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Si tienes que hablar en público recuerda las 5 fases de Cicerón:

La Gala de los Goya o cualquier evento público de tal magnitud deja entrever a los mejores oradores pero también a los no tan buenos. No hay que alarmarse tampoco ¿eh? Todo es cuestión de práctica para los que no tenemos ese don natural. Nuestra experta, Carmen Acosta, fundadora de OHLAVOZ continúa con su artículo de ayer, en esta ocasión, ofreciéndonos unas breves claves para poder mejorar nuestra batalla con la oratoria más eficiente, poniendo como ejemplo el lenguaje corporal del Director de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.

Mariano Barroso. Fotografía Wikipedia

Mariano Barroso se sabía perfectamente su discurso, se lo había preparado a conciencia, y en principio, tal y como argumenté en un artículo anterior (Jesús Vidal) , eso está muy bien. Sin embargo, su modo de hablar delata que el discurso ha sido memorizado, que no es “fresco”, y eso ya no está tan bien.

Para aclararnos, cuando un buen actor enuncia su texto, sentimos que es el personaje el que va improvisando. Y aunque sabemos que ello no es así, no hay nada en el actor que delate que está diciendo un texto repetido mil veces.

Sin embargo, las frases poco hiladas, la melodía repetitiva, las autocorrecciones cuando espontáneamente había surgido un sinónimo, las pausas motivadas por necesidades respiratorias y no por el sentido, la escasez de acentos enfáticos, el ritmo constante… delatan un proceso de memorización que, si bien ha sido eficaz , no ha logrado quedar disimulado por la dinámica de la expresión porque le faltó contar con el ingrediente clave: el cuerpo.

Un cuerpo activo que participa del discurso “refresca” las frases memorizadas dotándolas de matices de viveza que lo traen al presente y nos hacen creer que se está generando en ese momento, allí, en directo, para nosotros.

Si observamos el video sin el audio, veremos que los nervios y la falta de ensayo dinámico le han gastado una muy mala pasada al Sr. Barroso porque los repetidos balanceos laterales con los brazos caídos y las manos asidas casi podrían evocarnos la imagen de un escolar recitando las tablas ante su profesor.

Y, como no solo los espectadores recibimos esa sensación, sino que también el cerebro del propio Sr. Barroso la está recibiendo, se retroalimenta y no le permite, pasados los nervios del principio, ir asentando un discurso más fluído y fresco. Y es una pena, porque un contenido de tanto valor hubiese merecido una puesta en escena que le hiciera más justicia.

Si tienes que hablar en público recuerda incluir en tu preparación las 5 fases de las que hablaba Cicerón:

1. Inventio: búsqueda de argumentos apropiados.
2. Dispositio: distribución de esos argumentos.
3. Elocutio: arte de utilizar la expresión formal, las palabras y las figuras más convenientes.
4. Memoria: para recordar cada cosa en el lugar apropiado.
5. Actio: todo lo relacionado con el aspecto físico en el momento de pronunciar el discurso (gestos, tono de voz, etc.).

¿Qué aroma desprendes al hablar?

Que las palabras contienen emociones por sí mismas es innegable. Continuamente asociamos sensaciones a todo lo que escuchamos, y es que las palabras pueden usarse también para transportarnos; tienen vida. Podemos usar este poder o no, todo dependerá de nuestro objetivo. Nuestra ya conocida experta en este blog, Carmen Acosta, psicóloga, máster en comportamiento no verbal/logopedia y fundadora de OHLAVOZ.com nos desvela en este artículo que nuestra comunicación puede evocar mucho más que simple información objetiva y transformarnos en armas persuasivas.

Espero que su aportación os fascine tanto como a mí.

Hay palabras que desprenden aromas embriagadores mientras que otras son frías e inodoras como el acero. Las palabras que embriagan lo hacen evocando imágenes, sensaciones, colores, emociones… mientras que las inodoras se limitan a transportar, de la manera más aséptica posible, el significado.

La poesía es el reino de las palabras olorosas, mientras que la ciencia o el BOE lo son de las inodoras. Dependiendo del contexto y de nuestras intenciones será interesante utilizar unas u otras. Y esto es muy importante, porque si nuestro modo de expresarnos implica la preferencia constante por un tipo de palabras o por el otro, podremos tener serios problemas comunicativos. “Amanecer” desprende más aromas que “salir el sol”. Significan lo mismo, pero su poder evocador es diferente. Y eso puede facilitar o entorpecer la comunicación dependiendo de la situación en la que nos encontremos.

Cuanto más delimitado está el significado, menos espacio para la evocación queda, la expresión se vuelve más objetiva y, por tanto, menos sugerente. Pierde capacidad emocional, pero gana concreción. De las palabras olorosas nos servimos cuando queremos poner en juego las emociones. Así para seducir, persuadir o crear un slogan acudimos a buscarlas en la poesía y no en un acta notarial.

Sin embargo, si estamos sumidos en una discusión, redactando un comunicado o vamos a abordar temas no personales, será mejor que limitemos y vigilemos las palabras que puedan resultar más embriagadoras, porque no sabemos qué tipo de evocación van a producir en la mente de los interlocutores. “Amaneció a la vida” transporta más contenidos y más potencial de desencadenar emociones , que “nació”, pero los contenidos de “nació” son más claros y compartidos que los de su versión metafórica. Por eso las metáforas son tan útiles para disparar los aromas y con ellos las emociones.

Usar metáforas implica asumir el riesgo que supone abrir la caja de los vientos en la mente de nuestro interlocutor, pero tiene la enorme ventaja de permitirnos mover las emociones de quienes nos escuchan. En cada situación comunicativa deberemos valorar cuánto riesgo queremos y podemos asumir.

 

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Tres claves para ser (aún más) carismático

¿Una persona carismática nace o se hace? Muchos tienen la suerte de ir cargados de carisma en su código genético por la confluencia de una serie de rasgos de personalidad (asertividad, extroversión, empatía, comunicación efectiva, creatividad…) que son relativamente estables y que provocan este don natural para atraer al resto, simplemente con su mera presencia.

Pero como casi todo en esta vida, puede trabajarse e intentar potenciar nuestras habilidades para desarrollarnos como personas más influyentes e inspiradoras. Una de las expertas más duchas en la materia es Olivia Fox, conferencista, escritora y asesora de varias compañías como Google, Deloitte, Las Naciones Unidas, Harvard y el M.I.T. Fue una de las pioneras en manifestar que “el carisma es algo que se puede aprender de una manera intencional. El carisma es simplemente el resultado de comportamientos aprendidos”.

Son múltiples las pautas y recomendaciones que vierten los expertos para conseguir cultivarnos en esto del carisma. Personalmente me quedo con tres claves muy sencillas:

  • Expresa tus sentimientos“Las personas carismáticas expresan sus sentimientos espontánea y genuinamente”, afirma el psicólogo Ronald E. Riggio del Claremont McKenna College. “Esto les permite influir en los sentimientos y las emociones de los demás”.Es un fenómeno conocido como el contagio emocional, o “La tendencia a automáticamente imitar y sincronizar expresiones, vocalizaciones, posturas y movimientos con aquellos de las demás personas, y en consecuencia, entrar en una convergencia emocional”.En otras palabras, en gran parte el carisma es cuestión de expresar tus emociones de tal manera que puedan transferirse a la persona con la que estás hablando.

 

  • Comunícate para que te entiendan, no para lucirte: En su libro “¿Por qué triunfan los Presidentes?”, el psicólogo Keith Simonton demuestra que lo que destaca a los presidentes inolvidables es el tipo de lenguaje que usan para conectarse con las personas.Se trata de conectar a través de palabras que generan emociones fuertes, tales como esperanza, odio, amor o ambición.“Ninguno de nosotros tiene una fuerte conexión emocional con palabras abstractas tales como ‘Inferencia’, ‘Concepto’ o ‘Lógica’”, dice el especialista. Una frase como “Siento tu dolor”, siempre será más impactante y empática que “Puedo entender tu punto de vista”. Los presidentes que han sido más carismáticos alcanzaron una estrecha conexión emocional con las personas, tan solo no hablándoles a su mente sino a su corazón”.

 

  • Sé el reflejo de tu audiencia: Lo que se conoce como ‘rapport’: la imitación no verbal es clave para conectar con los demásPuedes convertir este fenómeno en una estrategia. Durante un estudio sobre negociación en el 2007, El catedrático de la Universidad de Columbia Adam Galinsky y sus colegas le pidieron a un grupo de participantes que imitara los movimientos de sus contrapartes; Los resultados fueron muy interesantes: de 15 negociaciones en las que los participantes trataron de reflejar al otro, 10 terminaron en acuerdos; mientras que sólo 2 de los 16 del grupo de control en el que no se aplicó esta técnica lo lograron.

La explicación del especialista es la siguiente: Si quieres tener más carisma y sacar partido en los negocios, la imitación te permite establecer una relación positiva; de esa manera ambas partes estarán más dispuestas a compartir información y buscar un resultado que beneficie a ambos. “Nuestras investigaciones sugieren que la imitación es la manera más fácil de generar confianza, y en consecuencia, compartir información valiosa durante una negociación”, afirman Galinsky y sus colegas. “Al construir confianza e intercambiar información con su oponente, los ‘imitadores’ logran cerrar negocios más fructíferos y susceptibles de repetirse en el futuro”.

 

 

*Fuente: Lenguajecorporal.org

 

¿Por qué interrumpimos a los demás?

interrumpirLa norma social de no interrumpir las conversaciones del otro parece estar solo autorizada para los niños, porque los adultos no paramos de hacerlo constantemente, si observamos una conversación cualquiera comprobaremos cómo todos están deseosos de hablar, que lo de escuchar pasa a un segundo plano y que parece que eso de interrumpir es algo inevitable.

A todos (a unos más que a otros) nos cuesta respetar las reglas de la conversación, cambiamos de tema hacia donde nos interesa, formulamos preguntas incómodas o que no vienen a cuento sin darnos cuenta de nuestro error. Odiamos que nos interrumpan, pero entonces, ¿por qué lo hacemos? Principalmente es porque siempre nos hemos centrado demasiado en emitir bien (en cómo hablar en público, trabajar nuestra voz y lenguaje corporal, transmitir de forma eficaz, el arte de comunicar, dar un buen discurso…) y tenemos poco o nulo interés en cómo recibir. Pocas formaciones he visto sobre la recepción de información, comprensión, el procesamiento del mensaje, en definitiva, sobre cómo escuchar bien.

En el libro de Byron Katie, titulado ‘Necesito que me quieran, ¿es eso verdad?’, encontramos un ejercicio sencillo para reconocer los motivos concretos que nos llevan a cada uno a cortar al otro, en el momento en que lo hagamos, debemos reflexionar e identificar qué nos impulsó a hacerlo, las respuestas son variopintas (y os advierto que algo desagradables de asumir, pero debemos ser autocríticos).

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