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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Archivo de la categoría ‘Top secret’

Brevísima historia de los ‘zoos humanos’

El último zoo humano que avergonzaría a Europa tendría lugar en Bélgica, y sería en una Exposición Universal, un espacio donde las naciones exhiben sus logros.

Ocurrió en 1958 y, bien mirado, no cae tan lejos el evento, está a la vuelta de la esquina, cruzando la calle de la Xenofobia, llegando a la Plaza Racismo, a cuatro paradas del ascenso de la ultraderecha europea

Las autoridades belgas, que habían tomado el Congo un siglo antes, consideraban que África formaba parte de su historia más luminosa. Y quisieron rendir tributo y homenaje a sus hazañas en la Exposición General de Bruselas.

Ser humano expuesto en un zoológico como atracción en 1906. Wikimedia Commons.

Ser humano expuesto en un zoológico como atracción en 1906. Wikimedia Commons.

El marketing es una institución perversa: ¡Qué idea tan estupenda! ¿Por qué no montamos un stand especial y recreamos en él un poblado aborigen? ¿Por qué no exhibir allí dentro, tras un seguro perímetro de bambú, a unos cuantos súbditos congoleños- ¿quinientos, tal vez?-, y que se comporten estas familias como buenos salvajes, que tejan, bailen y duerman, encerrados en sus jaulitas de madera.

Delicia para el público educado y superior. ¡Será un éxito!

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El idioma secreto de los vagabundos del ferrocarril

El Oeste es la promesa. Saltan al tren en marcha. Candado roto, oxígeno. Arañan vagones. La navaja deja su firma en el óxido. El cubículo es estrecho y frío, como el útero de una vieja embarazada de pobres. Destino de trabajador vagabundo, olvidarán su antiguo nombre allí.

Siempre en marcha, tragan polvo, correcaminos implumes. El pitido de la locomotora se cuela a través de la puerta abierta y la noche es negra, resbaladiza, y los llama. Veloces estepas sin horizonte que se repiten como en un purgatorio. Un rayo pintor. Espinas. Reino de sapos venenosos. Nueva estación. Policías. Silbatos. Perros. Silencio de ardillas. Retoman la marcha.

Mañana, muchachos, llegaremos a Dallas, Portland, Reno, Burns… La promesa, el Oeste, es la mirada de un coyote taciturno que desaparece tras un guiño de ojos. Entonces, al día siguiente, el claustro metálico los expulsará en la vía y nacerán cansados, dolidos, derrotados. Serán bautizados de nuevo en el Jordán de las piedras, tendrán el nombre de un huérfano y éste será el de Hobo.

Destino: Viajar por la nada siendo nada y todo por casi nada.

Así fue su vida. Así quisieron renacer.

Llevaban años recorriendo el país de esta forma mal llamada aventurera. Puede que fueran los primeros parásitos del recién nacido ferrocarril. Fue durante la Gran Depresión, sin embargo, el crack del 29 y la ola de desempleo que dividió los Estados Unidos, cuando su número aumentó hasta los centenares de miles de andrajosos caminantes, merodeadores sin suerte, y no eran negros, centroamericanos o sirios, como hoy, solo hobos, así los llamaban: americanos blancos sin rumbo y techo.

Hobo saltando a un tren de mercancías. 1935.

Hobo saltando a un tren de mercancías. 1935.

Los hobos eran el ejército insomne del nuevo rey vagabundo: el trabajador empobrecido, el currante itinerante que usaba el tren para aparecer y desaparecer cual conejo tísico de una chistera rota.

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El ‘Palacio Ideal’ de un cartero ‘idiota’, monumento nacional en Francia

En 1879 el cartero idiota soñó un palacio. Estaba en ruta, y en su recorrido había tropezado con una piedra a la que llamó “Obstáculo”. Esta roca le pareció singular, escondía algo. Imitando a profetas y locos, decidió fundar un castillo con ella.

Dedicó toda su vida al estúpido proyecto (33 años, 10.000 días, 93.000 horas de trabajo, dejó inscrito en uno de los muros al terminarlo). Carecía de conocimientos dignos en arquitectura. Nada sabía de los masones y constructores de iglesias.

El cartero Cheval frente a su trabajo terminado, en una estampa de la época. Wikimedia Commons.

El cartero Cheval frente a su trabajo terminado, en una estampa de la época. Wikimedia Commons.

Historische Bilder vom Palais Idéal du Facteur Cheval in Hauterives, Frankreich. Erbauer des Palais idéal war der französische Postbote Ferdinand Cheval. Wikimedia Commons.

Historische Bilder vom Palais Idéal du Facteur Cheval in Hauterives, Frankreich. Erbauer des Palais idéal war der französische Postbote Ferdinand Cheval. Wikimedia Commons.

Sueño tonto de cartero. Un palacio ideal, se dijo. Sería arquitecto y albañil de una obra maestra. Torres que imitarían la arquitectura hindú, torcidas y abigarradas pirámides, plagadas de iconos bíblicos, árabes y egipcios, en las múltiples fachadas que lo delimitarían. Estatuas de humanos, plantas y animales grotescos. Un delirio que terminó entrando en el catálogo de monumentos artísticos de Francia casi por venganza vanguardista. Arte naif, pueril, acusaron. Cosa de marginales.

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Así eran los inmigrantes detenidos en la Isla Ellis (Nueva York)

La memoria es frágil. Parece un disco duro con una carga de tres tristes gigas. Los Estados Unidos no son una excepción en este proceso de olvido mecánico. La inmigración que tantos temen lleva cruzando mares y desiertos desde los tiempos homéricos (y mucho antes). Personas de diversos orígenes y costumbres exóticas llegaron a países que les parecieron también exóticos, donde fueron capaces de integrarse con el tiempo y aportar riqueza y nuevas ideas a la nación que los cobijó.

Las fotografías amateur de Augustus Sherman nos recuerdan este devenir sufriente y silencioso que parece eterno para esta raza de simios caminantes que representamos. Mucho antes de que dijéramos “globalización”, y de que los humanos de las distintas partes del mundo fueran cada vez más iguales, hubo una pequeña isla llamada Ellis que, entre 1892 y 1954, sirvió de centro de detención para los migrantes pobres que esperaban poder cruzar a Nueva York como paso franco hacia los Estados Unidos. Por allí, sin ir más lejos, pudo colarse la familia del actual presidente, Donald Trump. Durante esa época sortearon la aduana unos 12 millones de pasajeros. Se estima que solo un 2% fue deportado.

En las fotografías de Sherman, que fue Jefe de Registro de la Isla entre 1892 y 1925, podemos ver los rostros y vestidos tradicionales de los recién llegados, muchos de los cuales no sabían hablar inglés y parecían salidos de las zonas más profundas de los Urales. La mayoría de ellos tuvieron que esperar en este centro de detención para ser desparasitados y registrados legalmente, hasta conseguir dinero, un billete de partida o algún familiar que los viniera a recoger.

En estas fotografías únicas podemos observar la diversidad y multiculturalidad que un día fue capaz de acoger una nación -entonces poderosa y llena de confianza– que hoy tiende a reclamar una homogeneidad neurótica y expela un miedo contagioso hacia el diferente por sus poros mediáticos.

Pastor rumano. Augustus Sherman. New York Public Library.

Pastor rumano. Augustus Sherman. New York Public Library.

Polizón alemán. Augustus Sherman. New York Public Library.

Polizón alemán. Augustus Sherman. New York Public Library.

Mujeres rumanas. Augustus Sherman. New York Public Library.

Mujeres rumanas. Augustus Sherman. New York Public Library.

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Los monstruos infantiles de Mateo Dineen

Mateo Dineen tiene el oficio más bello del mundo: pinta monstruos para vivir. Es su pasión, su trabajo, y la actividad que le ha ocupado casi toda su vida. Un ejercicio de disciplina que ha generado miles de tiernos monstruos, enigmáticos seres peludos, que han sido publicados en revistas, exposiciones y libros. Todas las ilustraciones de este artista californiano asentado en Berlín giran entorno a esta temática fantástica. Su amor por estas criaturas viene de tiempo atrás, influenciado por los Teleñecos, Star Wars y Dragones y Mazmorras. Esos libros, películas y dibujos le indujeron pensamientos embriagadores, llamadas de sirena hacia unos universos expansivos. Ahora, siendo adulto, quiere lograr lo mismo con sus dibujos: que otros niños se adentren en sus mundos y se emborrachen de imaginación.

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Cuando nuestros antepasados dibujaban mapas del amor

Los siglos XVIII y XIX fueron centurias de descubrimientos y mapas. A medida que crecía el conocimiento del mundo los geógrafos empezaron a trazar las líneas sinuosas de costas, cordilleras, selvas, océanos, afluentes, ríos… Fueron siglos de adentrarse en la ignota Terra, tiempos para seguir el curso desconocido del río Congo junto a Joseph Conrad y su novela, En el Corazón de la Tinieblas. Fueron años para descubrir que incluso el corazón más tenebroso podía terminar su viaje en el Puerto del Matrimonio, la Costa del Amor o la Tierra de los Granujas. A medida que crecían los mapas otro estilo geográfico se impuso en la época victoriana, unos planos alegóricos relacionados con los sentimientos y el amor.

Carta de la Ternura. François Chauveau. 1654. Wikimedia Commons.

Carta de la Ternura. François Chauveau. 1654. Wikimedia Commons.

Estos mapas simbólicos y sentimentales contenían también sus tierras inhóspitas, bahías seguras, caminos hacia la felicidad o la desesperación. Tesoros. Buscaban dibujar los valles o cordilleras de los estados anímicos que puede sortear una persona enamorada, cuyo barco de vapor es el deseo, la carnalidad, el altruismo, la ternura, el cortejo o el matrimonio. Eran tierras inventadas, esbozos psicológicos, pangeas emocionales, que tuvieron su precursor en la Carte de tendre, mapa dibujado en 1654 por Francois Chauveau como ilustración/grabado para el libro de Madeleine de Scudéry titulado Clélie. Estas geografías abrían el pliego del alma e invitaban a los aventureros a trazar sus propias rutas: seguir el río de la Inclinación hacia la ciudad de Nueva Amistad, sorteando los obstáculos y trampas del Lago de la Indiferencia.

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Los grafitis de São Paulo a vista de drone

En respuesta a las medidas de un consistorio que quiso limpiar São Paulo de grafitis, el colectivo Cinema de Rua nos invita a visitar las obras de arte urbano de la ciudad a vista de drone. La megalópolis brasileña, una Babilonia insomne que acaba de cumplir 463 años, está llena de grafitis que cubren extensos y elaborados murales en las principales avenidas, como la 23 de Maio. Muchos de los paulistas las consideran parte de su identidad artística, como un paisaje mestizo que se suma a los atascos, el desorden, la llovizna y la vibración de esta urbe que es conocida como La locomotora de Brasil.

El anterior gobierno municipal de João Doria declaró la guerra a muchas de estas obras – algunas financiadas por la administración- porque las consideraba una muestra de dejadez y suciedad. El grafiti y especialmente el pichação (expresión típica paulista basada en pintadas callejeras con mensajes en las paredes de los edificios, a veces con contenido político, pero también críptico e incomprensible) dejaron de ser bienvenidas.

El pichação sería esto

Edificio en Sao Paulo cubierto por Pichação. Wikimedia commons.

Edificio en Sao Paulo cubierto por Pichação. Wikimedia commons.

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Un cerdo que se salvó del matadero se convierte en artista

Actúa como una celebridad y se hace el Kandinsky frente a las cámaras, el Rothko de los animales cuadrúpedos, o un Warhol maloliente. Aparece en las noticias de los periódicos de medio mundo y en revistas como el National Geographic. Es capaz de vender todos sus cuadros (a unos 1.000 euros) y dispone de su propia galería que es a la vez su santuario.

Él es en realidad ella, una cerda, sí, una gorrina, un animal de granja que se salvó por milagro de ser sacrificada en Sudáfrica. Cambió su futuro de salchichas por los pinceles, y adoptó, como buena artista, un nombre llamativo: se hizo llamar Pigcasso.

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Un libro ‘escrito’ por insectos

En toda inspiración hay un momento que arde, la mecha que prende, un golpe que es explosión, una luz que ilumina el crespúsculo y barre el horizonte de ideas. Para el artista chino Zhu Yingchun fue el observar una cigarra cruzando por azar su libreta de bocetos, dejando a su paso las marcas en tinta de sus patitas sobre el papel. Así surgió la idea de crear el libro El lenguaje de los insectos (ACC Publishing).

Pensó en poner trampas a los bichos de su jardín, pequeños estanques de tinta extraída de colorantes vegetales para después recoger los rastros que dejaban sus movimientos sobre un lienzo. Ordenó estos jeroglíficos. Cual arqueólogo se preguntó si existía un mensaje en ellos. Creó una aproximación a un idioma de insectos, la piedra de Rosetta invertebrada, la escritura que muestra su danza, el ajedrez que practican con su balanceo y el aparente devenir errático sobre una tabla.

Cada especie tenía su propia firma, el garabato único.

Todo lo unió en ese libro que no contiene lenguaje humano, solo runas de alas, poemas de orugas, trazos que parecen personajes retorcidos y que han sido creados por estas moscas amanuenses, escribas avispas, mantis artistas, escarabajos escritores, y cuyo resultado recuerda a la caligrafía china, a un idioma simbólico y arcano, un misterio cuneiforme que parece contener el enigma de un significado perdido.

El Lenguaje de los insectos. © Zhu Yingchun. ACC Art Books

El Lenguaje de los insectos. © Zhu Yingchun. ACC Art Books

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Hiroshima: retrato de una ciudad 10 años antes del infierno

Hoy es viernes y miro esta peliculita de Japón, un found footage que dicen los ingleses. Es material encontrado e inédito, apenas unos minutos mudos que muestran una ciudad en los años treinta; ráfagas de vida, niños corriendo, pájaros, tranvías, mercados, mujeres con kimono que parecen venir de la compra, ajetreo, arterias que bombean un barrio, que huelen a barrio, que son el barrio, con sus carteros, los señores cubiertos por gorras y sombreros, ciclistas, autos, un tráfico denso, policías, transeúntes, mozos cargando paquetes, un día cualquiera, vaya, en una ciudad que me parece incluso moderna, con sus bulevares y teatros, sus puentes y río, las prisas y los atascos, y los alumnos que salen del colegio y sonríen inocentes hacia la cámara.

Pienso que si en Barcelona o Nueva York las señoras llevaran kimono la estampa no sería tan distinta. Solo por los magníficos almendros te diría que eso es Asia; árboles blancos, preciosos, una sinfonía de hojas enroscadas como en un haiku primaveral, tributos al reflorecer de la vida con los que el operador cámara inicia su reportaje sobre la existencia común en una ciudad cualquiera; los tiernos tallos de almendro que solo 10 años después acabarían pulverizados por Little Boy y sus 16 kilotones de soberbia; los 4.000 grados de asfixia, destrucción, radiación y muerte, desplegados en sendos lengüetazos de fuego por toda esa urbe que abandonó en aquella mañana de agosto su anonimato histórico.

Hoy es viernes y así era la vida en Hiroshima en 1935.

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