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1.000 cada día

Por Kara Blackburn, matrona (Papúa Nueva Guinea, MSF)

Buin es un pequeño pueblo situado en el sur de la isla de Bougainville, en Papúa Nueva Guinea. Se trata sin duda de uno de los lugares más aislados y recónditos que he tenido la oportunidad de conocer, y en parte se debe a que sigue sufriendo las consecuencias del conflicto que asoló el país hace ya más de once años. Sea como fuere, a día de hoy los recursos y servicios de los que disfruta la población de la zona siguen siendo realmente escasos.

Un día nos llegaron noticias de que una mujer había fallecido al dar a luz a gemelos, así que nos pusimos en marcha con el fin de examinar a los bebés. Al llegar, nos encontramos con otra mujer que también estaba embarazada de gemelos. Le preguntamos cómo llevaba el embarazo, y cuando nos contó que ya había dado a luz en otra ocasión a un bebé que nació muerto, la trasladamos a nuestro hospital en Buin.

Llegado el momento, soportó un parto difícil y prolongado, pero los dos bebés, dos niños, vinieron al mundo sanos y salvos. Pero de repente, lo que debía ser un momento de alegría extraordinaria se convirtió en una emergencia médica. Nuestra joven madre, como tantas otras mujeres que dan a luz a gemelos, sufrió una hemorragia y en poco tiempo perdió más de un litro de sangre. Con suero y medicamentos intravenosos logramos controlar la hemorragia, previniendo así mayores complicaciones, pero no puedo dejar de pensar que, sin esta atención médica, habría perdido mucha más sangre y tal vez no habría sobrevivido.

En la mayoría de los países en desarrollo, el acceso a la atención médica es limitado y la mayoría de las mujeres no pueden tener la asistencia de emergencia que pueden necesitar durante el embarazo y en el parto. Aquel día en Bougainville salvamos la vida de una mujer, pero seguramente a pocos kilómetros de allí otra la perdió por no tener atención médica.

Lograr que todas las mujeres embarazadas tengan acceso a la atención médica de calidad puede que sea un sueño imposible de cumplir. MSF, como organización humanitaria que es, no puede proporcionar una solución global a la crisis de la mortalidad materna, ya que esa es una labor que deben cumplir los gobiernos y las agencias especializadas en el desarrollo a largo plazo: hablamos de cuestiones como los derechos de las mujeres, la educación de las niñas y la mejora de los sistemas de salud, que son de suprema importancia en la reducción de la mortalidad materna a largo plazo.

Y sin embargo, creo que con un poco de esfuerzo por parte de todos podríamos lograr grandes avances en todos estos campos. Reconozco que todo este tipo de estrategias de desarrollo que acabo de mencionar son verdaderamente cruciales, pero la realidad que en MSF vemos cada día es la que afecta a las miles de mujeres que siguen muriendo por no tener acceso a los servicios de salud adecuados. Y por ello, estoy convencida de que nuestro objetivo debe pasar por responder a esa necesidad inmediata.

He sigo testigo de primera mano de los inmensos retos que a los que se enfrentan las mujeres en lugares como Darfur, Madagascar, Sri Lanka y Papúa Nueva Guinea. Y ver el impacto directo que tiene este tipo de atención lamentablemente me lleva a preguntarme cuántas mujeres en el mundo no tienen posibilidades de tener algo tan simple como un parto atendido por profesionales.

En los países donde trabaja MSF, nuestra expectativa, por lo tanto, tiene que ser relativamente simple: tenemos que ser capaces de reducir el número de muertes que vemos en nuestras clínicas y hospitales, atendiendo las necesidades inmediatas de las mujeres embarazadas en situaciones de crisis. Los enfoques médicos que utilizamos han estado disponibles desde hace mucho tiempo, y está bastante claro, por nuestra experiencia de campo, que la muerte maternal puede evitarse.

El 15% de todas las mujeres embarazadas se enfrentan a complicaciones potencialmente mortales durante el parto… y eso ocurre tanto en Sidney como en Puerto Príncipe o en Mogadiscio. Pero las mujeres expuestas a conflictos armados, crisis médicas y desplazamientos de población son aún más vulnerables, y las complicaciones para aquellas que están viviendo en zonas de guerra, son probablemente mayores cuando las instituciones de salud se colapsan.

El enfoque tiene que estar en las causas principales —hemorragia, infección, aborto clandestino, hipertensión y parto obstruido—, responsables de la mortalidad materna en más del 80% de los casos. Y a día de hoy, en nuestras unidades de emergencia obstétrica, podemos proporcionar atención médica a estas complicaciones, en una amplia gama de entornos de alto riesgo. La atención médica y los recursos disponibles son los factores clave durantes estos tiempos de crisis.

Una y otra vez, vemos que tener acceso a la atención obstétrica de emergencia marcará la diferencia, sin importar donde se encuentren las mujeres embarazadas. Ya sea que estén huyendo del conflicto, sobreviviendo en un campo de refugiados o viviendo bajo una lona de plástico después de que su casa fuera destruida por un terremoto, todo lo que una mujer embarazada que experimenta complicaciones en el parto necesita, es personal médico experimentado, medicamentos y equipamiento médico. La unión de todo esto salvará su vida y la de su bebé, como ocurrió aquel día en Bougainville.

No puedo ni quiero quitarme de la cabeza un dato perturbador: en todo el mundo, cada día, 1.000 mujeres mueren durante el parto o por complicaciones relacionadas con el embarazo. Esta estadística sigue resultando abrumadoramente negativa, y más aún al saber que la gran mayoría de estas muertes pueden evitarse. Una mujer no debería enfrentarse a un futuro incierto sólo porque está embarazada. Debemos recordarnos todos los días que cada muerte durante el embarazo o el parto es una muerte inaceptable.

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Fotos: Hospital de MSF en Tari, en la provincia de Southern Highlands (Papúa Nueva Guinea), donde la organización trabaja desde 2008 (© MSF).

 

 

 

 

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