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La tiranía de Kubrick durante el rodaje de ‘El resplandor’

Dos de las páginas del manuscrito de Jack Torrence - Adam Broomberg & Oliver Chanarin

Dos de las páginas del manuscrito de Jack Torrance – Adam Broomberg & Oliver Chanarin

Quizá se trate de uno de los manuscritos más terrorificos de todos los tiempos. Son 500 folios en los que se repite una y otra vez la misma frase: en inglés: “All work and no play makes Jack a dull boy” (“Tanto trabajar y tan poco jugar hacen que Jack se aburra”).

Entre un folio y otro solo cambian la alineación, tabulaciones, longitudes de líneas, columnaje y algunas otras características de composición del texto, tecleado en una máquina de escribir por Jack Torrance, el cada vez más lunático personaje principal, interpretado por el ya de por sí bastante chiflado Jack Nicholson, de El resplandor (1980), quizá la mejor película de Stanley Kubrick, al que tampoco separaban demasiados centímetros de la demencia.

Una escena clave, catártica y medular, se produce cuando la esposa de Jack, Wendy (la actriz Shelley Duvall), entra en el gran hall del aislado hotel de montaña, el despacho privado e inviolable donde, creíamos, el hombre intentaba llevaba a término la razón primordial que había traido a la familia a los confines de la soledad invernal: componer la novela con la que, tras el alcoholismo, recuperaría la autoestima y las dotes de escritor.

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La justicia llega tarde para Sam Wagstaff, novio y educador de Mapplethorpe

Polaroids de Robetr Mapplethorpe, 1972-1973. Izquierda: Wagstaff. Derecha: autorretrato de Mapplethorpe. Gift of The Robert Mapplethorpe Foundation to the J. Paul Getty Trust and the Los Angeles County Museum of Art

Polaroids de Robetr Mapplethorpe, 1972-1973. Izquierda: Sam Wagstaff. Derecha: Autorretrato de Mapplethorpe © The Robert Mapplethorpe Foundation to the J. Paul Getty Trust and the Los Angeles County Museum of Art

Entre las dos Polaroid transcurrieron solo unos meses. El hombre en ropa interior de la izquierda, Sam Wagstaff, tenía más o menos 50 años y era tan millonario como lo había sido en la cuna —el dinero llegaba por ambas líneas consanguíneas: el padre, superabogado y la madre, judía polaca, ilustradora de confianza de Harper’s Baazar—.

El chico encuerado de la derecha, Robert Mapplethorpe, de 25, pretendía convertirse en fotógrafo, en artista, comerse el mundo, ser un nuevo Elvis

Se conocieron en una fiesta licenciosa en uno de esos lofts de Nueva York donde entrabas por una cualquiera de estas dos condiciones: ser bello o ser un poco menos bello pero tener mucho cash.

Se acostaron juntos la misma noche y fueron amantes durante quince años. Ambos murieron de sida con una diferencia que fue caritativa para el sentimiento de pérdida de Robert: Wagstaff en 1987 y Mapplethorpe en 1989.

Los dos decesos ocurrieron en invierno, pero la nieve solo parece haber caído sobre la memoria de Wagstaff.
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