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No es un mito, la falta de luz y sol nos causa una profunda tristeza

El aislamiento en casa y la falta de luz está provocando en muchas personas cambios en los ritmos naturales del organismo. Es natural, ocurre lo mismo en otras especies animales; la falta de sol y luz provoca una disminución general de las funciones metabólicas y muchos individuos se retirarían gustosos a hibernar.

Existe un término para este estado: trastorno afectivo estacional (TAE) o “depresión de invierno”. Y es que cuanto más largo sea el período de luz, mayor el sentimiento de bienestar general. Tenemos más energía, nos sentimos más activos, más creativos y felices.

Una glándula en el cerebro que produce melatonina se encarga de controlar qué tan soñolientos nos sentimos. En la oscuridad nos hace sentir con sueño y cuando hay la luz matutina nos ayuda a despertar. Si se mantiene el aislamiento y la falta de luz y sol, la glándula actúa en consecuencia.

Y es que el sol es el mejor antidepresivo natural. Los largos inviernos propios de los países nórdicos, por ejemplo, causan mayores estados de melancolía e incluso de depresión. Con prácticamente la totalidad de días sometidos a una absoluta oscuridad, la tasa de suicidios es la más alta de todo el mundo.

Los síntomas de la falta de vitamina D incluyen dolores musculares, óseos, deterioro cognitivo en adultos mayores, asma severo en niños pequeños e infecciones debilitantes (respiratorias y estomacales).

Incluso un estudio científico publicado en la revista Nature ha demostrado que los ratones expuestos a cantidades de luz menores y más irregulares sufren depresión y experimentan problemas de aprendizaje.

Otros estudios realizados en China concluyen que una exposición moderada a los rayos solares mejora los comportamientos neurológicos diarios, como el estado de ánimo, el aprendizaje y la memoria.

Estamos recluidos en casa para evitar el contagio del dichoso coronavirus, no podemos evitar esta carencia pero hay formas de contrarrestar está tendencia al sendentarismo, sueño e inactividad que nuestro cerebro nos provoca de manera irremediable.

Programate el día, mantén tu ritmo habitual de horas de sueño, haz ejercicio en casa, baila, canta, escucha música, haced muchas videollamadas y seguid la recomendación de mi compañero César Javier Palacios: La ventana indiscreta nos da alas.

El ‘síndrome de Cotard’: cuando todo carece de significado y crees que estás muerto

Sí, suena terrorífico y lo es. El síndrome de Cotard se trata de una enfermedad mental en la que el sujeto cree estar muerto (tanto figurada como literalmente), estar sufriendo la putrefacción de los órganos o simplemente no existir.

Quería compartirlo con vosotros aquí porque precisamente la afectación cerebral se asocia a un error en la gestión de las emociones; el procesamiento de la información que proviene del exterior es correcto, son capaces de ver su propio cuerpo realmente y en un espejo sin alteración visual pero lo notan como algo extraño, como si no existieran.

Realmente, lo que falla es la respuesta emocional de la que debería acompañarse este procesamiento, ya que, para ellos todo carece de significado. El paciente padece alteración en la intensidad de sus emociones, pierde energía vital y es dominado por la negatividad. Al parecer, la raíz principal de este delirio se encuentra en el funcionamiento anómalo de la parte del encéfalo asociada al procesamiento de las emociones: el sistema límbico, en la base del cerebro, hiperactividad en la amígdala y una reducción significativa en los receptores de dopamina.

Este trastorno mental hace que quien lo padece llegue a cuestionarse su propia existencia. Los afectados pierden la capacidad racional y lógica que todos tenemos y les lleva a negar hasta las cosas más obvias, como que están vivos. Sufren una despersonalización, pueden tener alucinaciones y estados de depresión muy severos. El final de casi todos estos pacientes suele ser trágico, ya que suele ser frecuente que se automutilen, por pensar que sus miembros se están descomponiendo o incluso llegar al suicidio, ya que se creen inmortales, pueden saltar al vacío que creen que no les va a pasar nada porque ‘ya están muertos’.

Hasta ahora, este síndrome es denominado como uno de los trastornos psiquiátricos más misteriosos y peculiares que existen. Todavía hay muy pocos estudios al respecto en nuestro país y, en general, tampoco abunda la literatura científica a nivel internacional. Su presentación es infrecuente y su incidencia real no se conoce, tampoco su evolución exacta.

Lo que nos enseña esta terrible enfermedad es que el cerebro humano lleva a cabo tareas muy complejas y variadas para que podamos percibir e interpretar cómodamente la realidad. Que este proceso sea automático y la mayoría de las veces salga bien no significa que alguna de las piezas del engranaje no pueda llegar a fallar, dejándonos con unos ojos, orejas, narices y bocas que informen correctamente sobre un mundo sin significado.