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Reflexiones de una librera Reflexiones de una librera

Reflexiones de una librera
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“¿Sabes qué autor le sugiere la librera al viejo en la película La librería?”

La Providencia Librera es gloriosamente imprevisible, querid@s, y más en reginaexlibrislandia.

(The Bookshop, 2016 / A Contracorriente Films)

(The Bookshop, 2016 / A Contracorriente Films)

De no ser así sería impensable presenciar pequeños milagros librescos como el que viví en mi librería poco antes de echar el cierre, cuando sin saber muy bien cómo se materializaron ante mí Penélope Fitzgerald y Ray Bradbury para bailar al son que tocó un reginaexlibrislandiano asiduo dando el compás con su bastón.

Y la que suscribe acabó, atónita, dando palmas con las orejas, con el pelucón desmadejado y una sonrisa entre radiante y bobalicona que me daba la vuelta a la cara.

La cosa fue así: estaba yo lamentándome por tener que orquestar la devolución de un título de fondo cuando mi reginaexlibrislandiano, de cuya presencia no me había percatado por tener la nariz literalmente metida en el ejemplar de la discordia, me devolvió a la realidad con un rotundo par de bastonazos en el suelo (Taq, taq).

Regina: Hola, caballero, ¿cómo va?

Cliente: Bien, bien… acabo de salir del cine, de ver la última de Isabel Coixet, la de La librería. ¿La has visto? Porque a ti te encantaría, Regina.

Regina: Sí, sí, ya la he visto. Una buenísima adaptación de La librería de la grandísima Penélope Fitzgerald. A ver, la Coixet se tomas sus licencias con respecto al original, pero lo cierto es que me gustó. La ambientación es impecable y borda a los personajes principales.

Cliente: ¡Fantástico! Entonces seguro que me puedes ayudar. ¿Recuerdas qué autor le descubre la librera al viejo ermitaño que vive entre libros y que tanto se parece a mi, enclaustrado y leyendo? ¡ja, ja, ja! Y no te hablo de Nabokov y su Lolita, sino de los otros…

Regina: ¡Jajajaja! Sí, hombre, sí. Tu alter ego en la película se llama Mr. Brundish, y lo de ese autor es una de las licencias que se tomó Coixet al adaptarla. Según ha comentado, es fanática de él y, como piensa que está infravalorado, es su particular homenaje a su obra.

Cliente: Mmm, eso lo explica todo. Porque yo leí la novela hace 7 u 8 años y no me sonaba nada de eso. De ahí mi desconcierto, Regina, aunque con la cabeza que tengo… Bueno, primero le envía un título, y luego él no hace más que pedirle otros nuevos del mismo autor.

(The Bookshop, 2016 / A Contracorriente Films)

(The Bookshop, 2016 / A Contracorriente Films)

Regina: Sí, así es

Cliente:¿Y bien? ¿Quién era? ¿Qué títulos le descubre? ¿Los tienes?

Regina: Pues nada más y nada menos que Ray Bradbury, uno de los pesos pesados de la Ciencia Ficción y artífice de una de las más grandes novelas distópicas. La primera que le envía es Fahrenheit 451, después Crónicas Marcianas y la que esperaban ambos es El vino del estío

Cliente: ¡Uy, sí! Ahora que lo mencionas recuerdo un fotograma con la cubierta del de los marcianos. Pero no soy yo mucho de ciencia ficción…

Regina: Te sorprenderás absolutamente enganchado a los libros y te sobrecogerá lo certeras que son las visiones y fantasías del Bradbury de los años cincuenta en el mundo de hoy, querido.

Tras charlar largo y tendido sobre Penélope Fitzgerald y sobre los tres títulos de Ray Bradbury, mi querido reginaexlibrislandiano se fue con ellos bajo el brazo y me dejó sobre el escritorio la promesa de volver a comentarlos cuando los termine (siempre lo hace).

Ahora, si os parece, repasemos esos títulos, que son de los que siempre pueblan las baldas de mi librería:

1. Fahrenheit 451. Ray Bradbury. Fahrenheit 451 es la temperatura a la que el papel se enciende y arde. También es la novela distópica por antonomasia (junto a 1984, de G. Orwell, y Un mundo feliz, de A. Huxley), que describe una civilización esclavizada por los medios, los tranquilizantes y el conformismo. En ella los libros están prohibidos y el trabajo de los bomberos como Guy Montag es quemarlos mientras las autoridades rastrean y eliminan a los disidentes que aún conservan y leen libros. La visión de Bradbury es brutalmente profética: pantallas de televisión que ocupan paredes con folletines interactivos; avenidas donde los coches corren a 150 kilómetros por hora persiguiendo a peatones; una población que no escucha otra cosa que una insípida corriente de música y noticias transmitidas por unos diminutos auriculares insertados en las orejas. Absolutamente sobrecogedor.

Fahrenheit 451

Fahrenheit 451

2. Crónicas marcianas. Ray Bradbury. Esta colección de relatos recoge la crónica de la colonización de Marte por una humanidad que huye de un mundo al borde de la destrucción. Los colonos llevan sus deseos más íntimos y el sueño de reproducir en el Planeta Rojo una civilización de perritos calientes, cómodos sofás y limonada en el porche al atardecer. Pero su equipaje incluye también los miedos ancestrales, que se traducen en odio a lo diferente, y las enfermedades que diezmarán a los marcianos.

Crónicas marcianas

Crónicas marcianas

3. El vino del estío. Ray Bradbury. En lugar de imaginar el futuro, Bradbury reconstruye su pasado en dos títulos sucesivos (El vino del estío y El verano del adiós). El primero es la crónica agridulce del verano de 1928 a través de los ojos y la voz de Douglas Spaulding, un muchacho de doce años en Green Town. Lo fantástico y lo cotidiano y lo tierno y lo abrupto aderezan de forma brillante esta deliciosa crónica de la infancia.

El vino del estío

El vino del estío

Y, dicho lo cual, repasamos esa maravilla bibliófila que es La Librería firmada por una de las grandes damas de las letras anglosajonas del SXX:

La librería. Penélope Fitzgerald. Impedimenta. Obra maestra de la entomología librera narra odisea de Florence, una viuda de guerra que quiere montar una librería en un pueblo costero de Sulfolk en 1959. Si con eso ya hay material para una buena historia, es en los matices donde reside la maestría de Fitzgerald. Porque Florece opta por una librería no solo por bibliofilia, sino porque su experiencia profesional fue en su juventud entre libros. Porque la aldea está aislada -su acceso por tierra es un infierno y la opción más directa es en una barca de remos- y en él no existe actividad comercial. Porque el local está infestado de ratas, de humedad y de poltergeist y, para remate, porque ese enclave es el elegido por la reina social local para su ateneo cultural, motivo por el que comanda una resistencia sutil y despiadada contra la librería. Así que Florence luchará con uñas, dientes, libros y su niña-ayudante para mantener a flote su negocio y resistir ante una presión vecinal que pasa de clama tensa a tormenta a punto de estallar cuando se plantea vender ejemplares de Lolita, de Nabokov.

La librería

La librería

 

  • Y vosotros, queridos, ¿leísteis alguno de esos títulos de Ray Bradbury? ¿Y La librería, de Penélope Fitzgerald? ¿Qué os pareció?
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6 novelas de librerías para inducir un coma libresco a tu bibliofilia

Llamadme loca, pero por mucho que me pase la vida en reginaexlibrislandia mi bibliofilia siempre quiere más. Soy bibliobulímicalibromaníaca y librera compulsiva. Tanto que si voy de invitada a vuestra casa me importan un rábano el menú o la decoración, y voy directa como un obús a cotillear vuestra biblioteca. O si veo una película la trama y los personajes se desvanecen si se cuela en un fotograma una novela, por muy fugaz que sea su aparición. E incluso en el dentista me olvido de esa endodoncia inminente si alguien en el perímetro lee algo que me dispara el biblioradar.

(Funny Face, 1957 / Paramount)

(Funny Face, 1957 / Paramount)

Y eso en escenas cotidianas de mi vida, pero la cosa se agrava si me dejas suelta por una librería ajena. Ahí la lucha encarnizada por refrenar la pulsión de colocarle al dueño su librería es todo un festival del desequilibrio mental que arranca antes incluso de traspasar el umbral.

Sí, queridos, ya de entrada tiendo a quedarme con la cara pegada al cristal del escaparate mirándolo todo en un silencio espeso y reconcentrado, y boqueando como un pez. Pero, ojo, ese momento besugo bibliófilo esconde una frenética actividad subcutánea y bajo-pelucón de escaneo y catalogación de libros y librería.

El caso es que tanto quienes padecen bibliofilia en menor grado como quienes sufrimos bibliobulimia severa atesoramos libros que van sobre libros, librerías y cualquier criatura bibliófaga real o inventada. Mientras los primeros los disfrutan con inocente deleite, la verdad es que yo los devoro para inducirle un coma libresco a mi bibliofilia cuando quiero darme una tregua y amansar a la fiera.

Como hoy ha sido uno de esos días y a puntito he estado de que me empapelaran por acoso he corrido a prepararme un cóctel bien cargado con algunas de las mejores novelas de libros y librerías:

1. 84 Charing Cross Road. Helene Hanff. Anagrama. La novela epistolar de Helene Hanff recoge la correspondencia que mantuvieron durante veinte años una extravagante, irónica y brillante guionista norteamericana y los libreros de una librería de viejo londinense al término de la II Guerra Mundial. La insaciable sed de ella por hacerse con libros imposibles y el empeño de ellos, especialmente de Frank Doel, por conseguírselos, da pie, con los años, a una intimidad cargada de ternura e ironías proyectadas sobre el fondo de una misma pasión: los libros y las librerías. Si a ello añadimos la incontenible anglofilia de Helene Hanff, su particular sentido del humor y ese empeño perverso en desinflarle a puñaladas lingüísticas la flema inglesa al siempre correcto Frank Doel, y lo espolvoreamos con sus esfuerzos por aliviarles las estrecheces de la posguerra, el resultado es esta joya de que derrocha inteligencia, diversión, ternura y bibliofilia.

84 Charing Cross Road

84 Charing Cross Road

2. La librería. Penélope Fitzgerald. Impedimenta. Obra maestra de la entomología librera narra odisea de Florence, una viuda de guerra que quiere montar una librería en un pueblo costero de Sulfolk en 1959. Si con eso ya hay material para una buena historia, es en los matices donde reside la maestría de Fitzgerald. Porque Florece opta por una librería no solo por bibliofilia, sino porque su experiencia profesional fue en su juventud entre libros. Porque la aldea está aislada -su acceso por tierra es un infierno y la opción más directa es en una barca de remos- y en él no existe actividad comercial. Porque el local está infestado de ratas, de humedad y de poltergeist y, para remate, porque ese enclave es el elegido por la reina social local para su ateneo cultural, motivo por el que comanda una resistencia sutil y despiadada contra la librería. Así que Florence luchará con uñas, dientes, libros y su niña-ayudante para mantener a flote su negocio y resistir ante una presión vecinal que pasa de clama tensa a tormenta a punto de estallar cuando se plantea vender ejemplares de Lolita, de Nabokov.

La librería

La librería

3. La Librería ambulante. Christopher Morley. Periférica. Esta delicia literaria te inocula tanta bibliofilia en las venas que de tan ganas de hacerte con una furgoneta y recorrer el mundo hasta arriba de ejemplares para hacer de tu existencia un geiser andante de literatura. Dicho eso vayamos por partes: estamos en la segunda década del siglo XX, en unos EEUU todavía rurales y de paisajes idílicos, donde conviven viejos carromatos y novísimos automóviles. Roger Mifflin, un librero ambulante que desea regresar a Brooklyn para redactar sus memorias, vende su singular librería sobre ruedas (junto a su yegua y su perro) a la ya madura señorita Helen McGill, que decide, harta de la monotonía de su vida, lanzarse a la aventura y recorrer mundo conectando libros con lectores. A partir de ese momento se sucederán encuentros y desencuentros, y las más divertidas peripecias destilarán grandes enseñanzas que proporcionan libros y librero. Humor a mansalva, bibliofilia extrema y dosis justas de ternura y realismo hacen de La Librería Ambulante un imprescindible de bibliófagos de corazón.

La librería ambulante

La librería ambulante

4. Firmin. Sam Savage. Seix Barral. Una buena idea para masacrar el tedio existencial a librazo limpio es Firmin, una de esas delicias de tinta y papel que no dejan de ir de lector a lector sin campaña mediática que valga porque ellas son, per se, su mejor carta de presentación. Sam Savage nos presenta a una rata que habita las entrañas de una librería de viejo en Boston, y lo que para ella arranca como una pulsión devoradora de libros en sentido literal pronto deriva en un apetito lector voraz y real, que sacia de forma compulsiva ejemplar tras ejemplar. Es así como Firmin se convierte en un ser bibliófilo, entrañable, marginado por su familia de rattas y quijotesco con delirios de voyeur, tics kafkianos y un espíritu shakesperiano que exuda ternura y sarcasmo. Una novelita deliciosa que es un homenaje bibliófago al poder redentor de la literatura y a las librerías como refugios universales.

Firmin

Firmin

5. Una librería en Berlín. Françoise Frenkel. Seix Barral. En 1921, Françoise Frenkel, una joven apasionada por la lengua y la cultura francesas, funda la primera librería francesa de Berlín, La Maison du Livre. En 1939 huye de la Alemania de Hitler, donde ya es imposible difundir libros y periódicos franceses, y se exilia en Francia, buscando refugio. Pero, en realidad, tras la ocupación nazi de territorio francés, lo que le espera es una vida de fugitiva hasta que, en 1943, logra cruzar la frontera suiza de manera clandestina y encontrar en Ginebra, al fin, la libertad. Una librería en Berlín descubre, milagrosamente intactas, la voz, la mirada y la emoción de una mujer valiente cuya fuerte determinación y pasión por los libros y pro su profesión la llevará a conseguir escapar de un destino trágico.

Una librería en Berlín

Una librería en Berlín

6. Mi maravillosa librería. Petra Hartlieb. Periférica. A medio camino entre obra testimonial y homenaje al oficio de librero, incluyo este libro-bomba porque es un artefacto narrativo que pulveriza la versión romántica que del oficio se tiene desde fuera. Regentar una librería es duro, es casi un suicidio profesional y es decir adiós a tu vida personal. Pero vale la pena. Y no soy yo, Regina ExLibris, quien lo dice, sino Petra Hartlieb, que tiene ahora una gran familia, un perro y una librería en Viena. Diez años atrás supo de una librería que se traspasaba. Lo que se planteó como una broma (¿por qué no la compramos?), detonó un cambio radical de vida, de ciudad y de oficio. Pero ni estaba preparada para convertirse en empresaria, ni para ser librera, esposa y madre a la vez. Una historia llena de divertidas anécdotas, que logra, gracias a una escritura ágil y empática, impregnar al lector de las alegrías y los problemas de Petra, empeñada en mantener a flote su librería de barrio en pleno S.XXI. Glorioso tapiz realista y nada edulcorado del día a día en una librería cuya lectura te pone de muy buen humor.

Mi maravillosa librería

Mi maravillosa librería

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Réquiem por las librerías Crisol

Estoy de luto como librera y como bibliófila. El todopoderoso Grupo Prisa echa el cierre a sus tres últimas librerías Crisol, ubicadas las tres en Madrid. Y digo ‘librerías’ porque, aunque ofertaban discos y películas, lo cierto es que su función era más presencial que otra cosa, ya que lo que se vendía realmente era literatura. Pero parece que cuando la crisis aprieta al Poseidón- Prisa las tiendas Crisol, que pasaron de 17 a 3 en dos décadas, eran un Ulises al que flagelar y destruir:

 

Yo me debato entre la rabia y la tristeza. Aunque a la sombra de Prisa, Crisol era, de una forma u otra, una librería y como tal lamento su cierre.

Dejando a un lado el debate en torno a si, más que librería, cada Crisol era, como muchos decían, ‘una cadena o un supermercado donde los libros no son libros sino productos‘ el hecho es que, como librera, conocí a alguno de sus gestores y libreros y os aseguro que sabían del negocio y, mejor aún, muchos de ellos eran de la estirpe suicida de quienes no vendían ‘productos’ sino ‘libros’. Ese matiz es esencial.

Por eso y por más para ellos y para sus crisolandianos de pro van mis más sinceras y reginas condolencias. Los primeros se han quedado sin un trabajo que amaban, y los segundos sin ‘su librería’. El llanto me desborda, queridos.

Descanse en paz, Crisol. En reginaexlibrislandia llevamos crespón negro en señal de duelo y colgamos una esquela en nuestro corcho.

Y vosotros, reginaexlibeislandianos de pro, ¿conocíais las librerías Crisol? ¿Qué os parecían? ¿Os parece adecuada la decisión de Prisa y el Grupo Santillana?

El síndrome de la librera compulsiva

Todo exceso daña, y si a don Alonso Quijano la sobredosis de lecturas de libros de caballerías le quebró el juicio a mi, Regina ExLibris, el día a día enterrada viva en volúmenes en mi librería me está empezando a dejar secuelas inquietantes de epidermis para adentro.

Sí, he de reconocerlo, la cosa se me está yendo de las manos y del pelucón. Lo noto.

Antes, cuando gentes próximas y otros libreros me advertían que una cosa era la entrega y al profesionalidad y otra muy distinta ‘lo mío’, yo me limitaba a responderles toda altanera:

 

Bah, vosotros lo llamáis obsesión, yo DEDICACIÓN, que es MUY, pero que MUY DISTINTO, queridos.

Pero desde hace unas horas he de darles la razón, y todo porque la Providencia Librera tuvo a bien colocar a una reginaexlibrislandiana asidua en el lugar adecuado en el momento justo solo para que yo reconociera mi problemilla.

La cosa fue así: hallábame yo fuera de mis confines reginos tras una maratón de gestiones mañaneras cuando me dio por entrar a curiosear en una gran librería que me salió al paso.

Y en esas estaba yo cuando una voz familiar me sobresaltó:

 

– Reginaexlibrislandiana: ¡Pero, por Dios, Regina! ¿Qué haces?- Regina: ¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué?

– Reginaexlibrislandiana: ¿Qué demonios haces?

– Regina: ¿Yo? ¡Nada!

– Reginaexlibrislandiana: ¡Pues estáte quietecita, que esta no es tu librería!

– Regina: Ya, ¿y qué?

– Reginaexlibrislandiana: ¡QUE DEJES YA DE COLOCARLES LOS LIBROS, MUJER!

– Regina: Pero, peeeero.. yo…

– Reginaexlibrislandiana: ¡Tu estás mal!

 

Qué bochorno, queridos. No sé cuánto tiempo llevaba yo allí dentro, en qué otras zonas había metido la zarpa y el pelucón, ni cuánto llevaba mi reginaexlibrislandiano asiduo observándome, pero había un testigo y una no podía negar la evidencia: me pilló in fraganti delicto librero-compulsivo.

Aunque, claro, al menos nadie más pareció percatarse o me hubieran tomado por loca de remate.

Así que sí, ya no puedo negar la evidencia:

 

Hola, me llamo Regina ExLibris y tengo el síndrome de la librera compulsiva.

Y vosotros, regianexlibrislandianos de pro, ¿os pasó alguna vez algo semejante? ¿Metéis mano a librerías y bibliotecas ajenas? ¿Pillasteis alguna vez a alguien haciéndolo? ¿Estáis tan entregados a lo vuestro que hacéis horas extras de forma mecánica?

¿Comprarías libros en máquinas expendedoras?

Si hay algo que temo más que a los números rojos y a los incendios eso es, sin duda, la posibilidad de que mi afán de supervivencia librera termine por desvirtuar la esencia de reginaexlibrislandia. La mía ha de ser una librería única, como un traje hecho a medida por la más minuciosa de las modistas.

Por eso cuando de lo que se trata es de introducir cualquier cambio en mis confines analizo la idea hasta que me humea el pelucón. Sí, queridos, disecciono pros, contras y vuelta a empezar, porque si hay algo que mi experiencia vital me ha enseñado es que la ignorancia es tan atrevida como insensata.

Y es justo aquí donde entráis vosotros, reginaexlibrislandianos de pro, este mi coro de ángeles de la guarda bibliófila traídos aquí por la Provivencia Librera y siempre dispuestos a darme vuestro impagable punto de vista.

Sí como cuando debatimos sobre mi guerra a las etiquetas adhesivas con los precios de los libros, o sobre cómo tenía que colocar la librería, o acerca de si debía marcar aquellos libros que yo recomendara, e incluso el escabroso tema de los seudónimos. Y, bueno, eso sin olvidar mi particular adaptación de la fórmula ¿Te gustó este libro? Prueba con éstos, versión reginaexlibrislandia y hasta si debía o no vender ‘audiodiscos’ en mis confines.

Pues bien, el reginaexlibrislandazo que me planteo ahora dar es la colocación de una máquina expendedora de libros en la mismísima puerta de reginaexlibrislandia.

Eso, queridos, teniendo en cuenta que estaría operativa cuando la librería tuviera el cierre echado o, lo que es lo mismo, de noche y en fiestas de guardar.

La idea es estar para mis clientes en caso de emergencia bibliófila, aunque obviamente no de cuerpo presente.

El precio sería ligerísimamente superior que en tienda para cubrir el mantenimiento de la máquina, y en el aparatejo colocaría una selección de títulos (novedades, mis recomendaciones, los más vendidos en mis confines, etc)…

Así que, decidme, ¿compraríais libros en una máquina expendedora? ¿Pros? ¿Contras? ¿Os habéis topado alguna vez con alguna? ¿Qué pensásteis?

‘A 84 Charing Cross Road, por favor’

Hay libros y LIBROS, y la norteamericana Helene Hanff firmó uno de éstos últimos cuando editó la correspondencia que mantuvo durante dos décadas con los empleados de una librería de viejo londinense.

Así nació 84 Charing Cross Road, uno de los libros de cabecera de todo bibliófilo de corazón que, además de ir de mano en mano, de tener adaptaciones cinematográficas, televisivas, como musical en Broadway y hasta videojuego, hoy un reginaexlibrislandiano asiduo me pidió en mi librería para hacer un regalo especial.

Y sin quererlo eso dio pie a que la novelita llegara a una tercera persona que se paseaba por entre mis baldas sin saber que lo que realmente había venido a buscar era un ejemplar, el que sin duda la Providencia Librera le tenía reservado, de 84 Charing Cross Road:

– Cliente: ¡Hola, Regina! ¿Qué tal?- Regina: Aquí, con la Navidad al acecho…

– C.: Sí, este año tampoco nos libramos

– R.: Tendremos que llevarlo con dignidad, me temo. ¿Buscas algo?

– C.: Pues mira, sí. Quiero 84 Charing Cross Road, pero imagino que no tendrás ejemplares aquí.

– R.: Me subestimas. De según qué libros siempre tengo ejemplares en mi recámara

– C.: ¡No me digas! Yo ya contaba con encargártelo…

– R.: Aquí lo tienes, y aún me quedan dos más.

– C.: La quiero para alguien especial, ¿sabes? Alguien que adora los libros y las librerías.

– R.: Es una maravilla… la historia, los personajes, los diálogos, ¡todo!

– C.: ¡Y encima real! ¿Viste la película con la misma de Mr. Robinson?

– R.: Sí, con Anne Bancroft y Anthony Hopkins. Otra joya, la película.

– C.: Pues nada, me lo llevo. ¡Gracias, Regina!

Y se fue, y yo me quedé con la mirada clavada en la portada de uno de los dos ejemplares del libro que aún tenía en mi poder, recordando el subidón bibliófilo que supuso para mi su lectura en su día, cuando una voz de mujer me sacó de mis cavilaciones helenehanffianas:

– Cliente2: Estooo, disculpe- Regina: ¿Si? Ah, hola, ¿dígame?

– C2: No pude evitar oír su conversación con el señor que se acaba de ir… y, bueno, me preguntaba sobre el libro del que hablaban, el que se llevó

– R.: ¿84 Charing Cross Road, de Helene Hanff?

– C2: Sí, sí, ese mismo. ¿Es realmente tan bueno?

– R.: Para mi es de lo mejorcito que hay, uno de esos libros que te reconcilian con el universo

– C2: ¿Y de qué va?

– R.: La novela epistolar de Helene Hanff, que lleva circulando de mano en mano desde hace casi cuatro décadas, recoge la correspondencia que durante veinte años mantuvieron una extravagante, irónica y brillante guionista norteamericana y los libreros de una librería de viejo londinense al término de la II Guerra Mundial. La insaciable sed de ella por hacerse con los libros más imposibles y el empeño de ellos, especialmente de Frank Doel, por conseguírselos, da pie, con los años, a una intimidad cargada de ternura e ironías proyectadas sobre el fondo de una misma pasión: los libros y las librerías.

– C2: Suena bien, sí señor, pero que muy bien

– R.: Además tiene una carga de ironía y humor que no te borra la sonrisa de la cara prácticamente de principio a fin, aunque tiene su parte dura también. ¡El justo equilibrio!

– C2: Definitivamente me la quiero leer. ¿Tiene otro ejemplar?

– R.: Sí, aquí mismo. ¡Que la disfrute!

Y ella también abandonó mis confines con su 84 Charing Cross Road bajo el brazo, y me dejó a mi sola con el último ejemplar de mi reserva y una sonrisa escandalosa plantada en la cara pensando en el bombazo literario que tienen entre manos ahora mismo esos dos inocentes destinatarios de mis ejemplares… ¡Así da gusto echar el cierre, queridos!

Y vosotros, reginaexlibrislandianos de pro, ¿leísteis 84 Charing Cross Road? ¿Conocíais a su autora, Helene Hanff? ¿Habíais oído hablar de la novela? ¿Y de sus adaptaciones varias?

Como colofón el trailer a la película homónima rodada en 1987 y protagonizada, como dije, por Anne Bancroft y Anthony Hopkins:

Ponga un Firmin en su librería

Si tuviera que elegir una mascota para reginaexlibrislandia no titubearía ni un segundo, queridos: pondría un Firmin en mi librería o, lo que es lo mismo, una rata de biblioteca con alma de bibliófila que se alimentara el cuerpecillo de papel y el espíritu de palabras.

He llegado a esa conclusión de la manera más tonta esta mañana: mirando, por fin, el correo postal que tenía acumulado. Por entre la montonera de cartas y papelotes -y aquí me río yo de la Era Digital esa en la que dicen que estamos- asomaba la publicidad de una empresa especializada en el exterminio de insectos y roedores.

Al verla sobre mi escritorio, otro de los libreros abrió la veda:

– Librero: ¿Has visto ésto, Regina?- Regina: ¿El qué?

– L.: La publicidad de la empresa de fumigación con esa asquerosa cucharacha ahí dibujada… da repelús.

– R.: ¡Pues no la mires y tira el papelito!

– L.: Ish, es que me dan mucho asco las cucarachas

– R.: Pero, ¿has visto aquí alguna?

– L.: No

– R.: ¿Entonces?

– L.: Nada, nada… ¿y ratones? ¿has visto algún ratón por aquí? ¿o ratas?

– R.: Noooooooo.

– L.: ¿Y si hubiera alguna?

– R.: Pues la adoptaría y la llamaría Firmin.

– L.: ¿Estás loca, lo dices en serio?

– R.: Pues claro, sería una rata bibliófila, como la de la novelita de Savage.

– L.: ¿Qué novelita?

– R.: ¿No conoces Firmin?

– L.: Pero, ¿no te acabo de decir que NO? ¿Es buena?

– R.: UY, es un novelón. En ella Sam Savage nos presenta a la rata que habita las entrañas de una librería de viejo en Boston, y para quien lo que arranca siendo una pulsión devoradora de libros en sentido literal, deriva en un apetito lector voraz que sacia frenéticamente y que le va modelando el alma y el ánimo a palabras. Es así como Firmin se convierte en un ser glorioso, bibliófilo, entrañable y quijotesco con delirios de voyeur, tics kafkianos y un espíritu shakesperiano que exuda ternura y sarcasmo a mares. ¡Es deliciosa!

– L.: ¿Y la tenemos?

– R.: A Firmin por aquí… no, pero si te refieres al libro, sí. Está en tapa dura, anglosajones por la ‘S’: segunda balda empezando por abajo.

Él se la llevó para leérsela, y conociéndole estoy segura de que Firmin le cautivará, como me cautivó a mi. Además es una de esas novelitas que no dejan de circular y aún no me he topado con alguien a quien le dejara indiferente.

Y vosotros, reginaexlibrislandianos de pro, ¿habéis leído Firmin? ¿Conocéis a alguien que la haya leído? ¿Si es que sí, ¿cómo llegó el ejemplar a vuestras manos? ¿Conocíais a Sam Savage?

A quienes aún no la habéis leído, haceros un favor como ávidos lectores y bibliófilos de corazón y corred a poner un Firmin en vuestras librerías. ¡Palabra de Regina!

“Si me llevo esos libros no como”

Años y años atrincherada en un mundo de letra impresa y resulta que es justo ahora, que por fin vivo con, de y por los libros, cuando las historias y dobleces más asombrosas me llegan del tú a tú con desconocidos que respiran, caminan y me hablan.

La trama de una de las últimas apariciones que más me ha impactado se desarrolló en tres actos.

Acto I. SE ABRE EL TELÓN: Reginaexlibrislandia una pacífica mañana de martes, y Regina plumero en mano en la eterna batalla contra el polvo.

El desafortunado empujón de unas cajas provoca una densa cortina de ácaros, y tras ella se materializa una mujer de cuarenta y pocos años, con la mirada llena de abatimiento, el pelo recogido en una trenza y que blande un papel arrugado en la mano derecha.

– Regina: Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?- Clienta: Querría que me consiguiese los libros de ésta lista.

– R.: Claro, déjeme ver. Son A photographer’s life 1990-2005. Anne Leibovitz; Africa, de Sebastiao Salgado; Arte y fotografía, de David Campany; Bette Davis, Amarga victoria, de Ed Sikov; Cazadores de Luz, de National Geographic y Cocinar de cine, de Xabier y Juan Miguel Gutiérrez. Bueno, aquí tengo el de Bette Davis y el de Cocinar de Cine, y el resto tendríá que pedírselos. ¿Le corren prisa?

– C.: No, no. Además prefiero recogerlos todos juntos, así que pídamelos y cuando estén todos me llama y vengo. ¿Le parece?

– R.: Claro, como quiera.

Acto II. SE ABRE EL TELÓN: Poco más de una semana después Regina recibe por fin el último de los libros del encargo de la misteriosa mujer; es el de Sebastiao Salgado, que ha sido el más remolón en llegar a mis confines.

Cotejo los libros con los de la lista y apunto sus precios:

A photographer’s life 1990-2005. Anne Leibovitz: Random House, 108,75 euros; Africa, de Sebastiao Salgado: Taschen, 49,99 euros; Arte y fotografía, de David Campany: Phaidon, 44,95 euros; Bette Davis, Amarga victoria, de Ed Sikov: T&B, 24 euros; Cazadores de Luz, de National Geographic, 45 euros; y Cocinar de cine, de Xabier y Juan Miguel Gutiérrez: Everest, 42 euros. Total: 314,69 euros.

Dejo la pluma y marco el número telefónico que me dejó la mujer:

– C.: ¿Hola?- R.: Mire, perdone si la molesto; le llamo de Reginaexlibrislandia, la librería, porque ya tengo todos los libros que me encargó.

– C.: ¿Todos? ¿De veras?

– R.: Si, pero…

– C.: ¡Esta misma tarde me paso a por ellos!

– R.: Como quiera, aquí estaré. Lo que sí me gustaría decirle es que el total son 314,69 euros, porque se trata de títulos caros…

– C.: Ah, no se preocupe, contaba con ello. Llevaba tiempo queríendome regalármelos.

– R.: Perfecto, pues no la entretengo más. Hasta luego.

Acto III. SE ABRE EL TELÓN: A primera hora de la tarde ella aparece. Llevaba el pelo suelto y se había dibujado la sonrisa en un rojo intenso, aunque no se quitó las gafas de sol. Saqué sus libros.

Con un ligero temblor de manos cogió el de Anne Leibovitz, y como en ese momento entró un cliente yo me excusé para ir a atender.

De pronto, ¡PLAF! oímos el sonido de un libro pesado desplomándose sobre el cristal de mi mesa, pasos apresurados y el golpe seco de la puerta al cerrarse.

Corrí a mi escritorio. Allí estaban los seis ejemplares, pero ni rastro de la mujer.

Al fijarme un poco más me topé con la factura que había preparado para ella. Sobre mis números me escribió una nota con una barrita de pintalabios rojo, que se dejó olvidada:

“Lo siento. Si me llevo esos libros no como”.

Se cierra el telón.

Y yo, queridos, ¿cómo me como yo eso?