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Madre primeriza en Afganistán. El reto de dar a luz en Afganistán. Parte 2

Segunda entrega de “El reto de dar a luz en Afganistán“.

Elodie Barniet, enfermera pediátrica de MSF.

MSF ha puesto en marcha una maternidad en el hospital de Dasht-e-Barchi, uno de los barrios más pobres de Kabul, la capital de Afganistán, donde la mayoría de las familias no pueden permitirse pagar por una atención sanitaria privada.

Farzana está sentada en su cama. Parece agotada y ajena a todo lo que le rodea. Tiene un pendiente en forma de corazón en la nariz, la piel suave, y es, con mucha diferencia, la mujer más joven de toda la sala.

Al igual que la mayoría de los afganos, no sabe su edad “18, o tal vez 19”, se aventura a decir cuando le pregunto.

Mientras mira moverse a la pequeña niña a la que acaba de dar a luz, Farzana sigue ensimismada. Es como si aún no se hubiera hecho a la idea de lo que acaba de ocurrir.

El parto fue largo, como suele ocurrir en los primeros embarazos. El cuello de su útero se rompió y tuvieron que ponerle puntos, sin embargo ya le han dicho que no será necesario realizarle una cirugía. Cuando le pregunto cómo se encuentra, Farzana me describe el parto como un momento doloroso, difícil, y en el que reconoce que tuvo “miedo”. Me dice que no piensa que estuviera preparada para algo así y reconoce que el miedo a lo desconocido llegó a atenazarla. El dolor que sentía le provocaba bastante ansiedad, confirma la matrona de MSF.

La hija de Farzana en la maternidad de MSF en Kabul. Fotografía de Mathilde Vu/MSF
La hija de Farzana en la maternidad de MSF en Kabul. Fotografía de Mathilde Vu/MSF

Cuando comenzó el parto, Farzana tuvo la suerte de tener cerca a sus suegros, que decidieron trasladarla hasta la maternidad de MSF.

En Afganistán, la mayoría de las mujeres dan a luz en casa y los problemas que al principio parecen pequeños pueden llegar a complicarse.
El hospital de Dasht-e-Barchi es una de las pocas instalaciones médicas públicas que hay en el distrito de Kabul; un lugar en el que se estima que la población se ha multiplicado por diez en los últimos diez años, y que ahora alcanza más de un millón de habitantes.

Como la mayoría de la población de Dasht-e-Barchi, Farzana y su familia se vieron obligados a abandonar su hogar por la falta de expectativas laborales para su pareja y con la esperanza de labrarse un futuro mejor en Kabul. Allí en Kabul, hace ahora un año, Farzana y su marido se casaron. Y desde entonces, ella vive con sus suegros. Poco tiempo después de que se quedara embarazada su marido se fue a Irán a buscar trabajo. Farzana sabe que no podrá venir a ver a su hija: está trabajando como jornalero en la construcción y es el único sostén de la familia. Manda a sus padres casi todo el dinero que gana, así que no le queda lo suficiente como para pagarse el viaje de vuelta.

Para darle por primera vez el pecho, Farzana recibió los consejos y la ayuda de una promotora de salud de MSF, porque que no sabía muy bien cómo hacerlo. Cuando regrese a casa, si sigue teniendo dificultades, será su suegra quien le ayude a hacerlo.

Farzana y su bebé son envueltas en una gran tela de color azul. El contacto piel con piel con la madre calienta al recién nacido, pero sobre todo crea vínculos psicológicos entre el bebé y la madre. Fotografía de Mathilde Vu/MSF
Farzana y su bebé son envueltas en una gran tela de color azul. El contacto piel con piel con la madre calienta al recién nacido, pero sobre todo crea vínculos psicológicos entre el bebé y la madre. Fotografía de Mathilde Vu/MSF

Sentada en la cama, Farzana envuelve a su bebé en una manta de lana morada, y después la anuda con un gran lazo. Tradicionalmente, las madres en Afganistán envuelven a sus bebés en telas de colores nada más nacer; algunos dicen que calma al bebé y que detiene su llanto, otros piensan que les previene de futuras malformaciones.
La niña de Farzana se queda quieta y cierra lentamente los ojos.

Una hora después, las enfermeras destapan a la niña y la colocan delicadamente sobre el pecho de su madre. Con cuidado, Farzana y su bebé son envueltas en una gran tela de color azul. El contacto piel con piel con la madre calienta al recién nacido, pero sobre todo crea vínculos psicológicos entre el bebé y la madre.

“¡Está tan caliente!” dice Farzana riendo mientras siente a su hija sobre ella. Aunque el bebé está muy bien sujeto por la tela, la joven madre todavía la agarra; teme que se pueda caer.

Cuando le pregunto qué es lo que más desea para su hija, se queda perpleja: “Realmente no he pensado en ello. Sólo quiero que esté sana y tenga salud”.

 

 

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