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¿Cuánto medirá mi hijo cuando sea mayor?

Si hiciéramos una encuesta a los padres y a las madres que acaban de tener un hijo sobre qué preferirían que fuera su hijo, si alto o bajo, estamos seguros de que la gran mayoría responderían que prefieren que sus hijos sean altos. La verdad es que vivimos en una sociedad en la que el estándar de belleza nos dice que las personas con más altura son más atractivas y, por qué no, con más éxito en la vida. Lo vemos a diario en los anuncios de la tele en donde los modelos, tanto femeninos como masculinos, no es que sean precisamente bajitos. Y no solo eso, para la gran mayoría de los deportistas de alta competición, otro modelo de vida al que muchos miran como algo deseable, ser alto parece una ventaja. En consulta esto se traduce en padres y madres llenos de orgullo cuando les comentas que su hijo tiene un percentil alto de talla.

Sin embargo, si observamos a nuestro alrededor podemos encontrar fácilmente tanto a personas que apenas pasan del metro cincuenta como a los que llegan a los dos metros, y no por ello son mejores ni peores. Y por otro lado, en España la talla media de un adulto varón es de 174 cm y de 163 cm para las mujeres, algo por debajo de la media europea, lo que nos viene a decir que no es que seamos una sociedad de gigantes.

Pero, ¿podemos predecir cuánto medirá un niño cuando se haga mayor? Pues la verdad es que sí, y con un alto porcentaje de acierto. Vamos a verlo con calma.

¿Qué determina la talla de un niño?

La gran mayoría de los niños al nacer miden entorno a los 50 cm. Algunos con un par de centímetros menos o con alguno de más, pero lo cierto es que la longitud de un recién nacido es bastante predecible alrededor del medio metro. Esto se debe a que el tamaño de un bebé al nacer depende sobre todo de cómo se desarrolló el embarazo, es decir, si la madre recibió una nutrición adecuada, si ha tenido alguna enfermedad o si la placenta no presenta ninguna alteración, mientras que la influencia de los genes de los padres es prácticamente nula. Si durante esos nueve meses todo transcurre con normalidad, lo habitual es que el futuro bebé crezca hasta el tamaño que le permite el útero materno dando lugar a un recién nacido de talla estándar. Es decir, durante el embarazo el crecimiento del feto está influenciado por su entorno y no por lo genética que le han transmitido los padres.

Durante los primeros años de vida una nutrición adecuada es el factor más influyente para el crecimiento del niño. En ausencia de enfermedades, podemos afirmar que un niño que come sano y saludable irá creciendo sin mayores problemas. Además, la hormona de crecimiento -la cual no tenía influencia en el crecimiento fetal- irá tomando un mayor papel y será el estímulo principal del crecimiento del niño. De esta forma, entre el 2º y 3er año de vida ocurrirá lo que se conoce como “canalización” del crecimiento, es decir, independientemente de lo que midieran al nacer, cada niño se situará en un determinado percentil en función de la talla de sus progenitores y del propio ritmo de desarrollo. De hecho, al cumplir los tres años, la correlación entre el perecentil de altura por el que discurre el niño y el percentil de talla de sus padres es muy similar.

A partir de esta edad y una vez que el niño se coloca en el percentil que le toca tras la “canalización” que hemos comentado, lo normal es que siga creciendo por él hasta llegar a la pubertad. Durante esos 10-12 años el crecimiento del niño está muy influenciado por su genotipo, es decir, los genes que ha heredado de sus padres y que le programan para tener una talla concreta. Por ese motivo, los hijos de padres altos suelen ser los más altos de la clase, mientras que los que nacieron de padres con poca altura suelen ser los chiquitajos de su aula. Durante este periodo la hormona de crecimiento es el estímulo principal para el crecimiento.

Al llegar a la pubertad ocurre lo que se conoce como “estirón puberal”, o lo que es lo mismo, una aceleración en la velocidad de crecimiento. Esto provoca que en dos o tres año el niño gane altura a una velocidad mayor que lo que venía haciendo anteriormente. Este periodo esta dirigido por la hormona de crecimiento, pero también por los esteroides sexuales propios de la pubertad. Como sucedía en el periodo anterior, los genes de los padres también tienen una influencia muy importante durante este periodo.

Una vez finalizada la pubertad tanto los niños como las niñas crecen muy pocos centímetros más, alcanzando la que será su talla adulta para el resto de su vida. Si os habéis fijado bien, salvo durante la etapa fetal y la primera infancia, los genes de los padres son lo que más influye en que un niño alcance tal o cual altura. Esto nos permite a los médicos predecir con cierta aproximación cuánto medirá un niño cuando se haga mayor siempre y cuando se den condiciones ideales de salud (ausencia de enfermedades y nutrición adecuada). Es lo que se conoce como talla diana familia

El cálculo de la talla diana

Como habéis podido leer la altura de los padres es uno de los determinantes más importantes para la talla de sus hijos. Esa información se trasmite en muchos genes de tal forma que el niño esta programado para crecer hasta cierta estatura. Hay muchas formas de hacer esa predicción, pero la más sencilla de todas es a través de lo que se conoce como talla media parental, cálculo que todos podéis hacer mediante una simple operación matemática: basta con sumar la altura del padre y de la madre y dividirla entre dos.

Una vez que hemos obtenido este resultado, para obtener la talla diana habría que añadir 6,5 cm para los niños y restar 6,5 cm para las niñas. Os lo dejamos de forma más gráfica aquí abajo.

Por último, y una vez finalizado el crecimiento, se considera que ese niño o niña ha cumplido las expectativas de talla cuando su talla adulta esta cinco centímetro por encima o por debajo de la talla diana.

Antes de que empecéis a sacar la calcadora para predecir la talla futura de vuestros hijos cual mago de bola de cristal… hay una cosa que debéis tener en cuenta. Cuando los padres se llevan más de 20 cm de altura entre ellos, el cálculo de la talla diana falla más que una escopeta de feria. En estos casos en los que uno de los progenitores es mucho más bajito que el otro suele pasar que el hijo que tienen en común se parezca a uno de los dos: que sea alto o que sea bajo. Esto se debe a que la genética heredada de uno de los progenitores influye más que la del otro.

¿Y qué pasa si mi hijo es más bajito de lo esperado?

Lo de calcular cuánto medirá tu hijo cuando sea mayor es muy molón: “Pues mi Manolito es muy probable que llegue a medir cerca de un metro ochenta…” y bla, bla, bla… Más allá de lo interesante que puede ser hacerte una idea de cuanto medirá tu hijo cuando se haga mayor, esto de la talla diana es una de las cosas fundamentales que valoramos los pediatras en las consultas de atención primaria.

Desde luego que hay niños que son altos y otros que son bajos, pero lo que hace que se nos encienda una luz a los pediatras es un niño bajito (aunque crezca a una velocidad normal) con unos padres altos. En estos casos, calcular bien la talla diana familiar (midiendo a los padres en la consulta) y hacer una comparación de la talla futura con la actual nos puede poner sobre la pista de que algo esta pasando, es decir, enfermedades que afectan al crecimiento. O al revés, si creemos que un niño es más bajito de lo normal, merece la pena medir a los padres para comprobar si su talla está acorde con la genética que le han transmitido sus progenitores.

En cualquier caso, esa comparación de la talla de un niño con lo que debería medir de mayor no debería hacerse antes de los 2 o 3 años que , como recordareis, es el momento en el que realizan la canalización hacia el percentil por el que crecen el resto de la infancia. De todas formas, un niño con una altura menor de lo esperado por lo que marca la genética de sus padres debe ser valorado por el endocrino pediátrico para analizar qué puede estar pasando.


En resumen, tras el nacimiento, la genética de los progenitores es el factor más influyente para determinar la altura de los niños, siempre y cuando no aparezcan enfermedades crónicas y el niño esté bien nutrido. Mediante la talla media parental podemos calcular de forma sencilla las expectativas de talla de un niño desde la altura de sus padres. En el caso de que el percentil de talla de un niño no sea similar al percentil de talla de su talla diana debemos investigar qué puede estar pasando.

Bibliografía:

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¿Crecen los niños cuando tienen fiebre?

¿Cuántas veces habéis oído decir que vuestros hijos han pegado un estirón con la última fiebre que han tenido? Estoy convencido que muchas. No en vano, esta asociación pertenece a uno de los grandes mitos de la salud infantil. Sin embargo, este en concreto es un mito que tiene algo de realidad, al menos si nos basamos en la fisiología humana.

Vamos a ver si puedo contaros de forma sencilla en qué se basa esta teoría. Así, cuando estéis en el parque con los niños y algún padre resabidillo suelte que vuestro Manolito está muy alto desde la última vez que lo vio y que seguro que ha sido por la fiebre del catarro del otro día, podáis soltarle un discurso explicándole en qué se sustenta esta teoría.

La Hormona de Crecimiento: la gran culpable

Antes de empezar hay que repasar un poco para qué sirve la hormona de crecimiento. Seguro que estáis pensando que para crecer, y no os falta parte de razón, pero esta no es su única función.

La hormona de crecimiento (GH) es una hormona que se secreta en la hipófisis, un trocito de cerebro en donde se producen una gran cantidad de hormonas que controlan el sistema endocrino de nuestro cuerpo. A diferencia de lo que cree mucha gente, esta hormona se secreta durante toda la vida y no solo durante la infancia.

Sus funciones son muy variadas, por ejemplo, da lugar a la síntesis de proteínas, aumenta la glucosa en sangre o quema grasa de los depósitos del cuerpo para que en el torrente sanguíneo haya más ácidos grasos que sirvan de combustible para las células del cuerpo. Pero entre todas sus funciones, el crecimiento lineal, es decir, a lo largo, de los huesos del cuerpo, es quizá la más conocido.

Esta hormona es la responsable de que los niños ganen altura, ya que, mientras los cartílagos de los huesos del cuerpo sigan abiertos, seguirán creciendo. Ese cierre ocurre al final de la pubertad, momento en el que las personas adquirimos nuestra talla final que nos acompañará para el resto de nuestra vida.

¿Cuándo se secreta la hormona de crecimiento?

Esta hormona se secreta de forma muy particular ya que lo hace en pulsos, sobre todo durante la noche. Es decir, sus niveles en sangre no son continuos, estando más elevados mientras dormimos.

No creo que haga falta explicaros que cuando un niño está enfermo duerme más horas de lo que hace habitualmente, incluso realizan alguna que otra siesta a lo largo del día cuando antes no lo hacían. Esto ocurre porque uno de los efectos de las citoquinas, unas moléculas que secretan las glóbulos blancos para defendernos de las infecciones, es que producen sueño.

Esto de que los niños duerman más cuando están malitos es la primera teoría que intentaría explicar por qué los niños crecen mientras están enfermos.

¿Crecemos porque tenemos fiebre o tenemos fiebre porque crecemos?

Pero además, hay una serie de factores que hacen que la GH se secreta en mayor medida de lo esperado, como por ejemplo el ejercicio, un traumatismo, una enfermedad aguda, el estrés físico o un proceso febril.

La infancia es la época de la vida en la que más infecciones padecemos, muchas de ellas asociadas a fiebre. Si a esto unimos que los niños, a diferencia de los adultos, tienen todavía la capacidad de crecer, parece que tiene sentido que los niños peguen un estirón en estas circunstancias.

¿Pero esto es verdad o es solo una explicación molona a lo de la fiebre y el estirón?

Como decía al principio, que los niños crezcan cuando tienen fiebre es un mito o una leyenda arraigada en el imaginario popular desde hace montones de años. Por desgracia no existe ningún estudio que haya demostrado que después de un proceso febril un niño gane unos centímetros de altura.

Sin embargo, las explicaciones que habéis leído en los párrafos anteriores son ciertas, es decir, la GH se secreta cuando dormimos y en mayor medida cuando tenemos fiebre no es una invención, es fisiología humana.

Así que bueno, quizá no podamos demostrar que los niños crecen cuando tienen fiebre pero os puedo asegurar que tiene más de realidad que de ficción.

EXTRA BONUS: ¿Y por qué los niños adelgazan cuando están malos?

Tampoco es raro ver como un niño que ha tenido fiebre se queda en los huesos al cabo de unos días o, al menos, eso es lo que contáis cuando venís a vernos a la consulta.

La explicación mas fácil nos enseña que durante esos días comen menos de lo normal y de ahí que hayan perdido algo de peso.

Pero además, durante una infección nuestro cuerpo gasta más energía de lo normal ya que tiene que luchar contra el microorganismo que causó esa fiebre o ese catarro. Para ello tira de reservas que tiene, lo que sumado a que comen menos durante estos días, daría lugar a un balance energético negativo que se traduciría como pérdida de peso.

Y para rizar el rizo, si recordáis, la GH es una hormona que se encarga de trasformar los depósitos de grasa en ácidos grasos que nuestro cuerpo puede utilizar como fuente de energía. De esta forma, durante un proceso febril, la secreción de GH, entre otras cosas, podría dar lugar a que el niño adelgazara.


En resumen, cuando un niño tiene fiebre es muy probable que pegue un estirón y ademas pierda algo de peso, todo ello como consecuencia de la secreción de la hormona de crecimiento. Ahora, a todos los que os quejáis de que vuestros hijos tienen fiebre muchas veces durante el invierno, pensad que no hay mal que por bien no venga ya que el estirón va de regalo.

Bibliografía:

¿Para qué sirven los percentiles?

Cuando tienes un hijo pequeño y vas a la revisión del pediatra, después de medirlo y pesarlo, éste siempre te salta con frases como: “va muy bien de percentiles” o “se nos esta quedando pequeño, ha bajado de percentil”. Pero, ¿sabéis los padres realmente para qué sirven los percentiles?, ¿sabéis realmente interpretarlos? Cuando empezamos con este blog, una de las cosas que me prometí fue no escribir nunca sobre los percentiles. Yo siempre los he considerado una herramienta más para valorar a un niño, como el otoscopio y el fonendo, y que yo sepa, de momento, somos nosotros los que usamos estas herramientas y no los padres.

Sin embargo, una gran mayoría de pediatras acaban comentando a los padres el percentil de peso y talla en el que se encuentran sus hijos y, en muchas ocasiones, le he tenido que explicar a familiares y amigos que un percentil 10 de peso, aunque sea “bajo”, no tiene por qué ser malo o que un percentil 97 no significa que el niño esté “gordo”. Además, parece que a muchos padres les gusta presumir del percentil de sus hijos como si fuera una competición entre progenitores orgullos por ver quién está en el “mejor percentil”, cuando tal cosa no tiene ni pies ni cabeza.

Con esta entrada intentaremos explicaros de forma sencilla qué es un percentil y para qué sirve, pero recordad, es el pediatra el que debe hacer una interpretación de los mismos junto con la historia clínica del niño y su exploración física completa para valorar si esos percentiles son los adecuados para ese niño concreto o están alterados.

¿Qué es un percentil?

En pediatría existen un montón de parámetros que podemos medir como son el peso y la talla de un niño, pero también otros tantos como el coeficiente intelectual, el azúcar en sangre o la tensión arterial. El valor de estas medidas carece de sentido si no lo comparamos con el del resto de los niños de sus edad para poder decir si el valor concreto que hemos obtenido es alto, medio o bajo. En este sentido, los percentiles son una herramienta fundamental para valorar el crecimiento de un niño.

Los percentiles no son más que una medida estadística relativa que pone en relación la medición concreta en un niño, como podrían ser el peso o la talla, con las medidas de esa misma variable en el resto de la población con la misma edad y sexo. Siendo más exactos, el percentil indica qué porcentaje de mediciones son iguales o menores que el valor concreto que hemos obtenido.

Con un par de ejemplos se entiende más fácil. Si un niño es un percentil 80 de talla significa que el 80% de niños de su edad mide lo mismo que él o menos. Si una niña es un percentil 30 de peso significaría que el 30% de niñas de su edad pesa lo misma que ella o menos.

¿Qué importancia tienen los percentiles?

De manera muy resumida, los percentiles nos sirven para dos cosas.

Por un lado para comparar el peso y la talla de un niño con el resto de niños de su edad en un momento concreto. De esta forma podríamos decir “este niño está en la media de peso para su edad” o “es de los que más pesa de su clase”, o también “es de los más altos de su clase” o “de los más bajitos”, dependiendo de si su percentil de peso o talla es alto o bajo.

En este sentido, esa comparación con otros niños de forma aislada en un momento dado no tiene mucho valor ya que lo importante es conocer cómo crece y se desarrolla un niño a lo largo del tiempo. Por fortuna, los percentiles también nos informan del crecimiento de un niño a lo largo de la infancia, de tal forma que podemos evaluar como ha ido creciendo con el paso de los meses o los años y evaluar si lo hace siempre por la misma curva de percentil o cambia a mediad que pasa el tiempo.

La relación de los perecentiles de peso y talla

Otro aspecto muy importante a tener en cuenta de los percentiles es que no deben valorarse de manera aislada, ya que lo importante es la relación entre ellos mismos.

En general, los pediatras primero valoramos el percentil de talla de un niño para decidir si es de los más altos de su edad o de los más bajitos para luego evaluar el percentil de peso en relación al de la talla y decidir si el peso que tiene el niño está acorde con su talla.

Como os podéis imaginar, un niño en percentil 90 de talla y percentil 90 de peso no es un niño “gordo”, en todo caso sería un niño alto con un peso adecuado a su altura, lo que vendría siendo “grande”, pero nunca gordo. De la misma forma, un niño en el percentil 10 de talla y percentil 10 de peso no es un niño “delgado”, seria un niño de poca estatura con un peso acorde a la misma. Por el contrario, un niño con un percentil 10 de talla y percentil 97 de peso, sería un niño bajito con un peso muy por encima de lo que le corresponde a su altura. ¿Entendéis esa relación que os estoy comentando?

El aspecto evolutivo de los percentiles

Además de esta relación entre los percentiles en un momento concreto,  otro aspecto fundamental que interesa al pediatra es si los percentiles se han modificado con el paso del tiempo.

Por ejemplo, un niño que desde el nacimiento es un percentil 10 de peso y talla y siempre crece por el mismo percentil, no debería preocuparnos por ser “pequeño”, ya que si siempre ha crecido en esos percentiles será porque le ha tocado ser así por mucho que parezca bajito y delgado respecto a los niños de su edad. Por el contrario, un niño que siempre crecía en el percentil 50 de peso y talla y con el paso de los meses pasa a ser un percentil 10 de peso significa que ha dejado de coger peso como venía haciendo habitualmente. En este último caso, el pediatra deberá estar ojo avizor para avaluar si ha sido algo transitorio o puede deberse a una enfermedad.

Lo que está claro es que a todos los padres y madres de este mundo nos gustaría tener los hijos más guapos, fuertes y sanos y en este sentido los percentiles puden reflejar que nuestro hijo está creciendo de forma adecuada. Sin embargo, y como os he explicando a lo largo de este post, tener un percentil alto o bajo no quiere decir que vuestro hijo esté más o menos sano.

¿Deberían conocer los padres los percentiles de sus hijo?

Y llegamos al quid de la cuestión. Esta es una pregunta que me hago desde hace tiempo y cada vez estoy más convencida de que la respuesta es que no. En mi opinión, a unos padres que acuden a consulta para ver como está creciendo su hijo les debería bastar con una explicación simple como “está bien y está creciendo como lo hace habitualmente” o “ha adelgazado mucho desde la última visita y me gustaría verlo en unas semanas”, más allá del valor concreto del percentil o la gráfica de los mismo.

Por ello creo que los padres no deberían conocer el percentil de los niños sin una buena explicación por parte del pediatra que pueda llevar a errores de interpretación y, por tanto, a preocupaciones sin motivo. Quizá poco a poco podamos ir desterrando esa práctica tan habitual de dar en un papel el peso y la talla de los niño con el percetil al lado en cada visita como si fuera el permiso de circulación del coche o la ITV.