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Manuel Bujados, un olvidado y brillante ilustrador simbolista gallego

La domadora de ideas, 1926 - Manuel Bujados

La domadora de ideas, 1926 – Manuel Bujados

Una joven de pálido fulgor, quizá una dríada de los bosques, abre una jaula de cristal de la que salen volando mariposas doradas. Otro personaje, un híbrido de humano y anfibio, intenta que los insectos pasen a traves de un aro rojo. Mientras tanto, entre las piernas de este segundo elfo, una rana toca una melodía en una flauta.

El cuadro, de un moderno simbolismo, fue pintado en 1926 por Manuel Bujados (1889–1954), un olvidado pintor e ilustrador nacido en la villa marinera gallega de Viveiro-Lugo y fallecido en Belle Ville, en la provincia argentina de Córdoba. Casi o nada se sabe del artista con precisión pese a que fue de los más brillantes de su tiempo, colaboró con publicaciones como La Esfera, una de las revistas gráficas más sobrias, novedosas y de alta calidad de Europa en las primeras décadas del siglo XX.

La editó en papel cuché la empresa Prensa Gráfica entre 1914 y 1931; costaba 50 céntimos, diez veces más que un diario y el doble que las de su género; fue la principal rival de la veterana y conservadora Blanco y Negro y, como tantas otras publicaciones progresistas pero dedicadas a la cultura, quebró en los tiempos politizados y rutinarios de la República.

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La justicia llega tarde para Sam Wagstaff, novio y educador de Mapplethorpe

Polaroids de Robetr Mapplethorpe, 1972-1973. Izquierda: Wagstaff. Derecha: autorretrato de Mapplethorpe. Gift of The Robert Mapplethorpe Foundation to the J. Paul Getty Trust and the Los Angeles County Museum of Art

Polaroids de Robetr Mapplethorpe, 1972-1973. Izquierda: Sam Wagstaff. Derecha: Autorretrato de Mapplethorpe © The Robert Mapplethorpe Foundation to the J. Paul Getty Trust and the Los Angeles County Museum of Art

Entre las dos Polaroid transcurrieron solo unos meses. El hombre en ropa interior de la izquierda, Sam Wagstaff, tenía más o menos 50 años y era tan millonario como lo había sido en la cuna —el dinero llegaba por ambas líneas consanguíneas: el padre, superabogado y la madre, judía polaca, ilustradora de confianza de Harper’s Baazar—.

El chico encuerado de la derecha, Robert Mapplethorpe, de 25, pretendía convertirse en fotógrafo, en artista, comerse el mundo, ser un nuevo Elvis

Se conocieron en una fiesta licenciosa en uno de esos lofts de Nueva York donde entrabas por una cualquiera de estas dos condiciones: ser bello o ser un poco menos bello pero tener mucho cash.

Se acostaron juntos la misma noche y fueron amantes durante quince años. Ambos murieron de sida con una diferencia que fue caritativa para el sentimiento de pérdida de Robert: Wagstaff en 1987 y Mapplethorpe en 1989.

Los dos decesos ocurrieron en invierno, pero la nieve solo parece haber caído sobre la memoria de Wagstaff.
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Karen Dalton, la Billie Holiday del folk

"In My Own Time" - Karen Dalton, 1971

“In My Own Time” – Karen Dalton, 1971

La foto de la cubierta del disco no contiene códigos secretos. Al contrario, dice la verdad textual: una mujer vestida de oscuro, el suelo embarrado del camino hacia las ruinas de un granero, la nieve que mutila el paisaje invernal…

Karen Dalton (1937-1993), al contrario, pasó por el mundo conjugando el verbo esconder, aquejada de mucho dolor, reteniendo un latido mortuorio que sólo dejaba presentir cuando cantaba.Vivió y fracasó: ése es el resumen más justo. Tres matrimonios antes de los 21 años, tres rupturas, dos hijos, una errancia desatinada, alcohol y heroína y unos cuantos discos en los que puedes palpar el peso de tanto resbalón.

Las pocas canciones que nos dejó Dalton son para oídos y almas cansadas. Sólo cantaba versiones porque consideraba que no era necesario componer nuevas canciones si otros han escrito lo que deseas decir: eligiese lo que eligiese (Motown, country, pop…), todo sonaba a lamento, nunca buscó el premio de la fama, trastabilló una y otra vez y murió a los 56 años, tan olvidada que ni siquiera están claras las circunstancias —sida, dicen unos; abandono, sostienen otros—.

Karen Dalton (1937-1993) - Foto: Elliott Landy

Karen Dalton (1937-1993) – Foto: Elliott Landy

Tras irse a los 22 años del pueblo natal, Enid, Oklahoma, aterrizó a mediados de los años sesenta en los antros del Greenwich Village donde estaba naciendo el nuevo folk. Dejó con la boca abierta a todos los niñatos blancos que leían a Sartre y soñaban con ser existencialistas. Bob Dylan, que la acompañó a la armónica tres o cuatro veces, escribiría muchos años más tarde en su libro de memorias que Dalton “era la mejor, la más pura y descarnada, cantaba como una cantante de blues y tocaba la guitarra como Jimmy Reed“.

Hizo falta poco, porque es casi lógico cuando escuchas como pasa Dalton sobre las melodías con voz trémula y espíritu sufriente, para que la comparasen con Billie Holiday. Alguien dijo que sus interpretaciones eran demasiado bluesy para los folkies y demasiado folkies para los bluesy. Otros sostuvieron que el dolor intenso que emanaba de la voz de Dalton provenía del factor genético: le atribuyeron sangre cherokee aunque se trataba de un error que alguien difundió para intentar venderla como racial: sus ancestros procedían de una tierra de turba negra, Irlanda.

Barrida de la escena por la locura incendiaria de los años setenta, la gran cantante se perdió en la miseria del vino barato y la heroína. Dejó sólo dos discos, reeditados y ampliados con alguna colección de grabaciones perdidas cuando Dalton fue redescubierta y mencionada como primogénita hija de la oscuridad por artistas contemporáneos como Nick Cave, que la considera la mejor cantante de blues de la historia.

Una sola recomendación: no escuches a Karen Dalton si quieres felicidad. En sus canciones sólo manda la pena.

Ánxel Grove

Darrell Banks, un inmenso cantante de ‘soul’ fugaz, trágico y olvidado

Darell Banks

Darell Banks

El soul, la única música que durante los años sesenta competía con el rock —en mi opinión, ganando la batalla casi siempre por menos pose y más temperatura—, abunda en personajes sombríos que cayeron demasiado pronto en el camino y de los que apenas quedó recuerdo. Fueron figuras ardientes en lo bueno y en lo malo.

Uno de esos dorados pero fugaces intérpretes fue Darrel Banks. Dejó un patrimonio escueto de siete singles y dos elepés antes de que lo matase, a los 35 años, una bala disparada por un agente de policía fuera de servicio.

Había nacido en Mansfield (Ohio), pero se crió en Buffalo (New York) y aprendió a cantar como casi todos los grandes del soul: dando gracias a dios en los coros gospel de las iglesias. De la intensidad de toda plegaria mantuvo el tono de arrebatada entrega que se palparía en sus grabaciones seculares.

Empezó rugiendo en un pequeño sello discográfico de Detroit con Open the Door to Yor Heart, una canción que le atribuyeron como composición propia por un error de oficina al registrarla —la había escrito un autor legendario e influyente, Donnie Elbert, que decidió que la cosa rodase porque era colega de parranda de Banks—. El tema, un sincopado medio tiempo algo acelerado, se convirtió en un éxito y llegó al número dos de las listas de ventas de rhythm and blues y algunos críticos calificaron a Banks como una de las voces más expresivas del momento.

A esta sacudida apasionada siguieron unas cuantos sencillos más, reunidos en 1967 en el álbum Darrel Banks Is Here [se puede escuchar en esta lista de YouTube]; el fichaje por el sello Volt, filial del imperio Stax, casa madre del mejor soul, y la edición, dos años más tarde, de un segundo elepé, el maravilloso Here to Stay.

"Here to Stay" (1969)

“Here to Stay” (1969)

Las buenas críticas que destacaban el estilo impecable de Banks, a quien se consideraba uno de los intérpretes con más futuro de la música negra, no suavizaron el carácter del cantante, arisco y camorrista. El final fue como un ritual repetido en la nónima de tragedias de los vocalistas de soul muertos a balazos —Sam Cooke y Marvin Gaye son los más conocidos—.

Una noche de febrero de 1970 Banks esperaba, a la salida del trabajo, a su mujer, camarera de un bar de Detoit. Vivían separados desde hacía meses porque ella no soportaba los arranques de mal genio del marido. Banks no sabía que a ella la estaba esperando también su nuevo novio, el policía Aaron Bullock. Las palabras subieron de tono, el cantante zarandeó a la mujer y el policia trató de impedirlo. Banks esgrimió un arma, pero Bullock fue más rápido en disparar la suya. La bala atravesó el cuello del baladista y lo mató en el acto.

Con el  estampìdo del balazo mortal una cortina de olvido e injusticia cayó sobre el cantante: los diarios tardaron ocho días en dar cuenta del suceso porque la Policía de Detroit quiso silenciar todo lo posible la implicación de uno de los suyos en un caso de adulterio finalizado en homicidio.

Banks, que permaneció enterrado en una tumba sin nombre hasta que fans de todo el mundo recaudaron dinero para una lápida, se desvaneció musicalmente: sus discos fueron inencontrables durante décadas hasta que el modélico sello inglés Ace Records, una fabrica de reedición de tesoros, publicó, hace unos meses, la recopilación I’m The One Who Loves You – The Volt Recordings [se puede acceder a las canciones en esta lista de YouTube].

Ánxel Grove

Fotos que hablan

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

© “Talking Pictures” – Ransom Riggs

Fotos que no pueden entenderse sin dar la vuelta al papel, fotos que contienen un grito en el reverso, una anotación que no sólo les arrebata parte del anonimato, sino que te eriza el alma y te impide mantener la distancia o quedarte en los detalles.

La anotación a bolígrafo completa nuestra mirada a la joven risueña, con sombrero a la mode y vestido plisado: se llamaba Dorothy, vivía en Chicago, murió a los 15 años de leucemia.

Cubierta de "Talking Pictures"

Cubierta de “Talking Pictures”

El libro Talking Pictures (Fotos que hablan), editado por HarperCollins, es la historia de una obsesión. El autor, Ransom Riggs, colecciona fotos desde que era adolescente. Las compra en mercadillos, rastros, ventas de garaje y otras formas de esa red microcomercial en la que entran los objetos olvidados y, sin motivo aparente que podamos adivinar, entregados al azar del abandono. Riggs establece una condición para adoptar una foto: que estén escritas, rotuladas con un comentario, una frase o un epígrafe en los bordes o que contengan en el amplio terreno del envés los restos de una memoria también abandonada.

El conocimiento que la semántica añade a la imagen, el cruce de esas dos formas de parcialidad comunicativa —ni las palabras ni las fotos bastan para entendernos, para entregarnos, para ser uno en el otro—, rompe la distancia que casi siempre mantenemos con la foto que tenemos ante los ojos y nos invita al interior de una vida. Las anotaciones dejan espacios abiertos, por supuesto, pero con ellas la foto parece invitarnos a sentir algo más que fría semiótica de la imagen.

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

© “Talking Pictures” – Ransom Riggs

“A veces una palabra vale por mil fotos”, dice el autor del libro —por cierto, no editado en España, donde las editoriales tienen un interés casi nulo por la fotografía anónima—. La imagen de arriba y su leyenda dan la razón a Riggs.

Una madre y cuatro de sus hijos y estos textos. A lápiz: “Pearl con Freddie, Billie, Kenneth y George en la casa de Lansing” [ciudad del estado de Michigan]. A bolígrafo, con una grafía de otra persona: “Nos mudamos a Detroit, donde Doris Jean y Elenore Ruth nacieron. Ambos murieron. Doris Jean con un mes por meningitis. Elenore Ruth a los 4 meses por malnutrición. No hay $ para comida“.

“La gente ya no escribe en las fotos”, dice Riggs. “Ni siquiera tomamos fotos —quiero decir, fotos reales, impresas en papel, reveladas con emulsiones. Hay más cámaras que nunca, pero las imágenes que producen son efímeras cadenas binarias de unos y ceros, pocas veces impresas, almacenadas en chips y discos duros que se estropean facilmente borrando su contenido, susceptibles de ser dañados por por el calor, el electromagnetismo, el uso o la obsolescencia. Un disco duro tiene una vida media de cinco años y un disco compacto de diez o quince. Una foto bien impresa mantiene la imagen cien años —los negativos fotográficos duran todavía más”.

Además de una defensa de las fotos en papel como vislumbre de quiénes somos, lo que somos y cómo vivimos, Talking Pictures es una reivindicación de la importancia de las “fotos de otros”, esas imágenes de desconocidos que a veces encontramos en el suelo de un puesto de venta de objetos oxidados y lejanos como fósiles. Antes de pasar de largo, recomienda Riggs, deténgase y observe, entre en el mundo bidimensional del cartón, permita que el hechizo se extienda y, sobre todo, dé vuelta a la imagen y busque si hay algo escrito detrás.

Inserto abajo varias de las imágenes del libro. De escpecial intensidad son las tres primeras, que componen la serie de Janet Lee, una vivaracha niñita con tendencia a las caídas (“tendré que comprarle un casco“, se lee tras la foto que da cuenta de un accidente doméstico que casi termina con la fractura de una pierna). Las últimas fotos muestran el cadáver de Janet Lee, con el reverso en blanco, porque no son necesarios los fonemas frente al estruendo de la muerte; y la niña asomada al borde del mar. “Janet tenía 10 años”, se lee en el envés.

Ánxel Grove

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

© “Talking Pictures” – Ransom Riggs

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

© “Talking Pictures” – Ransom Riggs

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

© “Talking Pictures” – Ransom Riggs

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

“Esto era cuando se amaban” © “Talking Pictures” – Ransom Riggs

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

“Mi escritorio, donde hago todas mis tareas y te escrito cartas” © “Talking Pictures” – Ransom Riggs

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

“Mamá y Grace, 1953. Donde murió papá” © “Talking Pictures” – Ransom Riggs

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

“África Oriental, otoño,  1943. Las langostas casi oscurecían el cielo” © “Talking Pictures” – Ransom Riggs

© "Talking Pictures" - Ransom Riggs

“Esta es una foto perfecta de nuestra hermana Marion, 27, que el tío Geo. tomó en Colorado Springs. Más o menos un mes después ella murió” © “Talking Pictures” – Ransom Riggs

Lee Wiley, una injustamente olvidada cantante blanca de jazz

Lee Willey (1908-1975)

Lee Willey (1908-1975)

No es posible adivinar dónde estaba el fallo de Lee Wiley. Cantaba con sensualidad, le sobraba carisma y era apasionada pero teniendo siempre presente el punto exacto en que la pasión da paso a la desproporción. No le hacía falta, como a otras intérpretes de su tiempo, extremar las emociones, quebrar la voz con artificio o abusar de los ornamentos. Sabía que decir es la más difícil de las formas del canto y también la más efectiva.

Nacida en 1908 en la tierra india de Oklahoma —algunas notas promocionales le atribuían descendencia de una princesa cherokee— Wiley cantaba desde niña, intentando imitar a otra dama con sangre nativoestadounidense en las venas y una historia desgraciada por delante, la gran Mildred Bailey, una de las mejores vocalistas de jazz de los años veinte, que fue postergada por la industria para dar paso a figuras con más encanto como Billie Holiday, lo que llevó a Bailey a enfermar de depresión y bulimia y morir en la indigencia en 1951 (Frank Sinatra y Bing Crosby pagaron la hospitalización previa al fallecimiento).

Siendo aún una adolescente Wiley se trasladó a Nueva York. Cantó para varias orquestas, pero tuvo que retirarse temporalmente tras sufrir heridas graves en un accidente de equitación —el primer brote de un rosario de calamidades que la perseguirían—. Asociada musical y sentimentalmente con el compositor y arreglista Victor Young, se atrevió a componer canciones propias notables, como Anytime, Anyday, Anywhere y tuvo un éxito menor con la orquesta de Leo Reisman, Time On My Hands (1931), pero la fórmula de cantante de relleno para arreglos de jazz suave y música de cabaret no la complacía. Para añadir drama al asunto, cayó enferma de tuberculosis y estuvo un año retirada.

Cuando regresó era otra. Montó un quinteto estricto de jazz, entre cuyos músicos estaban instrumentistas calientes como el mítico pianista Fats Waller, el clarinetista Pee Wee Russell y el guitarrista Eddie Condon. Entre 1939 y 1943 grabó cuatro discos de 78 rpm temáticos: cada uno contenía ocho canciones de un sólo compositor. Eligió bien: George Gershwin, Richard Rodgers & Lorenz Hart , Harold Arlend y Cole Porter (este último, poco sospechoso de adulaciones dictadas por la buena educación, diría más tarde que nadie había cantado sus canciones mejor que Wiley). Los discos son los primeros ejemplos del formato que sería conocido como songbook (libro de canciones) y que explotarían otros intérpretes.

"Night in Manhattan" (1950)

“Night in Manhattan” (1950)

El mejor álbum de Wiley, Night in Manhattan, apareció en 1950. Es un disco donde la vulnerabilidad había entrado en el juego y la cantante alcanza un grado inmenso de identificación con las sugerentes canciones, dedicadas, como el título sugiere, a exlorar la sensación de languidez, soledad y brillo pasivo y engañoso de las noches en la gran ciudad.

Siguieron algunos discos más, entre ellos los notables West of the Moon (1956) A Touch of the Blues (1950) y una actuación estelar en el Festival de Jazz de Newport, pero la industria discográfica se olvidó de Wiley y el público de los años sesenta buscaba acercamientos más expansivos y desmelenados, menos elegantes, a la tristeza primordial y contenida del blues. En los siguientes 14 años,Wiley sólo grabó un disco, Back Home Again (1971).

Decepcionada y con la sensación de que no merecía tanto olvido, la cantante se retiró a un deseado anonimato. El 11 de diciembre de 1975 murió en Nueva York, a los 67 años, por las complicaciones de un cáncer de colon. Se redactaron muy pocas necrológicas.

Escuchadas hoy, las canciones que dejó esta mujer de voz de humo suenan como si las cantara una rutilante estrella. Se convierten en lamentos cuando consideramos la arbitraria omisión de Lee Wiley entre las mejores cantantes de jazz de su generación. Para concluir con la frase del principio de esta entrada, ahora sabemos dónde estaba el fallo de Wiley: nuestra desatención.

Inserto abajo algunos vídeos de canciones clásicas que, y ese es el mejor elogio, han sido cantadas por centenares de cantantes pero, al escucharlas en la voz Wiley, tienes la sensación de que fueron escritas solamente para ella.

Ánxel Grove

El fotógrafo que inventó a Brigitte Bardot

Mala actriz pero adorable criatura, Brigitte Bardot, aunque todavía reside entre nosotros —cumple 79 años en septiembre—, habita desde hace décadas en el panteón de la antropología social: fue uno de los mitos del siglo XX y uno de los símbolos sexuales más potentes de la contemporaneidad.

Pícara, perfecta, dulce pero con una señal de alto voltaje en los labios y las curvas, fue una de las gatitas más deseadas y su imagen —casi siempre en corsé u otras prendas de ropa interior— humedece la cultura popular: popularizó el biquini; escandalizó al mundo desde la pantalla con fuego de nivel intermedio —quemaba pero no ardía, prometía pero no regalaba—; los Beatles la tentaron para que actuase en sus películas porque la idolatraban unánimemente George Harrison, Paul McCartney y John Lennon —que la conocería en persona en 1968, aunque tuvo la ocurrencia de tomarse un LSD antes y se portó como un alelado zombie ante la diosa—; aparece citada en el cancionero de Bob Dylan —que  antes había compuesto su primera canción adolescente como declaración de amor a la actriz—; en Francia se vendían más postales de BB semidesnuda que de la Torre Eiffel…

Pese a sus últimas salidas de tono integristas —de la defensa animal como único norte espiritual ha pasado, sin pausa, a una no menos irracional islamofobia (ha sido multada cinco veces por incitar al odio racial)—, BB podría ser una quimera, una habitante con derecho pleno de la fábula colectiva en la que residimos.

El hombre que la construyó, quien hizo que la jovencilla aspirante a actriz y cantante se convirtiera en una bomba sensual, es el autor de las imágenes que abren esta entrada, Sam Lévin (1904-1992), un fotógrafo condenado al injusto olvido de quienes trabajan con fines promocionales, ajenos a la necedad de las pretensiones.

Nacido en Ucrania y emigrado a París cuando era niño, Lévin fue el creador de todas las estampas de la edad de oro del cine francés. Entre 1950 y 1970 retrató a unas seis mil personas en su estudio de la capital francesa. Eran fotos perfectas, iluminadas con maestría y de impacto inmediato. De eso se trataba: la mayoría de las imágenes se imprimían en tarjetas postales para regalar o poner a la venta: se trataba de productos sin otra pretensión que propagar la imagen de los actores y actrices, convertirlos en materia popular. Andy Warhol hizo lo mismo, y con bastante peor maña, y le llaman artista.

Las fotos de Lévin, que nunca se han expuesto en condiciones, son retratos comparables en elegancia a los de Cecil Beaton; en glamour, a los de de Lillian Bassman; en modernidad, a los de Norman Parkinson… Patentó un estilo chic de colores alborotados, sexualidad animal y cierto aire naíf que merece un destino distinto al coleccionismo de estampas.

Ánxel Grove

Una obra maestra del soul olvidada durante 40 años en un sótano

Little Ann - "Deep Shadows"

Little Ann – “Deep Shadows”

En la época dorada del soul de Detroit, cuando de la factoría de Motown nacían canciones espléndidas con frecuencia diaria, era difícil asomar la cabeza si no eras un superdotado o contabas con el beneplácito de los empresarios. Little Ann Bridgeforth tenía méritos suficientes —sobre todo una voz quebrada que sabía transmitir el desconsuelo del desamor—, pero se quedó en el camino.

Grabó un single temprano —One Down a One Way Street (the Wrong Way)— para Ric-Tic, la discográfica independiente de Dave Hamilton, el guitarrista del grupo estable que tocaba en nueve de cada diez éxitos de Motown, explotado (diez dólares por canción terminada) y ninguneado por el dueño de la megaempresa, Berry Gordy, el hombre que se hizo millonario aplicando en la fabricación de canciones los mismos métodos industriales de las cadenas de montaje de automóviles.

Hamilton creia en Little Ann y en 1969 grabó el primer y único álbum de la cantante en el estudio casero del sótano del 2548 de la calle Philladelphia, uno de los muchos templos anónimos de la música negra. Por dejadez, falta de dinero o mala suerte, la cinta con las canciones fue olvidada entre muchas otras. Desengañada, Little Ann desapareció del cuadro y se dedicó a buscarse la vida.

En 1990 dos entusiastas archivistas británicos lograron acceder al almacén que guardaba los archivos de Hamilton. Una caja castigada por el tiempo estaba rotulada como “posible disco de Little Ann”. Allí estaba el grial.

La cantante, muerta en 2003, no llegó a ver editado el disco, que salió al mercado en 2009 a través de una empresa independiente de Finlandia [aquí se puede acceder al álbum completo]. En conjunto no es una obra de referencia —hay en ocasiones demasiada dependencia de Motown y estilo imitativo (What Should I Do? podría haber sido cantada por las Supremes)—.

Pero el tiempo se detiene con Deep Shadows, que inserto en el vídeo de abajo, un lamento que condensa todos los valores del soul: la profunda gravedad de la ruptura, la voz serpenteante de una mujer a punto de caer, el desamparo…  Una obra maestra, una de las mejores baladas de pérdida y dolor de los años sesenta, y una cantante que emergió del olvido cuando para ella era demasiado tarde. No para nosotros.

Ánxel Grove

El fotógrafo ‘yé-yé’ que entró y salió de la fama en silencio

Marianne Faithfull  © Roger Kasparian

Marianne Faithfull © Roger Kasparian

Roger Kasparian (París, 1938) no ha merecido la suerte de pasar a la historia. Era un personaje secundario en la penumbra del abigarrado mundo de la fotografía de músicos durante los fértiles años sesenta y sólo ahora ha sido recuperado de ese papel de relleno con la exposición Roger Kasparian: The Sixties en las Snap Galleries de Londres.

El mundo era entonces menos complejo y Kasparian, hijo de un fotógrafo armenio dueño de un estudio en las afueras de París, entró en la nómina de los paparazzi de la capital francesa una noche de noviembre de 1961 por la simple razón de que tenía coche. Había conocido por casualidad a un reportero de Paris Jour que necesitaba transporte para acercarse a un club donde, le había soplado, estaban de juerga algunos famosos.

Kasparian se ofreció a servir de transportrista y entró en el garito con su nuevo amigo, que le dejó una cámara y le dió un consejo: “En cuanto veas a algún famoso, dispara”. Tuvo la suerte de los principiantes y logró retratar al cineasta Claude Chabrol, que estaba de farra con un grupo de amigos. Los editores de Paris Jour compraron las fotos a la mañana siguiente, sin saber que la decisión quizá salvaba la vida de Kasparian, que ya había sido obligado a alistarse en el Ejército para ser enviado a la Guerra de Argelia y sólo podía eludir el servicio militar bélico demostrando que trabajaba.

Serge Gainbourg © Roger Kasparian

Serge Gainbourg © Roger Kasparian

A lo largo del resto de la década de los sesenta, el fotógrafo se especializó en celebridades, sobre todo musicales. Empezó con los yé-yés franceses —así les llamaban los medios, usando el mismo término que importaríamos en España al poco—: Johnny Hallyday, Françoise Hardy, Serge Gainsbourgh… y siguió con la avalancha derivada del corredor de abastecimiento mútuo entre París y Londres que traía a Francia a las rutilantes estrellas del pop rock inglés.

Kasparian estaba siempre al quite y terminó por ser contratado como fotógrafo de plantilla de Musicorama, el show musical de la radio Europe 1 que se grababa en directo en el mítico teatro Olympia del Boulevard des Capucines.

La exposición de Londres muestra fotos de, entre otros, The Beatles, The Rolling Stones, Little Stevie Wonder, The Kinks, The Who, The Troggs, The Beach Boys, The Animals

Con la misma moderación con que había llegado al negocio, Kasparian lo dejó. En 1970, cuando la inocencia de la década anterior dió paso a la profesionalización y todos sus males añadidos (managers, derechos, permisos, contratos, mafias…), el fotógrafo yé-yé regresó al estudio de su padre y se dedicó a hacer fotos de bodas, bautizos y otros ritos sociales.

Ánxel Grove

The Who live at La Locomotive @ Roger Kasparian

The Who live at La Locomotive @ Roger Kasparian

Van Morrison © Roger Kasparian

Van Morrison © Roger Kasparian

The Beach Boys © Roger Kasparian

The Beach Boys © Roger Kasparian

The Beatles, live 1965 © Roger Kasparian

The Beatles, live 1965 © Roger Kasparian

Keith Richards © Roger Kasparian

Keith Richards © Roger Kasparian

Francoise Hardy © Roger Kasparian

Françoise Hardy © Roger Kasparian

Howard Tate, la muerte silenciosa de un genio del soul

Howard Tate (1939-2011)

Howard Tate (1939-2011)

La canción se titula Get It While You Can. Es un pragmático consejo de educación sentimental: ya que la vida es amarga y las trompadas vienen de quien menos te lo esperas, aprovecha lo que tienes cuando lo tienes.

La compusieron en 1966 Jerry Ragovoy y Mort Shuman. Ambos eran hijos de emigrantes judíos (el primero de orígenes húngaros; el segundo, polacos) escapados a los EE UU para evitar los pogromos. El rock and roll, la música más feliz y sexual de la historia, deriva de la devastación, la violencia y el disturbio.

Es probable que usted, invisible lector, conozca la pieza en la versión de una infeliz chica blanca que tenía el corazón en pústulas, como si fuese negra: Janis Joplin, que grabó Get It While You Can en 1971 para el que sería su disco póstumo, Pearl. El 25 de junio de 1970, menos de cuatro meses antes de morir tras inyectarse heroína y beber mucho bourbon en la habitación de un desabrido hotelucho, Joplin había interpretado la canción en un show televisivo.

Así suena la grabación discográfica de Joplin:

No se puede negar la turbulencia de la interpretación y la desnudez emotiva de la cantante.

Quizá haya demasiado adorno dramático en detrimento de la elegancia y contención bluesy de la la canción, pero, ya se sabe, Janis cantaba con el mismo exceso con el que abusaba de los fulares y el terciopelo de colores no complementarios: deseaba demostrar en cada verso que nadie se rompía tanto como ella. Era un infinito grito en demanda de ayuda que, pese a las octavas y los alaridos, nadie escuchó.

Si se tratase de elegir, yo me quedo con la primera versión de Get It While You Can, grabada cinco años antes. Aquí está:

La voz que culebrea y se lamenta en medio del sofisticado arreglo es la de Howard Tate. Acaba de morir, hace unas semanas, en una residencia de ancianos tras varios años de leucemia. Tenía 72. No era un one hit wonder, pero murió con menos estruendo que si lo hubiese sido: no he encontrado ni un sólo obituario en la prensa española y hay muy pocos en la anglosajona. Ni siquiera ha merecido la gloria última de la celebrada sección de obituarios del Times, tan minuciosa y registral.

A mediados de los años sesenta, Tate era la mejor voz, la más expresiva, de Verve, uno de esos sellos discográficos con un catálogo que debería ser patrimonio de la humanidad (Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Billie Holiday, Oscar Peterson, Count Basie, Lester Young, Bill Evans, Tom Jobim, The Righteous Brothers, Frank Zappa and the The Mothers of Invention, The Velvet Underground, The Blues Project…).

Interpretando canciones escritas y producidas por el mago Ragovoy -pionero en la combinación de los arreglos vocales de aire góspel con bases instrumentales  sinfónicas-, Tate encadenó gloriosas canciones que hoy suenan ajenas al tiempo: Ain’t Nobody Home (1966), Look at Granny Run Run (1966), Baby I Love You (1967) o este Stop (1968):

Como declaraba en una de sus piezas, Tate aprendió a vivir a golpes: del éxito inicial, cuando compartía cartel con Marvin Gaye y era considerado el cantante más soul de los EE UU -con un tono que iba de las caricias del tenor al quejido del falsetto-, no sacó más que migajas (los contratos eran sanguinarios y tramposos con los intérpretes, sobre todo si eran negros) y en 1970, arruinado, tuvo que ponerse a trabajar como vendedor de seguros puerta a puerta.

Unos años más tarde, la tragedia arreció: su hija de 13 años murió en el incendio del hogar familiar. Tate se entregó al consumo inmoderado de cocaína durante casi diez años. Vivió como homeless en las calles de Camden (Nueva Jersey). Se ofrecía a cortar el cesped, lavar coches, limpiar fosas sépticas…

En 1994 logró limpiarse. En lo físico, dejó las drogas. En lo espiritual, se entregó a la prédica del cristianismo. Un DJ local se enteró de la peripecia y le empujó a cantar de nuevo. En 2003, Tate grabó un disco que produjo Ragovoy, Rediscovered.

La voz se mantenía intacta, como si hubiese seguido el el consejo de Get It While You Can: aprovecha lo que tienes cuando lo tienes.

Ánxel Grove