Hacen falta más de 700 pasos y se recomienda utilizar un papel con suficiente gramaje (más de 150 gramos) para crear el poliédrico torso blanco con todos los órganos en su interior. “El proceso no es difícil, pero sí lleva mucho tiempo”, avisa su autor a los osados que quieran emplearse en la tarea de construirlo.
El artista alemán Horst Kiechle —que se define así mismo como “arquiescultor”— diseñó y construyó para el laboratorio de ciencias del Colegio Internacional de Nadi, en la isla de Fiji (donde ahora reside) un complejo torso de papel que tiene en su interior todos los órganos en piezas separadas y separables del cuerpo, medidos a la perfección para adaptarse entre sí.
Estómago, corazón, pulmones, riñones, hígado, pancreas, vejiga e intestinos. Todo encaja y se convierte en una masa blanca que se exhibe dentro de la enorme cavidad al descubierto. Cada pequeño componente de Paper Torso tiene líneas discontinuas que hay que doblar, pestañas para pegar las piezas entre sí y números y letras que aclaran el modo en que se deben unir.
Lo que comenzó como un proyecto escolar terminó provocando el interés en Internet y Kiechle recibió numerosas peticiones para que hiciera públicas las plantillas. Junto a las instrucciones y los esquemas, las ha colgado en formato PDF para que cualquiera pueda descargarlas y fabricar con folios Din A-4 su propio set de anatomía: “En el espíritu en el que empezó este proyecto, todo está disponible gratis. Si consigues completar algún órgano y/o el torso, apreciaría que me mandaras un correo electrónico con algunas imágenes del resultado”.
El cine porno ha sido expulsado del reino diáfano y bobalicón de lo correcto. Casi nadie tiene la valentía o la sinceridad de salir en su defensa. El ardor del pasado parece no ya de otro tiempo, sino de otro mundo. Ha sido barrida del escenario la fascinación intelectual de los años setenta, con el escritor Norman Mailer declarando que “hay algo emocionante en las películas pornográficas”, la intelligentsia acudiendo en masa a las sesiones de las salas equis —permitidas en España a partir de 1982, pero legales en muchos otros países desde una década antes— y la sensación de que las películas de sexo explícito eran chic e ¡incluso podían tener un acabado artístico! (supongo que eso creíamos pensar o formulábamos como excusa, pero también me gustan los pretextos low-fi de aquellos años).
Desde el momento en que el cine dejó de ser un negocio para adultos y se convirtió en un producto dirigido al potentísimo mercado adolescente —el punto de inflexión es la primera entrega de la saga Star Wars (1975), el primer megataquillazo planetario que consideraba al espectador un niño eterno, imponiendo un paradigma que se mantiene y crece por momentos—, el cine porno quedó enterrado en los sótanos de la privacidad. Aunque no ha dejado de crecer en términos económicos —se calcula que factura, sólo en los EE UU, de 10 a 13.000 millones de dólares al año—, ahora es un placer más o menos solitario que se consume mediante la conexión a Internet o en las habitaciones de hotel, donde dos terceras partes de las emisiones de canales pay-per-view que ven los clientes son para adultos, según una encuesta de hace pocos años.
Antes de la llegada unificadora del vídeo y la epidemia del sida —que se llevó por delante a unas cuantas estrellas del género, entre ellas el actor John Holmes, un símbolo al que la cinta métrica adjudicaba 34 centímetros de pene—, el cine porno de los años setenta era divertido, inocente dentro de su aparente suciedad —sexual pero casi educativo, sin los afanes freak de los vídeos depravados del todo vale que llegarían más tarde— y se atrevía a ser libre e experimental (Behind the Green Door, de 1972, se presentaba, y había cierta verdad, como una película “bergmaniana“.
“Sexy Times” (Fantagraphics)
El libro Sexy Times, de la editorial Fantagraphics, condensa una antología de pósters de aquella época de aventura, música disco, vida sin complejos y un cierto candor trágico, porque la gente del cine porno, como retrata con aire naturalista y casi documental la gran película Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997), parecía llevar encima el peso de una sombra: se sabían reyes y reinas de un mundo de cristal que se quebraría en cualquier momento.
La cartelería que aparece en el libro, de la que inserto una selección en esta entrada, tiene el regusto casi candoroso de aquel tiempo blanco del que me confieso enamorado. Si alguien quiere hacerme feliz, lo logrará si me envía una copia de Librianna, Bitch of the Black Sea (Libriana, la perra del Mar Negro, 1979), que se vendía como la primera película porno rodada en la URSS.
Con aspecto de juguete para bebés, de formas redondeadas y colores vivos, Gifty es una cámara de fotos que no tiene obturador, pero sí temporizador.
El aparato está pensado para capturar ráfagas de imágenes de hasta cinco segundos y también para imprimirlas después en una tira al más puro estilo de una cabina de fotomatón. Las fotos tienen un margen blanco lateral con una pestaña que permite cortarlas y encajarlas en una pieza de plástico que las aúna para formar un pequeño folioscopio: la serie se transforma con el rápido paso de las páginas en una diminuta secuencia, vista desde los ojos del usuario actual como un “gif animado” analógico.
De momento el invento es sólo “un concepto” y su creador —el diseñador coreano Jiho Jang, que desarrolló el proyecto como parte de su tésis universitaria— ha creado para el vídeo una maqueta orientativa, porque el aspecto del prototipo real, hecho con una impresora de tiques y una webcam, le parece “muy abultado”. El éxito que Gifty ha tenido en internet hace pensar que su autor pronto recaudará fondos en una plataforma de microfinanciación como Kickstarter.
Wayne F. Miller, el gran reportero estadounidense que acaba de fallecer a los 94 años, eludió una primera cita con la muerte en 1945 en los cielos castigados de la II Guerra Mundial. Él mismo dejó pruebas con su cámara de la cita rota: en el avión del que están bajando al militar herido estaba previsto que Miller ocupase el puesto de fotógrafo pero intercambió turno con otro compañero, que resultó muerto por las defensas antiaéreas japonesas.
La vida de Miller, hijo de un médico y una enfermera nacido en Chicago en 1918, había tomado un rumbo muy determinado cuando recibió el regalo de sus padres por acabar el instituto: una cámara de fotos. Aunque intentó estudiar banca y luego artes, su ánimo le pedía ver mundo y seres humanos y todo lo dejo para alistarse como marino con la cámara a cuestas.
El patriarca de la foto moderna, Edward Steichen, reclutó al animoso reportero autodidacta para la Naval Aviation Photographic Unit, y le dió un consejo: “No me importa lo que hagas, Wayne, pero trae algo que complazca un poco a los oficiales: un portaaviones o alguien con todas las medallas… Pasa el resto de tu tiempo fotografiando a los hombres“.
La recomendación de Steichen fue tomada al pie de la letra por Miller hasta su jubilación, en 1970. Se dedicó con pasión y silencio a retratar a la humanidad: decidió dar cuenta del alma visceral de los negros de su ciudad natal, Chicago, uno de los epicentros del blues urbano, estilo musical que le apasionaba —el fotoensayo Chicago South Side 1946-1948 es una obra de referencia—, y aceptó encargos de grandes revistas para desarrollar reportajes en varios continentes. Entre 1962 y 1966 ejerció como presidente de Magnum Photos, la agencia de la que era socio desde 1958.
Consecuente, humilde y defensor del optimismo como valor y empresa fundamental (“creo que tener buenos sueños es lo que ayuda a hacer buenas fotos”), Miller terminó su vida como fotógrafo profesional con la misma naturalidad impulsiva con que la había iniciado.
Durante las últimas décadas de su larga estancia en el mundo, establecido a orillas del Pacífico, participó en la fundación de Forest Landowners of California, una organización sin ánimo de lucro que se dedica a comprar terrenos de bosques degradados para reforestarlos. Sus compañeros activistas recuerdan que Miller era uno de los mejores y más rápidos replantadores.
En uno de los muros de la descuidada esquina está la figura de la mujer, en el otro lado, invisible si uno sólo se fija en uno de los laterales, están los niños. La reciente campaña de Ammar (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina) —creada por la sucursal bonaerense de la agencia publicitaria Ogilvy & Mather— se inspira en el arte callejero para concienciar a quienes piensan en las prostitutas como mujeres salidas de la nada, sin familia ni más obligación económica que la de mantenerse.
Lejos de los casos de tráfico de personas y de esclavismo sexual, las afiliadas a la organización son trabajadoras del sexo que ejercen por libre, “por consentimiento propio y de manera autónoma”. El colectivo resalta con el anuncio que el 86% de las prostitutas en Argentina son madres, que tienen derechos y obligaciones como cualquier ciudadano y, por lo tanto, necesitan una ley que regule su trabajo.
Para pegar las figuras, impresas sobre papel al estilo de las plantillas, eligen las esquinas “como lugares emblemáticos” de búsqueda de clientes. El emplazamiento permite con un sencillo juego visual que el peatón sólo vea la realidad completa (la del aspecto habitual de una prostituta y la de su faceta maternal) si se aleja para ver las dos paredes. La asociación anima a quien lo desee a descargar las plantillas de los tres modelos disponibles en mamasdelaesquina.org y colaborar en la iniciativa.
Si se ejercen los servicios libremente, sin proxenetas ni intermediarios, la prostitución no es delito en Argentina. La asociación Ammar se creó en 1994 para regular el trabajo sexual y mejorar así las condiciones laborales de las mujeres que lo ejercen, “eliminar la automarginación” y responder “al constante asedio y a la violencia de la Policía”.
El mejor disco editado en lo que va de 2013 es, en mi opinión, Nomad, del músico tuareg Bombino.
No era ningún secreto la potencia lírica y la valentía de estilos del compositor, guitarrista y cantante de Agadez (Níger), que toca con valentía y ardor roquistas, sin miedo a los planeos psicodélicos y las aventuras, pero también es capaz de sondear en la melancolía de su pueblo, un colectivo de 1,2 millones de personas condenadas a sufrir la imposición de fronteras e intereses sobre la patria sin divisiones reales del desierto del norte y el centro de África.
Estamos ante una persona que habla —en idioma tasmasheq, una de las lenguas tuareg— en nombre de muchas y con conocimiento de causa: Bombino ha vivido en el exilio durante años por su condición racial y dos de sus músicos fueron fusilados por los militares nigerianos durante la última de las rebeliones tuareg, cuando la posesión de guitarras eléctricas fue decretada como delito castigado con la pena de muerte por la vinculación de los instrumentos con las demandas de voz y libertad de los hombres del desierto.
Bombino
Nacido en 1980 en un campamento tuareg, Bombino asomó al mundo en 2007 cuando el cineasta Hisham Mayet grabó una de sus actuaciones durante los festejos de una boda taureg. El documental subsiguiente, Agadez the Music and the Rebellion, muestra el poder de un músico de una intuición sobrecogedora, condensador de muchos estilos y, al mismo tiempo, hijo de ninguno.
Técnicamente impecable, en su forma de tocar la guitarra hay ecos de sus ídolos Jimi Hendrix y Jimmy Page, de los que no paraba de ver videoclips cuando era niño y vivía en el exilio de Argelia y Libia. Pero, al contrario que estos guitarristas distorsionados, no estamos ante un estilista de turbulencias: la guitarra de Bombino es seca, sin efectos, como él, una hija del desierto.
Mientras el otro gran colectrivo de la música tuareg, Tinariwen, parece haber entrado en un declive creativo, Bombino da la impresión de tener un futuro inmenso por delante.
Nomad, editado por la discográfica independiente estadounidense Nonesuch, está producido por el hiperactivo guitarrista de los Black Keys, Dan Auerbach —que el año pasado también apadrinó uno de los mejores discos de la temporada, Locked Down, de Dr. John—. Es un disco abrasador que deja en evidencia la inmensa tontería de buena parte de la música europea y estadounidense.
Dejo abajo el primer videoclip del álbum, la afiebrada y festiva Azamane Tiliade y una grabación desenchufada e improvisada de Bombino. Ambas componen las dos facetas de este músico pasmoso, eléctrico y sin complejos, poético y puro.
Una vela y una caja de cerillas, una pequeña botella de vodka que recuerda al recipiente de un jarabe, una tableta de chocolate negro… El pequeño maletín blanco tiene todo lo que uno necesita para una sesión de autocompasión.
Desde el principio supo que no quería “hacer un kit de la tristeza”. Melanie Chernock, diseñadora afincada en Nueva York, propone un acercamiento humorístico a la ruptura sentimental con Love Hurts (El amor duele), un botiquín de primeros auxilios “para los corazones rotos”.
El proyecto comenzó como un ejercicio para la escuela de diseño, que pedía a sus alumnos que idearan un cuaderno de actividades. Chernock pensó que sería más interesante “hacer un kit de actividades” y escogió la experiencia del desamor para presentar una serie de productos sencillos “bien empaquetados en un set compacto”.
El botiquín contiene —además de la vela y las cerillas, el vodka y el chocolate— caramelos en forma de corazón con mensajes de rabia y consuelo a modo de analgésicos, un bote de jabón líquido para darse un baño de espuma, y los inevitables pañuelos de papel necesarios para todo disgusto.
Frantisek Drtikol, Sin título, 1925. Colección privada, Praga
Frantisek Drtikol, Sin título (La escalera), 1929
Repasas el programa completo de PHotoEspaña 2013 [aquí está en PDF, pesa bastante] y tienes la constancia de que estás donde estás: en un país de vacas flacas y miseria gobernado por la falsa teoría de que la cultura es innecesaria. Hay una segunda conclusión, más dolorosa: estás en un país donde la imaginación está en horas bajas.
Pese a las rutilantes propagandas, que suelen estar basadas, como es norma, en la numerología —mes y medio, 74 exposiciones, 328 artistas de 42 países, etc.—, el festival de este año quizá sea uno de los más pobres de los 16 celebrados. Lo es presupuestariamente, según explicó en la presentación el presidente del certamen, Alberto Anaut, porque el grifo público está cerrado, pero también es paupérrimo en contenidos y eso no tiene nada que ver con euros: la creatividad nunca debe dejarse llevar por el paso que marcan los gobiernos, por muy jacobinos que se pongan.
La cosa empieza mal desde el planteamiento: el lema central elegido para su despedida por el comisario Gerardo Mosquera, un curator freelance, cubano y anticastrista —lo apunto como mera información—, que ordena y manda en la feria madrileña desde 2011, parece brotar de una lectura de Marcuse durante sus años universitarios en La Habana de los sesenta: Cuerpo. Eros y políticas. Es decir, novedad y riesgo cero, pese a la gracia discursiva materialista-dialéctica (“el cuerpo es un campo de batalla”) y a las mentiras históricas utilizadas para acomodar a conveniencia fondo y forma (“podría decirse que la fotografía nació con una vocación hacia la sexualidad”, frase que quedaría bien como astracanada a los postres de un convite, pero que suena a chirigota en boca de un comisario de festival público nacional).
No son las únicas muestras, por supuesto. Tenemos al siempre resultón František Drtikol —que, de estar vivo, pediría ser censado como vecino de Madrid: no hay año en que no lo expongan—; a la lituana Violeta Bubelytė, cuyo máximo logro fue autorretratarse desnuda en los años ochenta, lo cual presuponía un cierto grado de valentía en la URSS pero nula imaginación; al gran Emmet Gowin,Entre el intimismo y la abstracción (otra salva de aplausos por el lema); a la siempre necesaria representante de Irán, la también mediocre Shirin Neshat; para compensar y que no se ponga farruco nadie, a uno del otro lado de la trinchera, Yaakov Israel, que ganó el año pasado el premio Descubrimientos del certamen y que ya se imaginan ustedes de dónde procede (la Embajada de Israel figura entre los muchos patrocinadores de la feria), y a Rafael Sanz Lobato, para mi gusto lo mejor de la programación de PHotoEspaña 2013 —aunque la retrospectiva llega tarde: el Premio Nacional de Fotografía se lo dieron en 2011—…
¿El resto? Con todo respeto por los fotógrafos, relleno. La fotografía documental, reducida a lo meramente testimonial; la novedad, inencontrable; los retratos, orillados; la libertad y la pelea, acalladas… Sin dinero, es verdad. Pero también sin ganas.
Las mujeres jóvenes, en diferentes puntos de la calle Gran Vía de Madrid, bien vestidas y atiborradas de complementos, permanecen quietas y tiradas en el suelo, cubiertas de escombros mientras los transeúntes pasan a su lado.
Algunos las miran despreocupados o sacan fotos como entendiendo el mensaje artístico de la escena, otros sencillamente no quieren saber nada, los hay que se preocupan por atenderlas. “Otros miraban hacia arriba pensando simplemente que alguien se había suicidado“, dice en su blog personal Yolanda Domínguez (Madrid, 1977), autora de la acción urbana.
Fashion Victims, el último proyecto de la artista, denuncia la reciente tragedia del derrumbe del edificio en Bangladesh en el que trabajaban en condiciones infrahumanas 3.000 personas en cinco talleres textiles que cosían para marcas como El Corte Inglés, la sueca H&M, la estadounidense GAP y la irlandesa Primark. A pesar de la situación de ruina de la construcción, fueron obligadas a seguir produciendo: el derrumbe de la fábrica, que se vino abajo el 24 de abril, causó al menos 1.127 muertes.
‘Fashion Victims’ – Yolanda Domínguez
Domínguez alude con el título a “los verdaderos fashion victims“ del sistema —”los trabajadores esclavizados, la explotación infantil y los millones de perjudicados por la contaminación que producen las fábricas en los países de producción”— y urge a la reflexión sobre las consecuencias del “consumismo desmedido”, la constante ansiedad por poseer objetos nuevos “que alimentan el ego”.
Para la puesta en escena, la artista se ha basado en las imágenes de los trabajadores textiles publicadas en los medios de comunicación, en las que “asoman brazos y piernas de las víctimas bajo los restos del edificio”. El contraste entre el aspecto cuidado de las actrices y la suciedad de los escombros, acerca la tragedia al mismo escenario en el que se alinean las grandes cadenas de moda.
No es la primera vez que Yolanda Domínguez realiza acciones artísticas con trasfondo social. En el pasado ridiculizó con humor la actitud forzada de las modelos en los anuncios de moda con Poses: una acción callejera en la que mujeres normales y corrientes adoptaban posturas imposibles en la calle, dejando en evidencia el supuesto ideal femenino mostrado en la publicidad de la moda. En Esclavas, otro de sus proyectos recientes, confeccionó con la tela azul de los burkas provocativas prendas de vestir femeninas que apenas cubren el cuerpo, en una reflexión sobre las exigencias masculinas en dos sociedades opuestas.
En julio de 1969 Mick Taylor —que tenía 20 años— fue recibido por los patrones Mick Jagger y Keith Richards como el remedio que necesitaban los Rolling Stones. Acababan de expulsar del grupo al guitarrista Brian Jones, el más dotado instrumentista de la banda, y la formación se había quedado coja. En algunas de las sesiones del disco que estaban grabando, Let It Bleed, el productor había tenido que llamar a un guitarrista mercenario porque Richards, efectivo con la guitarra rítmica, era un mal solista y no era capaz de dar cuerpo al sonido.
Taylor, un prodigio de técnica y sentimiento que había tocado desde los 16 en el grupo de blues de John Mayall, los dejó boquiabiertos en los primeros ensayos y entró en el grupo con naturalidad, incorporándose a las grabaciones restantes del álbum. Su guitarra puede escucharse a partir de entonces y hasta 1974 brillando en los discos de la mejor etapa de los Rolling Stones.
Foto de las sesiones de “Sticky Fingers” (1971). Desde la izquierda, Richards, Watts, Jagger, Wyman y Taylor
Querubínico, impenetrable y callado, el guitarrista fue un elemento clave en la formación, que comenzó a ser llamada, con justicia, “la mejor banda del rock and roll del planeta”.
Jagger estaba encantado con los contrapuntos de guitarra que Taylor construía para jugar con la voz y Richards se sentía liberado de la responsabilidad de hacer lo que no sabía. Los dos líderes, arteros, sagaces y contrarios a que en su empresa entrase alguien que pudiera robarles gloria —como Jones, que había muerto menos de un mes después de ser expulsado del grupo—, también sabían que Taylor era dúctil y seis años más joven que ellos, es decir, inocente e incapaz de levantar la voz.
La fórmula funcionó a la perfección. Los ábumes Sticky Fingers (1971) y Exile on Main St. (1972) dejaban todo el rock de su tiempo a una gran distancia: eran discos recios, de una suciedad existencial sustentada por la vida disipada de los músicos. Las giras, titánicas pero todavía de perfil humano —sin la mercadotecnia abusiva de las décadas posteriores—, ofrecían a los asistentes una cita con la dorada música del infierno.
El noviazgo fue corto. A Taylor, que se había aficionado a la heroína impulsado, en parte, por la voracidad tóxica de Richards, lo ningunearon y, como a otros antes y después, le robaron crédito. Varias canciones en cuya composición intervino aparecieron sin su nombre en los créditos, atribuidas al tándem dictatorial. En 1973, mientras grababan It’s Only Rock’N'Roll, Richards lo expulsó del estudio: “!Taylor! Estás tocando muy alto. Eres realmente bueno en directo pero eres jodidamente inútil en el estudio. Vete, vuelve más tarde, lo que sea”, le gritó con malos modos, según las biografías del grupo.
Desengañado y con deudas —los Stones le dejaron de pagar por supuesto abandono de las grabaciones de las que había sido expulsado—, Taylor se largó a Brasil de vacaciones. En diciembre de 1974 anunció que dejaba el grupo.
Taylor en su reencuentro con los Stones en 2012
Tras su paso por los Stones, Taylor dió bandazos y siguió inyectándose heroína. Colaboró con muchos músicos (Alvin Lee, Mike Oldfield, Jack Bruce, Little Feat, Mark Knopfler, Bob Dylan…) y lo intentó como solista, pero nunca fue el mismo. Aunque el Rey Richards lo denigra como “aburrido” en su biografía, los Stones llamaron a Taylor para incorporarse a los muchos invitados con los que intentan hacer digeribles los indecentes conciertos de la gira que tienen en marcha para celebrar el medio siglo del grupo [aquí hay una grabación desde el público de una versión pobrísima de Midgnight Rambler en la que cada uno va por su lado y Taylor es el único que no pierde el hilo].
En una entrevista de hace unas semanas, Taylor declaraba que no guarda rencor y recuerda aquellos años como envueltos en una “niebla narcoléptica”.
Fue el mejor guitarrista que los pomposos Jagger y Richards han tenido a sus órdenes. He compilado algunos de los mejores momentos del stone ninguneado.
Live With Me (Get Yer Ya-Ya’s Out!, 1970) En el mejor disco en directo de los Stones, grabado durante la gira de 1969 por los EE UU, este cruce de guitarras demuestra la comunión entre Taylor y Richards cuando el momento era el correcto y el colocón no nublaba los sentidos.
Can’t You Hear Me Knocking (Sticky Fingers, 1971) Toda buena fiesta debe incluir esta larga descarga en su lista de reproducción. A partir del minuto 4:40 Taylor se marca un solo caribe por el que Santana hubiese vendido su alma.
All Down the Line (Exile On Main St., 1972) Taylor se coloca el cuello de botella en el dedo pulgar y demuestra que también sabía sentir el latido de Nashville y el rock sureño.
Street Fighting Man (Brussels Affair, 1973) A partir del mínuto 2:20 el grupo entrega las riendas a Taylor, que se desmanda hacia territorios del ¡jazz! Por un momento, los Rolling Stones parecen una banda de fusión.
Time Waits for No One (It’s Only Rock’N'Roll, 1974) Para entender por qué Jagger siempre añoró a Taylor: desde el mínuto 3:30 hasta el final la voz y la guitarra bailan enamoradas.
Sway / Moonlight Mile (Sticky Fingers, 1971) Estas dos canciones fueron compuestas por Taylor (música) y Jagger (letra), pero aparecen registradas como de Jagger & Richards a efectos legales y de derechos. Jagger ha admitido en numerosas entrevistas que Richards, a quien la heroína tenía tumbado, ni siquiera estaba en el estudio, donde nacieron y fueron grabadas las piezas.
Ventilator Blues (Exile On Main St., 1972) El único tema de los Rolling Stones donde Taylor figura como coautor. Uno de los mejores y más grasientos momentos del disco más sublime del grupo.
El cajón secreto, la rendija en la pared, la colección de recortes... Somos Helena Celdrán y Anxel Grove, periodistas y recolectores. Nos gusta rebuscar. Esta bitácora es un expositor de curiosidades artísticas.
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