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La maternidad es tan cambiante que siempre eres una recién llegada a ella

Archivo de junio, 2018

‘¡Ayúdale a despegar!’, un libro que acompaña en la crianza de los hijos distinto y útil

Desde hace ya muchos años llegan a mis manos, a mi vista o mis oídos muchos libros relacionados con crianza. Los hay de todo tipo. Unos tiran del humor, otros de las experiencias personales o de la evidencia científica. Los hay escritos por famosos,también por profesionales de la salud o la educación.

Como es lógico los hay buenos, malos y regulares, pero os confieso que salvo muy pocas excepciones lo que despiertan en mí es hastío. Sobre todo si se trata de manuales que vuelven a repasar lo contado mil veces: los cuidados y cambios en el embarazo, el puerperio y las primeras etapas del niño. “¿Otro más?”, es lo que pienso.

No me extraña que para muchos futuros padres descarten eso de acudir al papel impreso en busca de conocimiento para afrontar esa nueva etapa en sus vidas, tras la que nada volverá a ser igual.

Tampoco me extraña que tantos declinen amablemente los volúmenes que otros padres ya no tan recientes se ofrecen a regalarles, o que los acepten por vergüenza torera pero los dejen cerrados en algún rincón olvidado. Tampoco que duden de lo que en muchos está escrito. ¿De verdad estará actualizado según las últimas evidencias científicas? Porque a veces no está claro lo que es irrebatible o solo una opinión (por fundada y aceptable que sea), porque intuyen que hay muchos modos de crianza, porque “no quiero que me pongan la cabeza como un bombo.

Creo sinceramente que hay una saturación de volúmenes así, libros en su mayoría de vida breve, como la comida rápida. Por todo eso apenas he hablado en más de una década de blog de libros de crianza. Pero hoy voy a hacer una excepción porque el título lo merece.

¡Ayúdale a despegar!, cuya primera y nutrida edición se ha agotado en tiempo récord, me sorprendió para bien. Considero que es uno de esos pocos libros realmente útiles para leer durante el embarazo, también una vez ya hemos sido padres, porque su enfoque es distinto, porque nos cuenta cosas que no sabemos, porque nos ayuda a ver a nuestro hijo de otra manera, a darnos cuenta de la importancia de las primeras semanas.

Un libro interesante también para muchos profesionales de la salud y la educación infantil, escrito de manera rigurosa y con varios niveles de lectura: capítulos desarrollados en profundidad, resúmenes y consejos prácticos al final de cada uno de ellos, y lleno de referencias bibliográficas al final.

A lo largo de catorce capítulos, los once primeros del fisioterapeuta pediátrico Iñaki Pastor y los tres últimos la psicóloga experta en trauma infantil Jara Acín y Rivera, aprendemos que el ser humano es programable; que la importancia de tocar a nuestro hijo es mayor de lo que creíamos; que coger en brazos sin límite es bueno y también lo son los límites y la firmeza; que es posible enseñar a los niños a encarar mejor el dolor físico y emocional; que hay que huir de las etiquetas cuando se habla de problemas de aprendizaje o a cómo crear buenos vínculos y un entorno de amor y seguridad.

Pero, sobre todo, aprenderemos que el ser humano es un todo Desde su primer día de vida que hay que cuidar por completo, porque un mal equilibrio tal vez se traduzca en el futuro en dificultades con las matemáticas, y que siempre estamos a tiempo de intervenir para, como clama el libro desde su portada, lograr que nuestros hijos tengan “un desarrollo sin límites”.

Termino recomendando la entrevista a sus autores, que este viernes hemos publicado en 20minutos, y que ayuda a entender mejor las enseñanzas y reflexiones de ¡Ayúdale a despegar!.

Querer ser padres, tener la edad para ello, y no poder permitírselo

bebé

(GTRES)

España ha registrado un total de 391.930 nacimientos, el número más bajo desde el año 1999. Este descenso supone una bajada del 4,5 % respecto al año anterior, y es que durante 2017 ha habido 18.653 nacimientos menos. Asimismo, la tasa de natalidad se sitúa en 8,4 nacimientos por cada mil habitantes, la más reducida de toda la serie histórica.

Leía la información sobre la crisis demográfica en la que estamos inmersos, una crisis silente cuyo efecto no se hace notar de manera inmediata pero que no por eso deja de ser preocupante, y mirando a mi alrededor todo casaba.

Los del baby boom, de los que yo soy cola al haber nacido en el 76, ya estamos viejos para procrear. Pasamos todos los cuarenta, muchos incluso los cincuenta. Tenemos niños, sí. No muchos, menos de dos por cabeza. Y es poco probable que tengamos muchos más. Estudiamos más que nuestros padres, viajamos más que ellos, las mujeres nos incorporamos en mayor medida al mundo laboral, parimos menos.

Los que vienen detrás, aquellos nacidos en los ochenta y en los noventa (alguien nacido en 1990 tiene ahora 28 años, con 29 yo estaba embarazada de mi primer hijo), lo han tenido aún más difícil para encontrar una estabilidad laboral que permita crear una familia. Jóvenes capaces y preparados a la edad a la que yo ya vivía independiente andan en becas y precariedades.

La tendencia se mantiene a futuro. No es algo que de la impresión de mejorar en absoluto.

No digo que en mi generación lo tuviéramos fácil, pero sí que creo que no fue tan complicado como ahora. El plan Bolonia que dificultan compatibilizar estudios universitarios y trabajos, la reforma laboral, la escasa apuesta por impulsar sectores estratégicos… incluso el hecho de que ellos tienen en menor medida abuelos (y sobre todo abuelas) disponibles para echar una mano en la crianza de los niños.

Conozco demasiadas mujeres en torno a los treinta años que se lamentan por no poder ser madres, aún deseándolo. Querer ser padres, tener la edad para ello, y no poder permitírselo es un menú duro de digerir y demasiado habitual. Sobre todo aguantando a aquellos que les acusan (en la práctica totalidad de los casos injustamente) de ser unos cómodos, de anteponer el querer vivir bien y con lujos a tener niños.

Se vislumbra en el horizonte un futuro boyante para las clínicas de fertilidad.

Es imprescindible adoptar medidas que incentiven la natalidad, que lo hagan de verdad. Es necesario igualar más que mejorar los permisos de paternidad para que la corresponsabilidad de verdad se afiance; pero sobre todo creo preciso que esos jóvenes tengan trabajos que inviten a formar una familia, que puedan acceder a viviendas de alquiler o compradas en las que puedan plantearse tener hijos.

Sin trabajos decentes, no ya buenos, sin una mínima seguridad, es imposible animarse a buscar uno o varios embarazos.

¿Cuánto flúor debe tener la pasta de dientes infantil y cuánta cantidad hay que poner en el cepillo?

Hoy os voy a dar información útil, cortesía de unamadreeneldentista.com, y luego os voy a hacer una petición, de la mano también de la ganadora de los últimos premios 20blogs en la categoría de salud y vida sana.

La información útil viene a responder lo que planteo en el título de este post: cuánto flúor debe tener la pasta de dientes infantil y cuánta cantidad hay que poner en el cepillo.

A nuestros niños, por regla general, les encanta poner pasta en el cepillo, mucha. Tanta que habría que cambiar el viejo refrán de “dura menos que un caramelo a la puerta de una escuela” por “dura menos que “dura menos que un tubo de pasta de dientes infantil”. No me extrañaría que el gasto per cápita infantil de dentífrico triplique el de los adultos.

¿Pero cuánta pasta deben emplear? Según Lydia Almansa, auxiliar de odontología y experta en higiene dental, poquita cosa:

Lo que debemos tener en cuenta es la cantidad que debemos utilizar al cepillar los dientes a nuestros hijos:
– De 0 a 2 años – cepillo raspado
– De 2 a 3 años – tamaño de un grano de arroz
Mayores de 3 años ya podemos ponerles la cantidad de un guisante de pasta de dientes.

Es decir, que tenemos ya el primer reto de hacerles moderar su consumo de pasta.

Y vayamos al flúor, algo imprescindible en las pastas de niños y adultos para proteger eficazmente contra las caries. Conviene saber cuánto debe tener su pasta, algo más importante que si el dibujito del bote es de un cocodrilo, un ratón o un elefante. Tal vez igual de importante si el sabor, porque a mi parecer es importante que el cepillado no les provoque rechazo.

Así lo explica Lydia, cuyo blog os recomiendo para estar informados de primer mano sobre esta semana cuestiones:

Los últimos estudios han demostrado varias cosas:
1º Que una pasta de dientes con una cantidad de flúor por debajo de 1000 ppm (partes por millón) no protege contra la caries. Sería equivalente a cepillarse solo con agua.
2º Que el flúor es una herramienta segura y muy eficaz para prevenir la caries.
3º La caries es a día de hoy, la enfermedad crónica más frecuente en la infancia.

La higiene dental debe comenzar incluso antes de que salga el primer diente, y cuando sale el primero, empezar a utilizar pasta de dientes CON FLÚOR de 1000 ppm.

– De 0 a 2-3 años deberán usar pasta de dientes con 1000 ppm de flúor
– De 3 a 6 años, deberán usar pasta de dientes de entre 1000 ppm a 1450 ppm de flúor.
– Mayores de 6 años ya podrán usar de 1450 ppm en adelante si así se lo prescribe su odontopediatra.

Es decir, que los niños de más de seis años ya pueden usar pasta normal, de adultos. Y ahí viene el segundo reto: lograr que superen el “¡no quiero, pica!” de buen grado.

Tras contaros esto podría surgir una duda razonable. A mí se me planteó y por eso se la trasladé a Lydia. ¿Hay algún riesgo para el niño si consume más cantidad de pasta o una con una cantidad más elevada de flúor? Pues no. Así me lo explicó:

El riesgo de fluorosis, que es el exceso de flúor, sólo afecta a dientes en formación y el riesgo es mínimo. Deberían comerse el bote para sufrirlo. Además la caries rampante, que arrasa con todos los dientecillos, se ha acentuado y el riego de fluorosis es mínimo al riesgo elevado de la caries.

Sobra decir, o debería sobrar decir, la importancia de transmitir a los niños la necesidad de cuidar sus dientes, de cepillarse a diario y a fondo. Es algo que yo tengo muy presente con Jaime, que con su autismo un problema en los dientes puede implicar anestesia general y un coste elevadísimo y que de momento hemos podido evitar.

(GTRES)

Y ahora llega la petición que os anunciaba, que consiste en apoyar la campaña de firmas pidiendo la actualización de la edad recomendada pasta de dientes infantil que ha lanzado precisamente Una madre en el dentista desde Change.

En las pastas infantiles nos están informando mal de la edad recomendada para cada pasta. Así lo explica:

Seguro que alguna vez a la hora de elegir la pasta de dientes de tus hijos te has fijado en la edad recomendada con la que están marcadas, pero es errónea.

Seguro que cuando vas a comprar la pasta de dientes ves dos tipos de pastas infantiles: para más de dos años o para más de seis años, denominadas JUNIOR.

Pues bien, no son correctas y el motivo es el mal etiquetado en la edad recomendada así como en la cantidad de flúor que contienen.

¿Por qué las marcas no actualizan primero sus cantidad de flúor en sus dentífricos? ¿Por qué el etiquetado no está actualizando?

Por lo tanto, vamos a pedir que se actualicen, que modifiquen sus “edades recomendadas” a lo que la Sociedad Española de Odontopediatría recomienda y que muestren en la cara del envase en grande y bien visible la cantidad de flúor que contiene su producto y no en letra pequeña por detrás que es difícil de encontrar.

Comparte esta petición, que llegue a mucha gente y que descubran si la pasta de dientes que están ofreciendo en el cepillado a sus hijos tiene la cantidad correcta de flúor para proteger contra la caries. Difundamos el mensaje para que las marcas de dentífricos se pongan al día.

(GTRES)

¿Es bueno o malo que haya una ‘habitación blanca’ en un colegio especial?

Vaya por delante lo obvio, que a veces no lo es tanto, en forma de tres pinceladas:

Los colegios especiales son necesarios, mi hijo va a uno especializado en chicos con autismo.Lo ideal sería la inclusión, pero está muy lejos de ser una solución única, posible y recomendable para todos los niños.

Una mayoría de los profesionales que trabajan en esos centros lo hacen, como poco, correctamente.
Por mí experiencia, en esos centros trabajan mucho y bien con los niños, pese a los muchas trabas que se encuentran, algunas procedentes de las familias que tenemos allí a nuestros hijos.

Defender la necesidad, a día de hoy, de los colegios especiales y la gente que allí trabaja no significa que no haya que denunciar las malas prácticas. Os he contado en el pasado que los padres somos los guardianes de nuestros hijos. Si nuestros hijos tienen una discapacidad, son más vulnerables y nosotros tenemos que estar aún más en guardia.

Hablé de lo que había sucedido en el Colegio de Getafe Ramón y Cajal justo tras darse a conocer la noticia, justo tras escuchar los audios, tras oír salpicados con risas y una poca humanidad poco justificable aquello de “¿Te bloqueo?” “Suéltame. Voy a estar fenomenal”. “¿Vamos al médico? Y te van a pinchar en el culo?” “¿Te echamos agua por encima?”. “Me da miedo. ¡No me pises!”. “¡Qué le aguante tu tía a éste!” .

Escribí a continuación sobre la inclusión en los colegios y los colegios especiales, porque se habló mucho a partir de ese momento del tema con poco conocimiento del trasfondo existente, complejo en muchos sentidos.

No he vuelto a hablar del tema. Ha habido otro caso que salió a la luz sobre supuesto maltrato a una alumna con autismo en Cáceres y algunos me habéis pedido por privado que lo hiciera de nuevo.

No me puse a ello por prudencia, porque no conozco los detalles, porque ya lo había hecho y no sentía que pudiera aportar mucho más, porque especular es fácil pero poco valioso y lo ideal sería dejar trabajar a la justicia y, en todo caso, pronunciarse a posteriori, con más información.

(GTRES)

Hoy retomo el tema, al menos en parte, porque ha sido noticia que el juez que está investigando los sucedido en el colegio especial getafense ha solicitado información sobre si las medidas de bloqueo o las salas de aislamiento forman parte de los protocolos de actuación.

En el auto, al que tuvo acceso Europa Press, se libra oficio al Servicio de Inspección Técnica Educativa, DAT Madrid-Sur, a fin de que se elabore un informe acerca de si el programa elaborado para el alumno afectado se ajusta a “las directrices educativas para alumnos diagnosticados de trastorno del espectro Autista y en qué medida”.

Asimismo, el instructor solicita que se informe acerca de si el Programa elaborado para el niño afectado se ajusta a la Convención sobre los Derechos del Niño y al informe del Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU.

De igual modo, reclama que se informe acerca de si las medidas de bloqueo o las salas de aislamiento forman parte de los protocolos ordinarios de actuación de los colegios de educación especial con niños con discapacidad en la Comunidad de Madrid.

No es lo único que ha pedido, el juez ha puesto muchos deberes a la Inspección Educativa DAT Madrid-Sur, pero a mí me interesa mucho sobre todo esas dos últimas líneas. Igual que el juez, quiero saber más sobre esos protocolos. Quiero saber si en los colegios especiales, no solo de Madrid, sino de toda España, hacen de su capa un sayo o tienen protocolos unificados y supervisados por gente que de verdad sepa y tiene el bien de los menores como objetivo último. Quiero saber si se actualizan, si están al tanto de los últimos modos de obrar o siguen anclados en costumbres educativas muy discutibles de hace veinte años. Y tengo serias dudas de que la petición del juez me ayude a conocer la realidad de los colegios especiales madrileños.

Debería ser fácil tener esos datos. Cuando unos padres tienen que llevar a su hijo a un colegio especial, tendrían derecho a saber cómo se opera en todos esos centros. No tendrían que estar supeditados a visitas personales a varios centros, a lo que sean capaces de inferir de ellas y, con suerte, de la opinión de otros padres. Eso cuando hay opciones, que no es lo mismo Madrid o Barcelona que Soria o Cádiz.

Y voy a la pregunta con la que arrancaba este texto. ¿Es bueno o malo que haya una habitación blanca en un colegio especial? Pues depende. A veces un niño necesita tranquilizarse en un entorno tranquilo, con luces atenuadas. Tiene que ser un sitio agradable, que invite al chico a relajarse si está muy enfadado, alterado, frustrado o nervioso. Un sitio en el que está bien acompañado, supervisado por un profesional formado. Una habitación así, blanca o del color que sea, puede ser algo muy positivo.

Mi hijo tiene once años, casi doce ya, y autismo.
No sucede con frecuencia, pero a veces se altera mucho. Normalmente de pura alegría que le desborda, le llena de tanta energía que es incapaz de controlarla. En esos casos salta, grita, muerde cojines, nos busca a nosotros para que le contengamos, busca liberarla como sea y no siempre de la mejor manera. Cuando eso sucede lo mejor es llevarle a un rincón para ayudarle a regularse, bajamos las persianas para que entre poca luz y nos quedamos con él hasta que se le pasa.

El equivalente en un colegio no sería nada censurable.

Si la habitación blanca, o del color que sea, es un sitio en el que aislarle porque está inmanejable hasta que se le pase, si se le deja allí solo, si el niño la relaciona como algo negativo, como un castigo, es algo a erradicar o reconsiderar en el centro. No puedes encerrar aparte a un niño enfadado, alterado, frustrado y nervioso en un sitio desagradable para él, que puede que incluso le aterrorice al verse desamparado, hasta que el agotamiento pueda con él. Eso es propio del siglo XIX, no de una pedagogía moderna.

Lo mismo pasa con los bloqueos. ¿Es bueno o malo bloquear a un niño? Pues depende. Si intenta agredirse a sí mismo o a otros, si se descontrola en una zona de mucho tráfico en la que corre riesgo, claro que hay que bloquearle. Pero hay que saber hacerlo bien. Hacerlo con firmeza pero sin violencia, con calma, sin dañar de ninguna manera. Los buenos maestros de Especial saben bien cómo sujetar en estos casos y nos enseñan a los padres cómo hacerlo.

El problema es que en este tipo de noticias es fácil precipitarse si no se conoce de primera mano una realidad compleja, con situaciones difíciles y muchos matices. Y para conocerlo de primera mano hay que estar ahí, muy cerca, involucrado. Las habitaciones y los bloqueos son un ejemplo de lo complicado que puede llegar a ser.

Para que quede meridianamente claro: no estoy con esta explicación defendiendo el modo de obrar del colegio de Getafe. En absoluto. Y que quede claro que jamás, nunca, es justificable el maltrato a un niño, con o sin discapacidad. La crueldad hacia ellos es inadmisible. Ojalá estos casos se eleven, logren salir de lo anecdótico, del caso concreto del colegio de Getafe y el colegio de Cáceres, para abrir un debate sobre la necesidad de conocer, actualizar, dedicar recursos a estos centros y supervisarlos bien, sin querer meter la mierda bajo la alfombra, sin justificar lo injustificable.

Porque ya vamos con muchos años de retraso.

“Ser diferente” y no explicarlo a los compañeros de clase y a sus padres casi siempre es un error

(GTRES)

Voy a empezar recomendando desde aquí otro blog de maternidad, el de Marisa, conocida como MadresEstresadas y a la que podéis encontrar muy activa en redes sociales. Un blog veterano de la que es la decana de las madres blogueras, porque sus hijos ya son jóvenes adultos y ha recorrido mucho más camino que todas las demás.

Hace ya unos cuantos meses que escribió un post que quería compartir por aquí porque creo que nos puede ayudar a reflexionar. Se titula Ser diferente y recoge dos experiencias de dos niños, neurotípicos, con compañeros de clase que no lo eran. Uno de siete años y otro de quince.

Os resumo todo, aunque os animo a leer las conversaciones completas en el post de Marisa. El niño de Primaria tenía un compañero que no atendía en clase, que tenía comportamientos distintivos como romper hojas, levantarse para tirarlas, no atender… la profesora nunca le regañaba. En una ocasión empezó a darse cabezazos contra la puerta rompiendo el cristal y acabando en el hospital. El niño estuvo allí varios cursos sin aprobar jamás nada hasta que desapareció.

Y ahora la del chico de tercero la ESO. En este caso había un chaval que tocaba el culo a las chicas, que se le olvidan los tortazos que recibe y repite, que tenía comportamientos que habrían supuesto una expulsión para cualquier otro compañero. A este chico jamás le castigaban, sus compañeros tenían asumido que “es que es tonto”. Punto. Nadie les había explicado nada sobre él o sus dificultades y descartaban que los profesores lo hicieran aún preguntando.

Marisa terminaba con la siguiente reflexión:

No soy quien para juzgar, y menos con los datos que tengo, pero si fuesen mis hijos los que me cuentan algo así, iría a hablar con los tutores.

Tampoco sé dónde empieza el derecho de los compañeros a saber qué le pasa al “problemático” y dónde acaba el derecho de Pepito y de Toni a que nadie sepa lo que les ocurre.

No me preocupa que haya niños diferentes, en absoluto, lo que sí me preocupa es que los niños no entiendan que esos compañeros lo son y que se les trata de otra forma, y que a lo mejor sabiendo que son diferentes, pueden evitar situaciones como estas.

Me parece una reflexión acertada, que nos debería hacer pensar mucho a las familias de chavales con discapacidad y a los profesionales de la educación.

No queremos estigmatizar. No queremos que sea desde el principio el señalado por diferente, aunque lo sea (y no me vale eso de que todos somos diferentes, que es cierto pero no aplica a esto). Tampoco queremos interrogatorios en la puerta del cole. Nos da miedo que la etiqueta diagnóstica, muchas veces sujeta a cambios, con frecuencia aún no del todo asumida por las familias, eclipse al niño. Miedo no solo a que eclipse, sino a que induzca al acoso escolar. Es un miedo comprensible, pero en la vida, en general, actuar movido por miedos no suele ser recomendable. El temor no es un buen consejero.

Yo creo que, salvo escasísimas excepciones, el resto de alumnos y sus familias deben saber lo que les pasa a esos compañeros. Se les debe explicar, adaptado a lo que son capaces de entender, las dificultades a las que se enfrenta ese niño que comparte tantas horas con ellos, lo que le pasa, para que pongan en valor sus logros, sepan interpretar mejor lo que dicen o hacen en ocasiones en las que chirría.

De hecho estoy convencida que hablar claro, ir con la verdad por delante, facilita que todos esos miedos no se materialicen.

A veces es incluso al propio niño no se le ha explicado su diagnóstico, algo que hay que afrontar cuanto antes mejor. También adaptado, por supuesto, a su edad y capacidad de comprensión.

Siempre recuerdo el caso de un adulto, que descubrió ya en la cuarentena que tenia síndrome de Asperger. Aquello fue para el una liberación. El diagnóstico le ayudó a entenderse a sí mismo, que lo que le pasaba era “normal” desde la perspectiva del diagnóstico. Más tarde, contarlo en su entorno de trabajo, ayudó a que sus compañeros también le entendieran, a que todo fuera más fácil. Dejó de ser el borde y raro. Todo tenía una explicación.

Sé que es un tema complejo. Es difícil hacer generalizaciones y hay que ver los detalles cada caso, tras cada chico con necesidades educativas especiales incrustados en un aula ordinaria, pero en general ocultar la verdad casi siempre es un error. Y casi siempre es lo que se hace. Incluso en centros en los que los profesionales no consideran al niño un marrón que les ha caído en clase (que aún se da demasiado), incluso en esos colegios que quieren hacer las cosas bien. En gran medida porque la decisión de los padres pesa mucho, con lógica. En parte también por falta de formación específica del profesorado de ordinaria.

A la inclusión se llega mediante la comprensión. No se puede comprender lo que no se explica. Esos niños que contaba Marisa no estaban incluidos, estaban incrustados.

Quiero terminar con un detalle muy importante. Es un error asociar a los alumnos con distintos tipos de necesidades especiales con los problemas de conducta o comportamientos disruptivos en clase. No siempre es así ni mucho menos. Podrá haberlos o no, como con alumnos neurotípicos.

(GTRES)

La conveniencia de enseñar a los niños cómo actuar en casos de emergencia

(GTRES)

¿Deberían enseñar en colegios e institutos a actuar en situaciones de emergencia? No estaría mal, ¿verdad? Poco habría que objetar a priori respecto a la petición que hicieron esta primavera los expertos de la Asociación Nacional Educación Escolar en Emergencias de dar una mayor formación en emergencias a los estudiantes en educación Primaria y Secundaria, también a los universitarios.

Lo único objetable, puestos a buscar algo, sería la imposibilidad de dar cabida a todas aquellas enseñanzas para las que hay abrir hueco en las agendas escolares, porque también vendría bien, por ejemplo, hablarles de nutrición y que tuvieran claros conceptos básicos sobre cómo alimentarse de una manera saludable. No es el único ejemplo que se me ocurre.

Y, siendo sincera, creo que sí se podrían organizar las cosas para darles cabida. Son asuntos importantes. De hecho hay centros que lo hacen.

Pero salgamos de las aulas y miremos a nuestros hogares. Los mismos profesionales, que se reunieron en un congreso en Murcia, también recomendaban que las familias contásemos con planes o protocolos de actuación frente a cualquier catástrofe natural o situación potencialmente peligrosa en el hogar o fuera del mismo.

Dicho de otra manera, que igual que cuando vamos con niños a un sitio atestado escribimos nuestro teléfono en la manita del niño y les indicamos un punto de reunión, igual que les hacemos reconocer los distintos uniformes policiales para que busquen ayuda en caso necesario, también les tengamos dicho cómo actuar si hay un incendio en casa, un accidente, si ven que el adulto que está con ellos tiene algún problema de salud.

No es por infundirles miedos, es por tenerles preparados. Saber debería dar seguridad.

¿Ejemplos? Explicar a los niños desde pequeños la existencia del teléfono 112, que no es para buscar información ni hacer bromas, solo para emergencias. Explicar que si hay un incendió en casa, conviene salir deprisa de cada cerrando las puertas que dejemos atrás y llamar pidiendo ayuda a ese número. Indicar a los niños más mayores cómo realizar maniobras sencillas de reanimación o actuar ante un atragantamiento. Explicar qué hacer si se pierden en la montaña si es que somos una familia excursionista.

El portavoz de la Asociación, Andrés López, cree que “tenemos que saber actuar y adoptar medidas de primera intervención hasta la llegada de los servicios de emergencias porque alguna de esas acciones nos puede salvar la vida”.

Y tanto, hace apenas dos días un joven de 19 años salva la vida a un conductor que había sufrido un infarto en Madrid llevando a cabo maniobras de reanimación cardiopulmonar. El año pasado, también en Madrid, un niño de 8 años salvó la vida a su madre llamando al 112, que se desmayó cuando estaban ambos en casa. Hay más ejemplos.

Claro que para enseñar eso a nuestros niños primero tendríamos que saber nosotros, sus padres, cómo reaccionar. A nosotros es raro que nos enseñasen de pequeños, ni en el colegio ni en casa. La cosa es que la web está llena de recursos para aprender. Y nunca es tarde.

Una formación básica en primeros auxilios debería ser obligatoria para toda la población civil.

Llega a los cines una nueva versión animada de ‘Colmillo blanco’ para toda la familia

Este viernes llega a los cines una nueva película de animación apta para ver en familia. Se trata de una nueva adaptación de Colmillo blanco, la historia del perro-lobo que ideó Jack London y que es una lectura maravillosa, una demostración de amor a la naturaleza, la plasmación de que las segundas oportunidades existen, de que en el mundo hay maldad pero también hombres buenos y mucha belleza.

Coproducción entre Francia y Luxemburgo, premiada en Annecy, el primer largometraje de animación dirigido por Alexandre Espigares, que ganó un Oscar por su corto Mr. Hublot en 2013, destaca por la originalidad de su apuesta estética. El dibujo parece en cierto modo extraído de un lienzo y representa de forma fidedigna la belleza salvaje del norte de Canadá que London reflejaba en sus escritos.

De hecho, probablemente se trate de la versión cinematográfica más ajustada a la historia escrita. Desde luego, lo es mucho más que la anterior película de animación existente, de principios de los años 90.

En esta ocasión, aunque el protagonista e hilo conductor sea un animal, los perros y los lobos no hablan, se comportan como corresponde a su especie. Tampoco veremos el humor fácil y los recursos habituales de las cintas infantiles, ni falta que hace en una apuesta así.

La historia arranca con Colmillo blanco convertido en un perro de pelea ya hastiado, que se niega a enfrentarse a dos perros a la vez y cae vencido para ser rescatado por un agente de la ley procedente de California. Tras esa breve escena, recupera en forma de largo flashback al cachorro que empieza a explorar el mundo, a aprender a sobrevivir, protegido por su madre.

Su madre, Kiche, perra de trineo de los indios, retorna con ellos y lleva consigo a su hijo, que acabará convertido en el líder del trineo del jefe, Castor Gris.


Junto al perro-lobo veremos la dignidad del pueblo indio y de ese anciano, sabio en un sentido ancestral, que contrasta con la codicia y la maldad de muchos de los hombres blancos que llegan al norte en busca de fortuna. Esa maldad y codicia son las que harán que Colmillo Blanco acabe en manos de un bandido, Beauty Smith, que lo maltrata y emplea en peleas. Hasta que llegan sus salvadores, Weedon y Maggie Scott, que le devolverán la confianza en el ser humano y la libertad.

Os he resumido una historia que es sobradamente conocida. Probablemente ese sea el mayor problema que tiene, que a todos nos suena ya a algo tantas veces masticando y digerido que no sorprende. Y es difícil que uno se anime a ir al cine para ver algo que ya le suena a visto, a menos que sea una historia que guste especialmente por el motivo que sea o que le llame mucho la atención la animación.

La excepción son los niños. Ir con niños sí tiene sentido, porque para ellos la aventura ideada por London sí sonará a nueva.

Sus creadores lo saben y por eso le han dado forma de una película familiar de apenas 85 minutos. No hay ni una sola gota de sangre, no se recrea en los momentos más duros y tristes y sí en aquellos más tiernos y positivos. Suaviza y embellece. Por eso también le falta la fuerza que tiene la narración de Jack London. Ojalá su visionado incite a encarar, por parte de niños y adultos, la lectura de las obras de este escritor pionero.

Por cierto, que Netflix adquirió esta cinta, que debutó en el Festival de Sundance, por lo que antes o después estará disponible para disfrutar en casa desde esta plataforma.

‘Cluedo Junior’, para ejercitar la deducción, la atención, la memoria y divertirse

imageHace ya demasiado que no os hablo de un juego de mesa, así que vamos con uno. Un juego, además, que eligió Julia tras recorrer una y otra vez los dos pasillos llenos de cajas con juegos que había a su disposición en esa tienda.

Es la versión infantil de un clásico de los de toda la vida, de los que también probablemente hayamos nosotros jugado de niños en alguna ocasión. Un juego con el espíritu de Agatha Christie, pero que en esta adaptación para niños no incluye el asesinato de nadie.

En el Cluedo infantil el crimen cometido ha sido devorar una  tarta sin repartir con nadie. El objetivo es encontrar a semejante egoísta entre seis personajes. También saber con qué bebida se la zampó y a qué hora. Cada jugador está equipado con una libretita para ir marcando a lápiz las pistas que vayan sumando.

Se tira un dado en el que nos puede salir un número con el que movernos por la casa. Si al movernos caemos en una casilla blanca podemos mirar bajo los pies de ese personaje, a ver si encontramos migas en lugar de una hora. Si caemos en una amarilla miramos las bebidas que hay bajo el mobiliario. Si con nuestros movimientos no llegamos a ningún sitio, pues ahí nos quedamos sin investigar. En el dado también pueden salir directamente los colores blanco o amarillo, que nos permiten cotillear el personaje o el mueble que queramos.

Obviamente, las peanas que corresponden a cada personaje o mueble cambian en cada partida, para perpetuar el misterio. Igual que en cada partida la suerte decide cuáles se apartan para designar al culpable, la hora que comió la tarta y la bebida. También es obvio que gana el que acierta y si algún jugador hace una deducción equivocada queda eliminado automáticamente del juego.

La ventaja de su sencillez es la posibilidad de jugarlo entre niños a partir de seis o siete años sin la participación de un adulto. Con la ayuda de un ‘mayor’ a partir de los cinco años, como indica la caja, pueden jugar perfectamente, puede que incluso antes si el niño está acostumbrado a jugar en mesa y tiene ya cierta capacidad para concentrarse.

Además de la atención constante (es importante no perderse lo que hagan los demás jugadores) y de las dotes de deducción, también se ejercita la memoria. Aunque no olvidemos que el objetivo más importante con los niños es divertirse.

De Hasbro, la misma casa del Cluedo adulto y de tantos otros clásicos, admite de dos a seis jugadores y se puede encontrar por unos veinte euros, puede que algo menos si buscamos bien.

A los adultos se les puede quedar un poco corto, pero tampoco pueden dormirse o mirar el móvil mientras juegan, que las partidas están bastante igualadas a poco que los niños se esfuercen.

Cluedo Junior es una buena manera de comprobar si, a partir de unos ocho años, podemos introducir a nuestros hijos en el Cluedo adulto, en el que sí hay asesinatos y la complejidad aumenta. Un juego que, como curiosidad, nació en plena Segunda Guerra Mundial, creado por Anthony E. Pratt, empleado británico de un abogado. A día de hoy hay numerosas versiones, incluyendo algunas inspiradas en famosas franquicias como Star Wars, Juego de Tronos (lo raro ahí es que haya un único asesinato a investigar), Sherlock, Los Simpsons, The Big Bang Theory o Doctor Who.

De hecho, es habitual que los juegos de mesa más conocidos tengan versiones infantiles, a modo de prueba pero también de entrenamiento para encarar luego el adulto. Existen, por ejemplo, adaptaciones de Catan, Carcassone (otro que os recomiendo), del Trivial, el Monopoly o de Aventureros al Tren.

‘Intrépidas’, veinticinco aventureras con las que aprender junto a nuestros hijos que no hay sueño imposible

Hay libros que, incluso antes de tenerlos en las manos, sabes que, muy probablemente, acabarán cautivándote. Hay libros que, una vez los tienes en las manos, acaricias sus lomos y te adentras entre sus paginas, son ya una historia de amor de las que duran muchos años.

Libros con los que acabas casándote. Y eso con un libro significa que los tendrás en un honor en tu estantería; que mirarás muy mucho a quién se lo prestas, reclamándolo sin haberlo olvidado cuando haya pasado el debido tiempo; que volverás a él en un futuro; que te acompañarán en tus mudanzas y guardarás para tus hijos.

Y os recomiendo adentraros en la poligamia literaria, si es que no lo habéis hecho ya. Son muchos los volúmenes que pueden ser merecedores de nuestro amor. Y aquellos que lo sean del mío no tienen porque serlo del vuestro. El amor es siempre así, eso tiene de bueno. Hay que ser intrépido y explorar qué nos hace soñar.

Hay libros que nos enamoran por las historias que encierran, por el empeño de un autor dando sentido a un mundo, a su mundo, que se convierte en el tuyo. No siempre es así. El libro que os recomiendo hoy es una obra de divulgación idea de Patricia Márquez, ilustrada por Rena Ortega y escrito por Cristina Pujol. Tres mujeres mostrándonos a 25 mujeres que debería ser obligado conocer.

Y no es uno para guardar y esperar a que tus hijos crezcan, sino uno que podemos disfrutar junto a ellos. Así lo he hecho yo junto a mi hija de nueve años. Primero viendo el índice, en el que puedes conocer rápidamente a todas las protagonistas. Luego recorriendo el libro pagina a página o acudiendo a aquellos perfiles que más nos hayan llamado la atención.

Cuando alguien se encontraba con Junko Tabei por primera vez, no podía evitar mirarla varias veces de arriba a abajo… Medía metro y medio, y no pesaba más de cincuenta kilos. ¿Cómo podía ser la primera mujer en haber coronado el monte Everest? Ella se reía de la confusión. Junko explicaba que el físico o la técnica no la llevaron al techo del mundo, sino que fue su determinación lo que la impulsó a la cima, y esa fuerza imparable nace del corazón.

Intrépidas recupera los viajes de 25 mujeres exploradoras, muchas de ellas olvidadas con el transcurso de los años. Siguiendo sus pasos aprenderemos cómo superaron sus miedos, cómo consiguieron subir las montañas más altas, recorrer el mundo a pie, en bicicleta, viajar al espacio, volar cruzando océanos y continentes, sobrevivir en el desierto o bajar a lo más profundo del mar? Algunas llegaron a su meta y otras no, pero lo importante es el camino que recorrieron y cómo su viaje las cambió para siempre.

Aunque está recomendado a partir de seis años, los textos pueden ser un poco arduos para que los lean a solas niños menores de diez años, pero sí estamos a su lado es algo fácil de solventar. Además, la riqueza de las ilustraciones, acompañadas de pequeños resúmenes y curiosidades, hablan por sí solas y son ya material suficiente para los pequeños lectores.

No son las de siempre, las que aparecen con frecuencia en estos libros recopilatorios de mujeres destacadas que últimamente se acumulan procedentes de distintas editoriales. Y se agradece. Aunque alguna hay, bien es cierto. Era imposible no hablar de Amelia Earhart.

Lo que tienen en común es su valentía, el ponerse el mundo por montera, literalmente. Exploradoras y pioneras todas ellas, la mayoría pertenecientes a los últimos doscientos años de nuestra historia, algunas aún vivas. Mi hija quiso conocerlas, y buscamos las fotos que de ellas hay mientras veíamos el libro; descubriendo aquellas que han inspirado las ilustraciones, viendo que sus historias no son un cuento, que son de verdad.

Presentadas por orden cronológico, al conocerlas nos queda claro aquello con lo que concluye el libro, que no hay sueño imposible, que nadie nos debe hacer de menos, que hay que querer volar sin miedo, que debemos crecer mirando al cielo mientras caminamos.

Si tenéis pequeños artistas o lectores en construcción en casa, si a vosotros también os gustan estos volúmenes paridos con mimos, echad un ojo al catálogo de su editorial, Pastel de luna, lleno de autores orientales y premios relevantes. Encontrareis  laberintos,  razones por las que amar a los árboles, que hay muchas respuestas válidas a lo que hay más allá, que es estupendo ser hija única, que una humilde ranita puede ser una gran filósofa o que el hombre es uno con la naturaleza, por mucho que a veces se empeñe en olvidarlo. Libros a cuál más bellamente ilustrados.

Ni el pelo largo es de niñas, ni el corto es cosa de chicos (sobre las críticas a los hijos de Elsa Pataky y Chris Hemsworth)

Recuerdo perfectamente que, cuando entraba en la adolescencia a finales de los ochenta, para muchos de mis amigos varones dejarse el pelo largo suponía toda una odisea. Por mucho que las melenas hippies tuviesen ya dos décadas de historia, en la España que se preparaba para los Juegos Olímpicos de Barcelona los chavales, salvo excepciones, lo tenían complicado para huir del peluquero.

Y bastantes lo deseaban. Ya fuera por un deseo estético, con frecuencia influido por la música heavy que, con sus melenas al viento, imperaba en aquella época; ya fuera por una cuestión de rebeldía a los mayores o de búsqueda de la propia identidad tan propia de esa edad.

En muchos hogares los padres se negaban a ver bajo su techo a melenudos y muchos colegios prohibían que los chicos llevaran siquiera el amago de una mínima melenita. Dañaba la imagen del centro, decían, e incluso convocaban a los padres a tutorías para exigir el rasurado.

Vamos a mejor, pero aquello no está del todo superado. Ni mucho menos. Aún hay familias en las que una nimiedad como son unos centímetros más o menos de cabellera es motivo de disputa; también centros escolares que piden que las cabezas masculinas se mantengan dentro de un orden que no incluye poder hacerse coleta o moño. Y hay bastantes trabajos en los que tampoco está bien visto ir por la vida como Brad Pitt en Leyendas de pasión.

¿Por qué? He escuchado excusas de limpieza y pulcritud, pero no valen. Un pelo largo puede estar aseado y limpio y el que les permitan a las chicas melenas de Rapunzel es una buena prueba de que eso no es motivo de preocupación.

También he oído aquello de que los varones no saben manejarse con el pelo largo, como si darle al champú, el suavizante y el cepillado fuera equivalente a adentrarse en la física cuántica.

¿Niño o niña? (GTRES)

El “vas a dar mala impresión” aparece con frecuencia, pronunciado normalmente por aquellos a los que precisamente les produce mala impresión, pero eso no responde al “¿por qué?”. Puede ser que haya gente que lo asocie a personas sin recursos o con ideas levantiscas, que les desagradan, pero en mi fuero interno estoy convencida de que la razón del desagrado es sobre todo que se identifica con lo femenino, y un hombre no puede adoptar una estética supuestamente femenina.

Valiente tontería. Una tontería que se comprueba cuando el que lleva el pelo largo es un niño pequeño. Muchos asumirán que si ese pequeño, poco más que un bebé, va con melena, es una niña. Así que cortamos el pelo a los niños y descartamos la ropita rosa y con flores y mariposas de su hermana mayor que se ha quedado nueva del poco uso (es que los bebés crecen tan deprisa…) aunque no nos sobre el dinero. Y al revés igual sucede, aunque de manera menos pronunciada.

Y de nuevo… ¿Por qué? Porque se supone que es de niñas.

Lo de tomar a los niños con pelo largo por niñas y decirles que les corten el pelo para no parecerlo le pasaba a mi padre en los años sesenta, que era de facciones delicadas y largos rizos rubios. Y lo están viviendo en sus carnes Elsa Pataky y Chris Hemsworth, que en Instagram solo muestran (buena idea) a sus hijos de espaldas con sus largas melenas rubias. Claro, todo el mundo asume que son niñas, y cuando salen de su error con frecuencia les critican. “¡Cortadles ese pelo, que parecen nenas!”.

Full of adventures!!/ llenos de aventuras. #brothers #twins #siemprejuntos

Una publicación compartida de Elsa Pataky (@elsapatakyconfidential) el 12 Ene, 2018 a las 3:11 PST


Ay… En algunos comentarios intuyes como mar de fondo el absurdo temor de a ver si les vas a confundir y te crezcan ‘revirados’. El “se van a reír de ellos en el cole”, que también esconde tanto.

Como si quieren ir salir con vestido a la calle. ¿Por qué no?

Lo que hay que hacer no es infundirles nuestros miedos, nuestras estrecheces de miras que no han pasado por un auto examen; lo que deberíamos hacer los adultos es infundirles valor, seguridad en sí mismos, amor y apoyo incondicional, para que pisen fuerte. Sin pisar a nadie, eso por supuesto.

Las tijeras hacen falta sí, pero para ir cortando prejuicios y dejando que crezca el respeto a las decisiones ajenas.

A mí me gusta el pelo corto en los niños, que raspe cuando les acaricias la nuca. Y en los hombres. Pura cuestión sensorial y egoísta. Pero da igual lo que a mí me guste, lo importante es respetar lo que ese niño y ese hombre quieran hacer con su imagen.

Perdón, también esa niña y esa mujer. Porque ni el pelo largo es de chicas ni el muy cortito es de chicos. Que a niñas con el pelo al ras también las toman por chicos, que ellas y las mujeres que se lo cortan también vean cuestionada su feminidad, es otro absurdo menos habitual pero semejante.

Por eso para mí, que la comodidad y el ahorro de tiempo invertido ante el espejo valen oro, ya no hay pelos que valgan.

¿Niños o niñas? (GTRES)

Algunos comentarios que me han llegado por redes sociales:

IParSol. A mi hijo no le gusta pelarse, tiene cinco años y este curso lo ha pasado casi al completo con el pelo largo. Y tanto le han dicho en el cole (y fuera de el) que parecía una niña, que él mismo ha acabado asumiendo que con el pelo largo parece una niña…

aieta_. Los hijos (chicos los dos con cara de chicos) han llevado el pelo largo y les han confundido siempre con niñas. ¡Fuera prejuicios y dentro línea unisex de accesorios para el pelo!

CarblaCon. Mi hijo odiaba cortarse el pelo así que llevaba el pelo largo ( 2 años de edad) y todos los días oía lo de parece una niña , hasta un día una abuela con su nieta ( misma edad), subidos en un caballito de los de euro , se atrevió a decirme , este niño necesita un corte de pelo.

Cristinayra_. Para eso todavía falta por desgracia, tengo un niño de 9 años q tiene el pelo largo, y no hay una sola vez q vaya a cualquier sitio y le digan ” q quieres guapa” y así rectificandolos todos los días, y su excusa ” ah, como tiene el pelo largo, no me he dado cuenta”

Pakymjaen. Son urgentes La tijeras para los prejuicios. Decidimos no ponerle pendientes a nuestra hija. Todos los días le dicen “que nene mas bonico”. Entre otras muchas cosas.

spanglisheasy. Pero por desgracia no es solo con pelo largo, es también con pendientes. Mi hija con no lleva pendientes, y de paseo por un centro comercial en Madrid cuando tenia solo 1 año, no hubo ni una sola persona que la llamara niña. Tanto cuesta preguntar?