Energía y comunicación clara

Entre todos hacemos sostenibles a las energías renovables

Todos los países, incluido España, han apostado por la necesidad de llevar a cabo una profunda modificación de nuestra relación con la energía, a través de lo que se ha venido llamando la Transición Energética, como camino para poder reducir las consecuencias del cambio climático originado, en su mayor parte, como causa antropogénica, por el consumo de combustibles fósiles. La Transición Energética está asumida a todos los niveles y de forma generalizada a través de la apuesta por la eficiencia, por las energías renovables y por la sustitución y disminución de la dependencia de los combustibles fósiles.

La evolución tecnológica e industrial del aprovechamiento de fuentes de energía renovables ha generado un gran apetito inversor por parte de las compañías energéticas tradicionales que, hasta ahora, negaban su idoneidad para formar parte de su actividad esencial, hasta convertirlas en las abanderadas de una nueva realidad energética que quieren seguir liderando, diseñando campañas de imagen con el fin de dar la señal que los mercados y la sociedad demandan.

Desgraciadamente, tendemos a considerar que las renovables ya llevan de forma implícita el apellido sostenible incluido, pero tenemos que reflexionar en el sentido de que para ganarse dicho apellido hay que mantener un comportamiento y un compromiso ético que, en demasiados casos, no se está produciendo, principalmente porque las oportunidades de actuación y el crecimiento de las renovables están generando procesos más basados en la ambición económica que en la reflexión de sus consecuencias, tanto ambientales como sociales.

Es decir, tenemos que pensar no solo en la proyección creciente de las magnitudes que definen a las renovables como el pilar básico y único de la oferta de energía, sino, también, en cuál debe ser el marco lógico de comportamiento y de actuación: que el cambio de modelo energético suponga la transformación del paradigma en la forma de entender y de relacionarnos con la energía o que, simplemente, se trate de un proceso de sustitución en el balance de unos activos que funcionaban con fuentes contaminantes por otros que funcionan con renovables.

El interés creciente en las energías renovables también ha llegado al lenguaje, configurando expresiones y propuestas que no se corresponden ni con la realidad ni, por supuesto, con las normas básicas de una comunicación clara como primer requisito de gobernanza y transparencia frente a los Grupos de Interés a los que, por compromiso y responsabilidad social corporativa, deberían atenerse.

La comunicación clara es transmitir información basada en la sencillez con el propósito de que todas las personas puedan comprenderla de forma fácil, directa, transparente, simple y eficaz, con objeto de democratizar el acceso a toda la información, reducir los errores interpretativos y aumentar la confianza de los receptores de dicha información. En la actualidad energética, de forma deliberada, se utilizan conceptos acuñados para poder blanquear y definir determinadas posiciones como sostenibles cuando, en realidad, no lo son.

En El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Tancredi, uno de sus personajes, le decía a Fabrizio, Príncipe di Salina, si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Este es el riesgo actual y que debemos vigilar de cerca: que los mismos agentes que han conseguido que la energía sea exclusivamente un negocio, y no un bien de primera necesidad, sean quienes definan la transición al ritmo que les convenga en función de sus intereses empresariales.

En esta línea, el Reglamento 852/2020, de 18 de junio de la Unión Europea, elaborado para facilitar inversiones sostenibles, dejó la puerta abierta precisamente a que las  instalaciones no sostenibles puedan recibir per se la financiación destinada a actividades que realmente sí lo son. El nuevo Reglamento concede la cualificación de “ambientalmente sostenible” a una inversión que “contribuya sustancialmente” y “no cause ningún perjuicio significativo”, incorporando una nueva taxonomía y asumiendo una interpretación laxa del principio de neutralidad tecnológica, algo, a todas luces, fuera de las líneas de planificación y de acción de la transición energética, ya que es otra vía ventajista para las tecnologías contaminantes que aporten una mejora, por mínima que sea, frente a la situación anterior.

En esta línea, estamos viendo cómo avanzan, con paso inexorable, conceptos e ideas que pretenden mantener la posición actual  del sector energético con una continuidad engañosa. Veamos algunos  ejemplos:

  • La aparición de los gases renovables, como ampliación del término biogás, en los que el adjetivo renovable pretende validar procesos de mantenimiento del gas natural fósil y de sus infraestructuras. Producir gas natural como un subproducto de la transformación del biodiésel de primera generación es un engaño a la cultura renovable y a la sostenibilidad. Olvidar la jerarquía de uso de los recursos naturales nos lleva a la experiencia de México con la sustitución de la producción de maíz, alimento primario y base de muchas dietas de consumo humano, por la de biodiésel o el avance de la frontera agrícola, destruyendo todavía más masa forestal virgen y formas de subsistencia autóctona.

Los gases renovables, en particular, preferiblemente procedentes de procesos de biodigestión, o la biomasa, en general, en sus diferentes formas de aprovechamiento, deben formar parte de la cobertura de nuestras necesidades energéticas, pero no lo pueden hacer como partícipes de un modelo que lleva consigo el incremento continuo de las emisiones, tanto a nivel global como, sobre todo, local, porque la calidad del aire está jerárquicamente por delante de diversificar el mix energético. Apostamos por la electrificación de la demanda para erradicar el uso de combustibles en las ciudades con el objetivo de eliminar las emisiones locales y esto debe ser entendido tanto si los procesos de combustión son con fuentes de origen renovable como fósil.

  • En cuanto al hidrógeno, se le atribuye el color verde si es de origen renovable, el azul, si es el gas natural la energía primaria utilizada e incluye captura de CO2, el gris, si el origen es el carbón y el gas natural. La necesidad de colorear el hidrógeno, por supuesto siempre usando colores suaves, apacibles y amigables, supone validar la fuente de energía primaria utilizada aunque el proceso diste mucho de ser sostenible.

No cabe ninguna duda de que el hidrógeno va a jugar un papel importante, pero no lo podemos convertir en la coartada de la subsistencia y mantenimiento del sistema gasista actual. En el recuerdo está cuando el sector eléctrico apostó por la co-combustión de la biomasa en las centrales de carbón, apuesta que no era para aprovechar la biomasa, sino para mantener el carbón.

Que los denominados gases renovables o la introducción del hidrógeno estén promovidos en España por empresas como Enagás y Repsol reflejan, de forma clara, viendo su estrategia, que estas iniciativas intentan, ante todo, perpetuar su modelo de negocio y no buscar alternativas a una actividad difícilmente clasificable como sostenible.

  • El concepto, ampliamente utilizado por el sector petrolero de neutralidad tecnológica, está basado, exclusivamente, en la sostenibilidad de las inversiones ubicadas en España, pero no en su consideración integral, incluyendo los procesos de extracción, transformación, transporte…

La neutralidad como atributo, se ha trasladado también a las subastas de nuevas plantas de generación de electricidad con energías renovables, pero no bajo un prisma de racionalidad, sino desde un posicionamiento de ventaja para la entrada de unas tecnologías frente a otras únicamente por precio, cuándo las necesidades de potencia y sus características deben ser fruto de la planificación energética de las autoridades competentes.

  • La existencia de interés por fomentar las macro plantas de generación de electricidad con fuentes renovables, aunque suponga eficiencia en costes, implica la sustitución de terrenos fértiles y preparados para la producción agraria y olvidar que es posible gestionar los recursos disponibles de forma más cercana a los centros de consumo y sin perder usos más importantes como puede ser la seguridad alimentaria frente a la generación de electricidad. No nos podemos permitir que España, que solo tiene 13 millones de hectáreas de superficie agraria útil, un 26% de la superficie total, pierda capacidad agraria porque la especulación de la oferta para arrendar tierras fértiles para plantas fotovoltaicas suponga un ingreso 10 veces superior que la renta agraria actual disponible.

El aprovechamiento de las fuentes de energía renovables no puede entrar en conflicto con el uso que la tierra tiene para actividades agrarias y ganaderas, porque estaremos favoreciendo que la España vaciada deje de ser productiva y pase a ser rentista.

Hay muchos más ejemplos de cómo el lenguaje, bajo el mandato de los prefijos eco o bio o el simple añadido de unos colores, se puede convertir en una herramienta de la ecoimpostura de iniciativas y planes industriales engañosos que deberíamos vigilar y denunciar, porque, en definitiva, estamos no solo falseando la realidad, sino estableciendo dudas sobre la solución adoptada que es la apuesta por las energías renovables.

Las renovables no son exclusivamente una propuesta energética aséptica y carente de intención, sino que deben ser la base para provocar un cambio profundo en el mundo de la energía. Por esta razón, debemos vigilar que la Transición Energética, hoy en marcha, no se traduzca en un movimiento táctico que, utilizando la ambigüedad en el lenguaje y en las campañas de  comunicación, solo sirva para perpetuar el modelo que ahora tenemos, como muy bien decía Giuseppe Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo.

Fernando Ferrando – Presidente de la Fundación Renovables

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