maxicosi). Sin embargo, hacen que la cabeza de los bebés esté apoyada siempre en el mismo sitio por lo que debéis evitarlas para los paseos en carro.

Por último, cabeza que no apoya, cabeza que no se aplana. Así que coger en brazos a vuestros hijos todo lo que queráis durante estos primeros meses de vida (y mientras os dejen, que la adolescencia la alcanzan muy pronto). Por el mismo motivo, el porteo como opción de transporte para el bebé previene la plagiocefalia.

El neurocirujano y los “cascos”

Hablábamos al principio de este texto que en algunos casos había que recurrir a los cascos para corregir una plagiocefalia. Antes de llegar a ese extremo, los pediatras somos capaces de manejar casi todas las plagiocefalias una vez establecidas, ya que suelen mejorar enseñando a los padres las mismas medidas posturales que mencionábamos en la parte de la prevención y realizando una seguimiento estrecho. Al fin y al cabo lo que se busca es que el niño apoye la cabeza en la parte que no la tiene aplanada para compensar la deformidad.

Los protocolos sobre plagiocefalia establecen que si a los 5 meses la deformidad sigue estando presente a pesar de haber realizado un plan de reeducación postural, es el momento de derivar al niño al neurocirujano. En el caso de que este especialista lo considere oportuno, valorará la opción de utilizar un casco corrector hasta los 12 meses de edad. Esto cascos “empujan” unas zona determinadas de la cabeza consiguiendo remodelar la deformidad craneal.

Lactante con “casco” (ortesis) para la corrección de una plagiocefalia.

Como última opción, en el caso de que ni las medidas posturales ni el casco hayan sido suficientes para corregir una plagiocefalia postural con graves consecuencia estéticas, queda como posibilidad la corrección quirúrgica. Pero tranquilos, es muy raro que se llegue a este extremo en una plagiocefalia de este tipo.

¿Y qué pasa con ese cojín tan famoso que anuncian en todos lados?

Después de todo lo que habéis leído, muchos estaréis pensando en el cojín ese blandito como con un agujero en el centro que os regaló la prima María cuando nació vuestro bebé y que os dijo que era la solución para que no se le deformara la cabeza. Sin embargo, ninguna guía clínica recomienda este tipo de cojines en niños sanos para la prevención de la plagiocefalia, además cualquier objeto en la cuna de un bebé aumenta el riesgo de muerte súbita del lactante.

Es cierto que estos cojines pueden ayudar a distribuir el peso sobre el que apoya la cabeza del bebé, y que en casos muy seleccionados puede ser útil (como el de los bebés prematuros). Pero en el caso de un niño sano debería bastar con las medidas correctoras de postura antes mencionadas para la prevención de la plagiocefalia.

En los casos en los que la plagiocefalia esté establecida, pueden ayudar al tratamiento junto a los cambios postulares, pero deberá ser vuestro pediatra el que os lo indique más que que sea necesario que todos los niños dispongan de un cojín de este tipo como como parte del pack que toda familia debe comprar cuando trae a un crío a este mundo.


En resumen, la plagiocefalia es una deformidad craneal frecuente que se produce como consecuencia del apoyo constante en la parte de atrás de la cabeza en la misma zona. Se puede prevenir poniendo en práctica una serie de medidas (jugando con el niño boca abajo cuando está despierto, girando la posición de la cuna, porteando al niño cuando se sale a pasear…). En el caso de que no mejore, hacia los 5 meses está justificada la derivación al neurocirujano para que valore si es necesario utilizar un casco como medida correctora.

También te puede interesar:

Bibliografía:


Los derecho de imagen de la foto de cabecera del post pertenecen a Wisewiki bajo una licencia CC BY-SA 3.0.

Los derecho de imagen de la niña con el casco pertenecen a GeekAron bajo una licencia CC BY-NC-ND 2.0.

¿Es normal que los recién nacidos pierdan peso al nacer?

Todo los recién nacidos pierden peso al nacer. Todos. En un juego de azar sería una apuesta segura. De hecho, si un niño gana peso durante sus primeros días de vida sin perder un solo gramo, os aseguro que lo que pasa es que la báscula en la que se pesó al nacer estaba rota.

Esto de que los niños pierdan peso trae de cabeza a muchas madres que han decidido dar el pecho a sus recién estrenados retoños. No sin parte de razón, piensan que si su hijo pierde peso debe ser porque no producen leche suficiente para que engorde tras haber dado a luz. Y en muchos casos este es le motivo para que se plantee dejarlo todo y pasarse a la lactancia artificial.

Pero, ¿por qué se produce esa pérdida de peso? ¿Qué cantidad de peso se considera normal que pierda un bebé al nacer ? ¿Y si el parto ha sido una cesárea? ¿Y si el niño toma biberón? En este post resolvemos vuestras dudas para que podáis afrontar con tranquilidad la pérdida de peso de vuestros bebés que a buen seguro sucederá durante esos primeros días de vida.

¿Por qué los recién nacidos pierden peso?

Esta es la pregunta del millón porque ni la comunidad científica se pone de acuerdo en la respuesta. Lo único en lo que todos coinciden es en que los bebés pierden peso después de nacer y esto es una máxima que se repite parto tras parto. Existen diferentes teorías (no excluyentes entre ellas) de por qué se produce este fenómeno y, seguramente, una combinación de ellas sea la explicación a este fenómeno conocido desde hace mucho tiempo por los pediatras.

La primera de ellas intenta explicar la pérdida de peso a través de la redistribución de líquidos que se produce en el neonato tras el parto. No olvidemos que la vida intrauterina es muy diferente a la vida de un bebé tras el parto y la fisiología cardiorespiratoria es completamente diferente en las dos situaciones.

Dentro de la tripa de sus mamás, los futuros neonatos utilizan la placenta para conseguir el oxígeno y los nutrientes que necesitan para desarrollarse, los pulmones y el intestino están en una fase de reposo (esperando a realizar su función una vez que han nacido) y el corazón tiene unos “agujeros” necesarios para que la sangre se mezcle y llegue al resto del cuerpo. De hecho, se considera que el bebé durante el embarazo vive en un estado de hiperhidratación (un exceso de líquido).

Al nacer, y con la adaptación del bebé a un entorno aéreo, todo eso cambia. Para ello, los líquidos que componían los diferentes tejidos del bebé se redistribuyen y lo que sobra se pierde. Esto se traduce en que el niño pierde peso.

Por otro lado tenemos a las teorías que apuestan porque la pérdida de peso del recién nacido se produce porque este quema grasa para contrarrestar el poco alimento que recibe durante los primeros días de vida hasta la subida de la leche de sus mamás, como si estuviera a dieta. Como decíamos al principio, es muy probable que la pérdida de peso se produzca por varios motivos y este debe ser uno de ellos ya que los niños alimentados con leche artificial pierden menos peso que los de teta.

¿Cuánto peso se considera normal que pierda un recién nacido?

Tampoco existe un consenso unánime de cuánto peso es normal que pierda un recién nacido. Sin embargo, los estudios más rigurosos han determinado como “normal” una pérdida de peso del 6% respecto al peso de recién nacido. Ese normal va entre comillas porque hace referencia a lo que le pasa la mayoría de los recién nacidos. Además, estos estudios señalan que esa pérdida máxima de peso se produce en torno a los 2-3 días de vida para después iniciar la ganancia ponderal.

Por otro lado, los pediatras consideramos que una pérdida de peso de hasta el 10% es tolerable para un recién nacido, es decir, pérdidas de peso hasta ese porcentaje es muy poco probable que tengan consecuencias en la salud del bebé. Por ello, a los niños se les pesa todos los días antes del alta hospitalaria para poder evaluar qué niño está perdiendo más peso de lo deseable y así poder establecer un plan de alimentación individualizado para el que lo necesite.

Las más listas del lugar os habréis dado cuenta que la gran mayoría de los recién nacidos se van de alta antes de empezar a ganar peso. Esta situación genera mucha ansiedad a muchas de vosotras al veros desprotegidas al no estar bajo el techo del hospital y no saber si al día siguiente vuestro hijo perderá más peso o empezará a ganar. Tranquilas, los bebés que pierden menos de un 7% del peso al nacimiento a los 2 días de vida (cuando os soléis ir de alta), no suelen alcanzar ese 10% que los pediatras consideramos como el límite que no deberían sobrepasar. En el caso de que un bebé se vaya de alta con un peso entre un 7 y un 10% menor que el peso al nacimiento, solemos decirle que hay que volver a pesarlo en 24-48 horas para asegurarnos que ha empezado a ganar peso.

La evolución de la pérdida de peso durante estos primeros días de vida así como la situación individual de cada madre con subida de la leche serán los factores más influyentes para que se indique desde el punto de vista médico una lactancia mixta.

¿Y cuándo empiezan a ganar peso los recién nacidos?

Tras esa pérdida inicial de peso, y siempre y cuando reciban la cantidad suficiente de leche, los recién nacidos empiezan a ganar peso de tal forma que recuperan lo que pesaban al nacer entre los 7 y 15 días de vida, de hecho el 80% de niños han recuperado el peso al nacimiento a los 12 días de vida. Si todo va bien, es excepcional que un recién nacido no haya recuperado su peso al nacimiento al cumplir las dos semanas de vida.

A partir de ahí, la ganancia de peso es muy constante: unos 30 gramos al día para un total de 200-250 gramos a la semana durante las primeras semanas de vida.

Como decía, en el caso de que un bebé no engorde como se espera habrá que evaluar qué está pasando antes de calzarle biberones para que engorde. En la mayoría de los casos esa escasa ganancia de peso se debe a que la madre no produce leche suficiente. En general, esto se soluciona con un buen asesoramiento que valore si la técnica de lactancia es adecuada y asegurando que el bebé lacta todas las veces que quiere y durante el tiempo que quiera.

¿Y los partos por cesárea?

Si habéis entendido que la pérdida de peso se produce en parte porque el bebé no recibe alimento suficiente durante los primeros días de vida como para compensar el líquido que pierde, no os costará entender que en los partos por cesárea la pérdida de peso del recién nacido suele ser mayor que en la de un parto vaginal.

Esto se debe a que en este tipo de partos a las mamás les tarda un poco más en subir la leche. Si lo normal en un parto vaginal es entre los 2 o 3 días, en uno por cesárea suele ocurrir a los 3 o 4 días, es decir, un poco más tarde.

En este tipo de partos es fundamental el seguimiento estrecho del peso del bebé para asegurar que no pierde más peso del que debería. Sin embargo, siempre y cuando el bebé esté bien desde el punto de vista médico, en las cesáreas solemos esperar un poco más que en los partos vaginales a ver si el niño gana peso para dar una oportunidad a la lactancia materna exclusiva y no tener que recurrir a la mixta, ya que sabemos que la subida se produce más tarde.

¿Y en los niños de biberón?

Los niños que se alimentan con lactancia artificial también pierden peso al nacer. Es cierto que en menor medida, pero también pierden peso.

Además de ser lo habitual, es algo deseable ya que, al fin y al cabo, cuando a unos padres les decimos que el primer día su hijo debe tomar una cantidad pequeña de biberón, el segundo día un poco más y así sucesivamente, lo que estamos haciendo es simular la subida de la leche de la madre. De esta forma permitimos que el bebé se adapte de forma adecuada a la vida extrauterina al perder los líquidos que le sobraban como ya os hemos explicado.


Como habéis podido leer, la pérdida de peso es algo normal que le ocurre a todos los recién nacidos independientemente del tipo de alimentación que reciban. La gran mayoría empezarán a ganar peso a los pocos días de nacer, sin embargo, un pequeño porcentaje puede perder más peso del que se considera normal y podría tener consecuencias para su salud. Por ello, el seguimiento estrecho e individualizado de cada niño durante los primeros días de vida es fundamental para asegurar que la pérdida de peso es la adecuada y no se sale de lo que se considera normal.

También te puede interesar:

Bibliografía:

Melatonina, ¿el remedio para el sueño de los niños?

En los últimos años estamos asistiendo a campañas publicitarias en muchos medios de comunicación que promocionan la melatonia, una hormona que controla el reloj biológico que nos dice cuándo es de noche, como el remedio perfecto para que los niños duerman bien bajo eslóganes del estilo “El sueño llega a su hora”.

No en vano, muchos padres reconocen que en alguna ocasión han pensado que sus hijos duermen mal y las estadísticas apuntan a que uno de cada tres niños presenta en alguna ocasión un trastorno del sueño (sobre todo insomnio de conciliación -cuando al niño le cuesta mucho dormirse al inicio de la noche- o por múltiples despertares nocturnos en los que reclama a sus padres para volver a dormirse).

Con estos datos en la mano, ¿quién no querría ese remedio que se anuncia a bombo y platillo como la mejor solución para el descanso de sus hijos? Seguramente muchos. Sin embargo, la mayoría de estos padres desconocen las verdaderas indicaciones que tiene este medicamento que se vende sin receta y bajo la denominación de complemento alimenticio. Esperamos que este post os sirva para resolver las dudas que a menudo nos habéis trasladado por redes sociales de si es bueno o malo utilizar la melanina para que vuestros hijos concilien el sueño.

¿Qué es la melatonina?

La melatonina es una hormona que sintetiza el cerebro en ausencia de luz. Esto permite a nuestro cuerpo saber cuándo llega la noche y, por tanto, la hora de irnos a la cama. Su secreción se inicia cuando empieza el atardecer y desaparece con los rayos del nuevo día. De esta forma, el reloj biológico de nuestro cuerpo se sincroniza con un ritmo circadiano, es decir, cada 24 horas.

Durante el embarazo, el futuro bebé es capaz de sintetizarla desde la semana 26, pero no será hasta los 5-6 meses de vida en que su secreción esté totalmente regulada y, entonces, el ritmo circadinao no quede establecido completamente. Hasta esa edad, los niños duermen casi las mismas horas de día que de noche y, a partir de entonces, la gran mayoría son capaces de dormir al menos cinco horas seguidas durante la noche, periodo que se irá a largando con el paso de los meses en los que progresivamente dormirán menos siestas diurnas y más tiempo por la noche.

Esta hormona fue descubierta en 1958 y desde entonces se han descubierto muchas funciones que tiene en el organismo además de regular el ritmo circadiano. Entre ellas destacan su colaboración con el control del crecimiento tumoral, propiedades en la protección ósea, facilita la regulación inmunológica o que facilita la liberación de radicales libres.

¿Para qué sirve la melatonina como medicamento?

Desde finales del siglo XX existen preparados comerciales de venta libre en farmacias (sin receta ni prescripción de un médico) que han resultado eficaces en adultos para tratar ciertos trastornos del sueño, sobre todo aquellos en los que el reloj biológico se desajusta, como por ejemplo el jet lag.

La seguridad en adultos de este fármaco está más que comprobada ya que no se han descrito efectos secundarios relevantes y existe muy bajo riesgo de intoxicación (por no decir que inexistente) a las dosis que se emplea. Y en todo caso, daría lugar a mayor somnolencia de la deseada.

En niños, esta comprobado que la melatonina disminuye la latencia del sueño, es decir, el tiempo que tardan desde que se meten en la cama hasta que se quedan dormidos. Si se adelanta el inicio de sueño de forma significativa, esto también implicará que el niño duerma más horas por la noche.

Visto así, parece el remedio perfecto para esos niños a los que les cuesta quedarse dormidos. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas como darles unas gotitas y esperar a que hagan efecto…

¿Cuál es el “problema” de la melatonina en niños?

Hace un par de párrafos hemos dicho que la melatonina en adultos es segura. Pero, ¿y en niños? ¿Hay estudios suficientes para afirmar que se puede administrar a los pequeños de la casa sin riesgo?

Los estudios que se han realizado en niños con este fármaco son escasos. Es cierto que demuestran los mismos efectos que en adultos en cuanto a adelantar el inicio del sueño, sin embargo, su efectos secundarios no están establecidos a largo plazo. Lo que sí está claramente demostrado es que si sólo se administra melatonina para que un niño se duerma rápidamente sin abordar otros problemas como la higiene del sueño o las rutinas que tiene para dormirse, el 90% recaerá al suspender el tratamiento. Es decir, pan para hoy y hambre para mañana.

En cuanto a su seguridad en niños, su uso a corto plazo (por debajo de cuatro semanas) parece seguro sin que se hayan observado efectos secundarios diferentes a los del placebo. Sin embargo, los estudios a largo plazo todavía no aportan información suficiente sobre su seguridad. Estudios de seguimiento a tres años no han puesto de manifiesto ningún efecto no deseado, pero no van más allá. Y no debemos de olvidar que, a diferencia de los adultos, los niños durante la infancia deben completar el desarrollo psicomotor, por lo que actualmente no se sabe qué efecto a largo plazo puede tener en él el uso continuado de melatonina.

Entonces, ¿debería dar melatonina a mis hijos para que duerman bien?

En el año 2014 la Asociación Española de Pediatría publicó en su revista Anales de Pediatría un consenso sobre el uso de la melatonina en los niños de las sociedades que con más frecuencia han abordado el problema del sueño infantil, tales como la Sociedad Española del Sueño, la Sociedad Española de Neurología Pediátrica o la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria.

En este documento queda claro que la melatonina puede resultar útil pero debe usarse siempre como medida de apoyo a la reeducación en las rutinas del sueño de los niños y nunca como única intervención tras analizar cuál es el verdadero problema por el que el niño no se duerme como esperan sus padres y cómo podemos ayudarle. Además, la melatonina nunca debería darse a un niño sin la supervisión de un pediatra.

A veces resulta difícil justificar tales precauciones cuando este medicamento se puede comprar con suma facilidad en una farmacia. En este sentido, la Asociación Española de Pediatria de Atención Primaria publicó hace tiempo un comunicado en que instaba al Ministerio de Sanidad a “tomar la medidas que considere oportunas para que la distribución de los preparados farmacológicos de melatonina se realicen por los cauces ordinarios bajo control del pediatra de atención primaria o el médico experto en sueño”. En resumen, con receta. Por desgracia, su reclamación no ha sido escuchada todavía.

Como padres entendemos perfectamente la desesperación que para muchas familias supone el descanso de sus hijos. Por experiencia sabemos que a todos nos gustaría que nuestros hijos se durmieran rápido y, a poder ser, toda la noche del tirón. Sin embargo, la realidad del sueño en la infancia es muy distinta. Esperamos que después de lo que habéis leído hayáis entendido que la solución al sueño de nuestros hijos no pasa por darles unas gotitas mágicas y sanseacabó.

También te puede interesar:

Bibliografía:

NOTA: este post esta realizado para esclarecer las implicaciones que puede tener la melatonina en niños sanos. Este fármaco también se emplea como coadyuvante en el tratamiento del insomnio en niños con trastornos nuerospicológicos en los que ha demostrado ser altamente eficaz, como pro ejemplo el trastorno del espectro autista, el síndrome de piernas inquietas o la parálisis cerebral infantil. Si crees que puede ayudar a tu hijo por sus circunstancias especiales, coméntaselo a ti pediatra y/o neurólogo infantil.

No queremos dejar la ocasión de que sigáis en Twitter a Fernando Martín, uno de los neurólogos infantiles que más habla del sueño en la infancia y que, como en este hilo de aquí abajo, aborda el tema de forma magistral.

¿Debería tener un humidificador para los catarros de mis hijos?

Si tuviéramos que elegir un tipo de infección como la más frecuente en pediatría, sin duda alguna, las infecciones respiratorias ocuparían el primer lugar de todas las quinielas , y de entre todas ellas, los catarros se alzarían como ganadores por varios cuerpos de distancia. De hecho, durante el primer año escolar de un niño cualquiera, lo habitual es que tenga que enfrentarse a una media de diez o doce episodios; si tenemos en cuanta que por cada uno de ellos pueden estar dos o tres semanas con mocos, es más que probable que desde mediados de septiembre hasta que lleguen las vacaciones de veranos éstos incómodos amiguitos se instalen en la nariz de vuestros hijos como si de un piso okupa se tratara.

Y ante el drama de afrontar otro invierno más entre catarros, muchos padres buscan remedios que les transporten a un país en el que los mocos no hagan acto de presencia. Entre todos ellos, los humidificadores siempre salen a la palestra o, mejor dicho, al grupo de Whatsapp de padres y madres del colegio, como si no se pudiera criar a un niño sin este cachivache .

En este post os contamos todo lo que tenéis que saber sobre ellos para que, con conocimiento de causa, decidáis si realmente son necesarios para vuestros hijos.

¿Qúe es un humidificador?

Parece una pregunta de perogrullo pero es conveniente hacérsela, si no, estaríamos hablando de un aparato que realmente no sabemos para qué sirve.

Como su nombre indica (los que lo inventaron no se estrujaron mucho la cabeza), los humidificadores aumentan la humedad del ambiente. Para ello, utilizan diferentes tipos de tecnología para transformar el agua en vapor de agua y con ello aumentar la humedad ambiental.

Pueden dividirse en dos, según humidifiquen el aire con vapor de agua caliente o frio. Los primeros, calientan el agua de un recipiente hasta que hierve y con eso producen el vapor de agua, algo parecido a lo que ocurre cuando os dais una ducha calentita y se empañan los espejos del baño. Por otro lado, existen dos tipos de humidificadores de vapor frio: los de mecha (que lo que hacen es aplicar un ventilador a un filtro húmedo) y los ultrasónicos (que en este caso hacen vibrar el agua por encima de la velocidad del sonido, lo que consigue que ésta se transforme en vapor de agua).

La desventaja principal de los humidificadores de vapor caliente es que pueden producir quemaduras en la piel al manipularlos. En cuanto a los de vapor frío, pueden “vaporirzar” al ambiente bacterias y hongos que hayan crecido en su interior si no se realiza de forma adecuada la limpieza del aparato, poniendo en peligro la salud del que los usa.

¿Es imprescindible que haya humedad en el ambiente cuando se tienen mocos?

Hasta ahora sabemos que existe un aparato que consigue elevar la humedad del ambiente, pero quizá lo que habría que preguntarse es cómo de imprescindible es que exista cierta humedad cuando nuestros hijos tienen mocos.

Es cierto que el ser humano necesita un mínimo de humedad ambiental para mantener la mucosa respiratoria a pleno rendimiento. Si no fuera así, se secaría, lo que a la postre destruiría dicha mucosa y daría lugar a que nos extinguiéramos de la faz de la tierra. Seguro que después de estas últimas líneas estáis pensando que no es que queráis un humidificador en vuestra vida, que lo que queréis son tres por si las moscas… Sin embargo, el planeta donde vivimos es muy sabio y en casi todas las partes del mundo hay humedad suficiente para que no pasemos a la historia como ese ser vivo que murió desecado. Además, el cuerpo humano esta diseñado para humedecer la mucosa respiratoria de manera natural y mantenerla sana, gracias en parte a las células caliciformes, cuya función es producir moco, y a los cilios que recubren este epitelio.

Cuando en el ambiente hay poca humedad, los mocos que nuestro cuerpo produce tienden secarse, lo que hace más difícil que podamos expulsarlos. Todo lo contrario ocurre en ambientes húmedos, en los que los mocos son más fluidos. Un claro ejemplo lo podéis observar cuando bañáis a vuestros hijos: si tienen mocos resecos asomando por la nariz y los metéis en la bañara y habéis montado un spa en el cuarto de baño con agua caliente a tope, empezarán a moquear al poco tiempo de estar a remojo.

Por tanto, la pregunta que habría que hacerse es qué humedad ambiental es necesaria para que nuestras vías respiratorias funcionen correctamente. En general se acepta que una humedad entre el 40 y el 60% es adecuada para que no notemos el ambiente ni excesivamente húmedo ni muy reseco. En ambientes con esa humedad somos capaces de aclarar y movilizar los mocos de nuestra vía respiratoria sin mucha dificultad.

Entonces, si mi hijo tiene un catarro, ¿necesito un humidificador?

Más de uno se estará frotando las manos pensando que si el ambiente bien cargadito de humedad hace que los mocos sean más líquidos, el humidificador tiene que ser la solución definitiva para que no tengáis que hacer nunca más lavados nasales a vuestros hijos. Fijo que es ponerlo y que desaparezcan los mocos por arte de magia…

Siento deciros que no es así. Por mucho humidificador que utilicéis, mientras dure el catarro, los mocos seguirán instalados en la nariz de vuestros hijos. Esto se debe a que los catarros son consecuencia de infecciones virales y para defendernos de ellas, entre otras muchas cosas, nuestro cuerpo se pone a producir mocos en cantidades industriales, ya que en ellos flotan leucocitos, las células del cuerpo que nos defienden de las infecciones, para que destruyan a los malditos virus. Además, en ambientes con humedad por encima del 60%, haya o no haya virus de por medio, nuestro cuerpo se pone a producir moco, pudiendo empeorar el problema y estableciéndose un círculo vicioso como si fuera una pescadilla que se muerde la cola.

Por tanto, es verdad que cuando un niño tiene una infección respiratoria es preferible que el ambiente no esté seco, pero de ahí a que tengamos que tener un humidificador en casa hay un camino muy largo que recorrer; todo dependerá de donde viváis y la humedad que haya habitualmente en vuestra casa. Por ejemplo, no será lo mismo vivir en el norte de España, donde llueve un día sí y otro también, que en el secarral manchego de la meseta sur.

Sin ir más lejos, la Organización Mundial de la Salud desaconseja el uso de humidificadores como parte del tratamiento habitual de la tos y los mocos de un catarro. Además, en la literatura científica encontramos más de un estudio que ha demostrado que estos síntomas no mejoran cuando se utiliza un humidificador en el contexto de una infección respiratoria.

En cualquier caso, si por un casual ya tenéis un humidificador en casa, podéis emplearlo de forma prudente. No hace falta que pongáis el cacharro a todo trapo y que la habitación de vuestros hijos se convierta en el Londres del siglo XIX con su niebla matutina; como mucho, unos 10 o 20 minutos antes de que vuestro hijos se acuesten, y nada de dejarlo toda la noche encendido. Incluso habría que plantearse si no resultaría más útil tener por casa un aparato que mida la humedad ambiental para saber cuándo esta está por debajo del 40% o por encima de ese 60% .

Alternativas a los humidificadores

Si sois de los que no tienes humidificador en casa, no pasa absolutamente nada. No hay que volverse loco buscando la mejor oferta de Amazon Prime para cubrir esa necesidad inexistente.

En todo caso, si vuestras casas son de las que tienen poca humedad y observáis que cuando vuestros hijos están acatarrados los mocos que tienen son muy secos, podéis optar por algún truquillo casero para ver si al aumentar la humedad ambiental conseguís que respiren de manera más confortable.

Por ejemplo, si tenéis radiadores, podéis colgar de ellos depósitos con agua, como hacían nuestros padres cuando éramos pequeños. También podéis mojar tres o cuatro trapos de cocina o poner a secar la colada en el cuarto de vuestros hijos. A medida que se vayan secando, la humedad en el ambiente aumentará.


En resumen, los humidificadores no son imprescindibles. Los ambientes excesivamente secos pueden provocar que los mocos de un catarro sean menos fluidos y, sólo en esos casos, elevar un poco la humedad ambiental puede conseguir que los niños respiren de manera más confortable, aunque esto no tenga un impacto real sobre la infección que están pasando. En cualquier caso, estos cacharros no acortan la duración de la sintomatología ya que ésta depende del virus que provoca el catarro.

También te puede interesar:

Bibliografía:

  • Cough and cold remedies for the treatment of acute respiratory infections in young children. Documento dela OMS (Link).
  • Caring for a child with a viral infection. Del portal Healthy Children de la AAP (Link).
  • The common cold in children: Management and prevention. Revisión Cochrane (Link).
  • Ibuprofen, paracetamol, and steam for patients with respiratory tract infections in primary care: pragmatic randomised factorial trial (Link).
  • ¿Me compro un humidificador? Del portal Familia y Salud del a AEPap (Link).