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CURIOSIDADES CIENTÍFICAS PARA COMPARTIR

Entradas etiquetadas como ‘cultura científica CSIC’

¿Quieres una dosis de humor científico? ‘Ciencia en Navidad’ te espera este 22 de diciembre

Por Mar Gulis (CSIC)

Se abre el telón. Dos científicos comienzan una disertación acerca de si es posible la vida extraterrestre. Pero nada es lo que parece… Así comienza la cuarta edición de ‘Ciencia en Navidad’, un evento con el que el CSIC quiere celebrar estas fiestas apostando por el lado más lúdico de la ciencia.

Bajo el título ‘2017: una odisea llegar hasta aquí’, humor, espectáculo y astrobiología convergerán en una representación que tendrá lugar el próximo 22 de diciembre en la sede central del CSIC (C/ Serrano, 117), a las 18.00 horas. Sobre las tablas, el biólogo molecular Óscar Huertas, junto al ingeniero electrónico Miguel Abril, el astrofísico Manuel González y el investigador y divulgador Emilio García, los tres últimos del Instituto de Astrofísica de Andalucía del Consejo, protagonizarán desternillantes diálogos sobre el origen de la vida en el universo. Durante la representación, los asistentes incluso recibirán la visita de dos extraterrestres enviados a la Tierra con la misión de exterminar a la especie humana.

 

Con ‘2017: una odisea llegar hasta aquí’, que se dirige a un público mayor de 8 años, el CSIC se propone ofrecer una actividad de divulgación para toda la familia durante el periodo navideño. Y una vez más, la clave de ‘Ciencia en Navidad’ está en la utilización de formatos alternativos para acercar a la sociedad temas complejos. Esta vez, el reto es seducir a personas de diferentes edades y perfiles con contenidos relacionados con la astrobiología.

“La ciencia está haciendo cosas para averiguar si existe vida extraterrestre inteligente. No os podéis perder esta charla, ¡puede cambiar vuestras vidas!”, dicen los artífices de la propuesta. La entrada es libre y gratuita hasta completar aforo, así que ya tenéis plan para este viernes.

CRISPR: cómo las bacterias nos enseñan a editar los genes

Por Lluís Montoliu (CSIC)*

Frecuentemente pensamos en las bacterias como fuente de problemas. Efectivamente, son las causantes de enfermedades infecciosas tan graves como la tuberculosis, el cólera o la peste, pero también son las que nos proporcionan yogures y otros derivados lácteos. Además, las bacterias llevan miles de millones de años sobre la Tierra, muchísimos más que nosotros. Durante todo este tiempo han desarrollado un sistema de defensa muy eficaz que les permite zafarse de la infección por virus.

El sistema inmune de las bacterias fue descubierto por Francisco Juan Martínez Mojica, microbiólogo de la Universidad de Alicante, que lleva más de 25 años investigando sobre este tema. ¿Qué hace que este mecanismo de defensa sea tan especial? Pues, entre otras cosas, que se transmite genéticamente, de unas bacterias a sus hijas o descendientes. Por ejemplo, cuando nosotros nos vacunamos contra el virus del sarampión adquirimos unas defensas que evitan que desarrollemos esta enfermedad. Ahora bien, nuestros hijos no heredan esta defensa. Si queremos que ellos estén protegidos contra el sarampión, también tenemos que vacunarlos (algo sobre lo que nadie debería albergar hoy en día ninguna duda, por cierto). Las bacterias son más inteligentes que nosotros. Una vez aprenden a defenderse de un virus son capaces de transmitir esta defensa a sus hijas, y éstas a sus nietas, etc., perpetuando esta defensa. Este descubrimiento básico de Mojica, realizado en 2003, sirvió para que otros investigadores se dieran cuenta de que el mecanismo por el cual las bacterias se defienden de los virus también puede usarse, sorprendentemente, para editar los genes con una precisión nunca antes vista.

En 2012 varios científicos, entre ellos las investigadoras Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, describieron este sistema de edición basándose en los trabajos de Mojica. El sistema está formado por una proteína, denominada Cas, que actúa como una tijera molecular capaz de cortar el ADN de forma muy precisa dirigida por una guía, una pequeña molécula de ARN que le dice a la tijera Cas dónde tiene que cortar. Este sistema se denomina CRISPR (pronúnciese “crisper”), acrónimo en inglés que describe las características de estas secuencias genéticas que dirigen el corte de la tijera molecular. Éste fue el nombre, hoy en boca de investigadores de todo el mundo, acuñado también por Mojica en 2001.

El mecanismo por el cual las bacterias se defienden de los virus también puede usarse para editar los genes. / geneticliteracyproject.org

¿Qué podemos hacer con las herramientas CRISPR? Igual que cuando nos equivocamos al escribir un texto en el ordenador y podemos volver atrás y corregir, eliminar o sustituir la palabra o letras erróneas, con las herramientas CRISPR podemos editar los genes. Podemos añadir letras si faltan, eliminar letras si sobran, sustituirlas o corregirlas por otras. En definitiva, podemos modificar los genes a voluntad. Esto ha provocado una verdadera revolución en biología, biomedicina y biotecnología.

Ahora podemos desarrollar modelos celulares y animales más adecuados para el estudio de las enfermedades. Por ejemplo, tras diagnosticar a un paciente afectado por alguna de las miles de enfermedades raras de base genética que existen, y detectar el gen y la mutación causantes de esa enfermedad, podemos replicar exactamente esa misma mutación en ratones. A estos ratones que reproducen la misma alteración genética de un paciente los llamamos ‘ratones avatar’ para ilustrar la conexión existente entre ellos. Gracias a ellos podremos validar la seguridad y eficacia de nuevos tratamientos de una forma más efectiva, ya que son portadores del mismo error genético. Si somos capaces de introducir una mutación en ratones, también deberíamos poder usar las mismas herramientas CRISPR para revertir errores genéticos que afectan a los millones de personas con alguna enfermedad rara. No estamos todavía ahí, pero sí en el buen camino.

Ratones avatar modificados genéticamente con CRISPR. / Davide Seruggia

Los resultados preliminares de tratamientos genéticos basados en CRISPR probados en animales son muy esperanzadores, pero todavía no están listos para su aplicación efectiva en pacientes. ¿Por qué no podemos usar las herramientas CRISPR en el hospital? En primer lugar, la precisión que tienen las herramientas de edición genética CRISPR no es absoluta. En determinadas ocasiones pueden cortar en secuencias genéticas muy parecidas, causando alteraciones no deseadas en genes similares que no deberíamos modificar, y cuyos cambios pueden causar problemas mayores de los que queremos solucionar. Esta es una limitación que puede reducirse al mínimo si se diseñan cada vez mejores guías y se seleccionan tijeras moleculares con mayor precisión.

Pero lo más preocupante es la segunda de las limitaciones de las herramientas CRISPR. Toda la precisión que tienen para cortar el genoma en el gen y la secuencia correctas, no la tienen los mecanismos de reparación que entran en juego inmediatamente tras el corte, restaurando la continuidad del cromosoma. Estos sistemas de reparación, que tenemos en nuestras células, progresan de forma un tanto azarosa, añadiendo y quitando letras hasta conseguir enganchar los dos fragmentos del cromosoma cortado. Si bien es cierto que podemos inducir la reparación con secuencias genéticas molde que sirvan como patrón para la reparación, también sucede que no siempre las células usarán el molde y, por ello, al reparar el corte, generarán una nueva modificación genética no deseada. Tenemos que seguir investigando estos mecanismos de reparación, para poder controlarlos y hacerlos más precisos y seguros. Solamente entonces podremos recomendar, siempre con prudencia, el uso de las herramientas CRISPR en el tratamiento de enfermedades de base genética en personas.

Tras proponerlas como sistemas de edición genética en 2012, las herramientas CRISPR fueron usadas por vez primera en 2013. Hoy, apenas cuatro años más tarde, ya estamos pensando en maneras de optimizar su uso en terapias para enfermedades, para hacerlas más seguras y efectivas. Cuando estudiaba los microorganismos que habitan las salinas de Santa Pola, Mojica no podía imaginar el camino futuro que iban a tomar sus investigaciones de biología básica. Tratando de entender como esas bacterias se defendían de los virus que las acechaban, llegó hasta un hallazgo revolucionario. Ahí está la belleza y el poder de la ciencia. Un descubrimiento microbiológico, en apariencia menor, que pasa a ser la mayor revolución tecnológica en biología. Así pues, debemos de estar agradecidos a las bacterias, por mostrarnos nuevas formas de luchar contra las enfermedades. Y a Francisco Mojica, por haber descubierto este proceso de la naturaleza y habérnoslo contado, por haber descrito el sistema CRISPR que tantas aplicaciones biomédicas está produciendo.

Vídeo en el que la proteína Cas9 corta una molécula de ADN en tiempo real por microscopía de fuerza atómica. Imágenes de la Universidad de Tokio publicadas en este artículo.

 

* Lluís Montoliu es investigador del Centro Nacional de Biotecnología (CNB) del CSIC.

 

¿Puede un robot pintar un Rembrandt?

Por Mar Gulis (CSIC)

“¿Sería posible revivir a Rembrandt?”. A partir de esta provocadora pregunta, Ramón López de Mántaras, investigador del CSIC, explica uno de los éxitos de la inteligencia artificial aplicada al arte: la creación de un cuadro que, según los expertos consultados, podría pasar por un auténtico Rembrandt. Científicos, ingenieros e historiadores del arte trabajaron durante más de un año para ‘enseñar’ a una computadora a ser ‘el próximo Rembrandt’. The Next Rembrandt, como se denomina este proyecto, ha sido impulsado por varias multinacionales, la Universidad Técnica de Delft y los museos Mauritshuis y Rembrandthuis. ¿El resultado? Este cuadro, una obra que imita a la perfección los trazos y el estilo del gran pintor holandés.

El software ‘pintó’ la obra tras analizar 326 obras del famoso pintor holandés / The Next Rembrandt

Para ello, “el software analiza detalladamente el trazo de las pinturas originales, las proporciones y distancias que se observan en los retratos de Rembrandt y otras muchas variables que se repiten en las obras del pintor: rostros masculinos, con bigote o barba, con sombrero, con la cabeza generalmente ladeada y mirando a la derecha… Después, con una impresora 3D, esta inteligencia artificial ‘pinta’ un Rembrandt”, comentó Mántaras, director del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial del CSIC, durante una charla del ciclo Inteligencia artificial y robótica en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Previamente, los desarrolladores identificaron y clasificaron los patrones más comunes de la obra del pintor, desde su composición hasta las dimensiones de los rasgos faciales de los personajes retratados. Así, la obra resultante se basa en el análisis pormenorizado de miles y miles de fragmentos pictóricos de los 346 cuadros conocidos del autor. El procesamiento estadístico de todos los datos hace que el software ‘fabrique’ un cuadro que integra las variables que más se repiten; en este caso, la pintura resultante debía ser un retrato de un hombre caucásico, de entre 30 y 40 años, con vello facial, ropa oscura, cuello blanco, sombrero y la cara girada hacia la derecha, como muchas de las obras del maestro del barroco.

A lo largo del proceso, la computadora combina un algoritmo de reconocimiento facial con un software de aprendizaje profundo. Después, ‘aprende’ a pintar una nariz, unos ojos o una boca como lo haría Rembrandt. Como resultado, pinta un nuevo cuadro, no una réplica de uno existente.

El proyecto refleja hasta qué punto está perfeccionándose la capacidad de los ordenadores para realizar tareas específicas mejor que las personas. Este no es el único ejemplo: jugar al ajedrez, buscar soluciones a fórmulas lógicas o realizar diagnósticos más rápido que los médicos son actividades que algunas máquinas resuelven con más pericia que los humanos. Ahora bien, ¿es posible construir máquinas con una inteligencia similar a la humana? Esta es una de las preguntas que planteaba Mántaras, también coautor del libro Inteligencia artificial (CSIC-Catarata). En su opinión, “los intentos de crear este tipo de inteligencia artificial se enfrentan a la dificultad de dotar a las máquinas de sentido común”. Este conocimiento es fruto de nuestras vivencias y experiencias, que a su vez son el resultado de una interacción constante con el entorno, algo que no pueden adquirir las computadoras.

“Ese es el gran desafío. No nos acercamos a la inteligencia artificial general porque desarrollamos inteligencias muy específicas. Hay que integrar todo eso”, añadió. Como señala en su libro, “necesitamos nuevos algoritmos que puedan responder a preguntas sobre prácticamente cualquier tema. Y además, estos sistemas deberán ser capaces de aprender nuevos conocimientos a lo largo de toda su existencia”. Eso sí, mientras se avanza hacia esa inteligencia profunda, ya podemos admirar obras maestras realizadas por computadoras; aunque quizá nos hallemos también ante una nueva pérdida del aura de la obra de arte, tal y como advirtió Walter Benjamin.

 

Sarah Mather, la desconocida inventora del periscopio

Por Mar Gulis (CSIC)

 Dibujo que aportó Mather para registrar su  patente en 1845 / Oficina de Patentes de EEUU

Hace 172 años, una estadounidense de la que apenas sabemos nada escribía lo siguiente: “La naturaleza de mi invención consiste en la construcción de un tubo con una lámpara unida a un extremo del mismo que puede ser hundido en el agua para iluminar objetos con el mismo, y un telescopio para ver dichos objetos y hacer exámenes bajo el agua…”. Así comenzaba la presentación de su patente Sarah Mather. Era el 16 de abril de 1845 y esta mujer había inventado el periscopio submarino.

Este instrumento óptico con forma de tubo permite, gracias a la utilización de prismas o espejos y basándose en la ley de la reflexión de la luz, la observación de una zona inaccesible a la visión directa. A través de su particular diseño, el periscopio posibilita que alguien que está oculto en una trinchera, un submarino u otro espacio diferente, vea sin ponerse al descubierto. Generalmente, mediante un volante en su extremo inferior el periscopio puede girar y así ampliar la observación a un campo de 360º. Si además se le añaden lentes con aumento, es posible observar a gran distancia. De ahí que su utilización sea frecuente en los submarinos, con el fin de ver sobre la superficie del agua mientras el vehículo se desplaza subacuáticamente.

Así, el periscopio ideado por Mather posibilitó a los buques de navegación marítima, ya en el siglo XIX, inspeccionar las profundidades del océano o saber a qué distancia y posición se encontraban determinados objetos sin que el observador fuera visto. Pero, “aunque su patente fue clave en la historia de la navegación submarina, apenas conocemos datos de la biografía de Mather”, cuenta Sara El Aissati, del Instituto de Óptica del CSIC y miembro del IO-CSIC OSA student chapter (IOSA).

En el Diccionario Biográfico de la Mujer en la Ciencia, una vasta obra que recoge la biografía de cerca de 3.000 mujeres científicas, “se sugiere que Mather se casó y que tuvo al menos una hija”, señala la investigadora. Pero no se conoce su fecha de nacimiento, ni cuándo murió, ni aparecen registradas otras patentes suyas. Tampoco parece existir ninguna imagen de esta inventora olvidada.

Una mujer observa a través de un periscopio a bordo de un submarino estadounidense / US Navy.

En el registro de su invención, la propia Mather explicaba la utilidad del artilugio: “La lámpara y el telescopio se pueden usar para diversos fines, tales como el examen de los cascos de los buques, para examinar o descubrir los objetos bajo el agua, para la pesca, la voladura de rocas para despejar los canales y otros usos”. De estas líneas puede deducirse que la inventora seguramente no se imaginaba el grado de sofisticación que alcanzaría su ingenio, pieza clave en la investigación marítima y en el desarrollo de la industria naval. Como recuerda El Aissati, “la primera noticia que se tiene de la utilización de un periscopio data de 1864, fecha en la que Thomas Doughty, ingeniero de la Armada de los EE UU, usó un tubo de hierro y unos espejos a bordo de un barco fluvial en la expedición al río Rojo”.

Hoy varios son los usos que se le dan a este invento. Más allá del ámbito militar, los periscopios siguen siendo utilizados para observar buques y aviones y así facilitar la navegación marítima y aérea; para realizar investigaciones e incluso en el ámbito de la publicidad, cuando se quieren conseguir determinadas imágenes en actos multitudinarios o simplemente difíciles de obtener.

Paradójicamente, “hasta 2011 a las mujeres estadounidenses no se les permitió servir en submarinos, a pesar de que fue una de ellas la que contribuyó a la modernización de los mismos con este invento”, afirma El Aissati.

¿Para qué sirve el reloj interno de las plantas?

Por Ana María Butrón Gómez (CSIC)*

Las llamadas plantas anuales, aquellas que completan su ciclo de vida en un año o menos, deben ser capaces de florecer, ser polinizadas y granar en el momento adecuado dentro del ciclo anual. Solo así pueden garantizar su supervivencia. Pero ¿cómo saben exactamente cuándo es el momento de florecer? La respuesta tiene que ver con la sensibilidad; las plantas suelen ser sensibles a ciertas claves estacionales, como la duración del día o de la noche, y a la temperatura.

Las plantas de ‘día largo’ son aquellas que florecen cuando el día se alarga por encima de un determinado umbral. Este tipo de plantas, aunque puede haber excepciones, también perciben las bajas temperaturas como una señal para seguir en el estado vegetativo, que es más tolerante al frío que el estado reproductivo (el que va desde floración hasta la formación de la semilla). De modo que seguirán en estado vegetativo hasta que hayan acumulado un determinado número de horas por debajo de cierta temperatura umbral, lo que les asegurará el florecimiento cuando las bajas temperaturas ya hayan pasado. Entre las plantas de ‘día largo’ están el trigo, la cebada, el guisante, la cebolla, la espinaca, la lechuga, la remolacha, etc.

Flores de trigo, cebada, cebolla y guisante. / Lavin y Pixabay

En cambio, las plantas de ‘día corto’, como el arroz, el maíz, el sorgo, la caña de azúcar, o el tabaco, necesitan largos e ininterrumpidos periodos de oscuridad para que se produzca la inducción de la floración. Muchos cultivos de día corto como el maíz y el arroz tienen su origen y/o fueron domesticados en regiones tropicales y subtropicales. En dichas regiones, la época seca suele coincidir con el invierno y la selección ha favorecido a aquellas plantas en las que la floración se induce cuando la duración de la noche supera un umbral (en el curso del verano) y granan antes de la estación seca.

Por último, también hay plantas insensibles a la duración del ciclo día/noche o fotoperiodo, como el pepino y el tomate, entre otras. Estas son llamadas plantas neutrales al fotoperiodo y en ellas la floración es inducida por la edad o por estímulos alternativos.

A medida que el ser humano fue extendiendo los cultivos a áreas distintas de los lugares de origen y domesticación (proceso por el cual una planta deja de ser silvestre y adquiere características propias de las plantas cultivadas), en muchos de ellos, a priori sensibles al fotoperiodo, se pudieron seleccionar variedades insensibles que se adaptaban mejor a las nuevas condiciones ambientales. Es el caso del maíz que, en su camino hacia latitudes más altas, fue fijando variantes genéticas que le conferían insensibilidad al fotoperiodo y le permitían adaptarse al cultivo en las zonas templadas del planeta. Como resultado, hoy este recién llegado es un cultivo habitual en Europa y otras regiones muy alejadas de su origen, América Central.

En gran medida la sensibilidad al fotoperiodo es el resultado de interacciones entre un ‘reloj interno’ de la planta llamado reloj circadiano, y las señales luminosas de su entorno que son captadas por diversos fotorreceptores presentes en las hojas. Así, sólo se encenderá la ‘alarma’ que activa la floración cuando la señal externa coincida con un momento concreto del ritmo interno de la planta.

Fases de floración de la amapola (Papaver rhoeas). / Hunda

Por ejemplo, se sabe que en una pequeña planta que se utiliza como modelo en muchos estudios, Arabidopsis, la acumulación de una proteína que pone en marcha el mecanismo de inducción de la floración está controlada por el reloj interno. Cuando  los días son cortos, este pico de acumulación de la proteína coincide con la noche y la oscuridad hace que la proteína se degrade. Sin embargo, cuando la acumulación se produce antes del anochecer, que es lo que sucede cuando se alarga el día, hay varios fotorreceptores sensibles a la luz blanca, azul y roja lejana que estabilizan la proteína. En estas circunstancias, la proteína activa el proceso de inducción de la floración en el que intervienen muchos otros genes.

En resumen podría decirse que los estímulos externos por sí solos no son capaces de marcar el ritmo biológico de las plantas, sino que para ello es necesario que haya sintonía entre dichos estímulos y el reloj interno que poseen las plantas.

 

 

 

*Ana María Butrón Gómez es vicedirectora de la Misión Biológica de Galicia y científica titular del Grupo de Genética y Mejora de Maíz.

Ciencia, literatura y viaje: ¡coge tu cámara y participa!

Por Mar Gulis (CSIC)

Julio Verne, Ida Pfeiffer y Marco Polo. / Wikimedia

Ya en el siglo XIII, el mercader veneciano Marco Polo viajó a lugares tan remotos –y entonces desconocidos– como las tierras de Oriente Medio y Asia. Sus aventuras le llevaron a China, Japón, India o Sri Lanka, entre otros países. Aquellas experiencias quedaron luego plasmadas en obras como El libro del millón, conocido en castellano como Los viajes de Marco Polo. Estos relatos dieron a conocer en la Europa medieval de la época las lejanas tierras y civilizaciones de oriente. Varios siglos más tarde, Daniel Defoe primero y Julio Verne después se convirtieron en referentes de una literatura de viajes que cristalizó en títulos como Robinson Crusoe y La vuelta al mundo en ochenta días. Y en el siglo XIX el espíritu aventurero llevó al científico Charles Darwin a emprender una expedición por todo el mundo que quedaría plasmada en El viaje del Beagle y numerosos documentos  gráficos.

Siempre menos conocidas y a menudo olvidadas por la historia, mujeres como la escritora y viajera austriaca Ida Pfeiffer, que dio dos veces la vuelta al mundo, la exploradora y etnóloga Mary Kingsley, que se marchó sola a África en 1893, o Isabella Bird, naturalista inglesa del siglo XIX, contaron también sus vivencias en diferentes continentes.

Estos y otros nombres evocan y representan la fascinación del ser humano por conocer y explorar nuevos territorios. Precisamente esa idea es la que subyace en Ciencia, literatura y viaje, el título del concurso de fotografía convocado por la biblioteca Tomás Navarro Tomás del CSIC. Su objetivo es homenajear la literatura de viajes, el viaje científico y sus protagonistas animando a participar en el certamen y a descubrir, cámara en mano, lugares, personajes y acontecimientos recogidos en las novelas de aventuras y las expediciones científicas. (Pincha en la imagen de debajo para ver el vídeo del certamen).

Para participar en esta iniciativa, que se enmarca en la Semana de la Ciencia de 2017, solo tienes que fotografiar y realizar composiciones fotográficas sobre elementos, lugares, monumentos, libros, paisajes, etc., relacionados con esta temática. Eso sí, en las imágenes no podrán aparecer retratadas personas cuyos rostros puedan ser identificados.

Las fotografías ganadoras recibirán un lote de libros de la Editorial CSIC y una selección de las imágenes recibidas se exhibirán en una exposición en el Centro de Ciencias Sociales y Humanas del CSIC.

El plazo de presentación de los trabajos se iniciará el 1de septiembre y finalizará el 17 de octubre. Puedes consultar las bases del concurso aquí.

¡Prepara tu cámara y participa!

Menús de algas contra el cambio climático y la superpoblación

Por Mar Gulis (CSIC)

Si eres fan de la cocina japonesa, te habrás hartado a comer nori, wakame o espaguetis de mar. Y si no, puede que acabes degustando estas y otras algas más pronto que tarde. Hablamos de un alimento que, aunque aquí se vincule aún con restaurantes modernos, en el continente asiático se consume habitualmente desde tiempos remotos. En Japón, por ejemplo, “se emplean más de 20 especies diferentes de algas en platos comunes”, afirman los investigadores del CSIC Elena Ibáñez y Miguel Herrero. Y en textos chinos de hace más de 2.500 años se describe a estos organismos como “una delicia para los huéspedes más selectos”, señalan en su libro Las algas que comemos (CSIC-Catarata). En la obra, Ibáñez y Herrero, del Instituto de Investigación en Ciencias de la Alimentación –centro mixto del CSIC y la Universidad Autónoma de Madrid–, describen en tono divulgativo las propiedades nutricionales de las algas, su potencial en la alimentación o su papel en la lucha contra el cambio climático.

Microscopía del cocolitóforo unicelular de la alga Gephyrocapsa oceanica / Neon ja

“Las algas son organismos fotosintéticos que poseen estructuras reproductivas simples y que pueden existir en forma de organismos unicelulares microscópicos o de organismos multicelulares de gran tamaño”, explican. Tienen características únicas que las diferencian de otros seres vivos, como su gran capacidad de adaptación a las condiciones ambientales y su rápido crecimiento, por lo que pueden obtenerse en grandes cantidades.

De su enorme diversidad da idea el siguiente dato: se considera que existen al menos 40.000 especies diferentes, con propiedades y composiciones químicas muy diversas. Hay también muchas clasificaciones, como la que diferencia entre microalgas (unicelulares y microscópicas) y macroalgas, más parecidas a lo que podríamos denominar plantas acuáticas. Dentro de esta última categoría comúnmente se habla de algas rojas, marrones, verdes… Sin embargo, desde el punto de vista nutricional sí pueden observarse algunas características comunes. En general, estos organismos “son ricos en polisacáridos y poseen muy poca grasa”, de ahí que se les considere alimentos saludables. En otras palabras, aportan fibra, que favorece el tránsito intestinal, y tienen poco aporte calórico.

Diferentes presentaciones culinarias a base de algas / Ewan Munro y Max Pixel

Además, Ibáñez y Herrero subrayan que algunas especies de algas son bastante ricas en proteínas. “Mientras que en las algas verdes y rojas la cantidad de proteína puede oscilar entre un 10% y un 30% de su peso seco, las algas marrones son más pobres en este tipo de componentes”. En concreto, los autores destacan las algas rojas, como Porphyra tenera (Nori), por su elevado contenido proteico. Respecto a su aporte vitamínico, este varía mucho según la especie y la estación del año, pero en general la vitamina C se encuentra presente en muchas algas en cantidades importantes.

Y aún hay más: los polisacáridos de algas pueden incluir otros componentes como los alginatos, utilizados por la industria alimentaria como espesantes para elaborar helados, salsas o las sofisticadas ‘esferificaciones’ propias de la cocina molecular. O los carragenanos, muy presentes en la alga roja Chondrus crispus, para formar geles. Asimismo, las algas más consumidas suelen “tener una buena cantidad de ácidos grasos poliinsaturados omega-3 y omega-6”, que pueden reducir el riesgo de desarrollar cáncer de colon, próstata y mama.

Algas empleadas en la preparación de maki sushi / Lizzy

Más allá de sus propiedades nutricionales, los investigadores inciden en otro aspecto: lo fácil que es su cultivo y lo rápido que crecen. Algo crucial a la luz de los pronósticos demográficos de la ONU. Según este organismo, para 2030 la población mundial aumentará en 1.000 millones de personas, situándose en unos 8.600 millones. Ante la necesidad de incrementar la producción de alimentos con valor nutritivo y cuyo cultivo sea sostenible mediambientalmente, los autores recuerdan la importancia de los recursos marinos, en particular las algas, para las próximas décadas. Estos seres vivos pueden ser una alternativa “a la síntesis química para la obtención a gran escala de determinados compuestos”, plantean.

Finalmente, su gran capacidad para absorber CO2, el principal gas causante del cambio climático, hace que el cultivo de algas se contemple como otra vía para reducir las emisiones a la atmósfera. Incluso el tratamiento de aguas residuales podría abordarse recurriendo a estos microorganismos, ya que son capaces de utilizar como nutrientes sustancias contaminantes que aparecen disueltas en este tipo de aguas, como el CO2, el nitrógeno y el fósforo.

Semana de la Ciencia del CSIC: cómo sobrevivir a un apocalipsis zombi o crear un microscopio con tu móvil

Por Mar Gulis (CSIC)

‘¿Cómo sobrevivir a un apocalipsis zombi con los métodos del Paleolítico?’. Este es el sugerente título del taller de arqueología experimental que forma parte de la programación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Galicia durante la Semana de la Ciencia. La actividad es solo una muestra de las más de 300 que el CSIC ha organizado a nivel nacional para este gran evento de divulgación. A través de los más de 70 centros de investigación que participan, la Semana de la Ciencia del CSIC, organizada con el apoyo de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), ofrecerá propuestas, gratuitas y dirigidas al público general sobre todas las áreas del conocimiento.

Semana de la CIenia 2015

Taller del IOSA del Instituto de Óptica del CSIC. /Juan Aballe. Cultura Científica CSIC.

Hoy, lunes 7 de noviembre, arranca esta cita anual en muchas comunidades autónomas. En la mayoría de ellas el evento se prolongará hasta finales de mes.

La Casa de la Ciencia de Sevilla presenta ‘¡Conoce tu oído!’, una actividad en la que los participantes visitarán la exposición ‘Inaudito, la aventura de oír’ y podrán hacerse un test auditivo gratuito con un especialista; mientras que en Aragón múltiples talleres interactivos permitirán reconocer cereales (Estación Experimental Aula Dei) o conocer el proceso de captura y almacenamiento de CO2 (Instituto de Carboquímica). Con el mismo formato de charlas y talleres podremos conocer las bacterias que comemos en ‘Ciencia en la mesa’, con investigadores del Instituto de Productos Lácteos de Asturias, o descubrir las islas del archipiélago canario ya sumergidas y las que se están formando (Instituto de Productos Naturales y Agrobiología). channa-166896_960_720

La Semana de la Ciencia del CSIC también juega con otros formatos, como las exposiciones. La biblioteca del Observatorio del Ebro acogerá una muestra de mapas antiguos, mientras que ‘Sketching científico’ exhibirá dibujos basados en el trabajo de los científicos y científicas del Centro de Investigación en Agrigenómica, ambas en Cataluña. El hall de la sede central del CSIC acogerá por su parte la exposición, ‘Excreta: una exposición (in)odora, (in)colora e (in)sípida’, realizada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales en colaboración del Área de Cultura Científica del CSIC.

También se podrá disfrutar de degustaciones de aceite, café y chocolate, con el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (Madrid), realizar rutas científicas como la del Risco de las Cuevas de Perales de Tajuña, organizada por el Instituto de Geociencias o disfrutar del teatro científico con espectáculos como ‘Tu nombre me sabe a ciencia’, del grupo TeatrIEM.

Teatro científico

Escena del grupo de teatro científico TeatrIEM.

Una parte de la programación se enmarcará asimismo en el Año Internacional de las Legumbres, conmemoración que se está celebrando durante 2016. Talleres como ‘Del campo a la cocina’, del Instituto de Productos Naturales y Agrobiología (Tenerife), o ‘El rincón de las legumbres’, propuesta de la Misión Biológica de Galicia (Pontevedra), servirán para dar a conocer las propiedades nutritivas de las leguminosas. También habrá concursos, cuentos y exposiciones con las legumbres como protagonistas.

Para más información, la página web de la Semana de la Ciencia y la Tecnología en el CSIC, recopila toda la programación, que se puede consultar por fecha, localidad, centro, palabra clave o tipo de actividad (en algunas actividades es necesario realizar reserva).

El 98% del hábitat de los mamíferos en España, amenazado por las carreteras

Por Mar Gulis (CSIC)

El lince ibérico es una de las especies más afectadas por el aumento de las carreteras / Wikipedia

Mamíferos como el lince ibérico ven deteriorado su hábitat natural por el aumento de las infraestructuras humanas / Wikipedia

En 2050 nuestro planeta tendrá más kilómetros de carreteras asfaltadas que los que nos separan del planeta Marte. Aparte de facilitar el transporte de mercancías y personas, ¿qué otras consecuencias tiene la construcción frenética de estas infraestructuras?

Una investigación del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y de la Concordia University of Montreal analiza sus efectos sobre la vida y supervivencia de aves y mamíferos. El estudio señala que “las carreteras y edificaciones fragmentan y deterioran el medio natural impidiendo que muchas poblaciones animales dispongan de las áreas que necesitan para sobrevivir”.

¿Por qué suponen las carreteras semejante amenaza? Aurora Torres, investigadora principal del proyecto, apunta varias causas, si bien no todas operan por igual en cada una de las especies afectadas. “En primer lugar está la mortalidad por atropello, pero también se ha detectado un efecto barrera; las especies que evitan cruzar las carreteras se quedan cada vez más aisladas, lo que a su vez puede provocar una pérdida de diversidad genética en sus poblaciones”, explica. “Además, estas infraestructuras producen un deterioro del hábitat que puede conllevar una pérdida de recursos para algunos animales”.

Tras cartografiar el entramado de infraestructuras de transporte del continente europeo, la investigación ha constatado una presencia masiva de las mismas. Torres señala que el aumento de carreteras “implica que los animales no tienen muchas posibilidades de vivir alejados de la influencia humana”.

En el caso de España, la situación es paradójica. En nuestro país, igual que en algunos escandinavos y bálticos, todavía existen zonas relativamente grandes alejadas de infraestructuras humanas. Pero, al mismo tiempo, la región mediterránea, una de las de mayor biodiversidad del planeta, es la que más desarrollo urbano ha experimentado en los últimos años. Esa circunstancia tiene un impacto sobre la distribución de especies. Por ejemplo, en la Península Ibérica, “el oso pardo, el águila imperial o el lince ibérico muestran una mayor prevalencia en zonas alejadas del ser humano, de ahí la importancia de conservar las áreas con escasa influencia de infraestructuras”, explica el investigador del MNCN Juan C. Alonso.

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En las próximas décadas, el 90% de las carreteras se construirá en los países en vías de desarrollo / Teo Gómez

A través de análisis que describen cómo se reduce la densidad de aves y mamíferos cerca de las infraestructuras, los autores del estudio estiman que el 98% de hábitat de los mamíferos sufre el impacto de las carreteras. En el caso de las aves, un 55% del territorio que utilizan se ve afectado. Además, los modelos predicen una disminución demográfica global de un 22% para las aves y un 47% para los mamíferos con respecto a lo que ocurriría en una situación ideal, sin infraestructuras. “La mera existencia de carreteras no va a provocar en la mayor parte de los casos la extinción, pero sí puede causar una reducción del número de individuos. Esto, sumado a otras presiones, sí puede poner en peligro a varias especies”, explica Torres.

Realizado el diagnóstico, ¿qué se puede hacer? Básicamente, prevenir la pérdida de biodiversidad. El estudio puede ser una herramienta para evaluar los efectos de futuros desarrollos de infraestructuras en distintos escenarios. Los investigadores miran especialmente a los países en vías de desarrollo, con ecosistemas menos fragmentados y todavía ricos en biodiversidad. “Es en estas áreas donde se construirá el 90% de las carreteras en los próximos 40 años”, señala Torres. “Nuestra investigación puede servir para tomar decisiones más acertadas respecto al de trazado de las carreteras o para determinar si compensa o no la construcción de infraestructuras que comporten una importante pérdida de biodiversidad”, concluye.