Archivo de la categoría ‘Historia y Ciencias Sociales’

Si los muros del Metro hablaran… ¿Qué nos dicen los azulejos de una ‘estación fantasma’?

Por Elena Mercedes Pérez Monserrat y Mar Gulis (CSIC)*

El Metro de Madrid cumple 100 años en 2019. Esta red de Metro, que hoy es una de las mejores del mundo y cuenta con 302 estaciones a lo largo de 294 kilómetros de recorrido, fue inaugurada en 1919 por el rey Alfonso XIII con una sola línea Norte-Sur que iba desde Puerta del Sol a Cuatro Caminos (el germen de la que hoy se denomina Línea 1), con un total de 8 estaciones y que no llegaba a cubrir 3,5 kilómetros.

En los años 60 del siglo XX, cuando la compañía Metropolitano decidió alargar los trenes, se reformaron las estaciones para que los andenes pasaran de tener 60 a 90 metros. Pero hubo una estación en la que, por su situación en curva y por la cercanía a las paradas colindantes, no se pudo acometer esta reforma y acabó siendo clausurada por el Ministerio de Obras Públicas: la estación de Chamberí.

 

La icónica decoración de las estaciones del Metro de Madrid, incluidos vestíbulos, andenes o bocas de acceso, fue diseño del arquitecto Antonio Palacios. / Laura Llera

La icónica decoración de las estaciones del Metro de Madrid, incluidos vestíbulos, andenes o bocas de acceso, fue diseño del arquitecto Antonio Palacios. / Laura Llera

Tras más de 40 años cerrada y siendo objeto de curiosidades varias, la estación de Chamberí, después de una importante actuación de limpieza, restauración y conservación, fue reabierta en 2008 como centro de interpretación visitable del Metro de Madrid. Durante esas décadas en las que la “estación fantasma” permaneció cerrada al público, los accesos exteriores fueron vallados, hecho que permitió que se conservaran muchos de los objetos cotidianos de la época, como carteles publicitarios, tornos, papeleras… así como las cerámicas que recubrían toda la estación. Es decir, lo excepcional del lugar es que se trata de la única estación del Metropolitano que conserva su estado original casi en su práctica totalidad.

Luz y color para el Metropolitano de Madrid

En 1913 los ingenieros Carlos Mendoza (1872-1950), Miguel Otamendi (1878-1958) y Antonio González Echarte (1864-1942) presentaban un proyecto de red de metro para la ciudad de Madrid. El arquitecto Antonio Palacios (1874-1945) fue el encargado de diseñar las estaciones, los accesos y los edificios del proyecto. Se buscaba integrar el uso de materiales tradicionales en un entorno tecnológico completamente nuevo, dando un resultado muy decorativo de marcado estilo español. Con la aplicación de azulejería en el suburbano se pretendía proporcionar luminosidad y color a unos nuevos espacios -bajo tierra- que iban a ser utilizados por personas acostumbradas a la luz natural. La rica variedad de cerámicas de las diversas regiones españolas facilitó poner en práctica este empeño.

Estado actual de la estación de Metro de Chamberí (Madrid), alicatada con azulejos blancos y decorada con piezas coloreadas y/o con reflejo metálico. / Laura Llera

Estado actual de la estación de Metro de Chamberí (Madrid), alicatada con azulejos blancos y decorada con piezas coloreadas y/o con reflejo metálico. / Laura Llera

En Madrid, la cerámica vidriada aplicada a la arquitectura tuvo su máximo apogeo a finales del siglo XIX y principios del XX. Entonces, la azulejería publicitaria -especialmente en las estaciones del Metropolitano- y la urbana cobraron un especial significado. Este material favoreció el auge de las industrias cerámicas de los principales centros productores. Así, en la arquitectura madrileña de principios del siglo XX la cerámica vidriada desempeñaba un papel esencial desde la concepción inicial de los proyectos; y cabe resaltar la apuesta por seleccionar materias primas nacionales para su elaboración. En cuanto a las piezas de reposición que se han elaborado recientemente para las labores de restauración, se han respetado los aspectos formales de las originales, pero utilizando materiales y tecnologías que incrementan su resistencia.

El uso de la cerámica vidriada respondía también al apogeo en la época de la publicidad alicatada, así como a las condiciones de buena conservación y fácil limpieza que presenta la azulejería. Tras la Guerra Civil española (1936-1939) la publicidad en cerámica de la estación fue cubierta por tela y papel, que protegieron las cerámicas.

Qué nos dice el análisis científico de las cerámicas vidriadas de Chamberí

Un estudio multidisciplinar coordinado por personal investigador del Instituto de Geociencias (CSIC/UCM) ha permitido conocer las materias primas y las tecnologías de fabricación de unas cerámicas vidriadas extraordinarias, especialmente elaboradas para este emplazamiento excepcional: la estación de Metro de Chamberí (Madrid). El conocimiento adquirido pretende apostar por la conservación y puesta en valor de estos materiales, tanto de las piezas originales como de las de reposición.

Conforme a la función que desempeñan en la estación, las piezas estudiadas se agrupan en:

  • Azulejos blancos y lisos, que revisten la práctica totalidad de los paramentos y desempeñan una función esencialmente práctica, al otorgar luminosidad y resultar de fácil limpieza.
  • Piezas con reflejo metálico y superficies adornadas, con un carácter marcadamente decorativo, resaltando los encuentros de los planos y el enmarcado de la publicidad alicatada en los andenes.
Piezas originales. Perspectivas: a simple vista, imágenes de microscopia óptica de polarización (vidriados y soporte cerámico) y electrónica de barrido (soportes cerámicos). Superior: azulejos blancos. Inferior: piezas decorativas con reflejo metálico

Piezas originales. Arriba: azulejos blancos, elaborados en Onda (Castellón). Abajo: piezas con reflejo metálico, elaboradas en Triana (Sevilla). Perspectivas: a simple vista, imágenes de microscopia óptica de polarización (vidriados y soporte cerámico) y electrónica de barrido (soportes cerámicos).

Los azulejos blancos originales fueron fabricados en Onda (Castellón) a partir de mezclas arcillosas muy ricas en carbonatos y cocidas a unos 950 ºC. Presentan un vidriado plúmbico alcalino cuya opacidad es en gran parte otorgada por partículas ricas en plomo y arsénico. Las piezas originales de carácter decorativo -con reflejo metálico- fueron elaboradas en Triana (Sevilla) a partir de arcillas illíticas calcáreas y cocidas entre 850-950 ºC. Se cubrieron con vidriados plúmbicos transparentes, con la adición de cobre y estaño.

Piezas de reposición. Perspectivas: a simple vista, imágenes de microscopia óptica de polarización (vidriados y soporte cerámico) y electrónica de barrido (soportes cerámicos). Superior: azulejos blancos. Inferior: piezas decorativas con reflejo metálico

Piezas de reposición, elaboradas en Madrid. Arriba: azulejos blancos. Abajo: piezas con reflejo metálico. Perspectivas: a simple vista, imágenes de microscopia óptica de polarización (vidriados y soporte cerámico) y electrónica de barrido (soportes cerámicos).

Las piezas de reposición se elaboraron según el aspecto de las originales y se apostó por la utilización de materiales y técnicas que otorgaran especial resistencia a las piezas. Se fabricaron en Madrid con materias primas principalmente procedentes de Barcelona, Castellón y Teruel. Las blancas, a partir de arcillas illítico-caoliníticas y calcáreas ricas en cuarzo cocidas a >950 ºC, aplicando un vidriado alcalino muy rico en zircona y alúmina. Las nuevas piezas con reflejo se elaboraron a partir de arcillas illítico-caoliníticas muy alumínicas cocidas a <850 ºC y con la importante adición de una chamota especialmente refractaria, cubriéndose con un vidriado plúmbico-potásico rico en alúmina.

 

* Este proyecto de investigación ha sido realizado por un equipo multidisciplinar del Instituto de Geociencias (CSIC/UCM), la Universidad de Granada, el Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) y la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Puedes leer el artículo completo aquí.

Henry Moseley, el joven que ordenó el rompecabezas de la tabla periódica

Por Mar Gulis (CSIC)

Moseley

Moseley (año 1910) en el laboratorio del Balliol-Trinity College poco después de su graduación. En su mano derecha sostiene un globo de vidrio grueso para bajas presiones que utilizaba en la medida del número atómico de gases.

A comienzos del siglo XX los avances en la comprensión de la estructura del átomo no solo removieron los cimientos de la física, sino también los de la química.

Sin ir más lejos, el creador de la tabla periódica, Dimitri Mendeleiev, creía que el hallazgo del electrón amenazaba sus postulados. Décadas antes, en 1869, el científico ruso había propuesto ordenar los 63 elementos químicos entonces conocidos en una particular disposición. En la primera formulación de su tabla periódica, muy distinta de la que conocemos en la actualidad, las columnas mostraban los elementos ordenados de menor a mayor según su peso atómico  –por ejemplo, berilio = 9,1 (su peso real es de 9,01); boro = 11 (10,81); carbono = 12 (12,01); etc.–, de tal forma que en las filas quedaban agrupados elementos que compartían propiedades químicas semejantes –por ejemplo, el litio, el sodio, el rubidio y el cesio, que junto al francio constituyen el grupo de los metales alcalinos–.

Tabla Mendeleiev

Tabla periódica propuesta por Mendeleiev en 1869.

La propuesta tuvo un tímido reconocimiento al inicio, pero fue haciéndose cada vez más popular a medida que fueron confirmándose muchas de sus predicciones. Mendeleiev había dejado huecos para ser completados con elementos aún no descubiertos, de los cuales no solo pronosticó acertadamente su existencia sino también algunas de sus propiedades. Esto fue posible porque fue una de las primeras personas en comprender que las propiedades químicas de los elementos se ‘repetían’ de forma periódica a medida que se incrementaba su peso atómico.

Sin embargo, Mendeleiev había trabajado con la idea de que el átomo era indivisible. En 1897 Joseph Thomson descubre el electrón y en 1911 Ernest Rutherford formula su famoso modelo atómico, en el que un número variable de electrones (de carga negativa) giran alrededor de un pequeño núcleo de carga positiva. ¿Cómo iban a afectar estos avances a la tabla periódica?

Contrariamente a lo que Mendeleiev creía, iban a perfeccionar sus teorías. También en 1911, antes de que se descubrieran los protones (de carga positiva) en el núcleo atómico, el físico aficionado Antonius van den Broek propuso en Nature que el orden de los elementos en la tabla periódica dependía del número de cargas positivas del núcleo o número atómico. Es decir, el hidrógeno ocupa el primer lugar de la tabla periódica porque solo tiene una carga positiva en el núcleo (hoy diríamos un protón) y, por tanto, su número atómico es el uno; el helio ocupa la segunda posición porque tiene dos cargas positivas (dos protones) y su número atómico es el dos; y así sucesivamente.

Sin embargo, fue Henry Moseley en 1913 quien logró probar esta hipótesis estudiando los espectros de rayos X de 50 elementos químicos. Moseley demostró que la frecuencia de los rayos X era proporcional (concretamente, la raíz cuadrada) al número atómico del elemento. Con este hallazgo, daba una justificación cuantitativa al concepto de número atómico y un apoyo fundamental al modelo atómico de Rutherford.

La utilización del número atómico para ordenar los elementos iba a resolver muchos problemas que habían traído de cabeza a quienes trabajaban en química hasta entonces. Por ejemplo, de acuerdo con su peso atómico, el níquel (58,693) debía situarse antes que el cobalto (58,933) en la tabla periódica; sin embargo, Mendeleiev había intercambiado sus posiciones para que resultaran más congruentes con sus propiedades químicas. La incoherencia desapareció cuando pudo conocerse que el número atómico del níquel era 28 y el del cobalto 27. Efectivamente, aunque el níquel pese un poco menos que el cobalto, tiene una carga positiva más en su núcleo, y por tanto puede agruparse junto a los elementos con los que compartía propiedades sin violar la ley periódica de Mendeleiev.

Tabla periódica moderna

Tabla periódica moderna, en la que los elementos aparecen ordenados según su número atómico.

Además, el número atómico permitió saber de forma inequívoca qué casillas faltaban por rellenar en la tabla periódica (43, 61, 72, 75, 85, 87 y 91) y la técnica de Moseley hizo posible identificar elementos de una forma mucho más rápida y certera. Hasta entonces las llamadas tierras raras, una denominación que engloba al escandio, el itrio y los quince elementos del grupo de los lantánidos, habían resultado enormemente difíciles de separar e identificar en el laboratorio. En el libro Las tierras raras (CSIC-Catarata), el investigador del CSIC Ricardo Prego cuenta que George Urbain, uno de los mayores expertos en este ámbito, viajó a Oxford en cuanto conoció el innovador trabajo de Moseley. Allí el francés le entregó una muestra que contenía una mezcla de tierras raras que le había llevado meses identificar con métodos químicos y desafió a su joven colega a intentarlo. Moseley tardó solo una hora en llegar al resultado de Urbain: la mezcla contenía erbio, tulio, iterbio y lutecio. La crisis de las tierras raras había quedado resuelta.

Mendeleiev murió en 1907, sin saber que la ‘intrusión’ de la física en la química no iba a contradecir sus planteamientos sino a darles un nuevo fundamento. Sus aportaciones siguen tan vigentes a día de hoy que la ONU ha declarado 2019 como Año internacional de la tabla periódica y de los elementos químicos precisamente porque se cumplen 150 años desde que Mendeleiev formulara por primera vez su sistema periódico. Moseley, que estuvo nominado tanto al Premio Nobel de Física como al de Química, falleció en 1915, a la temprana edad de 28 años, mientras luchaba con el ejército inglés en la famosa batalla de Galípoli. No pudo participar en los siguientes descubrimientos sobre la estructura del átomo, que seguirían revolucionando la física y la química.

El mercado de la reproducción asistida: ¿qué ocurre con las donantes de óvulos?

Por Vincenzo Pavone y Sara Lafuente Funes (CSIC)*

Entre el 1 y el 8% de todos los nacimientos que se producen en la actualidad son fruto de técnicas de reproducción asistida. Lo que en los años ochenta era casi experimental y estaba al alcance de muy pocas personas, se ha convertido en un abanico de técnicas y prácticas sociales presentes en todo el mundo.

La fecundación in vitro con óvulos de otras mujeres es el tratamiento que más ha aumentado. En España, este tratamiento representa una tercera parte de la reproducción asistida. Ese crecimiento se debe a dos cuestiones fundamentales: la primera es que nuestro país es el primer destino europeo de turismo reproductivo. De todos los residentes extranjeros que realizan procesos de reproducción asistida aquí, el principal tratamiento implica la donación de óvulos, seguido de la donación de semen. De hecho, la mitad de los ciclos de donación de óvulos realizados en Europa se llevan a cabo en España.

Future element/Odra Noel

La segunda cuestión es el retraso de la edad reproductiva. Si bien no existen datos de edad en los hombres (a pesar de que también estén afectados por el llamado ‘reloj biológico’), sí sabemos que una parte muy importante de las mujeres que acceden a reproducción asistida, y por ende a óvulos donados, tiene más de 40 años. Este cambio de patrón en la fertilidad es especialmente llamativo en España, donde la edad media del primer embarazo es de 32 años. Muchas parejas intentan reproducirse cuando los gametos de ambos no son de una calidad y eficacia suficiente para conseguir un embarazo. De ahí el uso de gametos ajenos, sobre todo óvulos. Obviamente, si se configurara el mundo de forma que las mujeres y los hombres no tuvieran que posponer constantemente la reproducción, habría menos necesidad tanto de óvulos donados como de vitrificación de los mismos.

Depende de a qué nivel miremos, la solución a este retraso generalizado de la maternidad puede ser estrictamente tecnológica y biomédica, o tener un enfoque múltiple, en combinación con el sociológico o el político. La tecnología sirve para algunas cuestiones, pero no es la única solución y, en el caso de la donación de óvulos, no va sola, sino que precisa de la colaboración de terceras partes, las donantes, de las que se sabe muy poco. En el proyecto Donación de óvulos en Reino Unido, Bélgica y España, EDNA por sus siglas en inglés, tratamos de entender mejor las experiencias de las donantes y el papel que representan en el contexto de un sistema que, por el momento, prefiere desarrollar técnicas reproductivas a establecer medidas económicas y sociales que posibiliten adelantar la edad de maternidad.

El proyecto EDNA se basa en un estudio internacional e interdisciplinar y pretende recopilar información sobre toda la experiencia del proceso de donación en los tres países mencionados. Partimos de la idea de que es fundamental conocer bien el punto de vista de las donantes: sus experiencias, dudas, deseos y preocupaciones.

España, a la cabeza de la bioeconomía reproductiva

En España la reproducción asistida con gametos de terceros/as es asumida fundamentalmente por el sector privado, ya que la Seguridad Social no trata a mujeres de más de 40 años y no cuenta con recursos suficientes ni para compensar económicamente a las donantes ni para montar la infraestructura necesaria para reclutarlas y gestionar los ciclos. Andalucía es una excepción a lo primero, y existen programas de donación sin compensación en otros lugares como el País Vasco, si bien el número de ciclos que realizan es muy bajo.

La donación funciona de forma anónima en todos los casos, y se compensa con aproximadamente 1.000 euros (con pequeñas variaciones según clínica y comunidad autónoma). En este contexto, el punto de vista de las protagonistas principales de esta práctica sigue siendo ignorado. Además, de acuerdo con las clínicas, la mayoría de las mujeres que se movilizan para donar sus óvulos son rechazadas por razones médicas, psicológicas o fenotípicas. Cómo viven el rechazo estas mujeres también es un tema completamente desconocido.

Gracias a la información procedente de las clínicas, los profesionales y de las propias donantes, nuestra investigación está desvelando una paradoja: a las mujeres que aportan sus óvulos se les pide que vean el proceso como una donación, pero con sus óvulos se ha construido un mercado. Todos los actores implicados actúan en un régimen comercial claramente definido: el personal sanitario, las receptoras y las agencias intermediarias que reclutan a las donantes. Sin embargo, a las mujeres donantes se les demanda que actúen desde el altruismo y la generosidad. Esto se afirma en el plano discursivo, pero en la práctica existe una compensación económica que parece explicar que haya tantas donantes en España, un país donde el salario mínimo no llega a la cantidad de la compensación.

Las clínicas de reproducción asistida, además, ofrecen discursos diferentes a sus clientes en función del tratamiento que reciben. Por ejemplo, cuando se habla de tratamientos con óvulos donados, se pone el foco en que la gestación es un proceso vital para el vínculo materno filial. Sin embargo, cuando se trata de gestación subrogada, todavía no permitida en España, la genética es lo central. El mercado crea un relato que permita construir un producto vendible.

Según el país del que se trate, las bioeconomías reproductivas se expanden de acuerdo a distintos modelos. El modelo español regula que la donación sea “no pagada”, pero reconoce una “compensación económica por las molestias”; en Estados Unidos existe un mercado libre; en Francia se ha desarrollado un sistema público (anónimo y sin compensación, que da lugar a muy pocos tratamientos); en múltiples países la donación de óvulos no está permitida… Y cada vez más los países están más interrelacionados: Italia compra óvulos a España, y en Bélgica se mezclan características de varios modelos.

En relación a la movilidad de los óvulos, cabe destacar que por cada donación se extraen unos 16 óvulos de media, lo que permite la realización de múltiples tratamientos. Hay clínicas que utilizan 4-6 óvulos para una receptora, congelan el resto y los comercializan hacia otras clínicas dentro y fuera del Estado. ¿Cuáles son las opiniones de las donantes sobre estas prácticas?, ¿las conocen?, ¿deberían formar parte de las decisiones sobre qué pasa con sus óvulos?

Nuevas preguntas sobre la reproducción asistida

Debatir estas cuestiones es fundamental para avanzar hacia un modelo que sea más justo, más eficaz, donde se repartan mejor los riesgos y los beneficios. En la bioeconomía reproductiva, uno de los problemas es que siempre se realizan las mismas preguntas, y se contestan desde una perspectiva muy tecnológica.

Uno de los objetivos del proyecto EDNA es generar nuevas preguntas. Para ello es esencial separar las tecnologías en sí de las prácticas; una cosa es la reproducción asistida y otra la implicación de terceras partes. En el caso de la donación de óvulos, estaríamos hablando no tanto de una técnica de reproducción asistida, como de una transferencia de capacidad reproductiva. Los óvulos de mujeres jóvenes, además de ayudar a otras mujeres a ser madres, estarían sosteniendo un sistema que retrasa la edad de maternidad, un modelo biomédico privado de reproducción asistida, es decir, están siendo utilizados para sostener la ‘reproducción’ de un sistema social, político y económico concreto.

Todo esto, además, debe ser tenido en cuenta al regular otros tipos de “transferencias de capacidad reproductiva” como la gestación subrogada, otra práctica relacional que tiende a presentarse como una “técnica”. Si se regulara la gestación subrogada en España de forma similar a la regulación de la donación de óvulos, se generarían dinámicas comerciales similares, ya que muchos de los actores implicados serían los mismos.

Entonces, ¿hacia dónde dirigir estas tecnologías y estas regulaciones? Como sociedad tenemos una gran responsabilidad respecto a los avances biomédicos, biotecnológicos y bioeconómicos. El hecho de que exista un tratamiento no quiere decir que debamos garantizar el acceso al mismo, fundamentalmente cuando requiere de la participación de terceras personas. Es importante estudiar detenidamente la relación entre estas tecnologías y prácticas, la estratificación reproductiva y la posible ampliación de estos tratamientos, su normalización y su naturalización. El futuro va a depender de lo en serio que nos tomemos pensar colectivamente qué queremos hacer con este conocimiento.

 

* Vincenzo Pavone y Sara Lafuente Funes son investigadores del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC y responsables en España del proyecto EDNA, coordinado por Nicky Hudson de la Universidad de Monfort.

¿Sabes cuánto tarda un nuevo medicamento en llegar a tus manos?

Por Mar Gulis (CSIC)*

Hay que remontarse al siglo XVIII para dar con el origen de los ensayos clínicos. El cirujano escocés James Lind (1716-1794) decidió probar distintos remedios frente al escorbuto, enfermedad causada por la deficiencia en vitamina C. Así, tomó a doce pacientes, los dividió en parejas y aplicó una terapia distinta a cada una: vinagre, nuez moscada o agua de mar, entre otras sustancias. Al parecer, el resultado fue que se curaron los que recibieron cítricos, mientras que los que llevaban una dieta escasa o nula en frutas y verduras siguieron padeciendo ese mal. Con este experimento, mediante la planificación de diversas curas, se consiguió demostrar la más eficaz.

En el siglo XIX, el médico francés Pierre Charles Alexandre Louis (1787-1872) propuso un método numérico para cuantificar los resultados de la experimentación. Cien años más tarde, el epidemiólogo británico Bradford-Hill (1897-1991) encontró una fórmula que hacía comparables los distintos grupos de estudio y estableció los “criterios de causalidad”. En ese momento se inició la era moderna de los ensayos clínicos.

Se estima que son de diez a doce años de media lo que tarda en desarrollarse un nuevo medicamento

A pesar de que para entonces empezaba a adquirirse conciencia del valor de la investigación, no fue hasta los años setenta cuando empezó a considerarse esencial el estudio de la eficacia y la seguridad de un medicamento antes de su lanzamiento al mercado. El punto de inflexión se produjo en los años cincuenta, cuando la administración de la recientemente descubierta ‘talidomida’ produjo un efecto indeseado, ocasionando malformaciones en recién nacidos, y poniendo de manifiesto la necesidad de establecer una regulación.

Actualmente se estima que son de diez a doce años de media lo que tarda en desarrollarse un nuevo medicamento. Se trata de un largo y costoso proceso en el que el fármaco ha evolucionado, sorteando obstáculos, hasta su lanzamiento como producto final, cuando se convierte en el posible remedio para nuestras dolencias. En el libro Cómo se fabrica un medicamento (Editorial CSIC – Los Libros de la Catarata), las investigadoras del Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC María del Carmen Fernández y Nuria E. Campillo señalan que “una vez que en el laboratorio se identifica una molécula prometedora comienza el verdadero reto: ponerla en el mercado”.

El proceso se inicia con la búsqueda de la diana terapéutica, seguido de la identificación y desarrollo de moléculas que pueden interaccionar con dicha diana. De estas primeras etapas de identificación, síntesis y evaluación biológica (in vitro) nacerán las primeras moléculas o hits con potencial para llegar a ser un fármaco. Las etapas más complicadas comienzan ahora, con la fase preclínica, en la que se recurre a modelos celulares y a animales de experimentación para estudiar la seguridad y la toxicidad de las moléculas. Esta fase es el “puente necesario para pasar del laboratorio –etapa de descubrimiento– a la fase clínica”, en la que se realizan estudios en humanos, explican las investigadoras.

Esto es lo que se conoce como ‘desarrollo clínico’, del que forman parte los ensayos clínicos, centrados en descubrir o comprobar los efectos clínicos y farmacológicos, así como en identificar cualquier reacción adversa a los mismos y determinar su seguridad y eficacia en voluntarios y pacientes.

Proceso del desarrollo clínico de un medicamento

Proceso del desarrollo clínico de un medicamento. / María del Carmen Fernández y Nuria E. Campillo

Antes de que llegue hasta nuestras manos, el medicamento en cuestión debe ser autorizado y estará sujeto a diferentes regulaciones para su comercialización, por lo que el mundo farmacéutico se convierte en un entorno hiperregulado y sometido a una exigencia de alta calidad. Es una exigencia justificada porque precisamente es en las primeras fases de la investigación clínica donde pueden surgir reacciones adversas y, de hecho, alrededor de la mitad de los efectos indeseables de los fármacos se identifican solo en los ensayos clínicos en humanos, es decir, el éxito no siempre está garantizado ya que, como aseguran las investigadoras, “la probabilidad general de éxito clínico, es decir, que un fármaco pase con éxito todos los ensayos, es inferior al 12%”.

En definitiva, para comprender el proceso del desarrollo clínico habría que imaginarse un embudo: durante varios años se caracterizan entre 5.000 y 10.000 moléculas prometedoras, y solo unas 250 pasan a las fases preclínicas (un año), hasta llegar menos de 10 a los ensayos clínicos en humanos (seis-siete años). En ese momento, se da con un compuesto que podría ser el nuevo medicamento y si todo va bien… se lanza al mercado.

 

* Puedes leer más en el libro Cómo se fabrica un medicamento (Editorial CSIC – Los Libros de la Catarata), de la colección ¿Qué sabemos de?

Cometas: el terror que vino del cielo

Por Montserrat Villar (CSIC)*

Concebidos como profetas de la muerte, los cometas han inspirado terror en muchas culturas a lo largo de más de veinte siglos. Aparecían de pronto y se mantenían en el cielo durante semanas o incluso meses, perturbando su armonía. Se consideraban portadores de grandes desventuras: lluvias de sangre, animales nacidos con dos cabezas, enfermedades mortales… Una larga lista de horrores fue atribuida a los cometas hasta el Renacimiento. El pavor que causaban impulsó su observación, registro y clasificación para tratar de descifrar su significado y prepararse para las fatalidades que anunciaban.

China, siglo II antes de nuestra era. El aristócrata y político Li Cang, su esposa Xin Zhui y su hijo renacen tras la muerte y emprenden el viaje hacia la inmortalidad. Más de 2000 años después, en la década de 1970, se descubren sus tumbas en el yacimiento arqueológico de Mawangdui. Entre los miles de objetos encontrados, se halla un delicado lienzo de seda manuscrito. Contiene los dibujos de alrededor de 30 cometas, cada uno acompañado por un texto breve que previene sobre el mal concreto que causará (hambruna, derrota en una batalla, epidemia…).

En 1587 se publicaba el manuscrito Libro sobre cometas, con hermosas ilustraciones. El texto, anónimo, describe la materia de los cometas, su conexión con los planetas y su significado según la forma, color y posición. Así, cuando el cometa Aurora aparece sobre oriente habrá sequía, incendios y guerra. En la ilustración, una ciudad es devastada por las llamas bajo su auspicio sangriento. El resplandor de la conflagración ilumina la escena, mientras el brillo de Aurora se refleja en las nubes. El artista, por tanto, identifica los cometas como fenómenos atmosféricos. Diez años antes de la edición de este libro, el Gran Cometa de 1577 apareció en los cielos de Europa asombrando a sus gentes durante semanas. Tras estudiar sus movimientos, el astrónomo danés Tycho Brahe confirmó que se trataba de un acontecimiento celeste situado mucho más allá de la luna, y no de un fenómeno atmosférico, como creían numerosos eruditos de la época.

A principios del siglo XIV un joven pintor florentino rompía con la tradición. Cumpliendo el encargo de decorar el interior de la capilla de los Scrovegni en Pádova (Italia), Giotto de Bondone cubrió sus paredes de maravillosos frescos referentes a la vida de Jesús y de la Virgen María. En La adoración de los Reyes Magos representa la estrella de Belén como un cometa. Es probable que el artista viera el cometa Halley en 1301 y se inspirara en su aspecto. En este caso el mensaje es de esperanza: Cristo ha venido a salvar el mundo. Seis siglos después, en 1985, la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzó la misión Giotto, con cuyo nombre rendía tributo al artista. Se acercó a unos 600 kilómetros del cometa Halley, del que obtuvo imágenes espectaculares.

En octubre de 1858 el artista escocés William Dyce pasó unos días de descanso en Pegwell Bay, un popular lugar de vacaciones en la Inglaterra de la Reina Victoria. En su obra Pegwell Bay, Kent – Recuerdo del 5 de Octubre de 1858, el artista representa una escena entrañable en la que su familia pasea por la playa mientras recoge piedras y conchas. El esbozo apenas perceptible del cometa Donati descubierto ese año se aprecia en el cielo de la tarde. Es un elemento más del paisaje, ya no simboliza desgracias venideras: en el siglo XIX los cometas habían perdido su aura de terror. Desde el siglo XVII, las investigaciones de científicos como Edmund Halley habían ido desenmascarando la inocuidad de estos astros. Su significado en la obra de Dyce es aún más profundo: ese trazo sutil en el cielo sugiere que la existencia del ser humano es efímera, casi instantánea.

Obra de la artista rusa Ekaterina Smirnova

Obra de la artista rusa Ekaterina Smirnova

Comenzaba el año 2015 cuando la artista rusa Ekaterina Smirnova aprendía a producir agua pesada mediante electrólisis. Quería conseguir una composición similar a la hallada unos meses antes en forma de hielo en el cometa 67P/Churyumov–Gerasimenko por la misión Rosetta-Philae de la ESA. Con esta agua, Smirnova creó una serie de acuarelas de considerables dimensiones a partir de las imágenes del cometa obtenidas por la exitosa misión. Además, utilizó pigmentos oscuros mezclados a mano para recrear el bajo albedo (capacidad reflectora) de la superficie del cometa. Smirnova se sumerge en la ciencia para crear una obra bella e inspiradora, retrato de un astro distante y frío.

Decía Séneca en sus Cuestiones Naturales en el siglo I: “¡Tan natural es admirar lo nuevo más que lo grande! Lo mismo acontece con los cometas. Si se presenta alguno de estos cuerpos inflamados con forma rara y desacostumbrada, todos quieren saber lo que es; se olvida todo lo demás para ocuparse de él; ignórase si se debe admirar o temblar, porque no faltan gentes que difunden el terror, deduciendo de estos hechos espantosos presagios”. Dos mil años después, el mensaje cifrado de los cometas, esos ‘misteriosos’ cuerpos celestes compuestos por hielo, polvo y rocas que orbitan alrededor del Sol, nos habla de mundos primitivos y helados, del origen del Sistema Solar e incluso, quizás, de la propia vida.

 

* Montserrat Villar es investigadora del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA). Coordina ‘Cultura con C de Cosmos’, un proyecto que surge del diálogo entre el estudio del universo y su reflejo en las diferentes manifestaciones artísticas a lo largo de la historia.

Pero… ¿Había mujeres en la Prehistoria?

Por Juan F. Gibaja, Ariadna Nieto y Millán Mozota (CSIC)*

La respuesta es obvia. Sin embargo, a juzgar por las imágenes que aparecen en museos, libros, cómics o webs sobre las sociedades prehistóricas, no parece que esta sea una cuestión que preocupe a editores, científicos y arqueólogos. Esas representaciones son parte de un discurso que no solo contribuye a invisibilizar a la mujer, sino que también consolida una imagen muy concreta de cómo debían ser estas sociedades a través de ideas como las siguientes:

  1. La mayor parte de las actividades en la Prehistoria eran efectuadas por los hombres, ya que cuantitativamente están mucho más representados.
  2. Se aprecia una clara división de las tareas según la cual los hombres se dedican a aquellas consideradas más heroicas, arriesgadas y relevantes para la sociedad, como la caza, la defensa del grupo o las pinturas rupestres. Las mujeres, en cambio, aparecen cuidando de sus hijos, llorando en las escenas de enterramientos o haciendo trabajos artesanales, como la elaboración de cerámicas o tejidos de vestimentas.
  3. La importancia de la figura masculina es tal que suele estar en la parte central de la mayoría de imágenes, y casi siempre se representa con un tamaño mayor. La mujer, si aparece, lo hace en un lado, agachada y con sus hijos siempre a cuestas.
  4. Finalmente, el lenguaje inclusivo brilla por su ausencia en la mayoría de las publicaciones y las portadas de los libros suelen acompañarse de títulos en masculino.

La pregunta es: ¿cuántos datos científicamente sólidos tenemos para apoyar que la realidad prehistórica fue así, y que además sucedió lo mismo en todos los ámbitos geográficos? En realidad, muy pocos. Solo en algunas ocasiones podemos percibir que determinadas actividades las realizaban hombres, mujeres o ambos, o la importancia que algunas mujeres debieron tener en su comunidad. En los ajuares de las sepulturas del neolítico del noreste de la Península Ibérica se deduce una cierta división de tareas, ya que los hombres tienen útiles usados para descarnar y segar cereales, proyectiles y hachas para trabajar madera; y las mujeres, instrumentos para tratar la piel y también hoces para segar. Asimismo, a lo largo de la Edad de los Metales encontramos mujeres que recibieron un tratamiento funerario especial. Es el caso de la Señora de las Montañas (Cueva de Montanisell, Lleida), que fue inhumada en la Edad del Bronce junto a diversos elementos ornamentales elaborados con este metal (brazaletes, collar y diadema). Otro ejemplo es el enterramiento megalítico colectivo de Montelirio (Sevilla), perteneciente a la Edad del Cobre, en el que el 75% de las personas enterradas son mujeres. En su interior se halló un ajuar absolutamente excepcional, formado por miles de objetos, muchos de los cuales requirieron una inversión de trabajo inimaginable teniendo en cuenta la tecnología utilizada y que muchos de los materiales empleados procedían de otros lugares.

Reconstrucción del aspecto de la cámara grande del tholos de Montelirio, zona arqueológica Valencina de la Concepción-Castilleja de Guzmán (Sevilla), siglos 29-28 ANE / Autora: Ana García. Cortesía del Grupo de Investigación ATLAS (HUM-694) de la Universidad de Sevilla

En todo caso, desconocemos si siempre eran los hombres los autores de las pinturas rupestres o los protagonistas en la caza (ámbito público), o si eran las mujeres las únicas que cuidaban a los más pequeños o se dedicaban a tejer (ámbito privado). Por eso es paradójica la escasa presencia que tiene actualmente la imagen de la mujer en cuentos, cómics o libros, frente a la importancia que debió tener en el pasado; de hecho son precisamente ellas las figuras humanas más representadas en el Paleolítico europeo a través de las esculturas conocidas como ‘Venus’.

Venus de Willendorf, datada entre 28.000 y 25.000 ANE / Wikipedia

Esta visión androcéntrica quizás se explique, en parte, porque hasta hace pocas décadas la mayoría de arqueólogos, ilustradores, editores o periodistas eran hombres. Afortunadamente, hoy la presencia cada vez más importante de arqueólogas, y de arqueólogos más sensibilizados con la perspectiva de género, hace que estas interpretaciones y representaciones se vayan matizando. Sin embargo, es evidente que queda mucha pedagogía por hacer.

Aspectos como el papel de la mujer en la Prehistoria, las relaciones de género, los modelos de familia, la alimentación de aquellas comunidades o el hecho de formar parte de una especie migrante por naturaleza, son algunos de los temas que tratamos en las conferencias, actividades y talleres que organizamos en la Institució Milà i Fontanals del CSIC. Desde hace años investigamos sobre los enterramientos neolíticos de individuos masculinos, femeninos e infantiles para aproximarnos a algunas de estas cuestiones. Así, las diferencias en inversión de trabajo y tiempo en el ajuar y en la construcción de las tumbas indican que debían ser sociedades con una incipiente jerarquía. Asimismo, los estudios de dieta demuestran que a veces se daban ciertas desigualdades sociales también en el acceso a ciertos alimentos.

La divulgación de estos trabajos debe servir para estimular una actitud reflexiva y crítica ante las informaciones y estereotipos que aparecen en algunos medios de comunicación, libros, museos, etc. Conocer nuestro pasado nos permitirá entender mucho mejor nuestro presente.

 

* Juan F. Gibaja, Ariadna Nieto y Millán Mozota son investigadores de la Institución Milà y Fontanals del CSIC. Trabajan desde hace años en divulgación científica para todo tipo de públicos y colectivos, algunos de ellos ajenos habitualmente a las actividades de difusión (personas con diversidad funcional, de la tercera edad, en riesgo de exclusión social o inmigrantes recién llegados a nuestro país).

 

¿Somos los ‘Homo sapiens’ los únicos humanos que hemos habitado la Tierra?

Por Antonio Rosas (CSIC)*

Hasta muy recientemente, ‘ser humano’ significaba pertenecer a nuestra especie Homo sapiens. Otras formas similares más antiguas y arcaicas, como Homo erectus o los neandertales, aun siendo incluidas en el género Homo, eran vistas con cierta distancia y carentes de los atributos básicos que asociábamos al concepto de humano.

La evolución humana se percibía –y aún hoy muchos la siguen asumiendo– como una secuencia lineal y ascendente de especies. La condición más primitiva del género la definía la especie Homo habilis, de cara muy prominente y cerebro aún reducido (aproximadamente 700 cm3 de volumen encefálico). La fase intermedia venía definida por Homo erectus, caracterizada por un mayor encéfalo (aproximadamente 1.000 cm3). Y, por último, en la fase final aparecería la especie actual, Homo sapiens, con un gran volumen encefálico (aproximadamente 1.400 cm3), una cara muy reducida y una sofisticada cultura material. ¡Para algunos el zénit de la evolución!

Cráneos

Varios cráneos de neandertales y, al final de la hilera, un cráneo de sapiens. / Comunicación CSIC

Hoy en día la situación es algo más compleja y la respuesta a la pregunta ¿qué significa ser humano? ya no resulta tan inmediata. El avance de la ciencia ha puesto de nuevo en entredicho conceptos que teníamos casi por absolutos. En la actualidad sabemos que hace apenas 100.000 años coexistieron en el planeta Tierra al menos cinco linajes (especies) humanos, cada uno con un acervo cultural propio.

Durante algún tiempo, los humanos anatómicamente modernos (nosotros: H. sapiens) habitábamos el África subsahariana; los neandertales (H. neanderthalensis), centrados en Europa, poblaban el extremo occidental de Eurasia; los pequeños H. floresiensis, cuyo cuerpo conserva reminiscencias muy arcaicas, vivían en la Isla de las Flores (Indonesia); las últimas poblaciones de H. erectus perduraban en la Isla de Java y quizá también en el continente asiático; y un nuevo linaje humano –los llamados ‘denisovanos’ –, descubierto recientemente en las cuevas de Denisova (Siberia) e identificado a partir de su ADN fósil, habitó extensas áreas de Asia. En resumen, nada menos que cinco linajes humanos coexistiendo, cuya simple enumeración detrae un buen pedazo de arrogancia a nuestro ego de ‘especie elegida’.

Filogenia 5 expecies

Esquema de la filogenia de las cinco especies humanas. / Antonio Rosas

¿Cómo impacta sobre la noción de humanidad el hecho de haber existido diferentes especies humanas? En buena medida, creo que carecemos de los conceptos formales que nos permitan pensar con solidez en este asunto. Nos enfrentamos colectivamente al reto de articular un nuevo discurso antropológico basado en el conocimiento empírico y serio de la paleontología humana.

Pero, además, la definición de lo humano encuentra nuevas dificultades. Actualmente existe un interesante debate en torno al origen del género Homo y quienes fueron sus representantes. Así, mientras algunos especialistas consideran que la primera especie humana fue H. habilis, –de la que se han encontrado evidencias de hasta 2,8 millones de años–, para otros, entre los que me encuentro, dicha especie debería ser excluida del género, cuyo origen sería mucho más reciente.

En paralelo, la producción de herramientas ha sido, desde que así fuera propuesto por Darwin, uno de los rasgos más sintomáticos y esenciales de lo humano. Sin embargo, hoy conocemos herramientas, así como las marcas de su uso dejadas sobre los restos de animales, encontradas en yacimientos con antigüedades que rondan los 3,3 millones de años y que se remontan a tiempos muy anteriores al origen de Homo. Obviamente fueron otras criaturas las artífices de estos utensilios, que asociamos con alguna especie de Australopithecus. Por toscos que puedan ser esos utensilios son, de facto, herramientas concebidas y elaboradas por homininos no humanos.

Por lo común, la noción clásica de humanidad –conjunto de todos los seres humanos actuales y la manifestación de sus capacidades– encierra el carácter de ‘ser única’. De forma implícita, se admite que humanidad solo hay una. Visto desde el presente, por muy dispares que pudieran parecer los grupos raciales o sus etnias, hoy reconocemos en todos ellos una comunidad de rasgos y cualidades que los agrupan bajo una misma entidad que llamamos H. sapiens. Frente a concepciones racistas, admitimos que todos los seres humanos tenemos un mismo estatus evolutivo y jurídico.

Sin embargo, acabamos de nombrar cinco linajes humanos diferentes. ¿Debemos acaso hablar de cinco humanidades diferentes? Ante la pregunta de qué es el ser humano, la ciencia nos pone hoy frente a una cuestión previa: ¿de qué ser humano hablamos? ¿Hablamos de los humanos anatómicamente modernos: H. sapiens? ¿Nos referimos a H. floresiensis? ¿O acaso hablamos de los neandertales? Nuestra humanidad “sapiens” podría ser solo un subconjunto de lo potencialmente humano.

 

* Antonio Rosas es investigador del CSIC en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y autor de los libros de divulgación Los neandertales, Los primeros homininos y La evolución del género ‘Homo’ (CSIC-Catarata). El texto del post ha sido extraído de este último libro. 

¿Tienes fotografías antiguas del Museo Nacional de Ciencias Naturales? ¡Puedes formar parte de su historia visual!

Por Soraya Peña Carolina Martín Albaladejo (CSIC)*

¿Cuántas personas se habrán retratado con el Megaterio, enorme cuadrúpedo del Pleistoceno, cuando se realizó su montaje en 1951 o cuando, unos años más tarde, Rocío Dúrcal volvió a ponerlo de moda con la película Acompáñame (1966), de Luis César Amadori? ¿Cuántas jóvenes volvieron entonces al Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) del CSIC para fotografiarse como la cantante?

Y los descubrimientos del elefante en Villaverde Bajo en 1958 y del mastodonte en Toledo en 1971, ¿cuánta expectación generaron cuando llegaron al Museo? Seguro que muchas personas guardan recuerdos de esos momentos y de otros parecidos en las cajas y los álbumes de sus progenitores, de sus abuelos o de ellas mismas. Son recuerdos vinculados a las pequeñas o grandes historias personales que ahora pueden ayudar a construir un relato colectivo más amplio, más complejo, el de un Museo que es parte fundamental de la historia de las ciencias naturales en España y reflejo de la propia historia de nuestro país.

Si tienes guardadas en algún rincón fotografías hechas en el MNCN-CSIC que sean anteriores a 1990, no dudes en contribuir a la recuperación de la memoria visual de la institución y participar en el concurso “Yo estuve en el Museo de Ciencias Naturales…”. Las imágenes han de subirse a la plataforma tuphotomuseo.es a través de un formulario y deben acompañarse de una pequeña descripción. Las fotografías recibidas serán compartidas en un álbum online y, además de pasar a formar parte del Archivo Histórico del Museo, podrán ser utilizadas en exposiciones y publicaciones de tipo divulgativo y de investigación. Puedes enviar las fotografías hasta el 15 de Mayo de 2019.

Un descanso mientras se cambia la tarima en el Salón de Zoología, 1935. / Archivo MNCN

Un descanso mientras se cambia la tarima en el Salón de Zoología, 1935. / Archivo MNCN

Un Museo con más de dos siglos de historia

Aunque el actual MNCN-CSIC fue creado por el Rey Carlos III en 1771 como Real Gabinete de Historia Natural, el periodo comprendido entre 1939 y 1985 es el menos conocido de su historia visual. En 1928, Miguel Primo de Rivera, como presidente del Gobierno Militar, prometió trasladar la Escuela de Ingenieros para que el Museo ocupara todo el edificio. Promesa vana que nunca se cumplió completamente, pero que sí permitió iniciar unas obras de remodelación y ampliar el Museo al ala sur donde hoy se muestra la exposición de Minerales, fósiles y evolución humana, que incluye una reproducción emblemática de un Diplodocus, quizá todavía esperando a tomar esa prometida y ansiada nave central.

En una imagen de ese traslado tomada en 1935 se ve a unos despreocupados obreros posando en un descanso del trabajo mientras cambian el piso de madera por losa. Años más tarde, una nueva remodelación haría regresar la madera original. Un botijo y una bicicleta protagonizan el primer plano y sus sonrisas no parecen predecir la violenta historia que comenzaría al año siguiente, la Guerra Civil Española (1936-1939).

Sala de Vertebrados (antes de 1935). / Archivo MNCN

Sala de Vertebrados (antes de 1935). / Archivo MNCN

A partir de 1939, al finalizar la guerra, muchas cosas se disgregaron en nuestro país y el Museo no fue una excepción. Incorporado al recién creado Consejo Superior de Investigaciones Científicas, se dividió, y el Museo quedó a cargo de las colecciones y de las exposiciones, mientras que tres nuevos centros de investigación dedicados a Zoología, Entomología, Geología y Paleontología se responsabilizaron de la investigación científica. Hubo que esperar hasta 1984 para que se volvieran a reagrupar, coincidiendo prácticamente con el final de una larga transición.

A la hora de repasar la historia del Museo, este periodo posterior a 1939 es uno de los menos conocidos. Por ello, con el objetivo de reconstruir la memoria reciente de la institución, y para dar a conocer y entender el significado de esa desconocida y quizá sorprendente trayectoria, el grupo Historia y Documentación de las Ciencias Naturales en España del MNCN-CSIC lo está sacando a la luz a través del proyecto de investigación ‘El Museo Nacional de Ciencias Naturales entre 1939 y 1985: de la disgregación a la reunificación en su contexto nacional e internacional’.

Uno de los primeros hallazgos de esta investigación ha sido comprobar la falta de documentación fotográfica de este periodo (1939-1985). No se conocen apenas imágenes y, sin embargo, seguro que hubo fotógrafos presentes en las distintas inauguraciones y que los visitantes se hicieron retratos al lado de las piezas más espectaculares o de sus animales preferidos. Es más que posible que los trabajadores que durante todos esos años poblaron sus espacios se retrataran en diferentes ocasiones… Miles de historias cruzadas que posiblemente quedaron guardadas en álbumes familiares quizá ya un poco olvidados. Esas imágenes son las que el Museo quiere recuperar para devolver el protagonismo a sus ocupantes, pero también para hacer suyo un periodo imprescindible de la historia de la institución.

Precisamente por ello se ha puesto en marcha el concurso “Yo estuve en el Museo de Ciencias Naturales…”. Apoyar este proyecto de investigación y subir las fotos recuperadas de ese baúl de los recuerdos, donde todos podemos rebuscar y reencontrarnos con nuestro propio pasado olvidado, significa integrarnos en otra historia colectiva, la del devenir de la ciencia, de lo pasado y de lo que está por venir. Entra en www.tuphotomuseo.es y sé parte del MNCN-CSIC y de su historia. En ese espacio nos encontraremos y nos redescubriremos.

 

* Soraya Peña de Camus Sáez es coordinadora de exposiciones del MNCN-CSIC. Carolina Martín Albaladejo es investigadora del grupo Historia y Documentación de las Ciencias Naturales del MNCN-CSIC.

¿Por qué somos racistas?

Por Margarita del Olmo (CSIC)*

Hace 20 años, la Unión Europea publicó un cómic titulado ¿Racista Yo? El cómic tenía el objetivo de “luchar contra la discriminación por razones de sexo, raza, origen étnico, religión y creencias, minusvalías, edad o tendencias sexuales”. Para conseguirlo, trataba de demostrarnos que la respuesta a esa pregunta es un rotundo “SÍ”, que todos discriminamos en alguna ocasión a otras personas, incluso aunque seamos víctimas de la discriminación en ocasiones.

Pixabay

He dedicado muchos años de trabajo a contestar una pregunta parecida: ¿por qué somos racistas aunque no creamos serlo, incluso aunque no queramos serlo? Llegar a una respuesta me ha resultado muy complicado por dos razones fundamentales. En primer lugar, somos racistas porque nos hemos educado desde pequeños en una sociedad racista, y eso ha pasado sin darnos cuenta. Al mismo tiempo que hemos aprendido a comportarnos de esta manera, también nos han enseñado que ser racistas es algo ‘malo’. Así que hemos aprendido a ser racistas pero sin parecerlo, sin darnos cuenta de cómo, cuándo y por qué actuamos así. Parece que las personas racistas son solo aquellas que declaran querer serlo. Pero el racismo es un mecanismo social muy complicado, y para explicarlo siempre lo comparo con un iceberg. La parte visible del iceberg, la más pequeña, corresponde a las personas que no tienen ningún problema en reconocer que son racistas. El resto, los seres humanos que no queremos serlo, representamos la parte oculta del iceberg, la que no se ve desde la superficie.

La segunda razón por la que nos comportamos de manera racista es más complicada de explicar. En resumen, se trata de que a veces nos conviene porque sacamos beneficio inmediato de una situación concreta o en términos generales.

En una situación concreta utilizar un argumento racista en una discusión o en un conflicto es como jugar a las cartas con un as guardado en la manga que podemos sacar en el momento más efectivo. Es una forma de decirle a la otra persona: “no vales tanto, vales menos”, pero de una forma que le haga daño. Por ejemplo, cuando en una discusión se dice: “tú no eres de aquí, ¡vete a tu país!”, es negar a esa persona la pertenencia y la opinión. O en otra situación: “¿de dónde eres?”, “de aquí de Madrid”, “bueno sí pero y tus padres, ¿de dónde son?”… Esto significa que no consideramos ‘normal’ su color de piel o su manera de vestir o de hablar y, por lo tanto, pedir aclaración implica señalar la diferencia con lo que debería ser (pertenecer al mismo grupo que pertenece la persona que pregunta).

En términos más generales, un argumento racista esconde privilegios. Vivimos en una sociedad que atribuye las ventajas (dinero, poder, mejores condiciones de vida) a los méritos y al esfuerzo; a las oportunidades también, pero sobre todo al hecho de saber aprovecharlas. Pero eso implica pensar que todas las personas hemos nacido en las mismas condiciones y, si la vida se pudiera representar como una carrera, es como creer que partimos de la misma línea de salida. Sin embargo, esto no es así. El lugar en el que nacemos nos proporciona a algunas unos privilegios de partida y nos coloca en una posición que nos permite aprovechar las oportunidades con ventaja, como si hubiéramos nacido un poco adelantados con respecto a la salida de la carrera. Pero curiosamente, en vez de reconocerlo, lo que hacemos es ocultar los privilegios, de manera que nuestras ventajas puedan atribuirse al esfuerzo y al trabajo.

Portada del cómic ¿Racista yo? / Oficina de Publicaciones Oficiales de las Comunidades Europeas, Luxemburgo, 1998

Los argumentos racistas nos ayudan a esconder los privilegios de partida y desvían la atención hacia las personas que no salieron adelantadas, atribuyendo sus lugares más atrasados en esa carrera de la vida a determinadas características o carencias que ellas tienen. Les decimos, de manera que hasta ellas lo aceptan, que por ser mujer o por pertenecer a determinada religión o haber nacido en un lugar no tienen los mismos derechos, no pueden estar en igualdad de condiciones.

Los argumentos racistas son dolorosos, para las víctimas en primer lugar, porque suelen ser condiciones que no se pueden cambiar pero, sobre todo, porque las propias víctimas, que han crecido y se han educado en la sociedad racista, han aceptado que determinados colores de piel o género o lugar de nacimiento les excluyen de determinadas ventajas. Ocultamos los privilegios de partida porque queremos que atribuyan las ventajas al trabajo y al esfuerzo, y culpamos a las víctimas de sus desventajas haciéndoles responsables a ellas.

Si tuviéramos el convencimiento de que es necesario erradicar el racismo, deberíamos iniciar un proceso que nos ayude poco a poco a ser conscientes de cuáles son los privilegios que disfrutamos con respecto a otras personas y entender que son esos privilegios los que nos han permitido aprovechar las circunstancias, y no solo el esfuerzo y el trabajo como solemos pensar.

Y como no siempre somos verdugos, sino que en algunas ocasiones también somos víctimas, deberíamos aprovechar la sensibilidad que las víctimas tienen hacia la discriminación y el interés por combatirla, e incorporar esos aprendizajes para tener más cuidado en las ocasiones que actuamos como verdugos.

 

* Margarita del Olmo es investigadora en el Instituto de Lengua, Literatura y Antropología del CSIC

Gabriella Morreale, la investigadora del CSIC que introdujo la prueba del talón en España

Gabriella Morreale

Gabriella Morreale siguió trabajando en su laboratorio hasta pasados los 80 años.

Por María Jesús Obregón* y Mar Gulis

Un pequeño pinchazo en el talón a las pocas horas de nacer: quien haya nacido en España a partir de los primeros años 80 no se ha ‘librado’ de esta práctica médica hoy conocida como la prueba del talón. Gracias a ella es posible detectar de manera temprana algunas enfermedades congénitas que pueden generar serios problemas de salud y que, de otro modo, pasarían inadvertidas.

En nuestro país, debemos la introducción de esta prueba a Gabriella Morreale de Escobar, que falleció el pasado mes de diciembre. Nacida en Milán en 1930, hija de padre diplomático y madre bióloga, a los 11 años se afincó con su familia en Málaga. Estudió Química y realizó la tesis doctoral en la Universidad de Granada. Desde entonces su carrera científica estuvo estrechamente vinculada a la de su marido, el médico Francisco Escobar del Rey. Ambos realizaron una estancia postdoctoral en la Universidad de Leiden (Holanda) y se convirtieron en investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en 1958. Más tarde contribuirían a la creación del Instituto de Investigaciones Biomédicas, centro mixto del CSIC y la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), donde Morreale desarrolló su actividad hasta pasados los 80 años, mucho tiempo después de su edad de jubilación.

A lo largo de su vida, está investigadora realizó importantes contribuciones científicas que tuvieron un gran impacto sobre la salud pública en nuestro país. Entre otras cosas, luchó por la introducción de la sal yodada en España para la prevención del bocio, introdujo la mencionada prueba del talón y demostró la importancia de las hormonas tiroideas maternas en el desarrollo del cerebro del feto.

Morreale, junto a varias colaboradoras, en los años 60.

Ya durante su tesis doctoral, realizada bajo la dirección del químico Emilio Gutiérrez Ríos y como becaria del médico Emilio Ortiz de Landázuri, probó que en la Alpujarra granadina, al igual que en otras muchas regiones españolas, la carencia de yodo era la causante del bocio endémico, un aumento de la glándula tiroides que origina un bulto en el cuello y a veces hipotiroidismo y discapacidad intelectual. Morreale también demostró que este trastorno podía prevenirse dando sal yodada a la población, una campaña que resultó muy eficaz.

Estos estudios continuaron en Las Hurdes a partir de 1967 con resultados similares. Pese a ello, la administración de yodo añadido a la sal común no fue adoptada en España hasta 1983; y tampoco se ha logrado la yodación universal de la sal, como sí ocurre en otros países.

En 1976, Morreale inició un estudio piloto para la detección del hipotiroidismo congénito, una enfermedad que se caracteriza por la ausencia de tiroides y que puede derivar en casos de discapacidad intelectual y retardos en el crecimiento. A partir del análisis de la sangre del talón de los recién nacidos, estableció un programa que hacía posible el diagnóstico eficaz y precoz de la enfermedad, lo que a su vez permitía tratar a los afectados con hormona tiroidea y evitar así que desarrollaran los otros trastornos.

Prueba del talón

En España, la prueba del talón ha permitido prevenir unos 6.500 casos de discapacidad intelectual y cretinismo.

En pocos años, el programa fue adoptado por todas las comunidades autónomas, algo que ha permitido prevenir unos 6500 casos de discapacidad intelectual y cretinismo hasta la fecha. Por esta contribución, en 1983 Morreale y Escobar recibieron junto a su equipo el I Premio Reina Sofía de Prevención de la Subnormalidad (hoy conocido como Premio Reina Sofía de Prevención de la Discapacidad).

Otra de sus líneas de investigación fue la importancia de las hormonas tiroideas maternas para el desarrollo del feto y, sobre todo, del cerebro fetal. Morreale fue una pionera a nivel mundial al demostrar que las hormonas tiroideas maternas protegen el desarrollo fetal, una conclusión que llevó a promover el control médico de la función tiroidea (hipotiroxinemia) en las mujeres gestantes, especialmente en las áreas de deficiencia de yodo, así como a la vigilancia de los niños prematuros.

Cuando se repasa la trayectoria de científicos y científicas es habitual destacar imágenes de la última etapa de su vida: normalmente, fotografías de una persona ya entrada en años a la que no le faltan reconocimiento ni galardones. Este también podría ser el caso de Gabriella Morreale, merecedora de innumerables premios, entre los que además del mencionado Premio Reina Sofía destacan el Premio Nacional de Medicina, el Severo Ochoa y el Jaime I.

Mañana, martes 24 de abril, el CSIC y la UAM han organizado un acto de homenaje a su figura, en el que se hablará de sus importantes aportaciones científicas, pero también de su infancia y juventud, de la pasión por el conocimiento que transmitió a las varias generaciones de investigadores e investigadoras a las que formó, así como su carácter afable y de su penetrante inteligencia, siempre acompañada de una gran sencillez.

 

* María Jesús Obregón ha sido investigadora del CSIC y discípula de Gabriella Morreale en el Instituto de Investigaciones Biomédicas “Alberto Sols” (CSIC-UAM).