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¿Te imaginas vivir sin miedo? La rara enfermedad de Urbach-Wiethe

Detrás del cuento: ‘Juan sin miedo’, de los hermanos Grimm, se esconde una realidad nada idílica. El miedo es una de las emociones primarias o básicas (viene cargada en nuestro código genético) más intensas y desagradables, genera aprensión, desasosiego y malestar, preocupación, recelo por la propia seguridad o por la salud y sensación de pérdida de control.

Sin embargo, el miedo cumple una función fundamental: la supervivencia. No sentir miedo no es ninguna broma; diez personas en el mundo tienen un daño cerebral irreversible que les impide tener miedo a nada y les convierte en temerarios poniendo gravemente en riesgo sus vidas.

Concretamente, la lesión se encuentra en la amígdala. Hace tiempo que los expertos saben lo importante que es esta zona del cerebro en el procesamiento de las emociones, aunque aún no tienen demasiados datos sobre cómo funciona. De hecho, en este caso, el único sentimiento que se ve interrumpido es el miedo.

El resto de la paleta emocional de estas personas se mantiene intacta. Sin embargo, sí se han detectado comportamientos inusuales en otros temas regulados por la amígdala. Por ejemplo, cualquiera de nosotros reacciona cuando otra persona invade los límites de nuestro espacio personal.

En pruebas realizadas a pacientes con la enfermedad de Urbach-Wiethe, este límite se reduce a más de la mitad. Por último, los afectados también tiene problemas para leer señales, precisamente de miedo, en las expresiones faciales de los demás.

#Halloween: ¿Por qué nos gusta el miedo?

halloween-illustrationLa emoción primaria de miedo es una reacción afectiva innata y universal, es decir, nacemos con ella (no es aprendida) y está presente en todos los seres humanos del mundo independientemente de la cultura a la que pertenezcan. El miedo y la ansiedad quizá sean las emociones que han generado mayor cantidad de investigación y, curiosamente, nos encontramos ante una de las emociones que produce mayor cantidad de trastornos mentales.

La distinción entre ansiedad y miedo podría concretarse en que la reacción de miedo se produce ante un peligro real y la reacción es proporcionada a éste, mientras que la ansiedad es desproporcionadamente intensa ante la supuesta peligrosidad del estímulo. El miedo es una de las emociones más intensas y desagradables, genera aprensión, desasosiego y malestar; preocupación, recelo por la propia seguridad o por la salud y sensación de pérdida de control. Entonces… ¿por qué nos atrae tanto?

La expresión y la reacción corporal del miedo, recogida en martinovejero.com

La expresión y la reacción corporal del miedo, recogida en martinovejero.com

Buscamos actividades que nos despierten esa sensación de terror/ansiedad: novelas y películas de miedo, la creación de personajes espeluznantes, atracciones del pánico, videojuegos que quitan la respiración, interés por sucesos escabrosos, la práctica de deportes de alto riesgo… Una de las explicaciones más citadas tiene que ver con la hiperactivación física. Aludiendo a que quienes disfrutan de tales sensaciones solo experimentan una descarga de adrenalina, no un miedo de verdad. Esta reacción conlleva una liberación de adrenalina y dopamina, responsables de la sensación de euforia que experimentamos tras pasar un mal rato.

En este sentido, algunos investigadores han sugerido que las historias vistas y leídas favorecen la empatía, el ponerse en la piel del otro, y así, actuarían como un simulador del mundo real donde las personas aprenden comportamientos que nunca han vivido, pero eso sí, sin sufrir las consecuencias físicas o emocionales que tendrían en la realidad. Por tanto, la ficción sería como un campo de juego donde explorar los miedos propios.

En palabras de la socióloga, experta en la emoción de miedo, Margee Kerr, Los humanos se han estado asustando a sí mismos desde el nacimiento de la especie, a través de todo tipo de métodos, como contar historias, saltar desde acantilados, o saliendo de lugares oscuros para asustar a otros. Hemos hecho esto durante todo este tiempo por diferentes razones: como darle unidad a los grupos, preparar a los niños para la vida en el peligroso mundo y, por supuesto, para controlar nuestro comportamiento. Pero realmente solo ha sido en los últimos siglos cuando hemos empezado a asustarnos a nosotros mismos por diversión (y beneficio), y esto se ha convertido en una experiencia tan cotizada”.

Cuando sí que lo experimentamos en una situación vívida o real, también nos quedará posteriormente una sensación positiva intensa que contrarrestará a la anterior. Superar una situación estresante nos deja una sensación de autoconfianza (¡Yo sobreviví!) que nunca viene mal.

Así que si eres adicto al terror no te preocupes, eres evolutivamente muy normal… 🙂

 

Final de Champions: la desolación de Juanfran ¿es necesaria la tristeza?

Expresión de tristeza. Foto EFE

Expresión de tristeza. Foto EFE

Es fascinante observar el abanico emocional que se produce en la competición, de la euforia y la alegría más intensas a la desolación y la tristeza más absolutas. Lo que más me maravilla del mundo del deporte es la realidad del sentimiento y por tanto de la expresión de la emoción, todas reales, todas sinceras, aquí no es necesario fingir ni vender nada. Pero si tengo que destacar la expresividad corporal, de entre todas las que pudimos apreciar, me quedo con la de Juanfran, el defensa del Atlético de Madrid no pudo contener las lágrimas producto de la profunda tristeza, decepción y culpa que sentía tras fallar el penalti que le dio la victoria al Real Madrid.

La revelación sincera de la tristeza puede identificarse por la forma triangular que adquieren las cejas, que se elevan por la parte interior, tal y como se muestra en las fotografías. La tristeza es una emoción primaria que viene de serie en nuestro ADN, y por tanto ha sido vital para la supervivencia del ser humano, se mantiene a través del desarrollo evolutivo porque tiene una función, un sentido importante. La principal función de la tristeza consiste en ayudarnos a asimilar una pérdida irreparable. La tristeza provoca la disminución de la energía y del entusiasmo por las actividades vitales, este encierro introspectivo, reflexivo, nos brinda la oportunidad de llorar una pérdida o una esperanza frustrada, sopesar sus consecuencias y planificar, cuando la energía retorna, un nuevo comienzo.

El defensa del Atlético de Madrid Juanfran tras fallar su penalti durante la final de Liga de Campeones que se disputa hoy contra el Real Madrid en el estadio de San Siro, en Milán. EFE/Ballesteros

El defensa del Atlético de Madrid Juanfran tras fallar su penalti durante la final de Liga de Campeones. EFE/Ballesteros

La tristeza y la agonía en el rostro y en las expresiones verbales, evolutivamente hablando, sirven para llamar y pedir ayuda o disculpas a los demás. No es una acción deliberada, estas expresiones son involuntarias, no intencionales. Otra de las funciones de la expresión de la tristeza es enriquecer la experiencia de lo que ha significado la pérdida, no es que no sepamos qué significa la pérdida si no hay expresión, pero no se siente
plenamente si la reprimimos. La tristeza también permite a la persona armarse de sus recursos, conservar su energía y reintegrarse (superar la pérdida).

Y lo más importante es que, en este contexto de auto-conflicto intenso, expresar a los demás la aflicción que sentimos refuerza los vínculos sociales, buscamos ayuda, apoyo, cierta aprobación. Es lo que consiguió Juanfran con su afición, que se rindió a sus pies en una clamorosa ovación, el público supo valorar y empatizar con su pesar gracias a la expresión sincera del jugador. Si es que, es muy fácil, para parecer triste solo hay que estar triste, es la única clave para transmitir, y comprobamos que esta realidad sí que llega.

 

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Pablo Iglesias pide disculpas. ¿Su lenguaje corporal también?

(JAVIER LIZÓN / EFE) Pablo Iglesias, durante el acto de la Universidad Complutense en el que le plantó la prensa.

Pablo Iglesias, durante el acto de la Universidad Complutense en el que le plantó la prensa. (Javier Lizón/EFE)

Durante una conferencia en la Universidad Complutense de Madrid, Pablo Iglesias realizó unas declaraciones (más o menos) desafortunadas hacia un periodista concreto y , en general, juzgando la profesionalidad y el proceder del periodismo, con la posterior consecuencia del abandono de casi el completo de medios comunicación, que allí cubrían el evento, al sentirse agraviados por tales críticas.

Posteriormente Iglesias se disculpa en Twitter y a través de una breve declaración al respecto ante los medios. En esta comparecencia, tenemos por un lado lo que dijo, las palabras que decidió utilizar para excusarse, en las que podemos detectar algunos indicadores estratégicos de la credibilidad, como por ejemplo, alguna evasiva y la falta de compromiso con lo que expresa verbalmente, utilizando la forma impersonal, o indeterminada para hacerlo “cuando alguien se equivoca está bien reconocerlo”, “cuando uno pretende ironizar…”, “…se puede hacer daño”, “hay mucha gente que ha recordado cosas”, “ciertas cosas que han ocurrido”, etc. Utiliza en general un lenguaje inconcluso para intentar desviar en cierta medida su responsabilidad sobre los hechos.

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