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Hiperosmia: personas capaces de distinguir olores que otras ni tan siquiera perciben

Hiperosmia: personas que son capaces de distinguir olores que otras ni tan siquiera perciben

La ‘hiperosmia’ es la cualidad (calificada también como trastorno) de percibir olores que otras personan no son capaces de detectar.

Por poner un ejemplo: los afectados de ello son capaces de distinguir el aroma de una flor (por ejemplo el jazmín) entre un montón de escombros o detectar la fragancia de un perfume que lleva una persona cuando ésta todavía no ha llegado al lugar donde se encuentra. Otro ejemplo práctico podría ser la novela (y película homónima) ‘El perfume’ en la que el protagonista tenía un olfato excesivamente desarrollado.

Se ha detectado que algunas de las personas con hiperosmia lo hacen durante un periodo concreto de sus vidas y no continuadamente (aunque se han dado casos, es poco común que alguien lo padezca a lo largo de toda su existencia).

El que no afecte a un elevado número de personas ha hecho que se convierta en una patología poco investigada, por lo que no se conoce al cien por cien qué es lo que produce que algunas personas puedan estar dotadas de esa singular agudeza olfativa.

En ciertos casos la hiperosmia puede ser una ventaja, pero para la mayoría de los que la padecen puede llegar a convertirse en un suplicio, debido a que detectan hasta el más mínimo de los olores, por lo que los ‘malos olores’ (como los fétidos) los notan más exageradamente.

Curiosamente, quienes padecen de una hiperosmia ‘pasajera’ son algunas embarazadas (sobre todo al inicio y final de la gestación). El hecho de que afecte a las mujeres en estado se debe, principalmente, a un aumento de la concentración de estrógenos y progesterona.

Quienes también pueden verse afectadas por este trastorno son mujeres tras llegar a la menopausia; personas con algún trastorno metabólico (como la enfermedad de Addison, entre cuyos síntomas se encuentra la hipersensibilidad olfativa); de hipertiroidismo e incluso algunas alteraciones neuronales (debido al consumo de algunas sustancias alucinógenas) o que se encuentren bajo el síndrome de abstinencia de benzodiacepinas (tras un periodo prolongado consumiendo medicamentos psicotrópicos).

 

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Fuentes de consulta y más info: ncbi / xatakaciencia / sintomasdelembarazo / anosmia.info / ireneu / sciencedirect
Fuente de la imagen: aquamech-utah (Flickr)

Nuestra prodigiosa memoria olfativa

Nuestra prodigiosa memoria olfativa

Aunque nuestra nariz no es tan sensible ni está tan desarrollada como la de un perro o la mayoría de los animales, puede llegar a recordar 50.000 olores diferentes. Esa prodigiosa memoria olfativa es la que hace que olamos un aroma y éste pueda transportarnos con nuestros recuerdos a décadas atrás, a un momento vivido, a un lugar concreto.

Que podamos recordar hasta 50.000 aromas no quiere decir que ese sea el tope de los que nuestro olfato pueda llegar a percibir, ya que en realidad podemos distinguir hasta la friolera de un billón de olores diferentes.

Según investigadores de la Universidad de Pittsburgh los diferentes efluvios que podemos percibir se pueden clasificar en diez categorías: fragante (que es el olor suave y agradable), el olor a madera o resina (llamado también leñoso), el olor químico, el mentolado o refrescante, el olor dulce, el olor a quemado o ahumado (donde incluiríamos el de las características palomitas de maíz o el conocido como chamusquina), el olor a podrido, el rancio o acre (entre los que se incluye el ajo y el del fósforo), y dos olores frutales: uno que incluye los cítricos y el que lo excluye (resto de frutas).

 

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Fuente de la imagen: Dennis Wong (Flickr)

El curioso origen del término ‘perfume’

El curioso origen del término ‘perfume’

Conocemos como perfume aquella esencia o fragancia que desprende un agradable olor.

El origen etimológico del término lo encontramos en el latín ‘perfumum’ un vocablo que con el tiempo adquirió la misma acepción que ‘perfume’ y que estaba compuesto por el prefijo per- (a través de/ mediante) y ‘fumum’ (humo) por lo que su significado original hacía referencia a la fragancia que se percibía a través del humo tras quemar algunos tipos de plantas olorosas, inciensos o aceites aromáticos, que era el modo en el que antiguamente aromatizaban las estancias e incluso las propias personas, quienes se colocaban  y se dejaban ‘ahumar’ por la fragancia desprendida de lo que estaban incinerando.

 

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Fuente de la imagen: pixabay

¿Por qué huelen las flores?

La explicación reside en el hecho de que las flores contienen distintas sustancias volátiles, muy aromáticas, que dependiendo de la hora del día o de las condiciones ambientales (especialmente la temperatura y la humedad) se desprenden, produciendo un perfume característico.

Estas sustancias aromáticas se encuentran en varias partes de la planta, como el pétalo, el estambre o el polen, y como son muy volátiles, se evaporan con mucha facilidad liberando su aroma a la atmósfera y difundiéndose en ella.

Cuando nos acercamos una flor, las moléculas de su perfume ya se encuentran difundidas por el aire y llegan a la nariz, que manda la información al cerebro para descifrar el olor, produciendo una sensación agradable o desagradable.

Para poder oler es necesario  que la sustancia esté en estado gaseoso o, si es sólida, que sus moléculas en suspensión sean solubles en el líquido que constantemente humedece la pituitaria de la nariz y facilita su apreciación. Estos aceites volátiles, en general, contienen hidrógeno y carbono, y a veces oxígeno en pequeñas cantidades, de modo que todos pueden arder.

 

Fuente:  La química cotidiana (Cayetano Gutiérrez Pérez)