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¿De dónde viene la sal del mar?

Por Mar Gulis

Si observamos la etiqueta de una botella de agua mineral, comprobaremos que contiene una pequeña cantidad de sales. Estos componentes no han sido añadidos artificialmente sino que provienen de la disolución de las rocas por las que ha pasado el agua (un proceso que recibe el nombre de lixiviación).

Boyas SMOS

Boyas usadas durante la Expedición Malaspina 2010 para medir la salinidad superficial del océano con el satélite SMOS de la Agencia Espacial Europea (ESA). / Joan Costa-CSIC

Durante millones de años el agua procedente de ríos y manantiales, como la de la botella, ha ido a parar al mar. Junto con ella, el polvo que el viento transporta desde tierra, las cenizas volcánicas y las fuentes hidrotermales de los fondos marinos también han ido depositando sales en mares y océanos. En ocasiones de forma nada desdeñable, como ocurre habitualmente con las tormentas de arena procedentes del Sahara o como sucedió en 2010 con la erupción del volcán islandés Eyjafjallajokull.

Puesto que en el proceso de evaporación del mar el agua se va pero las sales se quedan, la concentración de sales ha ido aumentando, año tras año, hasta alcanzar la salinidad actual, que es aproximadamente de unos 35 gramos de sal por litro de agua de mar. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la salinidad puede variar bastante entre diferentes mares. Por ejemplo, en el Mar Muerto, que está bastante aislado y en el cual hay mucha evaporación, la salinidad puede ser muy elevada –entre cinco y diez veces mayor que la del Mediterráneo–. En cambio, en la Antártida encontramos habitualmente salinidades de 33 o 34 psu (aproximadamente 33 o 34 gramos de sal por litro de agua). Esto es debido a la disolución de los icebergs y las masas de hielo continental.

Sin sales, los océanos y la Tierra no serían lo que son. Estos compuestos hacen que el agua de mar sea más densa que las aguas continentales y que tenga un punto de congelación menor, unos -2º C. Las pequeñas diferencias de salinidad y temperatura hacen que algunas masas de agua sean más densas que otras (a más salinidad y menos temperatura, más densidad). El agua más densa se hunde y deja lugar en la superficie a aguas menos densas, lo cual es clave para la circulación de las corrientes marinas que distribuyen el calor por el planeta y regulan su climatología.

Además, las sales son de vital importancia para los organismos marinos. Por ejemplo, el esqueleto de ciertos corales y las conchas de almejas, ostras y algunos caracoles están construidos con carbonato cálcico.

5 años de variaciones en la salinidad superficial del mar captadas por el satélite SMOS / ESA

 

Si quieres más ciencia para llevar sobre las sales del mar consulta las web El mar a fondo e ICM Divulga, así como la exposición Un mar de datos.

Cómo llevar un río al laboratorio

Por Mar Gulis

Cerca de 25.000 kilómetros de los cursos fluviales de España, algo así como el 33% del total, están muy contaminados, según indican varios estudios científicos. Los ríos son uno de los ecosistemas acuáticos más amenazados por las actividades humanas. El vertido de aguas domésticas o residuales insuficientemente tratadas o la llegada de pesticidas utilizados en la agricultura empeoran la calidad química del agua, afectando a los organismos que habitan en los ríos.

Detalle recogida porta sustratos

Detalle de la recogida de un porta sustratos, cerca del nacimiento del río Gállego.

Y el papel de estos organismos no es baladí: contribuyen al buen estado de sus aguas e incluso procesan parte de los vertidos y contaminantes que llegan al río; es decir, son parte imprescindible del proceso de autodepuración del río. Precisamente, su estudio en el laboratorio permite predecir el impacto sobre ecosistemas acuáticos de determinados contaminantes y otros factores ligados al cambio climático, como el incremento de la temperatura o la radiación ultravioleta. Pero, ¿cómo se lleva un río al laboratorio?

Quienes se encargan de hacerlo son los ecotoxicólogos fluviales. En el Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC son quienes valoran el estado de los ríos y miden los compuestos químicos que puedan resultar perjudiciales para la salud del río. Para hacerlo, estudian los organismos que habitan en ellos, como las algas o los insectos. Las algas están expuestas a todos los compuestos químicos transportados por el agua del río. Además, al estar ‘fijas’ en un lugar determinado del río (adheridas a una piedra, por ejemplo), permiten conocer qué cosas han sucedido en ese punto, como qué compuestos químicos había en el agua durante el periodo en el que han crecido.

Vista canales artificiales en el laboratorio

Vista lateral de los canales artificiales en funcionamiento, iluminados con fluorescentes que simulan la luz solar.

En este sentido, estos microorganismos actúan como indicadores de la calidad del agua, ya que la presencia o ausencia de las diferentes especies es una señal de la presencia o ausencia de determinados contaminantes.

Como los investigadores no se pueden llevar ni el río ni las piedras al laboratorio, utilizan sustratos artificiales. Estos son trocitos de plástico que se insertan en unas estructuras para que no se los lleve la corriente del río. Se dejan un tiempo en el río y se recogen cuando las algas han crecido sobre ellos. Una vez en el laboratorio los sustratos y sus algas son depositados en canales artificiales con agua del río, y sometidos a las mismas condiciones de luz, velocidad, etcétera, que se utilizarán durante los experimentos.

Una vez en el laboratorio se recrean diferentes situaciones. Por ejemplo, para medir el efecto o la toxicidad de un determinado compuesto se comparan los microorganismos de varios canales: en uno de ellos se deja el agua limpia y en los demás se añaden diferentes cantidades del tóxico que se quiere estudiar. Al medir y comparar la fotosíntesis de unas algas con otras se puede conocer con mucha precisión cuánta cantidad del tóxico afecta al alga.

Si quieres saber más sobre cómo llevar un río al laboratorio échale un vistazo al vídeo realizado por el CSIC para dar a conocer sus líneas de investigación. El vídeo forma parte del proyecto de divulgación ‘Investiga con nosotros’, que cuenta con el apoyo de la FECYT.

‘We are water, my friend’

Agua en el cuerpoPor Mar Gulis

Si fuera un personaje de Marvel, sería uno de los más poderosos, capaz de cambiar de estado y hacerse líquida, gaseosa y sólida con gran facilidad, además de controlar la temperatura de los seres vivos y de nuestro planeta. Mañana se celebra el Día Mundial del Agua y por eso desde este blog queremos homenajear a la molécula del agua, cuyas propiedades físico-químicas la hacen única.

Por ejemplo, su comportamiento térmico es excepcional. Por su alto calor específico y de vaporización, el agua es capaz de absorber calor y desprenderlo. Este ‘poder’ resulta esencial para la vida. Permite generar un clima benigno en la Tierra y regula nuestro termostato corporal, evitando grandes diferencias de temperatura entre distintas zonas del organismo, ya que basta muy poca variación de grados para poner en peligro nuestra salud. Cuando hacemos ejercicio físico generamos energía y con ella también se produce calor; para prevenir un peligroso aumento de la temperatura corporal, el agua absorbe el calor allí donde es generado y lo disipa en los compartimentos líquidos del organismo. Es decir, que a través del sudor o la respiración, el agua refrigera nuestro cuerpo.

Teniendo en cuenta que el ser humano tiene una proporción de agua que va desde el 75% en los recién nacidos hasta el 45% en la vejez, todos y todas tenemos un poco de súper héroe o heroína de Marvel. Conviene no dejar de hidratarse.

 

Si quieres más ciencia para llevar sobre la molécula del agua y sus ‘superpoderes’, visita la web La esfera del Agua, del CSIC y Aqualogy.