Madre Reciente Madre Reciente

La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

Archivo de junio, 2018

A los buenos maestros

Voy a empezar diciendo una obviedad. Hay maestros excelentes. También los hay que trabajan duro y con vocación para lograr serlo desde una perfecta imperfección.

Tienen abordajes diferentes de la educación, distintos planteamientos, discrepancias a veces, pero le echan ganas y dedicación, se forman y viven la enseñanza con pasión. Enseñando a párvulos y a adultos, a personas con discapacidad y a adolescentes desahuciados por otros colegas.

Me da la impresión de que cada vez son más, aunque bien sé que en todas las épocas ha habido docentes así y en todos los niveles.

Fernando Fernán Gómez en la excelente ‘La lengua de las mariposas’. Me imagino a Don Gregorio a día de hoy innovando en el aula, tal vez adepto a la gamificación.

Y a muchos les ponemos las cosas muy difíciles, incluso les terminamos quemando. Lo hacemos entre padres, administración, falta de recursos y también mucha zancadilla de otros profesionales de la enseñanza, supuestos compañeros acomodados, suspicaces, de cortas miras, desmotivados, que solo miran su propio ombligo o directamente son mala gente.

Otra obviedad: hay profesionales excelentes, buenos, regulares y malos en todos los oficios. Es así en la docencia, en centros públicos, privados y concertados, y también en el periodismo, en la medicina, en el mercado e incluso en la política. Sin olvidar que nadie, ni siquiera el mejor, se ha librado de cometer errores en alguna ocasión. De hecho se aprende con frecuencia metiendo la pata.

Por ser madre, por mi actividad en este blog y como periodista, he tenido la suerte de conocer a bastantes buenos maestros. Mis hijos han tenido la suerte aún mayor de encontrarse con varios durante su breve vida académica. Jaime más que Julia, no sé si es una cuestión de suerte o que abundan entre los que están en Educacion Especial aquellos con una pasta especial.

Y lo hacen contra fuertes vientos y traicioneras mareas, contra planes educativos cambiantes y a veces incongruentes, falta de recursos, interinidades crónicas, sesgos ideológicos a los que los niños deberían ser ajenos, incomprensión generalizada cuando desean innovar, aulas atestadas y con notables desequilibrios, poco reconocimiento y mucho desgaste personal.

Ahora que el curso acaba quiero acordarme de ellos, deseando que el descanso del verano les ayude a recargar fuerzas y olvidar sinsabores.

No quiero que despidan el curso sin sentirse valorados; sin saber que hay también muchos padres que apreciamos su esfuerzo; que somos consciente de que tienen entre sus manos el material más sensible de la sociedad, nuestros niños, y que sabemos que intentan enseñarles bien y con cariño.

Los habrá que, como siempre, recuerden con envidia amarilla sus largas vacaciones, que es cierto que son más extensas (no para todos, los hay para los que el verano supone también una interrupción de sueldo) que las de una mayoría de trabajadores pero no tanto como creen esos que olvidan sus propias ventajas laborales al lanzarse a la crítica, como vuelos gratis si trabajan en compañías aéreas o descuentos en los comercios en los que desempeñan su labor. Pero es que incluso en trabajos sin prebenda ninguna es mezquino no alegrarse de la suerte ajena solo porque no te ha tocado a ti. El camino a la felicidad no se construye comparándose con los demás y atacando todo lo bueno que no ha sido para ti.

Dicen que la envidia es muy española, no lo sé. Yo procuro de forma consciente tenerla bien lejos. Lo que me gustaría que fuera muy español es agradecer a aquellos que trabajan duro, que intentan abrir nuevos caminos y así lograr que el paso de nuestros hijos por colegios e institutos sea feliz y provechoso. Querría que lo muy español fuera cooperar, arrimar el hombro todos por el bien de las generaciones futuras.

Buen verano, buenos maestros. Descansad, que pronto nos veremos en un nuevo curso cargado de retos.
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“Cuidado que el local está lleno de subnormales, a ver si os van a hablar o algo”

La presidenta de Down Lleida, Pilar Sanjuan y dos jóvenes ante la fiscalía. Al dueño del pub que impidió su entrada lo inhabilitaron por ocho meses el pasado año.

Hoy me vais a permitir que sea éste sea solo un altavoz. Sara lo ha pedido, quiere que trascienda lo sucedido cuando ejercía de voluntaria con personas con discapacidad intelectual y fueron discriminados en un karaoke del sur de Madrid. Ni quiero ni puedo negarme.

No es la primera vez. Tampoco será la última. Cada cierto tiempo llegan a los medios ejemplos semejantes de poca empatía. Pero como ya os comenté en febrero tras el caso de una mujer con síndrome de Down expulsada de un hotel en Cuenca, no nos vamos a a callar.

Ya pasó el tiempo en el que tener a una persona con discapacidad intelectual avergonzaba a muchas familias. Ese tiempo en el que permanecían encerrados, apenas sin salir y hacer vida normal; en el que agachabas la cabeza ante los desaires, la falta de respeto y la vulneración flagrante de derechos por parte de otros.

Aún no ha desaparecido del todo esa forma de obrar, pero cada vez más alzamos la voz para exigir lo que es de ley, para defendernos. Tanto las personas con discapacidad intelectual como los que les queremos. Y va a ir a más.

Hasta aquí hemos llegado. No vamos a pasar ni una. Que se les meta en la cabeza a aquellos a los que les molesta vernos hacer vida normal en restaurantes, hoteles, bares o karaokes.

Otra voluntaria lo compartió en Facebook y hay una concentración este sábado.

Termino con la columna que escribí en el periódico tras el suceso de Cuenca:

Juegos de mesa rápidos que apenas ocupan espacio y vienen muy bien con niños

Hay juegos de mesa, de cartas, que apenas ocupan espacio, de mecánicas sencillas que se explican en un pispás, que se pueden llevar en el bolso para sacar en cualquier momento. Ideales para entretener a adultos cuando hay poco tiempo por delante y también a niños.

Los aficionados a los  juegos de mesa llaman fillers a los juegos rápidos de pillar y poca duración, vocablo inglés de regular traducción en este caso. ¿Rellenadores?

Con los niños, además de divertidos y de permitir entretenerse en compañía estos días de tanto matatiempos solitarios, son útiles para trabajar la atención, las competencias lingüísticas, el cálculo mental, el pensamiento abstracto…

Nunca me cansaré de ponderar las ventajas (demostradas) de los juegos de mesa (y de rol) con niños y adolescentes, pero en concreto este tipo de juegos son especialmente recomendable para los neófitos de los juegos de mesa, para los adultos poco dispuestos o con poco tiempo para empollarse las reglas de los juegos más complejos.

Son divertimentos baratos y portátiles que además, en estas fechas de mucho viaje, de llevar a destinos en los que compartir tiempo juntos, pueden venir muy bien.

Os cuento cuales creo que destacan, todos recomendables, aunque en cada casa pueden gustar más unos que otros.

El rey de estos juegos yo diría que es el Dobble, una latita minúscula y versátil de la que han sacado ya varias versiones, incluyendo una resistente al agua y otra infantil, pero mi recomendación es apostar por el original. He visto niños de tres años jugando al Dobble clásico sin problemas.

Permite cinco juegos distintos, y nada impide inventar los propios. Es un éxito tal que han salido bastantes imitaciones fácilmente identificables, pero sí ya se tiene Dobble no son precisos otros juegos similares. Y si no se tiene ninguno, mejor tirar de éste.

Nuestro favorito es Love Letter. El pasado verano fue el juego que más disfrutamos con nuestra hija y hemos seguido jugándolo todo el año. Un juego de cartas a varias partidas del que ya os hablé largo y tendido.

Es posible además construir con nuestros hijos y un poco de maña en Photoshop las versiones que mas nos gusten con nuestros personajes favoritos. También hay disponibles adaptaciones para descargar, imprimir y plastificar basadas en las licencias más conocidas. Nosotros tenemos el original, una versión de Star Wars y tenemos pendiente crear otra inspirada en Haikyuu.

Al que más hemos jugado, y se nota por su estado, es a otro juego de cartas: Virus. No hay niño que conozca que haya probado a reunir los cuatro órganos del cuerpo humano esquivando viras a base de vacunas y lanzándoselos a otros que no haya disfrutado. Adultos y niños también juegan equiparados en este juego.

También es altamente recomendable Story Cubes, dados de los que también hay múltiples versiones y que permite crear historias. Una manera maravillosa de escurrir la imaginación y las capacidades lingüísticas.

Otro juego que permite salirse del guión. Se puede jugar con estos dados a las imitaciones, a descubrir que nos quiere decir el otro… Sé de quien lo usa para encontrar inspiración y dibujar o sacar temas de conversación.

Ya abultando un poco más está el Patchwork. A mi marido le entusiasma, confieso que a mí no tanto pero es incuestionable que se trata de un gran juego. La cosa es ir consiguiendo botones a base de poner piezas que recuerda a un tetris, uno especialmente geométrico, matemáticamente estratégico.

Siendo objetivos, la única pega que le encuentro para este listado que piensa más en niños y en entretenimiento familiar es que solo permite dos jugadores y que se nota mucho la diferencia de nivel entre niños menores de unos doce años y adultos. También que el bolso tiene que ser un poco más grande.

Yo prefiero La Colmena, una suerte de juego de damas hexagonal protagonizado por insectos que se mueven de diferente manera. Fácil y al mismo tiempo con más enjundia de que que parece (por eso es a partir de unos ocho o nueve años) y que permite que jueguen más de dos personas.

Su único posible inconveniente es que la colmena a veces requiere un poco de espacio dependiendo de cómo se despliegue. La bandeja de un avión no es bastante, con la mesa de un AVE sobra sitio. Por eso probablemente hayan sacado una versión aún más pequeña.

Hay más por supuesto: Port Royale es otro juego de cartas al que jugamos mucho hace dos años, en Normandía, Sushi Go, la versión de dados de Bang (el Bang original ocupa algo más y también lleva un poco más de tiempo jugarlo pero se podría considerar otro filler), el cooperativo Código Secreto, Los hombres lobo de Castronegro, Hanabi, Famiglia (otro al que le dimos mucho tute), Jaipur

¿Cuáles son vuestros favoritos entre este tipo de juegos y por qué motivo?

‘¡Ayúdale a despegar!’, un libro que acompaña en la crianza de los hijos distinto y útil

Desde hace ya muchos años llegan a mis manos, a mi vista o mis oídos muchos libros relacionados con crianza. Los hay de todo tipo. Unos tiran del humor, otros de las experiencias personales o de la evidencia científica. Los hay escritos por famosos,también por profesionales de la salud o la educación.

Como es lógico los hay buenos, malos y regulares, pero os confieso que salvo muy pocas excepciones lo que despiertan en mí es hastío. Sobre todo si se trata de manuales que vuelven a repasar lo contado mil veces: los cuidados y cambios en el embarazo, el puerperio y las primeras etapas del niño. “¿Otro más?”, es lo que pienso.

No me extraña que para muchos futuros padres descarten eso de acudir al papel impreso en busca de conocimiento para afrontar esa nueva etapa en sus vidas, tras la que nada volverá a ser igual.

Tampoco me extraña que tantos declinen amablemente los volúmenes que otros padres ya no tan recientes se ofrecen a regalarles, o que los acepten por vergüenza torera pero los dejen cerrados en algún rincón olvidado. Tampoco que duden de lo que en muchos está escrito. ¿De verdad estará actualizado según las últimas evidencias científicas? Porque a veces no está claro lo que es irrebatible o solo una opinión (por fundada y aceptable que sea), porque intuyen que hay muchos modos de crianza, porque “no quiero que me pongan la cabeza como un bombo.

Creo sinceramente que hay una saturación de volúmenes así, libros en su mayoría de vida breve, como la comida rápida. Por todo eso apenas he hablado en más de una década de blog de libros de crianza. Pero hoy voy a hacer una excepción porque el título lo merece.

¡Ayúdale a despegar!, cuya primera y nutrida edición se ha agotado en tiempo récord, me sorprendió para bien. Considero que es uno de esos pocos libros realmente útiles para leer durante el embarazo, también una vez ya hemos sido padres, porque su enfoque es distinto, porque nos cuenta cosas que no sabemos, porque nos ayuda a ver a nuestro hijo de otra manera, a darnos cuenta de la importancia de las primeras semanas.

Un libro interesante también para muchos profesionales de la salud y la educación infantil, escrito de manera rigurosa y con varios niveles de lectura: capítulos desarrollados en profundidad, resúmenes y consejos prácticos al final de cada uno de ellos, y lleno de referencias bibliográficas al final.

A lo largo de catorce capítulos, los once primeros del fisioterapeuta pediátrico Iñaki Pastor y los tres últimos la psicóloga experta en trauma infantil Jara Acín y Rivera, aprendemos que el ser humano es programable; que la importancia de tocar a nuestro hijo es mayor de lo que creíamos; que coger en brazos sin límite es bueno y también lo son los límites y la firmeza; que es posible enseñar a los niños a encarar mejor el dolor físico y emocional; que hay que huir de las etiquetas cuando se habla de problemas de aprendizaje o a cómo crear buenos vínculos y un entorno de amor y seguridad.

Pero, sobre todo, aprenderemos que el ser humano es un todo Desde su primer día de vida que hay que cuidar por completo, porque un mal equilibrio tal vez se traduzca en el futuro en dificultades con las matemáticas, y que siempre estamos a tiempo de intervenir para, como clama el libro desde su portada, lograr que nuestros hijos tengan “un desarrollo sin límites”.

Termino recomendando la entrevista a sus autores, que este viernes hemos publicado en 20minutos, y que ayuda a entender mejor las enseñanzas y reflexiones de ¡Ayúdale a despegar!.

Querer ser padres, tener la edad para ello, y no poder permitírselo

bebé

(GTRES)

España ha registrado un total de 391.930 nacimientos, el número más bajo desde el año 1999. Este descenso supone una bajada del 4,5 % respecto al año anterior, y es que durante 2017 ha habido 18.653 nacimientos menos. Asimismo, la tasa de natalidad se sitúa en 8,4 nacimientos por cada mil habitantes, la más reducida de toda la serie histórica.

Leía la información sobre la crisis demográfica en la que estamos inmersos, una crisis silente cuyo efecto no se hace notar de manera inmediata pero que no por eso deja de ser preocupante, y mirando a mi alrededor todo casaba.

Los del baby boom, de los que yo soy cola al haber nacido en el 76, ya estamos viejos para procrear. Pasamos todos los cuarenta, muchos incluso los cincuenta. Tenemos niños, sí. No muchos, menos de dos por cabeza. Y es poco probable que tengamos muchos más. Estudiamos más que nuestros padres, viajamos más que ellos, las mujeres nos incorporamos en mayor medida al mundo laboral, parimos menos.

Los que vienen detrás, aquellos nacidos en los ochenta y en los noventa (alguien nacido en 1990 tiene ahora 28 años, con 29 yo estaba embarazada de mi primer hijo), lo han tenido aún más difícil para encontrar una estabilidad laboral que permita crear una familia. Jóvenes capaces y preparados a la edad a la que yo ya vivía independiente andan en becas y precariedades.

La tendencia se mantiene a futuro. No es algo que de la impresión de mejorar en absoluto.

No digo que en mi generación lo tuviéramos fácil, pero sí que creo que no fue tan complicado como ahora. El plan Bolonia que dificultan compatibilizar estudios universitarios y trabajos, la reforma laboral, la escasa apuesta por impulsar sectores estratégicos… incluso el hecho de que ellos tienen en menor medida abuelos (y sobre todo abuelas) disponibles para echar una mano en la crianza de los niños.

Conozco demasiadas mujeres en torno a los treinta años que se lamentan por no poder ser madres, aún deseándolo. Querer ser padres, tener la edad para ello, y no poder permitírselo es un menú duro de digerir y demasiado habitual. Sobre todo aguantando a aquellos que les acusan (en la práctica totalidad de los casos injustamente) de ser unos cómodos, de anteponer el querer vivir bien y con lujos a tener niños.

Se vislumbra en el horizonte un futuro boyante para las clínicas de fertilidad.

Es imprescindible adoptar medidas que incentiven la natalidad, que lo hagan de verdad. Es necesario igualar más que mejorar los permisos de paternidad para que la corresponsabilidad de verdad se afiance; pero sobre todo creo preciso que esos jóvenes tengan trabajos que inviten a formar una familia, que puedan acceder a viviendas de alquiler o compradas en las que puedan plantearse tener hijos.

Sin trabajos decentes, no ya buenos, sin una mínima seguridad, es imposible animarse a buscar uno o varios embarazos.

¿Cuánto flúor debe tener la pasta de dientes infantil y cuánta cantidad hay que poner en el cepillo?

Hoy os voy a dar información útil, cortesía de unamadreeneldentista.com, y luego os voy a hacer una petición, de la mano también de la ganadora de los últimos premios 20blogs en la categoría de salud y vida sana.

La información útil viene a responder lo que planteo en el título de este post: cuánto flúor debe tener la pasta de dientes infantil y cuánta cantidad hay que poner en el cepillo.

A nuestros niños, por regla general, les encanta poner pasta en el cepillo, mucha. Tanta que habría que cambiar el viejo refrán de “dura menos que un caramelo a la puerta de una escuela” por “dura menos que “dura menos que un tubo de pasta de dientes infantil”. No me extrañaría que el gasto per cápita infantil de dentífrico triplique el de los adultos.

¿Pero cuánta pasta deben emplear? Según Lydia Almansa, auxiliar de odontología y experta en higiene dental, poquita cosa:

Lo que debemos tener en cuenta es la cantidad que debemos utilizar al cepillar los dientes a nuestros hijos:
– De 0 a 2 años – cepillo raspado
– De 2 a 3 años – tamaño de un grano de arroz
Mayores de 3 años ya podemos ponerles la cantidad de un guisante de pasta de dientes.

Es decir, que tenemos ya el primer reto de hacerles moderar su consumo de pasta.

Y vayamos al flúor, algo imprescindible en las pastas de niños y adultos para proteger eficazmente contra las caries. Conviene saber cuánto debe tener su pasta, algo más importante que si el dibujito del bote es de un cocodrilo, un ratón o un elefante. Tal vez igual de importante si el sabor, porque a mi parecer es importante que el cepillado no les provoque rechazo.

Así lo explica Lydia, cuyo blog os recomiendo para estar informados de primer mano sobre esta semana cuestiones:

Los últimos estudios han demostrado varias cosas:
1º Que una pasta de dientes con una cantidad de flúor por debajo de 1000 ppm (partes por millón) no protege contra la caries. Sería equivalente a cepillarse solo con agua.
2º Que el flúor es una herramienta segura y muy eficaz para prevenir la caries.
3º La caries es a día de hoy, la enfermedad crónica más frecuente en la infancia.

La higiene dental debe comenzar incluso antes de que salga el primer diente, y cuando sale el primero, empezar a utilizar pasta de dientes CON FLÚOR de 1000 ppm.

– De 0 a 2-3 años deberán usar pasta de dientes con 1000 ppm de flúor
– De 3 a 6 años, deberán usar pasta de dientes de entre 1000 ppm a 1450 ppm de flúor.
– Mayores de 6 años ya podrán usar de 1450 ppm en adelante si así se lo prescribe su odontopediatra.

Es decir, que los niños de más de seis años ya pueden usar pasta normal, de adultos. Y ahí viene el segundo reto: lograr que superen el “¡no quiero, pica!” de buen grado.

Tras contaros esto podría surgir una duda razonable. A mí se me planteó y por eso se la trasladé a Lydia. ¿Hay algún riesgo para el niño si consume más cantidad de pasta o una con una cantidad más elevada de flúor? Pues no. Así me lo explicó:

El riesgo de fluorosis, que es el exceso de flúor, sólo afecta a dientes en formación y el riesgo es mínimo. Deberían comerse el bote para sufrirlo. Además la caries rampante, que arrasa con todos los dientecillos, se ha acentuado y el riego de fluorosis es mínimo al riesgo elevado de la caries.

Sobra decir, o debería sobrar decir, la importancia de transmitir a los niños la necesidad de cuidar sus dientes, de cepillarse a diario y a fondo. Es algo que yo tengo muy presente con Jaime, que con su autismo un problema en los dientes puede implicar anestesia general y un coste elevadísimo y que de momento hemos podido evitar.

(GTRES)

Y ahora llega la petición que os anunciaba, que consiste en apoyar la campaña de firmas pidiendo la actualización de la edad recomendada pasta de dientes infantil que ha lanzado precisamente Una madre en el dentista desde Change.

En las pastas infantiles nos están informando mal de la edad recomendada para cada pasta. Así lo explica:

Seguro que alguna vez a la hora de elegir la pasta de dientes de tus hijos te has fijado en la edad recomendada con la que están marcadas, pero es errónea.

Seguro que cuando vas a comprar la pasta de dientes ves dos tipos de pastas infantiles: para más de dos años o para más de seis años, denominadas JUNIOR.

Pues bien, no son correctas y el motivo es el mal etiquetado en la edad recomendada así como en la cantidad de flúor que contienen.

¿Por qué las marcas no actualizan primero sus cantidad de flúor en sus dentífricos? ¿Por qué el etiquetado no está actualizando?

Por lo tanto, vamos a pedir que se actualicen, que modifiquen sus “edades recomendadas” a lo que la Sociedad Española de Odontopediatría recomienda y que muestren en la cara del envase en grande y bien visible la cantidad de flúor que contiene su producto y no en letra pequeña por detrás que es difícil de encontrar.

Comparte esta petición, que llegue a mucha gente y que descubran si la pasta de dientes que están ofreciendo en el cepillado a sus hijos tiene la cantidad correcta de flúor para proteger contra la caries. Difundamos el mensaje para que las marcas de dentífricos se pongan al día.

(GTRES)

¿Es bueno o malo que haya una ‘habitación blanca’ en un colegio especial?

Vaya por delante lo obvio, que a veces no lo es tanto, en forma de tres pinceladas:

Los colegios especiales son necesarios, mi hijo va a uno especializado en chicos con autismo.Lo ideal sería la inclusión, pero está muy lejos de ser una solución única, posible y recomendable para todos los niños.

Una mayoría de los profesionales que trabajan en esos centros lo hacen, como poco, correctamente.
Por mí experiencia, en esos centros trabajan mucho y bien con los niños, pese a los muchas trabas que se encuentran, algunas procedentes de las familias que tenemos allí a nuestros hijos.

Defender la necesidad, a día de hoy, de los colegios especiales y la gente que allí trabaja no significa que no haya que denunciar las malas prácticas. Os he contado en el pasado que los padres somos los guardianes de nuestros hijos. Si nuestros hijos tienen una discapacidad, son más vulnerables y nosotros tenemos que estar aún más en guardia.

Hablé de lo que había sucedido en el Colegio de Getafe Ramón y Cajal justo tras darse a conocer la noticia, justo tras escuchar los audios, tras oír salpicados con risas y una poca humanidad poco justificable aquello de “¿Te bloqueo?” “Suéltame. Voy a estar fenomenal”. “¿Vamos al médico? Y te van a pinchar en el culo?” “¿Te echamos agua por encima?”. “Me da miedo. ¡No me pises!”. “¡Qué le aguante tu tía a éste!” .

Escribí a continuación sobre la inclusión en los colegios y los colegios especiales, porque se habló mucho a partir de ese momento del tema con poco conocimiento del trasfondo existente, complejo en muchos sentidos.

No he vuelto a hablar del tema. Ha habido otro caso que salió a la luz sobre supuesto maltrato a una alumna con autismo en Cáceres y algunos me habéis pedido por privado que lo hiciera de nuevo.

No me puse a ello por prudencia, porque no conozco los detalles, porque ya lo había hecho y no sentía que pudiera aportar mucho más, porque especular es fácil pero poco valioso y lo ideal sería dejar trabajar a la justicia y, en todo caso, pronunciarse a posteriori, con más información.

(GTRES)

Hoy retomo el tema, al menos en parte, porque ha sido noticia que el juez que está investigando los sucedido en el colegio especial getafense ha solicitado información sobre si las medidas de bloqueo o las salas de aislamiento forman parte de los protocolos de actuación.

En el auto, al que tuvo acceso Europa Press, se libra oficio al Servicio de Inspección Técnica Educativa, DAT Madrid-Sur, a fin de que se elabore un informe acerca de si el programa elaborado para el alumno afectado se ajusta a “las directrices educativas para alumnos diagnosticados de trastorno del espectro Autista y en qué medida”.

Asimismo, el instructor solicita que se informe acerca de si el Programa elaborado para el niño afectado se ajusta a la Convención sobre los Derechos del Niño y al informe del Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU.

De igual modo, reclama que se informe acerca de si las medidas de bloqueo o las salas de aislamiento forman parte de los protocolos ordinarios de actuación de los colegios de educación especial con niños con discapacidad en la Comunidad de Madrid.

No es lo único que ha pedido, el juez ha puesto muchos deberes a la Inspección Educativa DAT Madrid-Sur, pero a mí me interesa mucho sobre todo esas dos últimas líneas. Igual que el juez, quiero saber más sobre esos protocolos. Quiero saber si en los colegios especiales, no solo de Madrid, sino de toda España, hacen de su capa un sayo o tienen protocolos unificados y supervisados por gente que de verdad sepa y tiene el bien de los menores como objetivo último. Quiero saber si se actualizan, si están al tanto de los últimos modos de obrar o siguen anclados en costumbres educativas muy discutibles de hace veinte años. Y tengo serias dudas de que la petición del juez me ayude a conocer la realidad de los colegios especiales madrileños.

Debería ser fácil tener esos datos. Cuando unos padres tienen que llevar a su hijo a un colegio especial, tendrían derecho a saber cómo se opera en todos esos centros. No tendrían que estar supeditados a visitas personales a varios centros, a lo que sean capaces de inferir de ellas y, con suerte, de la opinión de otros padres. Eso cuando hay opciones, que no es lo mismo Madrid o Barcelona que Soria o Cádiz.

Y voy a la pregunta con la que arrancaba este texto. ¿Es bueno o malo que haya una habitación blanca en un colegio especial? Pues depende. A veces un niño necesita tranquilizarse en un entorno tranquilo, con luces atenuadas. Tiene que ser un sitio agradable, que invite al chico a relajarse si está muy enfadado, alterado, frustrado o nervioso. Un sitio en el que está bien acompañado, supervisado por un profesional formado. Una habitación así, blanca o del color que sea, puede ser algo muy positivo.

Mi hijo tiene once años, casi doce ya, y autismo.
No sucede con frecuencia, pero a veces se altera mucho. Normalmente de pura alegría que le desborda, le llena de tanta energía que es incapaz de controlarla. En esos casos salta, grita, muerde cojines, nos busca a nosotros para que le contengamos, busca liberarla como sea y no siempre de la mejor manera. Cuando eso sucede lo mejor es llevarle a un rincón para ayudarle a regularse, bajamos las persianas para que entre poca luz y nos quedamos con él hasta que se le pasa.

El equivalente en un colegio no sería nada censurable.

Si la habitación blanca, o del color que sea, es un sitio en el que aislarle porque está inmanejable hasta que se le pase, si se le deja allí solo, si el niño la relaciona como algo negativo, como un castigo, es algo a erradicar o reconsiderar en el centro. No puedes encerrar aparte a un niño enfadado, alterado, frustrado y nervioso en un sitio desagradable para él, que puede que incluso le aterrorice al verse desamparado, hasta que el agotamiento pueda con él. Eso es propio del siglo XIX, no de una pedagogía moderna.

Lo mismo pasa con los bloqueos. ¿Es bueno o malo bloquear a un niño? Pues depende. Si intenta agredirse a sí mismo o a otros, si se descontrola en una zona de mucho tráfico en la que corre riesgo, claro que hay que bloquearle. Pero hay que saber hacerlo bien. Hacerlo con firmeza pero sin violencia, con calma, sin dañar de ninguna manera. Los buenos maestros de Especial saben bien cómo sujetar en estos casos y nos enseñan a los padres cómo hacerlo.

El problema es que en este tipo de noticias es fácil precipitarse si no se conoce de primera mano una realidad compleja, con situaciones difíciles y muchos matices. Y para conocerlo de primera mano hay que estar ahí, muy cerca, involucrado. Las habitaciones y los bloqueos son un ejemplo de lo complicado que puede llegar a ser.

Para que quede meridianamente claro: no estoy con esta explicación defendiendo el modo de obrar del colegio de Getafe. En absoluto. Y que quede claro que jamás, nunca, es justificable el maltrato a un niño, con o sin discapacidad. La crueldad hacia ellos es inadmisible. Ojalá estos casos se eleven, logren salir de lo anecdótico, del caso concreto del colegio de Getafe y el colegio de Cáceres, para abrir un debate sobre la necesidad de conocer, actualizar, dedicar recursos a estos centros y supervisarlos bien, sin querer meter la mierda bajo la alfombra, sin justificar lo injustificable.

Porque ya vamos con muchos años de retraso.

“Ser diferente” y no explicarlo a los compañeros de clase y a sus padres casi siempre es un error

(GTRES)

Voy a empezar recomendando desde aquí otro blog de maternidad, el de Marisa, conocida como MadresEstresadas y a la que podéis encontrar muy activa en redes sociales. Un blog veterano de la que es la decana de las madres blogueras, porque sus hijos ya son jóvenes adultos y ha recorrido mucho más camino que todas las demás.

Hace ya unos cuantos meses que escribió un post que quería compartir por aquí porque creo que nos puede ayudar a reflexionar. Se titula Ser diferente y recoge dos experiencias de dos niños, neurotípicos, con compañeros de clase que no lo eran. Uno de siete años y otro de quince.

Os resumo todo, aunque os animo a leer las conversaciones completas en el post de Marisa. El niño de Primaria tenía un compañero que no atendía en clase, que tenía comportamientos distintivos como romper hojas, levantarse para tirarlas, no atender… la profesora nunca le regañaba. En una ocasión empezó a darse cabezazos contra la puerta rompiendo el cristal y acabando en el hospital. El niño estuvo allí varios cursos sin aprobar jamás nada hasta que desapareció.

Y ahora la del chico de tercero la ESO. En este caso había un chaval que tocaba el culo a las chicas, que se le olvidan los tortazos que recibe y repite, que tenía comportamientos que habrían supuesto una expulsión para cualquier otro compañero. A este chico jamás le castigaban, sus compañeros tenían asumido que “es que es tonto”. Punto. Nadie les había explicado nada sobre él o sus dificultades y descartaban que los profesores lo hicieran aún preguntando.

Marisa terminaba con la siguiente reflexión:

No soy quien para juzgar, y menos con los datos que tengo, pero si fuesen mis hijos los que me cuentan algo así, iría a hablar con los tutores.

Tampoco sé dónde empieza el derecho de los compañeros a saber qué le pasa al “problemático” y dónde acaba el derecho de Pepito y de Toni a que nadie sepa lo que les ocurre.

No me preocupa que haya niños diferentes, en absoluto, lo que sí me preocupa es que los niños no entiendan que esos compañeros lo son y que se les trata de otra forma, y que a lo mejor sabiendo que son diferentes, pueden evitar situaciones como estas.

Me parece una reflexión acertada, que nos debería hacer pensar mucho a las familias de chavales con discapacidad y a los profesionales de la educación.

No queremos estigmatizar. No queremos que sea desde el principio el señalado por diferente, aunque lo sea (y no me vale eso de que todos somos diferentes, que es cierto pero no aplica a esto). Tampoco queremos interrogatorios en la puerta del cole. Nos da miedo que la etiqueta diagnóstica, muchas veces sujeta a cambios, con frecuencia aún no del todo asumida por las familias, eclipse al niño. Miedo no solo a que eclipse, sino a que induzca al acoso escolar. Es un miedo comprensible, pero en la vida, en general, actuar movido por miedos no suele ser recomendable. El temor no es un buen consejero.

Yo creo que, salvo escasísimas excepciones, el resto de alumnos y sus familias deben saber lo que les pasa a esos compañeros. Se les debe explicar, adaptado a lo que son capaces de entender, las dificultades a las que se enfrenta ese niño que comparte tantas horas con ellos, lo que le pasa, para que pongan en valor sus logros, sepan interpretar mejor lo que dicen o hacen en ocasiones en las que chirría.

De hecho estoy convencida que hablar claro, ir con la verdad por delante, facilita que todos esos miedos no se materialicen.

A veces es incluso al propio niño no se le ha explicado su diagnóstico, algo que hay que afrontar cuanto antes mejor. También adaptado, por supuesto, a su edad y capacidad de comprensión.

Siempre recuerdo el caso de un adulto, que descubrió ya en la cuarentena que tenia síndrome de Asperger. Aquello fue para el una liberación. El diagnóstico le ayudó a entenderse a sí mismo, que lo que le pasaba era “normal” desde la perspectiva del diagnóstico. Más tarde, contarlo en su entorno de trabajo, ayudó a que sus compañeros también le entendieran, a que todo fuera más fácil. Dejó de ser el borde y raro. Todo tenía una explicación.

Sé que es un tema complejo. Es difícil hacer generalizaciones y hay que ver los detalles cada caso, tras cada chico con necesidades educativas especiales incrustados en un aula ordinaria, pero en general ocultar la verdad casi siempre es un error. Y casi siempre es lo que se hace. Incluso en centros en los que los profesionales no consideran al niño un marrón que les ha caído en clase (que aún se da demasiado), incluso en esos colegios que quieren hacer las cosas bien. En gran medida porque la decisión de los padres pesa mucho, con lógica. En parte también por falta de formación específica del profesorado de ordinaria.

A la inclusión se llega mediante la comprensión. No se puede comprender lo que no se explica. Esos niños que contaba Marisa no estaban incluidos, estaban incrustados.

Quiero terminar con un detalle muy importante. Es un error asociar a los alumnos con distintos tipos de necesidades especiales con los problemas de conducta o comportamientos disruptivos en clase. No siempre es así ni mucho menos. Podrá haberlos o no, como con alumnos neurotípicos.

(GTRES)

La conveniencia de enseñar a los niños cómo actuar en casos de emergencia

(GTRES)

¿Deberían enseñar en colegios e institutos a actuar en situaciones de emergencia? No estaría mal, ¿verdad? Poco habría que objetar a priori respecto a la petición que hicieron esta primavera los expertos de la Asociación Nacional Educación Escolar en Emergencias de dar una mayor formación en emergencias a los estudiantes en educación Primaria y Secundaria, también a los universitarios.

Lo único objetable, puestos a buscar algo, sería la imposibilidad de dar cabida a todas aquellas enseñanzas para las que hay abrir hueco en las agendas escolares, porque también vendría bien, por ejemplo, hablarles de nutrición y que tuvieran claros conceptos básicos sobre cómo alimentarse de una manera saludable. No es el único ejemplo que se me ocurre.

Y, siendo sincera, creo que sí se podrían organizar las cosas para darles cabida. Son asuntos importantes. De hecho hay centros que lo hacen.

Pero salgamos de las aulas y miremos a nuestros hogares. Los mismos profesionales, que se reunieron en un congreso en Murcia, también recomendaban que las familias contásemos con planes o protocolos de actuación frente a cualquier catástrofe natural o situación potencialmente peligrosa en el hogar o fuera del mismo.

Dicho de otra manera, que igual que cuando vamos con niños a un sitio atestado escribimos nuestro teléfono en la manita del niño y les indicamos un punto de reunión, igual que les hacemos reconocer los distintos uniformes policiales para que busquen ayuda en caso necesario, también les tengamos dicho cómo actuar si hay un incendio en casa, un accidente, si ven que el adulto que está con ellos tiene algún problema de salud.

No es por infundirles miedos, es por tenerles preparados. Saber debería dar seguridad.

¿Ejemplos? Explicar a los niños desde pequeños la existencia del teléfono 112, que no es para buscar información ni hacer bromas, solo para emergencias. Explicar que si hay un incendió en casa, conviene salir deprisa de cada cerrando las puertas que dejemos atrás y llamar pidiendo ayuda a ese número. Indicar a los niños más mayores cómo realizar maniobras sencillas de reanimación o actuar ante un atragantamiento. Explicar qué hacer si se pierden en la montaña si es que somos una familia excursionista.

El portavoz de la Asociación, Andrés López, cree que “tenemos que saber actuar y adoptar medidas de primera intervención hasta la llegada de los servicios de emergencias porque alguna de esas acciones nos puede salvar la vida”.

Y tanto, hace apenas dos días un joven de 19 años salva la vida a un conductor que había sufrido un infarto en Madrid llevando a cabo maniobras de reanimación cardiopulmonar. El año pasado, también en Madrid, un niño de 8 años salvó la vida a su madre llamando al 112, que se desmayó cuando estaban ambos en casa. Hay más ejemplos.

Claro que para enseñar eso a nuestros niños primero tendríamos que saber nosotros, sus padres, cómo reaccionar. A nosotros es raro que nos enseñasen de pequeños, ni en el colegio ni en casa. La cosa es que la web está llena de recursos para aprender. Y nunca es tarde.

Una formación básica en primeros auxilios debería ser obligatoria para toda la población civil.

Llega a los cines una nueva versión animada de ‘Colmillo blanco’ para toda la familia

Este viernes llega a los cines una nueva película de animación apta para ver en familia. Se trata de una nueva adaptación de Colmillo blanco, la historia del perro-lobo que ideó Jack London y que es una lectura maravillosa, una demostración de amor a la naturaleza, la plasmación de que las segundas oportunidades existen, de que en el mundo hay maldad pero también hombres buenos y mucha belleza.

Coproducción entre Francia y Luxemburgo, premiada en Annecy, el primer largometraje de animación dirigido por Alexandre Espigares, que ganó un Oscar por su corto Mr. Hublot en 2013, destaca por la originalidad de su apuesta estética. El dibujo parece en cierto modo extraído de un lienzo y representa de forma fidedigna la belleza salvaje del norte de Canadá que London reflejaba en sus escritos.

De hecho, probablemente se trate de la versión cinematográfica más ajustada a la historia escrita. Desde luego, lo es mucho más que la anterior película de animación existente, de principios de los años 90.

En esta ocasión, aunque el protagonista e hilo conductor sea un animal, los perros y los lobos no hablan, se comportan como corresponde a su especie. Tampoco veremos el humor fácil y los recursos habituales de las cintas infantiles, ni falta que hace en una apuesta así.

La historia arranca con Colmillo blanco convertido en un perro de pelea ya hastiado, que se niega a enfrentarse a dos perros a la vez y cae vencido para ser rescatado por un agente de la ley procedente de California. Tras esa breve escena, recupera en forma de largo flashback al cachorro que empieza a explorar el mundo, a aprender a sobrevivir, protegido por su madre.

Su madre, Kiche, perra de trineo de los indios, retorna con ellos y lleva consigo a su hijo, que acabará convertido en el líder del trineo del jefe, Castor Gris.


Junto al perro-lobo veremos la dignidad del pueblo indio y de ese anciano, sabio en un sentido ancestral, que contrasta con la codicia y la maldad de muchos de los hombres blancos que llegan al norte en busca de fortuna. Esa maldad y codicia son las que harán que Colmillo Blanco acabe en manos de un bandido, Beauty Smith, que lo maltrata y emplea en peleas. Hasta que llegan sus salvadores, Weedon y Maggie Scott, que le devolverán la confianza en el ser humano y la libertad.

Os he resumido una historia que es sobradamente conocida. Probablemente ese sea el mayor problema que tiene, que a todos nos suena ya a algo tantas veces masticando y digerido que no sorprende. Y es difícil que uno se anime a ir al cine para ver algo que ya le suena a visto, a menos que sea una historia que guste especialmente por el motivo que sea o que le llame mucho la atención la animación.

La excepción son los niños. Ir con niños sí tiene sentido, porque para ellos la aventura ideada por London sí sonará a nueva.

Sus creadores lo saben y por eso le han dado forma de una película familiar de apenas 85 minutos. No hay ni una sola gota de sangre, no se recrea en los momentos más duros y tristes y sí en aquellos más tiernos y positivos. Suaviza y embellece. Por eso también le falta la fuerza que tiene la narración de Jack London. Ojalá su visionado incite a encarar, por parte de niños y adultos, la lectura de las obras de este escritor pionero.

Por cierto, que Netflix adquirió esta cinta, que debutó en el Festival de Sundance, por lo que antes o después estará disponible para disfrutar en casa desde esta plataforma.