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Malaria: una emergencia silenciosa e invisible

Por Sandra Smiley, responsable de Comunicación de MSF en República Democrática del Congo

Son algo más de las ocho de la tarde. Acabo de llegar, jadeando y resoplando, a la base de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Bikenge, provincia de Maniema. El equipo de promoción de la salud – Albert, Daniel y Gaston – está ya allí, esperándome. Van lo suficientemente vestidos, con sus camisas de cuello, como para verse con la reina de Inglaterra; pero hoy nuestra tarea es concientizar la comunidad respecto a la malaria. “Lo siento, llego tarde”, les digo sin apenas aliento. “Tuve que responder una llamada de emergencia.”

A medida que recorremos la avenida principal de Bikenge, intercambiamos jambos (“hola” en swahili) con otros peatones. Los ciclistas pasan bamboleándose. No hay coches en estas carreteras: las que conducen a la ciudad son tan malas que sólo los todoterrenos 4×4 las pueden transitar. Como resultado de esto las mercancías se mueven, dentro, fuera y alrededor de Bikenge, casi exclusivamente en bicicletas o en la espalda de alguien.

A la sombra de un bananero nos reunimos una multitud. Los chicos comienzan sus explicaciones. Hablan de que es la malaria: una enfermedad parasitaria transmitida por un mosquito que puede provocar síntomas desagradables. Sin tratamiento se transforma en una patología grave que causa complicaciones, como la anemia. Una vez que la enfermedad llega a este punto puede ser letal.

Daniel explica cómo se manifiesta la malaria en un niño. © Sandra Smiley/MSF
Daniel explica cómo se manifiesta la malaria en un niño. © Sandra Smiley/MSF

Lo que cuenta sobre la enfermedad un superviviente me permite comprender que saben de qué estamos hablando. Conocen que deben usar mosquiteras para protegerse, también saben la manera de identificar la malaria y que deben visitar una clínica médica cuando sus hijos enferman.

Pero el problema es, dicen, que los precios que se cobran por la atención sanitaria son demasiado altos. La mayoría de los hospitales y clínicas de la República Democrática del Congo operan sobre una base de recuperación de costes, lo que significa que, aunque el propio servicio sea formalmente gratuito, el paciente tiene que pagar por todo lo demás: guantes, pruebas, medicamentos… Tratar a un niño de la malaria puede llegar a costar más de 50 dólares, una suma que muy pocos pueden permitirse. Y, para cuando la situación es tan desesperada como para pedir dinero a sus familiares, amigos y vecinos, a menudo ya es demasiado tarde.

La charla pasa a centrarse en los signos y los síntomas de la malaria: falta de apetito, dolor de cabeza, escalofríos y vómitos. Y como si fuera una señal un sonido fuerte y desagradable surge desde el interior de la multitud. Alguien está enfermo. Todas las cabezas se giran hacia la fuente de ese ruido: una niña en brazos de su abuela, escupiendo, con episodios de tos y arcadas.

Desde luego, no soy un profesional de la medicina; mi formación médica se limita apenas a un curso de primeros auxilios y a un par de temporadas de Anatomía de Grey. Sin embargo, sé cuándo un niño está enfermo cuando lo veo. Por eso, pongo la mano sobre la frente de la niña: está caliente al tacto.

“¿Sabéis dónde está el centro de salud de MSF?”, pregunto. La abuela dice que sí.

“Vamos. Veamos a las enfermeras de la clínica”, le digo. “No le costará nada. Y es mejor hacerlo que lamentarlo”.

Mwinyi, el supervisor de enfermería del ambulatorio termina su papeleo. En un día corriente, más de la mitad de los pacientes a quienes atenderá tiene la malaria. © Sandra Smiley/MSF
Mwinyi, el supervisor de enfermería del ambulatorio termina su papeleo. En un día corriente, más de la mitad de los pacientes a quienes atenderá tiene la malaria. © Sandra Smiley/MSF

Por la tarde, de vuelta a la base, escaneo el último informe de actividad del centro de salud de Bikenge apoyado por MSF. En medio de tablas y gráficos, es preciso destacar un dato en particular: la mitad de los pacientes ingresados en urgencias la semana pasada padecía malaria.

Me gusta pensar que, de donde procedo, si uno de cada dos pacientes que entra en una sala de urgencias sufre de la misma enfermedad, potencialmente mortal pero prevenible, habría una respuesta y una acción masivas e inmediatas. Se llevarían a cabo campañas de prevención a gran escala y la ciudadanía exigiría que se depuraran responsabilidades.

Pero aquí nada de esto sucederá. La población parece haber aceptado que sus hijos enfermen. ¿Y por qué no habrían de tener esa actitud? ¿Qué más pueden hacer? A pesar de la manifiesta necesidad, las mosquiteras no se distribuyen. Las aguas estancadas -auténticas piscinas de malaria- no son drenadas y los centros de salud hacen pagar a gente que no tiene dinero.

Una enfermera toma una muestra de sangre de un niño para realizar  un test rápido de malaria en el área de triaje del centro de salud de Bikenge. © Sandra Smiley/MSF
Una enfermera toma una muestra de sangre de un niño para realizar un test rápido de malaria en el área de triaje del centro de salud de Bikenge. © Sandra Smiley/MSF

Kahuzi, el monte que todo lo ve

Por Ana de la Osada, enfermera y coordinadora médica de MSF en Kalonge, RDC.

Kalonge. Al fondo, el monte Kahuzi. Foto: Ana de la Osada
Kalonge. Al fondo, el monte Kahuzi. Foto: Ana de la Osada

El monte Kahuzi, un antiguo volcán ya extinguido, es el pico más alto del Parque de Kahuzi-Biega. Desde Kalonge siempre es fácil encontrarlo. Kahuzi conoce todo lo que pasa en este pequeño pueblo de Kivu Sur, en la República Democrática de Congo. Y no es de extrañar, porque desde su cumbre a 3.308 metros seguro que tiene una buena perspectiva. Se podría decir que Kahuzi es “el monte que todo lo ve”.

Kalonge. Foto: Ana de la Osada
Kalonge. Foto: Ana de la Osada

Kahuzi también sabe del ritmo que la vida tiene por aquí. La luz, la lluvia, el sol… todo influye en las actividades de la gente, sobre todo si tenemos en cuenta que aquí, en un mismo día, podemos llegar a tener todas las estaciones del año. Digamos que Kalonge es “térmicamente inestable”, que aquí las apariencias engañan. Conseguir hacer un buen pronóstico del tiempo en este pequeño lugar es todo un desafío, incluso para los meteorólogos más atrevidos.

Sin embargo, eso forma parte de su encanto. Trabajar aquí, como MSF lleva haciendo desde 2008, es en parte un privilegio. Las colinas verdes que nos rodean dibujan un paisaje digno de ver, y el contraste con el marrón de los caminos hace que a veces no sepas hacia donde prefieres mirar. El monte Kahuzi lo sabe y por eso mismo contribuye también con su fuerte presencia a la belleza de este lugar: el sol desperezándose detrás de él, las nubes que muchas veces compiten entre ellas para rodear su cumbre, los cielos rosados del atardecer que hacen que la luz ambiente cambie a un color más grisáceo, los relámpagos que asoman tras las nubes amenazando tormenta…

Kahuzi vigila la base de MSF día y noche. Conoce nuestros movimientos entre la casa y la oficina, entre la oficina y el hospital y nuestras salidas a los pueblos remotos de la periferia.Está al corriente de que dentro de unos meses MSF terminará su trabajo aquí, entre colinas, caminos y gentes amables deseosas de saludarnos. Sabe que nos instalamos aquí de manera temporal, para dar apoyo a una población maltratada por los desplazamientos, ligados siempre a esos episodios de violencia que en este país son tan frecuentes. Sin embargo, ahora la situación es distinta, más calmada y con más recursos a nivel sanitario, lo cual nos ha obligado a replantearnos si nuestra presencia en este lugar sigue siendo indispensable.

Puesto de salud apoyado por MSF en la periferia de Kalonge. Foto: Fernando Calero/MSF
Puesto de salud apoyado por MSF en la periferia de Kalonge. Foto: Fernando Calero/MSF

Llegar a este punto no ha sido fácil y por supuesto hay días o momentos en que te preguntas si realmente deberíamos irnos o si por el contrario sería mejor quedarse, porque al estar inmerso en esta pequeña realidad las cosas se ven desde otra perspectiva. Aquí la objetividad se difumina ligeramente, porque muchas veces no es fácil que la parte racional se anteponga a la emocional, y en el pequeño día a día de Kalonge siempre se viven muchas emociones, buenas o malas, pero emociones al fin y al cabo.

No es fácil decir adiós, al menos nunca lo ha sido para mí. Despedirse de un proyecto, de un lugar en el que llevamos ya seis años, de toda esta gente a la que hemos dado tanto apoyo… pero, ¿quién dijo que este trabajo fuera fácil?

Nuestro objetivo en este tiempo ha sido facilitar a la población un acceso gratuito a la salud y para ello nos hemos sumergido en las actividades del Hospital de Kalonge y de ocho Centros de Salud, distribuidos en diferentes pueblos, en los que se da una atención primaria.

Mi posición como coordinadora del equipo médico del proyecto me ha dado la oportunidad de tener una visión global de las dificultades que hay a nivel de salud, pero también de todo lo que hemos logrado en este tiempo con nuestro trabajo. Lo que más destacaría es sin duda el apoyo que damos a las mujeres, las grandes luchadoras de una sociedad en las que la discriminación y la desigualdad de género están al orden del día.

La maternidad de nuestro hospital es el servicio con mayor actividad durante todo el año. El número de partos no depende de la estación en la que nos encontremos, y al contrario que otras enfermedades como la malaria o las infecciones respiratorias, ni la lluvia ni la estación seca dan tregua a nuestras mamás. Para que os hagáis una idea de lo frenético del ritmo, en Kalonge tenemos una media de 9 partos al día… lo cual supone que cada año unas 3300 mujeres dan a luz aquí.

El primer bebé nacido en la nueva maternidad. Foto: Ana de la Osada
El primer bebé nacido en la nueva maternidad. Foto: Ana de la Osada

Hace poco hemos terminado, gracias al apoyo y trabajo de nuestro equipo logístico, un nuevo edificio para la maternidad y la neonatología. Ahora hay más espacio las mamás y los bebés, más luz para levantar el ánimo en las situaciones difíciles, mayor capacidad para atender más pacientes. El día en el que “nos mudamos” al nuevo edificio fue emocionante: durante unas semanas tuvimos que trasladar la maternidad a una gran tienda de campaña, con las dificultades e incomodidades que eso conlleva para todo el personal médico y sobre todo para las mujeres que venían a parir al hospital. Sin embargo, los esfuerzos valieron la pena. Durante la mañana en la que estuvimos trasladando todo el material al nuevo edificio, una mujer se puso de parto, así que ese mismo día pudimos inaugurar el paritorio. Para mí fue una satisfacción pensar en la suerte que tuvo esa mamá al poder dar la bienvenida a su bebé en esa estructura nueva y confortable que habíamos construido. Fue nuestro primer bebé de la nueva maternidad y todos los que estábamos allí presentes. ¡Os podéís imaginar la enorme sonrisa que teníamos en la cara!

Las circunstancias y los contextos cambian, y nosotros estamos obligados a plantearnos a estar presentes allí donde más se necesite, donde vayamos a tener más impacto. Ojalá pudiéramos llegar a todo, pero no es así, y eso nos obliga a priorizar.

Mientras tanto, hasta la despedida, seguimos teniendo un gran trabajo por hacer: luchar contra reloj por dejar las cosas bien terminadas y dar el apoyo necesario para que tras nuestra salida las cosas puedan seguir rodando, que al fin y al cabo eso es lo más importante.

Recién nacido en la maternidad de Kalonge. Foto: Fernando Calero/MSF
Recién nacido en la maternidad de Kalonge. Foto: Fernando Calero/MSF

Nos vamos despidiendo paulatinamente y de manera programada. Cuidar la percepción que la población tiene de nuestra salida es ahora una de nuestras prioridades, porque pese a que dentro de poco ya no estaremos en Kalonge, MSF continúa trabajando en este inmenso país, lleno de necesidades que cambian día a día. El seguir siendo aceptados es parte fundamental para que podamos trabajar de la mejor manera posible.

Nosotros nos iremos, pero quiero pensar que un gran poso del trabajo que MSF ha hecho aquí también quedará: mujeres embarazadas que han podido parir en una estructura de salud en lugar de en una casa, niños a los que hemos curado de esa enfermedad tan terrible y a la vez tan fácil de tratar (cuando se tienen los medios) que es la desnutrición, personas desplazadas a las que les hemos facilitado el acceso a la salud…

Pese al paso del tiempo, el monte Kahuzi seguirá dominando el paisaje, vigilando todo lo que pasa por Kalonge. Y si en algún momento se da cuenta de que MSF tiene que volver, así nos lo hará saber.

Agua

Por Angeline Wee (es médico para MSF en Kitchanga, en República Democrática del Congo)

Hace unos meses, en mayo, hubo un desplazamiento masivo de la población debido al movimiento de grupos armados en las montañas. Muchas de las familias provenían principalmente de tres aldeas – Nyange, Bibwe y Kitso. Ahora estas aldeas han quedado integradas en Mpati.

Los desplazados se encuentran principalmente en las colinas alrededor de nuestro centro de salud y en una base de la ONU cerca. Nuestro equipo fue el encargado de llevar a cabo una evaluación rápida inicial de las necesidades de estos desplazados. En ese momento, nuestros trabajadores sociales nos había ayudado con el recuento de la población y la evaluación.

Nuestro equipo Watsan trabaja investigando las fuentes de agua. En mayo, contamos 1.830 personas, todos ellos, estaban usando los 4 letrinas de nuestro centro de salud y una fuente de agua contaminada en el fondo de un valle.

Como resultado del cuestionario de ejercicio y de la comunidad que administra, hemos sido capaces de generar una cantidad significativa de datos y transmitir las necesidades de la población a otras ONG y los WASH (agua / saneamiento) . Desde entonces, se había llevado a cabo una distribución de jabón y construido 40 letrinas. Solidarité, un actor de WASH, construyó otras 112 letrinas, duchas, desenterraron las áreas de residuos y rehabilitó la fuente de agua.

Nuestro trabajo nunca se termina.. Nuestros agentes de extensión realizaron otro recuento de la población en junio. La población de desplazados desde entonces ha aumentado a 6.320 personas.  La relación de las personas con las letrinas es de 41,6 personas por letrina. Con una única fuente de agua disponible, cada persona tiene un promedio de sólo 4,2 litros de agua por día para todas sus necesidades (beber, cocinar y limpiar). Así como un punto de referencia, utilizamos las directrices establecidas por el Proyecto Esfera. Este proyecto se puso en marcha en 1997 para desarrollar un conjunto de normas mínimas universales en áreas básicas de asistencia humanitaria. Se recomienda que sólo debe haber 250 personas por grifo y se calcula que las necesidades totales de agua básicos por persona son de 7.5-15L por día.

Este es un campo de desplazados es reconocido oficialmente y por lo tanto los desplazados califican para la ayuda. Dentro de los nuevos desplazados, sólo el grupo de Nyange puede beneficiarse de la ayuda, ya que vienen de otro campamento oficialmente reconocido.

Los desplazados restantes no califican para la ayuda, en el sentido de que no están en una lista oficial cuando hay una distribución de alimentos y artículos no alimentarios. Debido a la inseguridad en la zona, no han sido capaces de ir a sus campos o tierras de pastoreo. Su situación se ha vuelto más desesperada con el tiempo. Algunas familias se han visto obligadas a robar a sus vecinos y la comida de los campos cercanos. Esto ha creado una tensión en el campamento.
A menudo levantar las manos en la desesperación. Justo cuando las cosas empiezan a intervenir y levantar la vista, nuevos problemas surgen. Una vez le pregunté a Claudio por qué trabaja para MSF. Se encogió de hombros y dijo … ‘, así puedo usar mis habilidades con las personas adecuadas en el lugar adecuado “.

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Fotografía: Mujeres  a las afueras de la ciudad de Kitchanga en el norte de la provincia de Kivu, República Democrática del Congo. © Michael Goldfarb

MSQ: Médicos Sin Quirófano

Por Rocío Raya (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Inauguramos en este blog una serie de posts sobre República Democrática del Congo, y me han encargado el primer capítulo, que escribo a mi vuelta de este país en el que acabo de pasar seis meses, trabajando como enfermera en el proyecto de MSF en Kalonge.

Tengo los recuerdos muy frescos aún. Recuerdo por ejemplo la mañana en que me senté en la arena para decir adiós a la inmensidad del lago Tanganika. Y también la sala de espera del aeropuerto de Bujumbura, en Burundi, viendo pasar las horas y deseando que llegara el momento de estar en casa… tras un periplo por los cinco aeropuertos de rigor. Es precisamente en este aeropuerto donde escribí algunas de las cosas que quería compartir con vosotros.

Un día cualquiera, más o menos un mes antes de irme, volvíamos de la periferia después de hacer la supervisión de uno de los centros de salud. Con nosotros traíamos a una mamá que estaba a punto de dar a luz, y como el parto se presentaba complicado y no queríamos arriesgarnos a que pasara nada, valoramos la situación y decidimos trasladarla al hospital. El que acabara dando a luz dentro del coche (que es un todoterreno en el que llevamos una maleta para las urgencias y que nada tiene que ver con una ambulancia) me pareció algo así como emocionante, un poco arriesgado, y finalmente emotivo.

Pero lo que nos pasó apenas unos días después, eso sí que fue algo digno de contar, al menos a mí me lo parece: todavía no tengo la experiencia que tienen algunos de mis compañeros de MSF, gente que está acostumbrada a practicar cirugía de guerra, o a hacer toda clase de intervenciones quirúrgicas en lugares recónditos donde los medios escasean.

Como cada día, llegamos al centro de salud temprano por la mañana para comenzar nuestras actividades diarias. Esta vez, Hervé, que es el médico del equipo, nos acompañaba para trabajar en varios aspectos que servirían para mejorar la maternidad. Recuerdo que en aquel momento pensé que no estaba nada mal tener un médico a tu lado de vez en cuando… ¡sobre todo porque, en una zona que cuenta con más de 100.000 habitantes, sólo hay tres médicos….y los tres están en el hospital!

Nada más llegar, nos pidieron que pasáramos a ver a una mamá que acababa de llegar a la maternidad. Como es habitual, en los centros de salud siempre hay algún caso un poco complicado que tenemos que referir al hospital, pero Hervé nos dijo que aquella mujer estaba a punto de parir, así que había que atenderla en ese mismo momento.

Como muchas mujeres africanas, la mamá tenía muchos antecedentes en su contra por haber sufrido demasiados embarazos, demasiadas cesáreas y demasiados abortos, y no podría soportar un traslado al hospital porque su útero, cicatrizado y cansado después de siete embarazos, tenía muchas posibilidades de romperse… lo que conllevaría la muerte inmediata del niño y por supuesto de ella.

Así que como se suele decir allá en mi casa, nos liamos la manta a la cabeza y empezamos a montar un quirófano improvisado para realizar una cesárea de urgencia, en una habitación con una camilla de partos, una estantería, y una pequeña ventana que dejaba pasar, la verdad, muy poca luz.

Reunimos material del centro, le añadimos el que llevábamos en nuestra maleta de urgencias, y en cinco minutos estábamos listos. Hervé de cirujano, Christophe de enfermero instrumentista, y yo con la anestesia. La otra enfermera, Colette, circulando para arriba y para abajo, y la matrona esperando su bebé, que como era de prever necesitó ser reanimado después de sacarle tan bruscamente de su bañerita caliente…

Hubo un momento de tensión, por la condiciones en las que nos encontrábamos y por la gravedad de la situación, pero cuando el pequeño comenzó a llorar, todos respiramos. Y cuando poco después la mamá empezó a despertarse y, aunque dolorida, a buscar a su bebé sin comprender muy bien de qué manera había llegado a sus brazos, todos sonreímos.

Al cabo de unas horas nos fuimos hacia el hospital. La mamá y el bebé recibieron todos los antibióticos del mundo y todos los cuidados necesarios para evitar una infección… ¡y se recuperaron sin problemas!

Como es tradición después de estos casos, se nos concedió el honor de ponerle el nombre oficial al bebé (el nombre tradicional se lo pondrían sus padres). Dado que el bebé que nació en el coche se llamó Sheria, como el conductor, pensamos que el bebé de la cesárea de urgencia debería llamarse Hervé, como el médico sin quirófano que le había salvado la vida. Sin embargo, al final lo pensamos de nuevo entre todos y decidimos llamarle Bahati, que en swahili quiere decir “suerte”. No es el primer niño nacido en uno de nuestros proyectos que se llama así…

Ahora que lo veo todo en la distancia, creo no hay nombre mejor en el mundo para este niño. No estoy ni contenta ni triste por haber vuelto, tampoco indiferente, pero sí estoy completamente convencida de que después de haber pasado seis meses en Congo, y de haber comenzado a balancearme entre las dificultades y las maravillas de este país, algún día regresaré. Hay demasiadas necesidades a la vuelta de la esquina como para darles la espalda, como para olvidar, como para hacerlas invisibles… y también hay demasiadas cosas bellas como para no echarlas de menos.

Termino este post, pero mi compañera Stella Evangelidou, técnico de salud mental, va a tomar el relevo en unos días para seguir contándoos de Kalonge y de los muchos desafíos a que nos enfrentamos en la República Democrática del Congo.

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Foto 1: Centro de salud en la periferia (Kalonge, RDCongo).

Foto 2: El atasco de los todoterrenos de MSF en las embarradas carreteras de Kalonge es habitual.

Foto 3: Madre y su bebé, centro de salud de MSF en Kalonge.

Todas: © Rocío Raya.