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CURIOSIDADES CIENTÍFICAS PARA COMPARTIR

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Acrilamida, el contaminante que podemos reducir de nuestras patatas fritas

Por Marta Mesías, Cristina Delgado Francisco J. Morales, (CSIC)*

La acrilamida es un contaminante químico que se produce de forma natural cuando se cocinan determinados alimentos a elevadas temperaturas (más de 120°C) y baja humedad. Se encuentra sobre todo en el café tostado, los cereales horneados y las patatas fritas. En general, los alimentos de origen vegetal contienen tanto azúcares como un aminoácido llamado asparagina, por lo que cuando se tuestan, se hornean o se fríen, se desarrolla una reacción llamada reacción de Maillard que, además de generar el aroma y el color apetecible de los alimentos procesados, da lugar a la formación de acrilamida.

Pero, ¿por qué debemos preocuparnos precisamente ahora por la acrilamida? En el año 2002 se descubrió su presencia en los alimentos procesados y se comprobó que la dieta es la principal fuente de exposición a este contaminante. Además, la acrilamida se encuentra tanto en alimentos procesados en la industria, como en alimentos cocinados en restaurantes y en nuestros hogares.

Años más tarde, en 2015, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA por sus siglas en inglés), tras consider las investigaciones aportadas hasta la fecha, concluyó que la presencia de acrilamida en los alimentos puede aumentar la probabilidad de desarrollar determinados tipos de cáncer y, por tanto, la ingesta de este compuesto puede suponer un riesgo para el consumidor. Durante este tiempo se han desarrollado numerosos estudios para comprender por qué se forma la acrilamida y cómo podemos reducir su aparición en los alimentos.

El pasado mes de abril entró en vigor el Reglamento de la Comisión Europea donde se establecen medidas concretas que obligan a las empresas alimentarias a controlar y reducir la presencia de acrilamida en los alimentos. Además, se fijan niveles de referencia para las principales fuentes de exposición (café, cereales y patatas fritas) y, en especial, para los alimentos infantiles, ya que los niños de corta edad, por su menor peso corporal y una dieta más monótona, tienen mayores tasas de exposición que la población adulta.

¿Cómo reducir la formación de acrilamida en las patatas fritas?

La buena noticia es que en nuestros hogares podemos reducir la formación de acrilamida y, en consecuencia, bajar los niveles globales de exposición. Sólo hay que seguir unas sencillas recomendaciones durante la manipulación y fritura de la patata:

  • En primer lugar debemos seleccionar patatas frescas sanas, no dañadas, sin zonas verdes, sin heridas y sin brotes.
  • Las patatas no deben almacenarse a bajas temperaturas, ya que el frío favorece la degradación del almidón a azúcares sencillos, que incrementarán la formación de acrilamida durante la fritura.
  • Después de pelar y cortar las patatas, debemos lavarlas bien debajo del grifo.
  • Una vez lavadas, hay que dejarlas en remojo en agua al menos 10 minutos, lo que favorecerá la eliminación de un posible exceso de azúcares. Esta acción es especialmente recomendable si utilizamos patatas de conservación. El objetivo es reducir el contenido en azúcares en la patata fresca, ya que se formará menos acrilamida durante la fritura.
  • Por último, hay que freír a temperaturas inferiores a 175°C y sólo durante el tiempo necesario para conseguir un color dorado. Conviene seguir el lema de la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN), “dorado, pero no pasado”, ya que la acrilamida se relaciona con la aparición del color tostado en los alimentos procesados.

El proyecto de investigación SAFEFRYING, que se desarrolla en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN) del CSIC, trabaja en identificar los puntos críticos de formación de acrilamida durante las operaciones de fritura en el ámbito doméstico y de restauración colectiva. La investigación se ha centrado principalmente en las patatas fritas, ya que su fritura es habitual en nuestras cocinas y los niveles de acrilamida pueden variar hasta en un 80% dependiendo del tipo de elaboración.

 

Marta Mesías, Cristina Delgado, Francisco J. Morales son investigadores del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN) del CSIC. Su grupo de investigación CHEMPROFOOD desarrolla el proyecto SAFEFRYING.

 

Emigrar a la ciudad, precaria solución para aves amenazadas

Por Álvaro Luna (CSIC) *

Cuando se piensa en una ciudad, rara vez se hace desde el punto de vista de la naturaleza que alberga. Sin embargo, hoy se estima que el 20% de especies de aves del mundo está presente en ciudades, y cada vez conocemos más casos de plantas y animales en peligro de extinción que encuentran un insospechado refugio en ecosistemas altamente humanizados.

Un ejemplo que recientemente hemos dado a conocer tiene como protagonistas a dos psitácidas (especies normalmente llamadas loros o papagayos). Se trata de dos aves autóctonas de La Española, isla caribeña que engloba a República Dominicana y Haití: la cotorra Amazona ventralis y el perico Psittacara chloropterus.

Pericos de La Española anidan en la ciudad de Santo Domingo. / Álvaro Luna

Pericos de La Española anidan en la ciudad de Santo Domingo. / Álvaro Luna

La transformación del hábitat para uso ganadero y agrícola fue relegando a estos animales a zonas cada vez más recónditas. Para más inri, han sido y son cazados al acudir a comer a los cultivos y, últimamente, el ‘mascotismo’ se ha unido al resto de factores que han llevado al límite a estos loros, convirtiéndose en un terrible problema que diezma las escasas poblaciones restantes a través de la captura ilegal, que se da incluso dentro de espacios protegidos.

Un estudio llevado a cabo por un grupo de investigación de la Estación Biológica de Doñana del CSIC ha profundizado en la alarmante situación de la cotorra y el perico de la isla La Española en sus ecosistemas originarios, y ha detectado escasos ejemplares incluso en las zonas mejor conservadas del país (se visitaron 12 espacios protegidos y todo tipo de hábitats), un escenario que resulta ser aún peor de lo que se estimaba.

Esta situación contrasta con las poblaciones de dichas especies que se han descubierto en las grandes ciudades de República Dominicana, único lugar donde se observa con facilidad a estos animales. Por ejemplo, en Santo Domingo se han censado dormideros con unos 1.500 ejemplares de perico, y en Santiago otro de 50 cotorras. En la naturaleza, por establecer una comparación, en un dormidero encontrado en la reserva de la biosfera, donde a priori están las mejores poblaciones, se contaron solo 137 pericos y 15 cotorras. Así, los datos obtenidos sobre observaciones de estas especies a lo largo y ancho del país arrojan que el perico es 6 veces más abundante en la ciudad que en entornos naturales, y 3 veces más en el caso de la cotorra.

Hábitat de cría usado por las poblaciones de loros urbanos en ciudades de República Dominicana. /Álvaro Luna

Hábitat de cría usado por las poblaciones de loros urbanos en ciudades de República Dominicana. / Álvaro Luna

No obstante, más allá de números, no hay que desatender el hecho de que estas especies realizan unas funciones ecológicas en la naturaleza que además, en el caso actual de esta isla, no pueden desarrollar otras especies, como es la dispersión de semillas de árboles. A modo de ejemplo, durante este estudio se recolectaron 306 semillas pertenecientes a 11 especies diferentes de árboles (el 99.5% aptas para germinar) que habían sido dispersadas por estos loros, y se midieron las distancias entre las semillas y el árbol más cercano de su misma especie. La distancia mínima media de dispersión fueron 37 metros, siendo el 93% de los casos dispersiones en un rango de entre 20-60 metros, con algunos casos de mayores distancias. Prácticamente todos los casos fueron en ciudad, dada la ausencia de las dos especies en el medio natural.

Se podría decir que para estas aves amenazadas puede que la ciudad sea su última baza para evitar la extinción, pero la desaparición de poblaciones viables de su hábitat real y originario acarreará también la extinción de funciones ecológicas en sus ecosistemas naturales, algo sobre lo que casi nadie está reparando. El hecho de que estos loros estén ecológicamente extintos en los bosques de la isla afectará a la estructura y dinámica de los mismos, con repercusiones presentes y futuras negativas.

 

* Álvaro Luna es investigador doctorando en la Estación Biológica de Doñana del CSIC y autor del libro Un leopardo en el jardín. La ciudad: un nuevo ecosistema (Tundra)

Todavía no vivimos en el Antropoceno

Por Valentí Rull  y Mar Gulis, CSIC*

A pesar de lo habitual y extendido de su uso, ‘Antropoceno’ es un término informal, es decir, pendiente de homologación científica. Los seres humanos hemos cambiado la configuración y el funcionamiento de la Tierra a escala global, de eso no hay duda. Pero, ¿existen suficientes diferencias geológicas para justificar que el Holoceno, la época en la que vivimos actualmente, ha terminado y hemos pasado a otra nueva? Actualmente solo podemos hablar del ‘Antropoceno’ como candidata a época geológica, ya que la comunidad científica, en concreto un grupo de trabajo de la Comisión Internacional de Estratigrafía (CIE), está en pleno estudio para añadir, o no, esta nueva época a la tabla cronoestratigráfica internacional. ¿Cómo se valida científicamente una época geológica? ¿Qué cuestiones hay que demostrar? Lo intentamos aclarar a continuación respondiendo a estas y otras preguntas:

Las primeras huellas geológicas de la influencia de las actividades humanas sobre la Tierra, ¿son globales y sincrónicas como requieren las normas estratigráficas vigentes? Son globales pero no sincrónicas. Las primeras evidencias de influencia humana sobre la Tierra como sistema son las correspondientes a la Revolución Neolítica, es decir, la deforestación general y el surgimiento y la expansión global de la agricultura y la ganadería. Estas evidencias ocurrieron en todos los continentes, pero en distintas fechas, desde más o menos 8.000 hasta 5.000 años antes del presente, por eso no se pueden utilizar para argumentar el cambio de época geológica.

¿Existen otras manifestaciones geológicas de la influencia humana sobre la Tierra que sean globales y sincrónicas? Sí, pero son mucho más recientes. Existen eventos cuya huella es muy clara, como son la revolución industrial (iniciada a finales del siglo XVIII) y las primeras pruebas nucleares, a mitad del siglo XX. Estos acontecimientos han dejado huellas globales y algunas de ellas sincrónicas en las rocas y sedimentos, como por ejemplo cenizas volantes producto de la quema de combustibles fósiles, aparición de contaminantes (fluorocarbonos, plástico) o incremento de elementos radiactivos como consecuencia de explosiones nucleares.

El incremento de elementos radiactivos (sobre todo isótopos de carbono y plutonio) debido a explosiones nucleares como la prueba con armas nucleares que se ve en la imagen son un ejemplo de la huella geológica humana sobre la Tierra.

¿Cuál es el estado actual de la formalización del ‘Antropoceno’ como la supuesta nueva época geológica en la que vivimos? Actualmente el Grupo de Trabajo del Antropoceno (GTA) perteneciente a la CIE, organismo encargado de definir la historia geológica de la Tierra, está elaborando la propuesta formal que entregará entre 2019 y 2020. Una vez ultimada, esta propuesta será sometida a votación por expertos y expertas de la CIE y tendrá que ratificarse por la Unión Internacional de Ciencias Geológicas en un Congreso Geológico Mundial.

¿Cuáles son las principales críticas que se le hacen a la propuesta del ‘Antropoceno’? Las posiciones críticas se muestran incrédulas con respecto a la posibilidad de que el ‘Antropoceno’ logre adaptarse a las exigencias de la reglamentación estratigráfica. Algunos de los defensores de esta postura consideran que el concepto actual de ‘Antropoceno’ es más una cuestión política que científica y que no es competencia de la estratigrafía como ciencia, una rama de la geología.

¿Hace falta definir formalmente el ‘Antropoceno’ para cambiar de actitud con respecto a las relaciones de la humanidad con el sistema Tierra? Este es uno de los principales argumentos del GTA y sus seguidores, quienes están convencidos de que el ‘Antropoceno’, una vez formalizado, sería un instrumento muy valioso para ejercer la presión política necesaria de cara a cambiar nuestra relación con el planeta. Los críticos, sin embargo, creen que el impacto humano sobre la Tierra es algo suficientemente conocido y bien incorporado a la conciencia social, a nivel global, y el hecho de tener un ‘Antropoceno’ oficial no repercutiría en una mayor concienciación en este sentido.

Habrá que esperar hasta 2020, como mínimo, para saber si podemos quitarle las comillas simples a este término para referirnos a una nueva época oficial del tiempo geológico. Lo que sí parece cierto es que si no cambiamos de actitud con respecto a la sobreexplotación de los recursos naturales, la contaminación, la acumulación de residuos, etc., la situación será insostenible a corto o medio plazo, independientemente de que el ‘Antropoceno’ sea aceptado como una nueva época geológica.

Valentí Rull es investigador en el Instituto de Ciencias de la Tierra Jaume Almera del CSIC y autor del libro El Antropoceno (Editorial CSIC-Los Libros de la Catarata), de la colección ¿Qué sabemos de?.

Mientras la igualdad real sea un espejismo, necesitamos el 8 de marzo

Por Concha Roldán (CSIC)*

La alemana Clara Zetkin propuso en 1910 la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora / Wikipedia

En 1975 la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer. Hasta entonces ya llevaba más de 50 años (desde 1911) celebrándose bajo la denominación de Día Internacional de la Mujer Trabajadora: la propuesta había sido realizada por la maestra alemana Clara Zetkin (1857-1933) en la II Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Copenhague en 1910, y fue aceptada por unanimidad.

Pero ¿por qué elegir el 8 de marzo para esta celebración? En 1857 y en 1908 se produjeron en Nueva York dos huelgas de trabajadoras textiles (los operarios textiles eran ya entonces en su mayoría mujeres muy mal remuneradas). Al parecer, ambas tuvieron lugar un 8 de marzo y la segunda de ellas ha pasado a la historia de la lucha por la igualdad de derechos de las mujeres, dramáticamente recordada por la muerte de 120 mujeres en el incendio de la fábrica, donde habían sido encerradas por los dueños.

Clara Zetkin luchó toda su vida por los derechos fundamentales de las mujeres y sus convicciones feministas fueron de la mano de un socialismo que para ella rimaba con el pacifismo. Por eso, cuando el partido socialdemócrata alemán secundó la entrada de Alemania en la Primera Guerra Mundial, tanto ella como su amiga Rosa Luxemburgo (1871-1919) y su discípula Alejandra Kollontai (1872-1952) se refugiaron en las filas del comunismo ruso, que criticaba la familia patriarcal burguesa y quería “trasladar el hogar a la sociedad instaurando guarderías y casas-cuna”. Pero el verdadero rostro del patriarcado asomó tras las filas progresistas cuando Kollontai empezó a hablar de liberación sexual, como explica Ana de Miguel. Las ideologías patriarcales cosificaban y siguen cosificando los cuerpos de las mujeres, y detrás de ello emerge continuamente la violencia de género, que incluye la mutilación genital, la prostitución, la violencia obstétrica, los vientres de alquiler, las granjas de mujeres, etc. Algunos refranes castellanos son ilustrativos de lo que digo: “la maté porque era mía”, “la mujer, la pata quebrada y en casa”, etc.

Las mujeres estaban vinculadas “por naturaleza” a las tareas domésticas y de cuidado, destinadas al servicio y goce de los varones. Esto es algo que subrayan la mayoría de los filósofos occidentales, desde Aristóteles hasta Nietzsche, pasando por Kant, Kierkegaard o Schopenhauer. Las mujeres eran excluidas del estudio, del desempeño de tareas en la vida pública, de los derechos, de la ciudadanía, sencillamente porque eran consideradas inferiores a los varones: el “sexo débil” o “segundo sexo”, como denunciara Simone de Beauvoir (1908-1986) en su conocido libro. De ahí que las economías y políticas capitalistas sigan teniendo un trato desigual con las mujeres: me refiero a la precariedad de los empleos, la brecha salarial o al denominado techo de cristal, que se ha convertido en techo de acero impenetrable para la mayoría de las mujeres.

‘Escritos sobre la igualdad y en defensa de las mujeres’, de Marie de Gournay, es uno de los títulos de la colección Clásicos del Pensamiento del CSIC

Como ya puso de manifiesto en nuestro país Celia Amorós (Hacia una crítica de la razón patriarcal), el tejido social –tanto en las sociedades occidentales como en las orientales– se nutre de un humus androcéntrico. Y la vuelta de las políticas conservadoras lleva aparejado el retorno de una ideología patriarcal, de forma que la igualdad real sigue siendo un espejismo (Amelia Valcárcel, Feminismo en un mundo global), a pesar de los aparentes avances jurídicos. En este sentido, he denominado al patriarcado en algunos de mis escritos como “Alien, el octavo pasajero”. A pesar de creernos que lo hemos erradicado, siempre resurge pregnante y viscoso a través de rejillas y hendiduras para terminar anidando dentro de nosotros/as mismos/as…

Desde la filosofía queremos reivindicar a las mujeres como sujetos autónomos e independientes, defender que #lasMujeresTambiénPiensan. Por eso la actual presidenta de la Red Española de Filosofía, María José Guerra, ha lanzado una campaña para dar a conocer a las pensadoras, para combatir la invisibilidad, la falta de reconocimiento y hasta de legitimidad de las mujeres filósofas, a las que se ha hurtado un lugar en las historias de la filosofía durante siglos. Además, las filósofas que nos consideramos feministas queremos reivindicar nuestra propia genealogía, denunciar la masculinización de la filosofía y construir un “canon feminista”. Sin duda, son muchos los feminismos y está bien que prolifere esa pluralidad, siempre y cuando –a mi entender – todas sigamos defendiendo “un feminismo”, en singular, en el sentido de Alisson Jaggar: “Lo común a las diversas formulaciones de la teoría feminista es su compromiso por terminar con la subordinación, marginación y dominación de las mujeres”.  Acaso esta sea la razón última por la que diferentes mujeres de 177 países hemos decidido secundar una huelga general.

 

*Concha Roldán es investigadora y directora del Instituto de Filosofía del CSIC.

¿Manchas difíciles? La solución está en las enzimas

Por Francisco J. Plou (CSIC)*

Ana Yacobi / Flickr

Ana Yacobi / Flickr

En la actualidad, de cada 100 gramos de cualquier detergente, entre uno y dos corresponden a enzimas, es decir, a catalizadores biológicos utilizados para acelerar las reacciones químicas. El auge del uso de las enzimas en productos para la limpieza de ropa y vajillas es tan grande que en Dinamarca, el principal productor de estas proteínas, hay un detergente que contiene hasta nueve enzimas distintas. ¿De verdad merece la pena añadir enzimas a los detergentes o se trata de una cuestión de marketing?

Antes de responder a esta pregunta, conviene saber que el empleo de enzimas en productos de limpieza es relativamente nuevo en la historia de la humanidad y que no ha estado exento de polémicas.

En 1913 el científico alemán Otto Röhm (1876-1939) patentó el uso de extractos de páncreas de animales muertos en el prelavado de prendas de vestir. Sin embargo, no fue hasta la década de 1960 cuando en los detergentes para la ropa se empezaron a introducir masivamente enzimas, cuya producción se realiza generalmente a partir de cultivos de bacterias, levaduras y hongos. Esto sucedió de forma paralela a la implantación de las lavadoras, que requerían productos cada vez más eficientes capaces de eliminar las manchas a temperaturas bajas o moderadas.

Esta innovación fue velozmente popularizada en Europa pero no en Estados Unidos, donde creció el temor de que las enzimas pudieran causar reacciones alérgicas. Los ánimos se apaciguaron en 1971, cuando la Academia Nacional de Ciencias de este país dictaminó que el empleo de enzimas en detergentes representaba un avance tecnológico sin riesgo alguno para la salud.

De hecho, en 1975 se produjo otro logro biotecnológico que impulsó definitivamente este mercado, al conseguir encapsular las enzimas en pequeñísimos gránulos recubiertos por un material inerte que se dispersaba en contacto con el agua de lavado, liberándolas poco a poco. Esta liberación a través del agua de lavado no supone ningún problema ecológico, pues su naturaleza proteica las convierte en biodegradables.

Daniel Lobo / Flickr

Daniel Lobo / Flickr

Pero entonces, ¿las enzimas son realmente útiles en los detergentes? La respuesta es “sí”. Una de sus principales ventajas es el tratamiento de manchas difíciles que de otra manera sería difícil quitar. Así, los detergentes actuales suelen incorporar al menos cuatro tipos de enzimas, la mayoría especializados en un tipo distinto de mancha:

  1. Lipasas, que sirven para eliminar las manchas que contienen sustancias lipídicas, como las procedentes de grasas y aceites alimenticios, cosméticos, pintalabios o sudor. Las lipasas, además, permiten reducir casi un 25% la cantidad de agentes surfactantes o tensioactivos presentes en el detergente.
  2. Proteasas (las primeras enzimas empleadas en detergentes), que se utilizan para degradar las manchas que tienen una base de proteína, por ejemplo las de sangre, huevo o leche.
  3. Amilasas, que eliminan los depósitos de almidón, muy abundantes en patatas, salsas, pasta o arroz, por ejemplo.
  4. Celulasas, que se añaden para un mejor cuidado de las fibras celulósicas de las prendas de algodón, proporcionando una mayor suavidad a las telas y restaurando los colores.

Algunas compañías, en aras de obtener una eficiencia todavía mayor en el lavado, añaden otros dos tipos de enzimas:

  1. Mananasas, que degradan las manchas que contienen mananos, muy difíciles de eliminar. Los mananos, también llamados gomas, se emplean como espesantes en alimentos como helados y salsas, y también están presentes en lociones corporales o pasta de dientes.
  2. Pectinasas, para eliminar los residuos de la pectina de las frutas, por ejemplo en mermeladas, zumos o yogures.

Además, las enzimas generan una serie de beneficios medioambientales. El más destacado es la posibilidad de emplear programas de lavado más cortos y a temperatura ambiente, lo que supone un notable ahorro energético y de agua. De hecho, la mayor parte de la energía consumida en un lavado se utiliza para calentar el agua.

Pero también las enzimas permiten reducir, e incluso suprimir, la incorporación a los detergentes de algunas sustancias químicas que contaminan las aguas de lavado, fundamentalmente los fosfatos, que tienen un efecto demoledor sobre los medios acuáticos y que, poco a poco, están siendo prohibidos en los productos de limpieza en todo el mundo.

Así pues, como vemos, el tambor de la lavadora es una especie de reactor químico en el que las enzimas tienen que hacer su trabajo durante el breve tiempo de lavado, sorteando todo tipo de dificultades derivadas de la presencia de tensioactivos, agentes blanqueantes y suavizantes, en un entorno alcalino de un pH entre 9 y 12. ¡Y lo consiguen!

 

* Francisco J. Plou es investigador científico en el Instituto de Catálisis y Petroleoquímica del CSIC y autor del libro ‘Las enzimas’, disponible en la Editorial CSIC Los Libros de la Catarata.

El universo y lo que el ojo humano no ve… o sea, casi todo

Por Enrique Pérez Montero (CSIC)*

¿Qué hace una persona ciega estudiando el universo? Además de investigador en el Instituto de Astrofísica de Andalucía del CSIC, soy invidente. Tengo una enfermedad degenerativa de la retina llamada retinosis pigmentaria por la que he ido perdiendo visión, lo que hizo que me afiliara a la ONCE hace ya seis años. Quizá algunos piensen que esta limitación física me impide llevar a cabo mi profesión, pues podría parecer que el sentido de la vista es importante para percibir el universo, pero la realidad es que todos estamos casi igual de ciegos a lo que éste contiene. Eso es algo que hemos descubierto en el último siglo, en el que han aparecido telescopios cada vez mayores, cámaras fotográficas capaces de capturar imágenes imperceptibles a simple vista, detectores sensibles a la luz que el ojo humano no puede ver porque se encuentra en otras frecuencias distintas de la luz visible, como las ondas de radio o los rayos X. Todo ello ha hecho que hayamos descubierto cosas increíbles que hasta hace no tanto ni siquiera éramos capaces de imaginar.

Incluso el ser humano ha puesto en órbita sondas espaciales que pueden visitar otros planetas y satélites de nuestro sistema solar. También hemos lanzado al espacio observatorios que recopilan la luz que no puede atravesar la atmósfera terrestre.

Muchas de las cosas que sabemos del universo las conocemos porque hemos diseñado ojos artificiales que miran más allá de lo que nuestros ojos pueden llegar a ver. No obstante, el universo tiene muchas otras cosas que, ni siquiera con los últimos adelantos técnicos ni los más sensibles telescopios o detectores, podemos observar aún. Os voy a poner cinco ejemplos.

Asteroides. Nuestro sistema solar está plagado de innumerables cuerpos rocosos que son vestigio de la época en que una parte de la nube gaseosa que formó todo el sistema se condensó en pequeños fragmentos orbitando alrededor del Sol. Muchos de ellos se agruparon en objetos cada vez mayores que dieron lugar a los planetas y sus satélites, pero otros muchos siguen sueltos y, de vez en cuando, acaban colisionando contra los otros cuerpos mayores. Desde la Tierra los buscamos y los seguimos, pero la mayoría de los cuerpos más pequeños, de hasta 100 metros de diámetro, son aún una amenaza invisible para nosotros. El mayor riesgo lo constituyen aquellos que no reflejan la luz del sol hasta que no están muy cerca de nosotros para ser detectados, bien por su debilidad o bien por su posición. El uso de un telescopio infrarrojo situado en una órbita interior podría resolver en parte la escasez de recursos para hacer un censo más completo de estos cuerpos pero, mientras esto sucede, seguimos viajando alrededor del Sol entre un auténtico enjambre de estos bólidos.

Exoplanetas. Vivimos una etapa revolucionaria de la historia de la astronomía, ya que se ha roto una de las barreras observacionales más complicadas: la detección de planetas fuera de nuestro sistema solar. El telescopio espacial Kepler ya ha catalogado más de 2.000 y algunos de ellos tienen un tamaño similar al de nuestra Tierra, y podrían albergar vida. De todas maneras, no busquéis muchas imágenes de ellos porque nos las vais a encontrar. Los planetas extrasolares se detectan por la variación en el brillo de las estrellas o en el movimiento de éstas cuando los planetas pasan por delante de ellas. Habrá que esperar a las nuevas generaciones de telescopios gigantes que se construirán en la próxima década para poder verlos directamente.

Agujeros negros. Son uno de los misterios más grandes de la naturaleza. Según la teoría de la relatividad general de Albert Einstein, acumulan tanta masa en un volumen tan reducido que curvan el espacio y el tiempo de tal modo que ni siquiera la luz puede escapar de ellos porque el tiempo está congelado en su superficie. Se han podido detectar por la radiación que emite el gas antes de caer en ellos o por el movimiento peculiar de las estrellas que pasan cerca, pero no se sabe qué leyes físicas gobiernan lo que ocurre en su interior. Una manera prometedora de estudiarlos son las ondas gravitacionales, detectadas el año pasado en un observatorio especial llamado LIGO que mide las oscilaciones del espacio-tiempo que se propagan cuando una gran masa es acelerada. La sensibilidad de estos observatorios tiene que mejorar mucho aún, pero han abierto la puerta para poder mirar dentro de estos ‘monstruos’.

Recreación de las órbitas estelares alrededor de SgrA*, un candidato a agujero negro supermasivo en el centro de nuestra galaxia (Crédito: ESO).

Recreación de las órbitas estelares alrededor de SgrA*, un candidato a agujero negro supermasivo en el centro de nuestra galaxia./ ESO

Materia oscura. Su existencia solo es conocida porque es necesaria su presencia para explicar los movimientos de las estrellas en las galaxias y de las galaxias en los cúmulos de galaxias. También es imprescindible para entender cómo se curva la luz cuando viene propagándose desde las primeras etapas del universo y tiene que atravesar grandes distribuciones de masa. Al no interaccionar con la luz de ninguna otra manera no puede ser observada directamente, pero se calcula que es cuatro veces más abundante que todos los otros tipos de materia que conocemos y compone todo lo que podemos percibir. Todos los intentos realizados hasta ahora para descubrir de qué se trata han sido infructuosos y aún se desconoce por completo su naturaleza.

Mapa 3D de la Materia Oscura a través del análisis de datos del Hubble Space Telescope (Crédito: ESA; Richard Massey)

Mapa 3D de la materia oscura a través del análisis de datos del Hubble Space Telescope./ ESA; Richard Massey

Energía oscura. Para finalizar hablaré de la energía más misteriosa y, al mismo tiempo, la más abundante. Se estima que la energía oscura compone más del 70% del total de masa y energía del universo. Teniendo en cuenta que la mayoría del resto de masa es materia oscura, esto deja en apenas un 5% la cantidad relativa de la materia que conocemos. La energía oscura es de nuevo un requerimiento teórico para explicar por qué el universo está acelerando su movimiento de expansión después del Big Bang. Si no existiera, las galaxias irían frenando su movimiento de expansión y acabarían atrayéndose unas a otras hasta volver a unirse en una única singularidad. Sin embargo esto no ocurre así, lo que ha hecho postular a los teóricos la existencia de una fuerza repulsiva a gran distancia que haría que el universo siga expandiéndose sin fin.

La mayoría de todo lo que hay en el espacio, desde las más pequeñas escalas cerca de nuestro planeta hasta las más grandes, que dominan el movimiento de todo el espacio, está repleto de objetos desconocidos y aún por descubrir. Posiblemente acabemos conociendo lo que son con ayuda de nuestros ojos mejorados y nuestras mentes despiertas.

* Enrique Pérez Montero es investigador del CSIC en el Instituto de Astrofísica de Andalucía y fundador del proyecto Astronomía accesible.

 

¿Qué es el albinismo? La falta de pigmentación no es la respuesta correcta

Por Lluís Montoliu, CSIC *

Vamos caminando por la calle y nos cruzamos con una chica joven, con el pelo y la piel muy blanca y que lleva gafas oscuras. Probablemente pensaremos que se trata de una persona albina que necesita las gafas para no deslumbrarse con el sol y debe cuidar su piel con cremas protectoras. La mayoría realizaríamos inconscientemente este rápido análisis y seguiríamos caminando, sin imaginar que esa persona albina en realidad padece una discapacidad visual severa tan relevante como para ser considerada ceguera legal; es decir, la que supone una agudeza visual inferior al 10% de la visión normal.

Niña europea con albinismo oculocutáneo / Ana Yturralde

En el albinismo, la falta de pigmentación, que es lo que todos percibimos, no es lo más relevante. Lo realmente discapacitante es el déficit visual asociado a esta condición genética, que no enfermedad, aunque se investigue y se trate como una de las más de 7.000 enfermedades raras. El albinismo está presente en 1 de cada 17.000 personas, lo que quiere decir que en nuestro país hay alrededor de 3.000 personas albinas. Se trata de un desorden congénito causado por mutaciones en alguno de los 20 genes (de los más de 20.000 que tenemos en el genoma humano) que hoy en día conocemos como asociados a esta condición genética.

Los 20 tipos de albinismo tienen como rasgo común una visión muy reducida, con variaciones según el tipo de albinismo y según cada persona. Ahora bien, no todas las personas con albinismo presentan esa evidente falta o ausencia de pigmentación. Durante muchos años se creyó que la falta de melanina (el pigmento que tenemos en nuestra piel, ojos y pelo) era la causa del albinismo. Hoy sabemos que la pérdida de pigmentación es una consecuencia del albinismo que solo aparece en algunos tipos, pero no en todos.

Albinismo y discapacidades visuales

Las personas con albinismo tienen diversas alteraciones visuales que son las causantes de su visión deficitaria. En primer lugar, su retina carece de fóvea. La fóvea es una diminuta región central de la retina en la que se acumulan la gran mayoría de nuestros fotorreceptores bastones; estos nos permiten percibir con nitidez formas y colores para definir objetos y personas cuando los miramos de frente. Las personas con albinismo solamente disponen en su zona central de una visión similar a la visión periférica, la que habitualmente usamos para “mirar con el rabillo del ojo”. Esta es una visión muy pobre, con poca definición, que nos permite responder frente a objetos que se mueven (nos apartamos instintivamente si percibimos que algo va a caer sobre nosotros o a nuestro lado), pero no nos sirve para apreciar los detalles. Podríamos imaginar que la retina de una persona con albinismo es como un sensor de una cámara fotográfica que tiene muchos menos píxeles, y por ello menor sensibilidad y resolución.

Las mutaciones genéticas que causan albinismo son recesivas. Esto quiere decir que una persona para ser albina debe heredar dos copias anómalas de sus padres, una del padre y otra de la madre. Suponiendo que sus padres sean portadores, esto es, que porten una copia intacta y otra anómala del gen, en cada embarazo tendrán una probabilidad del 25% de que el hijo o hija nazca con albinismo. La excepción es el albinismo ocular, denominado OA1 por sus siglas en inglés, cuyo gen afectado está en el cromosoma sexual X. Los varones, al tener solamente un cromosoma X (los varones son XY y las mujeres son XX), manifiestan directamente el albinismo si heredan una sola copia anómala.

Mediante modelos animales de los diversos tipos de albinismo se han podido investigar muchos aspectos de esta condición genética. Los resultados obtenidos en ratones han permitido descubrir que la administración de varios fármacos podría mejorar la visión de las personas con albinismo. Los ensayos clínicos en seres humanos determinarán pronto el alcance de estas investigaciones y, en su caso, su eventual traslado a la clínica.

Niño africano con albinismo oculocutáneo /Ana Yturralde

Perseguidos por su condición genética

En África, además de todo lo anterior, las personas con albinismo desgraciadamente pueden sufrir acoso, persecuciones, secuestros, mutilaciones y asesinatos. Creencias injustificables y brujerías presuponen la buena fortuna a los poseedores de partes del cuerpo de una persona con albinismo, ya sea una mano, un brazo, un pie, una nariz o una oreja, lo cual provoca continuos ataques y un mercado negro de fragmentos humanos que es necesario denunciar y combatir hasta conseguir erradicar estas barbaridades. Para ello, la ONU instituyó el 13 de junio de cada año como el  Día Internacional de Sensibilización sobre el Albinismo.

En España desde 2006 la asociación ALBA ayuda a personas con albinismo y se encarga de aportar a las parejas con recién nacidos albinos la información básica para entender qué les sucede a sus hijos e hijas.

Lluis Montoliu (@LluisMontoliu) es investigador del Centro Nacional de Biotecnología (CNB) del CSIC.

 

 

¿Desconfías de los robots? Estás en el ‘valle inquietante’

Por Mar Gulis (CSIC)

El campo de la robótica parece avanzar a pasos agigantados gracias a la ciencia y a la ayuda de las películas y series de ciencia-ficción. Algo como llegar al mostrador de un hotel y que un robot sea la recepcionista nos hubiese parecido digno de Blade Runner y sin embargo ahora es una realidad. Tras los superordenadores capaces de vencer al campeón del mundo de ajedrez o las inteligencias artificiales que engañan a los dichosos ‘captchas’ (Test de Turing público completamente automático para diferenciar entre humanos y máquinas o captcha por sus siglas en inglés) de las webs, el campo de la inteligencia artificial disputa ahora mismo la batalla de la empatía con el ser humano, es decir, conseguir que ese robot que tendremos enfrente el día de mañana no nos provoque repulsión.

Si alguna vez has sentido esa sensación al contemplar un robot humanoide, no te preocupes, es algo normal y científicamente probado. Es lo que se denomina como valle inquietante, o uncanny valley. Este concepto de la robótica fue desarrollado en 1970 por el japonés Masahiro Mori, profesor de robótica del Mukta Research Institute de Japón. Su hipótesis se basaba en cómo variaba la respuesta emocional humana ante un ente no humano en función de su aspecto y semejanza a un ser humano real. En España, son el Centro de Automática y Robótica (CAR) y el Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial (IIIA) los centros del CSIC que trabajan con esta hipótesis.

Gráfico ‘Valle inquietante’. / Edgar Talamantes.

El director del IIIA, Ramón López de Mántaras, planteaba en su libro Inteligencia artificial (CSIC-Catarata) que lograr que una maquina tenga una inteligencia similar a la humana es un reto a la altura de explicar el origen de la vida o comprender el universo, pero lograr la apariencia de un humano está más cerca de lo que parece. En la presentación del libro, Mántaras describió en tono divulgativo las características de la hipótesis de Mori: “Si el robot no es muy similar a la apariencia física externa humana se consigue una cierta empatía por parte del ser humano, pero a medida que se asemeja aún más, de repente la aceptación cae súbitamente (creando ese ‘valle’) y finalmente vuelve a aumentar cuando ya se pierde la posibilidad de distinguirlo de un ser humano real, a menos que se nos informe de ello.”

De ahí que robots tan conocidos como R2-D2 (Star Wars) o Wall-E (Pixar) nos parezcan adorables y dignos de confianza y sin embargo cuando vemos un robot con una ‘cara humana’ o actores y actrices ‘resucitados’ (Carrie Fisher en Rogue One) o rejuvenecidos digitalmente (Jeff Bridges en Tron Legacy), nos cause cierto rechazo o incomodidad. No obstante, este rechazo desaparece cuando el parecido es casi total o idéntico, entonces la curva del valle vuelve a subir y desaparece esa repulsión, cuando es indistinguible el ser humano del ser robótico.

R2D2, Wall-E, Carrie Fisher y Jeff Bridges (en versión digital). / Gordon Tarpley, Mike Renlund y Disney.

Llegados a este punto se plantea un nuevo interrogante: si nos encontrásemos de frente con una persona desconocida pero no supiésemos que en realidad es un robot, ¿cambiaría nuestra percepción sobre él/ella al descubrirlo? Esta cuestión nos sitúa en un futuro en el que los robots humanoides convivirían a diario entre nosotros como auténticos ‘replicantes’. Sobre esta convivencia, Mántaras también comentó el debate actual al respecto: “hay quienes pensamos que siempre se debe tener el derecho a saber si se está interactuando con una persona o no. Ahora mismo esto es un debate ético en el mundo de la robótica”.

Robot ‘ASIMO’ (Honda), ‘Einstein’ (HUBO) y ‘Sophia’ (Hanson Robotics). / Vanillase, Dayofid e ITU Pictures.

Por tanto, superado el valle inquietante, el siguiente gran dilema sería la convivencia directa con los robots. Idénticos al ser humano a simple vista, ¿cómo respondería la sociedad ante este nuevo elemento de convivencia si nos viésemos forzados a interactuar con ellos…? ¿Desarrollaremos prejuicios? ¿Racismo? ¿Clasismo entre ‘mecas’ y ‘orgas’ (mecánicos y orgánicos al estilo de Inteligencia Artificial)? Quién sabe qué dilemas nos afectaran en un futuro plagado de seres robóticos, quizá debamos recurrir a un nuevo Rick Deckard encargado de dar caza a robots rebeldes o vivamos el ludismo del siglo XXI en forma de rebelión contra las máquinas. O simplemente, que nos adaptemos a estos cambios.

 

La falsa historia del Grial de León

Por Luis Molina (CSIC)*

Ningún científico debería hablar del Grial –a no ser, claro está, que se trate de un especialista en literatura artúrica– por el riesgo de verse contaminado por esa amalgama de religiosidad heterodoxa, misticismo de saldo y esoterismo. En ese mundo de crédulos y de descarados, de cándidos y de aprovechados, poco tiene que hacer la ciencia, puesto que en él se habla un idioma y se siguen unos procesos mentales incompatibles con los usos de la labor investigadora.

Pero en ocasiones esos universos paralelos se presentan con ropajes científicos en un intento de ampliar su limitada grey. En esos casos es responsabilidad del científico acudir en ayuda de aquellos susceptibles de ser confundidos por las apariencias, ya sea por el empaque serio del producto o por el perfil académico del autor.

Caliz Urraca

Cáliz de Doña Urraca. / Vía José M. Benito Álvarez

Hace unos años, en 2014, se publicó el libro Los Reyes del Grial cuyos autores, Margarita Torres y J.M. Ortega, pretendían demostrar que un cáliz conservado en San Isidoro de León era el auténtico Grial, la copa en la que bebió Jesús en la ‘Última Cena’. Ese cáliz era conocido desde antaño como el Cáliz de doña Urraca, por haber sido donado por esa infanta, hija de Fernando I, a San Isidoro, y nunca se había visto en él más que un valioso ejemplo de la orfebrería hispana del siglo XI. La tesis defendida por los autores del libro sostiene que el cuenco de ónice que constituye la parte superior del cáliz es la auténtica copa de la ‘Última Cena’, es decir, el Grial. No tengo espacio en este artículo para comentar los argumentos que presentan para llegar a tan asombrosa conclusión. Otros lo han hecho ya y no han sido precisamente benévolos con el trabajo de Torres y Ortega. Yo me limitaré a tratar un punto de su estudio que, aunque en principio pueda parecer marginal, constituye la única prueba concreta que aportan para sostener su teoría, dado que el resto de los indicios presentados no pasan de ser, como es norma en los estudios griálicos, coincidencias forzadas, sospechas infundadas y saltos al vacío.

Se trata de una serie de documentos árabes que, según los autores, demuestran que el sultán de Egipto había regalado el cáliz, que se hallaba en Jerusalén, al soberano de la taifa andalusí de Denia, quien, a su vez, se lo habría entregado al rey de León, Fernando I. Los textos árabes que citan son de dos tipos. En primer lugar hay varios pasajes de obras bien conocidas y publicadas desde hace tiempo en los que Torres y Ortega creen encontrar inequívocas alusiones al cáliz regalado al rey de Denia. El otro tipo de textos son dos pergaminos hallados de forma casi milagrosa en una biblioteca de El Cairo que vienen a confirmar punto por punto la tesis de los autores.

San isidoro

Vista nocturna de la Basílica de San Isidoro de León. / Vía Nacho Traseira.

En lo que se refiere a los textos conocidos anteriormente y de autenticidad indudable, he demostrado en un trabajo reciente que la traducción que de ellos se ofrece en Los Reyes del Grial es absolutamente disparatada. En ninguno de ellos hay la menor mención a ningún cáliz, ni sagrado ni profano. Me imagino que habrá que achacar a la casualidad el hecho de que los numerosos errores de esas traducciones vayan siempre en la misma dirección: la de apoyar la tesis de los autores del libro.

Y en cuanto a los pergaminos de El Cairo, muchos especialistas han mostrado su incredulidad ante tan afortunado hallazgo, porque las circunstancias de su descubrimiento son inverosímiles. Por mi parte, aún estoy analizando el texto de ambos documentos y, por tanto, todavía no puedo ofrecer conclusiones definitivas, pero los datos preliminares me permiten hacerme una idea de en qué momento y en qué circunstancias se elaboraron esos pergaminos. Y ni aquél es remoto, ni éstas son cabales.

Cuando se publicó el trabajo en el que demostraba que las traducciones estaban manipuladas, Torres se apresuró a declarar que ellos se habían limitado a incluir los textos que les había enviado el arabista Gustavo Turienzo, a quien habían encargado la tarea y que había sido el descubridor de los pergaminos de El Cairo. Sin embargo, éste había escrito hacía ya tiempo un artículo en el que se desmarcaba completamente de lo dicho en Los Reyes del Grial. ¿Quién dice la verdad en todo esto? Por el momento eso no es relevante; el tiempo –tal vez con algún pequeño empujón por nuestra parte– lo aclarará. Por ahora bástenos saber que, aunque no conocemos el pecador, sí el pecado, y no es pecado venial.

Last Supper Juan de Juanes

‘La Última Cena’, con el Santo Grial en el centro, pintada por Juan de Juanes en 1562. / Wikimedia.

Por cierto, en los últimos meses estamos asistiendo a un posible caso de fraude científico que pone en entredicho el trabajo de una investigadora de prestigio en el campo de la biología molecular. Las sospechas de manipulación de los datos en los que ha basado sus trabajos han provocado una serie de medidas severas: cinco de sus artículos han sido retirados de las revistas en las que fueron publicados, ha sido despedida de la institución en la que estaba contratada y le ha sido retirada la financiación por parte del Europena Research Council (ERC). Estas acciones contrastan dolorosamente con lo que estamos viendo en el caso que nos ocupa: ningún organismo ni institución de las que han intervenido cobijando o financiando un trabajo tan sometido a graves sospechas ha dado señales de vida. Cuando finalice el análisis de los pergaminos de El Cairo y se confirmen las conjeturas, ¿cuál será la reacción de esos organismos? ¿Seguirán en silencio o recurrirán al clásico “no podíamos imaginar”? Porque no hace falta imaginación, sino únicamente interés en preservar la reputación de las instituciones y en velar por el destino del dinero de los contribuyentes.

 

Luis Molina es investigador de la Escuela de Estudios Árabes en Granada (EEA-CSIC).

 

¿Qué tienen que ver Papá Noel, la seta matamoscas y el pis de reno?

Por José Antonio López Sáez (CSIC)*

En algunas zonas de Laponia y Siberia, los chamanes tienen por costumbre beberse la orina de los renos; no porque sean psicotrópicos, sino porque estos grandes cérvidos de la tundra y la taiga gustan de alimentarse de la seta matamoscas (Amanita muscaria), rica en alucinógenos. Esto ha llevado a algunos autores a relacionar estos hechos con toda la simbología de Santa Claus, que vive en el Polo Norte como los renos (lugar donde se sitúa el eje del mundo o axis mundi de la cosmovisión chamánica), viste de rojo y blanco (colores de la matamoscas), y es capaz de volar en su trineo tirado por renos alucinados.

Un reno olisquea el suelo en busca de comida en Inarijärvi (Finlandia). / Via Manfred Werner

El género Amanita, de los basidiomicetes, cuenta con unas 600 especies de hongos. Algunos son reputadísimos comestibles, como la amanita de los césares (Amanita caesarea). Otros son irremediablemente mortales y se cuentan entre los tóxicos más potentes, como la oronja verde (Amanita phalloides), que contiene amatoxinas y la letal amanitina. Otros pocos son alucinógenos y, aunque no son tóxicos para el hígado, su consumo puede provocar reacciones diferentes dependiendo de cada individuo y de la dosis. Algunas sobredosis de amanitas alucinógenas pueden ser mortales.

Se han identificado sustancias psicoactivas en doce especies del género Amanita. De todas ellas, sin lugar a dudas, la más famosa es la matamoscas, también conocida como falsa oronja, agárico pintado u oronja pintada (Amanita muscaria). Se trata de un hongo muy popular no sólo por su potencial enteógeno, es decir, con capacidad de provocar estados de inspiración profética o poética, sino también por haber formado parte del mundo mágico de los gnomos y otros seres encantados, así como del chamanismo siberiano antes mencionado.

Los constituyentes psicoactivos claves de estos hongos son tres alucinógenos isoxazolínicos: ácido iboténico, muscimol y muscazona. El consumo de amanitas alucinógenas produce efectos semejantes a una intoxicación etílica, aunque estos hongos son capaces también de inducir fuertes alucinaciones e ilusiones, habla incoherente arrastrando las palabras, convulsiones, náuseas y vómitos severos, sueño profundo o coma, así como un dolor de cabeza que puede persistir durante semanas. El gran problema radica en que las especies de Amanita son difíciles de diferenciar unas de otras, por lo que no son pocos los casos de intoxicación mortal.

Ejemplar de Amanita muscaria en suelo boscoso. / Via Flemming Christiansen

La dosis hace el veneno

De los alucinógenos presentes en la seta matamoscas, el muscimol, muy abundante debajo de su piel, es el compuesto realmente enteogénico. Las reacciones al muscimol comienzan a partir de los 6mg, mientras que para el ácido iboténico son necesarios al menos 30-60mg. Unos 100g de matamoscas deshidratados contienen hasta 180mg de ambos alucinógenos, de los cuales sólo 25 mg son de iboténico. Es decir, comiendo poca cantidad de este hongo se pueden conseguir efectos psicoactivos relativamente potentes. Dichos efectos comienzan treinta minutos después de la ingestión, con picos de máxima actividad a las dos o tres horas.

Al secarse, el ácido iboténico se transforma en muscimol, el cual, a pesar de su gran potencia alucinógena, no es metabolizado sino que directamente se elimina con la orina. Esto explica por qué entre los chamanes siberianos existe la costumbre de beber la orina de animales que consumieron matamoscas.

Las prácticas chamánicas en torno a este hongo se extienden por todo el Círculo Ártico e incluso entre algunas tribus nativas norteamericanas. Jugó un papel etnomicológico fundamental como droga alucinógena entre las etnias siberianas, las cuales posteriormente lo llevaron a través del Estrecho de Bering a Canadá, y desde aquí se difundió por toda América. Hoy se sabe también que Amanita muscaria fue con toda probabilidad el ingrediente principal de una bebida enteogénica utilizada en las ceremonias religiosas de los arios en la India, el Soma, hace más de tres milenios.

 

José Antonio López Sáez es investigador del Instituto de Historia del CSIC en Madrid y autor del libro Los alucinógenos, disponibles en la Editorial CSIC Los Libros de la Catarata.