Archivo de la categoría ‘Historia y Ciencias Sociales’

Encuentros temporales entre astronomía y prehistoria

Por Enrique Pérez Montero y Juan F. Gibaja Bao (CSIC) *

Entre las estrategias que usa la ciencia para facilitar el entendimiento de la naturaleza está la de proporcionar medidas que ayuden a fijar en una escala espacio-temporal aquellos objetos o eventos que estudia. No obstante, si el objeto de estudio sobrepasa las escalas que nos son familiares, puede ser complicado hacerse una idea de lo que esos números representan.

Uno de los casos donde esto ocurre de forma más clara es en la astronomía. Suele ser muy complejo distinguir la diferencia entre los cientos de miles de kilómetros a los que un asteroide ha pasado de la Tierra (en algunos medios de comunicación a veces se dice que nos ha pasado rozando), y los miles de millones de pársecs (unidad de longitud equivalente a 3,2616 años luz) a los que se encuentra la última galaxia de turno que ha roto el récord de distancia en el universo.

Esto mismo sucede incluso con escalas más pequeñas y cercanas, como la histórica. Al hablar de la prehistoria metemos en el mismo saco temporal a los primeros homínidos de hace unos 2,5 millones de años y a los últimos cazadores-recolectores del Mesolítico, que habitaron en ciertas zonas del Atlántico y Norte de Europa hace cerca de 5.000 años.

En el caso de la astronomía, una escala de distancia que trata de solventar esta dificultad es la basada en la velocidad de la luz, que viaja a unos 300.000 kilómetros por segundo. En el entorno de nuestro planeta esta escala no resulta práctica, ya que a un rayo de luz le da tiempo a dar siete vueltas y media a la Tierra en un solo segundo. Sin embargo, resulta mucho más cómodo y fácil imaginar que el Sol, la estrella que ilumina cada día nuestras vidas, está a 8 minutos y 20 segundos de distancia-luz, en vez de expresar que está a 150 millones de kilómetros. Es decir, podríamos recordar qué hicimos durante esos 8’20’’ transcurridos desde que los primeros rayos salieron del sol y llegaron a nuestro planeta.

El nacimiento de la escritura y la nebulosa de la Mariposa

Para poder entender la magnitud de la que hablamos proponemos hacer coincidir varios eventos de la historia de la humanidad con la distancia-luz a la que se encuentran algunos de los objetos astronómicos más notables. Así, por ejemplo, tomemos como punto de partida de nuestro viaje el momento en que se fija el inicio de la historia, el nacimiento de la escritura hace unos 3.500 años en Mesopotamia, en el extremo oriental del Mediterráneo. Poco después de ese momento partió la luz que los telescopios captan hoy en día desde la nebulosa de la Mariposa, también denominada NGC 6302, a 3.400 años-luz en la dirección de la constelación de Escorpio.

Nebulosa de la Mariposa. / NASA, ESA, and the Hubble SM4 ERO Team

Estas nubes de gas se produjeron cuando una estrella de masa intermedia, más o menos como nuestro Sol, terminó de fusionar los últimos elementos ligeros que se encuentran en el núcleo para crear otros más pesados. En ese momento, dicho núcleo se compactó para formar una enana blanca y las capas externas fueron eyectadas al medio interestelar.

¿Qué pasó en el cielo durante el inicio del Neolítico?

Otro momento relevante del desarrollo de la humanidad es el inicio de la domesticación de animales y vegetales, lo que conocemos como Neolítico. Aunque las primeras evidencias se documentan en Próximo Oriente hace unos 10.000 años, en pocos siglos aquellas comunidades ocuparon toda Europa. Sin duda, nosotros y nosotras somos sus más directos herederos. En ese mismo momento el cúmulo globular Messier 22, a 10.400 años-luz de distancia, nos envió la luz que hoy podemos ver. Este cúmulo se sitúa en la dirección de la constelación de Sagitario y está muy cerca del bulbo de nuestra galaxia. Está formado por una asociación de decenas o centenas de miles de estrellas, algunas de las cuales se cuentan entre las más antiguas de la Vía Láctea.

En la actualidad los observatorios infrarrojos espaciales y radiotelescopios de la Tierra recogen la radiación electromagnética que salió hace 28.000 años de Sagitario A*, que es como se denomina al núcleo de nuestra galaxia. Hoy sabemos que en el centro de la Vía Láctea hay un agujero negro supermasivo con una masa equivalente a cuatro millones de veces la de nuestro Sol. La presencia de un agujero negro tan enorme en esta posición no es algo anormal, sino un hecho común a todas las galaxias de tamaño similar a la nuestra. Cuando la radiación electromagnética porcedente de Sagitario A* inició su camino hacia la Tierra, algunos de nuestros antepasados más antiguos como especie, el Homo Sapiens, entraban en las cuevas de Altamira para pintar los magníficos bisontes, ciervos, manos y signos, tan enigmáticos a nuestros ojos contemporáneos.

Imagen de las cuevas de Altamira. / Museo de Altamira, D. Rodríguez

El origen del Homo Sapiens y la Gran Nube de Magallanes

Los Homo Sapiens aparecieron en África hace unos 150.000 años, momento en el que la luz emergía de la Gran Nube de Magallanes, más allá de los límites de nuestra galaxia. Esta es la más brillante entre las numerosas galaxias enanas satélite de la Vía Láctea. En ella se encuentra la nebulosa de la Tarántula, donde se halla el criadero de estrellas más masivo de todo nuestro grupo local de galaxias. En esta región se están creando más de diez nuevas estrellas por año y algunas de ellas son tan masivas que provocan vientos galácticos que arrastran el gas a cientos de kilómetros por segundo.

Los primeros homínidos y la galaxia de Andrómeda

Finalmente, si mirásemos por una máquina del tiempo qué ocurría en la Tierra hace dos millones y medio de años, observaríamos el origen de la Humanidad. En aquel momento, nuestros tatarabuelos los Homo Habilis habitaban en África y comenzaban a hacer algo que ninguna especie en nuestro planeta había hecho: transformar la naturaleza para crear instrumentos. Es el inicio de la tecnología, los primeros pasos de lo que hoy son nuestros móviles, telescopios o naves espaciales. Precisamente, a esa distancia espacio-temporal se encuentra la galaxia de Andrómeda o M31. Es el objeto más cercano a la Vía Láctea de un tamaño y masa parecidos. Su descubrimiento, realizado en la década de 1920 gracias a Edwin Hubble, nos concienció de que las galaxias eran numerosas y de que la nuestra no constituía todo el universo.

Galaxia Andrómeda. / Wikipedia, Boris Štromar

Todavía nos parece irreal pensar que su luz haya viajado más tiempo del recorrido por nuestra especie desde nuestro tatarabuelo Habilis. Y eso que es la galaxia más cercana a nosotros, en un universo que alberga miles de millones de ellas. Todo un desafío para nuestra comprensión sobre su inmensidad.

 

* Enrique Pérez Montero es investigador del el Instituto de Astrofísica de Andalucía del CSIC e investigador principal del proyecto de divulgación Astronomía Accesible, que tiene como fin el fomento de la astronomía entre las personas con discapacidad. Juan F. Gibaja Bao es investigador en la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma del CSIC y dirige y participa en diversos proyectos de divulgación científica, como Ciencia Incluisva.

Cinco pinturas contemporáneas que hablan mucho de ciencia

Por Mar Gulis (CSIC)

Este próximo jueves, 25 de marzo, el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) inaugura la exposición Arte y ciencia del siglo XXI. La muestra reúne obras de 35 artistas contemporáneos que trabajan en España: 66 cuadros y 11 esculturas figurativas que el Museo ha puesto a dialogar con la ciencia de hoy. ¿Cómo? Conectando el tema de cada obra con una línea de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, como la alimentación, el envejecimiento, el calentamiento global, la evolución humana o la desigualdad de género. Si quieres ir abriendo boca, aquí tienes algunos de los cuadros que encontrarás en la exposición.

Egg IV

En la muestra, este óleo hiperrealista de Pedro Campos sirve para introducir la investigación en alimentos funcionales de Marta Miguel. Los compuestos bioactivos presentes en alimentos como el huevo son utilizados por esta especialista del Instituto de Investigación en Ciencias de la Alimentación (CSIC-UAM) para elaborar productos que mejoren nuestro metabolismo y prevengan enfermedades relacionadas con nuestro estilo de vida o la malnutrición.

Juanito

La nitidez y definición de esta obra son abrumadoras. Se trata de una pintura al óleo en la que José Luis Corella retrata a un hombre con alzhéimer. Esta enfermedad, cada vez más común entre nuestros mayores, impide generar nuevas neuronas a quienes la padecen. En la exposición, el cuadro nos conduce hasta el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CSIC-UAM), donde María Llorens estudia la neurogénesis adulta en humanos y modelos animales para diseñar terapias que permitan retrasar o disminuir los síntomas del alzhéimer.

El escondite

¿Qué nos distingue verdaderamente de los simios? Este óleo de Arantzazu Martínez suscita una pregunta fundamental a la que tratan de responder investigadores como Antonio Rosas, del MNCN-CSIC. La respuesta está relacionada con el bipedismo, que libera las manos y las convierte en herramientas de precisión, y con el posterior incremento de la capacidad cerebral. Sin embargo, aún nos queda mucho por saber sobre cómo, cuándo y por qué nuestros ancestros modificaron su anatomía y sus modos de vida. Eso nos permitirá entender mejor de dónde venimos, pero también a dónde vamos como especie.

Patio

La subida del nivel del mar provocada por el calentamiento global es evocada en esta imagen onírica, pintada al óleo por Santos Hu. La obra da pie al investigador del MNCN-CSIC David Vieites, comisario de la exposición, a hablar del impacto del cambio global en el modo de vida de millones de personas o de la pérdida de biodiversidad. De este modo, el cuadro nos lleva hasta los centros del CSIC que estudian estos fenómenos y las medidas que hacen falta para prevenirlos y remediarlos.

La labor invisible

La pintora Carmen Mansilla denuncia en este óleo elaborado ex profeso para la exposición que las artes y las ciencias han compartido a lo largo de los siglos la exclusión de las mujeres. Científicas y artistas quedaron ocultas y sus nombres empiezan a conocerse y valorarse en su justa medida con los estudios de género. El Museo destaca que investigadoras como la física Pilar López Sancho –impulsora de la Comisión Mujeres y Ciencia del CSIC– lideran el cambio hacia una mayor participación de las mujeres en ciencia y tecnología.

Los Indianos de La Palma: el carnaval migrante

Por Consuelo Naranjo Orovio y Mar Gulis (CSIC)*

De no ser por la pandemia, hoy 15 de febrero la localidad canaria Santa Cruz de La Palma se habría llenado de gente vestida de blanco, con trajes de lino y sombreros, como ocurre cada lunes de carnaval. En su camino al ayuntamiento para esperar a la Negra Tomasa, protagonista del carnaval palmero, la multitud cubriría la ciudad de un manto blanco al sacudir con sus propias manos botes de polvos de talco. Y ritmos procedentes de Cuba, como las habaneras, las guarachas o las guajiras, sonarían en cada esquina. Más o menos así se podría resumir la fiesta de Los Indianos de La Palma, una curiosa tradición que rememora el pasado migratorio de España.

Celebración de Los Indianos en la Plaza de España en Santa Cruz de La Palma. / Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma - Wikipedia

Celebración de Los Indianos en la Plaza de España en Santa Cruz de La Palma. / Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma – Wikipedia

El origen de esta celebración se remonta a la corriente migratoria hacia Cuba, que tras el final del imperio español en 1898 no terminó, sino todo lo contrario. El flujo continuo de emigrantes, así como las relaciones comerciales y familiares que se mantuvieron, ayudaron a conservar la herencia hispana como parte importante de la cultura e identidad cubanas y viceversa. La fiesta de Los Indianos representa el momento en el que los habitantes de la capital isleña, tras divisar los veleros que llegaban de Cuba, iban a recibir a los llamados ‘indianos’, algunos de los cuales regresaban con fortuna. Quienes atracaban en La Palma vestían con la indumentaria blanca característica cubana y otras costumbres traídas desde el otro lado del Atlántico.

“Se oía hablar más de Cuba, de La Habana, de Caibarién, de Sancti Spíritus… que de Gran Canaria”, comentaba un anciano de La Palma, mientras trataba de recordar los nombres de todas las personas de su pueblo que habían partido a Cuba. La isla caribeña era, en el siglo XIX y gran parte del XX, el lugar de esperanza y promesa de una vida mejor para los isleños, como eran llamados los canarios allí. Con el paso de los años ‘hacer las Américas’ se convirtió para muchos en un viaje de ida y vuelta.

Indumentaria característica de Los Indianos. / Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma

Indumentaria característica de Los Indianos. / Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma

Pero, ¿por qué Cuba? La inmigración en Cuba alcanzó cifras muy altas a partir de las últimas décadas del siglo XIX. Esto obedeció a diferentes factores, algunos de ellos presentes en la isla desde los primeros años de siglo: política de colonización, miedo a la ‘africanización’ y deseos de ‘blanquear’ la población, así como la necesidad de mano de obra barata y abundante para realizar tareas agrícolas, en especial el corte de la caña (zafra). La demanda de trabajadores fue incrementándose a partir de la crisis del sistema esclavista, la expansión de la industria azucarera y el aumento de la capacidad productiva, fundamentalmente a partir de los años ochenta del siglo XIX. En los proyectos de colonización basados en la migración de trabajadores destacó la preferencia por los canarios por su proximidad cultural y familiar a Cuba y sus conocimientos agrícolas.

Como en otros países, el crecimiento económico provocó el desarrollo del mercado interno y la expansión del sector servicios, de manera especial en el medio urbano. Todo ello demandó nuevos trabajadores. El trabajo en el campo fue cubierto principalmente con la contratación temporal de jornaleros españoles. Muchos de los que participaron en esta migración, conocida con el nombre de ‘golondrina’, eran canarios, migrantes temporales que trabajaron aquí y allá, aprovechando que el tiempo de las cosechas era diferente en Canarias y en Cuba.

A partir de los primeros años de la década de 1910 comenzaron a llegar braceros antillanos, sobre todo jamaicanos y haitianos, que cubrieron la continua demanda de los centrales azucareros. Cuba sirve de ejemplo para ver la correlación entre crecimiento económico y entrada de migrantes.

Índice de correlación entre producción azucarera, cotización del azúcar y entrada de inmigrantes españoles, de 1900 a 1930 en Cuba.

Índice de correlación entre producción azucarera, cotización del azúcar y entrada de inmigrantes españoles, de 1900 a 1930 en Cuba.

En el total de la inmigración en Cuba, el grupo que registró más entradas a la isla fue el español. La inmigración española representó entre el 70% y el 80% de la inmigración total entre los años 1917 y 1921. Sin embargo, a partir de 1921, el flujo de inmigrantes descendió de forma brusca como consecuencia de la crisis económica provocada por la caída del precio del azúcar en el mercado internacional. Aunque en los años siguientes la migración a Cuba continuó, nunca llegó a alcanzar las cifras de las décadas anteriores.

‘Hacer las Américas’

El Atlántico fue el entorno en el que se configuró un nuevo mundo. Un mar que más allá de un espacio geográfico fue el escenario en el que se conformó un sistema de relaciones y de culturas en el que tanto migrantes, esclavizados africanos y personas libres conectaron pueblos distantes. Entre los puertos de África, Europa y América se transportaban mercancías, ideas y tecnología, pero también maneras de hablar y de bailar, así como formas de vivir, de pensar y de sentir. La búsqueda de la fortuna, la existencia de familiares, amigos y vecinos, o la necesidad económica animaron a centenares de miles de españoles a dejar su tierra y emigrar a Iberoamérica.

Las redes tejidas a ambos lados del Atlántico consiguieron que la familiaridad mitigara y redujera la lejanía. La tradición oral se encargó de construir un mito sobre América, sobre aquella ‘tierra prometida’ que simbolizaba el Nuevo Mundo. A la creación de este imaginario contribuyeron los relatos que contenían las cartas de aquellos que partieron, el dinero que algunos alcanzaban a reunir y enviar, y los llamados ‘indianos’ o ‘americanos’. Su regreso, y en ocasiones su riqueza, ayudó a construir el mito de ‘hacer las Américas’ y estimuló a emigrar a muchos jóvenes. En este mito, Cuba, Argentina, Brasil, Uruguay, México… y el joven español que un día decidió partir eran los protagonistas.

 

*Consuelo Naranjo Orovio es profesora de investigación del Instituto de Historia del CSIC y directora del proyecto europeo ConnecCaribbean, además de autora de Las migraciones de España a Iberoamérica desde la Independencia, de la colección de divulgación ¿Qué sabemos de?, disponible en la Editorial CSIC y Los Libros de la Catarata.

¿Cómo se mide el tiempo en Marte?

Por Juan Ángel Vaquerizo (CSIC-INTA)*

La respuesta, a priori, es sencilla: en Marte, el tiempo se mide utilizando el Sol. El segundo planeta más pequeño del Sistema Solar y cuarto en cercanía al Sol gira en torno a su eje con un periodo de 24,6 horas, lo que supone que el día solar marciano es aproximadamente un 3% más largo que el día solar terrestre. En concreto, un día en Marte tiene una duración de 24 horas, 39 minutos y 32,55 segundos, lo que se denomina sol.

Amanecer en Marte. / NASA/JPL-Caltech/Doug Ellison/PIA 14293

Amanecer en Marte. / NASA/JPL-Caltech/Doug Ellison/PIA 14293

En la superficie de Marte se utiliza la hora solar local para la medida del tiempo de las misiones que han aterrizado allí. Cada misión tiene su propio tiempo solar local, que estará determinado por su ubicación en el planeta. A pesar de que Marte dispone de un meridiano cero para referir las longitudes geográficas, no tiene zonas horarias definidas a partir de ese meridiano como ocurre en la Tierra. Por tanto, la separación en longitud geográfica de las misiones entre sí determinará la diferencia horaria entre las mismas.

Para determinar el calendario marciano hubo más controversia. Sin embargo, para el día a día de las misiones que han aterrizado en Marte, se ha optado por un criterio más simple: contar los días (soles) en Marte a partir del momento del aterrizaje, que pasa a denominarse sol 0. Por ejemplo, la misión InSight de la NASA (que, por cierto, contiene un instrumento español desarrollado en el Centro de Astrobiología (CSIC-INTA): los sensores mediambientales TWINS) ha sido la última en aterrizar sobre la superficie marciana. Lo hizo el 26 de noviembre de 2018, lo que supone que la nave pasa en Marte hoy su sol 784.

InSight en la superficie marciana. / NASA/JPL-Caltech

InSight en la superficie marciana. / NASA/JPL-Caltech

Las estaciones en el planeta rojo

Del mismo modo que un sol en Marte dura más que un día en la Tierra, la duración del año marciano es también mayor que el terrestre, pues al estar más alejado, describe su órbita alrededor del Sol más lentamente que la Tierra. Un año marciano tiene 668,6 soles, lo que equivale a 687 días terrestres. Esta mayor duración del año hace que las estaciones en Marte sean más largas que las terrestres.

Entonces, ¿hay también estaciones en Marte? Pues sí, en Marte se producen estaciones a lo largo del año debido a que el eje de rotación de Marte también está inclinado respecto al plano de la eclíptica (el plano imaginario en el que los planetas del Sistema Solar giran alrededor del Sol). Esta inclinación del eje, conocida como oblicuidad, es de 25,2° en Marte, un poco mayor que los 23,4393° de la Tierra. Además, la órbita de Marte es más excéntrica que la terrestre.

La órbita más elíptica de Marte provoca que sus estaciones tengan duraciones muy diferentes entre sí, de manera que las primaveras marcianas en el hemisferio norte y los otoños en el hemisferio sur duran 194 soles, siendo así las estaciones más largas. Las estaciones más cortas en Marte son los otoños en el hemisferio norte y las primaveras en el sur, con una duración de solo 142 soles. Los inviernos en el hemisferio norte y los veranos en el sur duran 154 soles; y, finalmente, los veranos en el hemisferio norte y los inviernos en el sur duran 178 soles.

A vueltas con el calendario marciano

Pero, ¿qué ocurre con el calendario marciano? En la Tierra los meses vienen determinados por el ciclo lunar, pero Marte tiene dos lunas, los dos satélites naturales llamados Fobos y Deimos. Como curiosidad, las lunas del planeta vecino reciben sus nombres de la mitología griega: Fobos significa ‘miedo’ y Deimos ‘terror’, y son los nombres de los caballos que tiraban del carro de Ares, el dios griego de la guerra, equivalente al dios romano Marte.

Captura de parte de la órbita que realiza Fobos alrededor de Marte. / NASA, ESA y Z. Levay (STScl)

Captura de parte de la órbita que realiza Fobos alrededor de Marte. / NASA, ESA y Z. Levay (STScl)

Los periodos de Fobos y Deimos son muy cortos, por lo que utilizar el mismo sistema que en la Tierra resulta inútil. Por ello, se eligió dividir el año en segmentos más o menos similares, más largos que nuestros meses, que cubrieran todo el periodo orbital. Los astrónomos Percival Lowell, Andrew E. Douglass y William H. Pickering, Robert G. Aitken y sir Patrick Moore diseñaron calendarios marcianos con mayor o menor suerte, pero no fue hasta 1986 cuando el ingeniero norteamericano Thomas Gangale publicó el calendario dariano, llamado así en honor a su hijo Darius.

En el calendario dariano, el año marciano se divide en 24 meses para acomodarlo manteniendo la noción de un “mes” razonablemente similar a la duración de un mes de la Tierra. El año cero del calendario se situó inicialmente en 1975, año del primer aterrizaje con éxito en la superficie de Marte de una nave estadounidense, con las misiones Viking. Más tarde, se definió como nuevo año cero para el calendario el año 1609, como doble homenaje a la publicación de las leyes de Kepler y la primera observación con un telescopio realizada por Galileo.

MY (martian year) y Ls (longitud planetocéntrica)

La Planetary Society decidió finalmente no emplear un calendario como tal, sino utilizar la longitud planetocéntrica del Sol, conocida como Ls (ángulo que indica la posición de Marte en su órbita alrededor del Sol), para medir la época del año en Marte y que funcionaría a modo de fecha marciana. Así, el valor Ls = 0° corresponde al paso de Marte por el punto vernal, es decir, el equinoccio de primavera en el hemisferio norte marciano; el valor 90° corresponde al solsticio de verano boreal; 180° al equinoccio de otoño boreal y 270° al solsticio de invierno boreal.

En este calendario, el año marciano 1 o MY1 (por sus siglas en inglés) comenzó oficialmente el día 11 de abril de 1955 a las 00:00 h UTC y terminó el 26 de febrero de 1957 a las 00:00 h UTC. El motivo de elegir esta fecha fue hacer coincidir el comienzo del calendario con la tormenta global de polvo que se observó en Marte en 1956. El comienzo de la estación de tormentas de polvo en Marte se produce justo después del paso por el perihelio, el punto de la órbita más cercana al Sol y donde más rápido se desplaza, sobre Ls = 260°.

Posteriormente, el calendario se extendió y se determinó el año marciano 0, MY0, que comenzó el día 24 de mayo de 1953 a las 00:00 h UTC. Cualquier año anterior llevaría delante el signo menos. Por tanto, MY-1 comenzó el 7 de julio de 1951, el MY-2 el 19 de agosto de 1949, y así sucesivamente. Como curiosidad, la primera observación conocida de Marte con un telescopio, realizada por Galileo a finales del año 1610, correspondería al MY-183.

El róver Curiosity en Marte. / NASA/JPL-Caltech/MSSS

El róver Curiosity en Marte. / NASA/JPL-Caltech/MSSS

Así pues, con este criterio de designación de fechas, el róver Curiosity (que lleva a bordo el otro instrumento español en Marte: REMS, la estación medioambiental también del Centro de Astrobiología) aterrizó en Marte el MY31 Ls150, es decir, el 6 de agosto de 2012. Y por su parte, InSight el MY35 Ls112.

Sea cual fuere el modo de medir el tiempo en Marte, dado que la idea de enviar seres humanos a explorar Marte es ya un proyecto consolidado, no estaría de más ir buscando un criterio unificado. No vaya a ser que el primer ser humano que ponga el pie en Marte no sepa cómo poner su reloj en hora.

 

* Juan Ángel Vaquerizo es el responsable de la Unidad de Cultura Científica del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA) y autor del libro ‘Marte y el enigma de la vida’ (CSIC-Catarata) de la colección ¿Qué sabemos de?

Ojo al ‘data’: un paseo filosófico por las nubes digitales

Por Txetxu Ausín (CSIC)*

Las nubes son la exitosa metáfora para referirnos a la nueva realidad digital en la que vivimos. Una realidad configurada por las redes sociales, la inteligencia artificial y la analítica de los datos masivos o big data que se recogen en la interacción e interconexión creciente de humanos, artefactos e instrumentos que registran, procesan y reutilizan enormes cantidades de información. Las nubes parecen blancas, etéreas, inofensivas, pero están reconfigurando radicalmente nuestro mundo y nuestras relaciones; por ello son tecnologías disruptivas, que impulsan transformaciones radicales y a gran velocidad en esta nueva era de los humanos llamada Antropoceno. Cada vez más nos configuramos como sistemas sociotécnicos donde todas nuestras interrelaciones están mediadas tecnológicamente; mantenemos una interacción física, cognitiva y hasta emocional con la tecnología, difuminándose las fronteras entre sujetos humanos y artefactos.

Les invito a dar un paseo por las nubes, a pensar este nuevo ecosistema digital de la mano de la filosofía, para indagar y preguntarnos por su esencia, por la concepción del ser humano que entrañan, por el tipo de conocimiento que generan, por su impacto medioambiental, por su ética y su política.

Ilustración de Irene Cuesta (CSIC).

Empecemos por la realidad de los datos

Los datos están en todas partes (“data is all around”), son ubicuos, de modo que se está produciendo una ‘datificación’ de la vida, una representación digital de la realidad, una ontología de datos donde se pretende poner en un formato cuantificado todo, para que pueda ser medido, registrado y analizado. Es decir, todo se transforma en información cuantificable. Así que el tamaño importa, ya que, cambiando el volumen y la cantidad de datos manejados, se está cambiando en cierto modo la esencia de la realidad.

Esta antigua búsqueda de la humanidad se desarrolla hoy exponencialmente por medio de la digitalización y los sistemas de Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Se cuantifica el espacio (geolocalización), se cuantifican las interacciones humanas y todos los elementos intangibles de nuestra vida cotidiana (pensamientos, estados de ánimo, comportamiento) a través de las redes sociales, se ha convertido el cuerpo humano en una plataforma tecnológica y se monitorizan los actos más esenciales de la vida (sueño, actividad física, presión sanguínea, respiración…) mediante dispositivos médicos, prendas de vestir, píldoras digitales, relojes inteligentes, prótesis y tecnologías biométricas, en espacios públicos y privados (lo que se conoce como ‘internet de los cuerpos‘). Se datifica todo lo que nos rodea mediante la incrustación de chips, sensores y módulos de comunicación en todos los objetos cotidianos (‘internet de las cosas‘).

Si pensamos en términos ontológicos, no son ya los átomos sino la información la base de todo lo que es (‘internet del todo‘). Un universo compuesto esencialmente de información (infosfera). Una nueva perspectiva de la realidad, del mundo, como datos que pueden ser explorados y explotados. Además, la llamada ideología deldataísmo‘ es una nueva narrativa universal que regula nuestra vida y que viene legitimada por la autoridad de los datos masivos: el universo consiste en flujos de datos y el valor de cualquier fenómeno social o entidad está determinado por su contribución al procesamiento de datos. Y esto no es una teoría científicamente neutral porque pretende determinar lo que está bien y está mal con relación a un valor supremo, el flujo de información: será bueno aquello que contribuya a difundir y profundizar el flujo de información en el universo y malo, lo contrario; la herejía es desconectarse del flujo de datos.

     Ilustración de Irene Cuesta (CSIC).

El ser humano de la realidad de los datos

Dicho lo anterior, este paseo nos lleva a la antropología, a la concepción de ser humano y de su identidad que encierran las nubes. Se datifican todos los aspectos de nuestra vida (yo-cuantificado) y, no solo eso, se otorga un valor comercial a esa datificación, de modo que nuestras actividades nos definen como un objeto mercantil (somos el producto). Eso conduce a una constante optimización de uno mismo, donde el tiempo libre se vive igual que el tiempo de trabajo y está atravesado por las mismas técnicas de evaluación, calificación y aumento de la efectividad. Se da una progresiva desaparición de lo privado y una servidumbre voluntaria con relación a las nubes y la ‘mano invisible’ del flujo de datos. El concepto de rendimiento se refiere ya a la vida en su totalidad (24/7) en lo que se ha llamado ‘economía de la atención‘ y ‘capitalismo de vigilancia‘.

Filosofía del conocimiento

No es más halagüeña la perspectiva desde la filosofía del conocimiento o epistemología. Es cierto que la digitalización ofrece oportunidades de alfabetización científica, de creación de reservas epistémicas, de nuevos espacios formativos y de mayor transparencia y rendición de cuentas de las administraciones, favoreciendo la participación y el compromiso ciudadano con las políticas públicas. Además, las nubes de sanidad digital, educación online o mercados transforman las sociedades de países empobrecidos y contribuyen a la realización de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Sin embargo, la analítica de big data está transformando el método científico privilegiando las correlaciones frente a la causalidad como modelo explicativo de la realidad —recuérdese que una correlación es un vínculo o relación recíproca entre varias cosas—. No obstante, el hecho de que dos eventos se den habitualmente a la vez o de manera consecutiva no implica que uno sea la causa de otro. El big data establece correlaciones muy fuertes entre diferentes eventos o informaciones, pero eso no significa automáticamente que unos constituyan la causa o el origen de los otros, que serían su efecto.

Y aunque el big data se ha planteado como la panacea para la toma de decisiones más acertada, imparcial y eficiente, que evitaría los errores humanos y garantizaría un conocimiento más fiable, ha obviado algo básico, los sesgos. Esto es, los prejuicios y variables ocultas a la hora de procesar la información, las tendencias y predisposiciones a percibir de un modo distorsionado la realidad —sesgos que no desaparecen nunca aumentando el tamaño de la muestra y que están implícitos en los datos o en el algoritmo que los maneja—. Además, disponer de más datos no implica automáticamente un mayor y mejor conocimiento. Tener ingentes cantidades de datos puede conducir a la confusión y al ruido, los datos no son siempre información significativa, y los algoritmos son tremendamente conservadores porque reflejan lo que hay, lo dado, el prejuicio subyacente en la sociedad, escamoteando la discusión acerca de qué valores son preferibles, sin ninguna ambición transformadora. Los algoritmos, que no son sino un conjunto de pasos ordenados empleados para resolver un problema o alcanzar un fin (una codificación de medios y fines), se presentan bajo una apariencia de neutralidad, pero no dejan de ser opiniones encapsuladas.

Ilustración de Irene Cuesta (CSIC).

Ética y ecoética

Ligado a lo anterior, si hablamos de responsabilidad y ética, las nubes digitales presentan riesgos morales importantes en términos de daños a los individuos y a la sociedad:

  • Discriminación por sobrerrepresentación de personas con ciertas características y exclusión de otras; un asunto vinculado a los sesgos, como la discriminación de género o racial. Por ejemplo, las mujeres tienen menos posibilidades de recibir anuncios de trabajo en Google y el primer certamen de belleza juzgado por un ordenador colocó a una única persona de piel oscura entre los 44 vencedores, como señala Cathy O’Neil en Armas de destrucción matemática.
  • Dictadura de datos (políticas predictivas), donde ya no somos juzgados sobre la base de nuestras acciones reales, sino sobre la base de lo que los datos indiquen que serán nuestras acciones y situaciones probables (enfermedades, conductas…).
  • Perfilamiento (configuración de un ‘perfil de riesgo’) y estigmatización, cuando se define y manipula nuestra identidad, invadiéndose la privacidad y espacios íntimos incluso a nivel cognitivo-conductual y emocional.

Pero estas nubes digitales, desde una perspectiva medioambiental y ecoética, tampoco responden a la ‘desmaterialización’ de la economía que prometen. Por un lado, la fabricación de redes y productos electrónicos supera con creces la de otros bienes de consumo en términos de materias primas. Por ejemplo, el gasto en combustibles fósiles utilizados en la fabricación de un ordenador de sobremesa supera 100 veces su propio peso mientras que para un coche o una nevera la relación entre ambos pesos (de los combustibles fósiles usados en su fabricación y del producto en sí) es prácticamente de uno a uno. Por otro lado, los grandes centros de computación y de almacenamiento de datos en la nube requieren enormes cantidades de energía y tienen una alta huella por emisiones de CO2, con un impacto medioambiental muy elevado. El consumo eléctrico es tan grande que las emisiones de carbono asociadas son ingentes, como denuncia el movimiento Green Artificial Intelligence.

   Ilustración de Irene Cuesta (CSIC).

Propiedad y poder

Y es que, para terminar con una reflexión propia de la filosofía política, la que se refiere a la propiedad y al poder, hay que recordar que las nubes digitales son los ordenadores de otros, de esos gigantes tecnológicos, “señores feudales del aire”, como los llama Javier Echeverría, que dominan esta nueva realidad de la internet del todo. Además, las tecnologías digitales, las nubes, modulan la política a través de la manipulación de los mensajes, las fake news, la cultura del espectador o la polarización; los artefactos tienen política, incorporan valores, y la tecnología crea formas de poder y autoridad. Cuando hacemos entrega de (todos) nuestros datos, a cambio de unos servicios relativamente triviales, acaban en el balance de estas grandes compañías. Y, además, esos datos son después utilizados para configurar nuestro mundo de una manera que no es ni transparente (no se conocen los algoritmos de estas grandes compañías) ni deseable, convirtiéndose en un instrumento de dominación.

Un desarrollo justo y socialmente responsable de las nubes digitales exige un empoderamiento tecnológico de la ciudadanía, una alfabetización sobre este nuevo mundo digital, así como un nuevo pacto tecno-social entre usuarios, empresas y estados, sobre la base de principios éticos, que evite las injusticias algorítmicas mencionadas (discriminación-perfilamiento-sesgos-exclusión) y que promueva la apropiación social de la tecnología para el bien común. No nos durmamos en las nubes.

* Txetxu Ausín es investigador del Instituto de Filosofía del CSIC (IFS-CSIC), donde dirige el Grupo de Ética Aplicada.

¿Cómo ha cambiado nuestra movilidad con la pandemia? Ayúdanos a estudiarlo

Por Frederic Bartumeus y John Palmer (CSIC)*

La eliminación de las restricciones impuestas para doblegar la primera ola de la epidemia de COVID-19 trajo consigo un aumento de la movilidad y de las interacciones sociales, pero no de una forma homogénea en el conjunto de la población. Esta es una de las primeras conclusiones de las dos encuestas sobre movilidad y distanciamiento social realizadas a la población en el marco del proyecto Distancia-COVID, en el que participamos investigadores e investigadoras de varios centros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

Nuestro objetivo es comprender mejor las dinámicas de contagio observadas durante las distintas fases de la pandemia y contribuir a plantear escenarios de mayor utilidad para gestionar la crisis generada por el SARS-CoV-2. Por eso acabamos de lanzar una tercera encuesta completamente anónima en la que te animamos a participar.

Movilidad COVID

Imagen de César Hernández (CSIC)

Cambios tras el estado de alarma

Gracias a las respuestas de 6.952 personas, hemos podido aproximarnos a la diversidad de los patrones de movilidad e interacción social de la población española entre el 14 de mayo y el 31 de agosto de 2020. Los resultados obtenidos nos indican que, si bien en este periodo la estructura de los hogares –el número de personas y las edades con los que se convive– no cambió, lo que sí lo hizo fue el número de contactos diarios fuera de casa.

Con la supresión del estado de alarma la población de más de 20 años pasó de una media de 3 contactos diarios durante el confinamiento a una media de 5. Sin embargo, este cambio no fue homogéneo ya que los contactos aumentaron principalmente en franjas de edad concretas: por un lado, crecieron los encuentros entre jóvenes de 20 a 29 años y, por otro, los contactos de mayores de 65 con personas de 30 a 49 años.

Las estimaciones denotan un cambio notable en el número medio de contactos en la franja de 20 a 29 años, pero la encuesta no nos informa de su contexto y puede haber múltiples causas que expliquen este aumento. En el caso del grupo de edad igual o mayor de 65 años el incremento podría corresponderse con personas mayores que se relacionan con los que generacionalmente podrían ser sus hijos adultos.

En relación a la movilidad, nuestro estudio muestra que durante el estado de alarma la mayoría de los movimientos de las personas encuestadas fuera de casa no superaban los 10 kilómetros de distancia. De hecho, el 40% informó de que sus desplazamientos diarios no iban más allá de un radio de acción de 1 km alrededor de su casa. Sin restricciones, los desplazamientos por encima de los 10 km se dispararon, al igual que lo hicieron el número de salidas semanales.

El destino de los viajes de los encuestados durante y tras el estado de alarma siguió dominado por los comercios, así como por escapadas a espacios públicos y viajes diarios a los lugares de trabajo. No obstante, será necesario realizar un modelo estadístico de los datos disponibles para poder hacer estimaciones más detalladas y fiables sobre la distancia y destino de los desplazamientos.

Iniciamos la tercera fase de encuestas

La primera encuesta se llevó a cabo dentro del período de estado de alarma, entre el 14 mayo y el 10 de junio de 2020. La segunda se completó ya fuera de este período, entre el 24 de julio y el 31 de agosto, cuando ya no existían la mayoría de las restricciones. Los datos obtenidos se han recogido en un informe, que también incluye unas primeras estimaciones de los parámetros de movilidad y distanciamiento social para el conjunto de la población española.

Para poder completar esta información necesitamos más datos y por ello vamos a realizar una tercera encuesta, en la que se puede participar de manera anónima a través de la página web del proyecto: https://distancia-covid.csic.es/encuesta/

Las preguntas del cuestionario se centran en las dinámicas de movilidad, el número de contactos mantenidos en los últimos días y las personas con las que se convive en un mismo hogar. Participar en la encuesta es contribuir de una forma importante a la lucha científica contra la COVID-19 en España.

 

* Frederic Bartumeus es investigador del CSIC en el Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB) y el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF). John Palmer es profesor de la Universidad Pompeu Fabra (UPF). En el proyecto  Distancia-COVID participan también el Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos (IFISC), un centro mixto del CSIC y de la Universitat de les Illes Baleares, el Instituto de Física de Cantabria (IFCA-CSIC) y el Instituto de Economía, Geografía y Demografía (IEGD-CSIC).

¿Por qué hay tantas razas de perros?

Por Tessa Lynn Nester y Mar Gulis (CSIC)*

Los hay grandes como un mastín italiano y pequeños como un yorkshire terrier; de pelo largo al estilo chow chow o corto tipo dogo; con el cráneo achatado de un bulldog o alargado como un pastor alemán… Y, sin embargo, todos pertenecen a la misma especie: Canis familiaris. El perro es el mamífero con más diversidad morfológica que existe sobre la superficie de la Tierra.

Ilustración de Irene Cuesta

Ilustración de Irene Cuesta (SINC).

¿Cómo es posible que haya perros tan distintos? ¿Por qué entre los individuos de esta especie hay una variedad mucho mayor que entre los de otras especies, como el ser humano, cuyo origen es muy anterior? ¿Acaso los lobos, los parientes más cercanos de los perros, no se parecen mucho más entre ellos?

La respuesta a estas preguntas es relativamente sencilla: los perros son tan increíblemente diversos porque los seres humanos los ‘hemos hecho’ así. Para entender mejor esta respuesta, tenemos que hablar de cómo surgieron y cómo han evolucionado hasta la actualidad.

El origen del perro

Hoy sabemos que los perros son lobos domesticados a partir de una especie de lobo extinta y no de los lobos modernos (Canis lupus). De hecho, se cree que los lobos que conocemos en la actualidad y los perros son taxones (grupos de especies) hermanos que descienden del mismo ancestro común.

Sin embargo, el origen del perro es muy controvertido ya que no existe un acuerdo sobre dónde o cuándo se produjo la domesticación. Hay estudios genéticos que sitúan este evento en Asia, mientras que otros lo hacen en Oriente Medio o Europa. Los resultados de estas investigaciones tampoco coinciden en las fechas, de modo que el nacimiento de la especie puede haber ocurrido entre hace 20.000 y 40.000 años. Por otra parte, puede ser que todas tengan algo de razón y que existieran varios momentos de domesticación a lo largo de la historia.

Razas de perros

Hoy vemos una gran variedad entre las distintas razas de perros. / Mary Bloom, American Kennel Club, Shearin y Ostrander, 2010.

La domesticación es un proceso evolutivo en el que un organismo se adapta a un entorno humano a través de influencias que las personas ejercen sobre su reproducción y cuidado. A lo largo de las generaciones, este proceso cambia el genoma de la especie y, con ello, la morfología y el comportamiento del animal. Pero la manera concreta en que los lobos se convirtieron en animales domésticos también es tema de debate.

Se ha pensado que los humanos capturaron a los lobos y los domesticaron, pero esto es poco probable si tenemos en cuenta el comportamiento de los lobos salvajes. Es más factible que los lobos se hayan domesticado en un proceso conocido como autodomesticación. Desde este punto de vista los lobos más amistosos se habrían domesticado durante el Paleolítico a base de pasar tiempo cerca de comunidades cazadoras y recolectoras, comiendo las sobras, y se habrían hecho dependientes de los seres humanos con el paso del tiempo. Además, en ese proceso habrían desarrollado tolerancia al almidón, un carbohidrato común en la comida humana que los lobos salvajes siguen sin poder digerir. Después de poco tiempo, aquellos lobos se habrían hecho domésticos al encontrar un nicho en la sociedad humana.

Humanos y perros: una relación simbiótica

Lo que parece evidente es que entre los lobos domesticados y los seres humanos se formó una relación simbiótica de la que ambos grupos se beneficiaban. Los primeros conseguían comida y resguardo y los segundos un nuevo compañero, guardián y cazador.

La arqueología ha arrojado diversas muestras de esta relación, como las pinturas rupestres de hace miles de años encontradas en Arabia Saudí que parecen mostrar a un grupo de cazadores llevando a perros atados con correas. O el yacimiento de Oberkassel (Alemania), en el que se encontraron los restos de un perro y dos adultos humanos que vivieron hace 14.000 años y que habían sido enterrados juntos.

Pinturas Arabia Saudí

Las pinturas rupestres descubiertas en Arabia Saudí se remontan a miles de años atrás y posiblemente muestren a los cazadores llevando a los perros con correas. Es posible que sea una de las ilustraciones más antiguas de perros domésticos. / Journal of Anthropological Archaeology.

A partir de la dentición, se averiguó que el perro sufrió el virus del moquillo cuando tenía alrededor de 19 semanas y luego falleció a las 27-28 semanas de edad. Este descubrimiento es muy llamativo porque el virus del moquillo suele causar una muerte bastante rápida, durante las tres primeras semanas después del contagio, y el perro sobrevivió 4-5 semanas más de lo que habría sido normal. El hecho de que el perro no supusiera ninguna ventaja para sus amos durante el periodo en el que estaba enfermo y que aun así lo mantuvieran y llegaran a enterrarse con él nos indica que, además de asistirlo, posiblemente tenían vínculos afectivos que les unían al animal.

En cualquier caso, es evidente que en la actualidad mantenemos con los perros lazos de confianza y emocionales. Este es un fenómeno fácil de ver entre individuos de una misma especie –por ejemplo, entre una madre y su hijo–, pero muy poco frecuente entre individuos de especies distintas. De hecho, parece que el caso del perro y el ser humano es el único que existe.

Las razas del perro

Los perros siempre han sido muy útiles en nuestra sociedad en un gran número de papeles: pastores, guardianes, cazadores, rescatadores, compañeros etc. Dependiendo de su función, han sido seleccionados para tener las características que les permitieran hacer mejor su trabajo. Por ejemplo, los perros ganaderos son muy grandes, fuertes y con los músculos marcados porque a lo largo de generaciones los seres humanos han seleccionado a este tipo de individuos para que sean capaces de guardar el ganado y protegerlo de los depredadores.

Esta selección artificial es la responsable de que los perros sean tan distintos en su pelaje, tamaño y habilidades. No obstante, las razas de perro se diferencian mucho en su aspecto físico y poco en su genoma, ya que los rasgos físicos son solamente el resultado de pocos genes.

Aunque la domesticación empezó hace miles de años, la formación de las razas modernas tuvo lugar en el siglo XIX. Durante esta época, las personas aficionadas a los perros comenzaron a criarlos de acuerdo con un estándar de linaje, aspecto y comportamiento, y a fomentar de este modo las características que más les interesaban en cada caso. Así, en 1873 se creó en Londres el English Kennel Club, el primer club de razas de perros. Hoy, su homólogo estadounidense, el American Kennel Club, reconoce 193 razas, cada cual con sus propias características, temperamento y morfología.

Perros Moscú

Los perros callejeros en Moscú se parecen mucho debido al intercambio genético y a la pérdida de la selección artificial. / Andrey, Wikipedia.

Pero si dejáramos que todas las razas se entrecruzaran durante un periodo de tiempo las veríamos desparecer. Debido al intercambio genético, tendríamos solamente una raza de perro, en lugar de todas las que vemos hoy. Como ejemplo, los perros callejeros en Moscú, que han estado viviendo en las calles durante más de 150 años, sin las restricciones de la selección artificial. Sus acervos génicos se han mezclado rápidamente, lo que ha dado lugar a una única ‘raza’ de perro. Esto quiere decir, que somos los humanos los que mantenemos la separación de las razas evitando que se entrecrucen. Es nuestra especie la que mantiene y controla los rasgos y las características de los perros.

 

* Tessa Lynn Nester es investigadora predoctoral en el Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC. Este texto es una reelaboración del artículo Mastín italiano vs yorkshire terrier. ¿Son la misma especie?, publicado en la revista Naturalmente.

Islam e islamismo: distinguir conceptos y deshacer tópicos

Cristina de la Puente (CSIC)*

La mayoría de lectores de este blog perteneceréis a países occidentales y es probable que pocos estéis familiarizados con el islam. En la Unión Europea, los musulmanes son minoría, aunque una minoría significativa: un 3,12%, lo que supone 15 millones de personas. Sin embargo, el reparto es desigual y hay naciones donde se duplica ese porcentaje: un 6% en Francia y Bélgica, y un 4% en Alemania, por ejemplo.

En 2017, en España se calculaba que había 3,6% de musulmanes. Pero su reparto regional también era desigual, porque, dejando al margen Ceuta y Melilla, donde el porcentaje es muy elevado, la mayoría vive en Cataluña, cuya población musulmana alcanza el 6,9% del total, el 11,1% en la provincia de Gerona. Por consiguiente, no es extraño que exista confusión con ciertos términos que son necesarios para comprender el mundo islámico, para interpretar la información que nos llega al respecto, así como para deshacer tópicos. Para empezar, islam no es islamismo y árabe no es sinónimo de musulmán.

Musulmanas leyendo el Corán en una mezquita durante el Ramadán. / Rawpixel Freepik

Musulmanas leyendo el Corán en una mezquita durante el Ramadán. / Rawpixel Freepik

El islam es una religión y por extensión una cultura y, por tanto, existen numerosas maneras de aproximarse a ella. Quien profesa esta religión es un musulmán (islam sí que es sinónimo de religión musulmana). En la actualidad, hay más de 1.500 millones de musulmanes en el mundo, una cifra que sigue creciendo debido a la alta natalidad en los países de mayoría musulmana y porque el islam es una religión proselitista (en este sentido, las musulmanas no pueden casarse con no musulmanes, lo cual en principio garantiza que su descendencia permanezca siempre en el seno del islam, y los varones pueden hacerlo, pero sus hijos serán siempre considerados musulmanes).

Nos referimos a este grupo de países de mayoría musulmana como mundo islámico, que abarca todo el norte de África, una parte importante del África subsahariana, el Oriente Próximo y grandes zonas de Asia central, un territorio extenso de población muy numerosa del subcontinente indio, así como los archipiélagos indonesio y malayo. En Europa, es ligeramente mayoritario en Albania y en Bosnia Herzegovina (52% en ambos territorios).

Por otra parte, el término mundo árabe alude al conjunto de países donde el idioma árabe es mayoritario y oficial, los cuales constituyen la Liga Árabe. Todas estas naciones, aunque de mayoría musulmana, poseen población autóctona perteneciente a otras religiones, como el Líbano, donde el 50% de la población es cristiana. Sin embargo, en España hay una tendencia a asociar musulmán exclusivamente con árabe por diversos motivos: porque el islam nace en Arabia, por la razón de nuestra proximidad geográfica con el mundo árabe y, sobre todo, a causa de nuestra propia historia, pues durante muchos siglos una parte de la península ibérica estuvo arabizada e islamizada. En definitiva, árabe no es sinónimo de musulmán porque hay minorías árabes cristianas y judías y, sobre todo, porque los árabes suman 350 millones aproximadamente y esa cifra solo representa un 22% de la población musulmana total en el mundo.

Otro término que merece especial atención es el de la islamología o estudios islámicos. Esta disciplina permite conocer el mundo islámico de forma profunda y cada vez más rigurosa. Lo lleva haciendo desde finales del siglo XVIII a través de metodologías y herramientas, como la filología, es decir, la lectura científica de los textos en sus lenguas originales, en este caso, árabe, persa, turco, urdu, etc., que facilita su progresivo conocimiento, interpretación y contextualización de los hechos. Esos textos muestran que no existe un único islam, un único credo, ni una única explicación, sino una religión con unas características básicas y comunes, con múltiples puntos de vista, y que ha evolucionado a lo largo de los siglos.

Ni si quiera el Corán, el libro sagrado que contiene la revelación divina, es inmutable a la hora de ser interpretado. Por ejemplo, la esclavitud está presente y parcialmente regulada en el Corán y fue abolida en casi todos los países de mayoría musulmana sin que se haya levantado ninguna voz a favor de su restauración. Otro ejemplo de actualidad es el del hiyab, “velo”. Esta palabra aparece en el Corán, pero no hay una doctrina concreta sobre la vestimenta de los y las musulmanas. La forma de vestir se ha interpretado de mil formas distintas, que oscilan desde considerar que hay que vestir de manera púdica y honesta, pero no es necesario cubrirse la cabeza, hasta creer que solo han de dejarse los ojos al descubierto, o ni siquiera eso.

Al-Masjid an-Nabawi (la Mezquita del Profeta), en Arabia Saludita. / Pixabay

Al-Masjid an-Nabawi (la Mezquita del Profeta), en Arabia Saudita. / Pixabay

Islamismo. Más allá del islam

Solemos meter en el mismo saco los términos islam e islamismo. Pero no son lo mismo. Aunque en español el nombre de las demás religiones acabe en “ismo” -cristianismo, budismo, judaísmo, etc.-, es incorrecto llamar islamismo al islam. De igual forma, quien practica esta religión no es un islamista, sino un musulmán, como ya hemos visto. Tampoco se denomina islamista a quien dedica su vida al estudio del islam, pues ese es un islamólogo. Por otro lado, también es incorrecto llamar a los musulmanes mahometanos porque mientras que los cristianos siguen a Cristo, a quien consideran la encarnación de Dios, y creen en él, los musulmanes no siguen a Mahoma, pues para ellos este es solo un hombre elegido por Dios para transmitir su revelación. Le admiran, pero no le adoran.

Islamismo se refiere a aquellas doctrinas que consideran que el islam no es solo una religión, sino que debe estar presente en la esfera privada y también en todas las instituciones, y debe ser la guía primera que rija su convivencia y sus normas, así como el fundamento de la jurisprudencia de los países musulmanes. Islamistas son, entonces, quienes defienden el islamismo, quienes desean la implantación del islam y la Ley Islámica, “sharía”, en todas las estructuras del Estado, públicas y privadas.

Mapa de países y su utilización de la sharía: en morado, sharía estatal; en verde, los países miembros de la Organización para la Cooperación Islámica que no tienen la sharía como base de su sistema judicial; naranja, sharía a nivel regional; amarillo, sharía como ley familiar. / Wikipedia

Mapa de países y su utilización de la sharía: en morado, sharía estatal; en verde, los países miembros de la Organización para la Cooperación Islámica que no tienen la sharía como base de su sistema judicial; naranja, sharía a nivel regional; amarillo, sharía como ley familiar. / Wikipedia

Cabe señalar, finalmente, que la ideología islamista es numéricamente muy minoritaria en el mundo islámico, aunque la repercusión de sus acciones haya sido y sea hoy enorme. También es necesario reiterar que hay muchos credos dentro del islam y dentro del islamismo. En este último caso, hay una gran variedad de movimientos que sostienen no solo ideas muy distintas, sino a veces muy enfrentadas entre sí.

* Cristina de la Puente es investigadora en el Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo del CSIC y autora del libro ‘Islam e islamismo (CSIC-Catarata) de la colección ¿Qué sabemos de?

¿Eres capaz de ver violencia en esta escena medieval?

Por Antonio Ledesma (CSIC) *

A diferencia de lo que muchas personas piensan, la Edad Media no fue un período marcado solo por la violencia y la guerra, como da a entender la serie Juego de tronos. Sin embargo, en este post vamos a fijar la atención en los conflictos sociales de la época. Lo haremos de una forma muy particular: relacionándolos con los procesos constructivos. La historia del arte es una disciplina muy útil para abordar las manifestaciones culturales de un período histórico, pues, como afirma Paul Zanker, “el mundo de las imágenes (…) refleja el estado interno de una sociedad y permite obtener una idea de la escala de valores y de las proyecciones de los contemporáneos, aspectos que frecuentemente no se manifiestan en las fuentes literarias”.

Entre los años 1050-1300, en Europa se advierte una gran eclosión constructiva. “Parecía como si el mundo, queriendo sacudirse de sus sucios harapos, fuera a vestirse con el blanco manto de las iglesias”, escribió entonces el monje cluniacense Raúl Glaber, que vivió a comienzos del siglo XI. En esta época se desarrolló lo que se conoce como arte románico, estilo que predomina en el continente durante los siglos XI, XII e inicios del XIII, y cuyo peso en la construcción de la identidad cultural europea justifica, por ejemplo, su presencia en los billetes de diez euros.

Ahora te animamos a observar una escena correspondiente a aquel momento:

Vista completa de la escena representada en el capitel del monasterio de San Pedro de Valdecal (Palencia). / © Javier M. - Proyecto Petrifying Wealth

Vista completa de la escena representada en el capitel del monasterio de San Pedro de Valdecal (Palencia). / © Javier M. – Proyecto Petrifying Wealth

Esta representación se encuentra en un capitel identificado entre los restos del monasterio de San Pedro de Valdecal, conjunto que se localizaba en tierras palentinas y del que hoy solo restan algunos vestigios y unos cuantos testimonios documentales. En palabras de Miguel Ángel García Guinea, el monasterio tuvo que ser “uno de los edificios desaparecidos más importantes del románico palentino”. El capitel, que se expone en la actualidad en el Museo Arqueológico Nacional (MAN), resulta excepcional por la escena que representa y por eso ha recibido la atención de especialistas renombrados, como García Guinea o Serafín Moralejo. Y tú, ¿qué ves? ¿Crees que hay violencia en esta, aparentemente, “inocente” escena?

En el proyecto Petrifying Wealth pensamos que sí. Hasta la fecha la imagen era considerada por la comunidad investigadora como una escena vinculada con el proceso constructivo, que representaba a porteadores de agua o de argamasa, materiales necesarios para la obra. Desde este punto de vista, el capitel de San Pedro de Valdecal reinterpretaría un capitel considerado como su referente: el que se encuentra en el interior de la iglesia del antiguo y afamado cenobio de San Martín de Frómista, también en Palencia, a casi 50 kilómetros de distancia en línea recta de Valdecal. Este referente repercutiría también en un capitel fracturado del interior de Santa Julián en Santillana del Mar, ya en tierras cántabras, donde la acción representada se ha vinculado más con la vendimia.

Sin embargo, en Valdecal los objetos y los gestos de los personajes representados plantean una lectura complementaria que dota a la pieza de especial interés y tiene enormes implicaciones, ya que añade un rasgo especial: la violencia. Es probable que este capitel constituya uno de los testimonios artísticos más singulares que reúne violencia y construcción.

Capitel del monasterio de San Pedro de Valdecal (Palencia) y detalle del mismo. © Museo Arqueológico Nacional.

Capitel del monasterio de San Pedro de Valdecal (Palencia) y detalle del mismo. / © Museo Arqueológico Nacional

Sumamente sintética y con varios destellos de gran virtuosismo técnico, la escena se compone por cuatro figuras en total, dos centrales y una en cada costado, todas masculinas y en edad juvenil. Los dos personajes del frente llevan una gran herrada a hombros e interactúan con sus contrarios en un tipo de acción que es familiar en la cultura visual popular gracias a los característicos belenes navideños, que suelen presentar tareas y disposiciones similares. No obstante, aquí el portador de la izquierda es golpeado en su espalda por un instrumento de disciplina que es agarrado con firmeza con las dos manos por el sujeto del costado; mientras que el portador de la derecha es tirado del cinturón por la figura del extremo derecho, que busca su control. El sojuzgado rehúye a su vez su autoridad colocando su mano izquierda sobre la muñeca del agresor, lo que genera una clara tensión entre ambos, a diferencia de lo que sucede con los otros dos sujetos. De este modo, se puede hablar de dominio y de una coacción nada sutil hacia los portadores (todo delata que siervos), por parte de los otros dos sujetos. Estos últimos, además, van calzados –al contrario que los porteadores, que llevan los pies desnudos– y presentan una mayor corpulencia, factores ambos que acentúan las diferencias sociales y su relación jerárquica.

Un caso singular en el que se identifica ‘construcción y violencia’

Durante los siglos que abarca este período se han documentado en contextos constructivos conflictos de diversa índole, en especial de carácter económico, si bien no siempre violentos. Sin embargo, en representaciones artísticas no se conocen más testimonios a nivel hispano que combinen constructio et violentia, aunque no hay que perder del horizonte el abultado número de testimonios existentes y la imposibilidad de reconocer todos. Para hacernos a la idea, solo la provincia de Palencia concentra el mayor número de monumentos románicos en toda Europa. Esta situación acentúa el interés de este ejemplar pétreo sin que se pueda hacer referencia a un unicum.

Pero, ¿por qué se eligió representar una escena de estas características y con qué objetivos? Es un interrogante difícil de responder, ya que se han perdido el contexto sociocultural del que emergió y la casi totalidad de las piezas del rompecabezas. Todo parece indicar que se trata de una escena de conflicto enmarcada en un ciclo laboral, tal vez en el contexto de una construcción, y que podría corresponder a una amonestación a la violencia ejercida por los que ostentaban el poder, pero su descontextualización impide poder concretar más. “Aún queda gran cantidad de no libres, de hombres y mujeres cuyo cuerpo pertenece a alguien que lo vende, que lo da, y a quien deben obedecer en todo”, afirma el historiador Georges Duby sobre la Europa del año mil. Según un testimonio documental, el monasterio ya estaría en construcción en el primer cuarto del siglo XII y para la obra esculpida se han barajado fechas entre fines del siglo XI y principios del XII. De ser así, construcción y representación podrían ser simultáneos cronológicamente, aunque no es posible aventurar mucho más.

En cualquier caso, con la escena de este capitel y la nueva lectura que podemos hacer de ella, nos encontramos ante un testimonio audaz y no muy corriente en el que coexisten violencia y construcción durante la Edad Media.

 

* Antonio Ledesma es investigador postdoctoral en el Instituto de Historia del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Este caso de estudio de un conflicto social relacionado con el ámbito de la construcción se ha llevado a cabo gracias al proyecto ERC ‘Petrifying Wealth, dirigido por Ana Rodríguez. Una de las ideas motrices de este proyecto busca conocer las correspondencias y los límites entre conflictos sociales y la construcción edilicia en los diferentes territorios europeos durante el período 1050-1300.

Barbara McClintock, la descubridora de los genes saltarines

Por Sònia Garcia (CSIC)*

A principios del siglo XX, antes del descubrimiento de la estructura del ADN, los genes no eran mucho más que entidades abstractas para la mayoría de la comunidad científica. En la Universidad de Cornell (Nueva York), una joven Barbara McClintock (1902-1992) empezaba a estudiar los genes del maíz. Aunque en aquella época aún no se permitía a las mujeres la especialización en Genética, McClintock, que se doctoró en Botánica en 1927, se convirtió en un miembro fundamental del grupo de trabajo en citogenética del maíz. La investigadora quería resolver lo que para ella era un misterio: el porqué de la diversidad de colores que se pueden encontrar en una sola mazorca de maíz, incluso dentro del mismo grano. ¿Cómo podía ser que, desarrollándose únicamente a partir del tejido de la planta maternal y por lo tanto compartiendo el mismo material genético, existiera tal variedad cromática en una mazorca?

Barbara McClintock en su laboratorio en 1947. / Smithsonian Institution Archives.

A través de la observación de los cromosomas de esta especie en el microscopio (para lo que ideó nuevos métodos de tinción), Barbara se dio cuenta de que determinados fragmentos de ADN poseían la habilidad de ‘saltar’ de un cromosoma a otro. Con este movimiento, denominado transposición, los genes responsables del color de los granos se activaban o desactivaban de una célula a otra. Estos procesos de transposición de los genes, que se dan al azar –es decir, afectando a unas semillas sí, a otras no y a otras parcialmente–, son los responsables del patrón multicolor de las mazorcas de algunas variedades de maíz.

Precursora de la revolución molecular

Con la investigación de McClintock, el mecanismo de transposición y los fundamentos de la regulación de la expresión génica se habían puesto sobre la mesa. Pero sus nuevas hipótesis chocaban con la concepción estática que se tenía de los genes en aquella época. La idea dominante era que estos se ubicaban en los cromosomas como si fueran las perlas de un collar, cada uno con una posición determinada e inalterable.

Granos de maíz de diferentes colores

Mazorcas de maíz en las que se observa el patrón de color ocasionado por los genes saltarines.

A pesar de la importancia de su descubrimiento, este fue acogido con escepticismo entre la comunidad científica, quizás porque su trabajo era conceptualmente complejo y demasiado rompedor. Ella misma interpretó hostilidad y perplejidad en las reacciones de sus colegas, pero siguió fiel a su línea de investigación. A finales de los años 70 y principios de los 80, la ‘revolución molecular’ reivindicaría las ideas de McClintock sobre los genes saltarines, denominados también transposones o elementos transponibles. Además, con posterioridad al planteamiento de su hipótesis sobre la transposición, otros investigadores demostraron su existencia en la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster), en bacterias, levaduras o virus.

Incluso varios años después, en la década de los 90, se demostró que el carácter rugoso de los famosos guisantes de Mendel, con los que este sentó las bases de la genética, era causado por la inserción permanente de un transposón en el gen que codifica la enzima de ramificación del almidón, inactivándolo. Si esta enzima no está presente, los guisantes aumentan su contenido en azúcar. Esto promueve la acumulación de agua y su hinchamiento en una etapa temprana de su desarrollo, lo que, con la posterior deshidratación, acaba dándoles un aspecto rugoso. Al secuenciar este gen en las semillas rugosas se vio que era algo más largo que el de las semillas lisas. El fragmento adicional tenía una estructura similar a los elementos detectados en el maíz.

Guisantes

Guisantes verdes o amarillos, lisos o rugosos, como los que utilizó Mendel en sus experimentos. / Rafael Navajas.

Los elementos transponibles, claves para la evolución

Los elementos transponibles constituyen el componente más abundante de la mayoría de los genomas eucariotas. En el caso del maíz llegan al 80% y en el ser humano se estima que hasta un 45% estaría formado por este tipo de elementos. En muchas ocasiones estos genes saltarines están en realidad ya fijados en el genoma y han perdido la capacidad de moverse. Actualmente se conoce una enorme diversidad de elementos transponibles, y cada vez se comprenden mejor sus efectos.

Aunque normalmente las mutaciones aleatorias que inducen son inocuas, en algunos casos pueden generar beneficios para el organismo, mientras que en otros pueden ser perjudiciales. Existe el fenómeno de la ‘domesticación’ de elementos transponibles, en el que el genoma huésped aprovecha ciertas inserciones en su favor: por ejemplo, la presencia del transposón Alu en el gen de la enzima convertidora de la angiotensina (ECA) tiene un rol preventivo del infarto de miocardio al inactivar esta enzima, que aumentaría la presión arterial y estimularía la aparición de trombos plaquetarios. No obstante, los elementos transponibles también pueden alterar negativamente la expresión de ciertos genes y dar lugar a enfermedades como leucemias, esclerosis múltiple, lupus, psoriasis, esquizofrenia o autismo, entre otras. Se considera que más de 50 enfermedades genéticas estarían relacionadas con este tipo de secuencias, y probablemente este número irá en aumento conforme avance la investigación. Por otro lado, y aunque algunas de  las mutaciones al azar provocadas por los elementos transponibles puedan ser letales o deletéreas, han contribuido indudablemente a la evolución de las especies a lo largo de millones de años y son probablemente uno de sus principales motores.

Los trabajos de Barbara McClintock con el maíz, hace ya más de 60 años, han permitido comprender las bases de muchas enfermedades, lo que puede redundar en posibles tratamientos. Este es un excelente ejemplo de la necesidad de proteger la ciencia básica. Igual que la investigación en virus de pangolines o murciélagos, que hasta hace poco tiempo podía considerarse irrelevante para la sociedad, puede desembocar en un tratamiento efectivo de la COVID19.

Premio Nobel

Barbara McClintock, en la ceremonia de entrega de su Premio Nobel (1983). / Cold Spring Harbor Laboratory.

McClintock fue una investigadora prolífica e incansable y, aunque inicialmente sus ideas fueron cuestionadas, tuvo numerosos reconocimientos durante su trayectoria. Fue la primera mujer en convertirse en presidenta de la Sociedad de Genética de America (1944), obtuvo cuantiosas becas de la National Science Foundation y de la Rockefeller Foundation (1957), recibió la National Science Medal, entregada por el presidente de los EEUU (1971), y la MacArthur Foundation Grant, una prestigiosa y vitalicia beca de investigación. En 1983 logró el Premio Nobel en Fisiología y Medicina por su trabajo sobre los elementos transponibles, lo que la convirtió en la primera persona en obtener el galardón en solitario en esta categoría. Trabajó en su laboratorio de Cold Spring Harbor (Nueva York) hasta poco antes de morir, el 2 de septiembre de 1992, a los 90 años.

* Sònia Garcia es investigadora del Institut Botànic de Barcelona (CSIC, Ajuntament de Barcelona).