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Mara viste y calza Mara viste y calza

“Algunas personas
sueñan con piscinas,
yo sueño con armarios”.
Audrey Hepburn

Resiliencia. Capítulo 6: 30 segundos después de la colisión

Hace años me instaron a escribir esta historia. Aunque, cuando me lo dijeron, esa historia no era esta historia. Así que supongo que, aunque no he elegido que sea de esta manera, he elegido compartirla tal cual es ahora. No es una historia personal aunque algunas vivencias son propias. Si he decidido escribirla es porque, si a mi me sirve de terapia, quizás a ti te pueda servir de ayuda.

Resiliencia te puede haber pasado a ti, a tu madre, a tu compañera del trabajo, a tu prima pequeña, a tu mejor amiga. Puede sucederle a tu hija. Es la historia de superación del mayor trauma de una vida. El maltrato puede adoptar muchas formas, pero, sobre todo, puede adoptar muchas caras.

Mia tiene 20 años, compagina sus clases en la universidad con su nuevo trabajo de azafata de eventos mientras saca tiempo para ver a Hugo, su novio adicto al gimnasio. Andrés a sus 28 años parece que tiene la vida resuelta con un trabajo fijo en una empresa de repostería y una relación de más de cinco años. Acaban de encontrase y ninguno sabe lo que se les viene encima.

Capítulo 1: Dos semanas antes de la colisión
Capítulo 2: Una semana antes de la colisión
Capítulo 3: Un día antes de la colisión
Capítulo 4: Seis horas antes de la colisión
Capítulo 5: Colisión

30 segundos después de la colisión

De pronto ya no le importaba haberse pasado casi dos días dentro de un pabellón. No le importaban las tonterías de Sanz ni los insultos de Mimi. No le importaba nada más que la cabeza que se encontraba entre sus brazos. Acercó su nariz al pelo de la chica e inspiró. Casi podía sentir los chispazos entre las neuronas de su cerebro. Tenía colocón de Mia. La chica, pese a que se había mostrado dubitativa en un principio, le agarraba ahora con fuerza. Andrés no quería soltarse. No sabía cuánto llevaba agarrado a ella, por un lado le parecía toda la vida, por otro le angustiaba la sensación de que apenas llevaban un segundo. Notaba tan fuerte la energía entre los dos que pensó que podrían haber iluminado el pabellón con un simple roce por meses.

Cuando Mia se separó, sintió los brazos tan vacíos y el corazón tan lleno que, tuvo que resistir las ganas de volver a cogerla.

-Qué bien abrazas- dijo en su segundo ataque de frases estúpidas mientras mentalmente se volvía a recriminar. Era increíble lo que esa chica era capaz de provocarle en el cerebro.

Mia esbozó una sonrisa que pedía a gritos ser besada, pero se contuvo y se limitó a verla marchar con la melena negra ondeando tras ella.

Siempre había odiado el sonido que producían las luces de neón cuando se encuentran a punto de fundirse y se limitan a parpadear de manera irritante, pero en ese momento nada le afectaba. Lo único que le devolvió a la realidad fue el ligero apretón que le dio la mano de su abuelo. Miriam, viendo que el anciano se despertaba de la siesta, se acercó a la cama en la que se encontraban el abuelo y el nieto. Andrés se volvió hacia él para darle un beso.

-¿Cómo estás abuelo?

El anciano se fijó en la otra presencia de la habitación.

-Miriam, preciosa, ¿qué tal?

La chica se acercó a la cama e hizo el amago de darle dos besos, aunque a Andrés no se le escapó cómo su novia torcía el gesto. En cuanto se incorporó, la chica volvió hacia la ventana, al lugar más alejado de la cama. Miriam nunca había sido especialmente amable con su familia. Se limitaba a pisar su casa lo menos posible.

-¿Te encuentras mejor?- insistió Andrés preocupado viendo las gasas que sobresalían por el cuello del camisón.

-Sí hijo. Tengo unas ganas locas de levantarme de esta cama. ¿Cómo ha estado la feria esa?

Andrés, que días antes le carcomía la rabia por tener que cubrir la feria y no poder visitar a su abuelo, se sentía agradecido por haber tenido que trabajar. Quería hablarle de Mia, de la conexión que había sentido que nunca había sentido con nadie. De cómo le recordaba a la historia de amor que tuvieron él y su abuela.

-Bien, bien… Pero lo importante ahora eres tú y que te recuperes. La abuela está como loca porque vuelvas.- Su abuelo cerró los ojos y sonrió.

-Qué mujer… Miriam, ¿te he contado la historia de cuando conocí a la abuela de Andrés?

-Sí- contestó ella cortándole- Dos veces.

Andrés le lanzó una mirada de enfado, afortunadamente, la sordera del anciano hizo que no oyera a la chica.

-Fue en 1952, yo tenía 33 años y su abuela 19. Estaba esperando al metro en la estación de Bilbao cuando vi a Adela en el andén de enfrente. Nos quedamos mirando unos segundos y supe que quería que fuera la mujer a la que mirara el resto de mi vida. Me cambié de andén y cogí el mismo tren que ella. Llevamos viajando juntos desde entonces.- Andrés le apretó la mano emocionado como cada vez que oía la historia. – Me alegra ver que tú has tenido también suerte. ¿Cuándo vas a pasar por la vicaría? Yo no voy a estar aquí siempre, Andrés, y sabes que quiero verte casado.

Todo el desinterés que tenía Miriam por la conversación se esfumó en cuanto el tema versó sobre bodas.

-Eso es lo que le digo yo, pero su nieto es muy cabezota.-dijo la chica sin perder oportunidad. Continuó hablando como si el anciano no estuviera- Andrés, tus abuelos están ya mayores y no les debe quedar mucho por delante. ¿No crees que es el momento de que te plantees dar el paso?

Andrés no la escuchaba. Solo de pensar en compartir su vida con cualquiera que no fuera la azafata que había conocido, se le antojaba un suicidio emocional. Todavía no le había escrito. El papel con el ‘SÍ’ y el número de teléfono de la chica estaban a buen recaudo a su bolsillo. Se había memorizado cada número por si acaso. Lo único que le había frenado a la hora de escribirla era que, desde que había terminado la feria, no se había separado de Miriam.

Cuando subieron al coche Miriam seguía hablando del matrimonio.

-Porque claro, tienes que tener en cuenta que se tarda un año en organizarlo todo: las invitaciones, las flores, el restaurante… La mayoría de los sitios que me gustan tienen lista de espera de meses y me niego a casarme en otoño o en invierno solo porque no nos den otro día.

Andrés se abrochó el cinturón y arrancó el coche. Como cada vez que la llave hacía contacto, la radio se encendió automáticamente. El estribillo de Across the universe inundó todo el coche. El chico se quedó paralizado con las manos sobre el volante mirando algún punto en el infinito. Si aquello no era una señal, no sabía qué podía serlo.

-Qué mierda de música. Ya sabes que cuando entro al coche me gusta que esté la KeBuena.-Miriam pulsó otro botón de la radio y John Lennon enmudeció inmerso en una canción de reggaeton.

Andrés volvió a poner la emisora de la canción y se giró hacia su novia.

-Mimi, tenemos que hablar.

-Al fin- dijo la chica satisfecha.-Es lo que llevo intentando decirte toda la visita, que tus abuelos son muy mayores y a los pobrecitos les encantaría verte casado. Eres su único nieto y no te quedan más abuelos, así que yo creo que…

-No es de bodas.- dijo el chico con calma. Trató de pensar cuál sería la mejor manera de soltar lo que tenía en mente. Decirle a Mimi que rompían se le antojaba mil veces más peligroso que enfrentarse a cualquier animal salvaje. Si ya de por sí el ‘pitbull’ era arisco no se imaginaba cómo reaccionaría después de aquello.

-Bueno, ¿pues qué es? Suéltalo ya que quiero llegar a mi casa en algún momento de esta tarde, si no es mucho pedir.

-Hemos terminado.-sentenció Andrés.

Miriam se quedó muda. Estaba claro que aquello era lo último que se había imaginado.

-¿Cómo?-dijo ella.-No te he entendido bien.-Estaba claro que Miriam le estaba dando la oportunidad de que reculara, pero Andrés casi podía sentir como la ira se iba acumulando en el pequeño cuerpo de su, ahora, exnovia.

– No quiero seguir contigo. Se acabó.-La imagen de Mia se sobrepuso en su cabeza a la mueca de ira que empezaba a recorrer la cara de Miriam. Solo le quedaban unos segundos antes de que el volcán de metro y poco estallara por lo que se metió prisa.- Esto no funciona. Nunca ha funcionado. No eres para mí, a la larga esto habría pasado y seguir juntos solo serviría para hacernos daño

Miriam estalló gritando.

-¿CÓMO QUE ME DEJAS? ¿Qué nunca ha funcionado? Yo a ti te mato.

Seguidamente la chica se lanzó encima de Andrés y empezó a propinarle puñetazos con rabia por todo el cuerpo. Andrés, manteniendo la calma la agarró de los puños y la miró a los ojos.

-¡Hay otra! ¡Eres un cerdo gilipollas! ¡Te vas a arrepentir de esto!

-Si te calmas te acerco a tu casa, sino te bajas del coche-dijo tranquilo.

La chica llorosa tratando de contener los sollozos se bajó cerrando la puerta delicadamente. Andrés aún incrédulo de que hubiera sido tan fácil se quedó mirándola a ver si iba hacia la parada de autobús del hospital. Pero Miriam, en vez de moverse, seguía junto al vehículo. Lentamente, sacó su llavero y recorrió la puerta derecha dejando una línea en la carrocería tras su paso.

-Muérete, cabrón- le plantó el dedo corazón contra la ventanilla y se marchó dando media vuelta con violencia.

-Será hija de puta… -dijo Andrés mientras arrancaba el coche. Aunque pensándolo bien, un arañazo en el coche le parecía un precio demasiado barato en comparación al peso que sentía que se había quitado de encima. Subió el volumen de la radio y bajó las ventanillas mientras aceleraba por la M-30. Se sentía tan ligero que habría podido flotar. Pensó en Mia, en el olor de su pelo que le había llegado cuando le abrazaba. Era una mezcla entre champú suave, colonia afrutada y chocolate. Aunque posiblemente eso último fuera por el olor del pabellón. Apoyó el codo en la ventanilla abierta y dejó que el viento le despeinara los rizos. Las ganas de escribir a la chica eran acuciantes ahora que volvía a estar solo. No quiso esperar a llegar a casa. Tomó un desvío y se salió por una vía de servicio hasta detenerse cerca de una gasolinera cerrada.

Sin quitarse el cinturón agarró el teléfono y añadió a la chica a sus contactos. Al poco de actualizarla, salió su foto de perfil de Whatsapp en su pantalla. Aparecía abrazada a su novio. Debía de ser una celebración porque ambos estaban vestidos de punta en blanco. Andrés no dejó que eso le amedrentara. Pinchó sobre su nombre.

-¿Me has echado de menos, caramelo?

Esperó a ver si la chica aparecía en línea, pero no se dio el caso. Al tener desactivada la última hora de conexión no podía saber cuándo había mirado el teléfono por última vez. Empezó a ponerse nervioso. ¿Y si estaba con él? ¿Y si él la estaba besando? No podía imaginárselo poniéndole las manos encima. Desde el momento que la había visto en el stand de la feria la había sentido suya e, imaginar al orangután de la foto con ella, le enfermaba, le ponía violento, le daban ganas de partirle esa cara de gilipollas que tenía. Respiró hondo tratando de tranquilizarse y volvió a arrancar el coche. Se incorporó a la carretera con un ojo pegado a la pantalla del teléfono. Cuando pasados unos minutos este se iluminó casi se sale de la carretera al cogerlo. Un coche del carril continuo le pitó y masculló algo que a Andrés le pareció la palabra más bonita del mundo al ver que Mia le había contestado.

-Ni lo más mínimo 🙂

Andrés sonrió. Los cinco años de aguantar borderías, enfados, discusiones y desplantes se habían terminado. Por primera vez en mucho tiempo se sentía esperanzado.

Coche circulando por una carretera. GTRES

Coche circulando por una carretera. GTRES

 

 

 

 

 

2 comentarios

  1. Dice ser Marioli

    Por que solo un capitulo por semana??? No puedes hacer dos?

    27 Febrero 2016 | 12:27

  2. Melisa Tuya

    No sé por dónde nos vas a llevar, pero estoy deseando averiguarlo 🙂

    02 Marzo 2016 | 16:02

Los comentarios están cerrados.