Es inmoral contaminar el planeta y destruir el equilibrio climático

Carlos Bravo – Coordinador del Secretariado Técnico de la Alianza Mar Blava

incendio en galicia

Brais Lorenzo / EFE

No sé si con las lluvias y la bajada de temperaturas de los últimos días se habrá acabado por fin este espantoso “verano” de interminable duración, tan avariento en precipitaciones que nos ha situado en una grave sequía generalizada (aunque el despilfarro generalizado en los usos del agua también tiene su parte de culpa) y ha propiciado las condiciones de sequedad adecuadas para los devastadores incendios que han asolado la Península Ibérica, provocando decenas de muertes en Portugal y Galicia.

Lo cierto es que, como nos advierten numerosos informes  sobre escenarios de cambio climático en la Península Ibérica (algunos ya publicados hace muchos años),  la tendencia es que la temporada seca empezará cada vez más pronto y acabará más tarde: el cambio climático nos está robando las primaveras y los otoños, al menos tal y como las conocíamos hace no mucho tiempo.

Por supuesto, no quiero decir que esos incendios en particular hayan sido provocados específicamente por el cambio climático. Es público y notorio que muchos de ellos, sino la mayoría, han sido provocados por gente malnacida con inconfesables intereses y, además, hay que añadir otros factores como la desidia de las Administraciones con su falta de previsión y la dotación escasa de medios para la extinción de incendios, sin olvidar que nos pasan factura las pésimas políticas forestales de muchas CC.AA.

No obstante, como afirma Edward S. Rubin, portavoz del Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU (IPCC por sus siglas en inglés), en una entrevista recientemente publicada en El País: Los incendios en Galicia son lo que cabe esperar del cambio climático. Rubin mantiene que estos incendios que han arrasado Galicia y Portugal u otros fenómenos meteorológicos como los tres huracanes seguidos que han devastado este verano varios países caribeños y el sureste de Estados Unidos son consistentes con las previsiones que se tienen de las consecuencias del cambio climático. En fin, nada nuevo, ya se ha dicho miles de veces, pero Rubin lo ratifica de nuevo en esa entrevista: “lo que cabe esperar son fenómenos extremos más intensos y frecuentes: huracanes más poderosos, inundaciones más graves, incendios más grandes, sequías más prolongadas…”.

Ante el cúmulo de noticias negativas con respecto a los efectos cada vez más evidentes (y más graves) del cambio climático y del uso de las aún dominantes energías sucias, en España y en el resto del mundo, me cuesta mucho no ser pesimista. El peligro nuclear, accidentes en plataformas petrolíferas y vertidos de petróleo, Donald Trump apostando por el irrentable carbón y decidiendo que EE.UU. se salga del Acuerdo de Paris, la apuesta del Gobierno español y del ministro Nadal por mantener el carbón y la nuclear en nuestro mix energético incluso en contra de la lógica del mercado, graves pérdidas económicas en Europa por desastres relacionados con el cambio climático (más de 12.000 millones de euros al año; España es el quinto país europeo con mayores pérdidas económicas tras Alemania, Italia, Reino Unido y Francia), etc., no favorecen el optimismo.

Recuerdo que cuando, hace ya más de 25 años, empecé a trabajar en Greenpeace como responsable de la campaña de Energía, ya se acusaba a los ecologistas de catastrofistas y alarmistas cuando advertían de las cosas que podrían pasar si no se actuaba de forma rápida y decidida contra el calentamiento global del planeta: las mismas cosas que hoy día ya están ocurriendo. ¡Cuánto tiempo se ha perdido desde entonces!

Sin embargo, gente tan notable y bien conocedora de la gravedad de la situación que vivimos con respecto al cambio climático, como el mencionado Edward Rubin, aún mantiene el optimismo y piensa que es posible no llegar al escenario de aumento de 2 ºC de la temperatura media del planeta respecto a los niveles preindustriales, aunque advierte que dependerá mucho de lo que se haga en los próximos años.

Otro que no pierde la esperanza es Al Gore. Sólo he visto el trailer de su nuevo documental “Una verdad muy incómoda. Ahora o nunca”, pero aun así  ha contribuido a levantarme el ánimo. En un fragmento de su entusiasta discurso, el ex Vicepresidente de Estados Unidos manifiesta que, a pesar de las enormes resistencias que se oponen al movimiento para hacer frente al cambio climático (seguramente las mismas que contribuyeron a robarle la Presidencia de los EE.UU. en aquellas elecciones plagadas de irregularidades), ya estamos cerca de ese punto de inflexión a partir del cual este movimiento logrará imponerse y conseguir revertir la situación. “¿Cuánto se tardará?”, se pregunta Al Gore, y haciendo uso de las palabras de Martin Luther King responde “¿Cuánto tiempo? No mucho, porque no hay mentira que dure eternamente”.

Espero que Al Gore tenga razón. Sin duda noticias como esta: California recibe tanta energía de la energía solar que los precios de electricidad al por mayor se están volviendo negativos, son una prueba de que estamos alcanzando ese punto de inflexión.

Coincido con Al Gore en que ya no estamos sólo ante una cuestión económica o de modelo energético. Estamos ante una cuestión ética: hay que resolver este problema eligiendo entre lo que está bien o está mal.  “Está bien salvar el futuro de la Humanidad, está mal contaminar el planeta y destruir el equilibrio climático. Está bien dar esperanza a las próximas generaciones”, dice Al Gore.

Por nuestros hijos y las generaciones futuras, pese a los Donald Trump y los Álvaro Nadal del mundo, tenemos que seguir luchando para lograr una rápida y eficaz transición energética hacia un modelo sostenible.

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