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“Papá, no quiero morir en el mar”

José Luis Hitos. Delegado de la Unidad de Comunicación en Emergencias UCE
de Cruz Roja Española. Grecia.

 

Cuando la mayor de sus tres hijas –Fatma, de tan solo siete años- le imploró “Papá, no quiero morir en el mar”, Abdul lo tuvo claro: no arriesgaría la vida de sus tres retoños y de su mujer, ya embarazada de un cuarto, en esa embarcación improvisada con la que el mafioso de turno prometía conducirlos hasta la isla de Lesbos.

AbdulNo al menos aquel día. Porque antes o después habría que intentarlo. Después de tanto esfuerzo, tanto sufrimiento, tantos kilómetros recorridos huyendo de la guerra y en busca de un lugar seguro donde empezar de nuevo, no iban a rendirse fácilmente. Cuando se presentó -previo pago de 4.000 dólares- la siguiente oportunidad, no lo dudó: era el momento.

Y lo consiguieron. Sí, llegaron a esa isla griega protagonista en los últimos meses, a su pesar, de tantas imágenes de sueños rotos y vidas truncadas luchando por alcanzar sus orillas. Abdul y su familia tuvieron suerte, no solo llegaron sanos y salvos a Lesbos sino que, además, dos semanas después pudieron coger un barco hacia Atenas. Noruega, el destino final de su travesía, estaba un poco más cerca.

O eso creían ellos. Porque nada más llegar al puerto, la policía griega los hizo subir a un autobús que los trajo hasta donde ahora se encuentran, Rytsona, uno más de la miríada de campamentos de refugiados que hay repartidos por el país heleno. Un lugar en mitad de la nada, en pleno bosque, donde una población que fluctúa entre las 600 y las 900 personas –gran parte de ellas, menores- se hacina desde hace ya más de un mes en precarias tiendas de campaña.

Este sitio es para animales, no para personas. Hay muchos mosquitos y serpientes enormes pululan a sus anchas”, lamenta este sirio nacido hace 30 años en Alepo y que hace dos, cuando una bomba arrasó con la casa que acababa de construirse con los ahorros de sus años de trabajo en Guinea Ecuatorial, decidió que era el momento de huir, de buscar un futuro mejor, y sobre todo más seguro, para su familia.

Ese futuro que a día de hoy se encuentra en stand by en medio de un recóndito paraje del sur de Grecia desde el que, preguntado por Cruz Roja, admite resignado pero con infinita tristeza no saber qué hacer, aunque “si no abren las fronteras en Europa, no nos quedará más remedio que volvernos a nuestro país”.

A ese país devastado por la guerra del que llevan dos años intentando huir. Y la vida sigue… aunque no por igual para todos.

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