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Vivir es cabalgar un dragón y disfrutar del viaje

No es fácil ser un buen maestro

a00481789 325No es fácil ser maestro. Tengo en la cabeza a los maestros que conozco por mis hijos, de Infantil, Primaria y Educación Especial. La gran mayoría son personas implicadas, formadas, que respetan a los niños, que dedican tiempo fuera de su jornada y con los que la relación siempre ha sido buena. Imagino que he tenido suerte, aunque hemos mejorado mucho respecto a cuando yo era niña. Por ellos sé que no es fácil ser maestro, menos aún maestro.

Bueno, voy a rectificar. No es fácil ser un buen docente, es muy fácil ser uno malo, uno que simplemente cumple el expediente.

Hoy es el día del docente y os voy a ser sincera, recuerdo muy pocos profesores con cariño, muy pocos que me marcaran. Estudié la (incomprensiblemente para mí) añorada EGB en los años ochenta y principios de los 90 en un colegio religioso, los primeros años privado y después concertado, solo de niñas. Entre los docentes abundaban las religiosas, muy poco preocupadas por la excelencia académica, evitar situaciones de acoso o inculcar valores. En Infantil ponían a las más mayores y estaban muy poco cualificadas; con una de ellas, a cargo de mi curso de preescolar, tuvo que hablar mi madre porque me había puesto un mote.

Su mayor interés era que pasáramos de curso sin darles mucha guerra y arañando a nuestras familias todas las pesetillas que pudieran, vía material escolar, uniformes… Incluso intentaron librarse de pagar la limpieza haciendo que nos quedásemos dos niñas después de clase cada día para limpiar el aula a partir de los diez años, menos mal que esa ocasión los padres se pusieron en pie de guerra y lo evitaron. Recuerdo que a las alumnas mayores, niñas de a partir de doce y trece años, nos mandaban al patio de las pequeñas a cuidarlas, a vigilar. Un despropósito.

Recuerdo también que expulsaron brevemente a una compañera por haberla visto enrollarse con un chaval del colegio de enfrente en una calle cercana. No solo la expulsaron, nos reunieron a todas para contárnoslo y hacer ejemplo (y escarnio) de ella. ¿Qué problema hay en que una adolescente esté besándose con un chico en la calle? ¿Qué potestad tiene el colegio para establecer un castigo por algo así? Ninguno, obviamente, pero ellas estaban indignadas porque llevaba el uniforme del colegio y estaba mancillando la reputación de toda la institución.

En aquel colegio, que sigue en activo pero por suerte ya es mixto, con otra dirección y apenas monjas dando clase, también había profesoras laicas, en bastantes casos antiguas alumnas y con frecuencia con relaciones familiares entre ellas. Solo hubo un hombre dándome clase en todos los años que estuve allí, y estuve desde los cinco hasta los dieciséis.

La gimnasia era sueca y nos limitábamos a mover los brazos como molinillos. El nivel de las asignaturas de ciencias daba risa. No importaba, total las ciencias no eran cosa de niñas y casi todas acabábamos en letras. Allí vi cómo ignoraban a las alumnas que requerían más apoyos, como invitaban a irse más pronto que tarde a aquellas que hoy calificarían como de necesidades especiales, su favoritismo si ibas al rosario del mes de mayo, participabas en sus convivencias cristianas extraescolares, tocabas la guitarra en el coro o tus padres iban a misa los domingos a la iglesia del colegio.

De aquella etapa sólo recuerdo con cariño a dos maestras. Una ya tenía edad de estar jubilada y solo impartía una asignatura. Logró ser universitaria a una edad en la que muy pocas mujeres lo conseguían, devoraba El País y tenía su casa llena de periódicos. Vivía por mi barrio, nos saludábamos con afecto siempre que nos encontrábamos y lamenté su reciente muerte. Era inteligente y era una buena persona.

Otra, la mejor, me duró muy poco, apenas un curso. La recuerdo joven y enseñaba literatura cuando teníamos catorce años, interpretábamos las obras de Casona y Lorca en clase, amaba los libros, se le notaba y hacía todo lo que podía por transmitírnoslo. Su forma de enseñar y su trato eran distintos a todo lo que había conocido y me enamoró, logró lo que ninguna otra profesora en ese centro, convertirse en alguien importante para mí, alguien que inspiraba y que me hacía querer saber más. Estaba deseando que llegase su hora de clase.

Apenas un curso. Cuando quedaba poco para el verano nos dijo que había aprobado la oposición y conseguido plaza para enseñar en un instituto. Se fue a la enseñanza pública, lloró, unas cuantas la lloramos, envidié a los chicos que iban a tenerla como maestra y le perdí la pista para siempre.

Ojalá pudiera encontrarla ahora para contarle lo importante que fue para mí. Ojalá me contestara que todo le ha ido bien.

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Y desembarqué en el instituto en COU y aquello era otro mundo. Un mundo en el que fui mucho más feliz. Estudie más que ningún otro año en toda mi vida, incluyendo los años de carrera, porque quería subir mi nota media y hacerlo bien en selectividad, pero aquella libertad de acción era lo que necesitaba. Allí encontré un profesor de filosofía deprimido que faltó muchísimo a clase y cuando iba era todo raro, raro, raro, con sustitutos que no llegaban, pero también a una profesora de latín que aprovechó que éramos cuatro gatos en clase para hacerme disfrutar como una enana traduciendo a Virgilio, otra de Historia del arte que era probablemente la profesional más competente que me he encontrado en la enseñanza y una de Historia Contemporánea que venía con fama de dura pero que sabía lo que se hacía y me hizo aprender muchísimo, en primero de carrera tenía la misma asignatura y la aprobé con sus apuntes. De hecho tenía un trato aséptico e impersonal muy semejante al que vería luego en la universidad.

Cuando uno se hace mayor ya no necesita que un maestro le conozca, le entienda, le integre, le asista emocionalmente. Que eso no sobra a ninguna edad, ojo, pero no es igual. A partir de cierta edad basta con tener delante un buen profesional capaz de transmitir sus conocimientos.

De esos tuve pocos en la universidad. Periodismo en la Complutense fue una tremenda decepción. Al profesor que mejor recuerdo fue a José Julio Perlado. Crucé muy pocas frases con él y dudo que pisara su clase más de media docena de veces, pero me gustó mucho lo que hizo, que no tenía nada que ver con todos los demás y que me parecía semejante a lo que sería trabajar en un periódico. Sé que compañeros míos no opinan lo mismo, pero fue la asignatura que yo más disfruté.

Al llegar el primer día a clase nos pidió que escribiéramos entrevistas y reportajes que nos gustaría hacer, recogió todas nuestras ideas locas y, en la siguiente clase, nos encargó a cada alumno una entrevista y dos reportajes, a ser posible de lo que habíamos propuesto. Nos marcaba la extensión, el formato y había que entregar fotos. Si no conseguíamos la entrevista no pasaba nada, presentábamos lo que habíamos preparado y las preguntas que le hubiéramos hecho. Ese fue mi caso, me tocó Paco Rabal y ya estaba muy mayor, lo más que logré fue hablar brevemente por teléfono con su mujer. Los reportajes fueron sobre los conciertos de música clásica en Madrid y sobre la Policía Nacional a caballo. El primero estuvo bien, acudí a varios conciertos, pude ver ensayos y entrevisté a varios músicos. El segundo fue aún mejor. Durante un mes entero salía de clase a las doce y me iba en transporte público a la Casa de Campo, caminaba hasta las instalaciones en las que trabajaban caballos y policías y me quedaba un rato por allí, charlando con ellos y echando un poquito una mano con los animales, con lo que procedía y me dejaban. Logré meter la cabeza tirando de un policía amigo de la familia, y durante este tiempo me fui ganando la confianza de los que allí estaban y convirtiendo un poco en una mascota, la inofensiva estudiante de periodismo de 19 años. Ojalá hubiera conservado una copia del reportaje que le entregué. Desde aquello aún hoy no puedo evitar sonreír ante los policías que veo a caballo.

Cuando comencé tercero de carrera comencé a trabajar a jornada completa y ya no pisé la facultad más que para recoger apuntes y hacer exámenes. Al menos no teníamos Bolonia y podía compatibilizar trabajo y estudios.

Veinte años estudiando y solo he podido destacar a seis docentes de entre todos los que tuve. No es mucho. O tal vez sí. La verdad es que no lo sé.

¿Veis? Al final va a ser verdad que no es fácil ser maestro.

* Fotos: GTRES

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Antonio Larrosa

    Todos somos aprendices de todo y maestros de nada.

    Clica sobre mi nombre

    05 octubre 2016 | 18:06

  2. Dice ser Diana

    Pues he de decir que yo recuerdo los dos extremos: profesores maravillosos como Don Manuel que me abrió los ojos a las matemáticas, incomprensibles para mí hasta entonces, o Don Mariano (sí, entonces uno se dirigía a los profesores llamándoles “Don” o “Doña”), de Literatura, un hombre de gran humanidad. Y Sor Piedad (sí, qué cosas monja y buena profesora también es compatible) que me guió en mi primera etapa escolar o Sor Raquel, una de las personas más íntegras que he conocido en mi vida. Y también recuerdo a un ser infame, profesora de Educación Física, que se dedicó a hacerme bullying durante varios años y no solo a mí. A esa hija de una hiena espero que la vida la haya colocado en su sitio, jajaja. En fin, en el colegio no es oro todo lo que reluce ni ser maestro es garantía de ser una gran persona.

    06 octubre 2016 | 08:49

  3. Dice ser Aloha

    Y qué te esperabas de las monjas, en serio? Mucho me habría sorprendido haber leído un relato distinto a ese.

    06 octubre 2016 | 10:20

  4. Dice ser Diana

    Pues en mi caso el ser infame era laica. No creo que fuesen mejores ni peores profesoras las monjas pero el grado de crueldad que yo encontré en esa mujer nunca lo he visto en una monja, la verdad.

    06 octubre 2016 | 15:38

  5. Dice ser Aloha

    Diana, me estaba refiriendo al relato de la bloguera. Todo, todo, todo coincide con varios relatos de distintos coles de distintas ciudades. Son así. Eso no quita para que haya profesores asquerosos también en los coles públicos, o laicos.

    06 octubre 2016 | 16:31

  6. Dice ser Ermadi

    Bueno, cada uno cuenta la feria según le va en ella. Al igual que la autora, yo también me he educado toda la vida en colegios religiosos (mis 8 años de la EGB con los jesuitas, BUP y COU con los marianistas) y solo tengo buenas palabras. Los profesores que me encontré allí, especialmente en mi época de BUP (qué coño, voy a decir su nombre: El Pilar de Madrid…… sí sí, el de los ministros, el de “las élites”, el que salió en Salvados, etc, etc) no solo fueron maestros en matemáticas, literatura y filosofía, sino que fueron maestros en la vida. Los valores, el ejemplo, y el sentido ético que nos enseñaron allí intento aplicarlo todos los días, y no sé si lo consigo pero al menos duermo a pierna suelta por las noches. Nunca les agradeceré lo bastante todo lo que aprendí tras las 4 paredes de ese viejo caserón.

    Evidentemente hay excepciones, obvio, había por ahí 3 o 4 elementos que rompían la norma, pues como en cualquier sitio.

    Ya sé que el post de la autora queda más progre, más cool y más chupiguay, pero qué le vamos a hacer.

    Un saludo,

    07 octubre 2016 | 10:06

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