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Prohíben llevar leche materna a una escuela infantil para alimentar a un bebé de 4 meses

Leche materna

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

Esta mañana me he levantado reivindicativo y no me ha salido otra cosa que tirarme a escribir al blog tras ver una publicación en Instagram de una madre a la que le han prohibido llevar su leche para alimentar a su bebé de cuatro meses mientras permanece en la escuela infantil.

Como sabréis, la Organización Mundial de la Salud recomienda la lactancia mantera de forma exclusiva hasta los seis meses de edad, y de ahí en adelante hasta que el bebé y la mamá quieran. Esta es la recomendación general (y la más saludable para el bebé y la mamá), pero no voy a entrar hoy en la discusión de por qué es mejor que la lactancia artificial, ya que, como siempre digo, lo que hay que hacer es respetar la opción de alimentación que los padres hayan decidido para su bebé tras darles toda la información disponible. Y apoyarles por igual, hayan decidido una cosa u otra. De lo que quiero hablar hoy es de ese respeto y de lo que hacen algunas administraciones públicas para dar apoyo a las madres que deciden dar el pecho.

La noticia llega a mi pantalla del móvil mientras revisaba las notificaciones del Instagram. Tras una breve introducción en la que la mamá en cuestión nos dice que lleva a su bebé de 4 meses a la escuela para poder trabajar (otro melón este el de la conciliación familiar y laboral que no cabe en este post), comenta ‘cuál es mi sorpresa cuando me dicen que desde el patronato de la Concejalía de educación de Alicante que no puedo llevar a mi hijo mi leche materna, argumentando que está prohibido llevar alimentos de fuera del centro’.

No se a vosotros, pero a mí me parece un sinsentido, sobre todo porque en otros centros públicos sí que se permite que las madres lleven la leche materna a la escuela para alimentar a sus bebés, como es el caso de la Comunidad de Madrid (es muy fácil encontrar en Google el protocolo de esta comunidad autónoma, pero por si vais faltos de tiempo os lo dejo en este enlace), aunque me imagino que en otros lugares de España se hará lo mismo. He buscado si el Ayuntamiento de Alicante tenía publicado algo al respecto y no lo he encontrado.

Pero la cosa no acaba ahí, ya que esta mamá nos cuenta que, como no le han dejado llevar su leche porque es un alimento de fuera del centro, ha tenido que comprar fórmula artificial para que se la den allí (ella lleva los botes). ¿Acaso esto no es un alimento de fuera del centro? No os quiero entretener más contándoos lo que esta mamá ha publicado; os dejo abajo el post de Instrgram, por si lo queréis leer.

Pero si hoy he querido ponerme reivindicativo es porque creo que este tema pone sobre la mesa un aspecto muy importante de salud infantil del que debemos hablar: la promoción de la lactancia materna. En nuestro país la tasa de lactancia materna al nacimiento del bebé es muy alta, superior al 90%. Sin embargo, baja al 30-40% hacia los 6 meses de vida. Vuelvo a insistir en que hay que respetar lo que cada madre quiera hacer, pero estoy seguro de que en ese 60% de mujeres que no dan lactancia sus hijos al llegar a los 6 meses hay muchas a las que les hubiera gustado seguir dando el pecho a sus hijos si su situación de conciliación laboral fuera distinta.

Por ello me sorprende que desde cualquier nivel administrativo no se promueva la lactancia materna, como es el caso de negar a una madre llevar su leche a la escuela infantil, ya que invertir en la promoción de la lactancia materna es invertir en la salud de la población. Todavía queda mucho por hacer en este campo, como por ejemplo permisos de maternidad (y paternidad) remunerados más largos, pero también pienso que hay cosas muy sencillas de implementar que no tienen ningún coste para la administración, como es que una madre pueda llevar su leche a la escuela infantil en donde deja a su hijo cada mañana para poder trabajar.

 

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¿Pueden las recién nacidas tener la menstruación?

pañal con sangre

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

Hace unos días vino a mi consulta una recién nacida de cinco días de vida para su primera revisión. La mayor preocupación que tenía la madre es que había notado desde hace un par de días unas manchas rojas en el pañal.

Confiado de mí, le dije que seguramente eran uratos amorfos, unos cristalitos de color rojo anaranjado que están presentes en la orina de muchos bebés y que tiñen el pañal de ese color. Sin embargo, al abrir el pañal para explorarla, me encontré con algo completamente diferente. Lo que allí había era sangre roja, sangre fresca como la que veis en la foto que abre este post. Por lo demás, la niña estaba estupendamente y no tenía ninguna lesión a ese nivel.

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¿Desde cuándo pueden los niños usar almohada?

Almohada

Fuente: Pixabay

Una de las recomendaciones que más se repite cuando se da alta a un recién nacido del hospital es que debe dormir boca arriba y alejado de objetos que estén sueltos cerca de él, como por ejemplo una almohada, un peluche o unos cojines. Esta recomendación no es un capricho de los pediatras, si no que responde a las recomendaciones internacionales para prevenir la muerte súbita del lactante. Cuando los padres y las madres reciben esta información, la aceptan -y comprenden- de buen grado, pero llega un momento en el que, a medida que sus hijos crecen, se plantean cuándo les podrán ofrecer una almohada para que sus pequeñas cabecitas duerman sobre ella, al igual que hacen ellos. No en vano, la gran mayoría de los adultos la usamos para el descanso nocturno. La gran pregunta sería entonces cuándo pasan los niños de dormir sin almohada a dormir con ella.

En este post encontraréis recomendaciones sobre cuándo pueden los niños empezar a usar almohada y cuáles son los materiales ideales para ello.

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¿Cómo elegir un chupete?

El 10 de marzo de 2021 realizamos un directo de Instagram junto a la odontopediatra Yaiza Cuba, más conocida en dicha red social como @dra_cuentadientes, en el que analizamos en qué os debéis fijar a la hora de elegir un chupete. En este video no vais a encontrar una defensa a ultranza del uso del chupete, ni mucho menos, pero dado que una gran mayoría de familias optan por ofrecérselo a los más pequeños de la casa, no está de más que conozcáis que es lo que hace que un chupete sea ‘menos malo’ respecto a otros. Porque una cosa hay que tener clara: no hay chupete ‘bueno’.

Además, en esta charla distendida hemos hablado de otras muchas cosas en lo que respecta a los chupetes entre las que destacamos:

  • Breve historia de los chupetes.
  • ‘Beneficios’ e ‘Inconvenientes’.
  • Partes del chupete: tetina, cuello y escudo, y cuales son los ‘peores’.
  • Diferentes materiales y tallas.
  • Cuándo se debe retirar.
  • Interferencia con el lenguaje y la lactancia materna.

No os lo perdáis porque no es falsa modestia si os decimos que está muy muy bien.

Si aguantáis hasta el final, Yaiza hace un Top 5 de chupetes ‘menos malos’ y también nos cuenta cuál le parece el peor para la salud oral de los niños.

NOTA: ni Yaiza ni nosotros hemos recibido ninguna financiación por realizar este directo, por lo que no tenemos ningún conflicto de intereses al respecto.

¿Por qué los recién nacidos tienen los pies tan secos?

Una de las cosas que más nos repiten los padres y las madres con hijos recién nacidos es que sus bebés tienen la piel muy seca y que por mucho que les echan crema hidratante no consiguen que mejore. Esta situación es muy habitual y en muchas ocasiones descoloca a los padres porque ellos esperan que, tras el parto, la piel de sus hijos sea muy suave y de color de rosa, ya que es lo a lo que están acostumbrados a ver en otros bebés. Sin embargo, hasta que eso ocurre suelen pasar unos 10 o 15 días.

Pies recién nacido

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

Si os estáis preguntando cuál es la razón a esa piel tan reseca y cuarteada (sobre todo suele ser muy visible en la zona de los pies, como en la foto de arriba) es debido a que cuando el bebé estaba en el útero materno estaba en un ambiente muy húmedo ya que estaba rodeado completamente de líquido amniótico. Al nacer esa situación cambia y pasa a estar en un medio aéreo. Ese cambio tan radical en unos pocos minutos da lugar a que la piel del recién nacido se tenga que adaptar a la nueva situación, y en ese proceso es muy habitual que muchos niños presente una piel muy reseca durante los primeros días de vida. Algo parecido nos pasa a la adultos al pasar de vivir en un ambiente húmedo, como puede ser una población de costa, a uno seco, por ejemplo en medio de la meseta española.

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Mi hijo ya tiene un año. ¿Es normal que todavía no camine?

El inicio de la marcha libre es uno de los hitos del desarrollo que más expectación causan tanto a padres como abuelos. Es el momento en el que niño pasa a ser algo más independiente y en el que también empieza a hacerse chichones sin parar. A partir de aquí las tardes de parque se convierten en auténticas carreras detrás de la criatura, pero qué alegría da cuando por fin echan a andar.

El momento exacto en que cada niño comienza a caminar es muy variable, y el hecho de que uno lo haga a los 10 meses y otro a los 15 va a depender de muchos factores. En este post os aclararemos las dudas más frecuentes en torno a este tema que a menudo nos preguntáis en la consulta.

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¿Cada cuántos días hay que bañar a un bebé?

Llegan las ocho de la tarde y en tu cabecita una voz se pregunta: “¿Lo baño hoy o lo dejo para mañana?”. En ese momento un angelito aparece en tu hombro derecho y te dice que mejor hoy, no vaya a ser que llame la abuela para preguntar qué tal ha pasado el día su nieto y se entere de que se ha ido a dormir sin haberle metido un buen fregao; mientras, en el otro hombro aparece un diablillo que te intenta convencer de que no pasa nada por dejarlo para el día siguiente, que suficiente has tenido ya con levantarte a las 6.30 am, trabajar hasta las 5 pm, hacer de animadora infantil el resto de la tarde como para ahora montarse un spa para niños cuando a ti lo que te apetece es espanzurrarte en en el sofá y ponerte Netflix.

La pregunta en cuestión tiene mucha más miga de lo que podáis imaginar, o al menos eso me parece a mí, ya que muchos padres y madres nos preguntan en consulta cada cuánto deben bañar a sus hijos entre otros menesteres de higiene infantil. En este post intentaré poner un poco de sentido común al asunto, pero sin perder la perspectiva médica, que al fin y al cabo es la que a nosotros nos atañe.

¿Por qué hay que bañar a los niños?

Desde el mismo momento en que los niños nacen cabe la posibilidad de que se ensucien. De hecho, tras el parto se encuentran impregnados en líquido amniótico y sangre de su mamá que antes o después habrá que lavar de sus pequeños cuerpecitos.

Y a medida que se abren paso a la vida empiezan a surgir otras situaciones que pueden hacer que el bebé esté sucio o no huela bien, como esa caca enorme que le mancha toda la espalda, un pis a modo de fuente que le moja la tripa o regurgitaciones de leche que no es que huelan especialmente bien. Más adelante, cuando empiezan a tener algo de autonomía para desplazarse por si mismos, lo normal es que se arrastren por el suelo y se conviertan en una escoba atrapapolvo. Y si pensamos en cómo se ponen con la alimentación complementaria ya no te quiero ni contar.

A partir de los dos o tres años suelen volver del parque hasta arriba de barro, manchas de césped y vaya usted a saber qué más… Y al acercarse a la adolescencia, quizá ya no se manchen tan a menudo, pero su olor corporal se transforma en algo parecido a un vestuario de gimnasio.

Todas estas situaciones nos deben hacer pensar que en los niños hay que mantener un mínimo de higiene corporal (o quizás aspirar a un máximo). Y hasta que se hagan mayores y sean ellos los que decidan cada cuánto se deben duchar, somos los padres los que debemos tomar la decisión de cuándo pasarlos por el agua y jabón de la bañera. En la mayoría de las ocasiones esto dependerá de si el niño está limpio o sucio.

La piel de los bebés es delicada (y también la de los niños y los adultos)

Aunque no lo parezca, la piel es uno de los órganos más importantes del cuerpo humano. Entre otras muchas cosas nos sirve de barrera física contra las agresiones externas del mundo en el que vivimos. Por eso tenemos vello corporal -que nos protege del frío-, pelo en la cabeza -otro buen aliado contra el frío, pero también contra los golpes– o cejas y pestañas -que proporcionan protección a los ojos-.

Por otro lado, como si de una mano de pintura invisible se tratara, nuestra piel está recubierta por una finísima capa de grasa que proviene de las glándulas sebáceas que hay en ella y que nos aísla de la humedad y otras inclemencias meteorológicas, además de protegernos de contaminantes externos o algunas sustancias irritantes. Los niños poseen esta capa protectora al igual que los adultos, pero cuanto más pequeños son, más delicada es su piel ya que los mecanismos para reparar esa cubierta cutánea son todavía inmaduros.

Los jabones con los que nos lavamos son capaces de disolver la capa de grasa que cubre la piel, por lo que un exceso de limpieza podría eliminarla por completo y dejarla desprotegida, tanto en niños como en adultos. Con esto no quiero decir que no haya que lavar a los niños, pero nos debe hacer pensar que no hace falta frotarles como si hubiera que sacarles brillo ya que podría ser contraproducente.

Baño diario: ¿sí o no?

Decía Aristóteles que la virtud está en el termino medio y aplicado al baño de los niños no podemos estar más de acuerdo. Está claro que a los niños hay que asearlos, pero como hemos visto, un exceso de higiene, incluso con productos respetuosos para su piel, puede ser contraproducente. A pesar de ello, la gran mayoría de los niños toleran de sobra un baño al día.

En España lo habitual es que nos bañemos todos los días, tanto los niños como los adultos, inclusos en verano lo hacemos hasta varias veces en las mismas 24 horas. Sin embargo, en los países del norte de Europa lo habitual es bañar a los niños cada 3 o 4 días, seguramente porque tienen climas más fríos que la península ibérica. En mi opinión no hay una opción mejor que otra siempre y cuando se respeten unos mínimos de higiene.

Entre esos mínimos de higiene estaría, por ejemplo, la zona del pañal de los más pequeños de la casa. En este caso, si veis que con las toallitas no es suficiente para que el bebé esté limpio, sí que deberíais lavar esa zona con agua y jabón todos los días, independientemente de cada cuánto les aseéis todo el cuerpo.

¡¡Aplicad el sentido común y no os agobiéis!!

Teniendo en cuenta todo lo anterior, la decisión de si bañar a un niño todos los días o hacerlo con menor frecuencia la podéis tomar vosotros tranquilamente sin que sea obligatorio hacer una cosa u otra. Es habitual que en consulta muchos padres nos comenten que para sus hijos la hora del baño es un momento agradable y que lo disfrutan mucho, mientras que para otras familias supone un momento de estrés muy grande tanto para el niño como para ellos.

Aplicando el sentido común, y respetando esos mínimos de higiene de los que hablaba antes, haced con vuestros hijos lo que mejor os encaje. Y sobre todo, no os agobiéis ni os sintáis culpables si un día os han dado las diez de la noche y no habéis bañado al churumbel, que podéis dejarlo para el día siguiente sin ningún problema.

Por último, en el caso de que vuestro hijo tenga una piel delicada, como por ejemplo aquellos que padecen dermatitis atópica, puede ser útil desde el punto de vista médico que los baños sean cortos y demorarlos a cada 48-72 horas.

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¿Cuándo debería cambiar a mi hijo de la cuna a la cama?

Tener un hijo es un huracán de decisiones para las que casi nadie os prepara y que, casi sobre la marcha, habréis de decidir como si de ello dependiera el futuro de toda la humanidad. La mayoría de ellas están influenciadas por el marketing y la publicidad, pero si os paráis a pensar tan solo un segundo, llegaréis a la conclusión de que no todo es tan necesario como te lo venden y que es probable que no haya una solución perfecta para lo que necesita vuestro hijo, por mucho que la vecina del quinto os diga que a ella eso que también le recomendaron le fue de maravilla.

Como bien sabéis, este no es un blog sobre crianza, es un blog sobre salud infantil, así que muchos estaréis pensando que en qué jardín nos estamos metiendo a la hora de hablar de cunas y de cuándo sacar a los niños a la cama. Y tenéis parte de razón. Sin embargo, esta pregunta nos la habéis hecho con frecuencia y nos hemos tomado la libertad de escribir esta entrada desde el punto de vista de padres, pero también como pediatras. Hablaremos de tipos de cunas, de su seguridad, del colecho, de las caídas de la cama…, pero al final, como todo con los hijos, vosotros tendréis que decidir qué hacer con vuestros angelitos cuando os llegue el momento.

Tipos de cuna

Existen miles de cunas diferentes, sobre todo por su tamaño y el uso que se les puede dar. Una ardua investigación (unos tres minutos mirando en Google) nos ha permitido organizarlas en cinco tipos diferentes. Vamos a verlas:

  • Minicuna: normalmente con un tamaño pequeño de unos 80x50cm. Es muy práctica durante los primeros meses de vida ya que cabe en cualquier rincón de la habitación, además se puede trasportar fácilmente de una habitación a otra (a veces tienen hasta ruedas) para que el bebé se eche la siesta en el salón mientras os veis una serie de Netflix. Tienen un problema, suelen quedarse pequeñas pronto y hay que cambiar a una de mayor tamaño al cabo de pocos meses.

Típica “minicuna”. Pequeña y fácil de cambiar de sitio.

  • Moises: algo más pequeña que la minicuna (70x35cm), pero más bonita (para el que le gusten las cestas y los lazos), pero en general poco práctica (se quedan pequeñas muy pronto).

Cuna tipo “moises”. Una cuna bonita para quien viva apegado al pasado.

  • Cuna “normal”: la típica de toda la vida que guardan los abuelos en el pueblo de cuando éramos pequeños y que no habría inconveniente en reutilizarla. Tienen un tamaño de 120×60 cm y barreras a ambos lados. Además, suelen permitir poner el somier a diferentes alturas para que, a medida que el niño crece, no se escape de su “cárcel” de madera. El problema que tienen es que son bastante más grandes que las minicunas y que casi ninguna se puede convertir en cama (quitando las barreras) cuando el niño se hace mayor, pero te pueden valer para muchos meses/años. Algunas permiten bajar un poco uno de los laterales para que sean más accesibles y así no os rompáis los riñones a la hora de coger al niño.

Cuna “normal”. Con sus barrotes para que el niño no se caiga. El colchón/somier se puede poner a diferentes alturas.

  • Maxi-cuna: muy similar a la anterior pero con un tamaño mayor, en general 140x70cm. También permite poner el colchón a diferentes alturas, por lo que se puede usar incluso si el niño es pequeño. Además, se pueden quitar las barreras de los laterales sin que se desmorone y convertirse en una camita pequeña hasta que decidáis comprar una cama de “niño mayor”.

  • Las mal llamadas “cunas de colecho”: su nombre más correcto sería “cuna tándem” o “sidecar”, porque o el bebé hace colecho (y duerme en la cama de sus padres) o duerme en la cuna (y por tanto no colecha), pero las dos cosas a la vez no son posibles (a no ser que sea alguno de los progenitores el que se meta en la cuna del niño a compartir el lecho con su bebé). Son cunas adosadas con correas a la cama de los padres para que no se separen con uno de los laterales bajado, lo que permite al bebé pasar de la cuna a la cama con cierta independencia, si es que ya se mueve lo suficiente, y a los padres cogerlo sin tener que levantarse, ideales para que toda la familia pueda descansar. Su tamaño es variable, unos 95×60 cm, entre una minicuna y una cuna convencional. Aunque normalmente se anclan a la cama de los padres, también se pueden usar con independencia por lo que son muy prácticas y duran algo más de tiempo que una minicuna.

Típica cuna “de colecho” adosada a la cama de los padres. Tiene un lateral bajado para poder coger al niño con facilidad, pero también se podría usar como una cuna normal (subiendo el lateral) de tamaño algo mayor a una minicuna.

Y ahora que hemos repasado “todos” los tipos de cunas, os toca a vosotros decidir cual queréis para vuestros hijos. Pensadlo con calma, que cada familia tiene unas necesidades y un nivel adquisitivo diferente. No hace falta que el niño pase por todas estas cunas, ni mucho menos. Tened en cuenta que los niños crecen y lo que ahora os parece una maravilla, en tres o cuatro meses puede que haya que cambiarlo (y no solo la cuna, sino toda la ropa de cama, …). Al fin y al cabo, lo que necesita un niño es que lo mimen y no tener todas las cunas del catálogo de la tienda de bebés en su casa. Hasta es una muy buena opción pedirle la cuna a alguna amiga o familiar que haya tenido un bebé hace unos meses y acabe de cambiar de cuna. Lo que sí es importante es que comprobéis que están homologadas (todas las cunas que se venden suelen estarlo) ya que esto garantiza que la cuna es segura para que vuestro bebé duerma sin riesgo, por ejemplo, de quedarse atrapado entre los barrotes.

A veces tendemos a comprar una cuna que se “ajusta” al tamaño del niño cuando esto no es necesario. No pasa nada por que la cuna le quede “grande”. De hecho, ¿a quién no le gusta dormir en una cama tamaño kingsize?

En nuestra opinión de padres, una buena combinación es una “cuna de colecho” (por que para por las noches es muy practica, por que es más grande que la minicuna y también por que se puede usar de forma independiente) y luego directamente una “maxi-cuna” (ya que te sirve como una cuna cuando todavía el niño es un bebé, pero se puede trasformar en una cama de un tamaño muy digno más adelante). Pero oye, cada uno que tome su decisión.

¿Y qué pasa con el colchón?

Ahora toca ponerse serio y cambiar el chip de padres a pediatras. Sinceramente, como pediatras nos da bastante igual la cuna que elijáis: haced lo que más ilusión os haga o lo que quede mejor con el color de la habitación donde dormís. Sin embargo, en cuanto al tema del colchón y qué debe haber en la cuna mientras vuestro hijo duerme, los pediatras sí que tenemos mucho que opinar.

La única recomendación oficial por parte de la Asociación Española de Pediatría y la Academia Americana de Pediatría sobre la superficie sobre la que tiene que dormir un niño es que sea firme y que no se hunda para prevenir la muerte súbita del lactante, además de que el colchón se ajuste bien a la propia estructura de la cuna. Así de simple. Un colchón que no sea lo suficientemente blando como para que se deforme con el peso del niño. Eso es lo único importante.

Materiales para colchón hay muchos (espuma, muelles, latex, viscolástica…) y varían mucho de precio de unos a otros. Desde uno “normalito” hasta el tope gama que anuncian las infleuncers de Instagram a bombo y platillo. En el fondo, el material que elijáis da bastante igual ya que ninguno ha demostrado científicamente que mejore respecto a los otros la salud de los bebés. Así que de nuevo, comprad el que más os apetezca, siempre y cuando no se hunda. Sí sería conveniente que tuviera una funda por aquello de que algún día vomiten o se les salga el pis y lo podáis lavar con independencia.

Algunos diréis, “pero es que yo he visto una marca que dice que vende unos colchones que previenen la muerte súbita del lactante y, claro, como no se lo voy a comprar a mi hijo…”. Desde luego que estos colchones no son “malos”, pero lo importante es que no son mejores que cualquier otro ya que lo que realmente previene la muerte súbita del lactante es que el bebé duerma BOCA ARRIBA sobre una superficie firme, y eso se consigue con cualquier tipo de colchón. Otra vez, mucho marketing detrás de este tipo de cosas…

Así no: bebé durmiendo boca abajo, uno de los factores de riesgo más importantes para el Síndrome de Muerte Súbita del Lactante (Nota: cuando ellos se dan la vuelta solos y se ponen así ya no hay peligro).

Además, también querríamos recordaros que las cunas deben estar despejadas de objetos durante al menos los seis primeros meses de vida (peluches, mantitas de apego y demás). Y por otro lado, la Asociación Española de Pediatría recomienda que los niños duerman en su propia cuna, en la misma habitación que los padres, al menos hasta los seis meses de vida como parte de la prevención de la muerte súbita.

Vale, vale…, pero entonces, ¿cuándo cambio a mi hijo de la cuna a la cama?

Ya os habréis dado cuenta que es muy probable que durante los primeros años de vida de vuestro hijo tengáis que cambiar de cuna para que no parezca una sardina enlatada a medida que crece. Y si habéis sido observadores, todas las cunas están diseñadas con unos elementos de seguridad que impiden que los niños se caigan cuando aprenden a sentarse o a ponerse de pie. Además, muchas permiten ir bajando el somier para que el fondo de la cuna quede más abajo a medida que el niño gana en altura y así impedir que se escape con facilidad.

El quid de la cuestión viene cuando hay que tomar la decisión de cambiar la cuna, esa pequeña cárcel con barrotes de madera que impide que el niño se escape a media noche en busca de una ración extra de galletas de la cocina, por una cama de “niño mayor”. Para daros respuesta tenemos dos opciones: la primera como pediatras y la segunda como intento de psicólogos infantiles:

  • En el momento en el que un niño aprende a salirse solo de la cuna saltando los barrotes es mejor pasarlo a una cama bajita. Siempre será preferible que se levante por la noche y os vaya a buscar a la habitación por que quiere dormir con vosotros a que lo intente una vez saltando de la cuna y se pegue un trastazo en la cabeza que os haga ir a urgencias con un brecha en medio de la frente o algo peor. Para algunos será con año y medio, para otros más tranquilos cerca de los tres…, pero al final lo que más os debe hacer tomar esta decisión es la seguridad de vuestros hijos.
  • Y la segunda opción es porque el niño lo pida. Hay niños pequeños a los que no les gusta la cuna, por que tienen hermanos mayores a los que ven ya en sus camas, por que quieren subirse a jugar solos en ese espacio que ya han hecho suyo, por que no quieren sentirse “encerrados” entre los barrotes… Por diversas razones. En estos casos también es adecuado pasarlos a una cama de su tamaño aunque todavía no sepa escarparse de la cuna. Si os da apuro que se caigan porque son muy movidos por la noche, comprad camitas bajas y poned una barrera.

¿Y los que hacemos colecho?

Faltaría hablar de los niños que no duermen en cuna y duermen en la cama de sus padres (sea el motivo que sea por el que lo haya decidido la familia). Si nos seguís, sabréis que tenemos un post sobre cómo practicar colecho seguro que es al fin y al cabo lo que a nosotros como pediatras nos interesa para vuestros hijos. Que cada familia decida cómo quiere descansar.

Mamá y su bebé practicando colecho

Sin embargo, sí que hay una cosa que nos preocupa del colecho. De vez en cuando aparece por Urgencias algún niño que se ha caído de la cama de sus padres al hacer colecho, y como bien sabréis, la altura a la que están los colchones de los adultos es bastante considerable, con el consecuente posible traumatismo craneal de mayor o menor gravedad. Hasta que el niño no se voltee por si solo es difícil que se caiga, pero el ser humano es un animal muy confiado… Y llega el día en el que pones a dormir a tu hijo de ocho, nueve o diez meses en la cama, como lo habías hecho todos los días de su vida al iniciar la noche, y te vas a cenar y descansar de la ardua jornada laboral. Y al rato oyes un golpe y antes de llegar a la habitación ya sabes lo que ha pasado…

En nuestra opinión, si hacéis colecho con niños que pequeños, las camas deben estar a ras de suelo. De nada sirve rodearlos de cojines a modo de barrera. No lamentemos una caída con una lesión grave cuando se podría haber evitado. También podrías poner barreras a las camas done hacéis colecho, pero pasa un poco lo mismo que con las cunas, que llega el día en el que aprenden a saltarlas.

¿Y cuándo dejar de hacer colecho? Pues esta es una decisión que también tendréis que tomar vosotros como familia y en la que los pediatras tenemos poco que opinar. Por ejemplo, en Japón -una sociedad en la que el colecho es un práctica habitual para todas las familias- esperan a que sea el niño el que tome la decisión (hacia el inicio de la primaria coincidiendo con los 6-7 años), pero hay familias que están encantadas y que lo mantienen más tiempo. Aquí que cada uno haga lo que quiera.


Y ya está, no hay que darle más vueltas a lo de las cunas y las camas. Mucho sentido común y seguridad para vuestros hijos.

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Bibliografía:

¿Desde cuándo pueden beber agua los bebés?

Ahora que llega el buen tiempo y empieza a hacer calor, muchas madres se preguntan si sus hijos pequeños pueden beber agua para calmar la sed que creen que tienen, en un intento de resfrescarles un poco el espíritu. Porque quizá en Gijón, con la brisa del mar y alguna que otra tormenta, no haga falta, pero en Sevilla, a 43º a la sombra, ¿quién no le daría un buen lingotazo a la fuente del parque para apaciguar el calor del verano? Seguro que todos.

Antes de meternos en faena vamos a dejar claros un par de conceptos. A lo largo de este post nos referiremos como “bebés” a aquellos niños que todavía toman lactancia (ya sea materna o artificial) como la parte fundamental de su alimentación, que como bien sabréis son los menores de un año. Por tanto, el título de esta entrada se podría cambiar por “¿cuándo pueden beber agua los niños menores de un año?”… De esa edad en adelante haremos mención al final de este artículo. Vamos a ello!!

Las necesidades de líquidos de un bebé

Una de las cosas que te grabas a fuego cuando estudias pediatría es la cantidad de mililitros (mL) que necesita un niño según su peso para cubrir sus necesidades hídricas diarias. Es lo que se conoce como regla de Hollyday y nos sirve a los pediatras, por ejemplo, para calcular el suero que tenemos que poner a un niño al que van a operar de una apendicitis para que no se deshidrate, pero también para calcular qué cantidad de leche debería tomar un bebé para mantenerse bien hidratado y crecer de forma adecuada.

Otra cosa que seguro que sabéis es que hasta los 6 meses de vida, los bebés sanos son capaces de alimentarse solo de leche, ya sea materna o artificial. De ahí que la recomendación tanto de la OMS como de la Asociación Española de Pediatría sea la de esperar hasta esa edad para iniciar la alimentación complementaria, es decir, los alimentos diferentes a la leche.

Os parecerá una tontería, pero ¿cómo puede entonces mantenerse un niño tan pequeño bien hidratado si sólo toma leche? Pues aquí es donde la naturaleza hace su magia, porque ¿sabéis qué? Cerca del 90% de la composición de la leche materna (y también de la artificial) es agua, lo que garantiza que el bebé toma líquidos suficientes siempre y cuando se respete la lactancia a demanda.

Pero si la leche es agua casi en su totalidad, ¿puedo darle entonces agua a mi bebé?

Seguro que a más de uno le habrá saltado esta pregunta a la cabeza y tiene toda su lógica, sobre todo a los que alimentáis a vuestros hijos con leche artificial: si para preparar un biberón pongo unos polvos en un recipiente con agua, ¿que tiene de malo que le de un poco de agua sin más? Parece lógico, ¿verdad? Incluso, “¿qué más dará un lingotazo de agua en vez de la teta de mi mamá? Así la dejo descansar un rato…”.

El problema surge porque los bebés más pequeños notan hambre cuando se les vacía el estómago, a diferencia de los adultos que nos damos cuenta de que queremos comer de forma diferente. Si a un bebé que pide le damos unos buchitos SOLO de agua, su cuerpo pensará que está comiendo y es probable que luego no reclame una toma cuando realmente le toca, ya sea de teta o de biberón.

Por eso los pediatras repetimos como un mantra “la lactancia debe ser a demanda”, lo que garantiza que el niño toma los nutrientes que necesita, pero también los líquidos que le hacen falta. En verano, cuando hace calor y el niño tiene más sed, esta será más frecuente, así como cuando tiene una gastroenteritis ya que las necesidades de líquidos son mayores. Por eso es muy habitual que durante la época estival los bebés reclamen más tomas de lo que hacían habitualmente. Además, recordad que la primera parte de una toma de lactancia materna tiene sobre todo agua, por eso esas tomas “extra” que hacen en verano os puedan parecer solo un chupito comparadas con las que hace cuando os vacían el pecho entero.

¿Y que pasa a partir de los 6 meses?

Entre los 6 y los 12 meses de vida, los niños realizan una transición entre la lactancia exclusiva a comer “de todo”, es decir, como un adulto. En ese proceso la leche va perdiendo protagonismo hasta que, al rededor del año de vida, no representa más del 30% de la ingesta calórica diaria (no os volváis locos que no hace falta que calculéis nada). A este periodo de la vida se le conoce como alimentación complementaria.

Como os podéis imaginar, si la leche, que era la fuente única y principal de líquidos para un niño menor de seis meses empieza a perder protagonismo, algo habrá que hacer para que el niño no se deshidrate. Pero no os preocupéis que está todo pensando.

Los alimentos que acompañan a la leche como parte de la alimentación complementaria también contienen agua. Por ejemplo, las frutas son casi todo agua: las fresas un 91%, la manzana un 84%, la naranja un 88%… Y en cuanto a las verduras: las judías verdes un 90%, el calabacín un 95%, la zanahoria un 88%… Además, ¿quién hace un puré de verduras en seco? Todo esto pone de manifiesto que aunque un niño no tome leche para comer o para merendar, parte de la ingesta hídrica que necesita la compensa con los propios alimentos que ha comido.

De todas formas, sobre todo en los niños que toman lactancia artificial o en aquellos que toman materna y su mamá no está presente, no está de más que a partir de los seis meses se les ofrezca (ojo, ofrecer no es forzar a beber) un poco de agua en las comidas, como parte de los líquidos que deben tomar a diario.

¿Y qué es mejor: con vasito o biberón?

Habréis visto en las tiendas para bebés multitud de cacharros para enseñar a los niños a beber: que si vasitos con boquilla, que si vasitos 360º, que si tazas con asas ergonómicas, que si biberones de agua…

La verdad es que da un poco igual lo que utilicéis cuando llegue el momento de ofrecer agua a vuestro hijo. Sin embargo, tenéis que pensar que no es lo mismo tomar teta o un biberón, que tomar un vaso de agua. Así que cuanto antes empecéis el entrenamiento de “tragar” agua como un niño mayor, pues mejor que mejor.

Tampoco pasa nada por hacerlo poco a poco, pero si que es importante que tengáis en la cabeza que los niños se hacen mayores y cuanto antes les quitemos los vicios de bebé, pues mejor que mejor, que luego queremos hijos autónomos a los que no les hemos dado esa oportunidad.

Y si os estáis preguntando que si hay que hervir el agua o debe ser mineral… supongo que ya sabéis que no es necesario. Basta con que ofrezcáis a vuestros hijos la misma que tomáis vosotros: si es del grifo porque vivís en Madrid y dicen que el agua es maravillosa, pues fenomenal; si vivís en zona de costa y no os gusta el sabor y tomáis embotellada, pues tampoco pasa nada… Normalización y sentido común.

¿Y a partir del año de vida?

Como decíamos, a partir del año de vida los niños están sobradamente preparados para comer como un adulto, y en ese sentido el agua es la bebida que no debe faltar en la mesa cuando se sientan a comer o cenar. No pasa nada porque también les deis un poco de leche como parte de esas comidas, pero recordad que esta “bebida”, además de agua, contiene hidratos de carbono, proteínas y grasas que podrían sobrealimentar a vuestro hijo si es que solo tenía sed. Al fin y al cabo, la leche es una fuente no desdeñable de calorías que se debe dar (si es que esta es vuestra decisión) como parte de un alimentación sana y equilibrada.

El problema que tienen los niños pequeños de uno o dos años es que tienen pocos recursos para pedir lo que necesitan, y podría ocurrir que tengan sed y no tengan acceso al agua. Por eso es muy importante que se la ofrezcáis de vez en cuando (otra vez, ofrecer no es forzar), para que beban si es lo que les apetece (por ejemplo, podéis llevar una cantimplora con un vasito en el carro cuando salgáis de paseo para que no os pille desprevenidos). A media que se vayan haciendo mayores estarán más capacitados para transmitiros lo que quieren, de hecho, la palabra “agua” es de las primeras que aparecen en el vocabulario infantil.


En resumen:

  • Hasta los seis meses de vida no se recomienda que los bebés tomen agua ya que con la leche materna o la artificial se cubren las necesidades diarias de líquidos que un niño necesita.
  • Entre los seis y los doce meses, cuando se comienza con la alimentación complementaría, los bebés pueden empezar a beber agua con las comidas en pequeñas cantidades, manteniendo la leche como el aporte hídrico principal.
  • Una vez cumplidos los doce meses la cosa se invierte y es el agua el principal líquido que un niño debería beber.

NOTA: como habéis podido leer, no hemos mencionado ningún otro liquido que no sea agua o leche, ya que no se recomienda que los niños pequeños (y seguramente tampoco los adultos) tomen bebidas para hidratarse diferentes a estas. Otra cosa es que de forma puntual, nos tomemos un refresco que de vez en cuando sienta de maravilla.

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Plagiocefalia postural: cuando se deforma la cabeza de un bebé

No se si os habéis fijado alguna vez en unos cascos de colorines un poco aparatosos que llevan algunos niños pequeños. Lejos de ser utilizados como medida preventiva contra un coscorrón, esas ortesis (así es como se llama a los dispositivos que nos ayudan a corregir una deformidad o malformación) están pensadas para devolver al cráneo la forma redondeada de los bebés con plagiocefalia, un tipo de deformidad de la cabeza que se produce por estar apoyada de forma constante en la misma zona.

No se si os acordaréis de cuando estudiabais el cuerpo humano en el colegio, pero el cráneo está formado por varios huesos (frontal, parietal, temporal, occipital…). Al nacimiento estos huesos no están fusionados entre si por dos motivos. El primero, para permitir que la cabeza se amolde al canal del parto (un sitio muy estrecho para que pase una cabeza, todo hay que decirlo) y, en segundo lugar, para que crezca a medida que lo va haciendo el cerebro de los niños. Por este motivo, y hasta que el cráneo se cierre, es fácil que se deforme si siempre esta apoyado en el mismo lado, dando lugar a la plagiocefalia.

En este post os contamos qué medidas preventivas podéis poner en práctica para evitar la plagiocefalia y, en el caso de que se produzca, qué podéis hacer antes de que vuestros hijos acaben con el temido casco de colorines en la cabeza.

¿Qué es la plagiocefalia postural?

El significado de “plagiocefalia” hace referencia a “cabeza oblicua” (la palabra plagio en griego significa oblicuo) y define muy bien qué forma adopta el craneo de los bebés en esta deformidad. Como podéis ver en la foto de abajo, al mirar la cabeza desde arriba esta adquiere la forma de un paralelogramo.

Plagiocefalia en forma de paralelogramo. Obsérvese como las orejas no están a la misma altura.

En los últimos 30 años hemos vivido una “epidemia” de plagiocefalia postural debido a que desde el año 1992 se recomienda que los niños duerman boca arriba como medida para prevenir la muerte súbita del lactante y, por tanto, con la parte de atrás de la cabeza apoyada sobre el colchón. Antes de esa fecha era una deformidad rara, pero en la actualidad es el primer motivo de derivación a las consultas de Neurocirugía desde Atención Primaria y su incidencia varía desde 1 de cada 300 niños sanos hasta un 50% (dependiendo del estudio que se consulte). Sin embargo, a pesar de esa epidemia de cabezas aplanadas, merece la pena poner a los niños a dormir boca arriba para prevenir la muerte súbita.

Esta deformidad aparece hacia el mes de vida y suele mejorar por si sola a partir de los 6 meses (cuando el niño empieza a sentarse solo). A pesar de ello, los casos más graves pueden tener importantes consecuencias estéticas. El diagnóstico no suele requerir pruebas complementarias y con una simple historia clínica y una exploración (siembre desde la parte de arriba de la cabeza) suele ser suficiente.

La plagiocefalia postural debe diferenciarse de la “verdadera plagiocefalia”, la cual se produce porque los huesos de la parte de atrás de la cabeza están fusionados y no permiten que esta crezca de forma adecuada. Esta “verdadera plagiocefalia ” es rara y suele ser fácil diferenciarla de la de tipo postural, además de requerir corrección quirúrgica. En el caso de que queden dudas de si se trata de un tipo u otro, la prueba a realizar es un escáner con reconstrucción 3D.

Además, la plagiocefalia postural está muy relacionada con la tortícolis congénita: un acortamiento del músculo esternocleidomastoideo del cuello que se produce por la posición excesivamente encogida del bebé dentro de la tripa de su madre. Ese acortamiento condiciona que la cabeza esté girada siempre hacia el mismo lado y por tanto, apoye siempre la misma parte de atrás. Por ello, ante una plagiocefalia postural, el pediatra debe descartar (y tratar) este tipo de tortícolis.

¿Qué implicaciones tiene la plagiocefalia postural?

Cuando se aplana la parte de atrás de la cabeza de un niño se produce una deformidad de todo el cráneo que puede tener consecuencias estéticas.

Si la deformidad se produce por el apoyo sobre uno de los lados de la parte de atrás de la cabeza, ese aplanamiento se compensa con el abobamiento de la frente del mismo lado así como una asimetría de la posición de las orejas vista desde arriba. Si el apoyo es en el centro de la parte de atrás de la cabeza esta suele aplanarse de forma simétrica sin deformar el macizo facial. En cualquier caso, las medidas preventivas y correctoras son similares. Además, en ambos casos suele aparecer una calva con menos pelo en la zona de apoyo.

En las plagiocefalias las orejas se ven a distinta altura cuando se observa la cabeza desde arriba. Además, un lado de la frente suele estar más prominente que el otro.

Antiguamente se creía que una plagiocefalia podía tener consecuencias negativas en el desarrollo del niño. Sin embargo, a día de hoy no esta demostrado que esta deformidad de la cabeza tenga consecuencias en el neurodesarrollo. Es cierto que algunos niños con alteraciones del desarrollo también tienen plagiocefalia, pero lo que parece es que esas alteraciones son las que condicionan una falta de movilidad del niño que a la postre le hacen apoyar la cabeza siempre en el mismo lado.

De todas formas, aunque la plagiocefalia solo tenga consecuencias estéticas, debemos darle la importancia que se merece para procurar una prevención y tratamiento adecuados en el caso de que se produzcan.

¿Cómo se puede prevenir la plagiocefalia?

Durante los primeros 6 meses de vida los bebes pasan mucho tiempo tumbados boca arriba. Por ello, es muy importante que los padres pongáis en marcha una serie de medidas para evitar que se produzca la plagiocefalia..

En primer lugar, es importante colocar a los niños boca abajo para jugar cuando estén despiertos y siempre bajo la supervisión de un adulto. Es lo que se conoce en inglés como tummy time (tiempo de la barriga). Esto ayudará por un lado a que no apoyen la cabeza siempre en la parte de atrás, además de favorecer el desarrollo neurológico ya que potencia la fuerza de la parte de arriba del cuerpo (brazos y hombros), tan necesarios para los primeros hitos del desarrollo. En general se recomienda una hora al día de este tipo de ejercicio, repartido en periodos de 20-30 minutos.

Aunque los niños deben dormir boca arriba, se recomienda que los padres pongan la cabeza del niño girada a un lado y a otro de forma alterna para que el tiempo de descanso del bebé no lo pase apoyado siempre en el mismo lado. A veces esto resulta imposible porque al niño le gusta girar la cabeza hacia donde recibe los estímulos (luz, sonido…). Para corregir este “vicio”, también podéis girar al bebé entero en la cuna cada ciertos días poniendo los pies en donde iba la cabeza y viceversa.

Las sillitas con cabezal en las que el niño vaya muy recogido están bien para los viajes en coche (como la maxicosi). Sin embargo, hacen que la cabeza de los bebés esté apoyada siempre en el mismo sitio por lo que debéis evitarlas para los paseos en carro.

Por último, cabeza que no apoya, cabeza que no se aplana. Así que coger en brazos a vuestros hijos todo lo que queráis durante estos primeros meses de vida (y mientras os dejen, que la adolescencia la alcanzan muy pronto). Por el mismo motivo, el porteo como opción de transporte para el bebé previene la plagiocefalia.

El neurocirujano y los “cascos”

Hablábamos al principio de este texto que en algunos casos había que recurrir a los cascos para corregir una plagiocefalia. Antes de llegar a ese extremo, los pediatras somos capaces de manejar casi todas las plagiocefalias una vez establecidas, ya que suelen mejorar enseñando a los padres las mismas medidas posturales que mencionábamos en la parte de la prevención y realizando una seguimiento estrecho. Al fin y al cabo lo que se busca es que el niño apoye la cabeza en la parte que no la tiene aplanada para compensar la deformidad.

Los protocolos sobre plagiocefalia establecen que si a los 5 meses la deformidad sigue estando presente a pesar de haber realizado un plan de reeducación postural, es el momento de derivar al niño al neurocirujano. En el caso de que este especialista lo considere oportuno, valorará la opción de utilizar un casco corrector hasta los 12 meses de edad. Esto cascos “empujan” unas zona determinadas de la cabeza consiguiendo remodelar la deformidad craneal.

Lactante con “casco” (ortesis) para la corrección de una plagiocefalia.

Como última opción, en el caso de que ni las medidas posturales ni el casco hayan sido suficientes para corregir una plagiocefalia postural con graves consecuencia estéticas, queda como posibilidad la corrección quirúrgica. Pero tranquilos, es muy raro que se llegue a este extremo en una plagiocefalia de este tipo.

¿Y qué pasa con ese cojín tan famoso que anuncian en todos lados?

Después de todo lo que habéis leído, muchos estaréis pensando en el cojín ese blandito como con un agujero en el centro que os regaló la prima María cuando nació vuestro bebé y que os dijo que era la solución para que no se le deformara la cabeza. Sin embargo, ninguna guía clínica recomienda este tipo de cojines en niños sanos para la prevención de la plagiocefalia, además cualquier objeto en la cuna de un bebé aumenta el riesgo de muerte súbita del lactante.

Es cierto que estos cojines pueden ayudar a distribuir el peso sobre el que apoya la cabeza del bebé, y que en casos muy seleccionados puede ser útil (como el de los bebés prematuros). Pero en el caso de un niño sano debería bastar con las medidas correctoras de postura antes mencionadas para la prevención de la plagiocefalia.

En los casos en los que la plagiocefalia esté establecida, pueden ayudar al tratamiento junto a los cambios postulares, pero deberá ser vuestro pediatra el que os lo indique más que que sea necesario que todos los niños dispongan de un cojín de este tipo como como parte del pack que toda familia debe comprar cuando trae a un crío a este mundo.


En resumen, la plagiocefalia es una deformidad craneal frecuente que se produce como consecuencia del apoyo constante en la parte de atrás de la cabeza en la misma zona. Se puede prevenir poniendo en práctica una serie de medidas (jugando con el niño boca abajo cuando está despierto, girando la posición de la cuna, porteando al niño cuando se sale a pasear…). En el caso de que no mejore, hacia los 5 meses está justificada la derivación al neurocirujano para que valore si es necesario utilizar un casco como medida correctora.

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Bibliografía:


Los derecho de imagen de la foto de cabecera del post pertenecen a Wisewiki bajo una licencia CC BY-SA 3.0.

Los derecho de imagen de la niña con el casco pertenecen a GeekAron bajo una licencia CC BY-NC-ND 2.0.