Entradas etiquetadas como ‘alma’

Born to be wild

26 abril 2012

“Dile a José Ángel que me espere, y busca también al de recursos humanos, ¿cómo se llama… ¿Víctor?, ¿Velasco? (…) Eso: Bruno. Pues que me esperen los dos en la sala de juntas. No, espera: mejor en la sala azul, en la otra planta. Prefiero que no se enteren los de gastos. Yo estoy llegando. Llego en cinco minutos. (…) ¿Que aún no tiene el balance de cuentas? ¿y a qué coño espera el hijoputa ese? Se lo pedí hace tres días, TRES DÍAS (…). Claro, pero como no lo tenga en mi mesa a las cinco, dime a ver qué coño les digo yo a los de arriba. (…) ¿Quieres que me coma yo el marrón por culpa del incompetente ese? (…) Me importa una mierda que sea el sobrino del jefe. Si no vale, pues a la puta ca… (…) Bueno, escucha, que lo haga el otro. (…) El becario, sí. Y así lo aprende para la próxima. (…) No, no. No te confundas. Yo aquí soy uno más. Si te pido las cosas ya sabes por lo que es. Sabes que si yo estoy jodido, tú estás jodido. ¿Te has enterado de lo de… ya sabes? (…) Eso es. Otros quince a la calle antes del verano. Así que o me ayudas en esto, o nos vemos los dos en la cola del paro. (…) Bien. Chao”.

El usuario colgó el teléfono. Suspiró. Se ajustó la corbata. Luego me miró a través del espejo. Le miré yo a él. Cruzamos las miradas. Justo en ese instante comenzó a sonar por la radio “Born to be wild”, de los Steppenwolf. Me gusta esa canción. Despegué la mano del volante y subí el volumen. El hombre siguió con los ojos la trayectoria de mi mano y ahí se quedó, con la mirada fija en el dial de la radio. Parecía gustarle también. Bajé la ventanilla. El viento lo despeinó.

Detuve mi taxi a las puertas de su oficina. Me giré hacia él.

-¿Qué te debo?- me preguntó peinándose con la mano.

-Ocho cincuenta. ¿Quiere el recibo?

-No. Esto no me lo paga la empresa. Salí tarde de una reunión, y ahora tengo otra, y no llegaba a tiempo… por cierto, ¿qué hora tienes?

-Ninguna. No llevo reloj.

Me pagó y salió del taxi con prisa. Guardé su dinero en el bolsillo y reanudé la marcha. Giré la próxima calle a la derecha. O a la izquierda. No lo recuerdo.

Recuerdo, eso sí, el color de su corbata. Era azul.

Flores contra el olvido

25 abril 2012

El setentón repeinado, perfumado, con un ramo de flores amarillas envuelto en papel de periódico (el ABC sección esquelas, para más INRI), me pidió llevarle al cementerio, esperarle un momento y volverle a traer de nuevo al mismo sitio.

Durante aquel primer trayecto no soltó el ramo. Lo apretaba fuerte entre sus manos, en silencio, mientras miraba a través de la ventanilla: los coches, las farolas, un perro orinando, un buzón, los graffitis. Cuando llegamos al cementerio me dijo que le esperara unos minutos, que ahora mismo regresaba. Y así fue: bajó del taxi, entró en el camposanto y al rato regresó ya sin el ramo de flores, con las manos en los bolsillos del abrigo. Tomó asiento y por justificar su ausencia, me dijo: “Mi Paca, la pobre”.

Luego hicimos el camino inverso, también en silencio. Le dejé de nuevo en el mismo portal, me pagó los doce euros del taxímetro y ahí quedó todo, como en puntos suspensivos. Tal vez, después de aquel trayecto, subiría los tres pisos por la escalera (para ejercitar las piernas), entraría en casa, regaría las plantas de interior, intentaría desatascar el desagüe del baño, resolvería el sudoku que dejó a medias no más que por hacer tiempo hasta la hora de comer: un caldo bien caliente y una lata de sardinas con su vaso de vino, y comería despacio en lo que dura el telediario, y luego una pequeña siesta en el sofá, duermevela, cabezadas, la partida de cartas de las cinco en el Centro de Mayores, y otra vez a casa, otro sudoku, otro telediario y a la cama, con la radio en la oreja. Siempre quieto en su lado de la cama. El otro lado intacto.

Tal vez aquel ramo de flores, para su Paca, representara esa batería que mantiene vivo el pasado, su único contacto invisible para evadir la soledad: se acuerda de Paca y ahí el símbolo, las flores, sobre una lápida. Y yo lo entiendo. No soy religioso, pero lo entiendo. Porque tal vez no lo haga por ella, por el espíritu de ella, sino por él.

La cuadratura del vínculo

24 abril 2012

La puta me tendió un trozo de papel cuadriculado con una dirección escrita a boli. Debajo de la calle y número del putero al que habría de visitar, me fijé en la siguiente anotación: “60-30m+2T”. Según mi experiencia taxial en el transporte de putas, 60 era el precio que pactaron por un servicio de media hora (30m). Los taxis de ida y vuelta también correrían a cargo del cliente (+2T). De hecho, al bajar de mi taxi y como tantas otras veces, la puta me pidió un recibo que después entregaría al putero como justificante de pago.

Aparte de la frialdad que representa buscar placer en otro cuerpo desalmado como quien compra cien gramos de chopped, en esta ocasión me dio por pensar en los motivos del precio: ¿por qué follar con esa chica, o dejarse follar por el cliente, costaba 60€ y no 50, ó 250, ó 25.000? ¿qué baremos determinan las tarifas del alquiler de cuerpos?

Ahí está lo atroz: es el mercado. La belleza relativa se mide en euros: la talla del sostén, el peso, las medidas (cadera, cintura, pecho, altura), los rasgos, el color del pelo, el color de la piel… la nacionalidad. Es importante la nacionalidad: las más caras en España son siempre españolas, cotizan al alza las japonesas (no confundir con chinas o asiáticas), y las bellezas nórdicas se han devaluado a medida que aumentó la oferta y descendió el prestigio (para saber hacia quiénes somos racistas los españoles, no hay más que conocer el precio medio de las putas en función de su país de origen). Aparte, se estandariza la belleza hasta alcanzar un grado de objetividad consentida que asusta, sumada a una macabra ley de la oferta y la demanda. Estamos hablando de seres humanos negociando con el oficio más antiguo del mundo. Estamos hablando del azar de haber nacido en un entorno u otro (ellas), con unas u otras características físicas también fruto del azar (ellas), cuyo conjunto determinará cuánto será capaz de pagar el hombre, cualquier hombre con dinero ya sea guapo, feo, asiático, obeso o maniaco depresivo (lo de él no importa).

Ella, esta usuaria de mi taxi en cuestión, era consciente de que no podría cobrar más de 60€ dada la competencia, o la crisis, o su grado de belleza estandarizada en una escala del cero al diez. Su trabajo consistía en captar clientes a través de un anuncio en el periódico, acudir a todas las citas, abrirse de piernas y tragar (en el sentido más jodidamente dual de la palabra). Desconozco los motivos que la llevaron a ser puta, si fue forzada (la mayoría, por desgracia, ejerce en contra de su voluntad) o por decisión propia.

En cualquier caso hay algo en esta sociedad que no funciona.  

Nunca funcionó.

Y seguirá sin funcionar.

iGlesia

04 abril 2012

El GPS del taxi me indicó cruzar la calle, seguir recto, pero apenas unos metros después nos encontramos el cruce cortado por una valla y un agente de policía custodiándola. Al verme el policía me indicó con el brazo que girara a la derecha.

-¡No me jodas! ¡Pero si vivo al final de esa calle!- soltó el usuario.

Me hice cargo y crucé mi taxi hasta detenerlo a la altura del policía. Bajé la ventanilla y le dije:

-Disculpe. El señor vive al final de esta misma calle. 

-Imposible, caballero. Está a punto de pasar una procesión de Semana Santa.

-¡Llevo maletas! ¡Y pesan mucho!- gruñó mi usuario.

El policía me miró con resignación, se agachó para mirar también a mi usuario, lanzó un suspiro y apartó la valla:

-Está bien. Pero deténganse en el siguiente cruce y esperen a que pase la procesión, ¿de acuerdo?

-¡Gracias!

Continuamos la macha hasta el próximo cruce. Justo en esos momentos ya estaba pasando la cabecera de la procesión. Era una enorme plataforma móvil con una virgen cubierta toda ella por un manto de fino encaje y bordado en oro, custodiada bajo un palio también de oro y rodeada toda ella de velas con candelabros de plata y enormes ramos de flores frescas. La plataforma se movía muy despacio mediante decenas de pies humanos, como los tuyos y los míos, con sus zapatos, sus calcetines y sus perneras. No eran ruedas de camión, no. Eran personas las que llevaban aquello a cuestas. Y con tanta madera y tanto oro tenía pinta de pesar un quintal.

Detrás de la virgen caminaban, en dos filas perfectamente coordinadas, mujeres con mantilla y vestido negro, todas muy serias, tirando a compungidas. Y después de las mujeres, hombres con traje negro y niños con traje negro (sí, niños) estos últimos jugando a imitar a los adultos. Y después, más niños serios interpretando con trompetas y tambores no la canción de Bob Esponja ni la última de Pitbull, no: era un ritmo más bien tétrico, como de fin del mundo.

Antes de esto mi usuario ya había sacado su iPhone para grabarlo todo. El público también hacía fotos con sus smartphones y sus cámaras de última generación. Pero justo en el momento de pasar por delante de mi taxi la cola del desfile, cuando cerraba el espectáculo un sacerdote con una cruz de oro y piedras brillantes, comenzó a llover con fuerza. La primera reacción del sacerdote fue tapar la cruz con un paraguas que no conseguí adivinar de dónde sacó. Luego me asomé a la cabecera, y la plataforma con la virgen ya había aligerado el paso. Ahora se movía de un lado a otro, nivel trote. El público, por su parte, reaccionó primero escondiendo sus iPhones de la lluvia. Luego corrieron todos a refugiarse en los soportales más cercanos. Y en los bares.

Aquella reacción ante la lluvia, aquel contraste, me dejó pensativo. Los unos protegiendo a su virgen del agua enviada por el mismo dios al que veneran. Y los otros, protegiendo su iPhone. Condicionados ambos, en cualquier caso, por los designios del señor (o por la condensación del vapor de agua que contienen las nubes). 

Igual de frágiles los dos: el invento más antiguo, y el invento más reciente.

Negro sobre blanco

03 abril 2012

Marcelo, nombre ficticio, trabaja de negro para un conocido escritor de best sellers (cuya identidad no puedo desvelar, y no por falta de ganas: me encantaría desenmascarar a ese cretino). Según Marcelo, el famoso novelista sólo ha publicado dos obras escritas de su puño y letra, la primera de las cuales apenas tuvo poca o ninguna repercusión. Fue en la segunda cuando pegó un pelotazo inesperado: firmó con una gran editorial y, para sorpresa de todos, editorial incluida, comenzó a vender cientos de miles de ejemplares hasta convertirse en un best seller de fama internacional. En apenas unos meses no sólo alcanzó la categoría de escritor de culto; también ganó más dinero del que nunca hubiera llegado a imaginar. El problema le llegó después, cuando la editorial y el público comenzaron a apremiarle para que escribiera una tercera novela. La editorial le propuso un plazo adjuntando un nuevo cheque con otros muchos ceros en concepto de adelanto. El escritor aceptó el dinero y el plazo marcado y se encerró confiando plenamente en el poder de sus musas. Pero las musas le dieron la espalda. Puede que víctima de tan altas espectativas, por miedo a no estar a la altura de su último gran éxito, se quedó seco, completamente bloqueado. Pero en lugar de rendirse, en lugar de devolver el cheque y desaparecer de la escena por un tiempo, el famoso escritor contactó a través de las cloacas del mundillo con Marcelo, negro de profesión. Marcelo aceptó el trabajo por un ridículo porcentaje, y tras estudiar el estilo y la trama de sus novelas anteriores, no sólo consiguió cumplir con el plazo, sino también con las expectativas: la tercera novela, escrita íntegramente por Marcelo pero con la firma del famoso novelista, fue otro éxito en ventas. Nadie, ni siquiera la editorial, ni la crítica especializada, se dio cuenta del fraude. Y después de la tercera llegó una cuarta, también escrita en la sombra por Marcelo.  

En los últimos tiempos, el falso escritor ha concedido centenares de entrevistas y acudido a decenas de actos por unas novelas que jamás llegó a escribir, haciéndose pasar por alguien que ya no es. Y a Marcelo, por su parte, no le importa en absoluto. Sigue escribiendo para él y lo seguirá haciendo. Siempre en la sombra.  

 Marcelo es un cliente habitual de mi taxi. Me costó decenas de trayectos y mucha confianza conocer los entresijos de esta historia. La historia de un ego de cartón, modestia aparte.

4D

02 abril 2012

Me despertaron unos golpes. Venían del patio, de la pista de pádel. Eran toques de raqueta: POP… POP… POP… POP… Siempre iguales, con idéntica frecuencia: POP… POP… Los contrincantes no parecían rendirse ni fallar nunca: POP… POP… Le daban a la bola una y otra vez, con la fuerza precisa: POP… POP… Exactamente 1,5 segundos entre golpe y golpe:

POP…

[1,5 segundos]

POP…

[1,5 segundos] 

POP…

Cerré los ojos. Los golpes seguían ahí. Conseguí dormirme pero no del todo. Duermevela, lo llaman. El caso es que aquella unidad de tiempo, el intervalo comprendido entre un golpe de pelota y el siguiente, fue asimilado por mi inconsciente hasta tal punto que mis segundos biológicos se acabaron convirtiendo en 1,5 segundos de reloj. Y a partir de entonces mi vida comenzó a fluir más despacio. Cada minuto real se convirtió, exactamente, en minuto y medio para mí. Y mis días pasaron a tener 36 horas.

Buscando en internet posibles respuestas a mi problema, di con una tal Melisa, también de Madrid, a la que le había sucedido lo mismo que a mí, pero a la inversa: En su caso, se había quedado dormida escuchando el goteo del grifo roto de la cocina, a un intervalo de 3/4 de segundo entre gota y gota. Cuando despertó de aquel sueño, todo en ella había comenzado a ir más deprisa, acortando sus horas; reduciendo sus días. 

Propuse a Melisa quedar y conocernos. Antes incluso de enviar mi propuesta, ella accedió. Los dos teníamos la misma curiosidad por conocer en persona el destiempo del otro.

Esa misma tarde, a las seis y treinta de vuestro reloj, pasé a buscarla en mi taxi. Melisa tomó asiento a mi lado y, de repente, comencé a sentir taquicardias. Ella sin embargo, según me dijo, comenzó a notar cierto descenso en sus pulsaciones.

Y no me preguntes cómo ni por qué ocurrió, pero después de aquel primer flechazo, en una fracción de segundo imposible de definir, nos besamos. Y aquel fue el beso más perfecto de nuestras vidas.

¡Duele!

27 marzo 2012

“¡Eh! Esa de ahí es mi exnovia. ¡Duele!” El usuario se refería a una chica que cruzó justo delante de nosotros. Iba sola pero contenta, despreocupada, con un café del Starbucks en la mano y unos cascos, embebida en su música, cantando y sonriendo a la vez. Caminaba despacio, sin rumbo o tal vez con rumbo pero sin prisa, disfrutando en cualquier caso del sol de primavera, del bullicio, del instante. Llamó mi atención que su sola presencia fuera causa de dolor en mi usuario. Dolor por una ruptura reciente, sin duda. Pero también por verla contenta o peor aún: independiente. Cuando cortamos un amor de los que marcan, reconforta pensar que la parte contraria cojea igual que cojean los recién mutilados, que continuará cojeando durante un tiempo, cuanto más tiempo mejor, triste y desorientada por la falta repentina de su punto de apoyo. Nos tranquiliza saber que estará hecha polvo, sin levantar cabeza, llorando por las esquinas de muestra ausencia, como ancladas en un pasado, obsesionadas por esa herida no resuelta, víctimas de un súbito bloqueo. Y ese deseo es sin duda irracional, tampoco queremos que sufra porque seguimos amándola aunque ya no sea nada. De ahí que se le escapara ese “¡duele!”. Que no pudiera evitar decirle “¡duele!” al taxista, a mí, sin conocerme.

“Ya lo creo que duele”, pensé. Ella era guapa pero nunca más será ”su” guapa. Ni podrá volver a besar su cuello suave, ni a compartir la música que ella escucha (¿cuál será?), ni a beber de su mismo café.

-¿Cómo toma ella el café?- se me ocurrió preguntarle.

-Espresso con leche, vainilla y caramelo- me dijo. Y rompió a llorar.

Llegamos a su destino, me pagó y se bajó de mi taxi cabizbajo, desorientado, mutilado, sin su punto de apoyo.

Yo apagué el taxímetro y me fui a un Starbucks. Pedí un espresso con leche, vainilla y caramelo.

Estaba bueno. Como ella.

No puedo

23 marzo 2012

No puedo evitar la lluvia. No puedo evitar el hambre. No puedo evitar Standard & Poor’s, ni a Pedro Jota. No pude evitar Fukushima, ni aquel vómito en mi taxi. No puedo evitar el precio del arroz, ni Eurovisión, ni las heces de perro, ni los servicios de atención al cliente. No puedo evitar estornudar, ni que las uñas crezcan, ni los trolls. No puedo evitar las actualizaciones de Windows, ni las pelis de Coixet. Ni el paso del tiempo, ni los bordes de las pizzas, ni los pelos de punta.

No pude evitar encontrarte. No puedo evitar las taquicardias, ni los suspiros. Ni petar de pétalos tu sombra. No puedo evitar pensar que todos esos pasos del taxímetro son los besos que me quedan por darte. Ni que detrás de cada usuario estás tú, disfrazada, jugando a los taxis conmigo. Ni que detrás de mi espejo estás tú, si lo raspara con la uña. No puedo evitar abrazar tu espalda cuando duermes a mi lado, pegar mi pecho a tu espalda, coordinar latidos, regar tu cuello con mi aliento, inventar ganzúas para okupar tus sueños. No puedo evitar que estés presente en mi futuro, regalarte lo que fui para tu hoguera, construir lo que seremos.

Tampoco puedo evitarme. Ya me ves.

Mimeetic

22 marzo 2012

Todas las parejas son iguales dos a dos: Él gordito, ella gordita. Guapo él nivel 7, guapa ella nivel 7. Hippies ambos, casuales ambos, o los dos gafapasta, o los dos repijos. Si por algún casual no existe tal equilibrio físico, ya sea en su grado de belleza o en una notable diferencia de edad, será porque sin duda ocultan información relevante: Si ella es muy guapa y él es muy feo, él será famoso, o sobresaliente en alguna materia, o reconocible y admirado en ciertos círculos. Si existe diferencia de edad, si se llevan 20 años o más, el mayor de los dos tendrá mucho dinero (o el menor buscará conseguir la nacionalidad del mayor).

Este mimetismo o equilibrio entre ambos puede incluso llegar a calar en sus propios gustos. Ayer, sin ir más lejos, un usuario de mi taxi bajito, rechoncho y tirando a feo, me señaló a una chica que paseaba por la calle y, dándome un codazo cómplice, me dijo (palabras textuales):

-¡Mira qué moza! ¡Así me gustan a mí, con carnes donde agarrar!

La muchacha en cuestión era bajita, rechoncha y también tirando a fea, exactamente igual que él, pero en fémina. No podría decirse que aquella “moza” entrara en los cánones de la belleza clásica, pero a él le gustaba o al menos así me lo expresó. Tal vez, pensé, al no poder permitirse mujer de mayor rango, sus gustos también se hubieran visto forzados a amoldarse. Igual que los gustos de aquellos hombres que de jóvenes se casan con mujeres guapas y esbeltas, y con el paso de los años ellas engordan mucho, y entonces ellos cambian y dicen que les gustan “rellenitas”. A la fuerza ahorcan, diría yo. 

En fin, que para gustos, los colores. Aunque juguemos sin querer al daltonismo selectivo.   

……………………………………………………………………

 Nota: Si te ha ofendido la contundencia de este post, es que tú también eres feo.

Tirar del hilo de tu voz

21 marzo 2012

Dijeron tu nombre en la radio y después llegó tu voz. Eras tú. No había duda. El locutor te presentó como la actriz protagonista de un cortometraje nominado a no sé qué premio europeo. En cierto modo, no me sorprendió. Siempre supe que acabarías cumpliendo ese sueño. Cuando estábamos juntos, ya apuntabas maneras en aquella escuela de teatro. Yo siempre te animaba a continuar: eras buena, tenías futuro. Incluso llegué a escribir monólogos sólo para ti, ¿recuerdas? Para ayudarte a ensayar el texto, yo hacía de público (me ponía un bigote postizo) mientras tú interpretabas. ¿Recuerdas aquel de la cajera transexual del Pryca? ¿o el de la monja embarazada? Al final yo te aplaudía, y luego tú te sentabas sobre mí, me abrazabas fuerte y me besabas el bigote postizo. Lo pasábamos bien. Nos quisimos mucho, mientras duró.

No me sorprendió, como digo, que varios años después te escuchara aparecer en la radio. En esos instantes yo me encontraba conduciendo mi taxi libre por el Paseo de la Castellana y, de súbito, tu voz comenzó a evocarme decenas de recuerdos como flashes sorprendentemente nítidos. De hecho, tal vez siguiendo tus cantos de sirena o arrastrado por el hilo del recuerdo, cuando quise darme cuenta, ya me había dirigido a las inmediaciones de la radio en la que estabas (Cadena SER, Gran Vía 32). Acabó tu intervención y en los minutos siguientes yo, en Gran Vía, aminoré la marcha por intentar coincidir con tu salida de la radio. Tenía curiosidad por saber, aunque fuera de lejos, cómo te había sentado el paso de los años. 

Me detuve en un semáforo y, de repente, te vi salir tan guapa como siempre o más que nunca. Pero en lugar de marcharte caminando te acercaste a la acera y alzaste el brazo al primer taxi libre de la calle, que resultó ser el mío. 

Respiré hondo. Y antes de que se abriera el semáforo, saqué mi bigote postizo de la guantera.