Entradas etiquetadas como ‘Andy Warhol’

Keiichi Tanaami o cómo convertir el trauma en surrealismo pop

Arte pop, psicodelia, neo-dada japonés, ilustración, diseño, animación… Keiichi Tanaami es una de esas rara avis, pájaros extraños de coloridos plumajes, que han sabido hacer del trauma y delirio su escudo de vanguardia.

Nació en 1936 en Tokio. La guerra laceró su infancia – territorio emocional que debería ser la obligada patria neutral-; presenció las bombas incendiarias que arrasaron las casitas de madera de la capital japonesa durante la contienda, tras el ataque a Pearl Harbor, y que regresarían después convertidas en oníricos diseños en su visión surrealista pop. Define su trabajo como “una forma grotesca de belleza”.

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¿Se llevan bien los artistas plásticos y las portadas de discos?

El primer disco con portada de la historia © Alex Steinweiss - Taschen

El primer disco con portada de la historia © Alex Steinweiss – Taschen

Las carpetas discográficas son uno de los grandes soportes para el arte del siglo XX. Más agradecidas, por aquello del tamaño, cuando se trata de vinilos y en trance de desaparición física dado el avance de la música comercializada en forma de archivo de ordenador, líquida y sin forma, siguen siendo una carnada visual dificil de evitar cuando se trata de diseños imaginativos, valientes, procaces, rebeldes o complementarios hasta la perfección con la música que envuelven.

Las cubiertas de discos han tenido, en realidad, un muy pequeño recorrido: el primer disco de la historia envuelto tal como lo conocemos es el de la imagen de arriba. Fue editado en 1940 y, como una parábola, ha tenido más duración el diseño, que fue el primer paso para la jubilación de las groseras bolsas de estraza, que la música: una omitible selección de éxitos, Smash Song Hits, de Richard Rodgers y Lorenz Hart, interpretados por la Imperial Orchestra.

El diseñador fue un pionero, un muchacho de 23 años enamorado del cartelismo europeo de vanguardia, el modernismo y el art decó: Alex Steinweiss, el inventor de las portadas de discos.

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Muere Billy Name, fotógrafo de la Factory de Warhol

Billy Name (1940-2016) en la Factory

Billy Name (1940-2016) en la Factory

Acaba de morir, a los 76 años, Billy Name, que en realidad se llamaba William Linich. El sobrenombre se lo puso Andy Warhol, para quien el entonces joven muchacho fue fotógrafo, decorador, compañero de cama, archivista y cualquier otro oficio que a la divina estrella se le ocurriese —por algo habían bautizado al pseudoartista como Drella, ósmosis de Drácula y Cinderella (Blanca Nieves): era un vampiro pálido que vivía del esfuerzo ajeno de una tropa de mal pagados o impagados colaboradores—.

Name era un mal fotógrafo. En los confines de la Factory, el lugar para ver y ser visto que Warhol consideraba un laboratorio artístico, la calidad importaba poco o nada. De la plantilla habitual, casi todos perversos, casi todos depresivos, casi todos muertos, sólo tenían genio Lou Reed y John Cale, la pareja que comandaba la Velvet Underground. Los demás eran, con perdón y con respeto, basura blanca, buscavidas, drogos, sexoadictos… Era fácil confundir riesgo con arte en aquel marasmo.

En el caso del fotógrafo-juguete-sexual de Warhol, el todavía llamado William Linich era técnico de iluminación y, para pagar el alquiler, camarero por horas de una tetería, Serendipity 3 —todavía está abierta—,  frecuentada por el artista y sus aduladores. Entre tazas de té, pastas y cristales de Tiffany, un flechazo.

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Iggy Pop se desnuda (otra vez)

Iggy Pop posa desnudo - Foto: Elena Olivo: Brooklyn Museum

Iggy Pop posa desnudo – Foto: Elena Olivo: Brooklyn Museum

Es el paradigma de la reiteración: Iggy Pop está desnudo. Otra vez. Ya vale.

El veterano cantante, que en abril cumple 69 años —juro que la cifra es correcta y no rebuscada en favor de la sexualización del texto—, acaba de enseñarlo todo a un grupo de alumnos de arte. No hay novedad: lleva sin camisa desde los ventipocos y al exhibicionismo añade la versión integral, sin pantalones ni ropa interior, con harta frecuencia.

Posando con languidez frente a 21 alumnos del Museo de Brooklyn, Iggy es el de siempre: despatarrado y crudo. Tuvo su gracia, pero empieza a sonar a el-abuelo-ha-vuelto-a-hacerlo.

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El desinterés del ‘transactivismo’ por una exestrella en la miseria

Holly Woodlawn (Fotos: Wikipedia)

Holly Woodlawn (Fotos: Wikipedia)

La canción, un catálogo preciso de una tribu dedicada sin remordimiento al cultivo del vicio entendido como revuelta —y ciertamente tal vez sea la depravación la mayor y más efectiva forma de rebelión—, empieza así:

Holly vino de Miami, Florida
Atravesó los EE UU haciendo autoestop
Se depiló las cejas de camino,
Se afeitó las piernas y entonces él era ella

La primera protagonista de la letanía de Lou Reed sobre el wild side es Holly Woodlawn. Nació en Puerto Rico en 1946 con una identidad que sólo es posible en la afiebrada tierra caribe-guajira: Haroldo Santiago Franceschi Rodriguez Danhakl.

La genética estaba tan mareada como la genealogía: Haroldo se sentía como una mujer nacida en un cuerpo de hombre. Aunque nunca se sometió a una reasignación quirúrgica de sexo, desde 1969 empezó a tomar esteroides, cambió su nombre por el de Holly, un homenaje al personaje de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, y vivió desde entonces como mujer.

Mientras el mundo moderno aplaude y apoya lo queer —convertido en guiño de consumo y en bazofia televisiva por productos de medio pelo como la serie producida por el holding Amazon Transparent—, Holly a estado a las puertas de la indigencia y a punto de ser expulsada de un hospital de Los Ángeles por carecer de dinero suficiente para pagar tratamientos médicos necesarios para su salud deteriorada.
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Alberto Korda y la santidad del Che Guevara

Anuncio del vodka Smirnoff  (2000)

Anuncio del vodka Smirnoff (2000)

Cuando la marca de vodka Smirnoff utilizó la imagen de Ernesto Che Guevara para intentar vender el sabor hot fiery (feroz y caliente), el fotógrafo autor de la foto usada como inspiración textual para el dibujo del póster publicitario, el cubano Alberto Díaz Gutiérrez, alias Korda (1928-2001), demandó a la agencia publicitaria que había diseñado la campaña, Lowe Lintas, por uso indebido de la imagen. La empresa retiró de circulación el cartel y pagó, en un acuerdo extrajudicial, unos 50.000 dólares a Korda, que de inmediato convocó una conferencia de prensa y anunció que donaría la suma al muy necesitado sistema sanitario cubano.

¿Por qué se puso tan gallito Korda, fotógrafo oficioso de Fidel Castro —al que siguió por el mundo durante una década, aunque, eso sostuvo toda la vida, nunca cobró a cambio—, cuando su imagen El Guerrillero Heroico —cada palabra en mayúsculas—, el retrato del Che tomado, casi por casualidad, el 5 de marzo de 1960, ha sido reproducida en todo tipo de objetos de consumo para mayor gloria y réditos del mercado capitalista: camisetas, ceniceros, tazas, petacas, zapatillas, carteles, cuadros del gran avida dollars Andy Warhol, cubiertas de discos y todo aquello que llegó a celebrarse desde la banalidad como estilo Che Chic, la tendencia a la cual alguien ha llamado con acertada mala baba “el look Ralph Lauren de los anticapitalistas”?

Hoja de contactos de Korda en la que está 'El Guerrillero Heroico' y también fotos de Castro, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir  (Dominio Público)

Hoja de contactos de Korda en la que está ‘El Guerrillero Heroico’ (en la cuarta tira desde arriba) y también fotos de Castro, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir (Dominio Público)

Según explicó cuando consiguió retirar la publicidad del vodka, las razones fueron morales. “Utilizar la imagen de Che Guevara para vender vodka es un insulto a su nombre y a su memoria. Para empezar, no bebió nunca“, declaró Korda.

El “nunca”, al menos, es mentira y creo que Korda lo sabía. El Che bebía whisky con asiduidad, según varios testimonios. En Sierra Maestra, en los momentos de descanso de los guerrilleros barbudos, consumía sin pausa el licor e incluso pagaba con botellas de scotch a los campesinos que llevaban provisiones a los alzados. También el artista irlandés Jim Fitzpatrick, que tenía 13 años cuando conoció al Che en una visita del guerrillero a Irlanda en 1963 en busca de sus orígenes —tenía sangre irish por vía paterna— le vió bebiendo sin freno.

Korda era un defensor, como tantos otros, de la santidad guevarista y convertía al hombre en héroe sin tacha. No sólo olvidaba el whisky, sino también el negro paso del revolucionario por La Cabaña, la fortaleza-penal habanera donde el Che se encargaba de aplicar la llamada Ley de la Sierra, el bárbaro código del siglo XIX que condenaba a muerte, con un juicio sumarísimo y sin apelación presidido por tres militares, a todo aquel considerado enemigo, traidor o chivato. Dicen quienes critican al Che, gente que en ocasiones es tan fanática como los defensores, que el heroico guerrillero firmó unas 200 penas capitales [PDF con la lista de nombres, según la web anticastrista www.CubaArchive.org].
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El olvidado fotógrafo de las mujeres inalcanzables de Roxy Music

Los tres primeros discos de Roxy Music

Los tres primeros discos de Roxy Music

Las imágenes no se pueden entender sin conocer la fecha a la que están enlazadas. Podrían incluso ser malinterpretadas de ser otro el momento: una pin-up en apariencia sedienta, una hembra dominante paseando a una pantera y una mujer con el vestido desgarrado tras hacer vaya usted a saber qué sobre la hojarasca.

Son las cubiertas de los tres primeros discos de Roxy Music, editados entre junio de 1972 y noviembre de 1973. Cuando llegaron a España todavía nos gobernaban el dictador Francisco Franco, sus camisas azules de confianza, entre ellos el tan ahora querido por todos Adolfo Suárez, y algunos tecnócratas que ya tenían en el armario el disfraz de demócratas de toda la vida esperando el pastel que se adivinaba. Poco después de la edición del tercero de los discos, el almirante Carrero Blanco, el mano derecha de Franco, subió a un convento de monjas en el Dodge oficial al que un atentado explosivo convirtió en cohete.

Cuando desplegabas aquellos álbumes mientras el vinilo giraba en el plato y pese a vivir bajo los dictámenes de tipos peligrosos y cavernícolas, el horizonte parecía iluminarse con el color de la tentación.

Cubiertas desplegadas

Cubiertas desplegadas

Era difícil entender cómo la censura del régimen —caprichosa y algo más porosa que en los años de hierro, pero todavía plenamente funcional en la castración de lo incómodo— permitía la circulación de aquellos discos de cabaret caliente y lubricada sexualidad. Los tiempos del glam rock, la electrificación de la ambigüedad y la indeterminación, tomaron por sorpresa al bastante cateto sistema de represión ideológico franquista, que metía mano para declarar ilegales castas canciones de libertad de los trovadores andinos o cubanos y obligaba a eliminar una portada de los Rolling Stones porque el aparato sexual masculino bajo los jeans era demasiado notable —¡en la tierra de los paquetes reconstruidos con algodón por los maestros en el arte de ensaetar toros!— y dejaba que pasaran el filtro los discos bastante más dinamiteros de David Bowie y Roxy Music y sus llamadas a lo salvaje.

Los tres álbumes del grupo —Roxy Music (1972), For Your Pleasure (1973) y Stranded (1973)— fueron fotografiados por Karl Stoecker, que interpretó con llamativa resolución la idea de Bryan Ferry, líder e ideologo del quinteto, de colocar en las portadas a cover stars hermosas pero inalcanzables, seres olímpicos, amazonas impasibles pese al trajín sexual

La modelo del primero fue Kari-Ann Muller —que unos años después se casaría con Chris Jagger, hermano de ya saben quién—, para la segunda posó Amanda Lear —novia entonces de Ferry y luego musa de Salvador Dalí— y en el tercero aparece la playmate del año de la revista Playboy Marilyn Cole (“no había escuchado nada del grupo, me llevaron al estudio, me dieron el vestido y me rociaron con agua en cada una de las partes donde tenía que hacerlo“, declaró con aguda inteligencia sobre la sesión).

Brian Eno (izq.) y Bryan Ferry - Fotos © Karl Stoecker

Brian Eno (izq.) y Bryan Ferry – Fotos © Karl Stoecker

Stoecker, que había nacido en los Estados Unidos pero vivía en Londres durante los primeros años setenta, se convirtió en uno de los fotógrafos de referencia del glam. No era un artista de conceptos: prefería explotar con naturalidad la imagen turbadora, desconcertante y mágica de los protagonistas del estilo, que era más una idealización de mercadotecnia que otra cosa —Bowie y Brian Eno eran intelectuales de fina inteligencia y alta cultura; Marc Bolan, un encantador macarrilla que aprovechó el momento para amanerarse justo lo suficiente, y Bryan Ferry, un figura que deseaba, sobre todo, reencarnar la pasión que desataban los crooners de los años cincuenta y hacerse millonario lo más rápido posible—.

El fotógrafo parecía llamado a ser, como sus modelos, una estrella rutilante. Hizo trabajos para Amanda Lear en sus oprobiosos tanteos con el pop, una cubierta llamativa para el dúo bizarro Sparks y firmó una de las fotos de la contraportada de Transformer, el disco que convirtió en un superventas planetario a Lou Reed —otro artista mutilado por el absurdo franquista al incluir unos llantos de bebés en una canción—. La foto de Stoecker era el retrato de un marinero sexualmente superdotado, pero lo que había bajo el pantalón era relleno: una banana plástica de tamaño mandingo, un guiño del cantante a su padrino y loca oficial de la jet neoyorquina Andy Warhol.

Arriba izquierda, Amanda Lear en "Siren". Al lado cubierta de "Kimono My House", de Sparks. Abajo, contraportada de "Transformer", de Lou Reed - Fotos © Karl Stoecker

Arriba izquierda, Amanda Lear en “Siren”. Al lado cubierta de “Kimono My House”, de Sparks. Abajo, contraportada de “Transformer”, de Lou Reed – Fotos © Karl Stoecker

No hay glamour en el final de esta historia. Stoecker perdió algunas amistades, cultivó otras peligrosas y desapareció de escena. Durante años malvivió con infraempleos y estuvo varias veces en la ruina, al borde de la indigencia.

Ahora vive en una casa humilde de South Beach, en Miami, y expone fotos en bares de la vecindad para intentar vender alguna copia.

Además de imágenes antiguas de las mujeres olímpicas con que llenó una época de sueños de húmeda purpurina, añade nuevos trabajos a los que llama Glam. Son pobres emulaciones, como si a Disney le encargaran hacerle una portada a Roxy Music.

Stoecker afirma que Bryan Ferry sigue enviándole copias de promoción de los discos nuevos.

Jose Ángel González

Pinturas famosas transformadas en fichas Pantone

'Whistlejacket', de George Stubbs, reinterpretado por Nick Smith con colores Pantone

‘Whistlejacket’, de George Stubbs, reinterpretado por Nick Smith con colores Pantone

Para los amantes del diseño, el sistema de definición cromática Pantone ya no es sólo una herramienta para identificar, comparar y escoger colores, sino un motivo en sí mismo. Desde hace unos años se suceden los productos de diseño, los proyectos creativos y guiños artísticos relacionados con la paleta de la empresa estadounidense, que registra la numeración y los nombres de cada tono.

Nick Smith (Glasgow, 1980) reconoce tener una fijación por la “psicología del color” y por el camuflaje Dazzle, una técnica ideada en la I Guerra Mundial para barcos militares, que, pintados con líneas irregulares y confusas, no permitían al enemigo calcular con claridad la envergadura de la nave. La unión de estos dos fetiches, añadiendo el Pantone a la combinación, podría ser el germen de Psycolourgy (traducible por Psicolorgía, color y psicología en un solo término), una serie de obras de arte famosas reinterpretadas en el idioma de las tarjetas Pantone.

'Girl with the Pink Earring' - Nick Smith

‘Girl with the Pink Earring’ – Nick Smith

El diseñador escocés —que expone una colección de estas obras hasta el 21 de febrero en la galería Lawrence Alkin de Londres— elige pinturas de todas las épocas: el espeluznante retrato del Papa Inocencio X de Francis Bacon, un autorretrato de Van Gogh, El hijo del hombre de Magritte, uno de los lustrosos caballos del pintor inglés del siglo XVIII George Stubbs, la Marilyn de Andy Warhol…

De cerca se podrían confundir con un anárquico muestrario, desde lejos, la imagen da la impresión de estar formada por píxeles y tener una pésima resolución. Aunque la impresión inicial es la de encontrarse ante filas de tarjetas ordenadas para reconstruir el cuadro, en realidad el autor crea cada ficha de manera individual y cambia el nombre de cada color para que todas las palabras presentes en el cuadro sean un campo semántico relacionado de una manera u otra con la obra original.

Helena Celdrán

'Van Gogh' - Nick Smith

‘Van Gogh’ – Nick Smith

'Son of Man' - Nick Smith

‘Son of Man’ – Nick Smith

'Mona Lisa 1' - Nick Smith

‘Mona Lisa 1’ – Nick Smith

'Pope Innocent X' - Nick Smith

‘Pope Innocent X’ – Nick Smith

'Marilyn green' - Nick Smith

‘Marilyn green’ – Nick Smith

'Bigger Splash' - Nick Smith

‘Bigger Splash’ – Nick Smith

Cuando Andy Warhol se ganaba la vida como dibujante comercial

Varios artistas: "Progressive Piano", 1952

Varios artistas: “Progressive Piano”, 1952

Antes de convertirse en uno de los primeros artistas con condición de superestrella, Andy Warhol trabajó durante años como dibujante comercial para revistas, editoriales de libros y empresas discográficas. Era un recién llegado a Nueva York, ciudad en la que desembarcó, temeroso y sin contactos, en 1949, a los 21 años, después de vivir y estudiar Arte en su ciudad natal, Pittsburgh, donde había crecido en un ambiente de catolicismo bizantino y sobreprotección materna tras una niñez enfermiza —primero Corea de Sydenham y luego una escarlatina mal curada que derivó en la pérdida de pigmentación de la piel que le dió el aspecto de una figura de cera que sobrellevó toda la vida—.

A su llegada la gran ciudad, Warhol, que ya había dejado atrás el nombre bautismal de Andrej Varhola, era una persona extremadamente silenciosa e hipocondríaca.

Era un buen momento para buscarse la vida como ilustrador freelance —el boom económico posterior a la II Guerra Mundial había desatado el consumismo en los EE UU— y Warhol trabajó intensamente y casi sin interrupción. Estaba experimentando con la rudimentaria técnica que se convirtió con el tiempo en su imagen de marca como dibujante, la blotted line: dibujo de trazos de tinta sobre un papel no absorbente que luego se presiona contra otro papel para transferir las líneas. Sus trabajos como portadisca de discos, sobre todo para artistas de jazz, no eran excelentes ni demasiado personales, pero en ocasiones asoma entre la torpeza la filosofía que le llevaría a los libros de historia. “Cuando haces algo torpemente o rematadamente mal, estás en el buen camino y siempre consigues algo notable”, resumiría años más tarde.

Aunque ya había comenzado a introducirse en el mundo de las galerías —en 1952 expuso por primera vez en Nueva York quince dibujos sobre cuentos de Truman Capote—, Warhol todavía no gozaba de liquidez como para permitirse una dedicación completa al arte. Su obra todavía no era conocida, se le consideraba un advenedizo buscando hueco y al pop art le faltaban unos cuantos años para explotar como fenómeno masivo: se suele aceptar como baile de debutantes del movimiento la exposición de Warhol en 1962 en la galería Ferus de Los Ángeles en julio de 1962, donde estrenó el mural con 32 reproducciones de lata de sopa de tomate Campbell’s realizadas sobre polímero sintético.

Hasta que llegó el momento en que el apelllido Warhol se convirtió en marca registrada y la caja empezó a reventar por los ingresos, siguió trabajando en los márgenes: autoeditando libros como el sorprendente Wild Raspberries (Frambuesas salvajes), con recetas de Suzie Frankfurt, una muy conocida decoradora de la bohemia neoyorquina y caligrafía de la madre de Warhol, la eslovaca Julia Zavacká. Los tres implicados estaban convencidos de que la exquisita edición tendría buenos recultados comerciales por la fascinación casi tóxica de los estadounidenses por la cocina francesa, pero patinaron: de los 314 ejemplares que editaron sólo una docena se vendieron. El resto terminaron como regalo navideño para los amigos.

Tres años después, Warhol comenzó a consolidar un imperio basado en el culto a la personalidad, el desprecio por los convencionalismos —que algunos consideramos pura pose: el tipo era un gran negociante con ojo de halcón para el dinero y sabía muy bien lo que hacía pese a la afasia con que transitaba por el mundo— y la ampliación del negocio Warhol a todos los ámbitos, incluso a algunos, como la fotografía, el cine y la producción musical, en los que no sabía cómo manejarse y hacía el ridículo sin vergüenza y con cara dura mientras su cohorte de fans le aplaudía las gracias. Tantos años después, la situación es la misma. Warhol cerró 2013 como el artista con mayor facturación en las subastas —casi 270 millones de euros frente a los 263 del segundo en el ranking, Pablo Picasso—.

En descargo del primer artista considerado como marca me enternece pensar que durante toda su carrera regresó una vez y otra  a la actividad que le daba de comer cuando era un don nadie: el diseño de portadas de discos. Firmó más de medio centenar y, pese a la repetición de la fórmula —serigrafías basadas en retratos—, lo hizo con dignidad y cierto cándido amateurismo, quizá lo único que retenía del chico silencioso e hipocondríaco que llegó a Nueva York a los 21 años con las manos vacías.

Ánxel Grove

 

¿Un disco vacío o una recopilación de silencios?

Portada del recopilatorio 'Sounds of Silence'

Portada del recopilatorio ‘Sounds of Silence’

La pieza consistía en dos minutos de nada, ni tan siquiera se escucha el sonido de dos personas guardando silencio. John Lennon y Yoko Ono incluyeron Two Minutes Silence (Dos minutos de silencio) en el disco Unfinished Music No. 2: Life with the Lions (1969), el segundo trabajo experimental de la pareja, todavía editado cuando los Beatles no se habían separado.

Aunque se insinúa que es una reacción al traumático aborto que ella acababa de sufrir, rendían homenaje a 4’33”: una pieza en tres movimientos que el compositor experimental estadounidense John Cage (1912-1992) había creado en 1952. La partitura estaba vacía, la orden para los músicos era no tocar sus instrumentos, lo único que se debía escuchar era el ambiente del auditorio.

Sounds of Silence (Sonidos del silencio) es una antología sin sonido, una recopilación de “algunas de las más intrigantes piezas silenciosas” de la historia. El experimento de John Cage y el homenaje de Lennon y Ono son dos de las obras del conjunto de constantes vacío provocados por artistas como Andy Warhol, Yves Klein, Sly & The Family Stone, Robert Wyatt, el vanguardista (letrista) francés Maurice Lemaître, Africa Bambaataa, John Denver, Orbital

Partitura de la obra 4'33''. de John Cage

Partitura de la obra 4’33”. de John Cage

El álbum —bautizado así como guiño a la canción de Simon y Garfunkel The Sound of Silence (1964)— está editado por la discográfica experimental italiana Alga Marguen y se pondrá a la venta el 21 de enero sólo en vinilo y en una limitadísima tirada de 250 ejemplares.

Alga Marguen hace énfasis en el disco como una colección de silencios diferentes unos a otros no sólo por los diversos motivos de los autores para crearlos (“pueden entenderse como un homenaje o un chiste; un ofrecimiento especial o algo totalmente indefinido”), sino porque cada uno conserva un buqué: imperfecciones y particularidades “intrínsecamente unidos al medio de reproducción”, relacionados con el paso del tiempo y el desgaste. El LP presenta los temas tal y como se grabaron en origen, sin remasterizar, como un cuaderno nuevo y amarillento tras haber sido olvidado en un cajón durante décadas.

Helena Celdrán