Algo falla o no entiendo. Dos chicas de apenas 18 años, ojos y labios maquillados sin mesura, amplios escotes, faldas muy cortas y taconazos tan rojos como la cola de Satán, se preguntaban si habría llegado el momento de ”entregar su cuerpo” a sus respectivos y amadísimos novios (el entrecomillado no es casual. Así lo dijeron: “entregar mi cuerpo”, primero una y después lo repitió la otra. Me quedé muerto). Ese modo de concebir el sexo como un regalo hacia el varón, o su propia virginidad como un precinto de garantía (a romper sólo en caso de amor eterno), me sonó tan anacrónico en los tiempos que corren (del verbo correrse) como incompatible con aquel look tan sumamente estudiado: ambas sabían de sobra cómo vender su potencial sensualidad (quien realza adrede sus tetas o lleva una falda que parece un cinturón conoce el efecto visual que provoca en los hombres, y no precisamente desde un punto de vista místico). Además, aquel contraste sonaba contradictorio: parecían querer exportar una imagen no por el placer de disfrutar, también ellas, del efecto provocado, sino a modo de reclamo a cambio de sacrificio, de confianza ciega, de abandono a su suerte, de fiel y sumisa entrega.
Aquellas chicas, en fin, se debatían entre dos mundos. Por una parte, el de la más rancia y machista tradición católica. Aquella que enseñaba a la mujer a “entregarse” a los deseos del hombre. La tradición del miedo y el pecado, la misma que anuló a tantas mujeres la simple posibilidad de disfrutar con el sexo, o de follar por puro divertimento. ¿Cuántas abuelas abnegadas consideran repugnante el sexo oral, o aún no saben lo que es un orgasmo?
¿Y cuántos abuelos? Muchos menos, sin duda.
Por otra parte el bombardeo de sexo implícito en televisión, en las revistas, los paneles o internet. Las modas ceñidas, modelos sin pizca de ropa o el porno al alcance de todos. Es inevitable, aunque no quieras, encontrar connotaciones sexuales en cualquier parte y a cualquier hora. El sexo se ha desinhibido, se ha normalizado. Ya ni siquiera es posible censurarlo o demonizarlo a golpe de Biblia.
Aunque en ciertos casos, aquí el ejemplo, esa machista e hipócrita tradición basada en el miedo, deje posos que impidan el normal funcionamiento y disfrute del más básico instinto humano.
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Nota: Las dos féminas en cuestión me pidieron parar el taxi a las puertas de una discoteca. A pie de acera estaban esperando sus respectivos (y aniñados) novios. Al salir ellas del taxi, los dos se dieron un codazo cómplice y alzaron las cejas como muestra de aprobación y orgullo por semejantes modelazos. En efecto, aquellos dos chicos desprendían amor por cada poro de su acné. Pero semen también.











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