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Keiichi Tanaami o cómo convertir el trauma en surrealismo pop

Arte pop, psicodelia, neo-dada japonés, ilustración, diseño, animación… Keiichi Tanaami es una de esas rara avis, pájaros extraños de coloridos plumajes, que han sabido hacer del trauma y delirio su escudo de vanguardia.

Nació en 1936 en Tokio. La guerra laceró su infancia – territorio emocional que debería ser la obligada patria neutral-; presenció las bombas incendiarias que arrasaron las casitas de madera de la capital japonesa durante la contienda, tras el ataque a Pearl Harbor, y que regresarían después convertidas en oníricos diseños en su visión surrealista pop. Define su trabajo como “una forma grotesca de belleza”.

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Venden el lisérgico Palacio de las Burbujas de Pierre Cardin: 350 millones

Vista general del Palacio de las Burbujas. Foto: www.palaisbulles.com

Vista general del Palacio de las Burbujas. Foto: www.palaisbulles.com

Visto a ojo de pájaro el Palais Bulles (Palacio de las burbujas) parece un decorado para una (mala) película sobre un improbable futuro en el que Mi pequeño poni dominase la Tierra. Ningún otro ser vivo es apropiado para residir en esta casa enloquecida. Una excepción: Pierre Cardin, el audaz y extravagante diseñador de artículos de lujo que en julio cumplió 94 años y que fue propietario de la construcción desde 1995 —no consta que la haya habitado nunca durante un plazo superior a un fin de semana—.

Ahora la tienen en sus catálogos de venta varias exclusivas inmobiliarias, de esas que dejan la grosería de hablar de dinero para los menesterosos. Algunas estimaciones hablan de un precio de salida de 350 millones de euros. Otras emplean la expresión “precio según demanda” y se escudan en que se trata de un “inmueble revolucionario”.

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“Peyote Queen”, un corto de cine realizado sin cámara en 1965

Fotrograma de "Peyote Queen", 1965

Fotrograma de “Peyote Queen”, 1965

Lillian Malkin, nacida en 1912 en Nueva Jersey (EE UU), tuvo un par de buenas razones para rebautizarse como Storm (en inglés, tormenta). La primera, nunca quiso saber de su familia paterna, que la consideraba una loca y esperaba de ella un destino más femenino que el artístico. La segunda, acaso más trascendental, era el ímpetu que anidaba en su espíritu, el soplo de vendaval que la obligaba a pintar, escribir y, desde principios de los años sesenta, a hacer cine.

Storm de Hirsch —el apellido le vino dado por su matrimonio con otro artista, bohemio como ella, del que no han quedado rastros en los anales— tenía un problema para producir cine por las vías tradicionales: no le sobraba el dinero y no conocía a nadie que le prestara una cámara. Decidió, haciendo honor a su nombre artístico, con la contundencia radical de una tormenta: cine sin cámara de cine.

Peyote Queen (La Reina Peyote), un corto culminado en 1965, fue realizado por la artista rascando, pintando, mutilando y mancillando la película. La directora esculpió un cortometraje de cine sin la intervención de cámaras.

“Quería con toda mi alma hacer un corto de animación, pero no pude conseguir una cámara. Me hice con película virgen y cintas de audio de 16 milímetros y usé una serie de instrumentos quirúrgicos usados y destornilladores para cortar y rascar sobre la emulsión. También pinté con rotuladores algunas escenas”, explicó la autora.

Y listo. El resultado, con una banda sonora percusiva étnica de origen desconocido, es un viaje hacia el trance que causó la admiración del underground neoyorquino cuando el corto fue proyectado en algunas galerías de los circuitos off. El cineasta Jonas Mekas, diez años más joven que De Hirsch, consideró el trabajo “bello y excitante” y lo situó entre lo mejor de la vanguardia artística psicodélica de los años sesenta.

La directora siguió haciendo cine-guerrilla durante casi una década. Siempre con presupuesto de producción cercano al coste cero y siempre con soportes pobres, sobre todo súper 8.

De la obra de esta mujer valiente y creativa no queda apenas nada en la supuestamente plena recopilación de sabiduría de Internet: he encontrado el corto Divinations, una entrada en la siempre loable UBUWEB y una sola nota biográfica que merezca cita. Se apunta en esta última que cayó enferma de Alzhéimer y fue internada en una institución hospitalaria.

La directora de Peyote Queen murió, dice la Underground Film Guide, en 2000. La canónica Internet Movie Databaseno precisa fechas. No he logrado dar con ningún obituario. Occidente no paga a heterodoxos.

Ánxel Grove

45 años de “Music from Big Pink”, el disco que acabó con los excesos de la psicodelia

© Elliott Landy

“Next of Kin” © Elliott Landy, 1968

Primero, el momento: 1968, año de vuelos astrales, she’s leaving home, dinamitando a la familia, jergas secretas, saris para ella y abrigos afganos para él, far out, “¿sabes que los Beatles van a parar la guerra de Vietnam?”, quemando libros de texto (y alguno de T.S. Eliot, a la pira también), lo quiero todo y lo quiero ya…

¿Qué pensar si encuentras esta foto de parranda consanguínea al desplegar la carpeta de un disco editado cuando el mundo se entrega a la celebración psicodélica?

La imagen se titula Next of Kin (familiares cercanos) y está poblada por presuntos partidarios de la trama patriarcal a los que juzgas, como buen hijo del espíritu de 1968, según la calaña de los abrigos de las señoras, las medias de domingo de las niñas y el aspecto general de gente que puede manejarse con un tractor. Eres capaz de detectar los orines del ganado que crían, no con la intención de contribuir a la paz celeste sino para comerlo, convenienemente troceado y a la parrilla. Detectas que comparten café con el agente de policía del pueblo, que consultan los diarios de provincias, que prefieren el bourbon a la marihuana, que no saben quién demonios es Mary Quant ni conocen el significado de ninguna de estas palabras: groupie, dude, foxy, groovy, hip…´

Las 33 personas de la foto —una cifra no buscada por aspiraciones cabalísticas o bíblicas, pero a la que se pueden aplicar ambas condiciones— no son el mejor elenco para hacer amigos en 1968: los primos Anette y Paul, las sobrinas Lori y Maury, la abuela Smith, el tío Lelo y Mamá Leola, la tía Jean… Ahora es posible saber quién es quién en la imagen, pero en 1968, cuando te cae el disco en las manos, ni siquiera logras dilucidar dónde están los músicos de no ser porque en el lado contrario de la carpeta  aparece otra foto.

The Band, 1968 © Elliott Landy

The Band, 1968 © Elliott Landy

Podrían ser enterradores o difuntos, pistoleros o tahúres, tienen aspecto de atemporal suficiencia y de conceder escasa importancia a la idea engañosa de lo contemporáneo. Prefieren la grandeza moral del negro a la degeneración estrambótica de la paleta de colores del hippismo y nada de lo que llevan puesto ha sido comprado en una boutique, aunque sí, quizá, pedido prestado a los padres, a quienes respetan y admiran. Han llegado a la conclusión, después de tocar en burdeles y bares que podrían ser casas de reposo pero también manicomios, de que lo moderno siempre se conjuga en pasado.

Desde la izquierda: Rick Danko (26 años), Levon Helm (28), Richard Manuel (25), Garth Hudson (31) y Robbie Robertson (25). Cuatro canadienses y un granjero de Arkansas, Helm, que se había retirado de la música para trabajar en una plataforma petrolífera del Golfo de México. Le llamaron: “Tenemos algunas canciones que sólo tú puedes cantar. Ven a las Catskills”. Habían alquilado una casa de dos cuartos, un sótano y lejanía suficiente —los montes del estado de Nueva York— y querían hacer música con la revolucionaria intención de divertirse cuando el objetivo generacional era la pasarela.

Hace 45 años, estos cinco tipos, hasta ese momento solamente conocidos como músicos mercenarios —primero acompañando a Ronnie Hawkins, un rocker canalla y grasiento, y después a otro loco, un tal Bob Dylan— y a partir de ahí llamados The Band, editaron Music From Big Pink, uno de los escasos discos de los que es posible afirmar que ennoblecen al género humano, una obra que demuestra que el rock no puede viajar en limusina porque necesita un vehículo con bastante más espacio, acaso un tren de vapor poblado de negros rumiando blues, predicadores espantando al demonio con el agua bendita del góspel, vaqueros brutos capaces de pegarte un tiro y escribir una canción para contar cómo te desangraste, señoras de los Apalaches con batas floreadas y ánimo podrido, camioneros que imaginan compases en las noches infinitas de las highway

En lo que a mí respecta, es el único disco sustancial. Lo podría escuchar desde el primer café hasta el último bostezo. No concibo que tenga 45 años porque acaba de nacer.

Dado que no tengo a mano o no alcanzo a encontrar las palabras apropiadas, les propongo que opriman el play de este vídeo. Contiene el álbum completo, única prueba necesaria para sostener su grandeza.

Estamos ante un artilugio que no está sometido, como el resto de sus hermanos de añada —Electric Ladyland, We’re Only in It For The Money, Beggars Banquet, The Beatles, Waiting for the Sun, Cheap Thrills, Wheels of Fire… y toda aquella sinfonía causada por el exceso de egolatría y el LSD— a la condena irrefutable que dicta el tribunal del tiempo. Si esos álbumes huelen a arqueología y materia de reflexión universitaria, Music from Big Pink rezuma mugre y vida: es una colección de cantos marinos, baladas de lagrimeo, cuentos morales, escenas sexuales en el arroyo, letanías sobre el fardo que cargamos colectivamente hasta que nos morimos y entonces se lo pasamos a otros, lamentos y sumisiones, canciones que demuestran que la telepatía pasado-futuro existe, que las ventanas deben estar abiertas, que los abuelos son superiores a los nietos, que la serenidad puede ser un ladrido, que la textura es el único virtuosismo que merece la pena…

"Music From Big Pink" (1968)

“Music from Big Pink” (1968)

Nacido en el sótano de una casa de montaña alejada de los vértices urbanos sobre los cuales giraban las galaxias del rock vanidoso y excesivo (en el sentido nocivo) de finales de los años sesenta —Londres, San Francisco, Los Ángeles, Nueva York…—, ensayado ante una grabadora de bobinas y cuatro micrófonos baratos, tocado sin ansias de volumen ni estridencia, Music from Big Pink dejó boquiabiertos a todos por la pureza y la tensión de un manojo de piezas tocadas en círculo y sin apenas amplificación: los Beatles —por intermediación de George Harrison, que estuvo de visita en las sesiones— decidieron olvidarse de mandangas y volver a ser un grupo de rock para decirnos adiós (no es casual que Don’t Let Me Down, quizá la mejor canción de los meses finales de la banda, parezca una prolongación de los temas de The Band); Eric Clapton cortó con el proyecto megalomaníaco de Cream para volver a  la sencillez; Roger Waters acaba de declarar que Pink Floyd nunca hubieran sido quienes son sin Music from Big Pink…

The Band, en Big Pink

The Band, en Big Pink © Elliott Landy

¿Qué fue de los actores que hace 45 años editaron uno de los mejores discos de la historia saliendo de la nada?

Rick Danko, el de corazón más sensible, sufrió un grave accidente de tráfico en 1968. Padeció un abusivo dolor de espalda durante el resto de su vida. Sólo se sentía en paz cuando se picaba heroína. Murió el 10 de diciembre de 1999 mientras dormía, a los 56 años.

Richard Manuel, la voz más bella de su tiempo, se ahorcó en un motel de Winter Park (Florida) el 4 de marzo de 1986. Vivía en la depresión, era alcohólico y consumidor de heroína.

Garth Hudson, mago de los teclados y lo imprevisto, edita discos melindrosos con su mujer, Maud. Vendió la grabadora Uher con la que se gestó Music from Big Pink. a la corporación que gestiona los Hard Rock Café.

Robbie Robertson, el gran compositor y guitarrista de mano telegráfica, se dedica a las bandas sonoras de las películas de su amigo Martin Scorsese, a la exploración etnográfica de sus orígenes mohawk y a cultivar las apariencias en las fiestas de clase alta.

Levon Helm, que cantaba como un soldado agonizante en las trincheras y tocaba la batería con el cuello torcido y el ceño de un hombre enfermo, grabó un montón de discos, peleó diez años contra el cáncer, apoyó las guerras de castigo de George W. Bush y murió en 2012 a los 72 años.

Big Pink

Big Pink

Big Pink. La Casa Rosada del 2188 de Stoll Road con Parnassus Lane, West Saugerties, estado de Nueva York, escenario del milagro, sigue en pie. Es propiedad de una pareja de músicos que han montado un estudio de grabación en el sótano. No los creo cuando afirman que no hay fantasmas en la casa.

Ánxel Grove

El mejor cartelista pop del siglo XX lo dejó todo por Picasso

El escritor Yukio Mishima, que no era nada dado a las complacencias, sobre todo si perturbaban la pureza integral japonesa que buscaba con afán, dijo sobre las obras perturbadas y explosivas de Tadanori Yokoo:  “Revelan todas las cosas insoportables que los japoneses tenemos dentro de nosotros mismos y nos convierten en gente enojada y asustada. Son explosiones que se parecen aterradoramente a la vulgaridad de las vallas publicitarias de espectáculos de variedades de las fiestas, a los santuarios dedicados a las víctimas de guerra y a los contenedores de color rojo de Coca Cola en el Pop Art de los EE UU… Es lo que hay en nosotros pero  no queremos ver”.

Yokoo (nacido en 1936) quizá sea el mejor cartelista pop del siglo XX. Su grandeza, condensada con precisión por su amigo Mishima (que aparece con frecuencia en los collages de Yokoo), tiene que ver con la pluralidad de la mirada, al mismo tiempo explosiva, psicodélica, intoxicada, mística y nostálgica… Ninguno de los más famosos y venerados autores de pósters y diseños gráficos de los últimos setenta años llega a tal altura: comparado con el japonés, Peter Max es santurrón ; Peter Blake, amanerado; Andy Warhol, estúpido; los cartelistas hippies de la Costa Oeste de los EE UU —Rick Griffin, Alton Kelley, Stanley Mouse y Victor Moscoso—, insulsos…

Quizá el único hermano de Yokoo sea el visionario alemán Matu Klarwein, muerto en 2002, tras pintar cuadros que en realidad eran mandalas, como el inolvidable Nativity que muestra a una mujer mulata y desnuda sobre un paisaje donde un hongo nuclear convive con elementos gráficos budistas.

Yokoo también llegó al conocimiento a través de la India, que visitó con frecuencia desde mediados de los años sesenta. Si antes sus fotomontajes nacían de la tradición japonesa del grabado, a partir del encuentro con el budismo el artista gráfico plagó su cartelería con múltiples avatares de Krishna, Kali, Buda, Lokapali, Yami y muchos de los otros vecinos del santoral budista. Los mezcló con la opción de ver el mundo a través de la reforzada claridad de la psicodelia.

Autor de decenas de cubiertas de discos —entre ellos bastantes de Santana y un par de Miles Davis— y carteles de conciertos de rock y pop, a Yokoo le sucedió algo trascendental en 1981. Tras visitar una retrospectiva de Picasso, decidió apartar de su obra todo aquello que fuese “arte comercial” y dedicarse a la búsqueda solitaria y sin referentes de la pintura. El iluminado se dejó iluminar.

Ánxel Grove

El regreso de Shuggie Otis, el niño prodigio del soul-rock sicodélico de los setenta

Johnny Otis y Shuggie

Johnny Otis y Shuggie

El hombre que posa con su hijo en la cabina de una estación de radio es Johnny Otis, que murió hace un año, poco después de cumplir 90 y justamente tres días después del fallecimiento de Etta James, la cantante a la que había descubierto y producido  el primer single, Roll With Me Henry (1951).

Apuntado inicialmente en los registros como Ioannis Alexandres Veliotes, Otis era hijo de griegos emigrados a los EE UU y dueños de un ultramarinos en Berkeley (California). El chaval destacó pronto como gran compositor y formidable adivino. Sus discos de la primera mitad de la década de los cincuenta, es decir, previos al advenimiento del rock and roll, prefiguran el género: es uno de los compositores, toca la batería y produce Hound Dog, cantado por Big Mama Thorthon en 1952 y copiado por Elvis Presley unos años después, y lo hace todo en el inmortal Willie and the Hand Jive (1958), una de las más incendiaras piezas de los años de la conmocción.

Pero no me interesa hoy hablar del padre, sino del niño que está en su regazo: Johnny Alexander Veliotes Jr., nacido en 1953, que también decidió pasar de la identidad griega y rebautizarse como Shuggie Otis.


Cuando era un adolescente de 14 años, Shuggie Otis ya frecuentaba, como guitarrista superdotado, las sesiones de estudio de algunos de los músicos que grababan en Los Ángeles para su padre. Entre 1969 y 1974 editó tres discos como solista con canciones propias que maridaban los ritmos funk, la calentura soul y los devaneos astrales de la psicodelia. Los dos primeros —Here Comes Shuggie Otis (1969) y Freedom Flight (1971)— son excelentes,  pero el tercero, Inspiration Information (1974), en el que toca él mismo casi todos los instrumentos, es uno de esos discos que resulta obligatorio escuchar antes de morir.

"Inspiration Information", 1974

“Inspiration Information”, 1974

El álbum, que sigue manteniendo vigente su frescura y fue reeditado en 2001 por Luaka Bop, el sello de David Byrne, es un disco panorámico a la manera de los de John Coltrane, Jimi Hendrix o Sly & The Family Stone —desentendidos de la sujección a patrones de género y abiertos a cualquier fuente donde latiese el sentimiento—.

Además de la vibrante Inspiration Information, el álbum transita por la picardía de  Sparkle City, el clima sedoso y caliente de Outtamihead y la balada Island Letter. No es exagerado advertir que Prince considera el disco uno de los mejores de la historia de la música negra.

Shuggie vió como el éxito de sus grandes composiciones le sonreía a quienes las versionaban: Strawberry Letter 23 fue un hit mundial cantada y tocada por los The Brothers Johnson , que la introdujeron en las discotecas de medio mundo.

Foto reciente de Shuggie Otis

Foto reciente de Shuggie Otis

Nada apresurado y con tendencia a la reclusión, el músico rechazó una invitación a integrarse en los Rolling Stones durante una gira mundial y tampoco dió el beneplácito a la oferta del productor Quincy Jones para grabar un disco a sus órdenes.

Ahora se anuncia la edición —programada para abril— del disco perdido de Shuggie Otis, Wings of Love, una colección de canciones grabadas entre 1975 y 2000 que nunca cuajaron en álbum. Van a ser publicadas en un solo disco con una nueva reedición de Inspiration Information.

Aunque ha perdido rango vocal, el músico, que está de gira por Europa y los EE UU (“llevaba demasiado tiempo encerrado en casa”, ha declarado), sigue mostrando, según las crónicas, su riquísima técnica como guitarrista.

Ánxel Grove

El suceso musical del año: editan las cintas perdidas de Can

"The Lost Tapes" (Can)

"The Lost Tapes" (Can)

Entre 1968 y 1977 en la burguesa ciudad alemana de Weilerswist, veinte kilómetros al sur de Colonia y a tiro de piedra de la frontera con Holanda, la pausada vida luterana centroeuropea era quebrada por las vibraciones dionisíacas generadas por un grupo de  comedores de hongos psicoactivos y sustancias químicas de similares efectos aperturistas.

Los músicos de Can se encerraban en su estudio campestre y volaban. Dos de los fundadores del grupo, el teclista Irmin Schimdt y el bajista Holger Czukay, eran desertores de la música clásica, capaces de interpretar a Brahms y de reconocer que Brahms era, sobre todo, profundamente aburrido.

Del compositor Karlheinz Stockhausen, a cuyas clases académicas habían asistido ambos, aprendieron a gozar de la electrónica, el serialismo, la música espacial y el punctualismo. De la Velvet Underground admiraban la capacidad de corromper el pop con ruido controlado y feedback. De Sly Stone y James Brown tomaron la consideración del síncope como componente primario. De la música africana, la posilibilidad de alcanzar la embriaguez mística con la sola ayuda del ritmo encadenado.

Can

Can

En 1968 montaron una primera unidad de vanguardia. Se llamaban, de manera muy apropiada, Inner Space. El nombre era demasiado textual, se lo pusieron al estudio de grabación y sustituyeron el del grupo por unas siglas no menos reveladoras: CAN, de comunismo, anarquismo y nihilismo.

No era una declaración ideológica sino musical. Can practicaba la “composición instantánea” de canciones que nacían al tiempo en que eran interpretadas y mientras los músicos se comunicaban entre sí por lo que llamaban “telepatía del ritmo”. Nada amigos de explicarse, sino de ofrecer descargas epifánicas que trasladaban a  los oyentes a otros confines, Czukay fue quien más se acercó a una declaración de pretensiones: “La ineptitud es la madre de la carencia y la carencia es la abuela de las actuaciones imaginativas”. Ya ven, actitud punk a principios de los setenta.

A la comunidad se unieron otras almas en busca de elevación: primero el batería Jaki Liebezeit y el guitarrista Mikel Karoli y más tarde, el cantante, poeta y artista Malcom Mooney y, para sustituir a éste —aquejado de paranoia clínica—, el nómada japonés Damo Suzuki, que improvisaba las letras y siempre se negó con radical vehemencia a transcribirlas en papel.

El grupo grabó discos que asombraban por su libertad. La trilogía consecutiva Monster Movie (1969), Tago Mago (1971) y Ege Bamyasi (1972) los convirtió en el mejor grupo europeo de entonces (Reino Unido incluido) en la construcción de madejas improvisadas donde el funk rítmico se combinaba con el jazz libre, el ambient repetitivo que prefiguraba el trance y la psicodelia. Casi veinte años después comenzaron a ser citados como precursores por Joy Division, Talking Heads, John Lydon, Radiohead, The Fall, Sonic Youth, The Mars Volta, The Jesus and Mary Chain, The Flaming Lips… Incluso Kanye West ha sampleado a Can.

Era conocido que Can registraba casi todo lo que interpretaba en las largas sesiones de grabación de Inner Space, que a veces se prolongaban durante noches enteras. Sin embargo, la venta del estudio y su traslado de ciudad, hizo que las cintas se traspapelaran. Tras un trabajo de búsqueda de dos años, varias bobinas con 30 horas de grabación fueron encontradas en un viejo mueble archivador. El 18 de junio la discográfica Mute anuncia la edición del disco triple The Lost Tapes (Las cintas perdidas). Irmin Schmidt ha participado en la reconstrucción y nueva mezcla del material.

No se trata de una recopilación de descartes o tomas alternativas, sino de música original que no llegó a los discos por razones de espacio. Si juzgamos por lo único que se ha filtrado —los salvajes tres minutos y medio de Millionenspiel del vídeo de abajo—, estamos ante el suceso musical del año.

Ánxel Grove

¿Recuerdas a Van der Graaf Generator?

El grupo que interpreta música dislocada en el vídeo, procedente de una grabación de 1970, es una de las ovejas negras del rock británico: Van der Graaf Generator, banda extraña que sobrevive de aquella fértil camada de exploradores siderales y cacofónicos que emergieron de la psicodelia posthippie, se aventuraron a forzar los límites del rock y acercarlo a la sensibilidad clásica y, sobre todo, reventaron la tantas veces agotadora fórmula verso-coro-verso y la abrieron a la improvisación.

El grupo, que en 2012 cumple 45 años desde su fundación (1967), es una de las formaciones menos previsibles que conozco. Un oyente de su último disco,  A Grounding in Numbers (2011), que careciese de información, podría datarlo en 1970, en 1990 o en 2000. Que el tiempo se diluya en las canciones y pierda su carácter de juez riguroso es uno de los mayores elogios que se me ocurren para una obra musical.

Van de Graff Generator, en torno a 1972

Van de Graff Generator, en torno a 1972. Peter Hammill, sentado.

Van der Graaf Generator fueron entre 1969 y 1972 un grupo semi secreto. Nunca se lo pusieron fácil al público —cambio de integrantes, carreras paralelas (la familia de la banda es amplísima) y poco afán de ingresar en los circuitos mainstream— ni a la crítica —discos complicados, manieristas y complejos donde había arreglos de free jazz y convivían el ruidismo y la electrónica—, pero consiguieron ganarse a una fiel legión de admiradores por su tendencia al riesgo y las existenciales letras del líder y cerebro Peter Hammill, una de las personalidades más fascinantes del rock, gran poeta y cantante de amplio rango tonal al que han llamado “el Hendrix de la voz”.

Editados en secuencia, los cuatro  primeros álbumes, The Aerosol Grey Machine (1969), The Least We Can Do Is Wave to Each Other (1970), H to He, Who am the Only One (1970) y Pawn Hearts (1971), fueron obras  majestuosas, apocalípticas y valientes que valieron al grupo la condición de formación de culto y la admiración de notables contemporáneos, como el guitarrista e ideólogo de King Crimson Robert Fripp.

"Pawn Hearts" - Van der Graff Generator, 1971

“Pawn Hearts” – Van der Graff Generator, 1971

Van der Graff Generator (o VGG, como a menudo se les conoce) se ha mantenido activo, sobre todo gracias a la inspiración al parecer inagotable de Hammill, cuya carrera en solitario —con incursiones en la música concreta y ejercicios vocales extremos que  anunciaban el punk— merece otro capítulo. Su último disco, el álbum doble en directo, Pno Gtr Vox (2012), le presenta como uno de los mejores intérpretes de su generación. Pese al ataque al corazón que le llevó al borde de la muerte en 2003, sigue en la carretera. “Es mi trabajo, tengo que pagar los recibos”, acaba de declarar en una entrevista.

Los cuatro discos cacofónicos, volátiles y radicales que Van der Graff Generator publicó entre 1969 y 1971, piezas de marasmo instrumental y voz de jungla sobre aislamiento, amor truncado y alienación, siguen mereciendo un repaso y no el inmerecido olvido que padecen (excepto, no me pregunten por qué, en Italia, donde Pawn Hearts fue número uno en ventas y el grupo tiene una legión inagotable de fans).

Ánxel Grove

Psicodelia de boutique vintage

Neil Krug - "On the Road"

Neil Krug - "On the Road"

Todo este asunto de lo vintage empieza a oler tan mal como el meconio de un recién nacido.

Neil Krug, por ejemplo. Tiene 25 años. No los suficientes para ser notable. Rimbaud sólo hubo uno.

Dado que los agentes de Krug, también saben, como usted y yo, que el único privilegio de la juventud es que puedes llevar una camiseta con el logotipo de Atari sin caerte muerto de vergüenza, pintan la dentadura del caballo regalado. Krug, nos dicen los vendedores, “tiene ojos jóvenes en un alma vieja”.

Va de eso, ¿no? Puedes ser joven y jugar a mirar como un viejo, pero no se te ocurra ser viejo y mirar como un joven. Terminarás en las listas de pedófilos.

¿Cómo mira Krug? En principio, en cantidad. Se pelean por él.

Ha firmado editoriales de moda, campañas de promoción y vídeos para grupos musicales, digamos, modernos (Ladytron, DRI, Boards of Canada, White Flight…); ha montado un proyecto difuso titulado Pulp Art Book con una modelo rubia muy guapa; ha retratado a Devendra Banhart medio en pelotas -no tiene mérito, lo sé, D.B. ya nos ha enseñado sus partes tantas veces que cansa, pero lo apunto a título informativo-  y está preparando un primer largometraje, Invisible Pyramid.

Vamos, que Neil Krug no se pasará por la plaza Zuccotti de Nueva York para reclamar que le devuelvan lo que es suyo. Está ocupado acaparando.

Neil Krug - "Pulp Art Book"

Neil Krug - "Miles Davis - Blue Flame"

Los admiradores de este joven fotógrafo -“con alma antigua”- destacan que utiliza un lenguaje muy vintage (supongo que hablan del desenfoque de la mayoría de las imágenes, porque los trapitos son de boutique y las localizaciones, de producción de alto presupuesto), que prefiere las cámaras analógicas (ya te digo, como casi todos los buenos fotógrafos) y que tiene una mirada muy psicodélica.

Con la expresión mirada psicodélica deben referirse a los brutales contraluces mal resueltos, las múltiples exposiciones, la cámara lenta en los clips y la ropita de náyades que le coloca a todas sus modelos femeninas, porque lo que se entiende por psicodelia -percepción ampliada, estimulación intensa de los sentidos y salida al exterior de los elementos ocultos de la psique-, hay poquita. A no ser que poner un Winchester en manos de una chica destapada, con dos rayajos en la cara y una pluma colgando del lóbulo afecte la percepción de alguien. Lo cual es posible, no lo discuto.

Neil Krug - "Miles Davis - Blue Flame"

Neil Krug - "Miles Davis - Blue Flame"

Krug acaba de colocar en su Facebook el montaje de la derecha. Dice: “Si amas la música de Miles Davis tanto como yo, vota por mi obra de artepara que sea su próxima portada”.

¿Qué le haría Miles de estar aquí? El negro boxeaba, pintaba y sabía algo de psicodelia. La presunta cubierta que propone Krug permite suponer al menos una rotura de tabique nasal.

En fin. He traído a Xpo a este chaval que ha pillado Zabriskie Point en la videoteca de papá y mamá y se ha quedado colgado, quizá pensando que Antonioni era un director italiano de segunda (de culto, dicen los vintage) del que no nos acordamos.

Mi compañera de blog no para de decirme que para elevar a los cielos a unos siempre condeno al infierno a otros. Mi compañera de blog siempre cala mis defectos. Por tanto, lo dejo aquí. Sin meterme con nadie más que con el miserable Krug y quienes aplauden su mirada. Peyote en el Kellog’s les servía yo a todos como dieta única.

Ánxel Grove

Demasiado ‘money’ en Pink Floyd

Algunos de los discos de Pink Floyd

Algunos de los discos de Pink Floyd

Sobre un adecuado ritmo bluesy de  de 7/8, la canción alertaba: Money, so they say / is the root of all evil today (Dinero, eso dicen / Es la raíz de toda la maldad de hoy).

Money, una de las piezas más tarareadas en los locales de consumo masivo de cerveza del mundo, quizá no esté entre lo mejor de Pink Floyd, un grupo de indiscutible genio, pero la canción ha terminado por ser un perfecto telón de fondo para una de las mayores maquinarias mercantiles del pop contemporáneo.

Otro capítulo de la inagotable explotación financiera del catálogo musical de Pink Floyd comenzó esta semana con el inicio del escalonado lanzamiento de toda la discografía del grupo. Antes ejercieron una buena, por efectiva, campaña de mercado previa: el cerdo volador Algie sobre Londres; anuncios de escueto y misterioso contenido con el lema Why Pink Floyd?, ¿Por qué Pink Floyd?; entrevistas bien dosificadas con el archivero oficioso de la banda, el baterista Nick Mason.

El nuevo 'Algie' sobrevoló Londres hace unos días © EMI Music Group 2011. Photographer: Anna Weber.

El nuevo 'Algie' sobrevoló Londres hace unos días © EMI Music Group 2011. Foto: Anna Weber.

Pregunta inevitable: ¿no estaba ya al alcance de cualquiera la discografía de Pink Floyd?

La respuesta es sí y, además, a precio adecuado para los bolsillos fríos de estos tiempos miserables.

Casi todos los 14 álbumes en estudio del grupo, sus varias recopilaciones, discos en directo y antologías de rarezas están a la venta desde hace décadas en las series de precio medio (en España, donde los almacenistas toman al cliente por tonto, a entre 12 y 15 euros por pieza; en Europa, a la mitad).

Entonces, ¿a qué viene todo este ruido sobre el relanzamiento mundial de la obra completa de Pink Floyd?

Tres posibles explicaciones. Uno: los sucesivos juicios millonarios entre los músicos han dejado un poco tocados sus saldos y necesitan facturar algo de esa cosa tan perniciosa llamada money.

Dos: es la última oportunidad de sacar tajada del disco como soporte físico antes de que las descargas en formato digital lo manden al cementerio.

Tres: el éxito de la jugada está asegurado. Los fans de Pink Floyd son tan compulsos como los de los Beatles y no le harán ascos a nuevos productos.

"The Discovery Studio Album Box Set"

"The Discovery Studio Album Box Set"

Lo que se nos viene encima tiene varias fases. Ayer se pusieron a la venta ediciones remasterizadas de los catorces discos de estudio en una edición que llaman Discovery (unos 25 euros cada uno).

También lanzaron un cofre con todos juntos (a unos 200 euros con el gancho habitual de las fotos inéditas en el librillo añadido) y dos ediciones de The Dark Side of the Moon (1973): una titulada Experience (20 euros) con el disco original más la desastrosa primera presentación en directo en Londres y otra (Inmmersion, algo más de 100 euros) con seis álbumes donde hay demos y ensayos.

Entre noviembre y febrero repetirán la maniobra con los discos Wish You Were Here (1975) y The Wall (1979).

¿Sorpresas? Tratándose de uno de los grupos más venerados y, por ende, pirateados de la historia (este banco de datos es mareante en cantidad), casi ninguna. Ensayos, tomas y mezclas desechadas y poco más.

Para explotar el síndrome de los fanáticos se anuncian, por ejemplo, novedades tan absurdas como “efectos sonoros de la tripulación de la nave Apollo 17 comunicándose con la Tierra”. Lo único que llama la atención es una colaboración inesperada del violinista francés de jazz Stéphane Grappelli en una versión, finalmente no editada, de Wish You Were Here.

Pink Floyd en 1968. Eran un quinteto. Desde la izquierda, Nick Mason, Syd Barrett, David Gilmour, Roger Waters y Richard Wright

Pink Floyd en 1968. Eran un quinteto. Desde la izquierda, Nick Mason, Syd Barrett, David Gilmour, Roger Waters y Richard Wright

El sonido de las cajas registradoras es una buena percha para colgar un somero y frívolo, Cotilleando a… uno de los grupos musicales más deslumbrantes de la historia, Pink Floyd:

1. Top sellers. De acuerdo con los datos de las empresas discográficas -no siempre ciertos: suelen tender a hincharlos-, Pink Floyd ha vendido más de 200 millones de copias de sus discos en todo el mundo. Por encima están los Beatles y Elvis Presley (600 millones cada uno), Michael Jackson (350),  Madonna (275) y Elton John (250). The Dark Side of the Moon es el tercer disco más vendido de todos los tiempos, con 45 millones de unidades. Los dos primeros son Thriller, de Michael Jackson (110 millones) y Back In Black, de AC/DC (49).

2. Millonarios. Según la lista de este año de las personas más ricas del negocio musical en el Reino Unido, publicada anualmente por The Sunday Times, la salud financiera de los tres propietarios de la marca Pink Floyd es bastante buena (aunque, al parecer, quieren más). Roger Waters aparece en el puesto 22º, con una fortuna personal de 120 millones de euros. David Gilmour, en el 25º, tiene 97 millones, y Nick Mason (41º), 50.

3. Especuladores esquilmados. En 1976, para intentar reducir su aportación a los impuestos públicos, Pink Floyd firmó un contrato con una asesoría financiera, Norton Warburg Group, que propuso invertir los activos del grupo en productos especulativos de alto riesgo. Los músicos aceptaron y salieron escaldados: los ingenieros financieros se quedaron con la pasta y dejaron a Pink Floyd con una enorme deuda con el fisco.

4. Grupo con perros. La perra afgana del vídeo anterior se llamaba Nobs. La grabación, de la primavera de 1972, es parte de la película Pink Floyd: Live at Pompeii (Adrian Maben). La canción, uno de los pocos blues puros de la discografía del grupo, había aparecido en origen en el álbum Meddle (1971) con el título de Seamus, el nombre del perro que cantaba en la pieza con David Gilmour en la vieja tradición de los bluesmen ciegos acompañados por los aullidos de sus lazarillos. A Seamus le había enseñado a cantar un colega del grupo, el gran Steve Marriott (1947-1991), líder de Small Faces y Humble Pie. Seamus tiene página própia en la Uncyclopedia, donde se le presenta como “el quinto miembro no oficial de Pink Floyd” y se asegura que dejó el grupo por “graves desavenencias” con el gruñón Roger Waters.

Pinkfloydia harveii

Pinkfloydia harveii

5. Araña pinkfloydiana. Dos científicos descubrieron este año un nuevo género de arañas en el occidente de Australia. Las bautizaron como Pinkflodya en honor a su grupo favorito. Los investigadores se llaman Dimitar Dimitrov y, lo juro, Gustavo Hormiga.

6. Sincronías. Los seguidores de Pink Floyd son de otra pasta: han diseccionado la obra del grupo con tanto fervor que han encontrado una supuesta sincronía temática y espiritual entre cada disco y una película. Algunas de las propuestas son de carcajada: Atom Heart Mother (1970) y Doctor Zhivago; Animals (1977) y Casablanca… La presunta sincronía que ha quemado más neuronas a los fans es la de The Dark Side of the Moon y El mago de Oz, conocida entre los enterados por The Dark Side of Oz. Hay quien sostiene que el grupo no dejaba de ver la película durante la grabación y que la música está plagada de claves semiocultas que conducen a la trama del filme. Un montaje de la película con el disco como banda sonora, aquí. La teoría de la sincronía, aquí.

Syd Barrett, durante y después

Syd Barrett, durante y después

7. El disparatado. De los cuatro fundadores de Pink Floyd (Gilmour llegó más tarde) el más dotado musical y literariamente -también el más atractivo y magnético- era Syd Barrett (1946-2006), The Madcap (El disparatado), a quien algunos consideran, no sin motivo, el único autor de letras de rock con un espíritu genuinamente británico. El primer disco del grupo, The Piper at the Gates of Dawn, sicodélico, planeante y arriesgado,es en realidad la obra de un solista, Barrett, a quien los demás simplemente acompañan. Desmedido y temerario (consumía un termo de té con LSD al día), apuntaba a estrella, grabó tres excelentes discos con su nombre, pero acabó frito, acurrucado en la casa paterna hasta su muerte por cáncer de pancreas. El grupo siguió considerándole su inspiración primaria y le dedicó el disco Wish You Were Here. La revista musical Mojo acaba de revelar que Barrett asistió a una de las sesiones de grabación, el 5 de junio de 1969 1975, invitado por Gilmour. Los asistentes dicen que estaba ido. “¿En qué parte toco la guitarra?”, preguntó. Cuando los demás le hicieron escuchar algunas canciones y le pidieron su opinión, dijo: “Suena un poco viejo. Parece de Mary Poppins.

Póster del festival "The 14 Hour Technicolour Dream"

Póster del festival "The 14 Hour Technicolour Dream"

8. Londres ácido. Pink Floyd fue uno de los primeros grupos ingleses en explorar los mundos paralelos provocados por los viajes lisérgicos. El 29 de abril de 1967 el grupo fue cabeza de cartel (tocaron a las 5 de la madrugada, mientras el sol nacía) en  The 14 Hour Technicolour Dream (El sueño en technicolor de 14 horas), un festival para recaudar fondos y apoyo para la revista contracultural  IT (International Times), cerrada por la Policía. El evento fue filmado en el documental Tonite Let’s All Make Love in London.

9. El invisible. El otro fundador de la banda fallecido (también por cáncer), el teclista Richard Wright (1943-2008) era a Pink Floyd lo que George Harrison a los Beatles, un tipo eclipsado por el brillo de Barrett y, después, por Waters y Gilmour. Wright, gran instrumentista, pasó los últimos años de su vida patroneando un lujoso yate en las Islas Vírgenes.

10. El más fiel. El único que ha estado en la brecha desde 1965 hasta ahora como miembro de Pink Floyd es Nick Mason. Vive con su segunda esposa en una mansión de Corsham que perteneció a Camilla Parker Bowles, tiene una compañía de compra venta de lujosos coches de coleccionista, pilota vehículos de carreras (completó las 24 horas de Le Mans), tripula un helicóptero y ha escrito un libro sobre su vida. Guarda todos los recortes de prensa, fotos y demás parafernalia que le envían los fans.

Ánxel Grove