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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Una escultura cinética impresa en 3D

De la oscuridad emerge la silueta humana iluminada, levantado una pierna y luego otra, adaptándose a las órbitas de un extraño objeto como hilado, parecido a una madeja, que no deja de girar. Después aparecen otros bailarines, que harán el mismo movimiento progresivamente, dejándose guiar por el primero.

Ballet #01 es una escultura cinética del artista japonés Akinori Goto que es capaz de maravillar al bregado espectador digital. Al estilo de la magia de bellezas pretéritas de la animación como el zoótropo o el todavía más antiguo fenaquitiscopio, la estructura muestra en bucle a una persona ejecutando un sencillo movimiento de ballet.

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Solo uno de los Beatles era un músico virtuoso, ¿sabes quién?

The Beatles, 22 de agosto 1970 . Foto: Ethan Russell

The Beatles, 22 de agosto 1970 . Foto: Ethan Rusell

No soy de los que piensan que los Beatles eran buenos músicos. Al contrario, opino que, como desmostraron sus pésimas carreras como solistas tras la separación del grupo, eran poco imaginativos, mediocres, bastante incultos y tenían escasa intuición o sentimiento.

Como unidad, la carencia de uno cualquiera era suplida por el genio de alguno de los otros tres y, en una artesanía combinatoria que parece demostrar la existencia de un destino divino para los cuatro: en tanto se soportasen como personas funcionarían como la mejor de las máquinas de rock. Lo hicieron. Siguen siendo centrales, únicos, pero como grupo.

Encuentro una sola excepción a la medianía musical de los fab four —no hay ninguna, por ejemplo, en su estrechísima vulgaridad como letristas: ninguno era capaz de hilvanar dos versos seguidos sin caer en el lugar común o la vulgaridad verbenera—: el único beatle que me parece un excelente intérprete, un verdadero virtuoso musical, es Paul McCartney, uno de los mejores intérpretes de bajo eléctrico de todos los tiempos, un ejecutante sólido, de gran inventiva en la confección de líneas melódicas, bravo sin ser grosero, generoso con el lucimiento de los demás músicos…

El bajo de Macca gruñe, maulla, susurra y marca. Es el único instrumento tocado por los Beatles que lleva firma: en el ataque inconfundible y el uso novedoso de los silencios —¡esas paradas inesperadas!— y las notas altas.

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Joyce Ballantyne, ilustradora de ‘pin-ups’ y creadora del anuncio de Coppertone

'Pin-up' de Joyce Ballantyne

‘Pin-up’ de Joyce Ballantyne

Arte popular, sin pretensiones de pasar a la posteridad, barato, masivo y satisfactorio. Las ilustraciones pin-up llenaron calendarios y revistas estadounidenses de los años treinta a los cincuenta. Su nombre venía de la condición de recortable: se trataba de pinchar —to pin up— con una chincheta aquella imagen feliz y descarada, fijarla a la pared de un taller mecánico, a la puerta de una taquilla o al lateral de un armario.

Calientes pero no prohibidas, las microescenas equilibran belleza femenina y erotismo con una feliz candidez algodonosa. Durante la ya tardía participación de los EE UU en la II Guerra Mundial —en diciembre de 1941, tras el ataque japonés a la base militar de Pearl Harbor— las chicas de papel desempeñaron el rol de ideal femenino del soldado estadounidense, se vendían como el motivo para volver a casa e incluso desde el ejército se pidió la distribución de revistas de pin-ups como herramienta para subir la moral de las tropas.

En apariencia de dominio masculino, porque eran ellos quienes soñaban con aquella voluptuosidad pícara, entre los artistas a menudo mencionados no pueden faltar Alberto Vargas, Gil Elvgren o George Petty, pero no siempre eran hombres quienes dibujaban.

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Un mansonita tocando en la cárcel música para el diablo


El hombre que toca la guitarra de doble mástil y viste una camiseta con la palabra Freedom (Libertad) en el pecho es Bobby Beausoleil (1946). La grabación, de 1978, pertenece a un concierto-ensayo en la cárcel de Tracy, donde el músico estaba encerrado cumpliendo una cadena perpétua por asesinato —en principio fue sentenciado a muerte, pero el estado de California abolió la pena capital—.

Le condenaron por matar a cuchilladas y friamente a un hombre en julio de 1969. Obedecía órdenes de Charles Manson y el crimen fue el primero de la Familia, el culto de asesinos hippies que menos de dos semanas después cometió la matanza de la actriz Sharon Tate y cuatro personas más.

Beausoleil acuchilló a la víctima, el profesor de música Gary Hinman, como venganza porque este había vendido a Manson mescalina de mala calidad. Mientras cometía el crimen, dijo a Hinman:

— Eres un cerdo y debías estar agradecido porque te saque de este mundo.

Luego escribió en una pared, con sangre del cadáver, una frase siniestra: “Cerdos políticos”.

El vídeo del concierto, publicado hace pocos días en el canal de YouTube de Beausoleil, es la primera oportunidad de ver la interpretación en directo de la banda sonora de Scorpio Rising, una suite compuesta por Beausoleil como banda sonoora para la película del mismo título dirigida por Kenneth Anger, chico malo y diabólico del underground de Hollywood en la época. En el trabajo, que el músico culminó en la cárcel, sustituyó a Jimmy Page, líder de Led Zeppelin, que flirteaba entonces con el satanismo pero se asustó y decidió optar por alejarse de tanto lunático.

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Dos décadas con el country-morfina de Gillian Welch y Dave Rawlings

Gillian Welch y Dave Rawlings - Photo: photo by John Patrick Salisbury www.gillianwelch.com

Gillian Welch y Dave Rawlings – Photo: photo by John Patrick Salisbury www.gillianwelch.com

Pocos humanos pueden vestir tal como visten estos dos sin lucir como asistentes a un funeral, enterradores o incluso optar a ser los cadáveres de la ceremonia. Pero no se dejen llevar por las apariencias: no hay fingimiento en la pose de sonrisas a media asta, la madera que sirve de cortinaje, el dos piezas con camisa negra abotonada hasta parecer una horca de él y el vestido de chica campestre enlutada de ella.

Gillian Welch y Dave Rawlings podrían proceder de hace cien, doscientos o trescientos años. Cantan canciones de montaña, lástima y verdades dolorosas como fogatas a las que te acercas demasiado —Si la vieja religión era buena para mamá / ¿por qué no va a ser buena para mí? y no dejas de creer lo que dicen aunque tengas más cinismo que glóbulos rojos. Merecen esa inmaterialidad temporal.

Lo explicaré de una vez: la marca artística es el nombre de ella, Gillian Welch (1967), pero contiene a los dos. No, al parecer no son amantes y se definen como “compañeros musicales”, aunque los rumores en las cavernas de Internet son de todo tipo y circulan fotos tomadas por papanatas que los han pillado dándose besos con labios.

¿Nos importa que estén o no liados? Lo cierto es que no, pero cantan como tórtolos y la sospecha, al escucharlos, es carnal. Nadie puede atribuir al buen oído y la superior mecánica melódica la forma en que las voces se mojan una en la otra; las miradas en escena, lubricadas con rubor y promesa; el olor a sábana tibia, a marca de orilleros, a territorios nocturnos en los que no hay luna y da igual porque tengo tus ojos y tanta piel para alumbrarme.

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Retratos desfigurados con aguarrás, disolvente y alcohol

'Heavy Lies the Crown' - Brian Donnelly - Foto: briandonnelly.org

‘Heavy Lies the Crown’ – Brian Donnelly – Foto: briandonnelly.org

Después del cariño y la dedicación llega el destrozo, un desastre buscado que arrastra el trazo y los colores del retrato. Brian Donnelly logra terroríficas imágenes de caras derretidas cuando vierte sobre cada lienzo disolvente, alcohol, aguarrás o gel antiséptico para las manos.

Hay algún homenaje pop, es fácil localizar el peinado engominado de John Travolta y la coleta recatada de Olivia Newton-John en la película Grease. Las cabezas tienen un pelo lustroso, a veces de colores, presumen de tatuajes en el cuero cabelludo, de moños espontáneos y también enrevesados: caprichos que el pintor canadiense disfruta contrastando con la brutalidad de la destrucción.

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Venden la mejor colección de arte ‘underground’ de la URSS, reunida por una superviviente de Auschwitz

'Circus', 1969 - Oleg Tselkov - Cortesía: Sotheby's

‘Circus’, 1969 – Oleg Tselkov – Cortesía: Sotheby’s

Del arte underground (subterráneo) sabemos mucho en Occidente. Los creadores que alguna vez secundaron la estancia en los márgenes ajenos al sistema capitalista del mercadeo cultural son hoy, sobre todo los estadounidenses, figurar estelares. En las décadas de los años sesenta y setenta se atrevieron a ejercer la negativa a la absorción, jugaron con plantemientos rebeldes —la autoedición, la distribución de fanzines y cómix, la cartelería, las portadas de los discos de rock psicodélico, el desprecio por las plusvalías…— y sobrevivieron con mayor o menor fortuna, aunque, en ningún caso, poniendo la vida en peligro.

Del otro lado del Telón de Cero el asunto era más complejo, aunque también allí fermentó lo underground, al que algunos críticos llaman arte no conformista soviético, cuya presencia puede encontrarse entre 1953, tras la muerte de Stalin, y 1986, con la llegada de la perestroika. Los creadores de la URSS, oxigenados por el tímido pero creciente liberalismo que medró con la apertura iniciada en 1956 tras un discurso secreto —había voluntad de apertura pero no era el momento de abrir del todo las ventanas— del nuevo hombre fuerte del sistema, Nikita Khrushchev, quien en el vigésimo congreso del Partido Comunista dió por eliminado el culto a la personalidad estalinista y aseguró que los artistas no sufrirían repercusiones ni serían reprimidos aunque se apartasen del realismo socialista impuesto como estilo único hasta entonces.

La mejor colección del inmerecidamente poco conociodo arte underground de la URSS durante las siguientes más de tres décadas sale a la venta hoy en una subasta en Londres. Fue reunida por una superviviente como agradecimiento y honra a los soldados de la URSS que liberaron a los prisioneros del campo nazi de exterminio de Auschwitz, donde fueron gaseadas 1.100.000 personas.

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¿Y si le hacemos un escáner a una calabaza?

Una de las imágenes del TC de la calabaza - Foto: randomfootage.homestead.com/pumpkinctscan.html

Imagen del TC de la calabaza – Foto: randomfootage.homestead.com/pumpkinctscan.html

Con la tomografía computarizada (TC) se obtienen imágenes del cuerpo humano seccionado para alcanzar diagnósticos más precisos. Los rayos equis no se proyectan como en una radiografía, sino que giran en torno al cuerpo y se procesan en un ordenador. Hay una belleza cósmica en cada imagen, son pruebas de los bailes apretados de vasos sanguíneos, tejidos blandos y huesos, verdaderas fotos de grupo de la complejidad de nuestro cuerpo.

En una de esas asombrosas cabinas fotográficas de nuestras entrañas, a un radiólogo se le ha ocurrido meter una calabaza. Firma sólo como Alan, su nombre de usuario en Twitter es @GammaCounter, dice vivir en Chicago y ser “radiólogo y exbiólogo molecular”, no mucho más se sabe de él. “Me gusta escanear de manera ocasional cosas no humanas. (…) En una universidad de Gales ya se había escaneado una calabaza (…) en 2012. (…) Decidí que también tenía que ir a por ello y pensé que seríamos capaces de producir algunas muy buenas imágenes con parámetros optimizados”.

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El estreno en un campo nazi del ‘Cuarteto para el final de los tiempos’

Campo de concentración Stalag VIII-A en 1941

Campo de concentración para prisioneros de guerra Stalag VIII-A en 1941

La ciudad de Görlitz, la más oriental de Alemania, ha adquirido en los últimos años la dudosa gloria de servir como escenario para algunas películas de consumo masivo e indecente narrativa —dos ejemplos: el chorreo gratuito de sangre de Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009) y la astracanada hípster Gran Budapest Hotel (Wes Anderson, 2014)—. Dudo que los directores, una pareja de sobrestimados y satisfechos de sí mismos que resumen esta época banal, fuesen conscientes de que en las afueras de la ciudad ocurrió un milagro digno de guión.

En el sur de Görlitz, a orillas del río Neisse, las Juventudes Hitlerianas establecieron un campamento para actividades de verano. Una vez comenzada la II Guerra Mundial, los barracones tuvieron otro uso: se convirtieron en uno de los campos de concentración de los nazis para prisioneros de guerra, el Stalag VIII-A. En 1941 fueron encerrados en el establecimiento —un campo blando, perdón por el adjetivo, pero cuando se trata de instalaciones nazis la prisión sin exterminio y con cierta tolerancia era una bendición— 15.000 soldados polacos. Luego llegarían 40.000 franceses y 8.000 belgas. Los 56 barracones estaban superpoblados.

La noche que quiero destacar es la del 15 de enero de 1941. En un barracón, a varios grados bajo cero, mientras afuera nevaba y ante unas 500 personas —casi todos prisioneros, pero también algunos guardias hitlerianos—, cuatro músicos estrenaron en el Stalag VIII-A una de las obras musicales más sencillas y puras de la historia, una pieza de cámara basada en la luz, la liturgia, el canto de los pájaros y el apocalipsis.

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Pantalones vaqueros e intimidad en los collages de denim de Ian Berry

'Material Life' - Ian Berry - Foto: Catto Gallery, London

‘Material Life’ – Ian Berry – Foto: Catto Gallery, London

Sin pintura ni blanqueadores. El inglés Ian Berry (Huddersfield, 1984) utiliza sólo denim —la tela resistente de los pantalones más versátiles— para sus cada vez más ambiciosos collage. Su estudio está repleto de vaqueros clasificados según su tono, él se agacha a arrancar o cortar pedazos para crear la sombra adecuada.

La epifanía llegó hace ya más de una década, durante una sesión de limpieza en la casa familiar, cuando se paró a contemplar una pila de vaqueros viejos. El marco nostálgico y las vivencias que guardaban las prendas lo empujaron a investigar qué se podía llegar a hacer con aquellos pantalones. De la curiosidad pasó a la devoción. Entonces se dedicaba a la publicidad y participaba en campañas para grandes marcas, pero la seguridad del nuevo camino artístico lo empujó a dejar el trabajo.

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