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Entregar tu cuerpo

01 febrero 2012

Algo falla o no entiendo. Dos chicas de apenas 18 años, ojos y labios maquillados sin mesura, amplios escotes, faldas muy cortas y taconazos tan rojos como la cola de Satán, se preguntaban si habría llegado el momento de ”entregar su cuerpo” a sus respectivos y amadísimos novios (el entrecomillado no es casual. Así lo dijeron: “entregar mi cuerpo”, primero una y después lo repitió la otra. Me quedé muerto). Ese modo de concebir el sexo como un regalo hacia el varón, o su propia virginidad como un precinto de garantía (a romper sólo en caso de amor eterno), me sonó tan anacrónico en los tiempos que corren (del verbo correrse) como incompatible con aquel look tan sumamente estudiado: ambas sabían de sobra cómo vender su potencial sensualidad (quien realza adrede sus tetas o lleva una falda que parece un cinturón conoce el efecto visual que provoca en los hombres, y no precisamente desde un punto de vista místico). Además, aquel contraste sonaba contradictorio: parecían querer exportar una imagen no por el placer de disfrutar, también ellas, del efecto provocado, sino a modo de reclamo a cambio de sacrificio, de confianza ciega, de abandono a su suerte, de fiel y sumisa entrega.

Aquellas chicas, en fin, se debatían entre dos mundos. Por una parte, el de la más rancia y machista tradición católica. Aquella que enseñaba a la mujer a “entregarse” a los deseos del hombre. La tradición del miedo y el pecado, la misma que anuló a tantas mujeres la simple posibilidad de disfrutar con el sexo, o de follar por puro divertimento. ¿Cuántas abuelas abnegadas consideran repugnante el sexo oral, o aún no saben lo que es un orgasmo?

¿Y cuántos abuelos? Muchos menos, sin duda.

Por otra parte el bombardeo de sexo implícito en televisión, en las revistas, los paneles o internet. Las modas ceñidas, modelos sin pizca de ropa o el porno al alcance de todos. Es inevitable, aunque no quieras, encontrar connotaciones sexuales en cualquier parte y a cualquier hora. El sexo se ha desinhibido, se ha normalizado. Ya ni siquiera es posible censurarlo o demonizarlo a golpe de Biblia.

Aunque en ciertos casos, aquí el ejemplo, esa machista e hipócrita tradición basada en el miedo, deje posos que impidan el normal funcionamiento y disfrute del más básico instinto humano.

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Nota: Las dos féminas en cuestión me pidieron parar el taxi a las puertas de una discoteca. A pie de acera estaban esperando sus respectivos (y aniñados) novios. Al salir ellas del taxi, los dos se dieron un codazo cómplice y alzaron las cejas como muestra de aprobación y orgullo por semejantes modelazos. En efecto, aquellos dos chicos desprendían amor por cada poro de su acné. Pero semen también.  

Me cago en Megaupload y en el despecho

27 enero 2012

Se hacía llamar Rebeca. Tomó mi taxi en Manuel Becerra y en seguida comenzamos a hablar de temas cada vez más sugerentes: el tráfico, el paro, la corrupción, su novio y, por último, el amor. Rebeca quería a su novio, pero desde que vivían juntos me confesó que se aburría como una mona. A su novio no le gustaba salir, demasiado casero. Ella, sin embargo, era más de buscar sensaciones, de quedar con gente y vivir más allá del zapping y el sofá.

- Más aún desde que cerraron Megaupload - añadió.

Poco antes de llegar a su destino me dijo que, en realidad, no tenía ningún plan a la vista, que haría tiempo por ahí para no llegar tan pronto a casa. Yo sugerí que me acompañara en mi taxi, que se pasara al asiento delantero y continuáramos con la charla mientras dábamos vueltas por Madrid. 

A Rebeca le gustó mi plan. Me pagó su trayecto y luego se sentó delante, a mi lado. Le hablé de este blog, así como de mis proyectos literarios.

- ¡Ahora caigo! Tú eres el taxista ese que salió en Buenafuente, ¿verdad?

Luego me propuso escribir sobre ella en mi blog. Yo le propuse a ella tomar una copa para pensarlo. Los dos aceptamos.

Cinco copas después, tal vez víctimas del alcohol, nos besamos. Luego acabamos en mi casa. En un principio pensé que Rebeca era la típica mujer que necesitaba una vida al margen de su rutina, sentirse deseada a través de otros hombres. De hecho, durante el sexo, se mostró de lo más desinhibida: tuvo más orgasmos que yo.

Pero hoy, al despertarme, ya no estaba.

Tampoco encontré mi guitarra Yamaha (con su funda), ni mi ordenador portátil, ni mi cartera, ni los más de 400€ que guardaba en la mesilla. 

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Nota: Escribo esto desde un locutorio. Ya cancelé las tarjetas. También denuncié la tal Rebeca (si ese es su verdadero nombre). Sólo decir que si Megaupload siguiera en activo, tal vez Rebeca se hubiera quedado en su puta casa con su puto novio.

¿Qué buscan las mujeres?

13 enero 2012

Que después de quince años me encontraste gracias a este blog, me dices. Que fue un shock dar conmigo así, de repente, ojeando la web de 20minutos. Que al ver mi foto y mi nombre te dio un vuelco el corazón. Que después de leer mis últimos cien posts (sigo siendo el mismo, me dices) decidiste mandarme este mail. Que ahora eres arquitecta y estás casada y tienes tres hijos y vives en un chalet con piscina. Que aún recuerdas nuestro primer beso allá por COU, y aquellos tequieros bajo la nieve, y los polvos en aquel coche abandonado, y nuestra canción, esa que escuchábamos una y otra vez compartiendo los cascos de mi walkman: Strange kind of love. Que, de hecho, la estás escuchando ahora mientras me escribes y tu marido y tus hijos duermen. Y que aún guardas en un lugar secreto los poemas que te escribía.

Y después de leer esto, ¿qué quieres que te conteste? ¿que, en efecto, yo sigo siendo el mismo, pero tú también? ¿por qué me describes tantos recuerdos y de un modo tan nítido? ¿por qué escuchas nuestra canción mientras duerme tu marido? ¿por qué guardas mis poemas en un lugar secreto? ¿es que acaso buscas algo?

Los cuernos de Sara

10 enero 2012

Eran siete amigos, cuatro chicas, que habían salido a celebrar lo que ellos mismos denominaron “los cuernos de Sara”. La despechada en cuestión tomó asiento a mi lado y el resto se repartió entre mi taxi y otro, que nos siguió de cerca. Todos estaban visiblemente borrachos. También Sara. Como suele pasar en estos casos, en seguida tomaron confianza: los tres de atrás comenzaron a cantar la música de mi taxi (Radiohead) y mientras, casi entre gritos, Sara me contó su historia:   

- Llevábamos 4 años juntos, con fecha de boda para agosto de este año, y justo ayer me entero por terceros que me ha puesto los cuernos con media empresa. Que me los llevaba poniendo desde el primer día. Unos cuernos detrás de otros, ¿te lo puedes creer?

- ¿En qué trabajas? – pregunté.

- En una fábrica de pan.

- Vaya.

- ¿Cómo te llamas? – me preguntó ella.

- Daniel.

- Yo soy Sara.

Aprovechando el semáforo me tendió la mano. Una de sus amigas, atenta a mi conversación con Sara, soltó:

- Vente a tomar algo, Daniel. Aparca el taxi y tómate algo, que la chica necesita consuelo.

- Venga, sí. Tómate algo – volvió Sara.

Como nunca tengo nada que perder, con el mismo importe de aquel trayecto, invité a Sara a una copa. La discoteca era espantosa (música disco de pésimo gusto y un ambiente de mal beber), pero conseguí mantener una excitante conversación con Sara, levantarle la tapa de los cuernos a base de preguntas cabronas y silencios suicidas. Por el volumen de la música tuvimos que hablar muy de cerca, con mi boca casi en su oreja (y su aliento y su calor en la mía), rozándonos mejilla con mejilla, dejándonos rozar. Como dije, estaba borracha y confusa: necesitaba algo. Sacarse de sí, de sus problemas, sentirse guapa (lo era), perderse el respeto por una noche, buscar su daño colateral, un mensaje contundente: ahora soy yo, manejo mi propia vida. Por eso ella también aprovechó mi cercanía para sentir el contacto de mi piel, el calor de mis palabras en su cuello. Por eso mis labios comenzaron a jugar con su lóbulo, rozándolo mientras le hablaba, y ella se dejó rozar, acercó también su cuerpo, sus pechos en contacto con mi pecho, girando poco a poco la cabeza, huyendo poco a poco de sí misma. Y en ese sensual cortejo, ella me acercó su cuello y comencé a besarlo despacio, suave, húmedo. Se separó por un momento, y aproveché su rostro al frente para besar también sus labios. Y ella, en fin, se dejó besar.

Tres copas y mil besos después acabamos en mi casa. Sin mediar palabra, Sara buscó mi cama y se tumbó, como asumiendo un final que no sabía si quería. Ahora me miraba con cierta frialdad: por primera vez noté distancia. Yo me tumbé a su lado y con mis ojos clavados en los suyos busqué su pantalón vaquero. Comencé a desabrochar sus botones uno a uno y fui metiendo, muy despacio, la mano (por debajo de la fina seda de su tanga) hasta alcanzar su sexo. Estaba húmedo, más de lo que esperaba. Me dispuse a acariciarlo y entonces su rostro, su gesto, se fue transformando. Era esa mezcla entre el deseo y la ira, entre las ganas y el luto. Sara me miraba como sin poder evitar encontrar en mi mano y en mis ojos a su reciente exnovio, los cuernos que no hubo tiempo de asimilar, un dolor anestesiado por las copas, ese cambio de rumbo radical, ese futuro recién truncado. Cerraba los puños e intentó retener sus gemidos hasta que no pudo más: sufrió un orgasmo intenso pero raro, inocente y sin embargo culpable.

Entonces me dio la espalda y yo le di la espalda a ella. Me dormí en seguida. Supongo que ella no pudo. 

Y al despertar, por supuesto, ya no estaba.

Una asombrosa historia de amor

03 enero 2012

Germán (nombre ficticio) había perdido su pierna izquierda en un accidente de tráfico. Llevaba una sola muleta y la pernera fantasma del pantalón recortada y plegada a la altura de la rodilla. En apariencia, no padecía mayor trauma que el de su torpe movilidad. Consiguió incluso sacarle provecho al asunto. Un provecho que alcanzó lo sentimental. Una historia de amor asombrosa.

El caso es que Germán, por motivos obvios, sólo usaba zapatos del pie derecho. Ninguna zapatería vende zapatos sueltos, así que decidió poner un anuncio en un tablón de internet: “Vendo zapatos del pie izquierdo a mitad de precio. Talla 43″ y adjuntó una foto de su colección, ocho zapatos izquierdos a estrenar. Dos días después recibió un mensaje de Alberto (nombre ficticio), mutilado de la pierna opuesta y también con un pie del 43. “Me interesa tu oferta pero no el diseño de tus zapatos. ¡Son horrorosos! Aceptaría el trato si me dejaras escogerlos a mí”. Germán aceptó el trato y a la semana siguiente quedaron en una zapatería del centro. “¿Cómo te reconoceré?” preguntó Alberto en tono de guasa. A Germán también le gustaban esas bromas.   

Ya en la zapatería, Germán se dejó aconsejar. Alberto optó por un par de mocasines y otros con cordones. Cada cual se probó sus correspondientes zapatos, opinando y discutiendo sobre cómo le quedaban al otro. Una vez decididos, pagaron a medias y pidieron al absorto dependiente que metiera los dos izquierdos en una de las cajas y los dos derechos en la otra. Luego tomaron juntos un café, intrigados por conocer los motivos de la mutilación del otro. 

En los días siguientes, Germán sólo usó esos dos zapatos. Le gustaba pensar que Alberto pudiera compensar sus pisadas con las de él, guardando entre ambos una especie de equilibrio cósmico. Incluso le enviaba mensajes buscando la coincidencia, esa perfecta complicidad, en una suerte de excitante juego: “¿Te pondrás hoy el de cordones? Contesta, por favor”. A lo cual Alberto contestaba: “Ponte el mocasín. Seguiré tus mismos pasos”.

Volvieron a quedar con la excusa de comprar otro par de zapatos. Esta vez Alberto le dejó escoger a Germán: éste optó por unas deportivas. Desde que se conocieron, por ese nuevo y mutuo afán de sentirse acompasados, ambos caminaban más que nunca; necesitaban un calzado más cómodo.

Luego llegó el café y del café pasaron a una cena en un restaurante improvisado. Y después de esa cena y de horas de charla llegaron las copas. Luego, los dos borrachos pero con pie firme, tomaron mi taxi, y en el trayecto pude escuchar cómo Alberto invitaba a Germán a subir a su casa. Les dejé en el portal citado; Germán me pagó el trayecto adjuntando una buena propina. Estaba feliz.

Se dieron su primer beso en el sofá de Alberto, acariciando el uno la pierna real del otro, encontrando con ello una extraña aunque excitante compensación, la misma que varios besos después les llevó a la cama. Y ahí tumbados, entrelazando sus piernas, hicieron el amor en perfecto acople, como dos piezas exactas de un mismo puzzle.

Sin duda, estaban hechos el uno para el otro. Su perfecto equilibrio representaba, a fin de cuentas, la esencia del amor.

Proyecto lesbiana

21 diciembre 2011

Descartada ya la realidad práctica del sentimiento, ahora que jugamos al amor platónico, os recomiendo una lesbiana. No habrá celos, que es la parte mala del asunto. La esencia de los celos está, precisamente, en la comparación. ¿Qué tendrá ESE que no tenga yo? Los ataques de celos son punzadas en la base del ego y aquí, en este caso, no hay ego que valga. Si te enamoras de una lesbiana no te podrás comparar con una mujer, por muy varonil que sea. Siempre habrá un abismo genital entre ambos. Si Ana, el amor platónico que ayer conocí en mi taxi, mantiene una relación con otra mujer, será porque forma parte de su naturaleza. Me descartará no por mi falta de cualidades, sino porque simplemente no le atraen los hombres. De este modo, mi ego se mantendrá intacto y lo nuestro será imposible (como siempre ha sido) pero por culpa de nadie. Como concepto teórico no está mal. Pasemos a la práctica.

Llamé a Ana y me citó en su estudio a última hora de la tarde. Era una casa de techos altos en pleno barrio de Chueca, un ajado tercer piso sin ascensor. Ahí trabajaba pero también vivía, o al menos vi una cocina y una habitación con una cama de matrimonio y dos mesillas. El salón principal parecía, nunca mejor dicho, un cajón de sastre: varias máquinas de coser, maniquíes y mesas con telas desplegadas formaban una suerte de Tetris intransitable.

Tras enseñarme la casa, me ofreció una cerveza y nos sentamos en un sillón vintage. Ana llevaba una camiseta blanca, muy abierta y sin sostén. Sus pechos se me antojaron pequeños y firmes, y sus pezones parecían mensajes en braille de la misma camiseta. También lucía una falda corta de tela, sin medias (hacía calor) y al final de sus suaves y bronceadas piernas, unas All Star azules, desgastadas. Así dispuesta, recostada en el sofá y con el filo de su falda al límite de lo indecente, parecía una ninfa de extrarradio: preciosa, cercana, casual e irresistible.

Estuvimos hablando durante cinco o seis cervezas de su trabajo, su vida y viceversa. Incidió en lo mucho que había influido su condición de lesbiana en sus diseños.

En esto, se levantó del sillón y tirando de mí me soltó:

- Hagamos algo. Desnúdate.

- ¿Qué?

- Tranquilo. No voy a violarte. Desnúdate. Ahora vengo.

Sin apenas entender nada, comencé a desnudarme y entonces ella llegó con un vestido de mujer en la mano. El vestido parecía a medio hacer, aún con las guías de las costuras a la vista. Me ayudó a ponérmelo y comenzó a ajustarme con alfileres la zona del pecho y las caderas. Se arrodilló ante mí para meterme el bajo y, con su rostro a escasos centímetros de mi entrepierna, separada su boca de mí por la fina tela (podía notar el calor de su respiración), me dijo:

- ¿Has vivido alguna vez situación más sensual que ésta?

Antes de que pudiera decir nada, me tocó de lleno mi cada vez más abultado paquete y me dijo:

- Déjalo. No hace falta que contestes.

Y ahí quedó la cosa. Bueno, ahí no. Después de eso me regaló el vestido:

- Para que se lo ponga tu chica y te acuerdes de mí.

También me cedió un espacio al fondo su estudio para que viniera a escribir cuando quisiera.

- Tal vez te inspire escribir mientras me ves trabajando.

Y me marché de ahí borracho y excitado. Extasiado y confuso a partes iguales. Sois muy raras.

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Otro extraño proyecto de amor

20 diciembre 2011

Ayer subió a mi taxi la vigésimo séptima mujer de mi vida. Tenía los ojos color verde militar y sin embargo transmitían una paz indescriptible: miraba como pidiendo perdón, y sus pestañas eran toldos contra el llanto inverso. Su labio inferior tenía pequeños surcos, como los discos de vinilo, y cada vez que paseaba la punta de su lengua de izquierda a derecha, cual aguja de tocadiscos, sonaba una distinta de los Beatles. Lástima que la flecha de su barbilla señalara un escote hacia el que no pude viajar: demasiado alto el horizonte de mi espejo retrovisor.

En mi taxi nunca digo a nadie que escribo. A nadie excepto a las veintisiete mujeres de mi vida. A ésta, en concreto, le dije que estaba trabajando en mi próxima novela, y que su modo de comerse la calle con los ojos daba el perfil que andaba buscando para uno de mis personajes. Ella se mostró ilusionada:

- ¿En serio?

- Ahora dime: ¿qué ves? ¿en qué te fijas? - pregunté.

- Me fijo en la gente.

- ¿Podrías concretar un poco más?

- En lo hortera que es la gente. Me dedico al mundo de la moda, y me horroriza lo mal que suele vestir la gente en general.

- ¿De veras? ¿Por qué te metiste en el mundo de la moda?

- Soy lesbiana.

- ¿Cómo?

- Que soy lesbiana. Me excita diseñar ropa de mujer, imaginar el cuerpo perfecto y vestirlo a mi gusto. Confeccionar el vestido y probarlo en modelos. Ajustarlo por allí y por allá, sentir el contacto de su piel con mi propia creación… Buff… Es lo más.

- ¡Vaya!

- ¿Qué? ¿Ya no encajo en el perfil que andas buscando? 

- Mmmm… No del todo, pero me interesa mucho lo que dices. Tal vez cambie el personaje.

- La verdad es que me encantaría ser un personaje de novela. Ahora tengo prisa, pero si quiere podemos quedar otro día y lo hablamos con más calma – me dijo.

- Sí. Claro.

Comenzó a buscar algo en su bolso.

- Toma una tarjeta. Es de mi estudio. Llámame, o manda un mail y hablamos, ¿ok?

- Ok.

- Aquí. Para aquí. En ese portal. ¿Qué te debo? – me preguntó abriendo el monedero.

- No, no. Nada. Nunca cobro a los personajes de mi novela.  

- ¡Vaya! ¡Gracias! Hablamos, ¿vale?

- Vale.

- Chao.

Y salió del taxi. Por alguna extraña razón, ahora me atraía más aún.

Miré su tarjeta. Se llamaba Ana. Guardé su contacto en mi teléfono: LesbiAna (652 48…). Podría llegar a enamorarme de esa chica.

¿La llamo?

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Dímelo a la cara

13 diciembre 2011

Foto: Fuck you, de Deemonita

Aún nos falta una vuelta de tuerca, un punto extra de coraje o llámalo huevos para decir lo que realmente pensamos. A la vecina del quinto, al notario, a la suegra, al juez, al policía. Imagina las oportunidades perdidas, el lastre acumulado, los posos de odio y de amor que ahí se quedan. Imagina qué sería de ti si lo dijeras todo. Ahora estarías divorciado, desahuciado, o tal vez en la cárcel, pero serías el hombre más libre de la tierra.

Abandonamos la infancia cuando aprendemos a mentir, a ser comedidos, políticamente correctos, socialmente adaptados. Aprendemos a comer mierda en público fingiendo apetito hasta que el cuerpo se acostumbra y lo disocia y sacia en hambre del qué dirán. Aprendemos a pensar y aplicar filtros antes de hablar. A elaborar un listado de palabras tabú para cada persona: no le digas a tu jefe que sus chistes no tienen ni puta gracia, ni a la mujer de tu hermano que te masturbas pensando en ella, ni al director de tu sucursal bancaria que se meta sus putas comisiones por el orto.

Ya ni siquiera las drogas nos hacen libres. Las cortan con talco porque nos tienen miedo. Imagina a un político, bajo los efectos de unas drogas sin adulterar, soltando su auténtica esencia en prime time ante los ojos atónitos de medio mundo. Que se declare abiertamente homosexual, o reconozca que entró en política para demostrarle a su mamá lo mucho que vale el hijo tonto de la familia.

Ayer subió a mi taxi la mujer más bella de este mundo. Si en lugar de mostrarme cortés y correcto hubiera soltado todo cuanto se me pasó por la cabeza, tal vez me hubiera ganado una hostia, pero esa hostia me habría causado el dolor más feliz de mi vida. Y habría colgado en este blog una foto con la marca de su linda mano en mi cara o mi ojo morado o la sangre en mi nariz como señal de victoria.

La verdad a veces duele, ¿no?

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Gays, lesbianas, transexuales y tú

09 diciembre 2011

Presta atención a la mujer que ahora viaja en el asiento trasero de mi taxi. Escucha el maquillaje de su voz. Fíjate en esa nuez. Y en ese mentón. Y en esas muñecas. Salta a la vista que nació en un cuerpo equivocado. Mujer por dentro y hombre por fuera. Tal vez se confundieron de carcasa en el reparto. O Dios fuma crack, ¿qué importa el motivo? Bendita cirugía en cualquier caso.

Ahora intenta meterte en ella. En su cabeza. En su alma siempre virgen de quirófanos. En lo que fue su infancia o peor, su adolescencia. Cambia tu cuerpo por un cuerpo del sexo opuesto. Desnúdate y explora esas zonas diferentes. Siente el rechazo reflejado en el espejo, esa extraña claustrofobia hacia ti mismo. Ódiate por fuera y observa cómo los demás también te odian. 

(La gente estúpida odia todo aquello que no entiende. Así refuerzan su neurona: aislándola.)

Ahora, da igual que seas gay, lesbiana o heterosexual, piensa en ti. En tu propio cuerpo. ¿Te gustas o simplemente te asumes? ¿Cambiarías algo? ¿Tus pechos, tus labios, tu vientre? ¿Tu timbre de voz? ¿Tus ronquidos? ¿Tus ataques de celos? ¿Tus úlceras? ¿Tu pasado?

¿Acaso tú no eres, también, transtimismo?

¿Acaso tú no crees, a veces, que naciste en un mundo equivocado?

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Los amantes del taxi bipolar

23 noviembre 2011

Alrededor, el mundo se expande y a mí me faltan pantalones. Es frustrante la barba, las canas, la vista cansada, el tacto rectal de un urólogo. Y echarte de menos en un bar cualquiera, rodeado de viejos que no proyectan sombra. Y usar de posavasos un reloj. Y dibujar olas con pipas de calabaza. Y llorar después en un baño sin puerta. Y secarme con la manga que yo mismo planché. Y luego volver a la barra con cara de domingo, y pedir otra cerveza para mí y un gintonic a esa mujer, la de la cara de lunes, la misma que no paró de mirarme desde que entré, o entró ella, no recuerdo.

Que la mujer se acerque y tome asiento a mi lado. Que me de las gracias por la copa y luego añada:

- Te advierto que no soy puta. 

- Te advierto que yo tampoco.

Con esto te digo que puedes estar tranquila. Al final de esa noche nadie le hizo el amor a nadie. Sólo acabamos follando en el asiento trasero de mi taxi, cada cual inmerso en su propio orgasmo. Ella, para excitarse, se arañaba su propia cara. Yo necesité acariciar la tapicería. 

Te echo de menos, ya lo sabes. Podrías haber sido tú, pero no quieres. Yo no tengo la culpa de otros mundos.