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Cómo evitar contagiarse de la Gripe

Como todos los años, la epidemia de Gripe no perdona y acaba entrando en nuestras vidas. Pese a todos los esfuerzos, es muy probable que muchos de los hijos de los que leéis este texto, o vosotros mismos, os acabéis contagiando de este virus así que no está de más que revisemos qué podemos hacer para evitar, en la medida de lo posible, caer bajo sus garras.

Vaya por delante que la Gripe suele ser una infección banal pero que genera mucho malestar ya que cursa con fiebre de varios días (incluso una semana) de duración junto con malestar general y síntomas respiratorios. Como virus que es, no tiene un tratamiento específico así que, una vez que alguien se contagia, solo caben tratamientos sintomáticos y una buena dosis de paciencia. Si queréis profundizar en qué consiste esta infección tan habitual tanto en niños como en adultos podéis entrar en este link.

¿Cómo se contagia la Gripe?

La clave para evitar un contagio, ya no solo de la Gripe sino de cualquier enfermedad infecciosa, es conocer cómo se transmite el microorganismo de tal forma que podemos poner en marcha medidas para evitarlo.

El mecanismo principal por el que se transmite la Gripe de persona a persona es por medio de las gotitas que se producen al toser, estornudar o hablar desde una persona enferma (o que está en periodo de incubación) hasta otra susceptible. Esto se debe a que el virus de la Gripe coloniza la vía respiratoria del paciente y “flota” a sus anchas en secreciones como la saliva o los mocos. El contagio se produciría cuando esa persona susceptible inhala esas partículas que contienen el virus.

Y aunque la vía inhalatoria es la más frecuente, también es posible por contacto directo con las secreciones (saliva, mocos…) del paciente sin que haya gotitas de por medio. Para que lo entendáis, si tocamos la saliva de un enfermo con Gripe y luego nos frotáramos nuestra nariz o la boca, estaríamos llevando al virus directo a nuestras mucosas, abriéndole la puerta para que nos contagie. O por ejemplo, cuando un hijo nuestro nos da uno de esos besos que nos encantan llenos de babas.

El virus de la Gripe no flota en el aire, por ello, para contagiarnos, se requiere un contacto estrecho entre personas para que la enfermedad pase de unas a otras. ¿Habéis pensado quiénes están en “contacto estrecho” muy habitualmente y por eso suelen ser los primeros casos por los que empieza la epidemia? ¡BINGO!: los niños. Así que estad atentos a lo que sigue para conocer las claves de cómo podemos prevenir que se contagien entre ellos o nos contagiemos nosotros mismos.

¿Cómo prevenimos la Gripe?

Como primera mediada, lo más adecuado para evitar un contagio, sería evitar aglomeraciones al estilo de centros comerciales o similares en los que haya mucha gente que nos pudiera contagiar. Y aunque esta medida es efectiva, la verdad es que un niño que acude a la guardería o al colegio (que es donde los niños comparten unos con otros mucho tiempo en contacto estrecho) es mucho más probable que se contagie allí que en ningún otros sitio. Así que, salvo que os podáis permitir dejar a los niños en casa en vez de llevarles a la guardería, habrá que poner en marcha otras medidas preventivas para evitar los contagios.

Si hemos entendido que la transmisión de la Gripe se produce a través de esas gotitas invisibles de saliva o de mucosidad que flotan en el aire así como del contacto directo con secreciones, las medidas que podemos poner en marcha son sencillas y muy lógicas. Veamos cuáles son:

El lavado de manos

La mediada más importante para evitar contagiarnos o que nosotros seamos los vectores de la enfermedad es la higiene frecuente de manos. Esta es la medida individual más importante para prevenir cualquier enfermedad contagiosa, por lo que debemos ser especialmente cuidadosos al realizarlo, tanto nosotros como nuestros hijos. Es muy adecuado que enseñemos a los niños a lavarse las manos desde muy pequeños para que lo tengan interiorizado desde muy pronto y lo vean como algo natural y rutinario.

El momento para realizar la higiene de manos sería después de entrar en contacto con tus propias secreciones o con las de vuestros hijos, así que no dudéis en hacerlo antes y después de las comidas, después de sonarles los mocos con un pañuelo o hacerles un lavado nasal… Podemos emplear dos técnicas.

La higiene de manos se puede hacer con agua y jabón, para ello debemos hacerlo con agua en cantidad suficiente y por lo menos durante 20 segundos, frotando todas las superficies de ambas manos. Tras ello nos aclaremos y nos secaremos con una toalla.

Si no estás en casa o simplemente prefieres hacerlo de otra forma, puedes emplear soluciones de base alcohólica. Éstas han demostrado ser fáciles de aplicar y ser al menos tan efectivas como el agua y el jabón. Además, existen muchas presentaciones (botes pequeños, grandes…) para que puedas tenerlos en casa o llevarlos encima cuando salgas de paseo. En este caso basta con frotarse las manos y esperar a que se sequen.

Tápate la boca y la nariz con el codo o con un pañuelo desechable cuando tosas o estornudes

Parece lógico que si cuando tosemos o estornudamos mandamos al aire esas gotitas de las que hemos hablado, nos tapemos para intentar evitarlo. Si lo hacemos con el codo o un pañuelo desechable en vez de con la mano, estaremos consiguiendo dos cosas. Por un lado, que esas gotitas no pasen al ambiente y que otra persona pueda inhalaras. Por otro, si nos tapamos con el codo o con un pañuelo desechable y no con la mano, evitaremos que las manos sirvan de vehículo para ir dejando por ahí parte de nuestras secreciones, por ejemplo en el pomo de una puerta, en le teclado del ordenador o en el juguete de un niño.

Utiliza pañuelos desechables

No es raro ver en invierno a padres y madres persiguiendo a niños con los mocos colgando por el parque con un pañuelo en la mano. Aunque los mocos no son malos, son incomodos y, además, son poco estéticos. De ahí el afán que tenemos los padres en quitárselos a nuestros hijos. Pero has de tener en cuenta que los mocos contiene muchos virus así que es preferible utilizar un pañuelo desechable a irlo guardando en el bolsillo o en le bolso para reutilizarlo ya que con ello disminuye mucho la probabilidad de contagio a nuestros otros hijos o a nosotros mismos. Y recuerda, después de usar un pañuelo, hay que lavarse las manos.

Otras cosas que debemos hacer cuando nuestros hijos o nosotros tengan Gripe

La Gripe no es una enfermedad de exclusión escolar ya que es una infección que se contagia desde antes de que dé síntomas hasta unos 10 días después del inicio de los mismos. A pesar de que no es una enfermedad de exclusión escolar, cuando un niño padece la Gripe suele encontrarse mal además de tener fiebre, por lo que es muy recomendable que se queden descansado en casa hasta que los síntomas remitan. Con ello conseguiremos que nuestros hijos pasen mejor la Gripe y en parte disminuiremos el contagio a sus compañeros.

Si crees que tienes la Gripe o te lo ha confirmado un médico, sería muy recomendable que evitaras al máximo el contacto con tus hijos. Esta medida suele resultar imposible porque, aunque estemos enfermos, los padres debemos seguir cuidando de nuestros hijos. Sin embargo, puedes utilizar una mascarilla cuando estés con ellos o cuando les des el pecho o el biberón para intentar disminuir el número de partículas que mandamos al ambiente cuando hablamos o tosemos cerca de ellos Y aunque te cueste, evita los besos durante unos días…

Por último, no intercambiéis cubiertos entre vosotros ya que pueden servir de vehículo para pasar el virus de una persona a otra. Por descontado, nada de que los pequeños de la casa compartan chupetes, mordedores o juguetes varios…

¿Y qué pasa con la Vacuna de la Gripe?

Quizá deberíamos haber puesto esta parte al principio de este post, ya que la vacuna de la Gripe es la medida más eficaz para evitar esta enfermedad. Y esto no lo decimos nosotros solos, es palabrita de la Organización Mundial de la Salud. No hace falta decirlo porque seguro que ya lo sabéis, pero la vacuna de la Gripe es muy segura así que no hay que tener miedo.

La vacuna de la Gripe es una vacuna que cambia todos los años, ya que el virus muta de una temporada a otra, por lo que cada año hay que rediseñar una vacuna para que sea efectiva para la nueva temporada y de ahí que haya que vacunarse cada año.

La Asociación Española de Pediatría recomienda la vacunación de los niños con factores de riesgo para Gripe grave así como a todos aquellos niños que sus familias así lo deseen. También hay que recordar que los menores de 6 meses no pueden recibir la vacuna de la Gripe por lo que es muy apropiado que se vacune su entorno familiar en el caso de que queramos evitar un posible contagio a estos niños tan pequeños. Si queréis saber si vuestro hijo pertenece a ese grupo con factores de riesgo para Gripe grave consultad con vuestro pediatra.

Por último, las embarazadas son un grupo de personas propensas a padecer una Gripe grave por lo que está recomendado que se vacunen durante la campaña de vacunación independientemente del trimestre de embarazo en el que se encuentren. Si quieres más información sobre la vacuna de la Gripe en el embarazo entra en este link.


Aunque este post lo hemos escrito con la intención de evitar contagios por Gripe, las medidas preventivas que has leído, tales como el lavado de manos, cubrirnos con el codo al toser o utilizar pañuelos desechables y demás, son aplicables a todas las enfermedades respiratorias (catarros y virus varios) que padecen los niños, por lo que es muy recomendable que las apliques durante todo el año y no solo durante la temporada de Gripe.

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¿Por qué los padres tienen tanto miedo a la fiebre?

manos padre e hijo

Fuente: Pixabay

Si hiciéramos una encuesta en la sala de espera de un Servicio de Urgencias de Pediatría cualquiera sobre los temores de los padres con un hijo enfermo, la fiebre estaría en el top 3, si no el primero, con toda seguridad. Cuando un niño tiene fiebre, a sus padres se les enciende una alarma interior que les hace pensar que su hijo está muy enfermo o que algo malo le puede pasar.

Hoy en el blog hablaremos de la fiebre en los niños pero sobre todo de ese temor que tienen los padres a que a sus hijos les pase “algo malo” cuando les sube la temperatura. Hablaremos desde nuestra experiencia como pediatras tras haber visto a miles de niños con fiebre con padres preocupados, pero también desde nuestro punto de vista personal después de haber pasado muchas noches sin dormir vigilando el estado general de nuestros hijos cuando tienen fiebre.

La incertidumbre de la fiebre

No es la primera vez que decimos que la fiebre es uno más de todos los posibles síntomas asociados a una infección, como también pueden ser los mocos de un catarro o la diarrea de una gastroenteritis.

Sin embargo, la fiebre causa pavor a muchos padres. Yo siempre digo a mis pacientes que la fiebre no me preocupa, que lo que me preocupa es que esa fiebre se pueda deber a una apendicitis, a una meningitis o a una neumonía, es decir, me preocupa la enfermedad que provoca la fiebre, pero que la fiebre en sí, los que es la simple elevación de la temperatura corporal, no me preocupa en absoluto.

Muchos padres lo entienden porque se dan cuenta que lo importante cuando un niño tiene fiebre es descubrir por qué la tiene, o en otras ocasiones, descartar enfermedades graves que podrían provocarla. Esto es así porque lo que debe hacer el pediatra al ver a un niño con fiebre es descartar enfermedades para asegurarse que algo grave no es el causante de la fiebre. Por ejemplo, siempre que atendemos a un niño con fiebre y dolor abdominal, realizamos una exploración física en la que tocamos la tripa para descartar esa apendicitis o, si el paciente se queja de dolor de cabeza, miramos si el cuello está rígido para desechar la posibilidad de una meningitis.

Esto que parece tan sencillo, descartar la posibilidad de una enfermedad grave, en ocasiones no es tan fácil como parece. Cuando un niño tiene fiebre, sobre todo un niño pequeño, es muy probable que en las primeras horas de el proceso febril, incluso durante los 2 o 3 primeros días, el niño solo presente fiebre sin otros síntomas acompañantes. Esto nos pone a los pediatras ante una posición que manejamos habitualmente que se conoce como “Fiebre sin foco”, lo que traducido a un lenguaje sencillo querría decir “tu hijo tiene fiebre pero todavía no sabemos a qué se debe”. Debido a que el 90% de los procesos febriles en niños están causados por virus, la gran mayoría de esas veces en las que no sabemos por qué el niño tiene fiebre se acabará curando solo.

Pero al otro lado de la mesa de la consulta están unos padres recibiendo un mensaje que simple y llanamente lo que les pide es que tengan paciencia para que la enfermedad siga su curso y nos aporte datos nuevos con los que poder hacer un diagnóstico más ajustado. Y esa paciencia que “recetamos” es en ocasiones muy difícil de conseguir. Cuando un niño tiene fiebre los minutos se convierten en horas y las horas en días y estar en casa con un niño con fiebre sin saber a qué se debe acaba minando la seguridad y la confianza de cualquier padre.

Seguramente ese es uno de los motivos por los que muchos padres tienen miedo a la fiebre, el no saber a qué se debe y el tener que esperar ante la incertidumbre de la posibilidad de que todo se deba a la remota posibilidad de una enfermedad grave cuando un virus banal y tontorrón es casi siempre el causante de la fiebre en los niños.

La fiebre no hace daño

El otra gran motivo por el que los padres tienen miedo a la fiebre es porque piensan que la fiebre, o mejor dicho, la “fiebre alta” o la “fiebre que no baja” es mala y puede provocar daños irreparables en sus hijos, uno de los mitos más asociados a la fiebre. Sin embargo, se equivocan.

La fiebre no es ni mala ni buena, solo es un síntoma más de infección. Por esto mismo, la “fiebre alta” no es peor que la fiebre de bajo grado ni significa que la infección que provoca la fiebre sea más grave. La “fiebre que no baja” tampoco debe ser más preocupante que la que responde bien a los antitérmicos porque la respuesta a los mismos no nos da mayor información sobre la causa o la gravedad del proceso.

A pesar de todo, muchos padres creen que la fiebre puede provocar daños en el cerebro o que si no bajan a toda costa la temperatura de sus hijos es muy probable que convulsionen. Está más que demostrado que la fiebre asociada a una infección no hace daño al cerebro. Por otro lado, las convulsiones febriles ocurren en niños que están predispuestos a convulsionar y, como solemos decir, que convulsionen no depende de que bajemos esa fiebre si no de que el niño tenga “mala suerte” y le toque pertenecer al 5% de niños que ha convulsionado alguna vez al tener fiebre. Así que no hace falta alternar antitérmicos, ya que con ello no vamos a conseguir un mejor control de la infección que provoca la fiebre.

Lo que si que ocurre con la fiebre es que es muy incomoda. Lo habitual es que el cuerpo reaccione a la elevación de la temperatura con unos cambios fisiológicos como son la elevación de la frecuencia cardiaca o la respiración agitada. Todos esos cambios generan malestar y es muy normal que un niño cuando tiene fiebre no quiera jugar, no quiera comer o le duela la cabeza. Por eso, cuando damos un antitérmico a un niño lo hacemos para tratar el malestar que provoca la fiebre y no tanto por bajar la temperatura del niño. Si el niño mejora con eso, ya habremos ganado mucho.

Lo que sí nos da “miedo” a los pediatras

Cuando explico la fiebre a los padres en Urgencias siempre les digo lo mismo: prefiero mil veces ver a un niño con 40ºC de temperatura que entra corriendo en la consulta y salta a la camilla que a uno con 38ºC pero que tiene mal aspecto.

Como ya hemos apuntado, lo que importa cuando un niño tiene fiebre es su estado general y no el grado de temperatura que marca el termómetro. Las infecciones graves, además de provocar fiebre, provocan otros síntomas como mal color o manchitas en la piel, decaimiento muy llamativo, dificultad respiratoria… y esos son los niños que “asustan” de verdad. Un niño con 40ºC de fiebre que corre y salta es muy probable que tenga un virus y el tiempo y su inmunidad harán su trabajo y tras unos pocos días el niño estará como una rosa. Por el contrario, si un niño con “fiebre baja” y mal aspecto no es atendido a tiempo puede que la infección que padece se acabe complicando.

Por todo ello, los pediatras siempre insistimos mucho a los padres en los signos de alarma que deben vigilar:  si su hijo empeora el estado general, presenta dificultad respiratoria o le salen manchitas en la piel… tiene que acudir a Urgencias a que valoremos qué está ocurriendo. Ya habrá tiempo después de decidir si el niño está realmente mal o solo es la impresión equivocada de los padres.

La desesperanza de los padres ante un niño con fiebre

Solo cuando tienes hijos puedes entender la desesperanza y ese temor que tienen los padres cuando sus hijos tienen fiebre. Cuando no los tienes no valoras todo el esmero, dedicación y cuidado que un padre o una madre dedica a su hijo cuando está enfermo. A los pediatras, cuando vemos a un niño con fiebre en la Urgencia, nos suelen bastar unos 5 o 10 minutos para decir a los padres lo que tiene el niño y lo que ellos tienen que hacer en casa. Pero tras esa consulta, esos padres se tiene que enfrentar a unos días que se hacen interminables mirando a sus hijos en casa esperando a que la infección remita.

Como os decía, solo siendo padre o madre se es capaz de entender lo que viven los padres con un niño enfermo: noches en blanco al lado de su cama comprobando si todo sigue bien, días y días haciendo piruetas en el trabajo para poder dejar al niño en casa y no llevarlo a la guardería, favores de familiares que te echan una mano para que no falte de nada en la nevera y, sobre todo, sobren besos y palabras de ánimo. Todo ello, minuto a minuto, hora a hora, día a día, acaba generando un desgaste y un cansancio que hace que muchos padres pierdan la confianza en que lo que le pasa a su hijo se va a curar sin ningún tratamiento especial en unos días. Sobre todo teniendo en cuenta que durante los primeros años de escolarización de los niños estos procesos que provocan fiebre se repiten constantemente. Pero la cordura debe imponerse siempre: que unos padres estén cansados por la enésima fiebre de un hijo y la ya incontable noche sin dormir no significa que el niño tenga algo más grave ni que el tratamiento deba ser distinto.

Las fiebres al final se acaban yendo y el cansancio acumulado de los padres se compensa con besos y abrazos. Porque, nos guste o no, la fiebre de los niños pone a prueba a cualquier padre y solo enfrentándonos a ella de una manera segura y sosegada seremos capaces de vencer nuestros miedos sobre la salud de nuestros hijos.

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:

La fiebre: mitos y leyendas

Termómetro

Fuente: Pixabay

La fiebre es un motivo de consulta muy frecuente por el que los padres acuden al pediatra. En ocasiones se acompaña de otros síntomas como mocos, tos y diarrea y en otras, simplemente, el niño tiene fiebre sin que sepamos cuál es el origen.

Ya sea por un motivo o por otro, muchos padres suelen tener miedo cuando sus hijos tiene fiebre ya que, aunque en la gran mayoría de las ocasiones se debe a un proceso banal, creen que están en peligro y que algo malo les puede pasar.

Teniendo todo esto en cuenta, la fiebre es campo abonado para que en la cultura popular existan una serie de mitos y leyendas que hacen pensar a los padres que la fiebre es mala, pero nada más lejos de la realidad. Esperamos que este post sirva para que conozcas mejor en qué consiste este síntoma y aprendas a manejarlo en tus hijos de forma adecuada.

1. Mi hijo es de temperatura baja, con 37°C ya tiene fiebre. FALSO

La fiebre se define como una elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC. Cuando la temperatura se sitúa entre 37 y 38ºC lo llamamos febrícula. Esto es así para todas las personas. Da igual que tu hijo suela estar en 35,8ºC o 36,8ºC, la fiebre siempre se considera cuando la temperatura se eleva más allá de 38ºC.

2. La fiebre es mala. FALSO

La fiebre no es mala ni buena, simplemente es un síntoma que aparece en el contexto de una infección. Es el resultado de la secreción de unas moléculas llamadas interleukinas que dan la orden al cerebro de incrementar la temperatura corporal. Esto ocurre como parte del proceso inflamatorio normal que acontece cuando nuestro cuerpo intenta defenderse de una infección.

3. La fiebre hay que bajarla a toda costa. FALSO

La fiebre suele acompañarse de malestar general e irritabilidad ya que la elevación de la temperatura corporal da lugar a otros síntomas como aumento de la frecuencia cardiaca, elevación de la frecuencia respiratoria, dolor de cabeza, sudoración… Esos síntomas asociados a la fiebre que provocan que un niño se encuentre incómodo deben ser el objetivo del antitérmico ya que lo que debe marcar su indicación es el estado general del niño y no su grado de temperatura. En este sentido, si tu hijo tiene fiebre pero se encuentra bien puedes esperar antes de administrarle algo para la fiebre.

4. La fiebre hace daño al cerebro. FALSO

La única fiebre que puede hacer daño al cerebro es aquella que se eleva por encima de los 42,5ºC, temperatura por encima de la cual se desnaturalizan las proteínas. ¿Conoces a alguien que haya alcanzado esa temperatura?, seguro que no porque es algo treméndamente excepcional. La fiebre normal, la que tienen todos los niños cuando tienen un catarro o una diarrea no hace daño al cerebro, así que tranquilos.

5. La fiebre hay que bajarla para que los niños no convulsionen. FALSO

Las convulsiones febriles son una de las grandes preocupaciones de los padres cuando tienen niños por debajo de los 6 años de edad. Estas convulsiones ocurren en un pequeño porcentaje de niños cuando su temperatura corporal cambia. De hecho, pueden ocurrir también cuando baja la temperatura por lo que no hay que empeñarse en devolver al niño a los 36°C.

6. Siempre que un niño tiene fiebre “hay infección” y hay que dar antibiótico. FALSO

Las infecciones son aquellas enfermedades provocadas por microorganismo, ya sean virus o bacterias. En todas las infecciones puede aparecer la fiebre como síntoma pero esto no debe marcar la necesidad o no de iniciar un tratamiento antibiótico.

 7. Si un niño tiene fiebre, cuanto antes lo vea el pediatra, mejor que mejor. FALSO

La valoración de un niño con fiebre debe estar guiada por otros síntomas distintos a la fiebre, como son el estado general, la dificultad respiratoria, los vómitos persistente, las manchitas en la piel… De hecho, los niños pueden tener fiebre los 2-3 primeros días de una infección sin que sepamos de donde viene, por ello, y siempre que el niño no se encuentre mal, preferimos verle pasadas al menos 48 horas del inicio del proceso febril.

8. Cuanta más alta es la fiebre, más probabilidades hay de que necesite antibiótico. FALSO (a medias)

Cierto es que las enfermedades provocadas por bacterias en general (las que necesitan antibiótico) suelen provocar fiebres más altas que las provocadas por virus. Sin embargo, las enfermedades víricas son mucho más frecuentes lo que hace mucho más probable que ante una fiebre “alta”, ésta esté provocada por un virus. El mejor ejemplo es el de la gripe, paradigma de las infecciones por virus, la cual suele provocar un cuadro clínico de fiebre alta de una semana de duración.

9. Para bajar la fiebre, lo mejor es alternar antitérmicos. FALSO

La alternancia de antitérmicos no está recomendada ya que no ha demostrado que el control de la fiebre sea mejor ni la infección se cure antes. Además, el estado general debe ser el que guíe la administración de estos fármacos y no el número que marca el termómetro. En el caso de que tu hijo siga con fiebre después de un jarabe pero se encuentre bien, puedes esperar sin embutirle otra medicina.

10. Si un niño tiene fiebre, hay que darle un baño de agua fría para que le baje. FALSO

Las medidas físicas para bajar la fiebre, como los baños de agua fría o las friegas con compresas, no están recomendadas ya que no han demostrado que el control de la fiebre sea mejor y además suelen generar disconfort en el niño. Sin embargo, quitarle algo de ropa y mantenerle en un ambiente tranquilo pueden ayudar a que mejore su estado general.

11. Los niños con fiebre no deben ir al colegio. VERDADERO

La fiebre no es un síntoma que esté catalogado como de “exclusión escolar”, sin embargo, el momento en el que un niño suele contagiar más a sus compañeros de una infección es en el momento del inicio de la fiebre por lo que es muy recomendable que se quede en casa mientras remite la misma. Además, ningún niño con fiebre suele querer ir al colegio porque se encuentra mal, por lo que es más recomendable que se quede en casa descansando.

12. Tengo que poner el termómetro a mi hijo constantemente para saber si le baja la fiebre. FALSO

Siguiendo el principio de que lo realmente importante es el estado general del niño y su disconfort, no tiene sentido estar midiendo la fiebre cada cierto tiempo para ver si le baja tras la administración del antitérmico. Es más importante vigilar si el niño comienza a jugar, quiere comer o se espabila. Además, hay que recordar que la acción máxima de los antitérmicos ocurre a las 3-4 horas de su administración.

13. La salida de los dientes provoca fiebre. FALSO

Pese a la creencia popular de que la salida de los dientes provoca fiebre, no existe ningún estudio de suficiente calidad que haya demostrado que esta asociación sea cierta. Muchos padres afirman que cada vez que a sus hijos les salen los dientes coincide con un proceso febril, sin embargo, estos suelen coinicidir con procesos infecciosos concomitantes lo que da la falsa creencia de que la fiebre está provocada por los dientes.


Una de las cosas que más me gusta decir a mis pacientes cuando acuden a verme es que prefiero que me lo traigan cuando tiene solo 38ºC pero se encuentra muy decaído a que acudan con 40ºC pero el niño esté pegando botes en el salón. Creo que esta comparación refleja muy bien cómo debería actuar un padre ante la fiebre: paciencia y observar antes el estado general del niño que el número que marque el termómetro.

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

Si te ha gustado lo que has leído, hemos publicado un libro con explicaciones sencillas y amenas sobre las cuestiones de salud más importantes de la infancia. Podéis adquirirlo en puntos de venta habituales o a través de los siguientes enlaces:

Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:

Os dejamos por aquí unas recomendaciones sobre la fiebre de la Sociedad Española de Urgencias Pediátricas (link).

El primer año de guardería, un reto para la paciencia de los padres

Guardería

Fuente: Pixabay

Antes de empezar y para que no os asustéis, el sistema inmune de vuestros hijos saldrá airoso de la inmensa mayoría de infecciones a las que se va a enfrentar en el primer año de guardería. Otra cosa será vuestra paciencia… Pero para eso estamos aquí, para mostraros lo que va a pasar en este periodo de la vida de vuestros hijos lleno de fiebres, catarros, gastroenteritis y manchas en la piel.

La gran mayoría de los niños acaba acudiendo a la guardería antes de entrar al colegio “de los mayores”. Dependiendo de la exigencia laboral de los padres, el apoyo de los abuelos o, simplemente, de los deseos de esos padres de descansar de sus hijos unas horas al día, algunos lo harán desde los 6 meses de edad y otros con 1 o 2 años de vida. Al final, todos tendrán que pasar por ese trance que supone entrar en contacto con otros niños y la posibilidad de contagiarse de múltiples infecciones.

Este hecho, el que un niño se ponga malo muchas veces durante el primer año de guardería es tan común que hasta se le ha bautizado con un nombre: el síndrome de la guardería, y hace referencia a la impresión que tienen los padres de que sus hijos están siempre enfermos.

¿Cuántas veces se pone enfermo un niño en su primer año de guardería?

Aunque parezca mentira, un niño que acude a la guardería por primera vez se contagia de media de unos 10-12 procesos infecciosos. La gran mayoría (90-95%) están provocados por virus y entre ellas, las infecciones de las vías respiratorias altas -también llamadas catarros– son las que vemos con más frecuencia.

Enfermedades como la gastroenteritis, la bronquiolitis, la gripe, la otitis y la faringitis son otras infecciones que suelen pillarse con mucha frecuencia los niños que acuden a guardería. La gran mayoría de estas infecciones se curarán solas con el paso del tiempo aplicando un tratamiento sintomático y sin tomar antibiótico. Además de estas infecciones con nombres vulgares, existen otras con nombre propio como la varicela, el pie-mano-boca o el megaloeritema, infecciones a las que nosotros llamamos Sospechosos Habituales.

¿Y por qué se pone tanto enfermo un niño que acude a guardería por primera vez?

Aquí hay tres factores muy importantes a tener en cuenta.

Por un lado, el propio niño. Un crío que no haya ido nunca a guardería (y que no tenga hermanos mayores que le puedan contagiar…), nunca o casi nunca se habrá puesto enfermo. Esto hace que el sistema inmune, esa parte de nuestro organismo que nos defiende de las infecciones, no haya entrado en contacto con la gran mayoría de los virus que campan a sus anchas en una guardería y por tanto, cuando ese niño se expone por primera vez a una de esas infecciones con las que no ha tenido contacto, se contagie y caiga enfermo con mucha probabilidad. Con el paso de los meses, vuestro hijo habrá “pasado” un montón de virus dejando un recuerdo en el sistema inmune que evita, en la mayoría de los casos, que caiga enfermo por las mismas infecciones cuando se vuelve a encontrar con ellas.

El otro factor importante es el ambiente. La guardería es el lugar perfecto para que un virus se expanda. De hecho, se calcula que cuando una infección de este tipo la padece un niño de la guardería, hasta el 70% de sus compañeros se acaba contagiando. Esto ocurre porque en una guardería los niños están en un contacto muy estrecho durante muchas horas al día compartiendo juguetes o, incluso, chupetes y vasos de agua.

En más de una ocasión os hemos explicado que la forma de transmisión de los virus es básicamente por dos mecanismos: a través del contacto con las secreciones (mocos, saliva, heces…) de un niño enfermo o por inhalación de unas microgotitas que mandamos al ambiente cuando estamos enfermos al toser o al hablar. Como ya hemos dicho, los niños en una guardería están en un contacto tan estrecho que hace inevitable que “compartan” secreciones con otros niños y se acaben contagiando.

El último factor determinante es el frío ya que, la gran mayoría de estas infecciones ocurren durante los meses fríos del año (en el hemisferio norte de octubre a marzo) por lo que es mucho más probable que estas enfermedades aparezcan cuando vuestros hijos estén en periodo escolar y os den una tregua en verano.

La paciencia de los padres a prueba: “mi hijo siempre está enfermo”

Hasta ahí todo bien. Seguro que estás pensando que 10-12 episodios infecciosos en un año no son para tanto. Sin embargo, hay que tener en cuenta lo que dura cada proceso para darse cuenta de la cantidad de días que vuestros hijos estarán con fiebre, tos y mocos a lo largo del año. Veamos…

Un catarro viene a durar unos 15-20 días. De estos, los 3-5 primeros días suelen ir acompañados de fiebre mientras que durante el resto del tiempo, son los mocos y la tos los predominantes. Echemos cuentas: 15 días por cada proceso infeccioso y 10 procesos al año…. nos salen alrededor de 150 días al año en los que el niño tiene mocos. ¿No te haces a la idea de cuántos son?, pues son 5 meses enteritos, vamos, la mitad del año con el niño con las “velas” puestas. También ten en cuenta que tendrán fiebre unos 30-50 días.

No te queremos asustar porque, como ya hemos dicho al principio, la gran mayoría de estas infecciones son banales y se curarán solas. La dinámica habitual durante estos procesos es que tu hijo se ponga enfermo y se recupere al cabo de una o dos semanas, pase bien uno o dos días y vuelva a caer enfermo. Ahí es donde entra en juego la paciencia de los padres ya que a muchos de ellos les dará la sensación de que su hijo está siempre enfermo y que no sale de una para meterse en otra.

Y no os falta parte de razón ya que durante el invierno los niños están siempre con mocos, os lo decimos por experiencia tanto profesional como personal, y tener que lidiar con el cuidado de un niño que está enfermo agota a cualquiera.

“Muy bien doctora, pero yo creo que a mi hijo le pasa algo y quiero que me mande algo para que no se contagie tanto…”

A medida que vayan pasando los meses y vuestros hijos se contagien de casi todo lo que ronde por la guardería, muchos de vosotros os preguntaréis si no será que todo esto se debe a alguna enfermedad de base o una carencia nutricional que predispone a vuestros hijos a caer enfermos.

Cierto es que estas enfermedades que predisponen a padecer infecciones existen pero son muy raras. Además de fiebre, mocos y tos, se acompañan de otros síntomas como perdida de peso, mal estado general, mala coloración de la piel. Son enfermedades  que requieren medidas especiales (empleo frecuente de antibióticos, ingresos hospitalarios…) para solucionar esas infecciones que en otros niños no son más que catarros que se solucionan solos…

Por eso es muy importante que en caso de duda consultéis con vuestro pediatra. Con una buena historia y una exploración física somos capaces de descartar la gran mayoría de esas enfermedades y deciros que lo que le pasa a vuestros hijos, en el caso de que caiga enfermo con frecuencia, es algo normal.

Por desgracia, no existe ninguna medicina que aumente las defensas de vuestros hijos y evite ese camino por el que la mayoría tienen que pasar. Seguro que habréis oído de boca de otros padres de la guardería o leído en otros sitios que tal complejo vitamínico va de maravilla o que la homeopatía es el complemento perfecto. Nada más lejos de la realidad. Ninguno de ellos ha demostrado ser eficaz para prevenir ningún tipo de infección y además no están exentos de efectos secundarios, así que mejor no os planteéis emplearlos en vuestros hijos. Por nuestra parte solo podemos recetaros paciencia.

En otras ocasiones, los padres acuden al pediatra sorprendidos por que el moco de sus hijos, que inicialmente era trasparente, se haya vuelto amarillo y luego verde, como soléis decir vosotros “con aspecto de infectado”. Como ya os contamos en otro post, el color verde del moco aparece porque las defensas del cuerpo están luchando contra el virus que lo provoca y no porque esté surgiendo una complicación. Así que de nuevo, paciencia…

¿Y qué puedo hacer yo como madre/padre para evitar que mi hijo se contagie tanto?

Como ya os hemos dicho, es prácticamente inevitable que vuestro hijo se contagie durante el primer año de guardería de un montón de enfermedades. Sin embargo, hay una serie de medidas que puedes aplicar para que se contagie lo menos posible:

  • Lava bien las manos, las tuyas y las de tus hijos, sobre todo después de limpiarle los mocos o cambiarle el pañal.
  • Utiliza pañuelos desechables para limpiar los mocos de los niños.
  • Enseña a los niños a taparse la boca con el codo al toser (nunca con las manos).
  • Limpia bien los chupetes o juguetes que haya llevado tu hijo al colegio para librarlos de babas ajenas.
  • Mientras tu hijo tenga fiebre es muy adecuado que se quede en casa descansando.
  • Respeta los periodos de exclusión escolar para que tu hijo no contagie a otros niños.
  • Vacuna a tu hijo, muchas de las enfermedades de las que nos protegen las vacunas son típicas de la infancia y es en las guarderías y en los colegios en donde se suelen contagiar los niños.

A medida que tu hijo se vaya haciendo mayor verás que es menos frecuente que caiga tantas veces enfermo. El segundo año de guardería es siempre mejor que el primero y el tercero ya os soléis olvidar de cómo se ponía un termómetro. Así que tened paciencia, el camino a recorrer es largo pero al final llega el verano y los mocos se van para dejarnos descansar durante un par de meses y volvernos a visitar con el inicio de un nuevo año escolar.

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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BONUS: el año pasado en Twitter relatamos minuto a minuto un episodio febril de uno de nuestros hijos. Sin querer dar lecciones nadie, os lo dejamos por aquí por si os apetece leerlo, quizá aprendáis algo de cómo se debe actuar ante la fiebre de un niño a través de la experiencia de un par de pediatras que también son padres.

¿Paracetamol o ibuprofeno?, ¿qué es mejor para mi hijo?

Pastillas

Fuente: Pixabay

Cuando un niño tiene fiebre o le duele algo siempre surge la misma duda: ¿qué será mejor para mi hijo: el paracetamol o el ibuprofeno?. De hecho, hay padres que afirman que a sus hijos el paracetamol “no les hace nada” y siempre optan por el ibuprofeno o al revés.

Cierto es que ambos sirven para calmar el dolor y bajar la fiebre pero presentan algunas diferencias que es bueno conocerlas. En este post os contaremos cuáles son para que podáis elegir uno u otro en función de lo que les pase a vuestro hijo.

¿Qué es el paracetamol?

El paracetamol es el fármaco más empledado a nivel mundial para tratar la fiebre y el dolor. Tiene la ventaja de que puede emplearse a cualquier edad, incluso en recién nacidos.

Tras su administración, empieza a hacer efecto a los 30-60 minutos, consiguiendo un efecto máximo a las 3-4 horas. Si nos fijamos en la fiebre, el paracetamol consigue descender entre 1 y 2ºC de temperatura en la gran mayoría de los niños (por lo que tampoco esperes que tu hijo se quede en 36ºC si partía de 40ºC…) Dependiendo de la dosis administrada, se puede repetir cada 4-6 horas.

A pesar de que es un fármaco muy seguro si se emplea a la dosis correcta, el paracetamol es la primera causa de intoxicación en la edad pediátrica (tanto accidental como voluntaria) por lo que debemos estar muy atentos a qué cantidad le damos a nuestros hijos, ya que sus efectos pueden ser graves.

¿Qué es el ibuprofeno?

El ibuprofeno pertenece al grupo de los llamados antiinflamatorios no esteroideos por lo que, además de bajar la fiebre y calmar el dolor, actúa como antiinflamatorio. A diferencia del paracetamol, su empleo suele reservarse para los mayores de 6 meses de edad.

Los tiempos de acción son similares al paracetamol con un pico en torno a la hora de su administración y un efecto máximo al cabo de 3-4 horas. Su intervalo entre dosis es de 6 a 8 horas.

Los efectos secundarios del ibuprofeno son algo más frecuentes que los del paracetamol aunque suelen ser de carácter leve.

¿Y qué es mejor: paracetamol o ibuprofeno?

La Asociación Española de Pediatría recomienda el paracetamol como primera opción para tratar la fiebre y el dolor. En el caso de que además de estos dos síntomas existiera inflamación, el empleo del ibuprofeno como primera opción estaría justificado.

Aunque existen estudios que han observado que el ibuprofeno es ligeramente superior para bajar la fiebre frente al paracetamol, sin embargo, pocos de ellos valoran la mejoría en el estado general del niño. Por ello, a la hora de elegir un antitérmico en un niño concreto debemos basarnos en la preferencia del niño y si existe o no cierto grado de inflamación asociada.

Por el contrario, en procesos en los que existe un componente importante inflamatorio, como en un esguince o una una otitis, debemos utilizar el ibuprofeno en primer lugar.

¿Y si no le baja, puedo alternarlos?

Cuando un niño tiene fiebre, el objetivo principal de todos lo padres es volver a los 36ºC como si con ello consiguieran que la infección que está provocando el cuadro clínico se solucionara antes. En ese intento, muchos padres se plantean la opción de dar de forma combinada el paracetamol con el ibuprofeno. Sin embargo, tenéis que saber que esto es un error.

El objetivo de tratar la fiebre en los niños es mejorar su estado general. Cuando un niño tiene fiebre suele estar decaído e irritable y por eso, bajarle la temperatura, es lo adecuado para que se encuentre mejor. Por ello no está recomendado alternar paracetamol con ibuprofeno en un intento de bajar a toda costa la fiebre ya que lo que buscamos siempre es mejorar el estado general del niño y no la cifra que nos marca el termómetro. En el caso de que a las 3-4 horas de haberle administrado paracetamol o ibuprofeno el niño continúe con una temperatura mayor de 38ºC y persista decaído, de forma puntual se podría administrar el otro fármaco, pero esto no sería alternarlos como la mayoría de la gente entiende, sería más bien darle un rescate.

Si quieres saber más sobre la alternancia de paracetamol e ibuprofeno puedes consultar este otro post de nuestro blog.

¿Y es mejor darlo en jarabe o comprimidos?

Las dosis en pediatría se calculan por peso y luego se decide, dependiendo de si el niño es capaz de tomar una pastilla, si se administra de una forma u otra. Los jarabes existen porque los niños pequeños no suelen ser capaces de tomarse los comprimidos, en general hasta los 10-12 años, por lo que hasta que llegue ese momento, los padres soléis emplear los jarabes.

Sin embargo, comprimidos y jarabes son equivalentes por lo que no existe un limite de edad para emplear unos u otros, teniendo en cuenta que la dosis siempre debe estar ajustada al peso.

Debido a que una de las causas principales de errores en la administración de este tipo de fármacos se debe a que los padres recuerdan de memoria la última cantidad que le dieron a su hijo de paracetamol o ibuprofeno, de forma deliberada, hemos decidido no incluir en este post las dosis por peso de cada uno de los fármacos para que sea vuestro pediatra el que os indique qué cantidad debéis dar a vuestros hijos en cada momento. Tambien podéis calcular la dosis de uno y otro según el peso y la marca comercial del jarabe en esta calculadora de la Comunidad de Madrid (Link).

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:

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Fuentes:

  • Effectiveness of paracetamol versus ibuprofen administration in febrile children: A systematic literature review (Link).
  • Manual de Intoxicaciones de la SEUP (Link).
  • Pediamecum Paracetamol (Link) e Ibuprofeno (Link).

¿Por qué mi pediatra siempre dice que es un virus?

Pediatra

Fuente: Pixabay

Una de las frases más repetidas cuando los padres salen de la consulta del pediatra y llaman a los abuelos para dar noticias de cómo están los peques es la siguiente: “Nada, lo mismo de siempre, que es un virus…”. Da igual por lo que hayan acudido al médico: diarrea, mocos, fiebre, tos, dolor de garganta, manchitas en la piel…, el diagnóstico (casi) siempre es el mismo: un virus.

Muchos padres dudan de este diagnóstico tan poco preciso, sobre todo cuando malinterpretan que, por ejemplo, tener fiebre alta o el moco verde tiene que deberse a una infección provocada por un microorganismo que necesita antibiótico, es decir a una bacteria.

En el post de hoy queremos contaros por qué casi siempre que un niño tiene una infección es por un virus y por tanto, el tratamiento será analgésicos, antipiréticos y muchos cuidados de mamá y papá mientras dura el proceso.

Empecemos por el principio… ¿qué es una infección?

Un error frecuente que comenten los padres es asociar la palabra “infección” con la necesidad de un tratamiento antibiótico, pero nada más lejos de la realidad.

Las infecciones son aquellas enfermedades que están provocadas por un microorganismo, ya sea éste una bacteria, un virus, un parásito o un hongo. Las dos últimas son poco habituales en pediatría, así que nos quedamos con dos tipos de bichos a tener en cuenta: los virus y las bacterias.

¿Y cómo se tratan los virus y las bacterias?

Por fortuna, las infecciones por virus en individuos sanos (incluidos los niños) no precisan tratamiento para que se resuelvan. Es decir, con un poco de paciencia y un tratamiento sintomático, el sistema inmune hará su trabajo y acabará con ellas en unos días. Por el contrario, la mayoría de las infecciones causadas por bacterias requiere de un tratamiento antibiótico para que sean eliminadas, de tal forma que hasta que no se inicia ese tratamiento el paciente no empieza a mejorar.

Parece que está claro, ¿no?. Si es un virus, tratamiento sintomático. Si es una bacteria, tratamos con antibiótico.

Bueno, vale, ¿y cómo diferencia el pediatra los virus de las bacterias?

Los síntomas y signos de las infecciones por virus y por bacterias son, en muchas ocasiones, muy similares. Aquí es donde entra en juego la probabilidad. Si, si, como lo habéis oído: la probabilidad.

Los pediatras sabemos que la gran mayoría de las infecciones de los niños están provocadas por virus. Al decir la gran mayoría, nos referimos a que cerca del 99% de las infecciones están provocadas por virus. Esto significa que, si no hiciéramos nada acertaríamos casi siempre al decir que lo que le pasa a vuestro hijo se debe a un virus y se va a curar solo.

Sin embargo, ese 1% restante de infecciones, el que está provocado por bacterias, es lo suficientemente importante como para que vuestro pediatra, antes de deciros que lo que le pasa a vuestro hijo es por un virus, haga una buena historia clínica y una exploración física completa en busca de algún dato que le oriente definitivamente a que la infección está provocada por un virus o, por el contrario, todo se debe a una bacteria, lo que conllevaría un tratamiento antibiótico.

En algunas ocasiones encontraremos enfermedades provocadas por virus que tienen nombre propio, los sospechosos habituales a los que nos hemos referido con anterioridad en este blog. Sin embargo, cuando la infección se debe a un virus que no tiene nombre propio, el pediatra acabará diciendo a los padres que la infección que tiene su hijo “se debe a un virus”, así a secas. Sin especificar. Un virus mondo y lirondo.

En esto de la probabilidad hay que hacer una salvedad, los niños más pequeños. En niños con fiebre menores de un mes, la probabilidad de una infección por una bacteria es muchisimo más alta, cercana al 20%. Este porcentaje asciende en los menores de una semana de vida hasta el 40%. Esto justifica que en caso de que un niño menor de 3 meses tenga fiebre sea remitido al hospital para realizar alguna prueba complementaria que arroje luz sobre esa probabilidad con la que trabajamos los pediatras.

¿Y por qué hay virus con nombre propio y otros son virus “a secas”?

El ser humano puede enfermar por muchos virus. Miles de virus podríamos decir. Algunos ejemplos son los enterovirus, el adenovirus, el metaneumovirus, el rotavirus, el virus respiratoria sincitial, el virus de la varicela, el virus del sarampión, el virus del herpes…. y así hasta rellenar una lista interminable.

Como decíamos más arriba, algunos de esos virus darán lugar a una enfermedad concreta reconocible por la historia clínica y la exploración. Por ejemplo, cuando un niño tiene fiebre y manchas en la piel vesiculosas en diferentes estadios hablamos de la varicela, la cual está provocada siempre por el virus de la varicela. Lo mismo ocurre con el herpes labial (sensación de quemazón en el labio con unas lesiones vesiculosas), en este caso, debidas solo al virus del herpes simple. En estos casos en los que la enfermedad es reconocible y tiene nombre propio, vuestro pediatra os dirá tiene tal enfermedad y se debe a este virus.

Sin embargo, la gran mayoría de los virus da lugar a enfermedades inespecíficas, es decir, enfermedades que pueden estar provocadas por muchos virus diferentes. Por ejemplo, fiebre, tos y mocos pueden estar causados por cientos de virus y vuestro pediatra, al hacer el diagnóstico, añadirá la mítica coletilla a la que nos referíamos al principio: “parece un catarro, será por un virus”.

En ocasiones la cosa cambia y al final, lo que al principio parecía un virus, acaba siendo una infección por una bacteria…

Muchos estaréis pensando que en alguna ocasión os han dicho que al principio la infección se debe a un virus pero con el paso de los días, el diagnóstico cambia y al final os dicen que no, que se debe a una bacteria y que hay que dar un antibiótico al niño.

Esto no significa que el pediatra que os vio al principio sea un mal profesional que no supo reconocer que vuestro hijo necesitaba antibiótico. Nada más lejos de la realidad. Lo que pasa es que las enfermedades de los niños no son fotos fijas con las que podemos acertar el 100% de lo que les pasa a vuestros hijos en la primera visita. Como me gusta decir, las enfermedades de los niños son películas y hay que verlas hasta el final para saber si la que empezaba como una película de indios y vaqueros acaba como tal o, por el contrario, se convierte en una película romántica.

Os pongo un ejemplo. Volvamos al niño con fiebre, tos y mocos. Asumamos que la exploración en el primer día de la fiebre es normal y en la historia no destaca nada especial. Lo probable es que se deba a un virus cualquiera que está provocando un simple catarro. Sin embargo, con el paso de los días, la fiebre persiste y al acudir de nuevo al pediatra, este escucha unos ruidos en el pecho y os acaba diagnosticando al niño de una neumonía, con la consecuente necesidad de iniciar un tratamiento antibiótico. Esto no significa que el diagnóstico inicial no fuera certero, significa que los síntomas iniciales de un catarro y una neumonía son iguales en la gran mayoría de los casos. Aplicando la “regla” de la probabilidad que os expliqué antes, lo prudente en la primera visita es diagnosticar al niño de un virus y seguir su evolución. En este caso, la película cambia y el paso de los días arroja nueva información que hacer cambiar el diagnóstico hacia el de nuemonía.

De todo esto se desprende una moraleja, a pesar de que lo másfrecuente cuando un niño tiene una infección es que esté provocada por un virus, debemos estar ojo avizor por si la cosa cambia y pasamos a ese pequeño porcentaje de infecciones que requieren antibiótico.


Para acabar, recuerda siempre los signos de alarma para acudir al médico incluso aunque te hayan dicho que la infección de tu hijo se debe a un virus: mal estado general, dificultad respiratoria, manchas en la piel, decaimiento, vómitos que impiden tomar líquidos…

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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¿Cuál es el mejor termómetro para medir la fiebre en los niños?

Termómetro

Fuente: Pixabay

Si preguntáramos a las abuelas, seguramente nos contestarían que “como los termómetros de mercurio… no hay ninguno”. Y no les falta razón. Sin embargo, desde hace años está prohibida su venta y comercialización, así que, a no ser que tengáis guardado a buen recaudo uno por casa de cuando erais pequeños, es muy probable que os hayáis planteado cuál es el mejor termómetro para tener en casa y medir la fiebre a vuestros hijos cuando se encuentren enfermos.

Esto se debe a que el mercurio es un metal tóxico, sobre todo cuando se inhalan sus vapores. El mercurio elemental es líquido a temperatura ambiente y es el que se encuentra dentro de los termómetros. No es tóxico si se toca o se ingiere pero se evapora con facilidad. Por tanto, cuando un termómetro de mercurio se rompe, cabe la posibilidad de que se inhalen los gases que se producen al evaporarse y de ahí vendría la toxicidad…

Por tanto, parece razonable buscar una alternativa a los termómetros de mercurio, por un lado por su peligro potencial y por otro porque ya no se venden.

En este post encontraéis una revisión de las diferentes opciones disponibles para medir la fiebre de vuestros hijos.

El termómetro de mercurio, un viejo termómetro muy fiable

Como dijimos al principio, ya no están en venta. Sin embargo, se considera que los termómetros de mercurio dan una medición muy fiable de la temperatura corporal. Muchos estudios antiguos demostraron que la medición de la temperatura axilar o rectal con este tipo de termómetros se correlacionaba muy bien con la temperatura central del cuerpo (que es la que realmente importa a los médicos) y por eso eran empleados en la practica habitual para medir la fiebre de los niños.

A pesar de lo útiles que han sido durante tantos años, los termómetros de mercurio se rompen con facilidad al ser de cristal, liberando el metal líquido de su interior y pudiendo producir la toxicidad a la que nos referíamos.

Debido a su fiabilidad, los nuevos tipos de termómetros se comparan con los de Mercurio, ya que se considera el estándar de medición de temperatura corporal.

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Termómetro de mercurio, el poder de lo antiguo

El termómetro digital, la simplicidad al poder

Los termómetros digitales son una de las opciones para sustituir a los viejos termómetros de mercurio. Son aptos para medir la fiebre a nivel axilar, sublingual y rectal. Su mecanismo se basa en un detector metálico en la punta que se calienta al contacto con la piel del cuerpo, dándonos la lectura al cabo de unos segundos en una pantalla digital.

Estos termómetros dan una aceptable correlación con los de mercurio. Sin embargo, en ocasiones fallan, pudiendo variar hasta dos grados con la temperatura real del cuerpo. Un problema frecuente es que algunos pitan muy rápido sin que de tiempo a que detecten todo lo caliente que está el niño, pero si dejas el termómetro un poco tras el pitido acaba subiendo algunas décimas hasta la temperatura real.

Aun con todo, son termómetros fiables y baratos, ya que su precio suele rondar los 5€. En nuestra experiencia, son útiles incluso en niños pequeños, y muchos de ellos tiene la punta flexible para que sea más cómodo colocarlos. Otra ventaja es que son pequeños y se transportan con facilidad.

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Termómetro digital, lectura rápida y mediciones fiables

El termómetro del oído, lo moderno no siempre es mejor

Los grandes avances de la tecnología se han ido aplicando poco a poco a los dispositivos médicos de uso domiciliario, y los termómetros es un buen ejemplo. Sin embargo, también son un buen ejemplo de que algo con “más tecnología” no tiene por qué ser mejor.

Los termómetros del oído funcionan gracias a la medición de la energía infrarroja emitida por el tímpano, la cual varía en función de la temperatura corporal. El dispositivo, mediante una formula matemática, nos dará el equivalente en grados centígrados de la temperatura del niño.

Tienen de cómodo que la lectura de la medición se hace en muy pocos segundos, sin embargo, la correlación con la medición real puede variar hasta casi un grado -tanto por encima como por debajo- de la temperatura real del cuerpo. A esto hay que sumar que en los niños pequeños, en general por debajo de los 3 años, es difícil colocarlo en posición correcta debido a que el oído de los niños pequeños es estrecho y no queda colocado a la distancia correcta del tímpano dando lecturas de temperatura más bajas de las reales.

Son termómetros caros, con un precio que oscila entre 25 y 50€, lo que unido a lo anterior no hacen del termómetro de oído la mejor opción para tener en casa.

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Termómetro de oído por infrarrojos, alto precio y poco fiable en niños pequeños.

El termómetro infrarrojos de la frente, una opción cara en desarrollo

En los últimos años han aparecido los termómetro de frente. Miden la temperatura a través de la energía infrarroja emitida cerca de la zona de la sien para estimar la fiebre. Estudios recientes muestran que se correlaciona de manera razonable con la temperatura corporal real. Tienen forma de pistola que se apunta a la sien y tras unos segundos tendremos la medición en una pantallita. Son termómetros cómodos y fáciles de utilizar en niños.

Como pasaba con el termómetro de oído, son caros. Su precio varía entre los 30 y 50€, por lo que hay que valorar si realmente merece la pena comprarse uno de éstos.

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Termómetro de frente, una opción cara de reciente aparición.

El termómetro de galio, la vuelta a los orígenes

Tras la prohibición de los termómetros de mercurio, la industria ha buscado un sustituto que midiera de manera fiable la temperatura corporal, y parece que con los termómetros de galio lo han conseguido.

Para ser justos deberíamos decir que son termómetros de Galistán, una aleación entre galio, indio y estaño que es líquida a temperatura ambiente. Estos tres metales presentan muy baja toxicidad, lo que los convierte en un excelente material que no supondría un peligro en caso de entrar en contacto con una persona.

Su “tecnología” es idéntica a la de los termómetros de mercurio. Al calentarse el Galistán corre por el termómetro de cristal dando una lectura de temperatura en unos 5 minutos en una escala numérica. Como ya hemos dicho, la gran mayoría de los estudios realizados muestran una buena correlación comparados con las mediciones de los termómetros de mercurio.

Otra ventaja es que tienen un precio muy razonable que oscila entre los 5 y 10€, lo que les convierte en una muy buena opción para tener en casa. Como inconvenientes destacamos que son frágiles al ser de cristal y que, como hemos dicho, requieren de varios minutos hasta que terminan de subir. Además, muchas personas encuentran dificultades para volver a ponerlo a cero.

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Termómetro de galio, similares a los de mercurio pero sin toxicidad.

El tacto, un elemento de medida fiable

Por último, no debemos minusvalorar el poder de los padres a la hora de detectar fiebre en sus hijos. Más de un estudio ha demostrado que aciertan de manera razonable en una gran mayoría de los casos. Por ejemplo, un estudio (link) encontró que el 84% de ellos eran capaces de reconocer cuando sus hijos tenían fiebre así como un 76% acertaba al decir que no la tenían.


En nuestra opinión de padres, la mayoría de los termómetros digitales que hemos tenido en casa han funcionado de forma adecuada. Por el contrario, los termómetros de última tecnología nos parecen caros y un “cacharro” que no por ser más moderno es mejor. Seguro que los termómetros de galio son fantásticos, pero nos cuesta imaginar a un niño quieto 5 minutos con un termómetro en la axila

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Fuentes:

Once cosas que (quizá) no sabías de la fiebre

Termómetro

Fuente: Pixabay

La fiebre es un síntoma frecuente cuando un niño tiene una infección. A pesar de que la fiebre no causa ningún daño, los padres con niños pequeños suelen preocuparse acudiendo en muchas ocasiones a los primeros atisbos de aumento de temperatura. De hecho, representa el 70-80% de los motivos de consulta en los Servicios de Urgencia de Pediatría.

Esperamos que con este post aprendas algo sobre este síntoma tan frecuente. Es de vital importancia que los padres conozcan qué es la fiebre y cómo manejarla para poder afrontar con seguridad el cuidado de sus hijos mientras están enfermos.

  1. La fiebre es la elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC. Si se mantiene entre 37-38ºC se llama febrícula.
  2. La fiebre es igual para todos. Da igual que tu hijo sea de “temperatura baja”, la fiebre sigue siendo a partir de 38ºC.
  3. La fiebre es parte de la respuesta que se produce durante una infección cuando las células del cuerpo que nos defienden contra ellas producen unas moléculas que dan la orden al cuerpo humano de elevar la temperatura. Esas infecciones pueden estar provocadas por virus (lo más frecuente) o por bacterias.
  4. Que la fiebre sea muy alta no orienta hacia la gravedad de la infección ni la necesidad de iniciar un tratamiento antibiótico. Los virus también pueden cursar con “fiebre alta”, por ejemplo la gripe suele acompañarse de fiebre de 40ºC durante varios días. De forma similar, hay infecciones muy graves causadas por bacterias que solo producen 38ºC de fiebre.
  5. Es muy frecuente, sobre todo en niños menores de 3 años, que la fiebre no se acompañe de otros síntomas durante los primeros días de la infección. Es a lo que los pediatras denominamos “fiebre sin foco” y en ocasiones os decimos frases como “todavía no se le ve nada”. Por eso, si el niño se encuentra bien y no tiene síntomas de gravedad, es mejor esperar un par de días antes de ir al médico.
  6. La fiebre no causa daño ni es peligrosa, aunque provoca malestar y disconfort. El objetivo al tratarla es mejorar el estado general del niño y que se encuentre mejor. Un pequeño porcentaje de niños (3-5%) pueden presentar convulsiones con la fiebre, éstas son de carácter benigno.
  7. El grado de respuesta de la fiebre a un antitérmico tampoco da pistas sobre si la causa de la infección es un virus o una bacteria.
  8. No se aconseja alternar paracetamol con ibuprofeno si un niño tiene fiebre.
  9. Si tu hijo tiene fiebre es conveniente que le quites algo de ropa, le administres un antitérmico y está incómodo y que le ofrezcas frecuentemente líquidos para que no se deshidrate.
  10. En caso de que tu hijo tenga fiebre y sea menor de 3 meses debes acudir al hospital. También aquellos con malestar general, dificultad respiratoria o manchas en la piel.
  11.  Es prudente que los niños con fiebre no acudan al colegio/guardería y se queden en casa hasta que hayan mejorado.

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:


Para terminar te dejamos con uno de nuestros #Pediconsejos para que sepas comó actuar cuando tu hijo tenga fiebre.

sI TU HIJO TIENE FIEBRE

¿Debo alternar Paracetamol con Ibuprofeno? La respuesta es No

Termómetro

Fuente: Pixabay

No, esa es la respuesta. Rotundamente No. Lo sentimos si esto te parece un spoiler de lo que vas a leer a continuación, pero por si solo tienes unos segundos para echar un vistazo a esta entrada queríamos dejártelo claro, pero si realmente quieres saber el porqué de esta respuesta lee hasta el final del post.

Cuando inauguramos este blog hace unos meses lo hicimos con una entrada que se titulaba “Mi hijo tiene fiebre, ¿y ahora qué?”. En esa entrada os dábamos consejo sobre qué cosas podías hacer cuando vuestros hijos tuvieran fiebre y qué debías vigilar para saber cuándo acudir a ver al pediatra. También escribimos un post de nuestras sección Mitos y Leyendas sobre las Convulsiones Febriles en las que exponíamos, entre otras cosas, que la fiebre no hace daño al cerebro.

Sin embargo, una de las preguntas que más nos hacen los p/madres en la consulta es si deben alternar Paracetamol con Ibuprofeno mientras sus hijos tiene fiebre. Para poder dar respuesta a esta pregunta nos debemos plantear antes una serie de cuestiones y dar algunas explicaciones. A ver si conseguimos convencerte.

¿Qué es la fiebre?

La elevación de la temperatura corporal por encima de 38ºC es lo que los pediatras denominamos fiebre. Si la temperatura se mantiene entre 37-38ºC lo llamamos febrícula.

Esta elevación de la temperatura ocurre cuando los leucocitos (células de la sangre que nos defienden de las infecciones) actúan contra algún microorganismo (virus o bacterias). Estas células secretan a la sangre una serie de moléculas las cuáles dan la orden al cuerpo humano de elevar la temperatura.

Por tanto, la fiebre es una respuesta fisiológica que ocurre normalmente durante una infección. Un síntoma más como los mocos de un catarro o la diarrea de una gastroenteritis.

Y entonces, ¿para qué sirve la fiebre?

La elevación de la temperatura tiene un papel en la defensa de las infecciones ya que ayuda a destruir a los microbios que los provocan.

La fiebre además desencadena una serie de respuestas en el cuerpo de los niños como que el corazón lata más rápido, el niño respire a más velocidad o presenten dolor de cabeza y muscular. Todos estos cambios no tienen trascendencia en un niño sano pero provocan disconfort e incomodidad.

Por tanto, ¿cuál es el objetivo al tratar la fiebre?

Después de lo que has leído esperamos que haya quedado claro que la fiebre no provoca daño a los niños (ni en su cerebro ni de ninguna otra forma) y, parece evidente, que el tratamiento debe ir encaminado a mejorar el malestar que provoca.

Es decir, cuando administramos un antitérmico (medicina para la fiebre) lo hacemos con el objetivo de que nuestros hijos se encuentren mejor, si además desciende la temperatura pues fantástico, pero lo importante es observar como el niño se espabila, vuelve a comer y retoma el juego.

¿Cuándo debo dar un antitérmico a mi hijo?

La administración de un jarabe a un niño para tratar la fiebre debe hacerse de forma individualizada. Habrá niños que con 38ºC solo quieran estar en brazos de sus padres y otros que seguirán corriendo por el salón. En el primero la indicación para administrar la medicación es obligada mientras que en el segundo niño podríamos esperar.

A medida que la temperatura de la fiebre asciende es más probable que el estado general del niño empeore, lo que casi garantiza que haya que darle algo al niño para que se encuentre mejor.

Por tanto, lo que te debe importar para decidir si le administras un antitérmico a tu hijo es el estado general y no el grado de temperatura de la fiebre.

Y qué es mejor ¿Paracetamol o Ibuprofeno?

Pues ni uno ni otro, simplemente son diferentes aunque sirvan para lo mismo.

El Paracetamol es antitérmico y analgésico y puede repetirse cada 4-6 horas. El 80% de los niños a los que se les da un jarabe de paracemol reducen su temperatura en 1 o 2ºC. Sus efecto se suele empezar a notar a los 30-60 minutos con un máximo de acción a las 3-4 horas.

El Ibuprofeno, además de antitérmico y analgésico, es antiiflamatorio. Se puede repetir cada 6-8 horas, y al igual que el paracetamol, desciende la temperatura corporal 1-2ºC a los 60 minutos con un máximo de acción a las 3-4 horas.

La mayoría de las asociaciones de pediatría (la americana, la española…) recomiendan el empleo de paracetamol como primera opción para tratar la fiebre. Sin embargo, puede estar justificado utilizar el ibuprofeno en algunos casos como primera opción (sobre todo cuando se busca además un efecto antiinflamatorio).

Ambos fármacos tienen efectos secundarios aunque son raros. La mayoría de estos efectos no deseados están relacionados con un mal ajuste de la dosis al peso del niño o por un error al administrárselo. Por ello debes pedir a tu pediatra que te especifique qué dosis debes dar a tu hijo y con qué intervalo.

¿Y cómo sé si estás medicinas están siendo efectivas?

Como has podido entender, el objetivo de los antipiréticos es que los niños se encuentren mejor. Ten en cuenta que estas medicinas no las damos para que el niño se cure de la gastroenteritis o de la otitis, sino que se las damos para que mientras la enfermedad se cura (unas veces con antibiótico y otras no) lo pasen lo mejor posible. Por tanto, lo que debes hacer es vigilar su nivel de actividad (si vuelve a jugar, si te pide salir a dar un paseo), la cantidad de líquidos que toman y otros signos asociados a enfermedades más graves (manchas en la piel, letargia, dificultad respiratoria…).

Es frecuente que muchos padres nos enseñen un papel donde han ido apuntando la temperatura de sus hijos tras un antitérmico cada 15-20 minutos. Los pediatras a eso no le damos importancia, en serio, no lo miramos, porque sabemos que la respuesta de la fiebre a estas medicinas no nos da pistas sobre qué microorganismo las provoca o si la infección que tiene el niño es más o menos grave. Repetimos, el estado general es lo más importante.

Y por fin, ¿por qué no debo alternar Paracetamol con Ibuprofeno?

No existe ningún estudio que haya demostrado que dar primero paracetamol y 3-4 horas después ibuprofeno mejore el control de la fiebre en los niños. Teniendo esto en cuenta y basándonos en que lo importante es que el estado general del niño mejore, no tiene sentido estar dando a nuestros hijos primero paracetamol y después ibuprofeno. Lo suyo es elegir uno de los dos y cada 6 horas (siempre que la fiebre le vuelva a subir y el niño vuelva a estar incómodo) darle el mismo.

Algunos autores recomiendan que de forma puntual (es decir, no habitualmente) y en el caso de que 3-4 horas después de haber dado paracetamol o ibuprofeno y el niño siga con fiebre y siga estando incómodo, se puede administrar el otro con el objetivo de que el niño se encuentre mejor. Es lo que a nosotros nos gusta llamar “un rescate”, que nada tiene que ver con estar alternando antitérmicos. En el momento en el que la fiebre se controle, lo indicado sería seguir con solo paracetamol cada 6 horas o solo ibuprofeno cada 6 horas mientras dure la fiebre.


Esperamos que después de todo lo que habéis leído comprendáis mejor porqué se produce la fiebre y cuál es el objetivo al tratarla. Entender que la fiebre no es mala, que solo es incómoda y un síntoma más de una infección, nos dará la seguridad suficiente para saber que eso de alternar paracetamol-ibuprofeno no tiene ningún sentido. Te dejamos en este link la hoja de padres de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría con consejos sobre la fiebre y en este otro link el decálogo sobre la fiebre de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria.

Por último, si en alguna ocasión necesitas calcular la dosis de antitérmico de tu hijo porque ha cambiado de peso puedes entrar en este Link en el que encontrarás una calculadora. Esa herramienta ha sido desarrollada por pediatras y puedes confiar en su uso.

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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NOTA: la información que has leído en este post esta extraída de la última actualización del UpToDate del tema Fever in infants: Pathophysiology and management. Esta plataforma on-line actualiza sus contenidos de forma frecuente en base a las nuevas evidencias científicas.

Convulsiones febriles: mitos y leyendas

Termómetro

Fuente: Pixabay

Las convulsiones febriles son una preocupación habitual de los padres de niños pequeños. Sin embargo, sobre esta patología hay mucho desconocimiento lo que potencia la angustia paterna cuando alguno de sus hijos tiene fiebre.

Hace unos días revisamos la gastroenteritis aguda a través de sus mitos y leyendas, hoy retomamos la sección analizando las convulsiones febriles.

1. Si mi hijo tiene fiebre hay que bajársela a toda costa para que no convulsione. FALSO

La fiebre es un síntoma frecuente de las infecciones. Es incómoda, aunque los niños la toleran mejor que los adultos. Éste es el motivo por el que hay que tratar la fiebre, para que los pacientes se encuentren mejor y no para que no convulsionen.

2. Las convulsiones se producen si la fiebre es muy alta. FALSO

Tanto el incremento como el descenso brusco de la temperatura es el factor desencadenante más importante de las convulsiones febriles. En ocasiones, la convulsión se produce incluso antes de que aparezca la fiebre y en más de la mitad de los niños suele producirse en las primeras 24 horas del proceso febril.

3. Todos los niños pueden tener convulsiones con fiebre. VERDADERO

Las convulsiones febriles son una respuesta del cerebro al cambio a la temperatura corporal (fiebre) y la pueden presentar todos los niños pequeños entre los 6 meses y los 5 años de edad. Sin embargo, hay cierta agrupación familiar lo que pone de manifiesto que algunos niños con bases genéticas concretas las padezcan de forma más frecuente.

4. Las convulsiones febriles son raras. FALSO

Se calcula que hasta el 5% de los niños presentan convulsiones febriles por lo que no se pueden considerar una enfermedad rara. Además, un tercio de los niños que han tenido una convulsión febril tendrán alguna más durante la infancia.

5. Las convulsiones febriles ocurren en infecciones graves. FALSO

La gravedad de la infección no está relacionado con las convulsiones febriles. De hecho es más frecuente que las convulsiones se produzcan en procesos banales como catarros o gastroentroenteritis.

6. Si mi hijo esta convulsionando tengo que sacarle la lengua para que no se la trague. FALSO

Las convulsiones febriles suelen ser tónico-clónicas, es decir con movimientos o sacudidas del cuerpo, junto con pérdida de conocimiento. Durante una convulsión lo mejor es poner al niño de lado, que es como respira mejor, y no introducir nada en su boca ya que podría mordernos. Recordar que la lengua no se traga pese a las falsas creencias que hay al respecto.

7. Si empieza una convulsión con fiebre tengo que salir corriendo al hospital. FALSO

Las convulsiones febriles son breves, suelen durar menos de 2 minutos. Lo que esta indicado en poner al niño de lado y en caso de que no ceda llamar a los servicios de emergencia. Salir de casa corriendo con un niño convulsionando es una imprudencia. Una vez que la convulsión cede el niño suele quedarse dormido durante un tiempo, éste es el momento de acudir al hospital para que los pediatras comprueben que la recuperación tras el episodio es la adecuada.

8. Las convulsiones febriles hay que pararlas a toda costa. FALSO

Como ya hemos dicho este tipo de convulsiones suelen ceder en menos de dos minutos. En algunos casos se prolongan más de ese tiempo y estaría indicado administrar una Benzodiazepina como primer tratamiento para parar la crisis. En domicilio suele utilizarse la vía rectal, pero suele reservarse su administración al personal de Emergencias o a padre con hijos que ya han tenido más episodios.

9. Si mi hijo tiene una convulsiónfebril tengo que ir siempre a Urgencias. FALSO.

Cuando no es la primera vez que un niño convulsiona con fiebre los padres aprenden que es lo que tienen que hacer y vigilar, por eso no siempre está indicado acudir a Urgencias. Sin embargo, la visita a Urgencias es necesaria en caso de ser el primer episodio, cuando los padres no sepan que hacer o vigilar o cuando, ya sea por la fiebre o por la convulsión, el niño esté diferente a cuando le ha ocurrido otras veces o se repite en varias ocasiones.

10. Si mi hijo tiene una convulsión febril tiene que quedarse ingresado en el hospital. FALSO

Las convulsiones febriles son un proceso benigno y autolimitado. Lo normal es dejar al niño en observación en Urgencias durante unas horas para ver que se recupera con normalidad y darle de alta a domicilio. En algunas ocasión tras una convulsión febril el ingreso está indicado: convulsión prolongada, dos convulsiones en menos de 24 horas, convulsiones complejas, ansiedad familiar importante…, pero hay que individualizar en todos los casos.

11. Si mi hijo ha tenido una convulsión febril seguro que tendrá epilepsia de mayor. FALSO

Reiteramos, las convulsiones febriles son un proceso benigno. La mayoría de las veces solo ocurren una vez en la vida del niño y en el caso de que se repitan durante la infancia suelen desaparecer antes de los 5 años de edad. Sin embargo, la incidencia de epilepsia (enfermedad neurológica que da lugar a convulsiones sin fiebre) en estos niños es algo mayor (un 2% comparado con un 1% de la población general). Pese a ello, no es necesario que un niño con una crisis febril típica sea derivado al neurólogo de forma rutinaria.

12. Las convulsiones febriles provocan daño en el cerebro. FALSO

De nuevo, las convulsiones febriles son un proceso benigno. No provocan daño en el cerebro ni problemas neurológicos. Estos pacientes son  niños sanos que pueden seguir una vida normal.


En resumen, las convulsiones febriles generan mucha ansiedad y miedo en los padres sin embargo son procesos benignos que ceden en pocos minutos y no suelen repetirse. Os dejamos aquí el Link de la hoja de información para padres sobre la convulsión febril de la Sociedad Española de Urgencias Pediátricas (SEUP).

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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