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“Quiero estudiar y devolver la paz a mi país”

Anna tiene 21 años y es de Eritrea. Llegó al puerto siciliano de Pozzalo en un barco desde Libia.
Anna tiene 21 años y es de Eritrea. Llegó al puerto siciliano de Pozzalo en un barco desde Libia.

Anna, 21 años, dejó Eritrea, pero un día está decidida a volver

Por María Carla Giugliano, periodista de Médicos Sin Fronteras en Italia

La primera vez que Anna trató de salir Eritrea todavía era una niña. Fue arrestada y encarcelada. En la prisión fue atada y golpeada. Tras su liberación, Anna comenzó a elaborar el plan perfecto para salir del país. “Escapar de Eritrea no es ninguna broma“, afirma. “Quienes tratan de huir corren el riesgo de ser ejecutados.”

Anna tenía solo 16 años cuando logró cruzar la frontera a la vecina Etiopía. Permaneció allí cinco años con la esperanza de obtener el permiso para reunirse con su madre en Israel, pero sus solicitudes fueron reiteradamente rechazadas. Finalmente decidió salir de allí para embarcarse en el largo y peligroso viaje a Europa.

La parte del trayecto más difícil, cuenta Anna, tuvo lugar en Sudán. Tras caminar durante 13 horas sin parar, consiguió subir a una camioneta estilo ranchera, donde ya iban otras 25 personas. Sentía las piernas como si las tuviera paralizadas, recuerda. En el desierto, traficantes interceptaron el vehículo, les obligaron a desnudarse en busca de dinero. Los traficantes les robaron todo lo que tenían valor, incluso dejaron a algunas personas sin zapatos.

Anna se aferra firmemente a un ejemplar de la Biblia mientras habla. No llora, pero sus ojos se humedecen con lágrimas contenidas. “Tenía miedo”, cuenta. “No sabía si lo lograría. Recé mucho porque confiaba en Dios”.

En Jartum, la capital sudanesa, Anna coincidió con algunas personas que conocía y junto a ellas viajó a Libia. En la costa libia consiguió subirse en un barco de madera junto con a otras 300 personas. Apenas unas horas después de salir, el motor del barco se incendió. Los pasajeros lograron apagar las llamas, pero el motor había quedado inutilizado. Uno de los pasajeros llamó a los servicios de rescate de emergencia, que llegaron nueve horas más tarde y los trasladaron a Pozzallo, Sicilia.

Anna se encuentra en el centro de recepción de Pozzallo. Como la mayoría de los eritreos que están allí, sabe algunas palabras en italiano, aunque es gracias al mediador cultural de Médicos Sin Fronteras (MSF), Negash, que Anna puede contar su historia en su tigriña natal.

Nagash de Eritrea, es mediador cultural en MSF. En la foto está hablando con algunas jóvenes de Eritrea dentro de Centro de Recepción en Pozzallo, Italia.
Nagash de Eritrea, es mediador cultural en MSF. En la foto está hablando con algunas jóvenes de Eritrea dentro de Centro de Recepción en Pozzallo, Italia.

“Estoy viva y tengo mucha fe en Dios”, afirma Anna. “No sé a dónde voy a ir, tal vez vaya a Bélgica o quizás a Inglaterra, pero sí sé lo que quiero hacer: quiero estudiar Políticas. Quiero trabajar para devolver algún día la paz a mi país. Tengo un profundo deseo de volver a Eritrea“.

Médicos Sin Fronteras en Sicilia

Anna es una de las más de 66.000 personas que han cruzado el Mediterráneo para llegar a Italia entre enero y junio de 2015. El año pasado, más 170.000 migrantes, refugiados y solicitantes de asilo alcanzaron las costas italianas.

Muchas de las personas rescatadas de embarcaciones hacinadas y que carecen de las condiciones para realizar una travesía como la del Mediterráneo central son trasladadas a Sicilia. En el puerto de Pozzallo, en la provincia meridional de Ragusa, los migrantes son recibidos en el muelle por un equipo médico de Médicos Sin Fronteras (MSF) junto al personal del Ministerio de Sanidad italiano. El equipo de MSF – formado por médicos, enfermeras y mediadores culturales – realiza una exploración y reconocimiento a los recién llegados y proporciona asistencia médica a quienes lo requieren tanto en las  primeras horas tras desembarcar como durante su estancia en el centro de recepción inicial.

En 2014, los equipos de MSF en Italia llevaron a cabo 2.595 exámenes médicos y 700 valoraciones de salud mental. Durante los primeros meses de 2015, el operativo de MSF ha efectuado 4.862 reconocimientos.

En el centro secundario de recepción en la provincia de Ragusa, donde los migrantes esperan los resultados de sus solicitudes de asilo, dos psicólogos del equipo de salud mental de MSF proporcionan apoyo psicológico. Aquellas personas en las que se detectan problemas de salud mental más graves son referidas a un psiquiatra. En lo que llevamos de año, estos equipos han pasado consulta a 169 pacientes y facilitado apoyo en materia de salud mental a 76. Casi el 40% de ellos presentaba trastorno por estrés postraumático.

Dibujo realizado por Ahmad de Siria, niño de 10, con la ayuda del personal de MSF en el Centro de Recepción en Pozzallo. MSF trabaja dentro del centro respondiendo a las necesidades médicas y humanitarias de los migrantes, refugiados y solicitantes de asilo político.
Dibujo realizado por Ahmad de Siria, niño de 10, con la ayuda del personal de MSF en el Centro de Recepción en Pozzallo. MSF trabaja dentro del centro respondiendo a las necesidades médicas y humanitarias de los migrantes, refugiados y solicitantes de asilo político.

 

Niños de Siria: trabajar para sobrevivir

Por Soha Boustani, UNICEF Líbano

Cuando entré en el barrio de refugiados de Ghazieh, en el sur de Líbano, me quedé impactada por las condiciones de vida: mujeres, hombres, ancianos, niños, bebés… Todos hacinados en pequeñas habitaciones por las que pagan un alquiler de 270 euros al mes. Su situación es horrible. No tienen baños ni cocinas.

Estaba en una de los muchos lugares de Líbano donde las familias sirias se refugian en edificios vacíos, garajes y otras estructuras aún en construcción. Me encontraba allí para hablar con los niños sirios sobre su día a día como refugiados. Una niña llamó mi atención pero, según me acerqué a ella, corrió hacia las habitaciones de sus vecinos. Unos minutos más tarde volvió y me miró fijamente, pero no quería hablar, así que empecé a conversar con otras mujeres que estaban por allí.

Una hora más tarde, la niña, que respondía al nombre de Yasmeen, se acercó y me dijo que quería contarme su historia. “Llegué hace tres años con mi hermano pequeño y con mi tío. Mis padres se quedaron en Siria para cuidar del resto de mis hermanos. Ahora tengo 14 años y mi hermano tiene 12. ¿Te lo puedes creer? Solo tenía 11 años y él 9 cuando la vida nos puso en el camino del exilio“.

Niños de Siria: trabajar para sobrevivir

© UNICEF

Yasmeen aceleraba sus palabras a medida que hablaba. “Cuando iba al colegio en Siria era de las mejores estudiantes. Me fui del colegio y hui con mi hermano sin saber nada de este mundo. ¿Sabes lo que siente una niña cuando no está con sus padres? ¿Sabes cómo se siente cuando tiene que trabajar y arreglárselas sola con 12 años?”, me decía.

Mientras hablaba, pensaba en los miles de menores no acompañados que han huido de Siria a otros países en la región. También pensaba en mí cuando tenía su edad. Yasmeen insistía en que la escuchase mientras me contaba su día a día.

“Me levanto a las 4 de la mañana y trabajo 10 horas por 5 euros. Cuando vuelvo, hago las tareas de casa, cocino hasta el atardecer y me voy a dormir. Mira cómo están mis manos de todo el trabajo; duras como piedras. Me duele la espalda“.

Niños de Siria: trabajar para sobrevivir

© UNICEF

“Llevo aquí tres años, pero parece una eternidad. Cada día es igual. No pasa nada nuevo. Tienes que trabajar, tienes que sobrevivir y tienes que pagar el alquiler. ¿Es esta una vida que merezca la pena?”.

Le pregunto que de qué tiene miedo. “De la vida, del mundo“, me dice.

“Por la noche, pienso en mi familia y me preocupo por si mueren en Siria. Estoy muy preocupada por ellos. Me da miedo que nos pase algo a mí o a mi hermano. Me siento como si tuviese 20 años. No puedo soportar tantas preocupaciones. Todavía soy muy joven“.