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¿Te sentías a gusto con tu cuerpo cuando estabas embarazada?

19 junio 2012

Yo sí, he de confesarlo. No me importaba un pimiento parecer un zepelín al final del embarazo ni extrañamente gorda al principio. Y no creáis que fui de esas que parecen la serpiente que se comió el elefante de El Principito, yo engordé por todas partes, no solo de barriga: muslos, cara de pan (las que tenemos cara redondita estando delgadas, estamos condenadas a eso cuando engordamos), brazos… Y estaba feliz y contenta. Estaba gestando a mis hijos, mi gigantesco abdomen alojaba a mis niños y mi cuerpo tendía a acumular grasa que luego liberaría en forma de leche. Sentía todo tan natural, tan lógico, que disfruté de los cambios que se producían en mi cuerpo y no tenía ningún complejo a la hora de mostrarlo, incluso menos que al no estarlo.

Pero sé que no es siempre así, lo sé bien. En mi entorno hay mujeres que me han contado que se rechazaban ante el espejo, que vivieron el embarazo preocupadas por si luego lograrían recuperar su figura, que entendían engordar de tripa pero no de todo lo demás, que perdieron las ganas de ir a la piscina o a la playa e incluso de tener sexo con sus parejas por sentirse poco atractivas.

Lo sé y puedo meterme en su pellejo, pero no sé cómo podría convencerlas para que luchen contra ello, hacerlas entender que el cuerpo de una mujer embarazada es hermoso por mucho que opine cualquier descerebrado delante de ellas, que las transformaciones que se producen tienen sentido, que la opción siempre debería ser gustarnos, querernos… que los patrones estéticos imposibles que nos venden a las mujeres, incluso en una situación como el embarazo, no son más que corsés invisibles que nos hacen infelices.

Creedme, vuestros cuerpos gestantes son preciosos. Disfrutad este verano sin complejos. Miraos, maravillaos. Un milagro así lo merece.

La misión de las madres es enseñar a sus niñas (y niños) que son preciosas

26 marzo 2011

Esta semana leí y me horroricé con una noticia de una madre británica de treintaypocos años que inyectaba regularmente botox adquirido por Internet a su hija de ocho años. Quiere convertirla en una belleza, en una estrella, y dice que para lograrlo tiene que empezar a “cuidarse” ya.

Este párrafo me resulta especialmente triste:

La pequeña, normalizando la situación que vive e incluso sintiéndose orgullosa de ello, dice que sus amigos piensan que ella es “guay” por poder acceder a estos tratamientos, y añade: “Cada noche compruebo si tengo más arrugas y si veo alguna quiero más inyecciones”.

Y precisamente esta misma semana me llega este maravilloso cuento sobre una niña preciosa a la que hicieron sentir que era fea si no llevaba maquillaje, tintes, vestidos bonitos, tacones… De verdad, no os lo perdáis.

Y comprendo que la labor de las madres no es decirnos cuando somos niñas (o niños) que necesitamos ponernos lazos en el pelo o cambiar de peinado, adelgazar, llevar zapatos bonitos, comportarnos como señoritas (o ponernos botox en casos extremos en los que habría que retirar la custodia) para sentirnos guapas (o guapos).

Me consta que muchas madres, con una exigencia para bien mal entendida, son las primeras que empiezan la labor que luego vendrán otros (televisión, amigos, revistas, publicidad…) a continuar.

El primer paso para ser feliz es querernos tal y como somos.

Y las madres deberíamos precisamente ayudar a nuestros hijos a quererse, a aceptarse, a saberse seres humanos únicos merecedores únicamente de amor y respeto en sus relaciones futuras.

Deberíamos darles las armas para que sepan luego enfrentarse a las presiones que les llegarán de fuera.

Y que si luego deciden maquillarse, llevar tacones o buscar un tipazo en el gimnasio, lo hagan felices y conscientes de que ellos siguen siendo preciosos y únicos sin el maquillaje, los tacones o los músculos.