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El olvidado fotógrafo de las mujeres inalcanzables de Roxy Music

Los tres primeros discos de Roxy Music

Los tres primeros discos de Roxy Music

Las imágenes no se pueden entender sin conocer la fecha a la que están enlazadas. Podrían incluso ser malinterpretadas de ser otro el momento: una pin-up en apariencia sedienta, una hembra dominante paseando a una pantera y una mujer con el vestido desgarrado tras hacer vaya usted a saber qué sobre la hojarasca.

Son las cubiertas de los tres primeros discos de Roxy Music, editados entre junio de 1972 y noviembre de 1973. Cuando llegaron a España todavía nos gobernaban el dictador Francisco Franco, sus camisas azules de confianza, entre ellos el tan ahora querido por todos Adolfo Suárez, y algunos tecnócratas que ya tenían en el armario el disfraz de demócratas de toda la vida esperando el pastel que se adivinaba. Poco después de la edición del tercero de los discos, el almirante Carrero Blanco, el mano derecha de Franco, subió a un convento de monjas en el Dodge oficial al que un atentado explosivo convirtió en cohete.

Cuando desplegabas aquellos álbumes mientras el vinilo giraba en el plato y pese a vivir bajo los dictámenes de tipos peligrosos y cavernícolas, el horizonte parecía iluminarse con el color de la tentación.

Cubiertas desplegadas

Cubiertas desplegadas

Era difícil entender cómo la censura del régimen —caprichosa y algo más porosa que en los años de hierro, pero todavía plenamente funcional en la castración de lo incómodo— permitía la circulación de aquellos discos de cabaret caliente y lubricada sexualidad. Los tiempos del glam rock, la electrificación de la ambigüedad y la indeterminación, tomaron por sorpresa al bastante cateto sistema de represión ideológico franquista, que metía mano para declarar ilegales castas canciones de libertad de los trovadores andinos o cubanos y obligaba a eliminar una portada de los Rolling Stones porque el aparato sexual masculino bajo los jeans era demasiado notable —¡en la tierra de los paquetes reconstruidos con algodón por los maestros en el arte de ensaetar toros!— y dejaba que pasaran el filtro los discos bastante más dinamiteros de David Bowie y Roxy Music y sus llamadas a lo salvaje.

Los tres álbumes del grupo —Roxy Music (1972), For Your Pleasure (1973) y Stranded (1973)— fueron fotografiados por Karl Stoecker, que interpretó con llamativa resolución la idea de Bryan Ferry, líder e ideologo del quinteto, de colocar en las portadas a cover stars hermosas pero inalcanzables, seres olímpicos, amazonas impasibles pese al trajín sexual

La modelo del primero fue Kari-Ann Muller —que unos años después se casaría con Chris Jagger, hermano de ya saben quién—, para la segunda posó Amanda Lear —novia entonces de Ferry y luego musa de Salvador Dalí— y en el tercero aparece la playmate del año de la revista Playboy Marilyn Cole (“no había escuchado nada del grupo, me llevaron al estudio, me dieron el vestido y me rociaron con agua en cada una de las partes donde tenía que hacerlo“, declaró con aguda inteligencia sobre la sesión).

Brian Eno (izq.) y Bryan Ferry - Fotos © Karl Stoecker

Brian Eno (izq.) y Bryan Ferry – Fotos © Karl Stoecker

Stoecker, que había nacido en los Estados Unidos pero vivía en Londres durante los primeros años setenta, se convirtió en uno de los fotógrafos de referencia del glam. No era un artista de conceptos: prefería explotar con naturalidad la imagen turbadora, desconcertante y mágica de los protagonistas del estilo, que era más una idealización de mercadotecnia que otra cosa —Bowie y Brian Eno eran intelectuales de fina inteligencia y alta cultura; Marc Bolan, un encantador macarrilla que aprovechó el momento para amanerarse justo lo suficiente, y Bryan Ferry, un figura que deseaba, sobre todo, reencarnar la pasión que desataban los crooners de los años cincuenta y hacerse millonario lo más rápido posible—.

El fotógrafo parecía llamado a ser, como sus modelos, una estrella rutilante. Hizo trabajos para Amanda Lear en sus oprobiosos tanteos con el pop, una cubierta llamativa para el dúo bizarro Sparks y firmó una de las fotos de la contraportada de Transformer, el disco que convirtió en un superventas planetario a Lou Reed —otro artista mutilado por el absurdo franquista al incluir unos llantos de bebés en una canción—. La foto de Stoecker era el retrato de un marinero sexualmente superdotado, pero lo que había bajo el pantalón era relleno: una banana plástica de tamaño mandingo, un guiño del cantante a su padrino y loca oficial de la jet neoyorquina Andy Warhol.

Arriba izquierda, Amanda Lear en "Siren". Al lado cubierta de "Kimono My House", de Sparks. Abajo, contraportada de "Transformer", de Lou Reed - Fotos © Karl Stoecker

Arriba izquierda, Amanda Lear en “Siren”. Al lado cubierta de “Kimono My House”, de Sparks. Abajo, contraportada de “Transformer”, de Lou Reed – Fotos © Karl Stoecker

No hay glamour en el final de esta historia. Stoecker perdió algunas amistades, cultivó otras peligrosas y desapareció de escena. Durante años malvivió con infraempleos y estuvo varias veces en la ruina, al borde de la indigencia.

Ahora vive en una casa humilde de South Beach, en Miami, y expone fotos en bares de la vecindad para intentar vender alguna copia.

Además de imágenes antiguas de las mujeres olímpicas con que llenó una época de sueños de húmeda purpurina, añade nuevos trabajos a los que llama Glam. Son pobres emulaciones, como si a Disney le encargaran hacerle una portada a Roxy Music.

Stoecker afirma que Bryan Ferry sigue enviándole copias de promoción de los discos nuevos.

Jose Ángel González

Músicos muertos ‘on the road’

El día que murió la música

El día que murió la música

Habitan la carretera —o esas otras formas de senda: las vías de tren, los corredores trazados en el cielo…— y por pura obligación estadística mueren sobre la carretera, on the road, en marcha de un lugar a otro para cantar mañana las mismas canciones que ayer.

En los primeros minutos de la madrugada inclemente del 3 de febrero de 1959 una avioneta Beechcraft Bonanza se estrelló en un maizal de Clear Lake-Iowa (EE UU). Murieron el piloto y los tres pasajeros, los músicos Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper. El impacto de la tragedia todavía es notable en la copia de la vieja portada de diario. Unos años después bautizaron la amarga jornada como el día que murió la música.

Hubo otros fallecidos por impactos y entre hierros, pero no estaban en tránsito laboral: el londinense Marc Bolan, muerto unos días antes de cumplir 30 en el interior de un Mini que conducía su novia, salía de un restaurante y se iba a casa a dormir; el texano Stevie Ray Vaughan, a los 36, cuando se estrelló el helicóptero que lo trasladaba a un curso de golf; Rockin’ Robin Roberts, a los 26, cuando, tras una fiesta muy loca, viajaba en un coche kamikaze que causó una colisión múltiple con incendio; Bobby Fuller, cuyo cadáver (24) fue encontrado en el interior de su coche en Hollywood…

No fueron las primeras víctimas de la urgencia temeraria que reclama el negocio musical. Tampoco serán los últimos. En esta entrada recordamos a otros artistas prematuramente quebrados en automóviles, aviones, trenes…

Ragtime para Al Capone

Pesaba 150 kilos pero la comida no era su único apetito: consumía alcohol y sexo con la misma entrega. Fats Waller, el maestro del piano rag, tocaba tan bien que Al Capone ordenó que lo secuestrasen a punta de pistola para llevarlo a animar una fiesta de cumpleaños. Volvía locos a todos y todas, pero vivía más deprisa de lo que su enorme cuerpo podía aguantar. Murió en 1943 (ataque cardíaco) en la cabina del tren en el que viajaba para la siguiente actuación y la siguiente borrachera. Tenía 39 años.

Desangrada en la Ruta 61

La Emperatriz del Blues, Bessie Smith, tenía malas pulgas.  Siempre estaba dispuesta a la bronca por una mala mirada o una lectura entre líneas. Bebía mucho y cantaba como nadie ha cantado —incluso la adorable Billie Holiday se queda muy atrás en la comparativa—, con sangre y fuego en la garganta. Fue la primera cantante negra de blues rica y famosa (cobraba 500 dólares por actuación en los años veinte, una enorme suma entonces) y murió desangrada, a los 43 años, con un dramatismo casi literario: en la tierra de nadie de la Route 61 —la verdadera carretera de la música, por la que los bluesmen del sur llevaron el veneno a Chicago— tras un accidente de coche. La ambulancia tardó una eternidad en llegar.

Cadáver en un Cadillac azul pálido

La última canción que grabó Hank Williams fue I’ll Never Get Out of This World Alive, Nunca saldré vivo de este mundo. El vaquero más triste murió el uno de enero de 1953, a los 29 años, en el asiento trasero de un Cadillac azul pálido (lo exhiben en un museo) en una gasolinera de Oak Hill, Colina del Roble (Virginia Occidental), mientras iba camino de otra actuación. Estaba consumido por la morfina y los calmantes que necesitaba para paliar el tormento de una espina bífida oculta. Además de la guitarra que había cambiado el rumbo del country y presentido el rock and roll tenía encima un cuaderno escolar con letras de nuevas canciones.

Sin gafas en una noche de lluvia

Clifford Brownie Brown tuvo la mala suerte de madurar como trompetista casi al mismo tiempo que Miles Davis, cuya enorme presencia eclipsaba a todos los rivales. Era un músico limpio —ni heroína ni alcohol— y de gran pegada rítmica que ayudó a consolidar el hard bop, es decir, el jazz contaminado por el rhythm and blues y su latido urbano. En junio de 1956 murió, entre actuación y actuación, cuando el coche que conducía su mujer se salió de la carretera en una noche de lluvia. Ella, que también perdió la vida, era miope y no llevaba gafas, pero se había animado a tomar el volante mientras Brownie echaba una cabezada en al asiento de atrás.

El cadete se llevó una Gretsh rota

Eddie Cochran era tan guapo como Elvis Presley pero bastante más inteligente —en Summertime Blues (1958) hizo el primer alegato generacional y político a ritmo de cuatro por cuatro—. Murió el 16 de abril de 1960, a los 21 años, mientras estaba de gira en el Reino Unido. El taxi en el que viajaba iba a demasiada velocidad, sufrió un reventón en una rueda, patinó y se empotró contra una farola. Cochran salió despedido por una puerta y sufrió letales contusiones en la cabeza. En el taxi viajaba su colega, el también cantante Gene Vincent (Be-Bop-A-Lula), que resultó herido en una pierna y cojeó toda la vida. Con la guitarra Gretsh de Cochran, bastante perjudicada tras el accidente, se quedó el  cadete de policía David John Harman, que aprendió a tocarla y, bajo el apodo de Dave Dee, montó unos años después el grupo Dave Dee, Dozy, Beaky, Mitch & Tich.

Vaquero angelical y conductor borracho

Clarence White aparece en el vídeo anterior a la izquierda, vestido de vaquero angelical, tocando con clase y estilo fingerpicking la guitarra y apoyando a Roger McGuinn en la voz. Hijo de músicos canadienses, White era un virtuoso llamado con frecuencia para acompañar a grupos y solistas del country-rock espacial de la segunda mitad de los años sesenta (Gram Parsons, Emmylou Harris, Ry Cooder…). El 15 de julio de 1973, mientras cargaba equipo en una furgoneta para salir a tocar, fue atropellado por un conductor borracho y murió en el acto. Tenía 29 años.

El soul murió en un lago helado

Otis Redding estaba llamado a ser el gran renovador del soul. Era una demasía: la mejor voz, el más alto voltaje escénico, un enorme compositor y arreglista. Incluso los hippies —muy poco amigos de la música racial— se habían quedado pasmados tras verlo en el Festival de Monterey, donde incendió la noche y dejó en evidencia a los grandes ídolos blancos. El 10 de diciembre de 1967, a los 26 años, murió al caer la avioneta en la que viajaba en las aguas heladas de un lago. Estaba de gira con su grupo, The Bar-Kays, dos de cuyos músicos también fallecieron en el accidente. Tres días antes, Redding había grabado la canción con la que daba a su carrera un giro radical y la acercaba a la sensibilidad beatle: (Sittin’ On) The Dock of the Bay.

La cubierta profética

Tres días antes habían editado el disco Street Survivors (Supervivientes callejeros), en cuya portada aparecían entre llamas. El 20 de octubre de 1977, el grupo Lynyrd Skynyrd, sureños, bebedores, eléctricos, alquiló una avioneta para ganar tiempo en una apretada y exitosa gira. La aeronave se estrelló en un bosque y en el accidente murieron seis personas, entre ellos el cantante Ronnie Van Zant (29 años), el guitarrista Steve Gaines (28) y su hermana y vocalista Cassie (29). Uno de los supervivivientes, mal herido, logró llegar a una granja para pedir ayuda pero el propietario le dió un tiro creyendo que se trataba de un prófugo de una penitenciaria. La avioneta había sido rechazada previamente por el grupo Aerosmith porque el piloto y el copiloto no paraban de beber bourbon mientras tripulaban el aparato.

 Ánxel Grove