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República Centroafricana: La espiral de violencia parece no tener fin (y II)

Por Natalie Roberts, médico de emergencias de Médicos Sin Fronteras en República Centroafricana

Poco después del éxodo de Bozoum, partí junto al jefe de proyecto desde Bozoum para hacer una misión exploratoria del resto de la región noroeste, desde la ciudad de Bosemptele, al sur de Bozoum, hasta la frontera con Chad y Camerún.

Tras la destrucción de los centros de salud, MSF puso en marcha clínicas móviles. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

Tras la destrucción de los puestos de salud, MSF puso en marcha clínicas móviles. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

Cuando llegamos a la primera de las aldeas, el jefe del puesto de salud me dijo que quería mostrarme algo. Pidió a toda la gente que me llevaran a sus hijos enfermos. El primer niño que vi era muy pequeño, evidentemente sufría de malaria y se veía en muy mal estado. Me ofrecí a llevarlo al hospital de Bozoum, pero la madre dijo que estaba demasiado lejos y que no se sentía segura de dejar su pueblo. Me invadió un sentimiento de impotencia porque el niño necesitaba urgentemente ser hospitalizado, pero lo único que podía hacer en esos momentos era darles algunos de los medicamentos que llevaba en mi equipo de emergencia.

En ese momento me di cuenta de que teníamos que ir más a menudo a los pueblos y de que podíamos conformarnos con trabajar solo en la ciudad. La gente tenía demasiado miedo de salir de sus aldeas, y además no había suficientes carreteras o medios de transporte en la zona como para llegar fácilmente. Cuando volaba hacía la República Centroafricana iba pensando que me tocaría tratar a mucha gente con traumatismos provocados por la violencia. Sin embargo, una vez que ya estaba instalada allí, me di cuenta de que, al menos fuera de Bangui, lo que había era mucha más gente muriendo a causa de enfermedades comunes en África, como pueden ser la malaria y otros problemas de salud, que por heridas de bala.

La gente había huido de sus casas y vivía ahora al aire libre, en el campo o en el monte, durmiendo en el suelo o debajo de los árboles. En las aldeas cuentan con pozos, pero ahora que estaban en el monte tenían que beber el agua que encontraban en los charcos o en los ríos.

Todos los puestos de salud que visitábamos estaban en mal estado. La gente no tenía acceso a la atención médica porque no se atrevían a salir del bosque y porque tampoco tenían ya un lugar al que acudir para ser tratados. Por si fuera poco, los medicamentos de los puestos de salud habían sido quemados o robados. El personal sanitario que todavía seguía allí nos contó que muchos de los que habían huido estaban muriendo en el monte, pero era difícil evaluar el número total de fallecidos.

En cuanto nos organizamos, empezamos a organizar clínicas móviles en las aldeas. Cada mañana recibíamos de 600 a 700 niños, así que al final terminamos por crear un hospital pediátrico para niños con malaria en Bocaranga.

Durante esas primeras semanas, tengo que admitir que hubo momentos en los que llegué a sentir miedo. Corría el mes de febrero y todavía había muchos grupos armados en los alrededores. Los rumores circulaban por todos lados y cuando al día siguiente llegábamos a una aldea para confirmar los relatos y atender a la población, siempre nos encontrábamos con casas que seguían ardiendo.

En las aldeas, los atacantes van de casa en casa y no dejan títere con cabeza. La gente no tiene armas sofisticadas o pistolas. Es una violencia individual, cara a cara. En un momento dado, era difícil cruzarse con alguien que no portara algún tipo de cuchillo por la calle. Incluso los niños de seis o siete años andaban con grandes machetes. En otras circunstancias estos cuchillos se utilizaban para trabajar en el campo o para las labores diarias, pero cuando la tensión aumenta todo el mundo tiene miedo. Y uno es más susceptible de matar a alguien cuando tiene algo con lo que puede hacer bastante daño.

La mayor parte de los centro de salud sufrieron saqueos y quedaron inutilizables. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

La mayor parte de los centros de salud sufrieron saqueos y quedaron inutilizables. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

Cada vez que había una escaramuza, veíamos pacientes que tenían heridas abiertas causadas por machetes y que corrían el riesgo de infectarse y de agravarse. Vimos a muchos pacientes golpeados con palos: os aseguro que aquí comprendí que verdaderamente es posible matar a alguien a palos. A menudo, las personas no nos contaban como había sucedido, pero podíamos llegar a imaginar que había sido bastante brutal. He visto heridas causadas por explosiones de bombas y por otras formas de violencia, pero la violencia cara a cara es difícil de digerir y de comprender.

Todos hablaban de los seres queridos que habían perdido. Fui a una aldea donde 23 personas habían sido asesinadas por una serie de atacantes que fueron matando a todo el mundo casa por casa. Un mes después, todos los supervivientes seguían reviviendo este terrible episodio en sus mentes y no lograban recuperarse.

Lo más difícil es que es casi imposible saber cómo y cuándo va a terminar esta situación. El conflicto afecta a todo el país y la espiral de violencia parece no tener fin.

1 comentario

  1. Dice ser edel

    he sentido la tristeza del esfuerzo que realizan cada segundo sin vasilar el riesgo cada momento es la esperanza de quienes ponen todo que palabra felicitar es quiza pequeña hante tanta grandeza humanitaria cuantas lagrimas en silencio cuanta lucha quisiera estar ayudandoles siento que tienen un equipo maravilloso doctores doctoras enfermeras colaboradores en general medicos locales en general siempre estoy con ustedes en lo que necesiten los quiero los admiro quisiera acortar distancias y este granito de arena se convierta en un mar lleno de esperanzas echas realidad fuerza corage que no falta todo saldra bien

    02 junio 2014 | 02:31

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