El verdadero misterio de los delfines de colores en Júpiter

La semana pasada la Nasa descubrió que hay delfines de colores nadando en el océano gaseoso de Júpiter. Presuntos cetáceos que aparecieron en las imágenes captadas por la sonda Juno. Aterciopelados seres que estaban flotando sobre las olas de hidrógeno en el hemisferio sur del planeta gigante.

Esta fue la noticia más importante para un niño de cinco años.

La NASA descubre 'delfines' nadando en la superficie de Júpiter / NASA

La NASA descubre ‘delfines’ nadando en la superficie de Júpiter / NASA

Si hubiera tenido un hijo de esa edad le habría agarrado por la cabecita- con mucho cuidado, sobra decir- apartando sus ojos de la omnipotente pantalla del videojuego.

“¡Mira! Hasta en los mares exteriores del más exterior de los mundos los delfines saludan al sol

Mi hipotético hijo me habría observado con suspicacia.

“¡Pareidolia!”, hubiera podido decir antes de regresar al juego de guerra.

Son tan tecnológicos, higiénicos, eficientes, conscientes, materialistas, adictos a la luz y al sonido, tienen tantos influencers, saben tanto de Trump, de accidentes ferroviarios y de horrores africanos, que el padre que nunca fui se vería entonces obligado a retroceder como un vampiro cegado por la luz del Fortnite para buscar la palabreja en el diccionario.

“Pareidolia”. ¿Qué diantres será eso?

“Cualidad del cerebro humano de encontrar patrones conocidos en configuraciones caóticas”.

Ver caras y figuras donde no las hay. Es decir: ver delfines en unas nubes de Júpiter, o contemplar perritos y dragones en los cumulonimbos que cruzan como mercantes los cielos. Ver cosas que no son. Darle vida a la materia muerta. Proyectar la imaginación en la mancha del café.

Mi hipotético hijo tiene razón. Los delfines de Júpiter no son delfines, no nadan y saltan en el océano psicodélico, son manchas desprovistas de espíritu o daimon (dirían los griegos), un invento de la imaginación: una pareidolia hermosa.

Vuelvo a agarrar por la cabecita a este sabiondo – ya sin tanto cuidado- y hago que pose sus ojos de murciélago sobre los delfines cósmicos que tan entusiasmado tienen a su hipotético padre. Y así empieza la reprimenda…

Te contaré algo que no te contó el Rubius…

Cuando tenía tu edad mis padres solían explicarme una historia que tiene que ver con los réptiles, los túneles y la visión alucinógena que solo una persona de tu edad puede llegar a sentir sin que medien sustancias exógenas. Cada vez que pasábamos por el túnel del Bruc, que conduce de Lérida a Barcelona, un túnel entonces antiguo, primitivo, lleno de piedras y salientes, una especie de cueva de Altamira interurbana, me decían -seguramente para que me estuviera quieto- que allí vivían escondidos unos lagartos inusuales.

Lagartos trogloditas negros que solo podían sobrevivir camuflados en aquella entraña de tierra.

De este modo obraba el milagro. Como si hubiera ordeñado a un sapo del desierto de Sonora, mi imaginación convertía automáticamente los patrones caóticos de aquellas paredes húmedas en viscosos réptiles.

Duraba la visión unos minutos, lo que cuesta cruzar ese espacio que es hoy moderno, luminoso, homogéneo, liso: la mayor mierda de la tierra: un cementerio de réptiles donde ya no pueden crecer mis lagartos legendarios.

Nunca me he sentido, sin embargo, más cerca de eso (sea lo que sea el eso). Sacudido por la hormona feliz: un cóctel trifásico de dopamina, serotonina y endorfinas. Una idea tonta me bastaba para cruzar las barreras invisibles y adentrarme en el otro lado.

¿Y cómo es el otro lado?

¡No te lo voy decir!

Años después, tras experiencias con rituales amazónicos, lecturas de inmersión, viajes, escritos, sueños lúcidos y sucios, ayunos, conversaciones, meditación, películas, kung-fu, videojuegos, realidad virtual, locuras y otros ejercicios estúpidos que pudieron poner mi vida en peligro, aún sigo buscando ese momentum o epifanía: la posibilidad del imposible, el misterio esencial que solo la imaginación esconde; el instante efímero– lo que dure cruzar un túnel o cerrar los ojos- que te demuestre que seguimos habitando en un universo donde siempre es y será posible que unos delfines salgan por la mañana a respirar sobre los corderitos marinos de Júpiter, sea en esta dimensión o en otra, chapoteando en los ojos de un niño, o en el extremo de la teoría de cuerdas.

Esa droga que busco, esa emoción que siento perdida a una distancia de eones, se llama imaginación pura. Su composición química responde a las siglas de ¡GUAU!.

Es el mayor regalo biológico. Sin ella, hipotético hijo mío, estarás perdido, o lo que es peor: el día de mañana serás un ser gris, un contable de la desazón, masa viscosa, títere digital, pieza absurda en el reloj de los decapitados, un adorador del Gran Dios PAC-MAN.

Así que por una vez hazle caso a tu falso padre y vamos a echarle lagartitos a los delfines de Júpiter.

Tú y yo seremos esta vez la pantalla y el algoritmo que todo lo crea.

Tú y yo somos el centro de la teoría de cuerdas: las diez dimensiones unidas.

Sobra decir que tras esta reprimenda mi hipotético hijo marcó el número de teléfono del psiquiatra familiar.

2 comentarios

  1. Dice ser Aquellos maravillosos años

    Me ha encantado tu artículo. No se ha podido explicar mejor la carencia de imaginación que tienen los niños y adolescentes que hay, donde no hay hueco al aburrimiento, que es el culpable de aquello que nosotros sentíamos y animábamos al ingenio. Recuerdo cuando era pequeña e íbamos mis dos hermanos y yo hacinados en el cochecito de mi padre en Sevilla, con su calor y sin aire acondicionado que nos aliviara, en el viaje de ida a la playa, cómo mi padre para calmarnos nos hacía buscar en las nubes (si había suerte) las figuras de un perro, un coche y un avión. Cada viaje de ida era buscando en el cielo esas figuras, gritando cuando los veíamos y así pasaba la hora. Qué buenos recuerdos me has traído.
    Pd. Yo también veo un delfín precioso saltando sobre las olas de Júpiter.

    21 diciembre 2018 | 16:09

  2. Javier Rada

    Gracias por compartir tus nubes. Un abrazo.

    22 diciembre 2018 | 12:16

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