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Ciclón Winston: la maleta que salvó a su bebé

Por Joseph Hing, UNICEF en el Pacífico.

Conocí a una madre que sobrevivió a la tormenta junto a sus dos hijos, uno de ellos de tan solo un año de edad.

Cuando el viento empezó a soplar con fuerza supo que debía ponerlos a salvo. El viento era demasiado fuerte como para abandonar la casa, por lo que se acurrucaron en medio del salón esperando a que la tormenta pasara.

Sin embargo la tormenta seguía intensificándose, llevándose poco a poco trozos de la casa. El tejado fue lo primero. Después las paredes. La madre y sus niños quedaron sin nada para protegerse.

Fue entonces cuando encontró cerca de ella una maleta. Su bebé era lo suficientemente pequeño como para caber dentro. La madre lo metió en la maleta y puso su cuerpo encima como un escudo.

Le cayeron varias ramas y escombros encima de la espalda, pero estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera necesario para proteger a su bebé.

Cuando el pueblo estaba justo debajo del ojo del ciclón, aprovecharon para correr hacia el centro de evacuación, a 200 metros de distancia. Solo tenían 30 segundos hasta que la tormenta volviera a hacerse fuerte. Los tres consiguieron llegar al centro a salvo. La maleta la dejaron en casa.

Cuando pasó la tormenta, me llevó a lo que quedaba de su casa. Me enseñó dónde se escondieron y la maleta que había salvado la vida de su bebé. No podía creerme que una maleta pudiera haberle dado refugio.

Ciclón Winston: la maleta que salvó a su bebé

Salome muestra la maleta en la que esondió a su bebé para protegerle del ciclón /© UNICEF/UN011244/Hing

En el primer pueblo que visité, como miembro de UNICEF para cubrir la emergencia, parecía que alguien había cogido una antorcha y  lo había quemado todo. La devastación era inimaginable, solo quedaban árboles rotos, montones de escombros. Todo había desaparecido.A medida que nos acercábamos a la costa, percibimos un horrible olor a ganado muerto. Fue entonces cuando supimos que la situación era peor de lo que nos imaginábamos.

Los niños corrieron hacia nosotros y nos ayudaron a amarrar los barcos. Sabían que habíamos traído provisiones. Me ayudó un niño, que tendría nueve o diez años. Al mirarme, se dio cuenta de que estaba en shock y habló por los dos: “no tiene buena pinta, ¿eh?”

Cuando todos creían que la peor parte de la tormenta había pasado, se produjo una marejada ciclónica. Los habitantes de Nasau lo describieron como si se tratara de un tsunami.

Los habitantes habían creado un camino que pasaba por una empinada colina hasta llegar a un terreno más alto. Se podían distinguir las marcas de uñas en el barro de aquellos que habían trepado hasta la cima. Una abuela y su nieto de cuatro años estaban escalando cuando les sorprendió la ola.

Les cogió por sorpresa. La ola arrancó al nieto de los brazos de su abuela. El niño estiró los brazos desesperadamente y pudo agarrarse a algo. El nieto no paraba de gritar y pedir auxilio mientras que las olas le arrastraban. El sonido de sus gritos atrajo al tío de la familia, que finalmente consiguió sacar al niño del agua.

Debió ser una situación aterradora para cualquiera, pero incluso más para un niño tan pequeño y para su abuela.

Cuando conocí a la abuela me comentó que simplemente estaba agradecida de que su familiar siguiera con vida. “Puedes perder todos los bienes materiales, pero lo más importante es la vida”.

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