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Consejos para un verano tranquilo con niños

El verano ya está aquí y desde que abrimos este blog hemos publicado un montón de entradas en las que nos hemos centrado en muchos temas que os pueden resultar de interés durante esta época del año.

Para que los tengáis siempre a mano durante estos meses, hemos realizado esta entrada recopilatoria que os servirá de biblia hasta que llegue septiembre y, con la llegada de los mocos y las fiebres, vuestras preocupaciones cambien de prioridad. Así que, ¡¡vamos con ello!!

Para empezar, ya que muchos haréis varios viajes durante estos meses, no os perdáis esta entrada en la que damos un montón de consejos sobre los viajes en avión con niños pequeños. Y para los que viajáis en coche o en barco, no dejéis de leer ésta sobre los mareos de los niños en los medios de transporte.

Y ya que salís de viaje, además de las maletas y las bolsas con miles de juguetes para que los niños no se aburran, debéis de hacer un pequeño botiquín por lo que pudiera pasar.

En el verano hace buen tiempo y, aunque nos deberíamos preocupar de ello durante todo el año, las quemaduras solares están a la orden del día. En esta entrada podéis encontrar información útil sobre cómo proteger a vuestros hijos del sol, en esta otra sobre el empleo de cremas solares, este sobre el empleo de gafas sol en niños y, por último, una sobre la ropa que mejor protege de la radicación solar.

Los que soléis viajar al campo, sabéis que los insectos están a la orden del día, así que no dejéis de leer esta entrada sobre las picaduras y esta otra sobre los repelentes de insecto. Y como extra bonus, una solo sobre las garrapatas.

Y entre el buen tiempo y que los niños juegan más tiempo en la calle, los accidentes son muy frecuentes. Por un lado en la piscina, donde no hay que perderles ojo ni un solo instante, así que ya sabéis #OjOpequeAlAgua. Pero también fuera de ella. En esta entrada encontraréis consejos sobre cómo actuar ante un accidente domésticos y en esta otra cómo actuar ante un golpe en la cabeza.

Pero también es habitual enfermedades como las intoxicaciones alimentarias, las gastroenteritis, las otitis de las piscinas así como los golpes de calor y las insolaciones, sobre todo en los más pequeños.

Sobre los cortes de digestión podríamos hablar largo y tendido, algunos hasta dicen que no existen. Sin embargo, siempre son una socorrida excusa para que los niños nos dejen dormir la siesta.

Y para terminar, una reflexión sobre el cansancio de los niños al final del verano, aunque seguro que muchos estaréis pensando que los que realmente estáis cansados cuando llega septiembre sois vosotros y no vuestros hijos.

Seguro que con un poco de suerte os libráis de todas estas cosas y pasáis unas vacaciones estupendas 😉

El cansancio de los niños al final del verano

Se acerca el final del verano y algunos padres acudirán a las consultas de pediatría porque no ven “bien” a sus hijos y creen que están enfermos. A diferencia de lo que ellos esperarían tras un periodo vacacional de casi tres meses, encuentran muy cansados a sus hijos y, en muchos casos, presentan dificultades a la hora de conciliar el sueño o simplemente no rinden como sus progenitores esperarían.

Por fortuna, los pediatras conocemos de sobra esta situación y sabemos cómo actuar ante este tipo de “patología”. En este post te contamos los intringulis de por qué algunos niños están más cansados al acabar el verano.

Parte de este post ha sido elaborado con los datos de una encuesta que planteamos hace unos días en Twitter (puedes ver los resultados en este link) en la que participaron cerca de 2.000 personas.

“Al principio del verano mi hijo estaba a tope, pero desde hace unas semanas está cada vez más cansado e irritable…”

Esta frase suele ser lo primero que nos cuentan los padres al llegar a la consulta de pediatría, preocupados porque encuentran a sus hijos más cansados de lo que ellos esperarían tras el descanso de los meses de verano. Es un tipo de consulta que se repite año tras año en niños de todas las edades con un pico en aquellos en edad preescolar (de 2 a 6 años).

El relato de la historia de este cansancio suele ser siempre la mismo. Al inicio del verano los niños se encontraban espléndidos, con ganas de hacer de todo, con una energía descomunal. Estos niños eran capaces de realizar todas las actividades que los adultos les propusiéramos: piscina, campamentos de verano, largos paseos por la montaña, playa de sol a sol…

Los adultos sabemos que si ese ritmo nos lo aplicaramos a nosotros mismos tardaríamos una o dos semanas en caer rendidos y necesitaríamos varios días de descanso sin movernos del sofá para recuperarnos. Sin embargo, los niños son capaces de recuperarse con una siesta ligerita después de comer o un plácido sueño nocturno y continuar con ese ritmo agotador al que les hemos sometido para mantenerles entretenidos en verano.

Pero todo tiene un límite y ahí esta el quid de la cuestión.

La exigencia física de un niño tiene un límite

Como os decíamos, todos -adultos y niños- tenemos un límite en lo que al cansancio físico se refiere.

Los niños necesitan descansar para poder afrontar el día a día. A lo largo del año escolar, los padres tenemos muy interiorizado que los niños deben cumplir unos horarios para que las cosas vayan rodadas: por la tarde se juega hasta las 20.00h, luego el baño, cena a las 21.00h, cuentos varios a las 21.30h y a las 22.00h todos dormidos. Sin embargo, en verano somos más flexibles y solemos levantar la mano, en el fondo son vacaciones y hacemos excepciones.

Este plan “perfecto” que seguimos en época escolar (con las variaciones propias de la edad de vuestros hijos) se acopla a la exigencia física del niño en su día a día. Sabemos que si en la guardería o el colegio han tenido una clase de educación física y por la tarde han realizado una actividad extraescolar será más fácil dormirles por el cansancio que presentan. Si nos salimos de ese plan (cosa que suele ocurrir los fines de semana) la cosa se empieza a desmadrar y se traduce en niños cansados que no rinden como los padres esperan.

Durante el verano, los padres planeamos un montón de actividades que en algunas ocasiones acaban agotando las reservas de energía de nuestros hijos. Por fortuna, los niños tienen una alta capacidad de recuperación y aguantan lo que les echemos encima día tras día.

En la encuesta que os mencionábamos, en la que participaron cerca de 2.000 padres, muchos confesaban que la rutina de descanso de sus hijos durante el verano era diferente respecto al resto del año: niños que se acostaban más tarde por la noche (cerca del 90%), que se levantaban más tarde por las mañanas (entorno al 80%) y que además lo hacían sin un horario fijo (cerca del 90% de los encuestados respondió a esta pregunta de forma afirmativa) o niños que dormían más siesta de lo habitual (un 21%)…

Junto a esta alteración en las rutinas de descanso de nuestros hijos, según la encuesta, también se alteran tanto los horarios (67%) como la “calidad” de las comidas (45%). La comida es una rutina muy importante que si se pierde puede alterar los ritmos del día a día del niño. Por ello, estas variaciones respecto al resto del año influyen negativamente en el descanso de los niños.

El 15% de los padres encuentra a sus hijos más cansados que al inicio del verano

Estos datos vendrían a confirmar que esas rutinas se pierden en esta época del año, lo que al final se traduce en un tiempo de descanso inadecuado para los niños.

Además, tenemos que tener en cuenta que en verano hace calor, lo que convierte en más exigente cualquier actividad física que realicemos.

Pero todo tiene un límite. Hasta un 15% de los encuestados respondió que encontraba a sus hijos más cansados que al inicio del verano.

Con el paso de los días y las semanas los niños van acumulando cansancio y llega un momento en que no son capaces de recuperarse con el descanso que les proporciona la noche.

Esto se traduce en niños que duermen mal (uno de cada tres encuestados reconocía que les costaba más dormir a sus hijos que en otras épocas del año), que no realizan con alegría o energía las actividades del día a día, incluso niños que prefieren no hacer nada a salir a jugar un rato con los amigos. En los niños más pequeños estos síntomas se traducen en irritabilidad ante cualquier motivo con llantos y rabietas que antes no ocurrían, mientras que en los niños mayores podemos encontrar síntomas físicos como dolores de cabeza al caer la tarde.

Un dato llamativo de la encuesta fue que algo más del 50% de los padres se encontraban más cansados al final del verano. Has leído bien, los padres, no los hijos. Esto que parece la parte cómica de la encuesta tiene mucha importancia ya que un padre cansado es un padre con poco aguante y menos tolerante frente al cansancio de su propio hijo. Esto, a la postre, podría magnificar la percepción del cansancio de su propio hijo pudiendo ofrecerle una visión equivocada de que su hijo en vez de cansado se encuentra enfermo.

El cansancio no es una enfermedad

Volviendo al inicio de este post, con la llegada del final del verano, algunos padres de ese 15% que reconocía que sus hijos estaban más cansados al final del verano acudirá a la consulta del pediatra por si el cansancio se debe a alguna enfermedad.

Estos padres nos preguntan si no será por falta de hierro, si no le habrán bajado las defensas al crío o por si cupiera la posibilidad de que todo se debiera a una enfermedad grave que se esté manifestando con el cansancio como síntoma principal.

Sin embargo, el cansancio puro y duro no es una enfermedad. Las enfermedades que cuentan con el cansancio entre sus síntomas presentan además otras manifestaciones clínicas. Por eso, la historia clínica y la exploración física de estos niños es fundamental para comprobar que no se acompaña de otros síntomas como perdida de peso, mala coloración de piel o fiebre, los cuales apuntarían a otro tipo de enfermedades.

Los que tienes que tener claro es que si te preocupa la situación de tu hijo porque no le notas “bien” debes acudir a tu pediatra para que pueda comprobar si hay algo más detrás esa percepción tuya.

El único tratamiento para el cansancio es el descanso

Parece de perogrullo pero es así. Un niño cansado se recupera descansando.

Piensa que cuando tu hijo vuelva a las rutinas propias de la etapa escolar cogerá un ritmo al que su cuerpo se irá acoplando poco a poco y empezará a rendir al 100% al cabo de unas semanas. No en vano, muchos de los comentarios que surgieron a raíz de la encuesta mencionaban que los padres estaban deseando que empezaran las guarderías y colegios.

Quizá los primeros días de guardería o colegio sean duros y parecerá que ese cansancio se acentúa, pero veréis como en 15 o 20 días todo vuelve a la normalidad.

El pediatra prudente, y siempre que todo lo demás esté dentro de la normalidad, explicará a los padres la situación y les recomendará que esperen 2 o 3 semanas para ver si con la vuelta al cole el cansancio desaparece. Si pasado ese tiempo persiste el cansancio o han aparecido síntomas nuevos, estaría justificado emprender alguna exploración complementaria para descartar la presencia de alguna enfermedad concreta.

Lo que si es muy importante es que huyáis de supuestos tratamientos que sirven para mejorar el cansancio de vuestros hijos: complejos vitamínicos, homeopatía, infusiones de plantas… ninguno ha demostrado ser eficaz para mejorar el rendimiento físico de los niños. Además, estos “tratamientos” no están exentos de efectos secundarios por lo que mejor ni os los planteéis.


Por último, una reflexión. Si habéis entendido que el cansancio es algo “normal” en los niños al acabar el verano quizá nos debamos plantear el año que viene si debemos relajar la exigencia física a la que los sometemos durante esta época. Todos tenemos claro que las vacaciones son una época para que los niños disfruten y que hagan aquellas cosas que, en muchas ocasiones, en invierno les prohibimos, como acostarse tarde o dormir más siesta de lo habitual. Sin embargo, debemos conocer hasta qué punto podemos agotar a nuestros hijos con estos ritmos. Quizá sea mejor que los niños nos marquen el ritmo y no seamos los adultos los que impongamos unas actividades que al final acaban agotando a nuestros hijos.

Y vosotros, ¿cómo vivís el final del verano?, ¿están vuestros hijos más cansados de lo que esperábais?, ¿estáis realmente preocupados por si vuestros hijos están enfermos?.

NOTA: la encuesta a la que nos hemos referido a lo largo del post tiene muchos sesgos, es decir, incorrecciones metodologías que podrían dar lugar a resultados no fiables al 100%. En ningún caso hemos pretendido que tenga una alta calidad científica. Sin embargo, el tamaño muestral (cerca de 2.000 respuestas) nos genera una visión general que resulta creíble. Podéis consultar toda la encuesta siguiendo el hilo del enlace de aquí abajo y mil gracias a todos aquellos que colaboraron con la difusión así como a aquellos que decidieron contestarla:

Intoxicación alimentaria, un clásico del verano

Aunque las intoxicaciones alimentarias pueden ocurrir a lo largo de todo el año, son más frecuentes en verano y pueden echar por tierra las vacaciones que habías planeado para toda la familia.

No es raro que las páginas de sucesos de los periódicos se llenen de noticias de este tipo relatándonos que en nosedonde cuatro miembros de la familia Guzmán han caído intoxicados por una tortilla de patatas en mal estado o que en el festival MadArenaCool, varios jóvenes han tenido que ser atendidos por haber comido en un chiringuito que carecía de las medidas básicas de higiene para procesar alimentos.

Quien más quien menos, todos hemos pasado alguna vez en nuestra vida una intoxicación alimentaria. Sabemos que suelen ser de carácter leve y se resuelven en cuestión de unas horas o pocos días. Sin embargo, no están exentas de riesgos y la deshidratación -su complicación más frecuente– requiere de ingreso hospitalario para su tratamiento. Por sus características, los niños son más propensos a intoxicarse por lo que debemos estar ojo avizor para evitar conductas que podrían provocarlas.

En este post te contamos todo lo que tienes que saber sobre las intoxicaciones alimentarias junto con unas medidas básicas de prevención que todos deberíamos aplicar.

¿Qué produce una intoxicación alimentaria?

Las intoxicaciones alimentarias se producen cuando una persona come o bebe algo que está contaminado principalmente por bacterias (en ocasiones por algún virus). La causa de la contaminación es la presencia de una alta cantidad de bacterias o de sus toxinas en el alimento que ingerimos.

Por tanto, es la ingestión de una gran cantidad de estas bacterias (o toxinas) de golpe lo que produce el cuadro clínico, ya que no somos capaces de destruirlas con nuestros mecanismos de defensa (jugos ácidos del estomago, sistema inmune…) sin que ésta ingestión nos produzcan algún síntomas.

Las bacterias que más frecuentemente están implicadas en las intoxicaciones alimentarias son Escherichia coli, Campilobacter y Salmonella. Y entre los virus, el Norovirus es la estrella.

¿Porqué se contamina un alimento?

La presencia de bacterias en una escasa cantidad en un alimento antes de ser cocinado o ingerido puede ser algo habitual sin que esto condicione una intoxicación, ya que el propio cocinado y los mecanismos de defensa de nuestro cuerpo son capaces de eliminar esa pequeña cantidad de microorganismos y hacer seguro que nos comamos ese alimento. Sin embargo, ante ciertas circunstancias, las bacterias pueden reproducirse y aumentar su numero hasta niveles peligrosos.

Entre las condiciones que provocan una mayor capacidad de reproducción de las bacterias se encuentran la humedad, el calor y el tiempo.

La intoxicación alimentaria se producirá cuando, gracias a esas circunstancias, ingerimos una gran cantidad de bacterias.

Analicemos esas circunstancias por separado.

Todas las bacterias para reproducirse necesitan cierto grado de humedad y de calor. Como ya habréis podido entender, una de las medidas a seguir para evitar que un alimento se contamine es utilizar la nevera a una temperatura adecuada para que el alimento no se estropee y no dejar los alimentos (tanto crudos como cocinados) durante mucho tiempo a temperatura ambiente o expuestos al sol.

En cuanto al tiempo, un alimento se contamina si, además de humedad y calor, se le deja tiempo suficiente para que las bacterias se reproduzcan. En este sentido, será más probable la intoxicación si ingerimos un alimento que lleva varias horas fuera de la nevera que si está recién cocinado.

No hay que ser muy listo para darse cuenta de que humedad, calor y tiempo son tres circunstancias que suelen ocurrir en verano. Un ejemplo:

  • Comida en la playa: humedad y calor
  • Como vamos a la playa cocinamos la comida antes de irnos: tiempo.

Otro buen ejemplo que ilustra lo que no se debe hacer para no exponer a nuestros hijos a una intoxicación es preparar un biberón y dejarlo (con la leche ya preparada) en el calientabiberones para tenerlo calentito para la toma unas horas más tarde, ya que es muy probable que se contamine al darse las tres condiciones básicas (humedad, calor y tiempo). Por ello, los biberones deben ser consumidos de inmediato tras haber sido preparados, como te explicamos en este post.

Con esto que te hemos contado será fácil entender qué medidas debemos tener en cuenta para prevenir una intoxicación alimentaria como te contaremos al final de este post.

A estas tres circunstancias (humedad, calor y tiempo) habría que añadir, como es lógico, unos malos hábitos higiénicos como no lavarse las manos antes de manipular un alimento o al salir del baño.

¿Qué síntomas provoca una intoxicación?

Los síntomas que aparecen en una intoxicación alimentaria son similares a los de una gastroenteritis aguda. Suele aparecer vómitos, dolor abdominal y diarrea. Además pueden acompañarse de malestar general y, en algunos casos, de fiebre.

El periodo que va desde que se ingiere el alimento hasta que aparecen los síntomas puede ser muy corto (unos minutos u horas) o algo más largo (1 o 2 días). La duración del episodio es algo menor que una gastroenteritis, resolviéndose normalmente en 24-48 horas, aunque en algunos casos puede prolongarse varios días.

Como ocurría en las gastroenteritis, la deshidratación es la complicación más habitual en caso de que los vómitos no permitan una ingesta adecuada de líquidos.

¿Cómo saber si tengo una intoxicación?

Como ya hemos dicho, los síntomas son muy parecidos a los de una gastroenteritis aguda y, por tanto, el cuadro clínico no permite diferenciar si se trata de una cosa u otra.

Sin embargo, en la historia clínica suele haber un antecedente de una comida en un restaurante o una cena en casa con algo “en mal estado”. Además, varios miembros de la familia o comensales suelen afectarse en un corto periodo de tiempo. Estas dos circunstancias suelen apuntar a la intoxicación como causa de los síntomas del paciente.

Por otro lado, en la gran mayoría de las ocasiones, el alimento contaminado no tiene mal aspecto. Tampoco suele tener un olor raro ni un sabor especial. Por ello, en muchas ocasiones es difícil identificar el alimento que dio lugar a la intoxicación. Sin embargo, ante un caso de intoxicación es adecuado informar a Salud Pública para que puedan investigar y, llegado el caso, evitar un brote.

¿Cuál es el tratamiento de una intoxicación alimentaria?

El tratamiento de una intoxicación es sintomático.

Para la fiebre y el malestar general un analgésico como el paracetamol suele ser efectivo.

Para prevenir la deshidratación es conveniente tomar frecuentemente líquidos, mejor suero de rehidratación oral de venta en farmacias que, como ya os explicamos en otro post, lleva la cantidad de agua, sales y azúcar para rehidratarnos de forma adecuada en caso de enfermedad.

Es muy importante que en el caso de que sea un niño pequeño el que padezca la intoxicación, le ofrezcamos líquidos de forma frecuente y no esperemos a que nos lo pida. Los niños pequeños (al igual que las personas mayores) no tienen bien desarrollados los mecanismos de la sed y tienden a deshidratarse con más frecuencia. Además no suelen tener acceso autónomo al agua por lo que dependen de lo que les ofrezcamos nosotros para mantener un estado de hidratación adecuado.

¿Como se previene una intoxicación?

Para disminuir el riesgo de intoxicación alimentaria hay que seguir unos pasos básicos en cuanto a la manipulación y conservación de alimentos, teniendo en cuenta los principios básicos de higiene y las tres circunstancias que antes os hemos mencionado (humedad, calor y tiempo):

  • Antes de manipular cualquier alimento, lávate las manos.
  • Al volver de la compra debemos guardar los alimentos en el frigorífico y/o congelador que requieran frió para su conservación. Los alimentos crudos (como la carne o el pescado) deben guardarse tapados y por separado de los cocinados.
  • Las bacterias se destruyen con el calor del cocinado por lo que para prevenir una intoxicación cueza, guise, ase o fría los alimentos para que no queden crudos.
  • Debemos evitar los alimentos que tienen más probabilidades de contaminarse como la leche cruda, los huevos crudos y la carne/pescado poco cocinados o crudos. También debemos comer lo antes posible los alientos perecederos.
  • Una vez cocinados, no dejes más de dos horas los alimentos a temperatura ambiente antes de comerlos (mejor hacerlo de inmediato) y nunca, nunca, nunca los dejes expuestos al sol.
  • Una vez que hayamos terminado de cocinar, limpia adecuadamente las superficies que estuvieron en contacto con los alimentos (incluida la tabla de cortar).
  • Respecto a los biberones, no hace falta esterilizarlos, basta con un buen enjuague con agua caliente y jabón para que no queden restos de leche.

Como verás, todas estas medidas las puedes aplicar sin mucha dificultad en casa, sin embargo, algunas intoxicaciones se producen en un local comercial como un chiringuito o un restaurante. Ellos están obligados por ley a aplicar todas estas medidas (y muchas otras) para prevenir las intoxicaciones en sus locales, por lo que no debemos de dudar de la seguridad de comer en ellos. Sin embargo, si la higiene del local te genera dudas o piensas que no han podido cocinar y mantener el alimento de forma adecuada antes de su ingestión es mejor que cambies de local.

¿Cuando debo acudir al médico?

En caso de una intoxicación alimentaria, la gran mayoría de las personas podrán pasar el trago en casa. Sin embargo, en el caso de que pienses que tu hijo está deshidratado debes acudir al pediatra. Los síntomas que nos apuntan a la deshidratación son varios, por ejemplo que tu hijo tenga mucha sed, presente los ojos hundidos, llore sin lágrima, moje menos pañales o deje de hacer pis, presente mal estado general o vomite o tenga diarrea a un ritmo que no le permite tomar suficientes líquidos.


Si quieres saber más sobre cómo prevenir intoxicaciones alimentarias puedes consultar este documento de la Agencia española de consumo, seguridad alimentaria y nutrición.

NOTA: como habrás visto, la imagen de cabecera de este post es una tortilla de patata. No en vano, este es un alimento que frecuentemente es causa de intoxicación alimentaria. Esto se debe a que los huevos son uno de los alimentos que más fácilmente se contamina (en concreto por Salmonella, que suele estar en la cáscara del huevo). Además, la tortilla suele prepararse varias horas antes de ser consumida y muchas veces la dejamos por ahí a temperatura ambiente o la metemos en un tupper y la echamos a la mochila hasta que nos la comemos. Por tanto, es un buen ejemplo de alimento que potencialmente puede provocar una intoxicación.

El copyright de la imagen de cabecera del post pertenece a Alissa Sison bajo una licencia CC BY-NC 2.0)

Otitis externa: cuando duele el oído en verano

Con la llegada del verano y la época de las piscinas, son muchos los niños que se quejan de dolor en el oído provocado por una otitis externa. Es importante conocerlas ya que las causas y el tratamiento es diferente a las otitis medias, a las que podríamos llamar ” otitis del invierno”, ya que suelen coincidir con un catarro, los cuales son más frecuentes en los meses fríos del año.

En este post te contamos todo lo que tienes que saber sobre la otitis externa para que puedas reconocerla pronto en caso de que tus hijos la padezcan y pongas en marcha cuanto antes las medias oportunas para tratarlas.

Diferencias entre otitis externa y otitis media

Desde el punto de vista anatómico, el oído se puede dividir en tres partes.

La primera de ellas es la que se conoce como oído externo y comprende la oreja y el conducto auditivo hasta el tímpano. El oído medio es la parte del oído que se encuentra desde el tímpano hasta una membrana que se conoce como ventana oval. Debido a su forma de cavidad se conoce como caja timpánica. En ella se encuentra la cadena de huesecillos que recordaréis del colegio (yunque, martillo y estribo). Esta cadena de huesecillos acaba en una membrana que da entrada al oído interno, el cual, mediante unas estructuras complejas transforma las ondas de sonido en un impulso eléctrico que envía al cerebro.

Esta distinción entre las diferentes partes del oído es muy importante ya que el tipo de otitis va a depender de qué estructuras se afecten. En concreto, las otitis externas son aquellas que se producen por una infección en el oído externo, es decir ANTES del tímpano, mientas que en las otitis medias, la infección se encuentra dentro de la caja timpánica, y por tanto DETRAS del tímpano. Pero además, las otitis externas están causadas por una serie de bacterias diferentes a las otitis medias y, por tanto, su tratamiento es diferente.

¿Cuál es la causa de las otitis externas?

La principal bacteria que provoca las otitis externas es la Pseudomona auruginosa. A esta bacteria le gusta mucho la humedad por lo que es muy frecuente que las otitis externas se produzcan en verano coincidiendo con los baños en las piscinas de los niños. Este es el motivo por el que estas otitis se conocen también como otitis externas o del nadador.

Pero ademas de la Pseudomona, cualquier otra bacteria que produjera una infección en el conducto auditivo estaría causando una otitis externa. Estas otras bacterias suelen ser bacterias que tenemos en la piel y que aprovechan alguna herida para sobreinfectar la piel.

¿Qué factores las favorecen?

Además de la humedad, cualquier otro factor que influya en el estado “normal” del conducto auditivo, podría considerarse un factor de riesgo para padecerla. Algunos ejemplo serían heridas o pequeños granitos, falta de cerumen o pieles muy secas.

Por ello es muy importante que busquéis un equilibrio entre la limpieza de los oídos de vuestros hijos (recordad, solo por fuera con la punta de una toalla) y permitir cierto grado de cera, ya que ésta protege contra las agresiones externas del oído.

¿Qué síntomas produce?

A diferencia de las otitis medias, en las que el dolor de oído y la fiebre en el contexto de un cuadro catarral son los síntomas principales, las otitis externas se caracterizan por presentar dolor de oído SIN fiebre, el cual aumenta al apretar las estructuras de cartílago de la oreja y el conducto auditivo o simplemente al traccionar de la oreja hacia arriba.

Además, los pediatras, cuando exploramos a estos niños nos encontramos inflamado el conducto auditivo externo con cierto grado de secreción junto con un tímpano de características normales, a diferencia de las otitis medias en las que el tímpano está afectado y el conducto auditivo es de características normales.

¿Cuál es el tratamiento?

El tratamiento de la otitis externas es tópico aplicando unas gotas de un antibiótico que se llama Ciprofloxacino. En general, la pauta es cada 12 horas durante una semana.

Esta es otra de las grandes diferencias de las otitis externas respecto a las otitis medias ya que en estas últimas, en caso de emplearse antibiótico se hace por vía oral y con otro principio activo (debido a las diferentes bacterias que causan esas otitis). Sin embargo, debido a que en las otitis externas el conducto auditivo esta expuesto al exterior y es accesible a un tratamiento tópico, se emplea antibiótico en gotas.

También hay que recordar que las otitis externas son muy molestas y dolorosas por lo que un tratamiento con un antiinflamatorio como el ibuprofeno, incluso pautado, está más que justificado.

Ademas, mientras no haya desaparecido el dolor y durante los primeros días de tratamiento, los niños no deben bañarse porque al aumentar la humedad en los oídos estaremos favoreciendo que la infección no se cure correctamente.


Esperamos que hayáis aprendido a diferenciar las otitis externas ya que en verano son relativamente frecuentes. Si a vuestro hijo le molesta el oído acudid al pediatra para que, en le caso necesario, instaure el tratamiento lo antes posible.

El corte de digestión, un clásico del verano

Muchos de vosotros tendréis guardado en la memoria esos ratos de verano después de comer en los que nuestras madres y abuelas nos prohibían bañarnos. Al grito de “¡¡Manolito!!, no te metas en el agua…” empezaban unas horas que se hacían interminables hasta que, por fin, nuestros mayores nos autorizaban a zambullirnos en la piscina, el río o el mar. Eso si, poco a poco, no se nos fuera a cortar la digestión.

No sin parte de razón, os preguntaréis si eso de dejar a los niños en casa tranquilos o bajo la sombrilla en la playa después de comer era una excusa para que ellos pudieran echarse la siesta o realmente estaba justificado desde el punto de vista médico. Os diremos que si, que los cortes de digestión existen (también llamados hidrocución, que es el nombre médico con el que se les conoce) y por tanto debemos tener una serie de precauciones en cuenta con nuestros hijos en verano, ya que en esta época es mucho más frecuente.

¿Qué es un corte de digestión?

Después de una comida, el organismo dirige parte de sus esfuerzos a digerir los alimentos que hemos consumido. Para ello aumenta el riego sanguíneo al intestino, ya que es allí en donde se necesita más energía en ese momento. El corte de digestión ocurrirá cuando, por diferentes motivos, ese proceso de digestión del que hablamos no se realice de forma adecuada, debido a una falta de la energía necesaria para llevarla a cabo.

Esos motivos de los que hablamos son la clave del proceso. En general son circunstancia en las que exigimos al cuerpo que haga un determino esfuerzo, es decir que destine parte de la energía que producimos a realizar una actividad concreta y con ello se aumente el riego sanguíneo, por ejemplo, a los músculos o a otros órganos que en ese momento lo necesiten. Como ya os habréis podido dar cuenta, si la sangre no se dirige al intestino, no podremos hacer la digestión de forma adecuada y con ello se producirá el corte de digestión.

¿Qué síntomas produce?

El espectro de síntomas de un corte de digestión es muy variado. En general, se caracteriza por dolor abdominal, malestar general, vómitos y mareo. En los casos más graves se puede llegar a la perdida de conocimiento.

¿Qué actividades lo pueden desencadenar?

Como ya hemos dicho, varias son las circunstancias que pueden forzar al organismo a aumentar el consumo energético y “robárselo” al intestino para hacer la digestión.

El más conocido de ellos es el de tomarse un baño, sobre todo si nos metemos de golpe y el agua está fría. Cuando entramos en contacto con el agua, se producen una serie de cambios en nuestro cuerpo para adaptarnos al medio acuático. Por ejemplo, para contrarrestar la pérdida de calor, debemos dirigir la sangre a la piel para que no se enfríe en exceso. Si esto ocurre durante la digestión estaríamos dejando de destinar esa energía allí donde se necesita y se produce el conocido corte de digestión.

Pero no solo bañarse puede dar lugar a un corte de digestión. Otras actividades que realicemos después de comer, como hacer deporte o tomar el sol si hace mucho calor, pueden desencadenarlo. Además, es más frecuente cuanto más copiosa haya sido la comida.

¿Cómo prevenirlo?

Lo que tenéis que hacer es evitar que vuestros hijos hagan esas actividades después de las comidas. Lo adecuado es descansar, tomar una siesta o hacer una actividad relajada.

El tiempo que debéis esperar variará en función de cómo de pesada haya sido la comida. En el caso de una comida ligera se debe esperar al menos una hora, mientras que si la comida ha sido muy abundante ese tiempo debe aumentar hasta las dos o tres horas.

Es también importante que cuando vuestros hijos se metan en el agua lo hagan lentamente para que la adaptación sea lo más progresiva posible y no se produzca el corte de digestión. Lo mismo para el deporte, empezar poco a poco y luego ir aumentado la intensidad.

Por fortuna, los cortes de digestión son poco frecuentes, pero ya sabéis que es mejor prevenir que curar, así que no expongáis a vuestros hijos a riesgo innecesarios.

¿Y qué hago si tengo un corte de digestión?

En caso de que alguno de los síntomas mencionados aparezca, lo que debéis hacer es interrumpir la actividad que estuviera realizando vuestro hijo: le diremos que salga del agua o que deje de hacer deporte. Además, es muy recomendable que el niño se tumbe con las piernas ligeramente en alto. También es adecuado que beba líquidos para mantenerle bien hidratado, pero sin forzarle.

En caso de que estos síntomas persistan tras realizar estas medidas iniciales, debéis acudir con vuestros hijos al hospital para que sean valorados.


Así que ya sabéis, la abuela Felisa tenía razón y debemos decir a nuestros hijos que no deben bañarse después de comer o ponerse a correr por toda la playa. Buscad alguna actividad tranquila como leer un libro, hacer unos puzzles, ver una película en familia o simplemente dormir la siesta. Con un poco de suerte, vuestros hijos no se pondrán muy pesados y os dejarán descansar un rato.

¡¡Se me olvidaba!!, los cortes de digestión también los podemos sufrir los adultos así que a aplicarse los mismos consejos ¡¡Feliz verano a todos!!

Insolaciones y golpes de calor en niños

Con la llegada del buen tiempo, los niños suelen realizar muchas actividades al aire libre. En este blog ya hemos hablado de cómo protegerlos contra las quemaduras solares pero además, con las altas temperaturas, podemos sufrir un golpe de calor si no extremamos una serie de medidas preventivas para evitarlo. Además, los niños, debido a sus características especiales, están más expuestos a sufrirlos, al igual que pasa en las personas de más edad.

En este post encontrarás información útil sobre qué es el golpe de calor y las insolaciones y cómo prevenirlas.

¿Qué es un golpe de calor?

Un golpe de calor es aquella situación en la que el cuerpo no se adapta a las altas temperaturas ambientales. Si esto ocurre, el cuerpo sufre una serie de cambios en los que la fiebre por encima de 40ºC es uno de los síntomas principales.

Las insolaciones -o agotamientos por calor, como también se conocen- serían aquellas situaciones previas al golpe de calor en la que se producen los síntomas propios de la mala adaptación al calor pero sin que se produzca la fiebre.

Las insolaciones y el golpe de calor son la misma patología. En el primero se producen los síntomas de forma más leve y en el golpe de calor acaba apareciendo fiebre.

Como os podéis imaginar, los niños, debido a que no poseen los mecanismos suficientes para compensar el calor ambiental, están más expuestos a sufrirlos, sobre todo si son menores de un año. Por ello, es muy importante que vosotros, sus padres, estéis atentos y pongáis los mecanismos suficientes para evitarlos.

¿Qué síntomas produce?

Cuando el cuerpo no se adapta al calor se produce una alteración del contenido de agua corporal y/o las sales minerales. Con ello aparece debilidad muscular, nauseas y vómitos, falta de apetito, dolor de cabeza (o irritabilidad en niños pequeños) y tendencia al sueño, entre otras. En el caso de las insolaciones, la temperatura corporal se mantiene normal.

Cuando la insolación evoluciona a golpe de calor se produce la mencionada elevación de la temperatura corporal hasta producir fiebre cercana los 40ºC. Esto se debe a que en el golpe de calor se produce una alteración de la termorregulación central a diferencia de en la insolación en la que esta regulación está conservada. Si no se ponen las medidas adecuadas para solucionarlo, se puede poner en peligro la vida de la persona que lo sufre.

En caso de que detectes alguno de estos síntomas en vuestros hijos, debéis acudir al hospital a que un pediatra evalúe cuál es la situación y las necesidades de tratamiento.

¿Cómo puedo prevenirlos?

Tranquilos, pese a la gravedad del cuadro clínico, es poco frecuente y, sobre todo, existen una serie de medidas preventivas fáciles de aplicar para evitarlos.

El primer y mejor consejo es evitar en la manera de lo posible la exposición al calor: busca un lugar fresquito para estar durante la temporada de altas temperaturas. Sin embargo, todos sabemos que es imposible no estar expuesto de algún modo a estas situaciones durante el verano por lo que es fundamental que las medidas a aplicar las conozcáis para poder evitarlos:

  1. Bebe agua con frecuencia. A los niños pequeños, debido a que no tienen acceso al agua de forma voluntaria, debemos ofrecérsela a menudo.
  2. Realiza comidas ligeras que ayuden a reponer las sales perdidas por el calor (la fruta y las ensaladas son ideales para este propósito).
  3. Evita la exposición al sol y el calor durante las horas centrales del día, que es cuándo más calor hace. En caso de que quieras salir a pasear con tu bebé hazlo a primera hora de la mañana o última de la tarde.
  4. Realiza actividades tranquilas con tus hijos evitando realizarlas al aire libre y el deporte si hace mucho calor.
  5. Utiliza ropa que no abrigue en exceso, ligera y transpirable como el algodón y el lino, evitando los colores oscuros.
  6. Se pueden emplear ventiladoresy aires acondicionados para refrescarse.
  7. Bajo ningún concepto debes dejar a un niño en un coche encerrado mientras realizas un recado, aunque dejes las ventanas abiertas.

Como hemos dicho, es muy importante mantener una buena hidratación para evitar los efectos del calor.  A los lactantes pequeños que realizan lactancia materna exclusiva no es necesario ofrecerles agua, es suficiente con ofrecerles el pecho frecuentemente.


El copyright de la imagen de cabecera de este post pertenece a juantiagues bajo una licencia CC BY-SA 2.0.

#OJOPEQUEALAGUA: prevención de ahogamientos infantiles

Con la llegada del buen tiempo y la temporada estival, miles de piscinas abren sus puertas para que los niños puedan refrescarse y disfrutar de un chapuzón que les haga más entretenidas las vacaciones escolares.

Sin embargo, y a pesar de que todos sabemos que un niño en una piscina (o en la playa, o en el lago, o en un río…) es un peligro, la verdad es que en España la tragedia de varias muertes infantiles por ahogamiento se repite año tras año.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística, en el año 2018 fallecieron en España por esta causa 43 menores de 14 años, la mayoría de ellos con una edad por debajo de los cuatro años de edad (25 de esas 43 muertes). Quizá no te parezca una gran cifra, pero tenéis que saber que en nuestro país ocupa una de las primeras causas de mortalidad infantil, lo que manifiesta la importancia del problema.

La mayoría de niños que sufren un ahogamiento tiene menos de cinco años”

El siguiente gráfico representa la evolución de las muertes por ahogamiento desde el año 1980 hasta 2018 en la edad infantil en España. Como se puede observar, el panorama ha mejorado mucho pasando de casi 400 casos anuales a los actuales 43, lo que supone una reducción del 91%. Sin duda alguna, esta evolución se debe a las diferentes campañas de prevención de accidentes que se han realizado en nuestro país y aunque esa disminución de casos ha sido un gran logro, todavía queda mucho camino por recorrer hasta el que debería ser objetivo final: ningún niño muerto por ahogamiento.

Defunciones por ahogamiento en edades pediátricas en España. Números absolutos. Periodo 1980-2018. Fuente Instituto Nacional de Estadística.

Desde hace ya unos años, la Asociación Nacional de Seguridad Infantil lanzó una campaña titulada #OJOPEQUEALAGUA con el objetivo de difundir la importancia del problema de las muertes por ahogamiento en la edad infantil y por otro aportar soluciones para aumentar la seguridad en este tema.

¿Y sabéis de quién depende que consigamos que no fallezca ningún niño en la piscina o en la playa…?. De todos nosotros, sus padres, que somos quiénes debemos velar por su seguridad en todo momento. A continuación encontrarás consejos útiles de la mencionada campaña para que las vacaciones de verano no se conviertan en una tragedia completamente prevenible.

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Seguridad en Piscinas

Uno de los datos más importantes respecto a las muertes infantiles por ahogamiento es que éstas se producen en su mayoría en piscinas privadas, lo que pone de manifiesto la importancia de que seáis vosotros los que pongáis a punto las medidas de seguridad oportunas para que no se produzca una situación de riesgo.

Las medidas a adoptar podríamos dividirlas en tres grupos: aquellas a realizar antes de que el niño acuda a la piscina, las que realizaremos mientras estemos en la piscina pero sin bañarnos y las que debemos cumplir durante el baño del niño.

Entre las medidas a realizar antes de que el niño se bañe se encuentras todas aquellas que dan como resultado una piscina más segura:

  • Todas las piscinas deberían incorporar dispositivos que impidan que el niño llegue solo al agua en un descuido. El ejemplo más claro sería una valla que rodea la piscina y que impide que el niño llegue solo al agua. También los cobertores de invierno, ya que los ahogamientos no son exclusivos del verano.
  • En todas las piscinas (publicas o privadas) debería haber un salvavidas, una pértiga y un teléfono que permita ponerse en contacto con los servicios de emergencia lo antes posible.
  • La piscina debe estar en perfecto estado. Se deben revisar drenajes y realizar un mantenimiento periódico que garantice su buen funcionamiento. Los niños deben permanecer alejados de ellos para no acabar atrapados en los mismos.
  • Adultos y niños deberían conocer las secuencias básicas de reanimación cardiopulmonar para que estas sean iniciadas lo antes posible ante un accidente.
  • Es adecuado que los niños reciban clases de natación para que les enseñen a flotar y nadar. Este trabajo debería realizarse antes de la temporada estival.

Mientras permanezcamos en la piscina pero sin bañarnos prestaremos especial atención a los siguientes puntos:

  • Evalua los riesgos constantemente. Observa si tu hijo podría ser capaz de llegar a la piscina en un descuido tuyo.
  • Aleja juguetes y objetos llamativos de la piscina. Los niños podrían querer cogerlos y caerse al agua en un traspiés.

Durante el baño es de vital importancia que pongas en práctica las siguientes actuaciones:

  • Cuando un niño está en el agua debe estar SIEMPRE vigilado por un adulto.
  • Mira a la piscina al menos cada 10 segundos y no te alejes de ella (deberías poder llegar en menos de 20 segundos).
  • Los flotadores y los manguitos pueden ser útiles pero no sustituyen a la supervisión un adultos. Desconfía de ellos.
  • No utilices el movil mientras tus hijos estén en el agua.

Los puntos antes reflejados pueden resumirse en el siguiente decálogo:

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Recordad que los niños más vulnerables en cuanto a los ahogamientos son los menores de 5 años, por lo que es en ellos en quiénes debemos extremar las medidas antes mencionadas.

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Seguridad en playas

Con suerte, muchos de los que nos leéis os escaparéis a la playa estas vacaciones para disfrutar del sol y el buen tiempo. Pero al igual que en las piscinas, en la playa puede ocurrir un ahogamiento. Además, en la playa suele haber mucha gente lo que hace que en un despiste pierdas de vista tu hijo, así que supervisión el 100% del tiempo. Es fundamental que sigas las indicaciones generales de las piscinas y otras más específicas:

  • No permitas NUNCA, NUNCA, NUNCA que los niños vayan solos a las playas. Los niños no son adultos y no valoran el riesgo igual que nosotros.
  • Las playas con servicio de socorrismo son más seguras. Es preferible acudir a una de ellas. Respeta sus indicaciones y banderas.
  • Si los niños no saben nadar, es preferible un chaleco a un flotador. Las colchonetas y otros inflables no aportan más seguridad por el hecho de nadar con ellos.
  • Los socorristas no son niñeras ni las torres de vigilancia guarderías. Respeta sus decisiones, ellos lo hacen por tu seguridad, no para fastidiar.
  • Tirarse desde las rocas de cabeza es peligroso. No se lo enseñes a tus hijos y predica con el ejemplo.
  • Si por desgracia ocurre un accidente, avisa al socorriste o al 112.

Estas recomendaciones están resumidas en este otro decálogo:

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Ojo con las piscinas hinchables y para bebés

Existe la falsa creencia de que en una piscina pequeña, de ésas que se llenan con una manguera y un cubo y se ponen en el suelo, no puede suceder un accidente. Además, está muy popularizado que para que un niño se ahogue necesita que la profundidad del agua sea de al menos 30 centímetros. Es completamente falso.

Bastan 10 centímetros de profundidad para que la nariz y la boca de un bebé queden cubiertas y no pueda respirar. Así que ya sabéis, no pongamos mucha agua para nuestros hijos pequeños y ojo con las piscinas hinchables que no son inofensivas.

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En las piscinas pequeñas también debemos vigilar a los niños.

Esta recomendación es extensible a la pozas que se forman en muchas playas cuando baja la marea. Parecen seguras porque no hay olas y los niños chapotean con gusto, pero eso no quita para que no deban estar supervisados.


A lo mejor después de leer este texto estarás pensando que exageramos. Que la magnitud del problema no es tan grande. Sin embargo, reiteramos que las muertes por ahogamiento en niños son muertes PREVENIBLES. Si ponemos las medidas de seguridad adecuadas podemos conseguir el objetivo de muertes cero por ahogamiento.