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El padre de María vuelve a sonreír

Por Cormac Donnelly (médico de Médicos Sin Fronteras en Bentiu, Sudán del Sur)

He venido con Elijah, uno de nuestros conductores, a recoger a una niña al hospital del Ministerio de Salud en Bentiu. La habíamos traído por la mañana para que le pusieran una transfusión de sangre. En nuestro centro de alimentación terapéutica no tenemos laboratorio, y las únicas pruebas que podemos hacer son las pruebas rápidas de glucosa en sangre, de malaria, de kala azar (una enfermedad parasitaria), de sífilis y de hemoglobina. Los bajos niveles de hemoglobina son muy comunes entre los niños en la clínica debido a la combinación de varios factores, como la mala nutrición, los repetidos episodios de malaria y las parasitosis intestinales, que provocan la pérdida crónica de sangre en el intestino.

En occidente, por lo general, un nivel de hemoglobina inferior a 8 en un niño es preocupante, pero aquí los pequeños están adaptados a las anemias crónicas y pueden tolerar niveles más bajos de hemoglobina. Sin embargo, a veces el nivel es demasiado bajo y el niño debe luchar, corto de aliento, contra un ritmo cardíaco rápido. De hecho, algunos sufren insuficiencia cardíaca porque el corazón se esfuerza demasiado para mantener los órganos del cuerpo en marcha.

Mary, de 4 años, había sido ingresada dos días antes con desnutrición severa. Al examinarla, noté la palidez debajo de su párpado inferior así que le hicimos la prueba de hemoglobina. Efectivamente el resultado era muy bajo: 3,5 (debe ser mayor de 10). Su ritmo cardiaco también era más rápido de lo normal. Había que hacerle una transfusión de sangre. Normalmente, la decisión sería más fácil de tomar, pero en el caso de un niño desnutrido, la transfusión puede ser muy arriesgada ya que sus cuerpos ya luchan para asumir las perfusiones de suero. Íbamos a tener que llevarla al hospital del Ministerio de Salud. El primer día que fuimos, el suministro de energía falló y no pudimos hacer las pruebas a los potenciales donantes, así que tuvimos que volver al día siguiente.

Aquí hay muy pocas cosas que salgan fácilmente y a la primera, pero cuando sí funcionan, puede ser gratificante. Al segundo día, tenemos luz, y los análisis confirman que Dak, el padre de Mary, es compatible. Ahora estamos aquí para recogerlos a ambos y llevarlos de nuevo al centro nutricional. Puedo ver Dak con una sonrisa radiante, de pie junto a su hija, que ya tiene mejor aspecto.

En los días siguientes, su estado sigue mejorando: está respondiendo bien a la leche terapéutica y, poco después, a una alimentación terapéutica más sólida. Atendida por enfermeras y médicos, va recuperando fuerzas. Veo a su padre casi todos los días: siempre me saluda, siempre sonriente. Me gustaría conocer su historia así que un día nos sentamos a charlar.

Dak me cuenta que tiene 52 años, aunque parece mucho mayor. Su ropa es vieja y gastada. Obviamente no tiene demasiadas pertenencias materiales; lo que sí tiene son emociones y ganas de compartirlas. Dak nació en un pueblo fuera de Bentiu, pero ahora vive cerca de la ciudad. Había estado casado antes, pero su primera esposa murió de kala azar. Dak trata de mantener a su familia como agricultor, su principal cultivo es el maíz. También tiene tres vacas que proporcionan una pequeña cantidad de leche. En ciertas épocas del año pesca en el río con redes o anzuelos.

Casarse con su segunda esposa le costó 40 vacas, el equivalente a tres años de ahorros. Ahora tienen cuatro hijos, de edades comprendidas entre los 2 y los 6. Su hijo mayor está en la escuela y parte de las ganancias de la cosecha del año pasado fueron para los gastos escolares, uniformes, lápices y un cuaderno de ejercicios. El resto de reservas de la cosecha del año pasado se agotó un mes atrás, así que ahora dependían de la caridad de la familia. “Sufrimos mucho porque no hay donde trabajar, dependemos de la familia”.

Faltan todavía tres meses para que la cosecha de este año esté lista. No me atrevo a preguntarle cómo piensa aguantar hasta entonces, si la nueva cosecha será capaz de alimentar a su familia y pagar la escuela. Sólo le pregunto qué espera del futuro. “Rezo por la paz Sudán del Sur, y en que esta nueva generación traiga algo bueno”.

* Cormac Donnelly, de Galway, Irlanda, trabaja en el proyecto de nutrición de MSF en Bentiu, en Sudán del Sur. Los nombres han sido cambiados para proteger el anonimato de los pacientes.

1 comentario

  1. Dice ser ANTONIO LARROSA

    Y aqui en España la Tv dice que a pesar de la crisis a la basura llega el 43 por ciento de los alimentos. Ahora estoy con mi mujer en un hotel de LLoret de mar y la gente joven nacional y extranjera a mi me parece que tiran más del cincuenta por ciento de la comida que cogen. Esto es un escándalo para las personas de mi edad que nos hemos criado en un estado de educación y respeto a lo que se consume. En mi casa no se tira ni un mendrugo de pan por muy duro que esté.Si no aprendemos eso nunca saldremos adelante.

    Clica sobre mi nombre

    18 septiembre 2012 | 16:27

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