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Hola Mamá: tengo fiebre.

Querida Mamá (o Papá o quién me cuide ahora que me he puesto mala):

Creo que ya te has dado cuenta de que tengo fiebre. Y lo creo porque he visto como me has puesto el termómetro de forma compulsiva unas 20 veces desde ayer. Todo empezó por la tarde, como quien no quiere la cosa. Me notaste un poco más apagada de lo normal, no quería hacer puzzles y solo te pedía que me cogieras en brazos, y al ponerme la mano en la frente dijiste “Ya estamos; es ir una semana al colegio y ponerte mala”.

La verdad es que creo que no tengo la culpa. Nuestra pediatra siempre dice que los niños que van al colegio o a la escuela se ponen habitualmente enfermos, al menos durante los primeros años, aunque la mayoría de las veces son procesos infecciosos sin importancia. Al fin y al cabo, es la primera vez que me enfrento a los virus esos que tanto odias y todavía no he aprendido a defenderme de ellos sin que me produzcan fiebre, tos, mocos o cualquier otro síntoma que se te pase por la cabeza. Hay que reconocer que son un rollo, ya que hacen que me pase varios días seguidos decaída con pocas ganas de comer y de no hacer nada. Vamos que, como dice el abuelito, me convierto en un trapillo. Sin embargo, yo estoy tranquila. No es la primera vez (ni la última) y se que antes o después todo volverá a la normalidad. Y si no es así, ya habrá tiempo de que me lleves al médico para que me eche un vistazo y, de paso, me regale una pegatina.

El motivo de esta carta es para intentar que lleguemos a un acuerdo. Yo sé que me cuidas con todo tu amor pero hay cosas que haces que no son necesarias, quizás en un intento de protegerme y no dejar ningún cabo suelto. Sí, tengo fiebre, pero no tengo el Ébola, así que no hace falta que me vigiles como si tuviera la peor infección del mundo y necesitara una Unidad de Cuidados Intensivos con cientos de cables a mi alrededor y un monitor que marque mi frecuencia cardíaca con un bip-bip al ritmo de un metrónomo.

Una cosa muy importante que ya deberías saber es que, cuando tengo fiebre, el paracetamol o el ibuprofeno me lo debes dar para que me encuentre mejor. Está claro que esto ocurrirá a la par que la fiebre se modera, pero puede ocurrir que pase de estar amodorrada en el sofá a dar brincos por el salón y pedirte salir a jugar a la calle sin que la fiebre se mueva de los 39ºC. Si te digo la verdad, lo que marque el termómetro me da un poco igual. A mi lo que me interesa es encontrarme bien. Así que no te obsesiones con ponerme el termómetro cada 20 minutos en un intento de ver si la fiebre baja. Vigila cómo me encuentro, mi estado general, ya que ese es el mejor termómetro del que fiarte. Por el mismo motivo, si tengo fiebre pero no me encuentro mal, puedes esperar a darme la medicina, cosa que ocurre muchas veces cuando estoy durmiendo plácidamente a pesar de sobrepasar los 38ºC. Te puedo asegurar que me molesta más que me despiertes para darme el jarabe que seguir durmiendo con fiebre.

Como te decía antes, lo que tengo es fiebre y, probablemente, en un par de días haya desaparecido. Ya sabes que la fiebre no es mala, que no me hace daño. No es más que un síntoma que nos avisa de que mis defensas están luchando contra los malditos virus. Además, es normal que solo tenga fiebre, al menos de momento, eso que a los pediatras les gusta llamar “fiebre sin foco” o decir que “todavía no ha dado la cara”. Por este motivo, salvo que me veas con mal estado general o que me cuesta respirar, no hace falta que me lleves a Urgencias a toda prisa, sobre todo si son las tres de la mañana y en la calle hace un frío que pela. Pide cita con mi pediatra dentro de un par de días, que es quien mejor me conoce, y seguro que lo ve todo más claro. Con un poco de suerte, la fiebre puede que ya se haya ido y me gane esa pegatina solo por ir a saludarla.

Yo entiendo perfectamente que te agobies y sé que te gustaría que el tiempo pasara más deprisa para saber si esta fiebre que tengo hoy se debe a una neumonía, y así poder iniciar el antibiótico cuanto antes, o no es más que un catarro sin importancia. Sin embargo, Mamá, esto de la medicina no funciona así. Cuando me pongo mala hay que saber esperar y esperar a ver cómo avanza la película, si no corremos el riesgo de pensar, al ver solo cinco minutos de metraje, que se trata de una de aventuras cuando realmente la peli es una comedia. Así que ten paciencia y recuerda que la fiebre solo hace que me encuentre mal.

También me gustaría decirte que odio cuando me metes en la ducha para darme un agua templadita a ver si con eso me baja la fiebre. No se tú, pero si tengo fiebre y me encuentro mal, lo que menos me apetece en ese momento es que me den un baño, ya que hace que tenga frío y, realmente, la fiebre solo baja unas décimas durante un rato muy corto. Del mismo modo, las friegas esas con alcohol que te hacían a ti cuando eras pequeña tampoco me ayudan, además hacen que huela a lo que toma la abuela en el vasito ese pequeño que ella dice que es nosequé del mono. Es preferible que me quites algo de ropa y bajes la calefacción de casa, que no se que te ha dado por poner el termostato en nivel infierno. Ni que fuéramos nudistas y estuviéramos todo el día por casa como Dios nos trajo al mundo.

Otra cosa que me pasa cuando tengo fiebre es que suelo perder el apetito. Con un poco de suerte comeré lo mismo que todos los días, pero no te sorprendas si te digo que no quiero desayunar o me dejo la mitad del plato de judías que me has preparado con tanto amor para cenar. Ofréceme la comida, pero no me fuerces a comer, que tampoco pasa nada porque me pase un par de días tomando solo yogures o arroz con tomate, que sabes que me encanta. Quizá pierda un poco de peso, hasta puede que pienses que me he quedado en los huesos, pero estoy segura de que en cuanto mejore comeré igual de bien que antes y recuperaré ese kilillo que dices que a mi me falta y a ti te sobra…

Para ir acabando, me gustaría que me dejaras en casa cuando tengo fiebre. No hay ninguna necesidad de que me lleves al colegio. En serio, no soy Sergio Ramos jugando la final de la Champions League en plan “sin mí seguro que perdemos” o el Presidente del Gobierno acudiendo al Consejo de Ministros más importante del año. Soy una niña y por faltar dos días a clase no voy a perder la comba del curso. Y si la pierdo, estoy convencida de que mis profesores harán todo lo posible para que no me descuelgue de mis compañeros. Tienes razón en que la fiebre en sí no es una enfermedad de exclusión escolar y que, seguramente, este virus me lo he pillado de Carla, mi compañera de pupitre, o de Juan, que es con quien me siento cuando vuelvo del colegio en ruta. Pero mira, si en casa ya estoy para el arrastre, imagínate si además tuviera que seguir el ritmo de la seño, con las sumas, las restas, los pronombres y la science, que además sabes que no la entiendo. Por caridad, déjame en casa.

También sé que si alguna vez me has llevado a clase con el ibuprofeno recién dado después de una noche de fiebre es porque la conciliación familiar y laboral en este país es una mierda (perdón por el palabro, se lo oí el otro día al tío Paco y, aunque no lo uso nunca, creo que esta vez venía al pelo). Intenta dejarme en casa, los abuelos casi siempre están dispuestos a hacerme compañía, o con un vecino o pide trabajar a distancia, pero no me lleves al cole. Si por algún motivo no lo consigues, pues bueno, qué se le va hacer, yo pondré mi mejor cara al ver a mis compañeros y aquí no ha pasado nada, al menos hasta que me vuelva a subir la fiebre. Pero de verdad, antes de hacerlo intenta por todos los medios que me quede descansando. Yo te lo agradeceré con miles de besos y quizá hasta te haga un dibujo de esos que tanto te gusta. Mis compañeros también te lo agradecerán, ya que así es menos probable que ellos se contagien. Sobre todo María, la niña que el año pasado tuvo cáncer y ya ha vuelto a clase. Porque, aunque ya está en remisión completa, lo que para mí no es más que un virus, para ella puede ser una infección muy grave, que me dijo el otro día que la pastilla esa que toma hace que sus defensas estén bajas.

Querida Mamá, siento si estas lineas que te he escrito te han molestado. Se que desde el día en que nací tú solo quieres lo mejor para mí. Estoy segura de que cada segundo, cada minuto, cada hora que paso con fiebre, lo único que quieres es que me ponga buena. Aunque no lo parezca, agradezco mucho que me arrulles en tu regazo. Agradezco tus besos y tus caricias. Agradezco que para que me quede dormida por las noches mientras tirito de frío, me des tu mano, aunque para ello te saltes todas las reglas que te has autoimpuesto en un intento de que aprenda a dormir sola. Agradezco también tus visitas furtivas en medio de la madrugada para ver si ya me encuentro mejor o quiero un vaso de agua. En definitiva, agradezco todos los mimos y cuidados que me das cuando tengo fiebre. Espero que algún día, cuando yo tenga hijos y tú peines canas, parecerme solo un poquito a tí; si lo consigo, sé que ellos estarán al cuidado de las mejores manos.

Así que, gracias Mamá.

Firmado: Lola, tu hija.


Esta entrada esta basada en el Decálogo de la Fiebre de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (link) y en el artículo “Viaje alrededor de mi casa” de Giani Rodari publicado originalmente en Il giornale dei genitori en 1966 y recopilado junto a otros artículos suyos en “Escuela de Fantasia” (ed. Blackie Books, 2017).

Cremas de protección solar para niños

Con la llegada del buen tiempo, una de las preocupaciones de los padres que tienen hijos pequeños es qué medidas deben tomar para protegerlos de los efectos dañinos de la radiación solar. Preguntas como qué crema deben elegir, el tipo de filtro, cada cuánto hay que volver a aplicarla o el factor de protección son habituales en las consultas de pediatría de atención primaria.

En este post realizaremos un repaso sobre todo lo que debéis tener en cuenta a la hora de elegir un protector solar para los más pequeños de la casa.

¿Por qué los niños deben protegerse del sol?

Por todos es sabido que la radiación solar, tanto la tipo UVB como UVA, tiene efectos negativos sobre la salud, sobre todo envejecimiento cutáneo prematuro, quemaduras e hiperpigmentación, además de ser uno de los factores más relacionados con el cáncer de piel.

Por este motivo, todas las personas, independientemente de lo oscura que sea su piel, deben protegerse aplicando diferentes mecanismos para disminuir la radiación que reciben a lo largo de los años. Esta recomendación, si cabe, es mucho más importante en los niños debido a que su organismo está en desarrollo y su piel es más sensible a los efectos dañinos que comentábamos.

Para protegernos del sol podemos emplear varios mecanismos, desde evitar salir a la calle en las horas centrales del día o permanecer a la sombra, hasta utilizar ropa de manga larga y gorro (ya hablaremos un día de qué tipo de ropa es la más adecuada porque no toda vale) o emplear un protector solar en forma de crema o loción.

Tipos de filtros solares

Actualmente existen dos tipos de filtros solares. Los que reflejan la radiación y los que la absorben. Ambos mecanismos funcionan de forma similar, impidiendo que la radiación llegue a la piel y, por tanto, no ejerza sus efectos dañinos. En el mercado existen dos tipos de filtros: orgánicos (también llamados filtros químicos) y no orgánicos (llamados filtros físicos).

1. Filtros químicos u orgánicos

Estos filtros son protectores solares que absorben la radiación solar y la transforman en otro tipo de energía que no provoca daño en la piel. Son compuestos químicos diseñados en el laboratorio para absorber un tipo de radiación concreta: UVB o UVA. Existen muchos en el mercado, como por ejemplo los cinamatos, el octinoxante o las benzopenonas. Todos ellos presentan como ventaja que son estéticamente muy tolerables ya que no dejan la típica capa blanca cuando se aplican.

Son filtros solares muy seguros aunque en un porcentaje pequeño (menos del 0,1%) pueden dar lugar a reacciones adversas como fotosensibilidad, alergias locales o dermatitis de contacto.

2. Filtros físicos o no orgánicos

En este caso reflejan la radiación solar, además de servir tanto para la radiación tipo UVB como UVA. Antiguamente eran muy poco estéticos ya que dejaban un capa blanca visible en la piel, pero el desarrollo de nuevos productos ha conseguido que casi no dejen marca después de ser aplicados.

Los compuestos más utilizados como filtros físicos son el oxido de zinc y el dióxido de titanio. Presentan como ventaja frente a los filtros químicos que son más tolerables a nivel cutáneo ya que no provocan irritación local. Por este motivo, son los preferidos en niños pequeños.

3. Los protectores de “amplio espectro”

Debido a que muchos de los compuestos que se utilizan para fabricar un protector solar solo bloquean un tipo de radiación, la gran mayoría de las marcas comerciales fabrican cremas o lociones combinando varios de estos productos con el fin de conseguir una protección efectiva tanto para radiación UVB como UVA.

Antiguamente esta combinación se conocía como “amplio espectro” (O broad spectrum), sin embargo, la nomenclatura actual ha cambiado. Actualmente la legislación internacional exige que figure en el envase el tipo de radiación contra la que protege la crema. En concreto, el SPF hace referencia al factor de protección frente a UVB. Si además en el envase aparecen las siglas UVA con un círculo rodeándolas, significa que ese producto ofrece al menos 1/3 de protección frente a esta radiación respecto al SPF (que es la recomendación actual de la Unión Europea).

Esta sería la nomenclatura actual para designar una crema de “amplio espectro”.

¿Qué factor de protección elijo para mi hijo?

Una vez que hemos elegido el tipo de filtro que vamos a emplear, debemos fijarnos en el factor de protección o SPF. Al fin y al cabo esto revela cómo de concentrado está el tipo de filtro que contiene la crema y refleja la protección que nos aporta. Para que sea fácil de entender, sería la cantidad de veces que la piel esta protegida frente a no llevar crema. Es fácil de entender que cuanto mayor sea el SPF, mayor va a ser la protección ya que evita en mayor medida la llegada de la radiación a la piel.

Tanto la Academia Americana de Pediatría como la Asociación Española de Pediatría recomiendan que en niños se empleen productos con una protección de al menos 30 SPF. Sin embargo, debido a que la cantidad de crema que suelen emplear los padres es escasa, podrían utilizarse cremas con 50 SPF para contrarrestar la poca crema que se suele aplicar a los niños. Por otro lado, no está demostrado que las cremas con 50+ SPF protejan más que las fabricadas “solo” con 50 SPF.

Otra dato a tener en cuenta a la hora de elegir una crema para un niño es que debe ser “resistente al agua” (o water resistant) ya que garantizan que la protección se mantenga al menos durante los siguientes 40 minutos tras un baño en la piscina o en el mar. Las llamados “waterproof”, protegen el doble de tiempo.

En cuanto a el tipo de producto, es preferible el empleo de cremas o lociones frente a geles o sprays, ya que estos últimos contienen productos irritantes para la piel.

¿Qué cantidad de crema debo aplicar?

Se considera que un adulto está protegido contra el sol si emplea 30 ml de crema repartida por todo el cuerpo. Como os podéis imaginar, el cuerpo de un niño es más pequeño y, por tanto, la cantidad debe ser menor.

Una buena regla para saber si lo estamos haciendo bien es aplicar la cantidad de una “cucharada” pequeña por cada parte del cuerpo como cara, cuello y brazos. Para el pecho, la espalda y piernas emplearemos dos cucharadas para cada lado.

Es también importante recordar que la crema debe aplicarse 15-30 minutos antes de la exposición solar y repetirse cada 2 horas y siempre después del baño.

Por último, recordad siempre echar crema en las orejas y el cuello, que suelen ser los lugares en donde más quemaduras solares se producen en niños. Otro lugar que no debe olvidarse son los labios, pero ojo, para estas localizaciones existen unos productos especiales.

Y como producto cosmético que son las cremas de protección solar, una vez abiertas tienen un periodo de vida útil determinado (PAO, “period after opening”). Así que tendréis que ver qué cremas os sirven de un año para otro. Podéis comprobar cuál es si os fijáis en el numerito que hay dentro del icono con forma de bote de crema que hay en el envase del protector que hayáis comprado.

Ejemplos del PAO. La letra M significa meses.

¿Qué pasa con los niños menores de 6 meses?

Los pediatras solemos repetir como un mantra que los niños por debajo de los 6 meses no deben estar expuestos al sol. Esto se debe a que la barrera cutánea de estos niños es muy inmadura y los efectos del sol en esta edad son todavía más dañinos. Para evitar esta exposición al sol debemos emplear ropa de manga larga y gorro, así como permanecer a la sombra la mayor parte del tiempo.

Además, debido a esta inmadurez, los efectos secundarios de los protectores solares son más frecuentes, motivo por el que no debemos emplear este tipo de productos de forma habitual por debajo de ésta edad.

En el caso de que no pudiéramos evitar cierta exposición solar a un bebé menor de 6 meses, podemos emplear un protector solar con al menos 15 SPF en zonas pequeñas como la cara y las manos, eligiendo en primer lugar filtros no orgánicos por ser menos irritantes.

¿Y qué pasa con la vitamina D y las cremas solares?

La vitamina D es fundamental para el organismo y se sintetiza en la piel gracias a la exposición solar. En este sentido, muchos habréis leído que el empleo de cremas solares puede disminuir su síntesis. Sin embargo, esto solo ha sido demostrado en experimentos en laboratorios pero no existe ningún estudio de calidad en personas que haya confirmado que los protectores solares disminuyan la producción de la piel de vitamina D.

Teniendo esto en cuenta y que, además, los padres pecamos en echar menos crema de la que deberíamos a nuestros hijos, no os volváis locos con si debéis dejar a vuestros hijos al sol 10 minutos cada día antes de aplicarles la crema. Seguro que con la cantidad de sol que reciben a diario es más que suficiente para sintetizar la vitamina D que necesitan cada día..

En resumen…

A la hora de elegir un protector solar de un niño debemos:

  • Elegir filtros de “amplio espectro”, preferiblemente filtros físicos/no orgánicos.
  • Elegir cremas con factor de protección de al menos 30 SPF.
  • Aplicar la crema de 15-30 minutos antes de la exposición solar en cantidad suficiente y repetir la operación cada 2 horas y después del baño.
  • Evitar al máximo la exposición solar en niños menores de 6 meses. Si no fuera posible, aplicar poca cantidad con al menos 15 SPF en zonas expuestas.

Si quieres saber más sobre los efectos del sol puedes consultar esta otra entrada de nuestro blog (link). Y si lo que buscabas es algo sobre los golpes de calor en los niños puedes hacerlo en este otro link.

Y por último, quien mejor te puede ayudar a elegir una crema para un niño es tu farmacéutico del barrio, ya que es quién mejor conoce este tipo de productos.

En este directo de Instagram tenéis un resumen de todo lo que tenéis que sabe sobre protección solar en la infancia.

Dónde medir la fiebre de un niño

La fiebre es uno de los motivos de consulta más frecuentes en Pediatría, de hecho, la inmensa mayoría de los niños que acuden a Urgencias la presenta. En este blog ya hemos hablado en multitud de ocasiones sobre ella reforzando la idea de que la fiebre no es nada más -ni nada menos- que uno de los posibles síntomas asociado a una infección, como puede ser la diarrea y los vómitos en una gastroenteritis o los mocos en un catarro. También hemos hablado de su manejo o de cuál es el mejor termómetro para un niño, sin embargo, nos quedaba por rellenar el hueco de explicaros cuál es el mejor sitio para medir la fiebre, así que vamos con ello.

Temperatura central vs. Temperatura periférica

La temperatura que nos importa a los médicos es la temperatura corporal central, es decir, la temperatura del interior del cuerpo en donde se encuentran los órganos vitales. Ésta varía entre los 36,4-37,2ºC y es algo más elevada que la temperatura periférica. Sin embargo, debido a que los métodos para medir la temperatura central son muy invasivos, la temperatura que utilizamos habitualmente en nuestra práctica clínica es la temperatura periférica y es la que tenemos en cuenta a la hora de decidir si un niño tiene fiebre o no.

La temperatura periférica es un reflejo de la temperatura central, ya que se ha comprobado en muchos estudios que la temperatura medida en diferentes partes del cuerpo como la axila, la boca, el recto, el oído o la frente… se correlaciona muy bien con la temperatura central. Sin embargo, no es lo mismo medir la temperatura periférica en cada una de estos sitios, por lo que debemos conocer las particularidades de cada uno de ellos.

Sitios en los que se puede medir la fiebre

Como decíamos, dependiendo de dónde midamos la fiebre tendremos que tener en cuenta unas cosas u otras.

La temperatura rectal es la que se correlaciona mejor con la temperatura central y se considera normal valores entre 36,5 y 38ºC. Sin embargo, la medición en esta zona corporal puede entrañar riesgos por lo que no está recomendada de forma rutinaria.

La boca, a nivel sublingual, es la otra zona del cuerpo que presenta una correlación excelente con la temperatura central aunque suele ser algo más baja que la rectal, con un rango de normalidad entre 35,5-37,5ºC. En este caso, es difícil medir la fiebre en dichas localización en niños pequeño ya que no suelen colaborar, además puede falsearse si están respirando rápido (muy habitual cuando un niño tiene fiebre o presenta dificultad respiratoria).

La temperatura a nivel de la axila es fácil de tomar en casi cualquier niño. Sin embargo, la correlación con la temperatura central es peor que las dos anteriores debido a que la piel puede estar fría mientras que el interior de nuestro cuerpo está caliente o con fiebre. En España, es el método más empleado para medir la fiebre y es el que recomiendan la mayoría de las asociaciones de nuestro país. Se acepta como normal un rango entre 34,7-37,3ºC.

Para la medición de la temperatura rectal, bucal o axilar se suelen emplear termómetros digitales o de galistán. El problema de ellos es que tardan uno o dos minutos en dar la medición, lo que hace que para los niños (o los padres que sujetan a los niños) sea relativamente incómodo.

En los últimos años han aparecido nuevos sistemas de medida como la medición mediante infrarrojos. Este sistema de medición permite tomar la temperatura en otras partes del cuerpo como en el oído (temperatura de la membrana timpánica) o en la frente (temperatura de las arterias temporales). Son termómetros muy cómodos ya que dan la temperatura en pocos segundos sin que molestemos mucho al niño.

La correlación entre la temperatura del oído es muy similar a la temperatura central. Sin embargo, los aparatos de medida de uso comercial que podemos tener en domicilio son poco precisos respecto a los que se utilizan en investigación, de hecho, los estudios en los que se comparan estos termómetros comerciales frente a los que miden la temperatura rectal han mostrado resultados contradictorios. El rango de normalidad aceptado es de 35,8-38ºC.

En el caso de los termómetros de frente, la medición de la temperatura puede verse influenciada, por ejemplo, por el sudor, lo que se traduce en que su correlación con la temperatura rectal en los estudios realizados sea también contradictoria, en ocasiones más altas o más bajas que la de referencia. Por tanto, tampoco se recomiendan a la hora de tomar decisiones clínicas importantes. No se ha establecido un rango de medición, aunque muy probablemente sea similar al de la medición en oído.

Entonces, ¿dónde debería tomar la temperatura a mi hijo para saber si tiene fiebre?

Como has podido leer, existen varios sitios donde podemos medir la fiebre: el recto, la axila, la boca, la frente o el oído. Sin embargo, no existe un consenso claro entre las diferentes asociaciones de pediatría de dónde deberíamos medir la fiebre en los niños.

En España, según la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap), los padres deberían medir la temperatura a sus hijos en la axila con un termómetro digital. En los hospitales o en los centros de salud, deberíamos utilizar la vía axilar como primer método de medida y, en el caso de que se necesite una medición más exacta, considerar la vía rectal en niños menores de 5 años o la bucal en los mayores de esa edad.

Por el contrario, la Academia Americana de Pediatría (AAP) aconseja la medición rectal en domicilio de la temperatura en todos los menores de 5 años y la bucal a los mayores de esa edad. Tampoco es de la misma opinión el Instituto Nacional de Salud y Excelencia Clínica (NICE) del Reino Unido, el cual cree que es aceptable la toma de la temperatura a nivel axilar en los menores de 4 meses, mientras que en los niños por encima de esa edad, además de la medición axilar, se podría emplear la del oído.

Quizá todo esto os parezca un lío. Que si varios tipos de termómetro, que si varios sitios donde se puede medir la temperatura, que si cada asociación dice una cosa… y, la verdad, no os falta razón. Creemos que lo más importante es ser prácticos y no complicarnos mucho la vida, que criar a nuestros hijos ya es de por sí muy complicado. En nuestra opinión, al igual que recomienda la AEPap, la axila debe ser el sitio de elección para que los padres midan la temperatura a sus hijos debido a la facilidad de este método y su seguridad.

Y recordad, siempre va a ser mucho más importante cómo se encuentren vuestros hijos y su estado general para tomar la decisión de su darles o no un antitérmico que el grado de fiebre que marque el termómetro.


Bibliografía:

  • Fever in infants and children: Pathophysiology and management. UpToDate (última revisión enero 2019).
  • “Fiebre: ¿cómo medir la temperatura?, ¿cuándo y cómo tratar la fiebre?” de la AEPap (link).
  • “Cómo tomarle la temperatura a un niño” de HelthyChildren.org, portal de información para padres de la AAP (link).
  • Fever in under 5s: assessment and initial management. Guía NICE (link).

Once consejos para que los niños duerman bien

El sueño, o la falta de él, es una de las grandes preocupaciones de los padres con niños pequeños, sobre todo cuando éstos dejan de ser bebés. En la gran mayoría de los casos, más que un trastorno real, simplemente no se cumplen las expectativas de los padres respecto a cuánto deben dormir sus hijos. Esto puede suponer peleas y disputas en el entorno familiar que hagan tambalear hasta los cimientos de la familia más sólida, a pesar de que los niños se levanten a la mañana siguiente como una flor y rindan al 100% durante todo el día.

En este sentido, de lo que más se quejan los padres es de que sus hijos se acuestan más tarde de lo que a ellos les gustaría, es decir, les cuesta quedarse dormidos, y de que se despiertan muchas veces por la noche.

Una de las cosas que podemos hacer los pediatras para mejorar los hábitos de sueño de estos niños es dar unas indicaciones sobre qué prácticas han demostrado ser válidas, lo que se conocen como “higiene del sueño”, vamos con ello.

  1. Establece una hora para que los niños se vayan a dormir y acompáñala de unas rutinas previas. El cuerpo humano se acostumbra a unos horarios que se repiten cada 24 horas por lo que es muy adecuado que los niños se acuesten sobre la misma hora todos los días. Además, si desde unas horas antes de que el niño se vaya a dormir realizamos unas rutinas tranquilas (cena, baño, cuento…) su cuerpo entenderá que ha llegado la hora de desconectar y será más fácil que se quede dormido.
  2. Los fines de semana, la hora de acostarse y levantarse debe ser similar a la de los días de colegio, como mucho con una hora de diferencia. De esta forma será más fácil volver a las rutinas los días de diario y el niño se encontrará más seguro respecto a la hora de irse a dormir cuando llegue el lunes.
  3. Las horas previas a la hora de acostarse deben ser tranquilas. Deben evitarse actividades de alta energía antes de irse a la cama como juegos de ordenador, televisión, tablets, juego brusco o actividades muy estimulantes.
  4. Los niños no deben acostarse con hambre. Algo adecuado es un poco de leche o fruta. Se deben evitar las comidas copiosas entre una y dos horas antes de irse a la cama ya que pueden interferir con el sueño normal del niño.
  5. Evitar bebidas que contengan cafeína como los refrescos de cola, el café, el té o el chocolate antes de la hora de dormir. No parece muy aconsejable que una bebida que contiene un estimulante sea lo último que beba un niño antes de dormirse, ¿no?
  6. Durante el día, los niños deben jugar al aire libre y realizar ejercicio físico de forma rutinaria. Para que la melatonina, la hormona que regula el sueño, se segregue de forma adecuada por la noche, los niños deben jugar con luz natural durante el día. Si eso lo acompañamos de alguna actividad física regular, el éxito está asegurado. Así que ya sabéis, todos los días un ratito de parque.
  7. Evita las siestas muy prolongadas y aquellas que tienen lugar más allá de las cinco de la tarde. Hasta los dos años de edad los niños suelen hacer dos siestas al día (una por la mañana y otra por la tarde). A partir de esta edad, suelen mantener la siesta de la tarde incluso hasta los cinco años. Llegados a esta edad, la siesta puede influir de forma negativa en el sueño nocturno.
  8. La habitación donde duerme un niño debe ser tranquila, mejor si está a oscuras y sin ruido. Para los niños que tienen miedo a la oscuridad es aceptable una luz de muy baja intensidad para que, en el caso de que se despierten a media noche, ésta no sea un motivo para que se desvelen.
  9. La temperatura de la habitación donde duermen los niños debe ser confortable, ni muy fría ni muy calurosa. Unos 20-21ºC es una temperatura muy adecuada.
  10. El cuarto donde duerme el niño no debe usarse, en la medida de lo posible, ni para el juego diurno ni para los castigos. Es importante que los niños interioricen desde pequeños que la cama y su cuarto son para dormir y no para jugar o realizar cualquier otra actividad.
  11. Evita que tus hijos utilicen aparatos electrónicos (móviles, tablets, ordenadores…) en la última hora antes de acostarse y mantén estos aparatos fuera de su habitación. Muchos niños adquieren lo mala rutina de consultar redes sociales una vez que se han ido a dormir o de necesitar que la televisión esté encendida para dormirse. Esto hábitos son mas fáciles de controlar si ninguno de estos dispositivos está en su habitación.

La gran mayoría de estos consejos son aplicables desde los 6 meses de edad, momento en el que el ritmo circadiano de los niños está establecido y regulado y empiezan a dormir mejor. Por ello merece la pena empezar a utilizarlas desde que son pequeños.

Si tus hijos duermen mal y has decidido poner estas indicaciones en práctica has de saber que, aunque mejoran la calidad del sueño de los niños, los resultados se ven con el paso del tiempo y siempre asociados a una cultura del sueño que debe seguirse durante las 24 horas del día.

Por otro lado, es posible que muchas (o todas) de estas cosas ya las hayas intentado en casa y tus hijos sigan durmiendo mal. En estos casos, el mal dormir se suele asociar ciertas conductas que el niño asocia con el hecho de quedarse dormido, como por ejemplo el acunamiento en niños pequeños, la presencia de los padres en la habitación, necesitar muuuuchas canciones para que el niño se quede tranquilo o cualquier otra rutina que se asocie con ese momento. No pasa nada por que tú como padre o madre las sigas permitiendo, sin embargo, hasta que el niño no se acostumbre a dormirse solo es difícil que desaparezcan esas rutinas de vuestro “protocolo” para que el niño se duerma.

Por último, la gran mayoría de los consejos que has podido leer son aplicables tanto a niños como a adultos, así que ya sabes: si duermes mal ya sabes por donde debes empezar.

¿Qué tipos de “reacción” dan las vacunas?

La gran mayoría de los lectores de este blog conocen cuál es nuestra postura sobre las vacunas: son seguras y salvan vidas. Así que no dudéis ni un instante en que nosotros nos alineamos al lado de los que piensan que las vacunas son uno de los grandes avances de la medicina y, gracias a ellas, muchas de las enfermedades que antes existían ahora son infrecuentes en nuestro entorno como la varicela o el sarampión.


Esperamos que vosotros, como padres que sois, estéis también a favor de la vacunación como una parte fundamental de la protección de los niños contra enfermedades potencialmente graves. Sin embargo, muchos preguntáis en consulta por la posible reacción de la vacuna y qué es lo que tenéis que observar en los siguientes días tras la vacunación.


Vacunas hay muchas y por tanto, como cualquier otro medicamento, pueden tener diversos efectos secundarios. Es muy importante destacar que la mayoría de estas reacciones son leves y se solucionan sin secuelas en unos días. Merece la pena conocer cuáles son las más frecuentes para que no os pillen por sorpresa y sepáis cómo actuar. Si estáis interesados en conocer cuáles son todos los posibles efectos secundarios de una vacuna concreta podéis consultar su ficha técnica.


Las reacciones a las vacunas se clasifican en reacciones locales, es decir, en el lugar en donde se administraron, o sistémicas, cuando la reacción se produce en un lugar a distinto a donde se aplicó la vacuna.


Reacciones locales a la vacunación


La gran mayoría de las reacciones locales son leves y se resuelven sin secuelas en unos días.


Lo más frecuentes es dolor, hinchazón y enrojecimiento en la zona de punción de la vacuna. Su frecuencia varía de unas vacunas a otras y oscila entre un 50% para la vacuna contra la Difteria-Tétanos- Tosferina (DTPa) y un 5% para la de la Hepatitis B. También hay que tener en cuenta que estas reacciones locales suelen ser más frecuentes en las dosis de recuerdo sucesivas que con la primera vacuna.


Este tipo de reacción aparece en las primeras 48 horas tras la administración de la vacuna y se resuelven solas en 2-3 días. Si el niño está muy molesto y la inflamación o el dolor es grande, se puede aplicar hielo en la zona 2-3 veces al día y administrar un analgésico como el paracetamol.


Hay reacciones locales más graves como la infección en el lugar de la administración. En ocasiones puede avanzar a la formación de un absceso, aunque en ambos casos son excepcionales y poco frecuentes. A veces es difícil diferenciar si la inflamación local se debe a reacción inflamatoria o al inicio de una infección local. La evolución del proceso nos dará las claves para catalogarlo de un tipo de reacción u otra.


Reacciones sitémicas a las vacunas


En este caso, el efecto secundario se manifiesta de forma general y no se circunscribe solamente al lugar de administración. Este tipo de reacciones son menos frecuentes que las reacciones locales y suelen presentarse en menos del 10% de los pacientes.


Las reacciones sistémicas más frecuentes son la fiebre y el malestar general que suele acompañarse de dolor de cabeza e irritabilidad. Estos síntomas no dejan de ser el reflejo de que nuestra inmunidad está actuando contra la vacuna para generar las defensas que nos protegerán posteriormente, es decir, como si estuviéramos teniendo una infección en chiquitito. Este tipo de reacciones, la fiebre y demás síntomas, aparecen generalmente en las primeras 24-36 horas después de la vacunación y no suelen durar más de uno o dos días.


Para que el niño se encuentre mejor mientras pasan esas horas en las que presenta fiebre y demás síntomas sistémicos, se le puede administrar paracetamol a dosis habituales.


En ocasiones, sobre todo con la vacuna triple vírica y la de la varicela, pueden aparecer manchitas en la piel al cabo de varios días tras su administración, en general entre los 7 y 15 días. Estas manchitas o “exantema”, como lo llamamos los pediatras, pueden estar presentes durante unos días.

Es importante que estéis tranquilos si la reacción que hacen vuestros hijos es fiebre ya que no quiere decir que vuestro hijo contagie la infección de la que se ha vacunado. Sin embargo, en el caso de que la reacción fuera tipo exantema y la vacuna fuera de virus vivos atenuados (como la varicela) sí que podrían contagiar una forma muy leve de la enfermedad que se vacunó.


Reacciones adversas raras a las vacunas


Las reacciones vacunales que habéis leído más arriba son las que se consideran frecuentes ya que las vemos con mucha frecuencia tras vacunar a un niño. Como hemos dicho son leves y se resuelven sin secuelas en unos días.


A veces, como medicamentos que son, las vacunas también pueden tener efectos secundarios graves que, por fortuna, son muy raros de tal forma que sigue compensando vacunar a un niño y evitarle la posibilidad de contraer una infección que puede ser grave y potencialmente mortal.


Algunas de estas reacciones se manifiestan como covulsiones y otras son tan raras que ni siquiera os sonará su nombre, como el síndrome de Guillan-Barré. Lo que si que debéis saber es que su frecuencia es muy rara y aparecen cada muchos miles de dosis.


Y aunque estas reacciones las consideramos raras, no suelen dejar secuelas una vez se han resuelto. Y si todavía eres de los que piensa que las vacunas causan autismo, nos congratula mucho decirte que estás equivocado y que no aparece en la lista de posible reacción de ninguna vacuna.


Alergia a las vacunas


Las vacunas no dejan de ser algo “extraño” con lo que entramos en contacto para que nuestro cuerpo cree defensas contra una infección. Toda vacuna está compuesta, a grosso modo, por tres componentes. Una primera que representa al bicho contra el que queremos generar inmunidad; una segunda que se llama co-adyuvante, el cual potencia la reacción inmunitaria; y por último los conservantes, que sirven para que la vacuna no se estropee desde su fabricación hasta que se administra.


Las personas podemos tener alergia contra todos esos componentes de las vacunas por lo que tras su administración debemos estar atentos a que el niño no presenta ningún síntoma compatible con una ración alérgica (manchas en la piel a los pocos minutos, dificultad respiratoria…).


La impartancia del pediatra y las reacciones a las vacunas


Uno de los papeles más importantes que tiene un pediatra es informar a los padres sobre las diferentes enfermedades que pueden tener sus hijos y qué hacer en caso de que se presenten.


En este sentido, el pediatra juega un doble papel. En primer lugar como esa persona de confianza que explica a los padres que las vacunas son seguras y de los riesgos que evitarán a sus hijos en caso de que decidan vacunarlos. Pero también el pediatra debe informar a los padres de los posibles efectos secundarios para que los padres sean capaces de reconocerlos y administrar un tratamiento de forma temprana para que sus hijos se encuentren mejor mientras éstas ocurren.




Espero no haberos “asustado” con las posibles reacciones de las vacunas y que después de este post no hayáis cambiado de opinión respecto a la vacunación de vuestros hijos. Os puedo asegurar que vacunar a los niños es regalarles un futuro mejor sin enfermedades graves que, en este caso sí, pueden dejar secuelas. Un pinchazo con un poco de dolor y un par de días de fiebre merecen la pena contra la posibilidad de caer enfermo por una enfermedad que te condicione el resto de tu vida…


Si quieres leer más sobre las reacciones a las vacunas puedes consultar este enlace del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría (Link) o este otro de la Organización Mundial de la Salud (Link, en inglés).

Los collares de ámbar: ni funcionan ni son seguros

De cuando en cuando vemos como a nuestra consulta acuden padres con niños pequeños preocupados por los síntomas que suelen acompañar la salida de los dientes, tales como dolor en las encías, malestar, irritabilidad, alteración del sueño, pérdida de apetito o babeo. Y aunque son síntomas menores que mejoran en pocas semanas, no dejan de ser molestos, provocando en muchos casos una búsqueda a cargo de los padres del “mejor” remedio para que sus hijos pasen ese trance lo mejor posible.

Aunque no es lo más habitual, algunos de ellos, ya sea porque lo han leído en algún sitio, se lo haya comentado una amiga o, simplemente, por la desesperación de ver a un hijo que se encuentra mal, acaban recurriendo a unos collares de ámbar muy vistosos que prometen la mejoría de todos esos síntomas que mencionábamos.

Sin embargo, que alguien diga que una cosa funciona, incluso aunque la haya probado, no quiere decir que realmente lo haga, ya que para ello debe demostrarse científicamente y no  quedarse solo en una hipótesis. Pero además, los collares de ámbar no son seguros y pueden provocar accidentes conduciendo a la asfixia y/o estrangulación del niño. Os lo explico todo en este post para que no os queden dudas.

Los collares de ámbar no son eficaces

No miento si os digo que he tenido que indagar un poco para saber en qué se basan las supuestas propiedades de los collares de ámbar para la dentición. En primer lugar, los defensores de este tipo de terapia insisten en que tiene que ser ámbar y no vale una piedra cualquiera recogida en el parque o en la playa. De hecho, el ámbar debe ser de origen báltico y no de otra localización del planeta.

Como muchos sabréis por la película Jurasic Park, el ámbar se forma cuando cristaliza la resina de los árboles. Es decir, cuando esa materia viscosa se pone muy dura. Una parte de la composición molecular del ámbar es el ácido succínico, que es justo al que se le atribuyen las propiedades curativas de los famosos collares de ámbar. A esta molécula se le presuponen propiedades antiinflamatorias, pero por mucho que he repasado los libros de farmacología de la carrera no he encontrado por ningún lado que tenga esa propiedad. De hecho, si buscas en PubMed (la biblioteca virtual más grande a nivel mundial donde se publican la inmensa mayoría de artículos médicos) las palabras “succinic acid“, te encontrarás con unas 20 entradas y en ninguna de ellas se habla de que tenga poder antiinflamatorio.

Pero vayamos un poco más allá y busquemos si existe médicamente algún fármaco que utilice este principio activo en la vida real. En la página de la Agencia Española del Medicamentos y Productos Sanitarios no existe ningún fármaco que contenga ácido succínico en su composición. Ninguno. ¿No creéis que si esta molécula realmente fuera tan maravillosa, alguna empresa farmacéutica hubiera diseñado ya algún medicamento para venderla a precio de oro? En el buscador de esta agencia sí que podemos encontrar dos moléculas con nombres parecidos (ácido dimercaptosuccínico y ácido dihidroxisuccínico). La primea de ellas se utiliza como contraste para pruebas de imagen y la segunda como laxante. No parecen tener mucha relación con el ámbar y los dientes, la verdad.

Sin embargo, los que defienden el empleo de estos collares de ámbar atribuyen al acido succínico el poder curativo del collar. Supuestamente, esta molécula se liberaría al chupar el ámbar y ejercería su acción a nivel local en las encías. Digo supuestamente porque, como he mencionado en el párrafo anterior, esta molécula realmente no tiene ningún poder antiinflamartorio demostrado. Además, habría que creerse que el hecho de chupar una piedra liberaría una molécula en cantidad suficiente como para ejercer una acción que, además, no posee.

¿Y qué dice PubMed de los collares de ámbar? Pues tampoco hay ningún estudio publicado que confirme que funcionen. Así que, si no era suficiente con tener que creernos la teoría de que una molécula que no tiene ninguna función antiinflamatoria puede ayudar con los dientes de los bebés, tampoco existe nadie que haya realizado un estudio con calidad científica como para demostrar sus efectos. En resumen, el que diga que el ámbar funciona se lo está inventando.

Me gustaría pensar que solo con estos datos ya os he convencido y que os habréis dado cuenta de que emplear collares de ámbar para los dientes de los niños no es más que un engaño. Si no es así, os animo a que sigáis leyendo ya que los collares de ámbar, además de no ser eficaces, pueden resultar muy peligrosos.

Los collares de ámbar son peligrosos

Si los argumentos sobre la eficacia de un collar que no funciona para lo que pretende no han sido suficientes, os presentaré a la artillería pesada para terminar de convenceros: los collares son peligrosos y pueden causar la muerte del niño que los lleve.

No lo he dicho antes, pero ¿sabéis lo que sí que aparece en PubMed si buscas “amber necklace”? (collar de ámbar en inglés). Pues aparecen varios artículos en los que se habla sobre la posibilidad tanto de asfixia como de estrangulamiento al utilizar uno de estos collares (link). Si esto no os ha parecido suficiente, busca en Google: existe más de una noticia en la que se cuenta la muerte de un niño por esta causa (link).

Quizá estéis pensando: “bueno, estos son solo unos pocos casos desafortunados”. Pues fijaos: organismos tan importantes como la Food and Drugs Administration americana tiene publicado un documento de posicionamiento en el que alerta sobre la (falta de) seguridad de este tipo de collares (link). De forma similar, la página web EnFamilia de la Asociación Española de Pediatría, en su entrada sobre los síntomas que provocan la salida de los dientes, nos alerta también de su peligrosidad (link).

Esperamos que con lo que habéis leído haya sido suficiente y terminaros de convencer para que no uséis nunca estos collares. En el caso de que no los uséis pero conozcáis a alguien que sí que los usa, confiamos en que le hagáis ver que comete un error al utilizarlo con sus hijos. No concemos a ningún padre o madre que no quiera lo mejor para sus hijos, cosa que nos hace pensar que si alguien utiliza este tipo de collares o cualquier otro tipo de artilugio sin eficacia y potencialmente peligroso para un niño es por desconocimiento, y ahí es donde vosotros podéis jugar un papel muy importante. Si nosotros no somos capaces de llegar a esa mamá o ese papá para que deje de usar estos collares de ámbar, quizá vosotros sí que se lo podáis hacer ver desde vuestra amistad con esa persona.

Lo que realmente funciona para calmar la salida de los dientes

En todo esto de los dientes y los collares hay una cosa que sí que es cierta. Los dientes “duelen” cuando salen y, por fortuna, sí que hay remedios que ayudan a mitigar ese malestar que sienten muchos niños. Estos tratamientos sí que son recomendables además de ser seguros, así que apuntarlos para tenerlos en cuenta cuando llegue el momento:

  • Ibuprofeno y paracetamol: si las encías están inflamadas o tu hijo realmente siente dolor, podéis administrarle una dosis de estos fármacos. Pero ojo, lo de frotárselos en la encía no sirve de nada. Debe emplearse la dosis habitual que utilizáis cuando vuestros hijos tienen fiebre o les duele un oído.
  • Juguetes para morder: una de las cosas que calma los síntomas de la salida de los dientes es morder juguetes de plásticos o de goma. Existen muchos mordedores que podéis encontrar en el mercado y que son seguros, a diferencia de los collares ámbar.
  • Frío local: es otro remedio que alivia las inflamación de las encías, como cuando usas frío local en un tobillo torcido. Para ello podéis meter en el congelador toallas pequeñas húmedas o un trapillo mojado; una vez congeladas puedes ofrecérselas a mordisquear a vuestro bebé.  Los típicos juguetes pensados para congelar suelen ser muy duros para que un niño los muerda.
  • Masaje de la encía: esta acción suele aliviar mucho el dolor de los bebés, al igual que dejarles que mordisqueen vuestros nudillos o algún dedo. Recordad que debéis lavaros las manos antes de hacerlo.

Nota: Los geles o las cremas para adormecer que contienen benzocaína no son recomendadas para los bebés.


Y hasta aquí la entrada de hoy. Sé que muchos estaréis pensado eso de “pues a mí me funciona” y no estaréis dispuestos a cambiar de opinión. Solo os pedimos una cosa: pensad en la seguridad de vuestros hijos, no nos lamentemos después por algo que podríamos haber evitado. La salida de los dientes es muy molesta, todo el que ha sido padre lo sabe. Pero como decía una de nuestras maestras: los dientes cuando salen duelen, pero luego nos ayudan a comer. Así que tengamos paciencia que ya llegará el momento de preocuparnos por cosas realmente importantes.

El mejor termómetro para la fiebre

Si hiciéramos una lista con los motivos de consulta en Urgencias más frecuentes de los padres sobre la salud de los niños, uno de los que ocuparía los primeros puestos, sino el primero, sería esa “fiebre que no baja” y que tantas noches les deja en vela buscando el mejor remedio para devolver a sus hijos a los 36ºC. En esos caso, es importante tener un “buen termómetro” para saber cuándo ha llegado el momento de administrar de nuevo un antitérmico.

Supongo que si has entrado a este post es porque estarás interesado en encontrar información sobre cuál es ese supertermómetro y si el que tienes en casa es lo suficientemente bueno. Perdóname de antemano por haber puesto un título tan sugestivo pero he querido captar tu atención para que realicemos juntos una reflexión sobre qué es la fiebre y cómo debes actuar en función de cómo se encuentre tu hijo y de cuál es la temperatura en ese momento.

En este post, sobre todo encontrarás preguntas y quizá, después de reflexionar sobre ellas, alguna que otra respuesta. Lo que sí te aseguro es que seguirás con las mismas dudas sobre qué termómetro debes comprar para tener en casa.

“Es que a mi hijo no le baja la fiebre”

Da igual que un niño tenga un año de vida o que ya esté cerca de la adolescencia, si empieza con fiebre, aunque el proceso sea banal, como esa fiebre no baje al darle un antitérmico, a los padres se les encienden las alarmas y piensan que a sus hijos les pasa algo grave. Tal es así que he llegado a ver padres que apuntan cual es la temperatura de sus hijos cada 5 minutos una vez que les han administrado algo para bajarla.

Este es un error de concepto muy importante. Cuando administramos un antitérmico a un niño lo que realmente estamos buscando es que se encuentre mejor, es decir, que el disconfort que genera la fiebre mejore o desaparezca. Esto puede acompañarse de una bajada de temperatura pero en otras ocasiones el termómetro no se moverá ni un grado.

Sin embargo, en muchas ocasiones la fiebre no termina de bajar pero el niño se encuentra claramente mejor y deja de estar tan mimoso. Solo con eso, ya habremos conseguido el objetivo principal que buscamos al tratar la fiebre. Si ademas la temperatura baja, pues mejor que mejor.

No me cansaré de decirlo una y otra vez cuando me pregunten los padres en Urgencias: prefiero mil veces ver a un niño con 40ºC al que no le baja la fiebre pero que corre por la sala de espera que a uno al que la fiebre le baja estupendamente pero que está tiradillo en la camilla.

Por ello, no tiene sentido apuntar en un papel cada 5 minutos la temperatura de un niño ya que lo que realmente importa es el estado general y no tanto lo que marca el termómetro.

Entonces, ¿cuándo debo tratar la fiebre de mi hijo?

Esta es la gran pregunta que se debería hacer todo padre cuando ve que su hijo está caliente y el termómetro marca más de 38ºC.

Si tenemos en cuenta que la fiebre es un mecanismo de defensa del cuerpo con el que se consigue, entre otras cosas, que los virus se repliquen más lentamente, no deberíamos empeñarnos en bajar la fiebre de los niños a toda costa.

Lo que deberíamos hacer es valorar cómo se encuentra el niño con esa elevación de temperatura para decidir si administramos un antitérmico o espermos un rato. En algunos casos, tu hijo estará con 38,2ºC y durmiendo plácidamente y en otros, con los mismos 38,2ºC, se encontrará como si le hubiera pasado un camión por encima. Parece evidente que en el primero de los casos el antitérmico puede esperar y, por el contrario, en el segundo está más que justificado.

Algo parecido pasa con esa fiebre que no termina de bajar. Pongamos que partíamos de 39,5ºC y que a las 2-3 horas del antitérmico el niño está con 38,4ºC pero saltando en el sofá y pidiendo gusanitos. Vale que no le ha terminado de bajar la fiebre, pero está más que claro que el niño se encuentra mucho mejor. ¿Tendríamos que dar algo para esa fiebre que no termina de bajar? Sinceramente, creo que no.

Y si no hay fiebre, ¿puedo dar un antitérmico a mi hijo?

Después de todo lo que has leído, espero que hayas entendido que lo más importante es tratar el estado general del niño y no tanto el “número” que marca el termómetro.

La fiebre está provocada por unas moléculas que se llaman interleukinas que son segregadas por las células que nos defienden de las infecciones. Pero además, hay otras muchas moléculas que, sin provocar fiebre, pueden dar lugar a que el niño no se encuentre bien, es decir, como si tuviera fiebre pero sin tenerla. En estos casos también estaría indicado administrar paracetamol o ibuprofeno ya que lo que estamos buscando es que el niño mejore el estado general y ese es el papel principal de los antitérmicos. Es verdad que a los pediatras nos gusta saber a cuánto ha llegado el termómetro, pero nos gusta mucho más observar cómo mejora el estado del niño y pasa a encontrarse mejor.

¿Y qué termómetro debería usar entonces?

Hace unos meses escribimos una entrada sobre los diferentes tipos de termómetros que existen y las diferentes propiedades de unos u otros. Como ya te habrás dado cuenta, este post no va de eso.

Hace unos días pensé que quizá el mejor termómetro que puede existir sería aquél que no tuviera números y dijera simplemente a los padres cuando ha llegado el momento de administrar a sus hijos un antitérmico. Sería un termómetro que valoraría la temperatura pero también se fijaría en cómo se encuentra el niño. Sería un termómetro que daría mensajes del estilo: “dale ahora paracetamol” o “todavía puedes esperar un rato, el niño se encuentra bien”. Sin embargo, esta tecnología no ha sido desarrollada.

Unos padres prudentes e informados son el MEJOR termómetro para un niño

Creo que esta reflexión que he hecho sobre la fiebre y su manejo nos deja una conclusión clara: unos padres formados en qué consiste la fiebre, los síntomas que puede provocar, cuál es la evolución esperable de la temperatura tras administrar un antitérmico y qué signos de alarma hay que vigilar cuando un niño está enfermo, son el mejor termómetro para la fiebre de cualquier niño.

Esos padres serán capaces de manejar la fiebre de sus hijos sin caer en miedos irracionales sobre consecuencias horribles no demostradas por la “fiebre alta” y no se preocuparán en exceso si el termómetro no vuelve a los 36,5ºC tras administrar un antitérmico. Esos padres vigilarán el estado general del niño, la dificultad respiratoria, el grado de hidratación o las manchas en la piel…, pasando a un segundo plano la temperatura como un síntoma más dentro de todo el cuadro clínico de una infección.


Las primeras 48 horas de vida de un recién nacido

Hace tiempo publicamos una entrada sobre consejos antes del alta de un recién nacido en el que os contábamos aquellas cosas que creíamos que eran importantes que supierais durante las primeras semanas de vida tras el parto. Pero antes de que un bebé se vaya de alta del hospital con su madre, los pediatras y las enfermeras realizamos una serie de pruebas y exploraciones para garantizar que vuestro niño es un bebé sano. En ocasiones son actos médicos que ni pensáis que estamos haciendo y en otras son tan visibles como las pruebas del talón. Detrás de todo esos procesos están los protocolos de cada hospital pero, de forma general, se realizan los mismos procedimientos en (casi) todos los sitios independientemente donde se dé a luz desde el mismo momento del parto hasta el alta.

Este post te puede servir de guía para que conozcas de primera mano cuál es el motivo de todos los procedimientos que se realizan al recién nacido durante esas primeras 48 horas de vida. ¡¡Vamos con ello!!

Los primeros minutos de vida de un recién nacido

Tras el parto, ya sea por cesárea o por vía vaginal, el bebé debe adaptarse a una nueva forma de vivir ya que deja de estar rodeado del líquido amniótico de la madre y de utilizar la placenta para “respirar” a estar en un ambiente aéreo en el que los pulmones deben empezar a trabajar para poder oxigenar la sangre. La gran mayoría de las veces este periodo de adaptación lo realiza el recién nacido sin incidencias, aunque en un 10% de los casos requieren de alguna maniobra para que esa adaptación se realice adecuadamente, como puede ser aspirar secreciones de la boca o administrar oxigeno, lo que comúnmente se llama Reanimación Neonatal.

La mejor manera que existe para que un recién nacido realice una transición adecuada a la vida extrauterina es en “piel con piel” con la madre o, en su ausencia, con el padre. Se recomienda que el bebé permanezca en contacto con el vientre materno durante al menos una hora. Con este método se ha comprobado que los recién nacidos pierden menos calor y su transición a la vida es más adecuada.

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Otra de las cosas que se debe hacer tras un parto es “retrasar el pinzamiento” del cordón umbilical ya que con ello se consigue que los bebés aumenten sus reservas de hierro, fundamental para cuando inicien la alimentación complementaria y no sufran anemia.

Sin embargo, tanto el “piel con piel” como el “pinzamiento retrasado del cordón” deben interrumpirse si el recién nacido necesita algún tipo de ayuda (reanimación) para adaptarse a la vida extrauterina. Tras ello, y si el bebé se encuentra bien, debemos volver a ponerlo en “piel con piel” con la madre.

Durante esos primeros minutos de vida se realiza el Test de Apgar. No es un test que requiera unas pruebas específicas para ver cómo está el bebé ya que lo que se evalúa es la frecuencia cardiaca, la respiración, el color, el tono y los reflejos al minuto y a los cinco minutos de vida. Es un test que refleja cómo ha tolerado el bebé el parto y su adaptación al medio ambiente. También tiene interés porque puntuaciones bajas se han relacionado con daño cerebral durante la infancia.

Antes de abandonar el paritorio se cogen las huellas dactilares del recién nacido para poder identificarlo sin posibilidad de error, de tal forma que no exista duda de que ese bebé en concreto pertenece a su madre.

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La profilaxis hemorrágica y la pomada de los ojos

Al poco tiempo del parto, en general después del piel con piel, se llevan a cabo dos “tratamientos” que tiene como objetivo disminuir la frecuencia de dos enfermedades típicas de los recién nacidos.

Por un lado, se administra una dosis de vitamina K intramuscular al bebé, por lo que requiere de un pinchacito para ello. El objetivo de esta medida es disminuir la enfermedad hemorrágica del recién nacido. Esta enfermedad, muy rara desde que se administra la vitamina K, puede provocar sangrados en el bebé a nivel cerebral, con todas sus consecuencias. Los recién nacidos nacen con pocos factores de coagulación y esa inyección de vitamina K hace que suban, por lo que esos sangrados de los que hablamos se hacen infrecuentes.

La otra medida que se realiza de forma temprana tras el parto es la administración de una pomada antibiótica en los ojos. El objetivo de esta medida es disminuir la conjuntivitis neonatal. Los bebés al nacer, sobre todo por vía vaginal, entran en contacto con un montón de bacterias que están colonizando a la madre y que, en ocasiones, pueden dar lugar a una conjuntivitis. Gracias a esta pomada, la frecuencia de esta enfermedad es rara.

La primera toma

Una cosa que tienen que hacer los bebés tras el nacimiento es empezar a comer, aunque os parezca una obviedad.

Tanto si habéis optado por lactancia materna o por artificial, las tomas en el recién nacido deben ser a demanda. Esto quiere decir que debemos respetar la sensación de hambre del bebé y darle de comer cuando reclame.

Esa primera toma a la que nos referimos suele realizarse entre la primera hora de vida y la tercera, y desde ahí habrá que ir viendo cada cuánto quiere comer el bebé. Las primeras tomas, en el caso de que hayáis optado por lactancia materna, serán de calostro y en unos días os subirá la leche. Lo más habitual es que un niño de esta edad realice de 8 a 12 tomas al día.

¿Cuándo pesan y miden al recien nacido?

Una de las cosas que más interesan a los padres tras el nacimiento de un bebé es cuánto ha pesado y medido el crío. Es un dato importante para los pediatras ya que debemos conocer si un niño tiene el tamaño adecuado para las semanas de gestación en las que ocurrió el parto.

Como sabréis, los bebés pierden peso durante los primeros días de vida. Sin embargo, no es necesario conocer este dato nada más nacer y se suele esperar a que el bebé tenga unas pocas horas de vida, en general al ingresar en planta.

La longitud del bebé suele tomarse a la mañana siguiente de nacer ya que los bebés no crecen tan rápido como para que esta medida varíe en unas horas. Lo mismo pasa con el perímetro cefálico, otra de las medidas  que se toman tras el nacimiento.

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La primera micción y la primera deposición

El igual que nada más nacer los bebés deben empezar a respirar como un primer paso de adaptación a la vida extrauterina, tanto el niños como el intestino debe ponerse en marcha.

Por norma general, el 70% de los recién nacidos hacen si primer pis en el primer día de vida, porcentaje que asciende casi hasta el 100% en el segundo día de vida. En el caso de que la situación se prolongue, el pediatra deberá valorar si se trata de algún trastorno. A medida que se instaure la alimentación, los bebés irán orinando cada vez más hasta que se establezca una diuresis estable que se traduce en que mojan unos 6-8 pañales al día.

En ocasiones, esos primeras diuresis de los recién nacidos se acompañan de uratos amorfos, una especie de arenilla naranja que tiñe el pañal y da la sensación de que el recién nacido ha hecho pis con sangre. Esto es habitual y no constituye ninguna enfermedad.

En cuanto a la primera deposición, ésta se conoce como meconio y una vez que la has visto no se te olvida. Es muy oscura y pegajosa, casi como petróleo. El igual que la primera micción, suele realizarse en las primeras 24 horas. Posteriormente el bebé realiza alguna deposición similar para en 24-48 horas cambiar el aspecto de las deposiciones hasta convertirse en heces de aspecto grumoso y amarillento-marrón. El hábito intestinal de un recién nacido es muy variable dependiendo de muchas cosas, entre ellas, de la alimentación que reciben.

El primer baño

Los bebés nacen con una fina capa de grasa que se llama caseum que les permite mantener la piel hidratada y no perder calor durante las primeras horas de vida. Pero además, tras el nacimiento, el bebé se impregna de sangre y secreciones de la madre. No podemos considerar que el bebé esté “sucio” pero lo normal es que lo bañemos para retirar tanto las secreciones de la madre como esa grasilla.

Lo habitual es esperar a las 18-24 horas de vida que es cuando el bebé suele haber conseguido una temperatura estable y ya no necesita ese caseum al que nos referíamos.

Tras ello, podéis ponerle la ropa que queráis, pero si nos permitís un consejo, con un body y unas calzas suele ser suficiente, y si se abrochan por delante con corchetes mejor que mejor.

Los siguientes baños dependerán de la preferencia de los padres y de si el bebé está sucio no, os lo explicamos aquí.

Las revisiones del pediatra

Una de las acciones más importantes que realizamos los pediatras mientras están los niños en el hospital es asegurar que la historia del embarazo y el parto es normal y que la exploración del recién nacido no revela ningún dato patológico, es decir, comprobar que todo está en orden.

La primera exploración del bebé se suele realizar al día siguiente de nacer y es una exploración completa, en la que desvestimos al niño por completo y lo miramos de arriba abajo. En general, salvo que se haya detectado algo patológico, los bebés se vuelven a explorar el día que se van a casa.

En el caso de que el pediatra haya detectado alguna anomalía en la historia o en la exploración, se empezarán a dar los primeros pasos para realizar un diagnóstico y poner un tratamiento en caso necesario.

El peso día a día y la ictericia

Una de las cosas que se debe hacer durante las primeras 48 horas de vida del bebé es vigilar que no pierda mucho peso antes del alta. Se considera normal una pérdida de peso máxima del 10% respecto al nacimiento. En general, los bebés que no han superado el 7% a las 48 horas de vida, no suelen superar ese 10% al que nos referimos. Medir el peso a diario durante esas primeras 48 horas es importante para poder indicar a los padres si su hijo necesita algún control de peso en los siguientes días o puede esperar a la primera revisión del pediatra.

Algo parecido pasa con la ictericia, esa coloración amarillenta de la piel que suelen tener los recién nacidos por aumento de la bilirubina. Es normal hasta un límite y por eso el pediatra debe evaluar la coloración del bebé antes del alta por si fuera necesario medir la bilirubina en sangre y comprobar si está más alta de lo habitual y precisa tratamiento (fototerapia).

La prueba de los oídos y la prueba del talón

Estos dos test de screening tienen como objetivo detectar enfermedades que pueden ser graves pero que si se diagnostican a tiempo, el tratamiento hace que la evolución de la enfermedad sea más benigna.

En el caso de los oídos, la prueba que se realiza se llama potenciales evocados y sirve para comprobar si el bebé oye, o mejor dicho, si el cerebro del niño es capaz de detectar sonidos. Si el bebé pasa la prueba, podremos decir con bastante seguridad que no es un niño sordo. En general esta prueba se realiza entre las 24 y 48 horas de vida.

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La prueba del talón sirve para descartar una serie de enfermedades raras en las que si se establece un tratamiento precoz, la evolución de las mismas es mucho más benigna. Esta prueba se realiza a las 48 horas de vida y el resultado lo reciben los padres por correo.

El cribado de cardiopatías

La gran mayoría de los embarazos de nuestro entorno están controlados por ginecólogos expertos que son capaces de diagnosticar una amplia gama de malformaciones en el feto. Una de las cosa que se mira con más esmero es el corazón, debido a las implicaciones que puede tener tras el nacimiento. Y aunque la mayoría de esas malformaciones se pueden detectar antes del parto, algunas se escapan o son muy difíciles de observar en una ecografía ginecológica.

Desde hace ya unos años, la Sociedad Española de Neonatología recomienda realizar el cribado de cardiopatía a todos los recién nacidos. Esta es una prueba muy sencilla que consiste en medir el oxigeno mediante pulsioximetria en los brazos y en las piernas del bebé, ya que hay algunas cardiopatías que provocan una diferencia de medidas entre ambas medidas. Si esta prueba no se pasa de forma adecuada se requiere la evaluación por un cardiólogo infantil.

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Y creo que no se nos escapa nada. Como habréis podido comprobar, los pediatras y el personal del hospital “poco” hacemos más allá de observar que todo está bien y que vuestro bebé está sano. Como solemos decir a los padres que se van de alta, los que realmente han hecho algo han sido ellos y solo han necesitado un poco de consejo por nuestra parte. Así que no tengáis miedo a la hora del alta porque seguro que lo vais a hacer genial!!

Si conoces a alguien que vaya a dar a luz próximamente, no dudes en compartir con ella este post para que pueda tomarse con calma esas primeras horas de vida del recién nacido.

Consejos antes del alta de un recién nacido

Tras el nacimiento de un bebé y su estancia durante unos días en el hospital con la madre, llega el momento de que ambos se vayan a casa. Si una cosa he aprendido como madre y pediatra es la gran cantidad de dudas y preguntas que surgen en ese momento antes de abandonar el hospital. Es verdad que los padres primerizos suelen tener más dudas que los que ya han tenido otros hijos, pero siempre hay alguna preguntita que les ronda por la cabeza antes del alta.

En este post he intentado agrupar las respuestas a todas esas preguntas que, aunque parezcan dudas banales, los padres las suelen vivir como algo importante, y no es para menos. Espero que este texto te sirva para que el aterrizaje en vuestro domicilio con vuestro recién nacido sea calmado y podáis afrontar esa nueva etapa de la vida desde la seguridad de saber que lo estáis haciendo bien.

Planificar las siguientes visitas al pediatra

Un recién nacido sano suele irse de alta del hospital a la vez que su madre, por norma general a las 48 o 72 horas de vida. El alta suele coincidir con el alta de la madre por parte del servicio de Ginecología.

Por norma general, las siguientes visitas al pediatra, en caso de que vuestro hijo sea un niño sano, son siempre las mismas.

La primera visita suele realizarse con la enfermera del Centro de Salud en torno a la semana de vida. Esta primera visita sirve para asegurar que todo está en orden, pesar al recién nacido y comprobar que ha empezado a coger peso así como valorar el color de la piel para comprobar si el bebé se ha puesto ictérico (coloración amarilla por un aumento de la bilirubina). Además, en esta primera visita con la enfermera, se resuelven dudas sobre la alimentación del recién nacido que hayan podido surgir o cualquier otro aspecto. En el caso de que esté todo en orden, la enfermera os emplazará para la siguiente visita, ya con el pediatra. En el caso de que se detecte alguna alteración, la enfermera suele avisar al pediatra para que valore en ese momento al niño.

La primera visita con el pediatra, que será la segunda visita al Centro de Salud en el caso de un niño sano, se realiza hacia los 15 días de vida. En esta primera visita con el pediatra se realiza una exploración completa del bebé para evaluar si hay alguna alteración o si todo está en orden. Además, se da información a los padres sobre qué cosas deben hacer a continuación, como cuándo empezar con la vitamina D (como ya os explicamos en este otro post (link) debe mantenerse durante el primer año de vida) o las vacunas que recibirá el niño próximamente. También se programarán las siguientes visitas del “niño sano”, como las llamamos nosotros.

Es totalmente recomendable que en estas dos visitas hagáis todas las preguntas que creáis oportunas para que no os vayáis con dudas a casa.

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La alimentación del recién nacido

Esta es una de las partes fundamentales del alta del hospital. Los pediatras debemos ofrecer la información necesaria para que seáis capaces de alimentar en casa a vuestros hijos de forma adecuada.

En el caso de las madres que opten por la lactancia materna debemos recalcar que ésta es “a demanda” y cómo con el paso de los días la madre irá produciendo cada vez más leche para cubrir las necesidades del bebé. Te recomiendo que entres en nuestra sección Consejos sobre Lactancia Materna (link) en donde tenemos varias entradas que te pueden ayudar en caso de haber optado por esta forma de alimentación para tu hijo.

En el caso de que la decisión haya sido por la lactancia artificial, los pediatras debemos resolver las dudas sobre cómo se prepara un biberón y qué cantidad debéis ofrecer según la edad y peso de vuestros hijos. Si éste ha sido el caso, puedes leer más en esta otra entrada de nuestro blog (link).

Como os decía, la alimentación de un recién nacido es fundamental por lo que es muy importante que preguntéis al pediatra antes del alta todas las dudas que tengáis.

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El cuidado del cordón umbilical

Este punto suele ser uno de los que más ansiedad genera a los padres. Dudan si lo harán bien o si serán capaces de limpiar el cordón hasta su caída de forma adecuada.

Recordad que las recomendaciones actuales son la limpieza diaria del cordón con agua y jabón y mantenerlo seco y al aire el resto del día. Si os interesa saber más podéis consultar esta entrada del blog (link). Os dejo aquí abajo un video explicativo para que no os queden dudas.

El aseo del recién nacido

Ésta es otra de las grandes dudas de los padres antes del alta. En general, el primer baño de un recién nacido se realiza a las 24 horas de vida. Posteriormente, la frecuencia del baño dependerá de las preferencias de los padres y de cómo de sucio se encuentre el bebé cada día.

Podéis optar por un baño diario o hacerlo cada más días. No hay ningún inconveniente en ninguno de los dos casos. Tampoco pasa nada por que el cordón umbilical se sumerja, de hecho, como hemos dicho, hay que lavarlo con agua y jabón. Eso sí, después del baño hay que secarlo bien para que no esté húmedo.

Respecto al aseo de un recién nacido, no necesitan cremas especiales, incluso no es necesario ponérselas todos los días. Dependerá de la piel de cada niño y de sus propias necesidades. Si optas por ponerle crema a tu bebé, elige siempre aquellas que no contengan irritantes.

Por últimos, es recomendable que esperéis unas semanas antes de cortar las uñas por primera vez ya que si lo hacéis muy pronto corréis el peligro de recortar algo de piel  además de la uña. La consecuencia de esto sería una herida, con el consecuente riesgo de que se infecte.

Si queres saber más sobre el aseo de un recién nacido, consulta este link.

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Elige ropa cómoda para el bebé

Hasta que no tienes que cuidar a un niño 24 horas al día/7 días a la semana, no te das cuanta de lo engorroso que puede ser tener que vestir y desvestir a un recién nacido. Son niños que no colaboran en ese proceso y, vete tu a saber por qué, son capaces de sacar la pierna que ya habías metido en unas mallas mientras metes la contraria o revolverse cual cocodrilo cuando lo capturan.

Ten en cuenta que, durante los primeros meses de vida de un niño, se le cambian unos 5-6 pañales al día por lo que la ropa que han de llevar debe ser lo más cómoda posible, tanto para ellos como para que te sea más fácil cambiarlos.

Vale. Si quieres ponerle esa primera puesta para salir del hospital o hacer unas fotos bonitas no hay problema, pero en casa procura que estén con ropa cómoda que te sea fácil de poner o quitar. En general estas prendas suelen ser un body y unas calzas. Ah!! y mucho mejor con corchetes y que se abrochen delante.

También, en referencia a la ropa, los niños crecen muy rápido durante los primeros meses de vida por lo que es mejor comprar un talla que le quede algo grande (y por tanto le dure unos meses) que justo la que en ese mismo momento le queda perfecta y no le durará mas de unos días o, a lo sumo, unas semanas.

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Paseos por la calle

Un niño recién nacido puede salir a la calle. No hace falta tenerlo en cuarentena en casa hasta que se haga mayor. Eso sí, elige las horas centrales del día si es invierno o a primera o última hora en caso del verano. La ropa que debéis poner al niño para estos paseos debe ser la adecuada a la estación en la que os encontréis, más abrigado en invierno y menos en verano.

Recordad que al recién nacido no le debe dar el sol directo, aunque sí es adecuado que reciba algo de luminosidad.

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Recuerda, los niños menores de un año deben dormir BOCA ARRIBA

Ésta medida es un factor protector para la muerte súbita del lactante. Se recomienda que los niños mantengan esta postura hasta el año de vida. Y al decir boca arriba me refiero a boca arriba, por lo que no vale tampoco ponerlos de medio lado. Además, se recomienda que los niños menores de un año duerman en la misma habitación que sus padres con el mismo objetivo.

Recordad también que la cuna debe estar libre de objetos y el colchón ser firme. Podéis leer más sobre la muerte súbita del lactante en esta entrada (link).

Aprende a descansar

Con la llegada de un nuevo bebé, las rutinas de la casa cambian. Da igual que seas primeriza o que éste sea tu segundo o tercer hijo, la verdad es que un recién nacido exige un esfuerzo físico y mental que, en la gran mayoría de los casos, no nos imaginamos.

Por eso digo que hay que aprender a descansar. Intenta aprovechar los ratos del día en los que el bebé se está echando una siesta para dormir un rato y, en la medida de lo posible, delega parte del cuidado del niño en tu pareja o en un familiar cercano.

Recuerdo con nuestro primer hijo cómo después de darle el pecho, el padre del niño se iba a pasear con él a la calle y volvían pasadas un par de horas… El bebé ni se había inmutado con el traqueteo del carro y yo había podido descansar y cargar un poco las pilas. Es importante que busques esos momentos para ti, para que no caigas en un círculo vicioso en el que parezca que solo estás para atender al bebé y que acaba agotando a cualquiera. La p/maternidad es una cosa de dos: del bebé y de quién lo cuida, y ambos deben estar descansados para poder disfrutar de esta experiencia.

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Visitas al bebé

Esto hay que tenerlo muy claro: los únicos beneficiados de una vista al bebé son las personas que vienen a visitarlo. El bebé no necesita visitas.

Dicho esto, no quiere decir que al bebé no se le pueda ir a visitar, sino que las visitas deben estar planificadas y contar con el visto bueno de los padres. Como ya te he dicho, cuidar a un bebé exige tiempo y dedicación, y si tienes que decir a alguien “mejor ven en otro momento”,  no te cortes. Es mejor eso que tener que recibir a una visita que no te apetece nada.

Si quieres saber más sobre el tema puedes leer esta entrada de nuestro blog (link).


Espero que este post te haya ayudado a perder el miedo de la llegada del recién nacido a casa. La incertidumbre de qué pasará la hemos vivido todos los que somos padres pero con el tiempo se va diluyendo. Como último consejo, no os vayáis del hospital con dudas, preguntad todo aquello que no tengáis claro y que queréis que os expliquen, que los pediatras estamos justo para ello.

¿Por qué los padres tienen tanto miedo a la fiebre?

Si hiciéramos una encuesta en la sala de espera de un Servicio de Urgencias de Pediatría cualquiera sobre los temores de los padres con un hijo enfermo, la fiebre estaría en el top 3, si no el primero, con toda seguridad. Cuando un niño tiene fiebre, a sus padres se les enciende una alarma interior que les hace pensar que su hijo está muy enfermo o que algo malo le puede pasar.

Hoy en el blog hablaremos de la fiebre en los niños pero sobre todo de ese temor que tienen los padres a que a sus hijos les pase “algo malo” cuando les sube la temperatura. Hablaremos desde nuestra experiencia como pediatras tras haber visto a miles de niños con fiebre con padres preocupados, pero también desde nuestro punto de vista personal después de haber pasado muchas noches sin dormir vigilando el estado general de nuestros hijos cuando tienen fiebre.

La incertidumbre de la fiebre

No es la primera vez que decimos que la fiebre es uno más de todos los posibles síntomas asociados a una infección, como también pueden ser los mocos de un catarro o la diarrea de una gastroenteritis.

Sin embargo, la fiebre causa pavor a muchos padres. Yo siempre digo a mis pacientes que la fiebre no me preocupa, que lo que me preocupa es que esa fiebre se pueda deber a una apendicitis, a una meningitis o a una neumonía, es decir, me preocupa la enfermedad que provoca la fiebre, pero que la fiebre en sí, los que es la simple elevación de la temperatura corporal, no me preocupa en absoluto.

Muchos padres lo entienden porque se dan cuenta que lo importante cuando un niño tiene fiebre es descubrir por qué la tiene, o en otras ocasiones, descartar enfermedades graves que podrían provocarla. Esto es así porque lo que debe hacer el pediatra al ver a un niño con fiebre es descartar enfermedades para asegurarse que algo grave no es el causante de la fiebre. Por ejemplo, siempre que atendemos a un niño con fiebre y dolor abdominal, realizamos una exploración física en la que tocamos la tripa para descartar esa apendicitis o, si el paciente se queja de dolor de cabeza, miramos si el cuello está rígido para desechar la posibilidad de una meningitis.

Esto que parece tan sencillo, descartar la posibilidad de una enfermedad grave, en ocasiones no es tan fácil como parece. Cuando un niño tiene fiebre, sobre todo un niño pequeño, es muy probable que en las primeras horas de el proceso febril, incluso durante los 2 o 3 primeros días, el niño solo presente fiebre sin otros síntomas acompañantes. Esto nos pone a los pediatras ante una posición que manejamos habitualmente que se conoce como “Fiebre sin foco”, lo que traducido a un lenguaje sencillo querría decir “tu hijo tiene fiebre pero todavía no sabemos a qué se debe”. Debido a que el 90% de los procesos febriles en niños están causados por virus, la gran mayoría de esas veces en las que no sabemos por qué el niño tiene fiebre se acabará curando solo.

Pero al otro lado de la mesa de la consulta están unos padres recibiendo un mensaje que simple y llanamente lo que les pide es que tengan paciencia para que la enfermedad siga su curso y nos aporte datos nuevos con los que poder hacer un diagnóstico más ajustado. Y esa paciencia que “recetamos” es en ocasiones muy difícil de conseguir. Cuando un niño tiene fiebre los minutos se convierten en horas y las horas en días y estar en casa con un niño con fiebre sin saber a qué se debe acaba minando la seguridad y la confianza de cualquier padre.

Seguramente ese es uno de los motivos por los que muchos padres tienen miedo a la fiebre, el no saber a qué se debe y el tener que esperar ante la incertidumbre de la posibilidad de que todo se deba a la remota posibilidad de una enfermedad grave cuando un virus banal y tontorrón es casi siempre el causante de la fiebre en los niños.

La fiebre no hace daño

El otra gran motivo por el que los padres tienen miedo a la fiebre es porque piensan que la fiebre, o mejor dicho, la “fiebre alta” o la “fiebre que no baja” es mala y puede provocar daños irreparables en sus hijos, uno de los mitos más asociados a la fiebre. Sin embargo, se equivocan.

La fiebre no es ni mala ni buena, solo es un síntoma más de infección. Por esto mismo, la “fiebre alta” no es peor que la fiebre de bajo grado ni significa que la infección que provoca la fiebre sea más grave. La “fiebre que no baja” tampoco debe ser más preocupante que la que responde bien a los antitérmicos porque la respuesta a los mismos no nos da mayor información sobre la causa o la gravedad del proceso.

A pesar de todo, muchos padres creen que la fiebre puede provocar daños en el cerebro o que si no bajan a toda costa la temperatura de sus hijos es muy probable que convulsionen. Está más que demostrado que la fiebre asociada a una infección no hace daño al cerebro. Por otro lado, las convulsiones febriles ocurren en niños que están predispuestos a convulsionar y, como solemos decir, que convulsionen no depende de que bajemos esa fiebre si no de que el niño tenga “mala suerte” y le toque pertenecer al 5% de niños que ha convulsionado alguna vez al tener fiebre. Así que no hace falta alternar antitérmicos, ya que con ello no vamos a conseguir un mejor control de la infección que provoca la fiebre.

Lo que si que ocurre con la fiebre es que es muy incomoda. Lo habitual es que el cuerpo reaccione a la elevación de la temperatura con unos cambios fisiológicos como son la elevación de la frecuencia cardiaca o la respiración agitada. Todos esos cambios generan malestar y es muy normal que un niño cuando tiene fiebre no quiera jugar, no quiera comer o le duela la cabeza. Por eso, cuando damos un antitérmico a un niño lo hacemos para tratar el malestar que provoca la fiebre y no tanto por bajar la temperatura del niño. Si el niño mejora con eso, ya habremos ganado mucho.

Lo que sí nos da “miedo” a los pediatras

Cuando explico la fiebre a los padres en Urgencias siempre les digo lo mismo: prefiero mil veces ver a un niño con 40ºC de temperatura que entra corriendo en la consulta y salta a la camilla que a uno con 38ºC pero que tiene mal aspecto.

Como ya hemos apuntado, lo que importa cuando un niño tiene fiebre es su estado general y no el grado de temperatura que marca el termómetro. Las infecciones graves, además de provocar fiebre, provocan otros síntomas como mal color o manchitas en la piel, decaimiento muy llamativo, dificultad respiratoria… y esos son los niños que “asustan” de verdad. Un niño con 40ºC de fiebre que corre y salta es muy probable que tenga un virus y el tiempo y su inmunidad harán su trabajo y tras unos pocos días el niño estará como una rosa. Por el contrario, si un niño con “fiebre baja” y mal aspecto no es atendido a tiempo puede que la infección que padece se acabe complicando.

Por todo ello, los pediatras siempre insistimos mucho a los padres en los signos de alarma que deben vigilar:  si su hijo empeora el estado general, presenta dificultad respiratoria o le salen manchitas en la piel… tiene que acudir a Urgencias a que valoremos qué está ocurriendo. Ya habrá tiempo después de decidir si el niño está realmente mal o solo es la impresión equivocada de los padres.

La desesperanza de los padres ante un niño con fiebre

Solo cuando tienes hijos puedes entender la desesperanza y ese temor que tienen los padres cuando sus hijos tienen fiebre. Cuando no los tienes no valoras todo el esmero, dedicación y cuidado que un padre o una madre dedica a su hijo cuando está enfermo. A los pediatras, cuando vemos a un niño con fiebre en la Urgencia, nos suelen bastar unos 5 o 10 minutos para decir a los padres lo que tiene el niño y lo que ellos tienen que hacer en casa. Pero tras esa consulta, esos padres se tiene que enfrentar a unos días que se hacen interminables mirando a sus hijos en casa esperando a que la infección remita.

Como os decía, solo siendo padre o madre se es capaz de entender lo que viven los padres con un niño enfermo: noches en blanco al lado de su cama comprobando si todo sigue bien, días y días haciendo piruetas en el trabajo para poder dejar al niño en casa y no llevarlo a la guardería, favores de familiares que te echan una mano para que no falte de nada en la nevera y, sobre todo, sobren besos y palabras de ánimo. Todo ello, minuto a minuto, hora a hora, día a día, acaba generando un desgaste y un cansancio que hace que muchos padres pierdan la confianza en que lo que le pasa a su hijo se va a curar sin ningún tratamiento especial en unos días. Sobre todo teniendo en cuenta que durante los primeros años de escolarización de los niños estos procesos que provocan fiebre se repiten constantemente. Pero la cordura debe imponerse siempre: que unos padres estén cansados por la enésima fiebre de un hijo y la ya incontable noche sin dormir no significa que el niño tenga algo más grave ni que el tratamiento deba ser distinto.

Las fiebres al final se acaban yendo y el cansancio acumulado de los padres se compensa con besos y abrazos. Porque, nos guste o no, la fiebre de los niños pone a prueba a cualquier padre y solo enfrentándonos a ella de una manera segura y sosegada seremos capaces de vencer nuestros miedos sobre la salud de nuestros hijos.