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Pesadillas y terrores nocturnos: las parasomnias de los niños

Una de las cosas que más preocupa a los que somos padres es el descanso de nuestros hijos. Lo que ocurre entre las nueve de la noche y las nueve de la mañana, cuando el sol ya se ha ido, se magnifica hasta limites insospechados. Y no es para menos ya que, por un lado, durante esas horas los niños descansan de su activad frenética diaria y, por otro, a los adultos nos regalan unas horas en las que podemos bajar el ritmo al que nos someten esos pequeños monstruitos.

Sin embargo, la gran mayoría de los padres se dan cuenta al tener hijos que duermen peor de lo que esperaban antes de tenerlos. En ocasiones se debe a que se despiertan mucho por la noche y reclaman una caricia o un beso, porque tienen miedo o porque quieren un vaso de agua o ir al baño. Estas alteraciones del sueño son muy habituales en los niños y, en la gran mayoría de los casos, no suponen más que un problema para el descanso familiar sin que realmente se las pueda considerar un trastorno.

Mención a parte merecen las parasomnias, que se definen como experiencias no deseadas que acontecen durante el sueño, como pueden ser los terrores nocturnos, las pesadillas o el sonambulismo, siendo la edad preescolar (niños de 2 a 6 años) la etapa de la vida en la que son más frecuentes. Se las considera un trastorno benigno que mejora con el paso del tiempo aunque pueden tener un impacto negativo tanto en el niño como en sus padres. Son tan frecuentes que se calcula que casi 9 de cada 10 niños de entre 2 y 6 años ha padecido alguno tipo de estos episodios alguna vez.

Por ello, merece la pena repasarlas para que las conozcáis por si llega el momento de enfrentaros a ellas o por si, por desgracia, las vivís habitualmente con vuestros hijos.

Tipos de parasomnias

Sin entrar en términos o explicaciones complicadas, durante el sueño, o mejor dicho, durante cada ciclo del sueño, la actividad cerebral se va modificando y adquiere un patrón determinado dando lugar a las diferentes fases del sueño que seguro que conocéis: la fase REM y la fase NO-REM.

Dependiendo de en qué fase del sueño se produzcan, las parasomnias se pueden clasificar en tres grupos: los trastornos del arousal, las parasomnias asociadas al sueño REM y otras parasomnias. Como las carácterísticas de las distintas fases del sueño son diferentes, suele ser fácil reconocer cada una de las parasomnias ya que la clínica que presentan durante el episodio es diferente de unas a otras.

Trastornos del Arousal o Prasomnias del sueño No-REM

Este tipo de parasomnias ocurre durante la fase No-REM del sueño y se caracterizan por una percepción alterada del entorno (el niño parece que delira o dice cosas sin sentido), el paciente no está paralizado (es decir, el niño se mueve y puede hablar) y, habitualmente, no recuerda lo que ha ocurrido. Como ocurren durante la fase NO-REM del sueño, suelen observarse en el primer tercio de la noche.

Aunque el mecanismo por el que ocurren es desconocido, hay una serie de factores que pueden influir en su aparición. Algunos de ellos son el haber dormido poco, la fiebre o padecer un proceso infeccioso, el estrés o tomar algún tipo de fármacos, como los antihistamínicos. Además, hay cierta predisposición familiar a padecerlos.

Dentro de este grupo de parasomnias encontramos tres tipos diferentes que a menudo son difíciles de diferenciar entre sí:

1. Terrores nocturnos

Es la parasomnia más frecuente y su pico máximo de afectación se da entre los 5 y 7 años de edad.

Durante estos episodios el niño parece que está despierto con mucho miedo, gritando e intentando defenderse de una amenaza tal como monstruos, arañas o serpientes. Pueden acompañarse de sudoración y taquicardia así como enrojecimiento facial.

Si tratamos de despertar al niño nos resultará prácticamente imposible o el niño nos responderá de una manera confusa e inconexa. Ceden al cabo de varios minutos de forma brusca sin que el crío recuerde el episodio a la mañana siguiente.

2. Despertares confusionales

Son episodios similares a los terrores nocturnos pero, en este caso, el miedo no domina el episodio. Lo que ocurre es que el niño se despierta parcialmente desorientado y confuso pudiendo estar con los ojos abiertos. Durante el episodio, el niño suele adquirir conductas inapropiadas y se resiste a que los padres le consuelen.

Como ocurre en los terrores nocturnos, por mucho que lo intentemos no conseguimos despertar al niño y a la mañana siguiente no recuerda lo sucedido. Su duración suele ser de 5-20 minutos y ocurren a edades algo más tempranas, 2-5 años.

3. Sonambulismo

De forma similar a los dos anteriores, el sonambulismo se caracteriza por un despertar parcial que evoluciona hacia conductas complejas y deambulación por la casa sin un rumbo fijo. A diferencia de los terrores nocturnos o los despertares confusionales, el niño está tranquilo y no presenta miedo. Pueden prolongarse durante unos minutos y, al igual que los anteriores, los niños no los recuerdan a la mañana siguiente.

El gran problema del sonambulismo es que el que los sufre puede ser víctima de un traumatismo al caerse por las escaleras o tropezar con algún mueble.

“Tratamiento” de las parasomnias asociadas al sueño No-REM

Lo más importante es que los padres entiendan que este tipo de episodios son benignos y no influyen en el día a día de los niños, por lo que la tranquilidad durante el episodio es lo más importeante. Habrá que tomar la medidas oportunas para que el niño no se golpee durante el tiempo que duren estos episodios haciendo el entorno seguro para él.

Durante el episodio no debemos tratar de despertar al niño o intentar consolarlo ya que, además de no servir para que la intensidad del mismo disminuya, el evento podría prolongarse. Por las misma razones, tampoco hablaremos con ellos. Esto que os pedimos es lo que más suele costar a los padres con niños con este tipo de parasomnias, pero os podemos asegurar que es por su bien.

Lo que sí se puede hacer para mejorar las parasomnias es mantener una buena higiene del sueño en nuestros hijos ya que se ha comprobado que esto disminuye la aparición de los episodios. Además, en caso de que éstos sean muy frecuentes y ocurran siempre a la misma hora, podemos programar un despertar a una hora determinada para evitar que el niño entre en esa fase del sueño en la que se producen estas parasomnias.

Aunque existe medicación que puede hacer disminuir la frecuencia e intensidad de estos episodios, debe reservarse para aquellos en los que se altera de verdad la dinámica familiar o existe peligro físico y, en todo caso, deben ser pautado por un especialista.

Parasomnais asociadas al sueño REM

El sueño REM ocurre un poco más avanzada la noche por lo que estos episodios suceden algo más tarde de lo que ocurren los terrores nocturnos. Durante el sueño REM existe una parálisis completa muscular, no existe movimientos, salvo el de los ojos (lo que las diferencia de las asociadas al sueño No-REM) y, además, el niño recuerda lo sucedido. Existen varios tipos, aunque son las pesadillas las más conocidas y frecuentes.

Pesadillas

Las pesadillas son sueños desagradables en las que sentimientos como el miedo, la rabia o la ansiedad se entremezclan. A diferencia de los terrores nocturnos, el niño se despierta de inmediato tras la pesadilla recordando lo sucedido. También, dado que se producen durante la fase REM del sueño en la que no existen movimientos musculares, no deberíamos sospechar que el niño está sufriendo una pesadilla hasta que se despierte.

Son muy frecuentes en niños en torno a 3 años (hasta un 30%) y pueden estar desencadenadas por traumas o experiencias negativas anteriores. En estos casos sí que conviene consolar al niño tras el episodio y, como cualquier padre o madre haría, intentar no asustarlo con cosas que puedan impactarle en su día a día ya que éstas podrán desencadenarlas. Al igual que en los trastornos anteriores, una buena higiene del sueño puede hacer que disminuyan este tipo de episodios.

Diagnóstico diferencial

Como habéis podido leer, es fácil diferenciar un terror nocturno de una pesadilla si nos fijamos en las características de cada uno de ellos, ya que, en la gran mayoría de los casos, no suele necesirarse ninguna prueba complementaria para poder diagnosticar qué tipo de parasomnia ha sufrido el niño.

Por otro lado, en raras ocasiones los niños presentan movimientos durante el sueño que no somos capaces de clasificar como una parasomnia concreta. En estos casos, un video casero realizado por vosotros suele ayudar al pediatra a hacer un diganóstico.

Si aún con ello sigue existiendo la duda de que se trate de una parasomnia, vuestro pediatra os debería derivar al especialista (el neurólogo infantil) por si pudiera tratarse de alguna otra enfermedad como la epilepsia. En este caso si que se requieren pruebas como un estudio del sueño o un electroencefalograma.


Como padres de niños pequeños que somos, sabemos lo desagradable que puede ser enfrentarse a un niño que grita con miedo por la noche al no saber cómo actuar en ese momento. Esperamos que con esta entrada podáis afrontar mejor esos momentos que todos hemos sufrido.

¿Para qué sirven los percentiles?

Cuando tienes un hijo pequeño y vas a la revisión del pediatra, después de medirlo y pesarlo, éste siempre te salta con frases como: “va muy bien de percentiles” o “se nos esta quedando pequeño, ha bajado de percentil”. Pero, ¿sabéis los padres realmente para qué sirven los percentiles?, ¿sabéis realmente interpretarlos? Cuando empezamos con este blog, una de las cosas que me prometí fue no escribir nunca sobre los percentiles. Yo siempre los he considerado una herramienta más para valorar a un niño, como el otoscopio y el fonendo, y que yo sepa, de momento, somos nosotros los que usamos estas herramientas y no los padres.

Sin embargo, una gran mayoría de pediatras acaban comentando a los padres el percentil de peso y talla en el que se encuentran sus hijos y, en muchas ocasiones, le he tenido que explicar a familiares y amigos que un percentil 10 de peso, aunque sea “bajo”, no tiene por qué ser malo o que un percentil 97 no significa que el niño esté “gordo”. Además, parece que a muchos padres les gusta presumir del percentil de sus hijos como si fuera una competición entre progenitores orgullos por ver quién está en el “mejor percentil”, cuando tal cosa no tiene ni pies ni cabeza.

Con esta entrada intentaremos explicaros de forma sencilla qué es un percentil y para qué sirve, pero recordad, es el pediatra el que debe hacer una interpretación de los mismos junto con la historia clínica del niño y su exploración física completa para valorar si esos percentiles son los adecuados para ese niño concreto o están alterados.

¿Qué es un percentil?

En pediatría existen un montón de parámetros que podemos medir como son el peso y la talla de un niño, pero también otros tantos como el coeficiente intelectual, el azúcar en sangre o la tensión arterial. El valor de estas medidas carece de sentido si no lo comparamos con el del resto de los niños de sus edad para poder decir si el valor concreto que hemos obtenido es alto, medio o bajo. En este sentido, los percentiles son una herramienta fundamental para valorar el crecimiento de un niño.

Los percentiles no son más que una medida estadística relativa que pone en relación la medición concreta en un niño, como podrían ser el peso o la talla, con las medidas de esa misma variable en el resto de la población con la misma edad y sexo. Siendo más exactos, el percentil indica qué porcentaje de mediciones son iguales o menores que el valor concreto que hemos obtenido.

Con un par de ejemplos se entiende más fácil. Si un niño es un percentil 80 de talla significa que el 80% de niños de su edad mide lo mismo que él o menos. Si una niña es un percentil 30 de peso significaría que el 30% de niñas de su edad pesa lo misma que ella o menos.

¿Qué importancia tienen los percentiles?

De manera muy resumida, los percentiles nos sirven para dos cosas.

Por un lado para comparar el peso y la talla de un niño con el resto de niños de su edad en un momento concreto. De esta forma podríamos decir “este niño está en la media de peso para su edad” o “es de los que más pesa de su clase”, o también “es de los más altos de su clase” o “de los más bajitos”, dependiendo de si su percentil de peso o talla es alto o bajo.

En este sentido, esa comparación con otros niños de forma aislada en un momento dado no tiene mucho valor ya que lo importante es conocer cómo crece y se desarrolla un niño a lo largo del tiempo. Por fortuna, los percentiles también nos informan del crecimiento de un niño a lo largo de la infancia, de tal forma que podemos evaluar como ha ido creciendo con el paso de los meses o los años y evaluar si lo hace siempre por la misma curva de percentil o cambia a mediad que pasa el tiempo.

La relación de los perecentiles de peso y talla

Otro aspecto muy importante a tener en cuenta de los percentiles es que no deben valorarse de manera aislada, ya que lo importante es la relación entre ellos mismos.

En general, los pediatras primero valoramos el percentil de talla de un niño para decidir si es de los más altos de su edad o de los más bajitos para luego evaluar el percentil de peso en relación al de la talla y decidir si el peso que tiene el niño está acorde con su talla.

Como os podéis imaginar, un niño en percentil 90 de talla y percentil 90 de peso no es un niño “gordo”, en todo caso sería un niño alto con un peso adecuado a su altura, lo que vendría siendo “grande”, pero nunca gordo. De la misma forma, un niño en el percentil 10 de talla y percentil 10 de peso no es un niño “delgado”, seria un niño de poca estatura con un peso acorde a la misma. Por el contrario, un niño con un percentil 10 de talla y percentil 97 de peso, sería un niño bajito con un peso muy por encima de lo que le corresponde a su altura. ¿Entendéis esa relación que os estoy comentando?

El aspecto evolutivo de los percentiles

Además de esta relación entre los percentiles en un momento concreto,  otro aspecto fundamental que interesa al pediatra es si los percentiles se han modificado con el paso del tiempo.

Por ejemplo, un niño que desde el nacimiento es un percentil 10 de peso y talla y siempre crece por el mismo percentil, no debería preocuparnos por ser “pequeño”, ya que si siempre ha crecido en esos percentiles será porque le ha tocado ser así por mucho que parezca bajito y delgado respecto a los niños de su edad. Por el contrario, un niño que siempre crecía en el percentil 50 de peso y talla y con el paso de los meses pasa a ser un percentil 10 de peso significa que ha dejado de coger peso como venía haciendo habitualmente. En este último caso, el pediatra deberá estar ojo avizor para avaluar si ha sido algo transitorio o puede deberse a una enfermedad.

Lo que está claro es que a todos los padres y madres de este mundo nos gustaría tener los hijos más guapos, fuertes y sanos y en este sentido los percentiles puden reflejar que nuestro hijo está creciendo de forma adecuada. Sin embargo, y como os he explicando a lo largo de este post, tener un percentil alto o bajo no quiere decir que vuestro hijo esté más o menos sano.

¿Deberían conocer los padres los percentiles de sus hijo?

Y llegamos al quid de la cuestión. Esta es una pregunta que me hago desde hace tiempo y cada vez estoy más convencida de que la respuesta es que no. En mi opinión, a unos padres que acuden a consulta para ver como está creciendo su hijo les debería bastar con una explicación simple como “está bien y está creciendo como lo hace habitualmente” o “ha adelgazado mucho desde la última visita y me gustaría verlo en unas semanas”, más allá del valor concreto del percentil o la gráfica de los mismo.

Por ello creo que los padres no deberían conocer el percentil de los niños sin una buena explicación por parte del pediatra que pueda llevar a errores de interpretación y, por tanto, a preocupaciones sin motivo. Quizá poco a poco podamos ir desterrando esa práctica tan habitual de dar en un papel el peso y la talla de los niño con el percetil al lado en cada visita como si fuera el permiso de circulación del coche o la ITV.

Cómo elegir un juguete para un niño pequeño

Elegir un juguete para un niño puede ser un reto para los padres. En ocasiones nos devanamos los sesos pensando cuál será el mejor juguete para nuestros hijos y si realmente ese objeto que hemos elegido le aporta algo al niño. Porque una cosa es segura, todos los niños juegan a lo largo de su infancia. De hecho, el juego favorece el desarrollo neurológico de los niños ya que les permite adquirir nuevas habilidades e investigar en el mundo en que vivimos.

En la sociedad actual en la que vivimos, cargada de tecnología y cachivaches electrónicos, puede resultar muy difícil elegir un juguete que realmente aporte y refuerce algún aspecto del desarrollo cerebral de nuestros hijos. Sin embargo, un juguete no tecnológico, lo que sería un juguete tradicional, no tiene por qué ser peor que uno moderno. Además, un buen juguete es aquél que potencia la relación del niño con los adultos ya que gracias a él obtiene una reciprocidad durante el juego que potencia la propia actividad, cosa que los juguetes electrónicos no lo suelen conseguir.

Con este post queremos revisar cuáles son los conceptos básicos sobre el juego en la infancia de tal forma que os permitan elegir un juguete adecuado para vuestros hijos. Aunque este post está pensado para niños pequeños, los principios que establece serían aplicables a toda la infancia.

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La importancia del juego

El juego es toda actividad que un niño realiza fuera de su rutina diaria. Esta actividad no tiene un fin en sí misma ya que el niño no juega para conseguir un objetivo en concreto. En este sentido, si preguntáramos a un niño pequeño que por qué juega, seguramente no sabría que contestarnos.

El juego facilita el desarrollo neurológico del niño ya que potencia diferentes parcelas cerebrales como son la actividad física, el lenguaje, las relaciones sociales, la solución de problemas o el control de emociones… Por ello, el juego es una actividad esencial a través de la cual el niño conoce el mundo que le rodea y le permite adquirir nuevas habilidades.

“El juego es una actividad esencial en la primera infancia que contribuye al desarrollo cognitivo, social y emocional de los niños” (Dr. Jeffrey Goldstein)

Los juguetes serían todos aquellos objetos que invitan a que el niño juegue. No es necesario que estos objetos sean juguetes comprados ya que cualquier objeto fabricado en casa o encontrado en la naturaleza puede cumplir este papel.  Es tan válido como juguete un sonajero como un palo o unas hojas de un árbol, siempre que el niño los utilice para jugar. Además, cuando un niño juega con juguetes de calidad y adecuados a su desarrollo neurológico, la actividad del juego suele ser más prolongada. Los juguetes juegan un papel tan importante en el desarrollo cerebral del niño que algún estudio ha demostrado que los niños a los que se les ofrecen juguetes variados adaptados a su edad y desarrollo neurológico presentan un coeficiente intelectual a los 3 años mayor que los que no tienen esa posibilidad.

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Los juguetes potencian el juego y hacen que éste sea más duradero.

Habilidades que potencian los juguetes tradicionales

Como decíamos, los juguetes potencian el juego y gracias a ellos, los niños pueden desarrollar nuevas habilidades. Clásicamente se ha catalogado a los juguetes tradicionales según las parcelas del desarrollo cerebral que potencian. Es importante conocerlas para que, a la hora de elegir un juguete para un niño, no caigamos en la repetición y ofrezcamos a nuestros hijos una variedad suficiente que potencie diferentes aspectos del desarrollo cerebral.

  1. Juego manipultativo o motor fino: con este tipo de juego, el niño potencia la destreza a y la motilidad fina. Suele ser un tipo de juego que aparece desde muy pequeños. Juguetes de este tipo serían los bloques de construcción, los juegos con piezas para encajar o los puzzles.
  2. Juego fisico o motor grueso: en contraposición al anterior, potencian las habilidades físicas del niño. Buenos ejemplos de estos juguetes serían las pelotas o balones y los triciclos.
  3. Juego simbólico o referencial: con este tipo de juego, los niños comienzan a interpretar roles y simulan la vida real y, además, desarrollan la imaginación. Ejemplos de este tipo serían las muñecas, los coches, una cocinita o un set de café.
  4. Juego artístico: suelen ser juguetes que potencian la creatividad del niño así como su imaginación, como por ejemplo la plastilina, las pinturas, los instrumentos musicales…
  5. Juego conceptual o lingüísticos: con ellos el niños debe realizar una serie de procesos mentales para resolver enigmas o problemas además de interpretar situaciones. Algunos ejemplos son los libros, los juegos de cartas, los juegos de mesa o de resolución de enigmas.

No existe ningún juguete que solo potencie una sola parcela ya que la mayoría de ellos actúan en varias de ellas a la vez. Por ejemplo, un set de pinturas servirá por un lado para potenciar el área artística pero también, si el niño es pequeño, influirá en el motor fino. De forma similar, un puzzle puede servir para potenciar el motor fino pero también interviene en la solución de problemas o enigmas.

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Unos bloques de construcción potencian la motricidad fina de los niños pequeños.

Una cosa hay que tener presente a la hora de elegir un juguete, ya que se considera que los juguetes de mayor calidad son aquellos que, además de potenciar una o varias de estas parcelas, facilitan una interacción del niño con sus padres o cuidadores. Por ejemplo, una pelota es interesante para potenciar la actividad física y el motor grueso, pero cuando un niño juega con su padre al balón, además consigue una interacción social que hace mucho más valioso al juego.

Qué hay que tener en cuenta a la hora de elegir un juguete

Si hemos entendido que el juego es una activada fundamental que potencia el desarrollo neurológico del niño, no nos debería resultar muy difícil elegir un buen juguete. Este texto que leéis no pretende ser una guía completa con indicaciones milimétricas para elegir un juguete, solo pretende ofreceros una serie de herramientas para que la elección de un juguete sea lo más adecuada posible.

Uno de los aspectos más importantes a la hora de elegir un juguete es conocer bien al niño al que va destinado. Debemos investigar en qué punto del desarrollo neurológico está ya que no es lo mismo, por ejemplo, regalar un juguete a un niño de 1 año que ya camina que a uno que no lo hace. Teniendo esto en cuenta, la elección de un juguete debe hacerse pensando en qué habilidad concreta puede estimular, de tal forma que se potencie lo que el niño ya es capaz de hacer pero también le permita adquirir una nueva habilidad.

Por ejemplo, si le regalamos unos bloques de construcciones a un niño que está empezando a apilar cosas, permitiremos que juegue a hacer construcciones; si le regalamos una pelota a un niño que ha comenzado a caminar, potenciaremos las habilidades motoras gruesas al invitarle a que de patadas al balón; o por ejemplo, si le ofrecemos una cocinita a un niño que ya muestra interés por el juego referencial, le estaremos dando la oportunidad de que desarrolle la imaginación y monte un restaurante y nos prepare una cena imaginaria. La elección de un juguete no debería ser algo muy complicado si nos basamos en qué puede hacer el niño en ese momento (desarrollo neurológico) y qué queremos potenciar (nuevas habilidades).

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Las cocinitas son uno de los mejores ejemplos de juego figurado o referencial.

Otro aspecto importante es elegir juguetes que sean evolutivos, es decir, que al niño le estimulen durante varias etapas de su desarrollo neurológico. Y diréis, seguro que eso es complicado y caro, pero nada más lejos de la realidad. Un juguete evolutivo podría ser un simple bloque de madera que al niño le sirve en una primera etapa para hacer una construcción pero unos meses después lo utiliza como si fuera un vasito para dar de beber a un muñeco. O por ejemplo, el típico juego de vías de tren puede servir en un primer momento para que el niño juegue a empujar esos trenes por las vías y más adelante sea él el que quiera montar el circuito con las diferentes piezas del mismo.

Aunque existen estudios que han relacionado la elección de un tipo de juguetes concretos dependiendo del sexo del niño, es importante que los adultos ofrezcamos a los niños una amplia gama de variedad de juguetes independientemente del genero. Si un niño prefiere jugar con coches que con muñecas, que sea porque él lo ha decidido y no porque no tuvo la posibilidad de tener ambos tipos de juguetes a su alcance.

La importancia de jugar con los niños

Cuando los adultos nos ponemos a jugar con los niños, estamos realizando una actividad de un valor incalculable. Por un lado, el niño obtiene la experiencia propia que le ofrece el juego y que puede potenciar una habilidad en concreto y, en segundo lugar y quizá más importante, la reciprocidad de jugar con alguien del que puede aprender e intercambiar experiencias. De hecho, está demostrado que los niños que juegan con un adulto desarrollan antes el lenguaje y mejoran sus relaciones sociales.

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Cuando un niño juega con un adulto obtiene una doble experiencia: el juego en si y la relación recíproca con el adulto.

No debéis perder la oportunidad de pasar un rato con vuestros hijos jugando en el suelo haciendo una construcción o dando patadas a una pelota, porque no hay mejor juguete que un padre o una madre jugando un rato con su hijo.

“Puedes descubrir más sobre una persona jugando con él durante una hora que en un año entero de conversaciones” (Platón)

Juguetes electrónicos, ¿son mejores que los tradicionales?

Seguro que estáis pensando que todo esto que os estoy contando está muy bien, pero que en la televisión lo único que anuncia son juguetes de última generación con mil luces y sonidos, y que si esto es así es porque seguramente son el no va más en estimulación para los niños. Vivimos en un mundo rodeado de tecnología por lo que no nos debería extrañar que muchos de los juguetes que se venden hoy en día hayan incorporado parte de esa tecnología al juguete. La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿son realmente estos juguetes tecnológicos mejores que los juguetes tradicionales? La respuesta es clara y contundente: No, no lo son.

Muchos estudios han demostrado que los juguetes que incorporan tecnología no permiten que el niño experimente y tenga un juego libre. Muchos de ellos incluyen botones de luz y grabaciones de voz de las que el niño es un mero espectador. Este tipo de juguetes no permite que el niño interactúe con el juguete más allá de darle a un botón para ver lo que pasa después. Tampoco potencian la imaginación del niño ya que son juguetes repetitivos con un patrón que no realiza acciones nuevas. Además, mientras un niño juega con un juguete electrónico suele ocurrir que deja de interactuar con los adultos que hay a su alrededor, lo que conlleva a que se pierda esa reciprocidad que antes mencionábamos cuando un adulto interviene en el juego.

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Los juguetes electrónicos en muchas ocasiones sobreestiman al niño que se convierte en un mero espectador de luces y sonidos, además no han demostrado ser mejores que ls juguetes tradicionales.

Además, los juguetes electrónicos suelen ser más caros que los tradicionales, sin que esto signifique que realmente sean mejores y en ningún caso han demostrado potenciar en mayor medida las habilidades neurológicas que os comentaba al principio respeto a un juguete tradicional. Que no te engañe el marketing y los anuncios, los juguetes tradicionales tienen muchas más posibilidades que la gran mayoría de los juguetes modernos.

Los mejores juguetes son aquellos que cumplen tres propósitos: están diseñados para enseñar o potenciar una habilidad concreta, hacen divertido el aprendizaje y atraen al niño a realizar algo de forma activa mas que ser un simple espectador de algo que ocurre. Los juegetes electrónicos no suelen encajar en esta definición.

No quiero perder la oportunidad de señalar que, además, los juguetes electrónicos o aplicaciones infantiles para tablets o smartphones potencian el sedentarismo infantil, lo que a la larga se traduce en falta de actividad física y muy probablemente en obesidad y sobrepeso. Como ya habréis leído en muchos sitios, los menores de dos años no deberían tener contacto con pantallas y a partir de esa edad no se recomienda más de una hora al día y siempre bajo la supervisión de un adulto.

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Los juegos de balón potencian la motricidad gruesa de los niños además de aumentar si actividad física, a diferencia de los juguetes electrónicos.

Consejos finales para elegir un juguete

Después de todo lo que has leído estarás dándole vueltas a si ese juguete que está por casa es adecuado o cómo vas a elegir algo para regalar a tu sobrina en su próximo cumpleaños. Si me permites, antes de terminar, me gustaría dejarte una serie de consejos que te pueden resultar útiles para cuando tengas que elegir un juguete:

  1. Los juguetes deben facilitar el juego y la interacción del niño con sus cuidadores.
  2. Debemos ofrecer al niño diferentes tipos de juguetes para cubrir las diferentes áreas del desarrollo neurológico: motor fino, motor grueso, artístico, lenguaje/conceptual y referencial.
  3. Elige juguetes que permitan al niño usar su imaginación.
  4. Elige juguetes por los que el niño muestra interés y le permiten explorar su entorno.
  5. Busca juguetes que sean evolutivos y permitan al niño jugar con ellos a lo largo de toda la infancia.
  6. La elección de un buen juguete no debe hacerse en base a su precio. A veces el juguete más simple es mucho mejor que uno complejo.
  7. Es mucho más importante la calidad de un juguete que el tener muchos juguetes.
  8. Ten siempre en cuenta que los juguetes no deben ser nunca un sustituto del juego compartido con los adultos.
  9. Los juguetes electrónicos no son indispensables ni han demostrado que potencien en mayor medida el desarrollo neurológico de los niños.
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El mejor juguete es un adulto jugando con un niño.


Espero que este artículo te ayude a entender un poco mejor el papel del juego en la infancia y cómo elegir un juguete para tu hijo o para un familiar cercano. Recuerda que el mejor juguete que puede tener un niño es a un padre o una madre a su lado jugando con él. Recuerda también que es mejor tener unos pocos juguetes de buena calidad que muchos que realmente no sirvan para nada.

Si te ha interesado el tema te dejo por aquí algunos artículos en los que me he basado para realizar este post (están en inglés):

  • Selecting Appropriate Toys for Young Children in the Digital Era, de la Academia Americana de Pediatría (link).
  • Play in Children´s Development, Health and Well-Beeing, de TIE (Toy Industries of Europe, link).
  • Tips for Choosing Toys for Toddlers, de “Zero to Three” (link).

¿Qué es la saturación de oxigeno?

Quien más, quien menos, todos hemos acudido a Urgencias alguna vez y a nuestros hijos les habrán puesto una cosa en el dedo de la mano con una lucecita roja para conocer la saturación de oxigeno. Esta medida sirve para conocer si un paciente está recibiendo oxígeno de forma adecuada en sangre y por ello, los pediatras, la utilizamos también en nuestros pacientes, sobre todo en aquellos con procesos respiratorios como las bronquiolitis o las neumonías.

De hecho, muchos padres nos suelen decir frases como “Ya me quedo tranquilo porque veo que la saturación está en 100%” o “Me he venido a Urgencias para que le veáis porque en casa la saturación marcaba 92%”. Sin embargo, la saturación de oxigeno es una medida más en el todo que supone un paciente pediátrico y debe ser valorada con cautela por un profesional sanitario, ya que de forma aislada no suele tener mucho valor.

En este post te contamos qué es la saturación de oxígeno y para qué sirve su medida para que puedas entender de que va la cosa cuando se la midan a tu hijo y algún pediatra te hable de ella.

El oxígeno de la sangre y cómo se mide

La función del aparato respiratorio del cuerpo humano es enviar oxigeno suficiente a los tejidos para que puedan realizar de forma adecuada las diferentes tareas para las que están diseñados, por ejemplo, al intestino para hacer la digestión o a los músculos para poder contraerse y mover el cuerpo.

Este aparato respiratorio está compuesto por todos los órganos que intervienen en el transporte del oxigeno a los tejidos y básicamente son las vías respiratorias y los pulmones, el corazón y los vasos sanguíneos y la sangre. Esta última, la sangre, contiene a los glóbulos rojos, células del organismo encargadas de transportar el oxígeno a los tejido a través de la hemoglobina.

El trabajo de todo el aparato respiratorio es fundamental para que el organismo funcione de manera adecuada. La medición del oxígeno en sangre nos puede dar una idea de cómo funciona el aparato respiratorio en muchas enfermedades.

La medición de los niveles de oxígeno en sangre se puede hacer a través de varios métodos, muchos de ellos “invasivos” que requieren de una muestra de sangre para poder determinar esos niveles a los que nos referimos. Ahí es donde la medición de la saturación de oxígeno ha ganado terreno ya que es un método “no invasivo” muy fácil de utilizar.

¿Qué es la saturación de oxígeno y cómo se mide?

La saturación de oxígeno es la medición que nos informa cómo de cargado esta el glóbulo rojo de oxígeno, es decir, si tras pasar por los pulmones ha sido capaz de captar muchas moléculas de oxigeno o por el contrario lleva pocas. Para que lo entendáis, sería la medida que nos informa de si el maletero de un coche (el glóbulo rojo) lleva muchas maletas (moléculas de oxígeno) o pocas.

La saturación de oxígeno no nos da una medición exacta de cuanto oxígeno hay en sangre ya que lo que estima es cómo de cargados van los glóbulos rojos en total. Sin embargo, muchos estudios han comprobado que la saturación de oxígeno se correlaciona bien con los niveles de oxígeno en sangre por lo que la medición de la saturación nos sirve para estimar la cantidad de oxígeno.

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Dedo de un niño con un sonda pediátrica de medición de la saturación de oxígeno.

El pulsioxímetro es el aparato que utilizamos para medir la saturación de oxígeno, el cual se compone de dos partes. Por una lado una sonda, que es la parte que se pone en el dedo y efectúa la medición de la saturación, y por otro una pantalla, donde leemos el valor de la saturación. La tecnología que utiliza el pulsioxímetro se basa en la colorimetría. Dependiendo de cuánto oxígeno transporta la sangre, ésta se pone de un color u otro: cuanto más roja, más oxígeno y cuanto más azul, menos oxígeno.

El valor que nos entrega el pulsioxímetro es un porcentaje (%), lo que vendría a representar cómo de lleno está el maletero del esos coches a los que nos referíamos, es decir como de cargados de oxígeno circulan los glóbulos rojos en la sangre. Ese porcentaje se correlaciona muy bien con los niveles de oxígeno total en sangre y de ahí que digamos que es un método “no invasivo” al no necesitar extraer una analítica.

Los valores normales de la saturación de oxígeno varían entre 95 y 99%. Es decir, es tan normal 95 como 99% para decir que la cantidad de oxígeno en sangre es normal. Por debajo de 94% se considera que los niveles de oxígeno son bajos.

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Monitor del pulsioxímetro. El valor 98 corresponde a la saturación y 105 a la frecuencia cardiaca, ya que este aparato también mide el pulso.

¿Y para qué sirve a los pediatras conocer la saturación de oxígeno de un niño?

Si tenemos en cuenta que conocer la cantidad de oxígeno que hay en sangre nos sirve para conocer en parte cómo funciona el aparato respiratorio de los niños, es evidente que los pediatras empleamos la saturación como una parte más de la valoración respiratoria de un paciente.

De esta manera, la saturación de un niño con una bronquiolitis nos informará de si el niño es capaz de respirar lo suficiente como para mantener un nivel adecuado de oxígeno en sangre. Lo mismo pasa con las neumonías o las laringitis. Sin embargo, la saturación de oxigeno no es imprescindible que sea medida en todas las patologías respiratorias; por ejemplo, en un niño con un catarro o con tos que se encuentra sin dificultad respiratoria y la auscultación es normal, no es imprescindible medir de rutina la saturación de oxígeno porque a todas luces será normal. Por el contrario, en un niño con bronquiolitis y dificultad respiratoria será un dato más a tener en cuenta dentro de la valoración global de la gravedad del paciente.

La saturación de oxígeno no lo es todo

Lo que si que es importante que entendáis es que la saturación de oxígeno es un parámetro más dentro de la valoración respiratoria de un niño. Debemos saber también otros datos como la auscultación, la frecuencia respiratoria, el trabajo respiratorio… ya que todas estas valoraciones completan la visión global de si el niño está respirando bien o no.

En ocasiones atenderemos a un niño con una neumonía y al medir su saturación de oxígeno ésta estará baja (por ejemplo 92%), lo que garantiza el ingreso para administrar oxígeno mientras la infección mejora.

En otras, la saturación de oxígeno será normal pero el paciente mostrará signos de gravedad. Por ejemplo, hay lactantes con bronquiolitis que saturan bien (98-99%) pero que respiran muy deprisa o no pueden comer, esto garantiza su ingreso pese a que el nivel de oxígeno en sangre sea normal.

Con estos ejemplos queremos mostraros cómo la saturación de oxígeno es importante pero no lo es todo y debe valorase en un contexto más amplio que la simplicidad de un numerito en una pantalla.

¿Debería tener un pulsioximetro en casa para medir la saturación a mi hijo?

Hay pacientes crónicos (prematuros, niños con fibrosis quística, cardiópatas, asmáticos con regular o mal control…) en los que pude estar indicado que los padres tengan un pulsioxímetro en casa para medir la saturación y actuar en consecuencia. Pero esto forma parte del tratamiento y los cuidados especiales de estos niños.

En niños sanos, y por niños sanos nos referimos también a aquellos que pueden tener algún episodio ocasional de bronquitis a lo largo del año…, no creemos que esté justificado que tengan un pulsioxímetro en casa. Como decíamos en el punto anterior, la saturación no lo es todo. La valoración en casa de la dificultad respiratoria de un niño debe hacerse vigilando si respira muy rápido u observando si marca mucho las costillas o hunde el cuello (trabajo respiratorio) y no con un pulsióximetro. Que la saturación de oxígeno esté bien no quiere decir que al niño no le cueste respirar y al revés, que esté baja no tiene porque decir que tu hijo esté muy enfermo.

En resumen, los padres no sois médicos y por eso mismo motivo no os enseñamos a mirar los tímpanos de vuestros hijos para ver si tienen una otitis o no os damos un aparato para medir la tensión para que valoréis si esta alta o baja cuando tienen un niño tiene un síncope. Atendiendo a esto y debido a su complejidad, aprender a interpretar un pulsioxímetro no debe ser un objetivo de un padre de un niño sano; por el contrario, aprender a valorar la dificultad respiratoria de vuestros hijos solo mirando como respiran debería ser una prioridad.

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¿Paracetamol o ibuprofeno?, ¿qué es mejor para mi hijo?

Pastillas

Fuente: Pixabay

Cuando un niño tiene fiebre o le duele algo siempre surge la misma duda: ¿qué será mejor para mi hijo: el paracetamol o el ibuprofeno?. De hecho, hay padres que afirman que a sus hijos el paracetamol “no les hace nada” y siempre optan por el ibuprofeno o al revés.

Cierto es que ambos sirven para calmar el dolor y bajar la fiebre pero presentan algunas diferencias que es bueno conocerlas. En este post os contaremos cuáles son para que podáis elegir uno u otro en función de lo que les pase a vuestro hijo.

¿Qué es el paracetamol?

El paracetamol es el fármaco más empledado a nivel mundial para tratar la fiebre y el dolor. Tiene la ventaja de que puede emplearse a cualquier edad, incluso en recién nacidos.

Tras su administración, empieza a hacer efecto a los 30-60 minutos, consiguiendo un efecto máximo a las 3-4 horas. Si nos fijamos en la fiebre, el paracetamol consigue descender entre 1 y 2ºC de temperatura en la gran mayoría de los niños (por lo que tampoco esperes que tu hijo se quede en 36ºC si partía de 40ºC…) Dependiendo de la dosis administrada, se puede repetir cada 4-6 horas.

A pesar de que es un fármaco muy seguro si se emplea a la dosis correcta, el paracetamol es la primera causa de intoxicación en la edad pediátrica (tanto accidental como voluntaria) por lo que debemos estar muy atentos a qué cantidad le damos a nuestros hijos, ya que sus efectos pueden ser graves.

¿Qué es el ibuprofeno?

El ibuprofeno pertenece al grupo de los llamados antiinflamatorios no esteroideos por lo que, además de bajar la fiebre y calmar el dolor, actúa como antiinflamatorio. A diferencia del paracetamol, su empleo suele reservarse para los mayores de 6 meses de edad.

Los tiempos de acción son similares al paracetamol con un pico en torno a la hora de su administración y un efecto máximo al cabo de 3-4 horas. Su intervalo entre dosis es de 6 a 8 horas.

Los efectos secundarios del ibuprofeno son algo más frecuentes que los del paracetamol aunque suelen ser de carácter leve.

¿Y qué es mejor: paracetamol o ibuprofeno?

La Asociación Española de Pediatría recomienda el paracetamol como primera opción para tratar la fiebre y el dolor. En el caso de que además de estos dos síntomas existiera inflamación, el empleo del ibuprofeno como primera opción estaría justificado.

Aunque existen estudios que han observado que el ibuprofeno es ligeramente superior para bajar la fiebre frente al paracetamol, sin embargo, pocos de ellos valoran la mejoría en el estado general del niño. Por ello, a la hora de elegir un antitérmico en un niño concreto debemos basarnos en la preferencia del niño y si existe o no cierto grado de inflamación asociada.

Por el contrario, en procesos en los que existe un componente importante inflamatorio, como en un esguince o una una otitis, debemos utilizar el ibuprofeno en primer lugar.

¿Y si no le baja, puedo alternarlos?

Cuando un niño tiene fiebre, el objetivo principal de todos lo padres es volver a los 36ºC como si con ello consiguieran que la infección que está provocando el cuadro clínico se solucionara antes. En ese intento, muchos padres se plantean la opción de dar de forma combinada el paracetamol con el ibuprofeno. Sin embargo, tenéis que saber que esto es un error.

El objetivo de tratar la fiebre en los niños es mejorar su estado general. Cuando un niño tiene fiebre suele estar decaído e irritable y por eso, bajarle la temperatura, es lo adecuado para que se encuentre mejor. Por ello no está recomendado alternar paracetamol con ibuprofeno en un intento de bajar a toda costa la fiebre ya que lo que buscamos siempre es mejorar el estado general del niño y no la cifra que nos marca el termómetro. En el caso de que a las 3-4 horas de haberle administrado paracetamol o ibuprofeno el niño continúe con una temperatura mayor de 38ºC y persista decaído, de forma puntual se podría administrar el otro fármaco, pero esto no sería alternarlos como la mayoría de la gente entiende, sería más bien darle un rescate.

Si quieres saber más sobre la alternancia de paracetamol e ibuprofeno puedes consultar este otro post de nuestro blog.

¿Y es mejor darlo en jarabe o comprimidos?

Las dosis en pediatría se calculan por peso y luego se decide, dependiendo de si el niño es capaz de tomar una pastilla, si se administra de una forma u otra. Los jarabes existen porque los niños pequeños no suelen ser capaces de tomarse los comprimidos, en general hasta los 10-12 años, por lo que hasta que llegue ese momento, los padres soléis emplear los jarabes.

Sin embargo, comprimidos y jarabes son equivalentes por lo que no existe un limite de edad para emplear unos u otros, teniendo en cuenta que la dosis siempre debe estar ajustada al peso.

Debido a que una de las causas principales de errores en la administración de este tipo de fármacos se debe a que los padres recuerdan de memoria la última cantidad que le dieron a su hijo de paracetamol o ibuprofeno, de forma deliberada, hemos decidido no incluir en este post las dosis por peso de cada uno de los fármacos para que sea vuestro pediatra el que os indique qué cantidad debéis dar a vuestros hijos en cada momento. Tambien podéis calcular la dosis de uno y otro según el peso y la marca comercial del jarabe en esta calculadora de la Comunidad de Madrid (Link).

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:

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Fuentes:

  • Effectiveness of paracetamol versus ibuprofen administration in febrile children: A systematic literature review (Link).
  • Manual de Intoxicaciones de la SEUP (Link).
  • Pediamecum Paracetamol (Link) e Ibuprofeno (Link).

¿Cuál es el mejor termómetro para medir la fiebre en los niños?

Termómetro

Fuente: Pixabay

Si preguntáramos a las abuelas, seguramente nos contestarían que “como los termómetros de mercurio… no hay ninguno”. Y no les falta razón. Sin embargo, desde hace años está prohibida su venta y comercialización, así que, a no ser que tengáis guardado a buen recaudo uno por casa de cuando erais pequeños, es muy probable que os hayáis planteado cuál es el mejor termómetro para tener en casa y medir la fiebre a vuestros hijos cuando se encuentren enfermos.

Esto se debe a que el mercurio es un metal tóxico, sobre todo cuando se inhalan sus vapores. El mercurio elemental es líquido a temperatura ambiente y es el que se encuentra dentro de los termómetros. No es tóxico si se toca o se ingiere pero se evapora con facilidad. Por tanto, cuando un termómetro de mercurio se rompe, cabe la posibilidad de que se inhalen los gases que se producen al evaporarse y de ahí vendría la toxicidad…

Por tanto, parece razonable buscar una alternativa a los termómetros de mercurio, por un lado por su peligro potencial y por otro porque ya no se venden.

En este post encontraéis una revisión de las diferentes opciones disponibles para medir la fiebre de vuestros hijos.

El termómetro de mercurio, un viejo termómetro muy fiable

Como dijimos al principio, ya no están en venta. Sin embargo, se considera que los termómetros de mercurio dan una medición muy fiable de la temperatura corporal. Muchos estudios antiguos demostraron que la medición de la temperatura axilar o rectal con este tipo de termómetros se correlacionaba muy bien con la temperatura central del cuerpo (que es la que realmente importa a los médicos) y por eso eran empleados en la practica habitual para medir la fiebre de los niños.

A pesar de lo útiles que han sido durante tantos años, los termómetros de mercurio se rompen con facilidad al ser de cristal, liberando el metal líquido de su interior y pudiendo producir la toxicidad a la que nos referíamos.

Debido a su fiabilidad, los nuevos tipos de termómetros se comparan con los de Mercurio, ya que se considera el estándar de medición de temperatura corporal.

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Termómetro de mercurio, el poder de lo antiguo

El termómetro digital, la simplicidad al poder

Los termómetros digitales son una de las opciones para sustituir a los viejos termómetros de mercurio. Son aptos para medir la fiebre a nivel axilar, sublingual y rectal. Su mecanismo se basa en un detector metálico en la punta que se calienta al contacto con la piel del cuerpo, dándonos la lectura al cabo de unos segundos en una pantalla digital.

Estos termómetros dan una aceptable correlación con los de mercurio. Sin embargo, en ocasiones fallan, pudiendo variar hasta dos grados con la temperatura real del cuerpo. Un problema frecuente es que algunos pitan muy rápido sin que de tiempo a que detecten todo lo caliente que está el niño, pero si dejas el termómetro un poco tras el pitido acaba subiendo algunas décimas hasta la temperatura real.

Aun con todo, son termómetros fiables y baratos, ya que su precio suele rondar los 5€. En nuestra experiencia, son útiles incluso en niños pequeños, y muchos de ellos tiene la punta flexible para que sea más cómodo colocarlos. Otra ventaja es que son pequeños y se transportan con facilidad.

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Termómetro digital, lectura rápida y mediciones fiables

El termómetro del oído, lo moderno no siempre es mejor

Los grandes avances de la tecnología se han ido aplicando poco a poco a los dispositivos médicos de uso domiciliario, y los termómetros es un buen ejemplo. Sin embargo, también son un buen ejemplo de que algo con “más tecnología” no tiene por qué ser mejor.

Los termómetros del oído funcionan gracias a la medición de la energía infrarroja emitida por el tímpano, la cual varía en función de la temperatura corporal. El dispositivo, mediante una formula matemática, nos dará el equivalente en grados centígrados de la temperatura del niño.

Tienen de cómodo que la lectura de la medición se hace en muy pocos segundos, sin embargo, la correlación con la medición real puede variar hasta casi un grado -tanto por encima como por debajo- de la temperatura real del cuerpo. A esto hay que sumar que en los niños pequeños, en general por debajo de los 3 años, es difícil colocarlo en posición correcta debido a que el oído de los niños pequeños es estrecho y no queda colocado a la distancia correcta del tímpano dando lecturas de temperatura más bajas de las reales.

Son termómetros caros, con un precio que oscila entre 25 y 50€, lo que unido a lo anterior no hacen del termómetro de oído la mejor opción para tener en casa.

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Termómetro de oído por infrarrojos, alto precio y poco fiable en niños pequeños.

El termómetro infrarrojos de la frente, una opción cara en desarrollo

En los últimos años han aparecido los termómetro de frente. Miden la temperatura a través de la energía infrarroja emitida cerca de la zona de la sien para estimar la fiebre. Estudios recientes muestran que se correlaciona de manera razonable con la temperatura corporal real. Tienen forma de pistola que se apunta a la sien y tras unos segundos tendremos la medición en una pantallita. Son termómetros cómodos y fáciles de utilizar en niños.

Como pasaba con el termómetro de oído, son caros. Su precio varía entre los 30 y 50€, por lo que hay que valorar si realmente merece la pena comprarse uno de éstos.

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Termómetro de frente, una opción cara de reciente aparición.

El termómetro de galio, la vuelta a los orígenes

Tras la prohibición de los termómetros de mercurio, la industria ha buscado un sustituto que midiera de manera fiable la temperatura corporal, y parece que con los termómetros de galio lo han conseguido.

Para ser justos deberíamos decir que son termómetros de Galistán, una aleación entre galio, indio y estaño que es líquida a temperatura ambiente. Estos tres metales presentan muy baja toxicidad, lo que los convierte en un excelente material que no supondría un peligro en caso de entrar en contacto con una persona.

Su “tecnología” es idéntica a la de los termómetros de mercurio. Al calentarse el Galistán corre por el termómetro de cristal dando una lectura de temperatura en unos 5 minutos en una escala numérica. Como ya hemos dicho, la gran mayoría de los estudios realizados muestran una buena correlación comparados con las mediciones de los termómetros de mercurio.

Otra ventaja es que tienen un precio muy razonable que oscila entre los 5 y 10€, lo que les convierte en una muy buena opción para tener en casa. Como inconvenientes destacamos que son frágiles al ser de cristal y que, como hemos dicho, requieren de varios minutos hasta que terminan de subir. Además, muchas personas encuentran dificultades para volver a ponerlo a cero.

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Termómetro de galio, similares a los de mercurio pero sin toxicidad.

El tacto, un elemento de medida fiable

Por último, no debemos minusvalorar el poder de los padres a la hora de detectar fiebre en sus hijos. Más de un estudio ha demostrado que aciertan de manera razonable en una gran mayoría de los casos. Por ejemplo, un estudio (link) encontró que el 84% de ellos eran capaces de reconocer cuando sus hijos tenían fiebre así como un 76% acertaba al decir que no la tenían.


En nuestra opinión de padres, la mayoría de los termómetros digitales que hemos tenido en casa han funcionado de forma adecuada. Por el contrario, los termómetros de última tecnología nos parecen caros y un “cacharro” que no por ser más moderno es mejor. Seguro que los termómetros de galio son fantásticos, pero nos cuesta imaginar a un niño quieto 5 minutos con un termómetro en la axila

Fuente: Dos Pediatras en Casa G.O

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Además, en septiembre de 2021 echó a rodar “Sin Cita Previa”, un podcast del que somos presentadores y que seguro que también te pude gustar. Puedes escucharlo en:

Fuentes:

¿Qué debería contener un botiquín doméstico?

Suena el teléfono. Es domingo por la tarde.

– Gonzalo, tu sobrino se ha caído, no para de llorar y tiene una herida en la rodilla…

– Bueno, no te preocupes tanto, lo habitual en un niño de 20 meses.

– Ya, pero, ¿qué hago?.

– ¿Tendrás un botiquín en casa, no?. Unas tiritas, un desinfectante…

– No me habías dicho que tenía que tener un botiquín.

– … – Sin comentarios.


En toda casa en donde haya niños debería haber un botiquín que cubriera los primeros cuidados cuando se ponen enfermos. No es cuestión de tener media farmacia en casa, pero es muy recomendable contar con algún jarabe para tratar el dolor y la fiebre así como disponer de material para realizar la primera cura de una herida.

En este post te contamos qué deberías tener en casa para poder atender a tus hijos en un primer momento.

¿Qué es un botiquín?

Un botiquín es un conjunto pequeño de medicinas y otros materiales médicos que permiten afrontar los primeros pasos en el tratamiento de los síntomas más habituales de algunas enfermedades. Además, suelen estar guardados en una caja o una bolsa lo que permite trasportarlos.

El botiquín de una casa en donde vive un niño no debería variar mucho del de un adulto, salvo por la presentación de los medicinas que contiene. En niños preferiremos jarabes mientras que en adultos tendremos pastillas o comprimidos.

¿Qué debe contener?

Como decíamos al principio, un botiquín no consiste en tener media farmacia en casa. Al contrario, debería contener lo mínimo imprescindible para tratar las enfermedades más comunes de nuestros hijos: la fiebre y el dolor así como la cura de heridas simples.

  • Un termómetro: la fiebre es un síntoma muy frecuente en niños que padecen una infección. Debemos contar con uno en casa para poder tomar la temperatura y con ello decidir si administramos un antitérmico. Con uno axilar digital de lectura rápida bastará, no te compliques con termómetros modernos.
  • Un antitérmico/analgésico: al igual que es importante saber cuando un niño tiene fiebre debemos contar en casa con algún medicamento capaz de tratarla. En general se emplea paracetamol o ibuprofeno. Estos dos fármacos también son analgésicos (quitan el dolor), por lo que matamos dos pájaros de un tiro si tenemos en cuenta que los niños suelen darse golpes con frecuencia. La presentación de estas medicinas deberá ser la adecuada a la edad de tus hijos (jarabes, pastillas, polvos efervescentes…).
  • Tiritas, vendas, gasas y esparadrapo: tan frecuentes como la fiebre o más son los golpes y las caídas. Nuestro botiquín debe contar con tiritas para cubrir las heridas más pequeñas así como con gasas o vendas y esparadrapo para cubrir las de mayor tamaño.
  • Un desinfectante: como por ejemplo clorhexidina al 1% en spray, la cual es preferible en niños a la povidona yodada por el riesgo de intoxicación por yodo en niños pequeños. Estos dos productos sirven como desinfectantes y son muy útiles para la limpieza de heridas.
  • Suero fisiológico: nos resultara imprescindible para la limpieza de los ojos en caso de conjuntivitis o de la nariz cuando los niños tengan un catarro. Podemos disponer de un envase grande (botella de medio litro) de la que iremos extrayendo lo que necesitemos o monodosis de un solo uso.
  • Soluciones de rehidratación oral: cuando un niño tiene diarrea o vómitos, los pediatras recetamos a los padres “suero” para que se mantengan bien hidratados. Estas soluciones de venta en farmacias llevan las cantidad adecuada de azúcar y sales para que un niño se mantenga bien hidratado en estos casos.

Además de lo mencionado anteriormente conviene tener en el botiquín unas pinzas pequeñas (que nos ayudaran en caso de que nuestro hijo se haya clavado una astilla), jeringas de plástico (sin aguja, para hacer lavados nasales, irrigar una herida o coger medicación) y guantes de plástico (para cuando limpiemos una herida o tengamos que cambiar un pañal y el bebé tenga diarrea).

¿Dónde guardo el botiquín?

Las medicinas deben estar fuera del alcance de los niños (al igual que los productos de limpieza y otros que pueden resultar peligrosos). Lo mejor es guardar el botiquín en un sitio alto y mejor si es bajo llave. También es útil que los niños no sepan donde se ha guardado, porque como se suele decir “ojos que no ven, niño que no se toma el paracetamol…”.

Otro detalle importante es no guardar medicinas caducadas o incompletas. En caso de que esto ocurra llevaremos lo que nos haya sobrado o esté caducado a la farmacia porque allí tienen puntos de recogida para su posterior destrucción.

Botiquín en caso de enfermedades especiales

Puede ser que tu hijo tenga una enfermedad que requiera de un tratamiento con alguna medicina más especial. Es el caso de los inhaladores para el asma, los antihistaminicos para la alergia o las cremas de corticoides para la dermatitis atópica. Si tu hijo no tiene este tipo de enfermedades no es necesario que las tengas en casa, ya será tu pediatra el que te las recete cuando las necesites.

El botiquín de los viajes

Cuando salimos de viaje con niños debemos preparar un pequeño botiquín en el que, además de todo lo anterior, incluiremos alguna cosa que puede resultar útil allí donde vayamos y quizá resulte difícil encontrar, como por ejemplo:

  • Protector solar: como sabéis, debemos proteger a nuestros hijos frente a quemaduras solares por lo que una crema de protección resulta imprescindible durante un viaje en el que realicemos actividades al aire libre.
  • Repelente de mosquitos: sobre todo en viajes durante el verano. Debemos preguntar en farmacia si son aptos para uso en niños.

Un manual de primeros auxilios

Además del botiquín en sí, es conveniente que contemos en casa con algún manual de primeros auxilios que nos ayude en caso de que nuestros hijos sufran un accidente o que nos cuente cómo actuar frente a síntomas frecuentes en los niños. Actualmente existen versiones electrónicas disponibles que nos permiten consultarlos on-line en cualquier sitio.

Nosotros os proponemos dos: 1) El manual de “Cómo actuar frente a un accidente infantil” de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría (Link); 2 ) La “Guía práctica de primeros auxilios para padres” del Hospital Niño Jesús (Link).


En resumen, es mejor contar con pocas cosas pero que sepamos que van a ser útiles. De nada sirve tener miles de medicinas si no las usamos con cierta frecuencia y además en caso de ser medicamentos poco habituales deberían administrarse bajo supervisión de tu pediatra.

Consejos sobre Lactancia Materna: ¿Qué medicinas puedo tomar si estoy dando el pecho?

Una pregunta frecuente que nos hacen las madres es si pueden tomar esta o aquella medicina mientras le dan el pecho a su hijo.

En general solemos ser los pediatras los que resolvemos las dudas de estas mamás sobre si es seguro o no tomar determinado fármaco. Esto se debe a que solemos ser nosotros los que estamos en contacto con estas madres y nos encargarnos de resolver las dudas que tienen sobre la lactancia materna.

En internet existen herramientas útiles que nos simplifican el tener que buscar en libros o manuales. En España los pediatras usamos frecuentemente la web www.e-lactancia.org.

Esta página empezó a funcionar en 2002 y desde entonces han indexado más de 23.000 fármacos. Actualmente se mantiene gracias a la fundación APILAM (Asociación para la promoción e investigación científica y cultural de la lactancia materna), que se fundó para aunar a los profesionales que fundaron la página. Las indicaciones están realizadas por pediatras y farmacéuticos acreditados. Es de libre consulta tanto para profesionales sanitarios como para pacientes o madres y complementa la información que pueda darte tu pediatra.

En ella podemos buscar tanto medicinas como otros productos farmacéuticos y se nos indicará con un código de colores si estamos ante riesgo muy bajo, bajo probable, alto probable o muy alto.

Todas las medicinas catalogadas como “Riesgo muy bajo” son compatibles y  seguras durante la lactancia y para el lactante.

Las medicinas con otros riesgos no deberían tomarse sin supervisión médica ya que pueden afectar tanto a la lactancia como al bebé.

Os animamos a consultarla y a acudir a vuestro pediatra en caso de duda.