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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Hiroshima: retrato de una ciudad 10 años antes del infierno

Hoy es viernes y miro esta peliculita de Japón, un found footage que dicen los ingleses. Es material encontrado e inédito, apenas unos minutos mudos que muestran una ciudad en los años treinta; ráfagas de vida, niños corriendo, pájaros, tranvías, mercados, mujeres con kimono que parecen venir de la compra, ajetreo, arterias que bombean un barrio, que huelen a barrio, que son el barrio, con sus carteros, los señores cubiertos por gorras y sombreros, ciclistas, autos, un tráfico denso, policías, transeúntes, mozos cargando paquetes, un día cualquiera, vaya, en una ciudad que me parece incluso moderna, con sus bulevares y teatros, sus puentes y río, las prisas y los atascos, y los alumnos que salen del colegio y sonríen inocentes hacia la cámara.

Pienso que si en Barcelona o Nueva York las señoras llevaran kimono la estampa no sería tan distinta. Solo por los magníficos almendros te diría que eso es Asia; árboles blancos, preciosos, una sinfonía de hojas enroscadas como en un haiku primaveral, tributos al reflorecer de la vida con los que el operador cámara inicia su reportaje sobre la existencia común en una ciudad cualquiera; los tiernos tallos de almendro que solo 10 años después acabarían pulverizados por Little Boy y sus 16 kilotones de soberbia; los 4.000 grados de asfixia, destrucción, radiación y muerte, desplegados en sendos lengüetazos de fuego por toda esa urbe que abandonó en aquella mañana de agosto su anonimato histórico.

Hoy es viernes y así era la vida en Hiroshima en 1935.

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Dibuja ‘La noche Estrellada’ de Van Gogh sobre agua negra

El ebru es una técnica de pintura antigua que te transporta con sus dibujos a orillas del imperio otomano. Una disciplina que consiste en usar tintes sobre una superficie líquida que hace las veces de lienzo. Se crea el diseño sobre el agua, para después, una vez terminado el motivo, añadir un papel especial que absorba la tinta que flota en el receptáculo.

Usando pinturas y materiales que aumentan la viscosidad, se obtienen bellos patrones, un dibujo de trazo ondulado en una acuarela única. Se trata en definitiva de pintar sobre el agua con pinceles. Un lago poético. Un arte de origen ignoto -pudo haber sido inventado en Turkmenistán, vieja encrucijada de caminos y culturas- que ha cruzado las estepas y los siglos, de la India a Persia, del desierto de Dasht-e Lut a Estambul. En Europa a esta técnica se la conoce por “papel turco”, ya que está considerada como una de las artes más antiguas de esa región, y desde el siglo XV los pintores del imperio Otomano fueron sus máximos exponentes.

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Mitchel Wu, el paparazzi de los juguetes

Envidio a Mitchel Wu porque tiene una profesión extraña. Es fotógrafo de juguetes, paparazzi de muñecos. Las profesiones utópicas son para mí un elixir prohibido, el soma védico, o un unicornio arenoso, un lugar inalcanzable que se parece a Ítaca, la isla, el paraíso, el peregrinaje, la redención de los contables, panaderos, cajeras, abogados, vendedores, prostitutos, bedeles, policías… que pisan al fin la orilla y renuncian a aquella vida de porras, monedas, querellas, códigos, condones, números, solo para fotografiar unos muñecos.

Wu se pasa el día dotando de emoción y movimiento a unos seres inanimados, celebrities cansadas, trocitos de plástico. Usa trucos fotográficos. Luz y baile. Saltos y espectáculo. Da vida a la muerte. Es un dios infantil.

Solo los dioses infantiles pueden resucitar a los juguetes, que es mucho mejor que levantar a los muertos. Aquí, por ejemplo, R2D2 huye del pesado de C-3PO

No fue siempre así. En su día Wu también necesitó huir hacia Ítaca, buscar el caballo cornudo. Esta es la condena, multiplicada por generaciones, de los homínidos nómadas. O huyes o pierdes la identidad. Hubo un tiempo en que él tuvo una vida cansada y aburrida, como todos nosotros. Hubo un tiempo en que era fotógrafo de bodas.

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La terapeuta que baila semidesnuda con 12.000 abejas

Pasos de ladrona de colmenas. Cautela absoluta. 12.000 aguijones curiosean por su carne. Esperan un espasmo, un grito, una señal de alarma, un aliento químico que dispare el ataque. Así debe moverse. Es una coreografía, un dúo entre muchos, dice.

Baña su cuerpo con una feromona. Las abejas luego se posan en la piel como atraídas por un conjuro de polen. Aguijones móviles, excitación eusocial. Entonces ella baila, casi desnuda, cubierta por un manto de seres que zumban, una masa promiscua.

Las atrae con esa sustancia que copia al componente que segregan las abejas reinas para mantener la cohesión en la colonia. La reina será el primer insecto que colocará sobre su piel. Miles de abejas la cubren después con devoción real. Invaden el torso y la cara de esta terapeuta y artista. Y ella, convertida en colmena ambulante, baila como si existiera el invento de la Madre de las abejas, como si las abejas entendieran a la mujer y pudieran amamantarse de ella, como si fuera posible esta sincronía que recuerda a la temeridad del hipnótico baile de las serpientes.

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¿Por qué grita ‘El Grito’ de Munch?

¿Por qué grita El Grito de Munch? ¿Qué expresará esa cara desencajada, dolorida, atávica…?

Edvard Munch, maestro expresionista, tuvo una vida de perros. Peor que eso, porque los perros gozan de cierta inocencia: bostezan bajo el sol en invierno, cagan a la sombra en verano, muerden enemigos, huelen culos, esperan que el dueño recoja su mierda.

Nada de eso tuvo Munch. Un padre obsesivo y estricto. Maltratos bañados en agua ardiente. La muerte prematura de madre y hermana por tuberculosis. El necesario universo femenino que se colapsa bajo el dominio fálico de Saturno.

Depresión. Alcoholismo. El ingreso posterior en el club de los buenos manicomios, donde lobotomía suena a banda de jazz… La pintura como acto único de redención.

Razones suficientes para gritar, ¿no te parece?

El Grito de Edvard Munch. Wikimedia Commons.

El Grito de Edvard Munch. Wikimedia Commons.

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La modelo rusa que desafía al vértigo jugándose la vida

Una pin-up de la moda suicida. Look de niña sin miedo. Un fashion film de riesgo. Temeridad. Desafío. Inconsciencia. La gata sobre el rascacielos de acero.

Vértigo. Demasiado vértigo.

Sinceramente, no sé que decir de Angela Nikolau. Solo sé que es rusa, modelo, chica de Instagram (hasta aquí hormona y silicio); sé que corretea por edificios sin arneses, protocolos o leyes, una práctica popular en Rusia. Aquí, las coordenadas erróneas, el juego perverso que en inglés llaman Rooftopping: personas que eluden las medidas de seguridad de los edificios más altos para tomarse, una vez en la cumbre, fotografías o vídeos panorámicos.

Lugares de acceso restringido por su extrema peligrosidad.

Como un cuerpecito que quiere vacilar al abismo. Una modelo que asciende por unas cuchillas que destripan el cielo. Posa sobre estas aristas, su estudio fotográfico, en los límites de la sensatez, donde tu vida depende de la fuerza del viento, el sudor, o el conjuro de la fatalidad.

No sé si es atractivo este dilema. Su rostro angelical, la marca seductora, y un vértigo tremebundo.

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La venganza de las mujeres Herero: unos vestidos alucinantes

Los colonizadores trajisteis la oscuridad. Nosotras cosimos la luz. En los vestidos brilla la venganza africana.

Las mujeres Herero fuimos obligadas a vestir al estilo europeo porque temíais la desnudez tribal. Y quien teme el cuerpo lleva un demonio dentro. Y quien carga un demonio es capaz de cualquier cosa.

Cogimos los vestidos de corte victoriano que nos distéis a principios del siglo XX, los uniformes de la subyugación; ya no podíamos corretear desnudas, teníamos que cubrirnos con las prendas de esas chicas recatadas, pálidas, venidas de lejos -Europa, la llamaban- niñas asustadas por el cielo primitivo, vuestras mujeres; en un acto de subversión creativa, agarramos los trajes y los convertimos en bombas de arte, arco iris incandescentes.

Así se lo monta la verdadera reina Victoria

Toda mujer Herero puede brillar como una afrodita perdida en un lugar indescifrable del tiempo inexacto. Somos un acertijo tribal. Somos presente dentro del pasado o pasado que alucina al presente. Somos confusión, atracción, alegría, fuerza. Aún vestimos los corpiños victorianos ajustados hasta el cuello. Especialmente las mujeres mayores, porque las jóvenes están siendo hoy colonizadas de otro modo. Enaguas. Mangas abultadas. Blusas bordadas. Faldas largas. Tocados bicéfalos que representan las astas de una res, bestias sagradas entre los pastores nómadas.

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‘Ghibli food’: fans que cocinan los platos de las películas de Miyazaki

Hayao Miyazaki se inspiró en la comida tradicional japonesa para dibujar los platos que ofrecía a los protagonistas de sus obras de animación. También en la cocina occidental. Le gustan los sándwich. Los huevos fritos con beicon.

Ahora los cocineros se inspiran en Miyazaki para copiar sus manjares. Un efecto cobra, muelle, onda expansiva, deflagración estética.

Platos que degustaron unos personajes imaginarios son hoy apreciados por las personas que los imaginaron.

¿Cómo dices?, se preguntará la niña protagonista de Mi vecino Totoro, más sorprendida por este exceso que por compartir vecindad con un conejo gigante. El monstruo peludo sigue en la ficción, los platos, en cambio, ya no.

Gtresonline. MY NEIGHBOR TOTORO, (aka TONARI NO TOTORO), 1988. ©50th Street Films/courtesy Everett Collection

Mi Vecino Totoro, (aka TONARI NO TOTORO), 1988. ©50th Street Films/courtesy Everett Collection. Gtresonline.

Fotografían cada oferta culinaria reproducida al milímetro. Y lo cuelgan en la Red. Generan fiebres gastronómicas. Nos entra, claro está, el hambre…

Mira, por ejemplo, esta sopa de fideos de la película Ponyo en el acantilado.

 

Bajo el hashtag #Ghibli food (Ghibli es el nombre del estudio del artista japonés) aparece un despliegue de bodegones que copian con fidelidad documental los platos de estos largometrajes.

Es una vuelta de tuerca al homenaje. El fanmade (creaciones de fans) se puede aquí comer, puede quemar tu lengua, llevarte al éxtasis. Te entran unas ganas tremendas de pedir la carta en El Castillo en el Cielo, o de compartir unas pastas con La Princesa Mononoke

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Los secuestradores exigen un rescate: mi animal de poder

Indios y niños. Los no contactados y los que no superan los cinco años. Solo ellos pueden ser felices. El resto perdimos a nuestro animal de poder.

Imagina que tu cabeza fuera una selva. Que las fuerzas psíquicas que te componen, conscientes e inconscientes, son animales o personas. Los pensamientos, ideas, pulsiones, cobran vida independiente. Braman. Rugen. Zumban. Aúllan en tu mente.

Así ocurre durante un brote psicótico. No te asustes. Puedes imaginarlo sin perder el control. Estás en la selva

A veces yo también personalizo mis pensamientos, o las fuerzas psíquicas que azuzan, como abejitas borrachas de azúcar, mi conciencia. Es una psicosis controlada que uso para entenderme mejor.

A determinados patrones, capacidades, o líneas de pensamiento, las relaciono con un animal de poder. Mi curiosidad creativa, por ejemplo, sería una urraca que grazna palíndromos.

Urraca. Benutzer123. Wikimedia Commons.

Urraca. Benutzer123. Wikimedia Commons.

A veces recibo el mensaje de la parte opuesta, las fuerzas oscuras que me gobiernan. Los llamo “Los secuestradores”.

Tenemos secuestrado a tu ser íntimo. Entréganos a tu animal poder.

El animal es la forma de pago que exigen a cambio de mi presunta libertad. Una transacción con mi parte oscura. No es buen negocio.

Mata a tu urraca y serás un hombre de éxito.

Los secuestradores son unos tipos siniestros que viven en la mente profunda, disfrazados de cultura, ley y razón. Son colonizadores que llegaron tiempo atrás a mi selva, que entonces era un vergel, y yo tendría dos o tres años.

El que más me acojona se llama “Duda”. Tiene pinta de escolar, de buen tipo, contable, quizás; contrasta con la imagen de sus compinches, “Negación” y “Furia”, que van llenos de cicatrices y pueden jurar en ruso. “EL-MIEDO-QUE-TRANSMITEN-LOS-PADRES” es el más siniestro de todos. Lee el resto de la entrada »

Un corto de animación que te transporta al universo de ‘TRON’

Dicen que con este corto regresas a la infancia, a las sillas taburete, los mandos y las chuches, a las monedas de 25 pesetas. ¿Referencias? Videojuegos de un pasado olvidado, universo Arcade, máquinas recreativas y la película TRON.

El artista digital Stu Maschwitz, que ha trabajado en la animación de las películas de Star Wars, rescató un proyecto de su juventud, recreando en su nueva película, TANK, los clásicos videojuegos vectoriales. Sencillas líneas en 3D que te llevan al corazón primitivo de la computadora, trazos que evocan una batalla de bits, muy similar a los programas de los años 80, como Battlezone.

La trama es sencilla. Stu creó el primer guión en la escuela- unos soldados deben desactivar un arma de destrucción masiva que puede arrasar su tierra-, pero tiene la fascinación de un universo arcaico informático. Para nosotros es como la Grecia Clásica de la era digital, las ruinas de Pompeya de una civilización electrónica. Y ahí está la batalla, el César yendo contra Roma, el cruce de Ru-Bit-con a las órdenes de un ejército abstracto formado solo por números, pantallas sintéticas, bombas binarias, vectores atávicos

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